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Tema: De la teoría a la práctica

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    junio-2006
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    De la teoría a la práctica

    Mis 15 años fueron el punto de partida para casi todas mis “primera vez” de a dos (por lo menos de aquellas experiencias típicas de una pareja heterosexual), a excepción de la masturbación, que comencé solita a los 13 años, más o menos. La misma noche de mi cumpleaños número 15, vi y toqué en vivo y directo por primera vez un pene, el de Daniel, mi primer novio “en serio”, con él me inicié también el la masturbación mutua y el sexo oral. Daniel tenía 22 años y una amplia experiencia en materia de sexo, él se contenía mucho y siempre hablábamos de que cada cosa se daría a mi tiempo, por lo que no me quedó otra que, debo admitir, incitarlo y calentarlo al punto de no poder resistirse a mis embates.

    Durante dos meses y medio de caricias, toqueteos, masturbaciones y sexo oral, yo quería más a como diera lugar y estaba dispuesta a que pasara. Estaba deseosa de perder mi virginidad de una buena vez por todas. Ya había leído todo lo que caía en mis manos sobre sexo, había visto todas las revistas porno que mis hermanos tenían escondidas, y había escuchado a las hermanas mayores de mis amigas hablar del asunto con pelos y señales. Ya no le tenía “miedo” al pene, es más, cada día esperaba el momento de ver a mi novio, sólo para tenerlo en mis manos, para masturbarlo, y ahora, desde hacía un par de días –de mi parte-, para saborearlo.

    La primera noche en la hostería de Tafí del Valle a la que nos había invitado el hermano de mi novio, superó mis expectativas, no podía creer que me hubiera resultado tan fácil hacer de las mías estando mi hermano y su novia como custodios. Por suerte ellos aceptaron ir, puesto que mis padres no me hubieran permitido viajar sola con mi novio. Era de esperar, tenía quince años. Llevábamos cinco días allí, por primera vez le había practicado sexo oral a Daniel pero mi calenturiento cerebro adolescente seguía con la idea de coger como Dios manda.

    Como si los astros conspiraran en mi favor, el fin de semana siguiente a nuestra llegada, el viernes, nos levantamos bien temprano porque teníamos programada una visita a la ciudad de Tucumán. Mientras nos servíamos el desayuno, oímos sonar el teléfono y rato después apareció mi hermano diciéndonos que era el amigo al que él había llamado la mañana anterior y que los había invitando a pasar el fin de semana en Salta. Por supuesto, ni lerda ni perezosa, le dije debía ir. Mi hermano agradeció el detalle y antes de subir a preparar sus cosas, nos dijo que de todos modos nosotros podíamos seguir con el programa del día, y de paso, los alcanzábamos hasta la terminal de ómnibus. Quedamos de acuerdo y yo decidí que esa era la oportunidad que estaba esperando.

    Con todo sobre ruedas, partimos después de desayunar puesto que mi hermano quería tomar el primer colectivo para estar temprano en Salta. Con el pretexto de que íbamos a pasar la mayor parte del día fuera, mencioné que llevaría ropa para cambiarme en algún lugar y le sugerí a mi novio que hiciera lo mismo. Si Daniel sospechaba algo, no lo dijo. Mientras recorríamos los 100 km. hasta Tucumán, yo iba pensando que aunque me hubiera gustado la noche para “debutar” no me quedaría más remedio que someterme al día. Aprovecharía la hora después del almuerzo para llevar a Daniel a un hotel, y con la excusa de cambiarnos de ropa…

    Después de dejar a los chicos en la terminal, salimos a dar un recorrido por el micro centro y sus tiendas y por último, la feria de artesanos del parque 9 de Julio. Luego de comprar algunas cosas, elegimos un restaurante cercano para almorzar. A medida que pasaba el tiempo, me iba poniendo más nerviosa pero me decía que no podía echarme atrás ahora. Tal vez no tendría toda la noche para coger, pero con unas cuantas horas estaría bien. Durante la comida, le “sugerí” a Daniel que preguntáramos por un hotel para descansar un rato de tanta caminata y de paso darnos un baño y cambiarnos de ropa. “Estaría bueno, mi amor. Pero eso no nos dejaría tiempo para conocer Yerba Buena, queda de paso a Tafí, podemos irnos ahora, pasar la tarde allá y llegar a la hostería para la hora de la cena” –dijo él muy convencido. “Eh… si, qué gran idea…” –contesté evaluando que mi insistencia sonaría absurda puesto que él tenía razón.

    Cerca de las cuatro de la tarde, partimos de vuelta. En Yerba Buena hicimos lo mismo que en Tucumán, recorrer y comprar. Por fin, fuimos a un bonito bar a tomar café mientras yo rumiaba mi mala suerte y falta de valor para decirle a mi novio que ya estaba bien, que tanta contención, respeto, cuidados, etc., me tenían por demás alterada… Pero seguía ahí, sentadita, tomando mi café, más callada que una pared y mirando cómo se perdía el sol entre los cerros tucumanos. Con el último sorbo de café, Daniel dijo: “es hora de irnos, está anocheciendo” y junto con el sol, yo veía partir la que creía, mi única mejor oportunidad. Entonces, y como si la mismísima diosa Afrodita me hubiese escuchado, comenzó a llover en Yerba Buena. Daniel estaba pagando la cuenta cuando oigo al mozo hacerle una pregunta.

    -¿Ustedes se quedan o están de paso?

    -Estamos de paso, vamos a Tafí del Valle.

    -Si me disculpa señor… -dijo el mozo- Le sugeriría que no retome la ruta ahora, con esta lluvia, subir el cerro es muy peligroso. Tucumán es así, en un momento hay un sol radiante y al otro, se desata una lluvia tan torrencial que inunda las calles y rutas por varias horas. ¡Mire, mire…! –dijo señalando hacia la Avenida Mate de Luna. –Ese panorama lo verá hasta la media noche más o menos.

    Efectivamente, por la avenida corría el agua fuerte y de cordón a cordón, y habiendo todas esas subidas y bajadas típicas de zonas serranas y montañosas, en las bajadas, el agua llegaba hasta la puerta de los vehículos.

    -Si deciden quedarse, podemos reservarles un hotel desde aquí. –Continuó diciendo el mozo muy atento.

    -Lo que decidas está bien, pero yo creo que el señor tiene razón. Además, desde el hotel podemos llamar a tu hermano para dejarlo tranquilo… -me apuré a decir y sonriendo para mis adentros aunque con cara de preocupada.

    -Si claro, lo más sensato es quedarnos.

    -Muy bien, entonces les traigo la revista turística, en ella pueden elegir hotel, les señalaré los más cercanos, a otros no podrán llegar. Todos tienen sus fotos, así que llamamos al que más les guste. –Diciendo esto, el buen señor fue en busca de la revistita.


    La verdad es que a mí me importaba poco en qué hotel nos quedáramos, lo grandioso era que por fin iba a tener a mi chico a mi completa merced, sin horarios de regreso a casa, sin hermanos dando vuelta… Daniel me señalaba los hoteles y yo le decía que eligiera cualquiera, pero él insistía, así que no me quedó más remedio. Las primeras fotos que vi me encantaron, sobre todo las de las camas, nunca había estado en una cama con mi chico, y tener sexo en una bien grande, era algo que también estaba en mis planes así que inmediatamente dije “este” El mozo llamó al hotel indicado diciendo que habíamos hecho una muy buena elección, puesto que era uno de los mejores, y además, estaba a sólo cien metros del bar. La suerte seguía de mi lado, había habitaciones disponibles y nos esperaban.

    De camino al hotel, pensé que todavía quedaba el detalle de cómo nos íbamos a registrar, si en habitaciones simples o en una doble. Y vaya problema, yo era menor de edad en compañía de un mayor que no era mi padre ni mi pariente. Aunque tenía el recurso de mudarme de habitación en medio de la noche. Una vez estacionado el auto en la cochera del hotel, tomamos los pequeños bolsos y subimos a la recepción. Nos atendió una chica muy bonita a la que al verme, se le borró la sonrisa. Inmediatamente supe que otra vez, mi cara me había delatado, no crecía al mismo ritmo que mi cuerpo.

    -Eh… perdón, el señor que llamó del bar, me dijo que se trataba de una pareja, por eso le aseguré que teníamos habitaciones. Resulta que haber, hay, pero sólo matrimoniales y si como creo, la señorita es menor… -dijo la chica volviendo a sonreír.

    -Bueno sí, soy menor pero somos novios. –Informé con la esperanza que eso arreglara el asunto.

    -Yo le creo, pero…

    -Estamos en una hostería de Tafí del Valle propiedad de mi hermano. Si usted me permite el teléfono, lo llamamos y él puede corroborarle que somos novios. Sé que aún así, la situación sería irregular pero ya no tanto, ¿no cree Ud.? –Agregó Daniel.

    -Un momento por favor, dejaré que el gerente resuelva esto. –Dijo la recepcionista y partió en busca de su jefe.

    Estaba a punto de decirle a Daniel que fuéramos en busca de otro hotel pero la visión de la intensa lluvia me lo impidió, y por fin el gerente se acercó a nosotros. Se trataba de un hombre joven, tal vez unos 30 años, apuesto y cordial. Nos saludó y empezó a hacernos algunas preguntas: de dónde éramos, hacía cuantos días que estábamos en Tucumán… “Tengo entendido que están parando en una hostería de Tafí, si me puede decir el nombre de la hostería…” –agregó por último y Daniel se lo dijo. “¡Pero si es la de mi amigo Carlos! Y vos debes ser el hermano, la semana pasada me comentó por teléfono que estaba allí con tu novia y otra gente… Pero no se hable más, claro que pueden quedarse, -y dirigiéndose a mí- si a vos no te molesta quedar en una habitación doble…” –y dejó la frase picando. “Claro que no me molesta, después de todo, es mi novio, además no creas que me va a violar o esas cosas” –dije riendo. “Muy bien, a acomodarlos entonces, de todos modos vamos a tener que registrar sus datos, y si quieren llamar a Carlos, lo pueden hacer desde la habitación”

    Concluidos los trámites, un botones nos condujo a la habitación. Nos preguntó si tomaríamos la cena en el comedor o si preferíamos que nos la subieran a la habitación. “Lo decidimos en un momento” -dije apurada. Apenas entramos, Daniel tomó el teléfono y llamó a su hermano. La habitación era realmente linda, grande, cálida; mucha madera, alfombras, un hogar, una salita con sillones y escritorio, un bar y un baño grande con una inmensa bañera blanca. Mientras Daniel hablaba, me tiré en la cama riendo de contenta. Había decidido, arbitrariamente, que cenaríamos en la habitación, así que cuando Daniel cortó el teléfono, le pedí que llamara a la recepción por la cena, que ordenara él.

    Entré al baño, abrí los grifos para llenar la tina y me dispuse a preparar cuidadosamente la ropa que me pondría. Había llevado, un vestidito bastante corto y escotado que, al igual que un montón de tangas, había comprado a escondidas de mi madre y que todavía no había estrenado; sospechaba que la tela del vestido, símil gasa, en colores pasteles, dejaba transparentar bastante la ropa interior. Como calzado, elegí un par de sandalias de taco alto, color hueso y compuesta de una fina pulsera de la cual salía una tirita que terminaba entre los dos primeros dedos, dejando los pies prácticamente desnudos. También tomé otra cosa sin estrenar: una tanga hilo dental de seda, color blanco y fino encaje en los bordes. A propósito no me pondría corpiño: quería sentir la tela rozando mis pezones y por supuesto, incitar a mi hombre con el fin de que abandonara la tan mentada “contención”.

    Con eso en mente, me metí en la bañera y dejé volar mi imaginación mientras me pasaba suavemente la esponja por todos los intersticios del cuerpo. Me imaginaba el momento de sentir la verga de Daniel, erecta y fuerte entrando en mí al tiempo que su boca lamía mis pezones y sus manos tomando mis nalgas, empujando mi cuerpo, dirigiendo el ritmo y haciendo la penetración más profunda. Tenía poca práctica en estas lides del sexo, pero una muy abundante teoría que había sido de importante ayuda hasta ahora. En esas estaba, el agua y la espuma caliente envolviendo mi cuerpo, una secuencia de imágenes sexuales jugando en mi mente, la esponja resbalando suavemente por mi piel y mi otra mano yendo a parar directo a mi vulva… Cambié de idea, quería que mi plan resultara perfecto por lo que debía estar “enterita”

    Liberé el agua y salí de la tina, me envolví en un toallón, y sequé mi pelo con otro. Al ingresar a la habitación, encontré a Daniel tirado en la cama mirando televisión.

    -Ahora me toca a mí. –Dijo incorporándose. –Vos vestite, no debe faltar mucho para que suban la cena. Tengo hambre… –Y guiñándome un ojo se metió al baño.

    Pensé en el posible significado de aquél gesto. ¿Habría adivinado mi plan? Todavía desnuda me senté frente a la cómoda. Una vez que terminé de peinarme, apliqué un poco de rimel a mis pestañas, y un suave brillo labial completó el maquillaje. Después de todo, todavía era una adolescente y no me quedaría bien pintarme como una puerta. Me miré en el espejo, me gustaba lo que veía, tenía un cuerpo delgado, piernas largas y torneadas por el deporte, al igual que la cola, paradita, de nalgas apretadas; cintura chiquita y unas tetas bastante desarrolladas para mi edad, turgentes, duritas, de pezones rosados… Giré varias veces observándome, levanté una pierna para verme la conchita, y pudiendo compararla sólo con las fotografías porno de mis hermanos, consideraba que la mía era muy linda, de labios llenitos y lampiños. Mi clítoris también era lindo, creía yo, cuando se excitaba adquiría el tamaño justo, mi pubis tenía poco vello, apenas un triangulito bien delimitado, siempre fue así. Además, Daniel me había dicho la primera vez que me dio sexo oral, que tenia la conchita más bella que había visto en su vida.

    Conforme, me vestí. Cuando me puse la tanga, un leve temblor recorrió mi cuerpo: ¿Daniel entendería mi indirecta o tendría que –literalmente- tirármelo? Con ese pensamiento, terminé de vestirme, me cepillé el cabello y lo estiré firme atándolo en una cola de caballo, su largo llegaba hasta el inicio de mis nalgas y pensé que sería un muy buen efecto. Encendí todas las luces de la habitación para verme bien y confieso, se me aflojaron las rodillas, súbitamente me embargó un tinte de cobardía: el vestido dejaba ver más de lo que yo suponía, el triangulito trasero de la tanga se dibujaba patente, mis pezones se evidenciaban a cada movimiento, incluso, hasta la piel saltaba a la vista. La tanga…, no tenía arreglo, se veía o se veía. Dudé un poco, casi casi corro a buscar un corpiño, pero en ese preciso instante, el diablito que habita en el hemisferio derecho de mi cerebro, se despertó, retándome. Sonreí para mis adentros, tomé aire, y me hice de todo el valor del que fui capaz de encontrar.

    Pero estaba nerviosa, así que mientras esperaba a Daniel y la cena, salí al corredor, lo caminé de punta a punta y noté que nuestra habitación, que estaba en el ala privada del hotel, queda bastante alejadas de las ocupadas por turistas y entonces tuve la certeza de que esa noche gritaría todo lo que se me diera la gana. Sonreí contenta otra vez, anticipándome a lo que me esperaba. Crucé el corredor sin hacer caso a las miradas de tres turistas que se dirigían al ascensor, ingresé a la habitación, pasé de largo por la salita y encontré a Daniel abriendo los ventanales que daban a un gran balcón. Ya estaba vestido, hombre al fin, sólo había llevado una muda de ropa, lo clásico: unos jean “Levi’s” color negro, camisa blanca arremangada hasta los codos, cinturón y zapatos también negros. Me escuchó llegar y se dio vuelta extendiendo sus brazos para recibirme.

    Caminé como en algodones, la vista fija en su cara y sentí la mía ruborizarse al notar la intensidad de su mirada sobre mi cuerpo, al ver su boca abrirse en señal de incredulidad y sus ojos recorrerme de pies a cabeza… Por fin llegué a su lado, me tomó de la cintura, me dio un pequeño beso en la boca y sin soltarme, me apartó un poco de su cuerpo y volvió a recorrerme con la mirada al tiempo que preguntaba:

    -¿Y esto, mi amor?

    -Bueno, si no te gusta… es todo lo que traje, así qué no voy a cambiarme. –Dije desafiándolo.

    -Por Dios, si estás hermosa, es sólo que… -y me dio otro beso sin completar la frase.

    -¿Qué? –pregunté insistente.

    -No preguntes más Luly o no respondo de mí, ¿acaso quieres volverme loco?

    Sólo atiné a reírme ante su comentario. Daniel debió notar mi sonrisa pícara porque me interrogó con la mirada. No dije nada, pero en cambio me acerqué a él, mientras le daba un beso en la mejilla, pegué mis caderas a las suyas para notar su bulto, estaba excitado, “mmm… ¡cómo está esto!”, dije entre risas y salí de entre sus brazos para dirigirme a la salita. Sentía sus ojos otra vez sobre mi cuerpo y me pregunté si había notado la tanga bajo el vestido. Mientras caminaba, lo hacía como lo hacen las modelos en la pasarela, contoneándome un poco pero sin exagerar, como si fuera efecto de los tacos altos.

    Segundos después, él me siguió y se preparó un trago en el pequeño bar, a mí me alcanzó una coca-cola y se sentó en el sillón doble a esperar la cena. Yo también me senté pero elegí un sillón simple justo frente a él. Mi falta de experiencia en las artes de la seducción, hizo que temiera a mi torpeza adolescente, así que calculé muy bien mis movimientos y me senté lentamente, primero con las piernas bien juntas para inmediatamente cruzar una sobre otra. Sabía que el largo de mis piernas sumado a la altura del tacón de la pierna de apoyo, harían que mostrará casi hasta el infinito de mis muslos. Daniel, desde el otro extremo, me contemplaba con los ojos entrecerrados y en silencio. Me sentía nerviosa, no sabía qué hacer con mis manos, estaba a punto de decir cualquier tontería cuando unos nudillos salvadores golpearon a la puerta. Era el servicio que traía la cena. Daniel abrió y un joven entró empujando un carrito que dejó cerca de la mesita ratona de la sala.

    -¿Aquí está bien, señor? Por favor, fijesé si falta algo. –Dijo el chico.

    -Sí, gracias. Y estoy seguro que todo está perfecto, gracias otra vez.

    -Si necesitan algo más… durante la noche, digo… -sonrió el muchacho mirándome.

    -Lo pedimos, gracias. –Dijo Daniel. Le dio propina al muchacho y lo despidió.

    Me pareció que Daniel se había molestado por algo. Y no tardé en descubrirlo.

    -Gracias a Dios que no salimos a cenar. Ya viste cómo te miraba ese chico. Si íbamos a un restaurante, vestida así… Vos terminabas bajo la tutela de un juez de menores y yo preso por trompear a cada tipo que te mirase.

    Me reí con ganas, se había puesto celoso y pensé que eso ayudaba mucho a mi causa. Mientras pasábamos las cosas desde el carrito a la mesita, yo aprovechaba para tirar algunas señales corporales: me agachaba para tomar las cosas que estaban en el estante más bajo haciendo que mi vestido, que ya de por sí era muy corto, se subiera más mostrando el inicio de mis nalgas; al levantarme, lo hacía lentamente dejando que la redondez de mis senos se asomaran por el escote; y como si fuera casualidad, rozaba mi costado en el bulto de Daniel. Lo sentí inspirar a cada momento y hasta que cada cosa estuvo en su lugar. Entonces, nos sentamos a cenar, cada uno en el mismo lugar en el que habíamos estado antes.

    Cenamos bastante liviano, Daniel había pedido una serie de platillos, un poquito de todo. Él tomaba vino y le pedí que me sirviera a mí también; después de todo, estaba en compañía de un mayor, y además, lo más ridículo era que ya hacía cosas de adultos… como sexo oral, por ejemplo, ¿por qué no podría tomar un poco de vino? En ese aspecto no era virgen, tanto con él como con mis compañeros de colegio, tomaba cerveza de vez en cuando, no hasta emborracharnos, pero tomábamos. Hice un par de “pucheros” y accedió, tomó otra copa y me sirvió de ese delicioso vino tinto que había ordenado. Para mis adentros, yo sabía que lo necesitaba, tal vez el alcohol sumara la cuota de valor que, sospechaba, aún me faltaba.

    Durante la cena, conversamos de todo un poco. Daniel me dijo lo linda que estaba esa noche, que nunca me había visto vestida como para comerme a alguien, que aunque la ropa exponía mi cuerpo en todo su esplendor y me hacía parecer una mujer de experiencia, mi cara y en especial mi mirada, seguían siendo las de una adolescente. Le pregunté si eso era bueno o malo. Se rió y me contestó que dependía del observador, pero que para él era el cielo. Yo sentía que mi vagina había comenzado a lubricarse con aquellos comentarios. Sin embargo, la conversación viró hacia temas más mundanos, como su negocio y mis estudios; y si bien la mirada de Daniel no abandonaba los movimientos de mi cuerpo y los de mis labios al comer, sentí que había bajado los decibeles de la conversación deliberadamente. ¿Tan convencido estaba de respetar “mis tiempos”? Parecía que sí.

    Terminando la cena, el vino me había serenado y contribuido a mi determinación. Miré la hora, 22:30. Le propuse a Daniel dejar las bebidas y levantar el resto de las cosas. Luego fue hasta el frigo-bar y se sirvió un whisky, llamó a recepción para que retiraran el carrito de la cena y pidió una copa de helado de chocolate para mí, sabía que era mi preferido. Esperando el servicio, yo hice a un lado la mesita y tiré los almohadones sobre la alfombra, me senté de nuevo en mi sillón y en eso llegó el mismo chico de antes, trayendo en una bandeja mi copa de helado. Retiró el carrito y se fue.

    Daniel se sentó en la alfombra apoyando la espalda en el sillón doble y reanudamos una conversación trivial. Yo, que me sentía más animada por el alcohol, deslicé la cola hasta el borde del sillón y recosté el cuerpo en el respaldo. Mientras Daniel hablaba, yo me concentraba en mi helado, me lo comía con modos deliberados. Levantaba un poco en la cuchara y primero emparejaba los bordes de la porción con la punta de la lengua para luego atraparla entre los labios. Hacía esto al tiempo que abría y cerraba las piernas leve y lentamente. Sabía que al hacerlo, el triángulo de mi tanga quedaba justo a la precisa altura de la mirada de Daniel. Tan concentrada estaba, que tardé en darme cuenta que él se había callado y con el vaso de whisky apoyado en sus labios, me miraba intensamente. Al advertirlo me ruboricé, pero no podía claudicar ahora, mi deseo estaba intacto así que me dije que debía abandonar la tensión para dar paso a la espontaneidad. Entonces me relajé.

    Apuré el helado, dejé la copa en el piso y yo también fui a parar ahí, pero con Daniel. Tenía las piernas extendidas y cruzadas a la altura de los tobillos así que se las separé y me deslicé sobre él. Mi costado tocó su bulto.

    -La tienes parada. –Dije riendo.

    -Creo que está parada desde que el mismo día que te conocí. -Respondió casi atragantado con el sorbo de whisky.

    -Mmmm, ¿por qué será?, -pregunté al tiempo que giraba un poco apoyando las tetas en su pecho y dándole un pequeño beso en la boca.

    Con la mano libre, Daniel recorrió el largo de mi espalda hasta llegar a los glúteos, le dio un pequeño apretón a uno y me sonrió. Esta vez fue él el que apuró su copa. Mi corazón latía a mil por hora, quise calmarme así que me levanté para tomar su vaso y llevarlo al bar. Al pararme y por lo corto de mi vestido, sus ojos pudieron ver toda mi cola que más bien parecía desnuda por el hilo dental de la tanga perdido en mi raja. Lo sentí gruñir detrás de mí. “Tomemos un poquito más”, dije y caminé hasta el barcito. Serví su vaso con whisky otra vez y una copa de vino para mí. Al volver, me senté entre sus piernas, pero no sobre su bulto. Tomando mi copa con una mano, bebí un sorbo y con la otra, tiré de su nuca acercándome a su boca para darle un beso con labios sabor a vino. Él tomó su vaso, y mientras bebía, me miraba intrigado y yo me hacía la tonta.

    Volví a besarlo, esta vez profundo y jugoso durante varios minutos, la respiración de ambos ya no era la misma y la boca de Daniel dejó mis labios para bajar por mi cuello hasta el nacimiento de las lolas, mientras una de sus manos que se metía por el escote y tomaba una acariciándola y apretando suavemente el pezón, con el otro brazo me sostenía por la cintura manteniéndome alejada de su bulto, pero ahora yo sí quería sentirlo. Dejé mi copa y con ambas manos a los lados, me deslicé hacia delante hasta cubrir los centímetros que me separaban de su miembro duro. Apreté mis piernas alrededor de sus caderas y comencé a frotarme suavemente contra su verga, que aunque estaba cubierta por la ropa, podía sentir su calor.

    -No Luciana, basta, si continuamos… Ya lo hablamos. No quiero… -Y ahogó sus palabras moviendo la cabeza de un lado a otro.

    -¿Y qué quieres? –Pregunté bajito. –Porque yo sí sé qué es lo que quiero, y hasta ahí voy a llegar. Te lo prometo.

    Daniel no respondió, mientras tomaba otro sorbo de whisky, me sostenía de la cintura apretándome contra él, yo podía notar su respiración acelerada y entrecortada, pequeñas gotas de sudor aparecieron en su frente a pesar del frío del aire acondicionado. Creí saber lo que le estaba pasando, quería hacerme el amor por completo, en pocas palabras, quería cogerme. Lo quería tanto como yo, sólo que él no lo sabía. Seguía pensando que mi edad me condicionaba, y que mi límite, por ahora, era la masturbación y el sexo oral. No, él no me lo pediría, “será cuando estés lista, pero me lo tienes que hacer saber con palabras, no quiero suponer…”, había dicho una vez.

    Suspiré. Dejé de moverme y como para romper barreras, empecé a hablar de música y de los lugares que debíamos visitar antes de volver a casa. Dio resultado. Mientras la charla se animaba, nosotros también, nos abrazamos, acariciamos y besamos. Todo eso era terreno conocido y seguro para mí. También para él, que pensó, creo yo, que la noche concluiría en un fabuloso sexo oral y nada más.

    Entre risas y jugueteos, apretando mi vulva contra su bulto, nos dimos un beso enredando las lenguas, comiéndonos las bocas, aspirando todo el aliento que teníamos. Las manos de Daniel ya estaban en mi cola, apretándome más contra él, su respiración se había vuelto a acelerar y los jadeos de ambos se confundían. Me subió el vestido, y desde atrás metió un dedo en mi vagina, empiné la cola para facilitarle la tarea sin dejar de apretar mi clítoris contra su bragueta. Su dedo entraba y salía de mi vagina. Ya sentía mis jugos correr y empaparme la vulva. Su otra mano, deslizó suavemente los breteles del vestido hasta que levantando un poco los brazos, dejé caer la tela hasta la cintura.

    Daniel contemplaba mis lolas con la boca entre abierta para luego inclinarse y atrapar un pezón entre los labios. Sostenía y apretaba levemente mi lola con la mano, mientras su lengua trazaba círculos alrededor del pezón. Podía sentir su saliva fresca apagando el calor de mi piel, y sus dedos calmando al ardor de mi sexo. Salían de mi vagina para recorrer la raja de la cola deteniéndose apenas en mi ano para luego, en camino inverso, volver a penetrarme. Había comenzado a moverme sobre su bulto nuevamente, aparté mi pecho de su boca y desprendí su camisa haciendo a un lado la tela, quería sentir mis pezones duros rozando contra los vellos de su pecho. ¡Ah, cómo me gustaba eso! A él también.

    Me movía de arriba hacia abajo como si de verdad tuviera su verga adentro en lugar de los dedos. Bajó la cabeza para mirar mis las lolas frotándose en su pecho, de repente, sacó los dedos de mi vagina, se incorporó y me levantó para ponerme sobre el borde del asiento del sofá. Me subí la falda hasta la cintura, a donde ya estaba el resto del vestido, descansé la cabeza y los hombros en el respaldo y abrí bien las piernas, invitándolo. Daniel se ubicó entre ellas, me tomó de las nalgas elevando mis caderas, hizo a un lado el hilo dental de mi tanga y comenzó a lamerme la conchita de una forma tan deliciosa, que creí morirme de placer. Yo sólo podía acariciar su cabeza y mirar cómo se comía mi concha, cómo la punta de su lengua abría los labios hasta llegar a mi clítoris para sostenerlo unos segundos entre sus dientes y volver a bajar metiendo la lengua lo más profundo que podía en mi vagina, beberse sus jugos… Volvió a subir hasta el clítoris, y esta vez, metió dos dedos juntos bien adentro de mí. Nuestras miradas se cruzaron, me mojé los labios con la lengua y sobrevino mi primer orgasmo de la noche. Apretando fuerte su cabeza contra mi vulva, arqueé mi cuerpo dando fuertes gemidos.


    Aún temblaba de placer y Daniel seguía con su oral maravilloso. Entonces, instintivamente, giré sobre mí dándole la espalda, arrodillada y con medio cuerpo en el sillón, le ofrecí nuevamente mi vulva y ahora también, mi cola. Daniel gruño. Arrodillado detrás de mí, me tomó de los senos para poder sacarme el vestido y volví a mi posición. Así, Daniel podía ver mi cola con el hilo dental metido en ella. Sus manos recorrieron mi cuerpo lentamente, desde la nuca hasta el borde de la tanga. “¿Te dije alguna vez, que lo primero que vi de vos la tarde que nos conocimos fue tu cola?”, preguntó bajito. “No, no me contaste eso”, respondí ronca. No volvió a hablar, en cambio, se inclinó para trazar con su boca la línea ascendente por la que antes habían bajado sus manos. Mientras se detenía a besar el arco de mi cintura, sentí sus dedos enredarse en la tanga tirando hacia abajo. Junté un poco las piernas, y levanté una rodilla por vez hasta que la tanga ya no fue obstáculo.

    Su boca continuó subiendo por mi espalda, sus manos se apretaron en mis caderas y su cuerpo se acercó al mío. Gimiendo, me balanceó un poco hacia atrás y hacia delante, restregó mi cola contra su bulto unos instantes y luego volvió con sus labios a mi sexo. Lentamente, un dedo fue abriendo paso a la lengua entre mis nalgas que se detenía para darme un perturbador beso negro, mientras sus dedos continuaban viaje hacia mi vulva. Yo gozaba liberando todas las tensiones previas, pero quería más, necesitaba más. ¿Debía decirle así, directamente, lo que deseaba?

    Me incorporé despacio. Él se acomodó contra el sofá. Tuve que pararme para estirar mis rodillas, lo hice abriendo las piernas una a cada lado de su cuerdo y él aprovechó para tomarme de la cola y acercarme a su boca y jugar con la lengua sobre mi clítoris erecto. Pese a lo gustoso de aquello, no le permití que continuara. “No cariño… ahora es mi turno” Y comencé a bajar despacito, rozando mi sexo contra su pecho hasta casi sentarme sobre sus muslos. Mi boca llegó a su boca y enredé mi lengua con la suya, nos besamos largamente, sus manos iban y venían por todo mi cuerpo, yo tiraba de la tela de su camisa hasta sacársela por completo. Le ofrecí mis tetas a su boca para que mis manos fueran a ocuparse del cinturón primero, los botones del jean después. Los desprendí con urgencia, al hacerlo, el roce de mis nudillos en su sexo, me transmitieron la intensidad de su deseo. Gemí protestando, entonces él comprendió.

    Comenzó a sacarse el pantalón y yo me senté a su lado. Ansiosa, tomé la copa de vino y bebí todo en un solo trago. Bruscamente abandoné la copa vacía, y me arrodillé frente a Daniel tomando su boxer y bajándolo de un tirón. Delante de mis ojos, saltó de su encierro aquella verga dura delineada por venas azuladas que rogaba alivio. Me acomodé mejor, y con las dos manos empecé a masturbarlo, primero lentamente, subiendo y bajando, mientras con la punta de la lengua le daba pequeños golpecitos al glande. Lo sentí gemir, entonces, suavemente, comencé a comerme ese pene tan ansiado por mí. Me lo metí a la boca hasta que se topó con mi garganta, al subir apretaba los labios a su alrededor y al llegar al frenillo, lo golpeaba con un suave aleteo de mi lengua. Mientras disfrutaba mamándolo, me decía que debía hacer algo más para que Daniel abandonara su sentido del deber y compostura. Otra vez mi inexperiencia me jugaba en contra, pero la información acumulada y mi poderoso instinto me envalentonaban y me dictaban los pasos a seguir. “Por favor mi amor… vení, acomodate aquí, en la alfombra, como antes”, dije entre gemidos.

    Daniel volvió a apoyarse contra el sillón, estiró las piernas y yo me acomodé de costado. Volví a mamarle la verga, abrí las piernas, y me comencé a masturbar. Me acariciaba el clítoris con suaves movimientos circulares acompañando con movimientos de mis caderas. Dejé de lamer su verga para gemir con la boca semi abierta, y cuando iba a volver a chuparlo, me detuve un momento a mirarlo. Daniel, veía cómo me masturbaba con tal expresión de asombro, que casi me hizo soltar una carcajada, pero me contuve. Era la primera vez que me veía hacer tal cosa. Aproveché para dejar la faena, no quería que acabara, mejor dicho, sí quería, pero en mi concha. Así qué, me levanté del suelo y rápidamente me acomodé sobre él con toda la vulva caliente contra su sexo.

    -No me provoques Luciana… no me incites a hacer algo que vos no estás dispuesta a asumir. –Dijo entre dientes y tomándome fuerte de las caderas.

    -Amor, te recuerdo que esto ya lo hicimos una vez antes, hace un par de días… Mi conchita frotándose sobre tu verga, digo… –y sonreí.

    Daniel se rindió. Me parece que pensó que sería igual, que yo no me había vuelto loca. Entonces mientras me movía suavemente sobre su pene, él acariciaba mis nalgas, las abría y cerraba, con un dedo trazaba la línea entre ellas…

    -Nunca pensé que te masturbaría delante de mí. -Dijo de pronto.

    -Y todavía tengo guardada alguna sorpresa más… -susurré al tiempo que hacía que mi vulva mojada se apretara sobre su glande.

    -Por Dios, amor… no sigas… no creo poder parar… –Dijo entre dientes y abandonándose a mis caricias.

    Y yo no quiero que pares, pensé, pero no lo dije. No quería que su conciencia se volviera, nuevamente contra mis deseos. Frené mis movimientos, empecé a besarlo y a jugar con los pelitos de su pecho, bajaba la mano rascando a lo largo de su vientre hasta llegar a su pubis. Me aparté de su verga sentándome sobre sus muslos para mirarlo, verlo así, desnudo, resultaba una visión celestial para mí. El me miraba interrogante y cuando sentí que la intensidad de su erección había disminuido lo suficiente como para dar el siguiente paso, volvía a subirme sobre él. Empecé a moverme en círculos, mi vagina, otra vez, dejaba libre sus jugos. Estaba completamente mojada y eso me facilitaba la tarea. Me sentía arder, y mientras pegaba mi sexo al suyo, comencé a acariciarme las tetas, tirando la cabeza hacia atrás, gimiendo. De pronto, lo sentí tensionarse y tomarme de los brazos.

    -No Luly… por favor… ¿qué quieres de mí, nena…?

    Y el momento había llegado, debía decírselo. Detuve mis movimientos, lo mire directo a los ojos y se lo dije firmemente.

    -Quiero que me hagas el amor, Daniel…

    Su expresión me decía que no lo podía creer. Entrecerró lo ojos y creo que contuvo la respiración. ¿Qué le pasa, por qué no dice nada? ¿Será que se enojó? O tal vez…

    -¿Qué…? -Por fin logró decir algo pero pudo completar la pregunta.

    Debía dejarlo bien en claro, ya no podía volverme atrás, ni quería hacerlo.

    -Que quiero que me hagas el amor… -Aspiré hondo y repetí mirándolo a los ojos: -Que quiero que me cojas, mi amor, aquí y ahora, ya. Quiero sentir tu verga adentro de mí y…

    No me dejó terminar. Con un movimiento rápido, me levantó y me llevó a la cama. Me sentó a un lado y agachándose me miró de frente.

    -¿Estas segura? –Preguntó.

    -Completamente. –Respondí sonriendo.

    -Bien, pero aquí hay algo que está sobrando.

    Tiró de la ropa de cama hasta dejar sólo la sábana de abajo. Quise sacarme las sandalias. “No, no lo hagas…”, pidió. Después, me acomodó al centro del lecho y se tendió a mi lado. Primero lamió mis pezones y bajó con su lengua a lo largo de mi vientre. Se detuvo un instante en el clítoris, siguió hasta la vulva y tomó cada labio entre los de su boca. Hurgó con los dedos y mezcló su saliva con mi humedad. Luego me dio vuelta y volvió a lamerme, subió por mi espalda hasta la nuca y apoyándose en sus manos, descansó sus caderas sobre mí dejando que la verga de posara en el canal de mi cola. ¡Cómo me estaba gustando eso! Volvió a ponerme boca arriba y me cubrió con su cuerpo, podía sentir su pene rozando mis muslos, con una mano tanteó mi vulva para comprobar que seguía tan mojada como antes y yo, instintivamente abrí un poco más las piernas. Nos besamos al tiempo que él jugaba con mi concha y yo con su pene. Entonces me acordé de algo que había leído: “la posición ideal para tu primera vez –decía el escrito-, es estando vos arriba así lo puedes ayudar a controlar la penetración…”

    Lo empujé suavemente y esta vez, acomodé las almohadas contra el respaldo de la cama y Daniel se apoyó sobre ellas. Entonces me senté sobre sus muslos, le acaricié un ratito los testículos para después, lentamente ir acercándome a su sexo. La mirada de Daniel iba de mi cara a nuestros sexos. Me incorporé sosteniéndome con mis pies, los tacos se hundían un poco en el colchón pero ayudaban a la tarea. Empecé a jugar con su verga acariciándome y abriendo los labios de la vulva con el glande. Daniel dijo algo entre dientes y cerró unos segundos los ojos.

    -Te quiero ahora, Luciana… creo que no puedo aguantar más. –Gimió ronco.

    -No lo hagas, mi amor. –Gemí yo. –Y no seas demasiado suave conmigo, sólo lo necesario, quiero sentirte por completo.

    Mientras decía eso, con su verga en la mano y recorriéndome la vulva todo a lo largo, encontré lo que buscaba. Sentía la vagina completamente dilatada y esperando lo que tanto anhelaba. Sin soltar la verga, dejé que el glande hiciera sólo su camino. Como atraído por un imán, lo sentí entrar por completo, aunque despacio. Moví mis caderas circularmente alrededor de él, Daniel volvió a decir algo entre dientes y estiró sus manos hacia mis tetas, las masajeó como me gustaba, jugando con los pezones con la palma de las manos. Cerré los ojos intentando captar cada sensación nueva e increíble para mí. Lentamente fui bajando, a cada empujoncito, la verga entraba más y yo la sentía ancha, grande, parecía que nunca iba a terminar de entrarme, hasta dudé que me entrara toda. Llevé los brazos hacia atrás y me aferré a cada uno de sus muslos, Daniel dejó mis tetas para tomarme de las caderas y juntos dimos el último empujón de mi cuerpo hacia abajo.

    Entonces gemí fuerte. Entonces me sentí llena. Abrí los ojos y mirándolo le sonreí al tiempo que empezaba a moverme como toda una profesional. Dejé de sostenerme y abandoné mi cuerpo a los embates de esa verga que se me clavaba hasta el fondo cada vez que yo subía y bajaba por ella. La expresión de Daniel era de sorpresa, de placer, de deseo, y de absoluta incredulidad.

    Por momentos me detenía el sube y baja para dar círculos y Daniel acariciaba mi clítoris duro, rojo de excitación. Nuestros movimientos se fueron haciendo cada vez más urgentes. De tanto en tanto, él me tomaba de las nalgas pegándome a la base de la verga, suspendiendo mis movimientos -ahora lo sé-, para retrasar un poco más la eyaculación. Quería que en mi primera penetración, yo sintiera el más maravilloso orgasmo de los que había sentido hasta ahora con sexo oral. Luego, él aflojaba la presión de sus manos y yo movía mis caderas de adelante hacia atrás, de arriba a abajo, haciendo que la excitación de ambos aumentara nuevamente. Él volvía a recorrerme el cuerpo y acariciar mis lolas. Su torso se adelantaba ayudando a la cabeza a llegar con la boca a mis tetas. De pronto noté cómo la contracción de los músculos de su abdomen no aflojaba y me abrazó fuerte soldando mi sexo contra la base de su verga. Mi clítoris duro contra el hueso de su pubis, latía irrefrenable, sentí mi sangre correr y el aire suspenderse en mis pulmones. Fuertes y deliciosos temblores invadieron mi cuerpo. Sentí la boca incontrolable de Daniel ir de una teta a la otra, lamiéndolas, chupándolas… Arqueé el cuerpo sacudiendo la cabeza y entonces exploté. Y sí… grité. El aire contenido salió disparado por mi garganta.

    -¡Aaahhh… Daniel… cogeme, mi amor, cogeme…!

    Gritaba y jadeaba muy fuerte sin poder detener mis manos que iban de enredarse en mi pelo a acariciarme las tetas, el vientre…

    Abrí los ojos y volví a mirar a Daniel justo cuando roncamente decía…

    -Acabá Luly… acabá y regalame la expresión de gozo de tu cara.

    -Ay… sí mi amor… estoy acabando una y otra vez… ¡Quiero que acabes dentro de mí! ¡Quiero sentir tu semen inundarme por completo! –Grité incontenible.

    Daniel volvió a arquearse hacia adelante apretándome más sobre él y entonces si, entonces sentí su leche caliente empapando las paredes de mi vagina y como en lejanía, lo escuché jadear y decir cosas como… “mi amor… Dios… y te amo…”
    Última edición por Minnie; 14-abr-2009 a las 06:24 Razón: Publicación
    No tenemos que pedir permiso para ser libres. (¿Pancho Villa?)

  2. #2
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    Respuesta: De la teoría a la práctica

    Mmm... me gustó demasiado tu relato. A

    A estas horas de la mañana no puedo dilucidar si Dios estableció o no una manera de coger... Pero si lo hizo, estoy segura de que no sabía que tú le "enmendarías la plana"...

  3. #3
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    Thumbs up Respuesta: De la teoría a la práctica

    Excelente relato, excelente descripcion, me calento muchisimo.

    La unica observacion es que Yo no hubiera aguantado tanto como tu novio.

    Con solo leer el relato casi me corro!!!!

    Feliciades, me gusto muchisimo

  4. #4
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    Respuesta: De la teoría a la práctica

    bastante agradable tu relato esperare con ansias el proximo un saludo y un gustazo.....
    SI ME CONCEDES TRES DESEOS .... YO PONGO EL CUARTO

  5. #5
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    Respuesta: De la teoría a la práctica

    wooow puppeee!!! que historia.. al final si te saliste con la tuya eh.. muy exquisito tu relato gracias por compartirle
    El Diablo Es El Mayor Aventurero Del Mundo.. Rompe Todas Las Reglas Y Nunca Lo Atrapan

  6. #6
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    Respuesta: De la teoría a la práctica

    Maravilloso relato, uno de los mejores que he leído en los últimos tiempos, consigue que te vayas calentando poco a poco, que no desees llegar al final, transmite emoción y eso, con lo que hay por ahí, es muy difícil, enhorabuena

  7. #7
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    Respuesta: De la teoría a la práctica

    ¡qué bueno! ... un nuevo relato de puppe

    Lindo relato ... para aquellos que no lo saben, este relato es como una continuación de un par de mini relatos que puppe mandó por ahí en otros temas de este mismo foro. Según recuerdo hay un par de joyitas perdidas por ahí que cuentan los primeros "orales" de nuestra amiga (recibiendo y dando)
    Y otra rareza (más antigua y más dificil de encontrar, solo conocido por auténticos "pupetólogos" - como yo-) relata el primer anal.
    Todos con igual frescura, precisión, cachondez y pasión que este relato. (¿algún alma caritativa podrá buscar los vínculos y colgarlos por acá?)

    Terminada la digresión, qué puedo decir sobre este relato ... un poco larga la introducción, pero relatada de manera amena y con mucha picardía. La escena de la ducha y del espejo ya me pusieron a tono con el relato.
    La parte del acto en sí no tiene desperdicio, muy excitante y sobre todo suena a algo creíble, simple y mágico, sin vueltas ni rebusques, como debe ser un buen polvo ... y más si es el primero. El lenguaje es preciso y correcto sin caer ni en groserías ni en mojigaterías tontas: la verga es verga y la concha es concha ... y coger ... es sublime contado por puppe. (pucha ... ya me puse muy chupamedias!)

    El final me dejó un poco perdido ... eso de "dios y te amo" me saco de clima
    .. qué no daría yo por ver un día
    tu ropa en un rincón de mi guarida
    junto al atuendo de este servidor ...
    (Ana. - Jorge Drexler)

  8. #8
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    Wink Respuesta: De la teoría a la práctica

    Durante mi lectura, pense para mis adentros, ¿"Será gay"?. porque en la actualidad nadie es tan modosito. pero a la final me alegró, porque respondió como todo un varón. MUY BUENO TU RELATO.

  9. #9
    MALENI Invitado

    Respuesta: De la teoría a la práctica

    ME GUSTO ESTE RELATO, LA LARGA INTRODUCCCION QUE EN UN POST MENCIONAN A MIME ENCANTO. ME CONFIESO PREFERENTE DE LOS RELATOS LARGOS, DISFRUTO DE UN RELATO DONDE NO SE VAYAN AL SEXO AL PRIMER RENGLON.
    AUNQUE EL FINAL SE ME HIZO QUE LLEGO DE FORMA MAS BIEN REPENTINA, PERO EN GENERAL ME PARECE BUENO.

  10. #10
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    Respuesta: De la teoría a la práctica

    Sin temor a equivocarme, parece que es el primer relato que leo tuyo y he quedado realmente encantada, me gustó mucho la introducción, imaginé como tenías al pobre de Daniel ...

    En fin, coincido con Male me hubiese gustado que el final no fuera tan repentino y que describieras más ampliamente tus emociones y sensaciones de esa primera vez, como sea, te quedó excelente.

    Saludos

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