La habitación estaba tal y como él le había dicho que estaría. En la entrada, pegado a la pared donde se encontraba la puerta, había un sofá con una funda blanca que lo cubría. Justo en medio de la sala, una silla. Como las que se utilizan en cualquier oficina de trabajo. La silla miraba de frente al sofá. En la pared, y enfrente del sofá, un espejo, que cubría casi la totalidad de la misma. Tal y como había dicho. Tal y como ella lo había imaginado.
Su relación, si así se podía llamar, había comenzado a través de una pagina de internet, que se supone era para hacer amigos. Después de tímidos intercambios de mensajes, empezaron a congeniar. Cada vez más coincidencias, más cosas en común, más ganas de saber el uno del otro. Y habían pasado al siguiente nivel. A conversaciones más intimas, a compartir deseos y fantasías. Aquellos deseos casi se concretaban con el intercambio de fotos. También cada vez más íntimas. Empezaba a existir una necesidad de gustar. De que se gustaran. Siempre bajo la protección de sus lugares de residencia.
La distancia parecía ser el mejor de los métodos anticonceptivos o de prevención de enfermedades venéreas. También era el mejor método para evitar remordimientos. Estaba claro que aquello eran sólo fantasías. Solo un divertimento. Nada que tuviera que ver con su vida real. Y así lo habían entendido los dos. Y de esa manera era mejor. Lo que no habían previsto ninguno de los dos es que, cuando juegas, a veces, hay que acabar la partida.
Nunca se habían visto en persona. Ni se habían oído. Solo a través de fotos y, en la mayoría de ellas no se mostraban la cara. La situación en la que se encontraban ahora, solo era producto de una fantasía en común. De una subida de adrenalina ante la posibilidad de hacerla real, de una actitud de tirar la casa por la ventana aunque sólo fuera por esta vez. Su pretexto en casa, había sido una supuesta reunión de trabajo en Barcelona -el punto intermedio de la residencia de ambos. La excusa que habría puesto él, por supuesto, la desconocía.
Pero él, le había escrito que se ocuparía de todo. Le había avisado de dónde tenía que ir y de lo que se iba a encontrar. Y de momento, así había sido. La habitación donde se encontraba, era de un club liberal y estaba reservada bajo un nombre falso que ella, antes de ir allí, ya conocía.
Después de un viaje en tren, repleto de nervios se había presentado en aquel local, y tras dar las referencias de la reserva, la responsable del local, con discreción, la había conducido a aquella habitación. Se había despojado de su ropa, dejando solo un tanga color verde -el preferido de él- y una camiseta de rayas muy estrecha. Nada más. Se sentó en la silla. De espaldas al sofá y con el respaldo de la misma apoyado en su pecho. Veía su imagen reflejada en el espejo de la pared. Esperó.
Pasaron diez minutos y no aparecía nadie. Empezó a pensar que había sido víctima de alguna broma macabra. Por un lado, se sintió molesta y por otro, aliviada. Molesta, porque en lo mas profundo de su ser, deseaba aquel momento. Aliviada, porque no tenía una necesidad real de hacer lo que se suponía que iba a hacer. Veía su ropa amontonada en una esquina de la habitación y se sintió un poco estúpida. Pasaron cinco minutos más. Seguía sentada a horcajadas en la silla, porque era lo indicado. Habían acordado más normas: sólo esa vez, nada de nombres, nada de palabras. Sólo hechos.
Cuando sus muslos se tensaron para levantarse y recoger la ropa para irse, la puerta de la habitación se abrió y volvió a sentarse. Esta vez, con el cuerpo tenso y la mirada clavada en el espejo. Él entró en la habitación. Iba vestido con unos vaqueros oscuros y una camisa blanca de manga larga a la que le había remangado los puños. No saludó. En el reflejo del espejo vio que la miraba a la cara. Paseo la vista por la habitación. Todo estaba en orden. Le sonrió.
Ella estaba muy nerviosa. Quería salir de allí pitando. Decirle que todo había sido un error y que lo mejor que podían hacer era marcharse cada uno por su lado. Pero las normas decían que no se podía hablar. Imaginaba que el estaría viendo su espalda y su trasero, sentado en aquella silla y cubierto solo por aquel tanga tan solicitado. Aferró sus manos al respaldo de la silla y se mantuvo a la expectativa.
Él, se sentó en el sofá. Empezó a desabrocharse la camisa con movimientos lentos y premeditados. Con cada botón que se desprendía, ella veía por el espejo parte del torso que en tantas ocasiones había visto en fotos. El final del partido parecía que había comenzado. Se terminó de quitar la camisa y quedó sentado en el sofá en actitud relajada, con el primer botón de los pantalones desabrochado. Vio también la parte del abdomen por donde tantas veces le había dicho que quería pasar su boca en conversaciones cibernéticas, que en ese momento, habían parecido inocentes. Y lo había deseado de verdad. Ahora lo tenía a menos de dos metros de su espalda pero no se podía mover de donde estaba. Era una de las normas.
Ella arqueó la espalda. Fue un movimiento, más para estirarla por la cantidad de tiempo que llevaba sentada, que para provocar ningún tipo de reacción. Pero él lo tomó como el pistoletazo de salida. Desabrochó del todo los pantalones y expuso su sexo. Estaba flácido. Era la primera vez que lo veía, pues en fotos no habían enseñado partes tan explícitas. Todo había sido más sutil. Verlo en aquella postura, decididamente sucia y con su sexo tan expuesto la excitó. Él posó una mano en su sexo y empezó a acariciarse. Lo hacía con movimientos suaves y lentos. Su pene comenzó a crecer. Ella abrió las piernas e hizo lo propio. Con los dedos de una mano, comenzó a frotarse entre las piernas, por encima del tanga, repasando todo su sexo. Empezó a notar humedad en la zona. Su otra mano se fue hacia un pecho y lo sacó de la camiseta. Se miraban a través del espejo.
Él bajó sus pantalones hasta dejarlos a la altura de sus tobillos. Ella veía claramente su verga, ahora completamente dura, apoyada en su abdomen. Seguía acariciándose. Empezó a sentirse muy excitada. Ver como se estaba tocando él, en el espejo, y saber que lo estaba haciendo porque ella lo hacía también, hizo que se creciera. Los nervios habían desaparecido y la embargaba una total lascivia. Se levantó de la silla y se arrodilló en ella, apoyando una mano en el respaldo y ofreciéndole la gloriosa imagen de su trasero. Su mano se deslizó hacia atrás y, retirando parcialmente el tanga verde que tanto le gustaba a él, siguió acariciándose hasta introducirse dos de sus dedos. Estaba muy húmeda y entraron sin problemas. Seguía mirándolo por el espejo.
Él, terminó de quitarse los pantalones. Ahora estaba completamente desnudo. Ella, estaba a punto de tener un orgasmo. Había acelerado su propio ritmo. En el espejo, vio como él se levantaba y se acercaba a su grupa. Lo veía justo detrás de ella, a escasos centímetros. Con la cara le hizo un gesto para que siguiera masturbándose. Ella volvió a acelerar. Con un sutil movimiento, él apoyó la punta de su verga en la entrada de su culo. Sin introducirla. Ella notó el calor de su piel en su ano y eso fue suficiente para llegar a su primer orgasmo. Todo su cuerpo templó con la llegaba del clímax. Él seguía con su polla apoyada como si fuera un testigo de lo que estaba ocurriendo.
Esperó de rodillas en la silla, hasta que su respiración se normalizó después de aquel primer orgasmo inesperado. Se sentó en la silla, ahora de frente a él y a dos centímetros de su cara, se encontró la verga de aquel desconocido. Subió la mirada para ver su cara. Sólo unos instantes. Él la miraba expectante. Ya sabía lo que tenía que hacer. Cogió su pene con una mano y empezó a masajearlo. Estaba muy húmedo, pues él ya se había encargado de prepararlo. Como tantas veces lo había deseado, se adelantó hasta posar sus labios en la parte baja de su tripa. Notaba en el pecho su polla apoyada mientras ella le besaba. Con un movimiento distraído bajó la parte de su camiseta que tapaba el otro pecho y ésta quedó como una especie de cinturón a la altura de su ombligo.
Mientras seguía besando su abdomen, empezó a pasear el miembro erecto por sus propios pechos. Se entretuvo en notarlo en los pezones. Los fluidos de él los humedecían. Empezó a excitarse de nuevo. Fue bajando, poco a poco, hasta llegar a la base, parcialmente depilada. Siguió besando, y sus labios se posaron por toda la longitud de su verga hasta llegar a la punta. También la beso. Buscó los puntos más sensibles y los acarició con su lengua. Le gustaba utilizar la boca. Lamió cada centímetro. Sin dejar nada. La paseó incluso por sus testículos. Los agarró con los labios, mientras con otra mano lo masturbaba. Se detuvo unos segundos, para lubricar uno de sus dedos antes de seguir, y deslizó su mano libre hasta una de sus nalgas. Sus dedos quedaron dentro.
Lo atrajo hacia ella, para que su verga entrara dentro de su boca con más fuerza. Ella notaba como él empujaba sus caderas hacia dentro. Notaba en los labios todas las rugosidades de la piel. Siguió succionando hasta que su polla empezó a hincharse. Iba a llegar el momento. Introdujo la punta de su dedo índice en su ano y él, hizo un movimiento espasmódico con sus caderas cuando le llegó el orgasmo. Un chorro de líquido caliente le dio en el paladar con fuerza. Aquel era su momento. Cuando era capaz de hacer que un hombre llegara al orgasmo la invadía una sensación de poder brutal. Su boca se llenaba pero no quería retirarla, así que siguió hasta que lo vació. Se quedó con el pene en la boca, dejando que cayera por la comisura de sus labios lo que le había dejado dentro. El miembro de él empezó a empequeñecer y ella lo notó. Él se retiró y ella volvió a girarse en la silla mientras se limpiaba discretamente. Vio como se volvía a sentar en el sofá exhausto. Ella esbozó una sonrisa. Volvía a verlo a través del espejo. Iban empatados uno a uno.
Le llegó el olor a humo. Él, fumaba un cigarrillo sentado en el sofá. Dicen que se tarda siete minutos en acabar con uno de ellos. Y esos siete minutos, fueron los que tardó en estar dispuesto de nuevo. Su pene volvía a mostrar cierta disposición a la acción con media erección. A ella le gustaba verlos así. A mitad. Era como la prueba de que podían ir a más. Se volvió a arrodillar en la silla. Le gustaba esa posición. Estar expuesta. A merced. Podía hacer con ella lo que quisiera. Follarla como una perra. Estaba a su disposición.
Él apagó el cigarrillo en un cenicero que había en uno de los brazos del sofá y volvió a levantarse. Se arrodilló, y su cara quedó a la altura de su trasero. Notó que sus manos, deslizaban el famoso tanga verde y lo bajaban hasta dejarlo a la altura de sus muslos. Después las apoyó en sus nalgas y las abrió. Ella arqueó la espalda. Su aliento le golpeaba en el sexo. Tenía la cara a escasos centímetros. La hundió dentro y empezó a acariciarle el clítoris con la lengua. Primero, en círculos suaves y pequeños. Luego más amplios, hasta abarcarlo con los labios. Con cada movimiento, ella notaba que cada vez había más saliva de él mezclándose con sus propios jugos. Notaba el roce de su nariz en la entrada de su culo. La estaba abriendo con fuerza.
De pronto, notó como su lengua se ponía rígida y se introducía dentro de ella, como si fuera un pene minúsculo. Eso, la excitó muchísimo. Se dio cuenta de que estaba empujando las caderas hacia atrás para notar más aquella lengua. Ella, empezó a tocarse sus pechos con los dedos mojados. Él, siguió lamiendo allí abajo. Jugaba con su clítoris mientras introducía un dedo dentro de ella. Lo metía y lo sacaba como si jugara al escondite. Mientras hacía todo eso, otro de sus dedos se apoyó en su ano, donde momentos antes había tenido apoyada su verga y donde todavía quedaban restos de sus fluidos. Aquel dedo aprovechó esos fluidos para entrar por la puerta de atrás. Ella estaba en la gloria. Estaba siendo penetrada por todos los sitios y su clítoris también disfrutaba. Podía haber estado así una eternidad. Pero ya estaba deseando que la penetrara como mandan los cánones. Quería que la montara como a una yegua. Quería sentir su polla dentro de ella. Quería notar los testículos de él golpeando en su culo. Quería notar su vientre pegando a sus nalgas.
Como si él estuviera leyendo sus pensamientos se levantó. Por el espejo, vio que su verga estaba ya completamente dura. Otra vez. Vio como dejaba un escupitajo encima de su mano y se lo pasaba por la punta de su pene. Estaba preparando las armas. Sin ser consciente, ella abrió las piernas y volvió a arquear la espalda. Estaba preparada para la guerra. Pero el la cogió de la grupa y se las cerró dejando los muslos juntos. Apoyó su verga en su sexo. Introdujo la punta. Y empezó a jugar. Metiendo solo la parte de su glande. Movimientos lentos y cortos. Ella, al tener las piernas juntas, notaba el roce perfectamente pero la quería toda dentro. El permaneció un rato así y cuando ella menos se lo esperaba, con un movimiento certero, introdujo su pene en toda su longitud hasta dentro. Ella dio una sacudida, debido a un pequeño dolor placentero y a la sorpresa. Empezó a embestirla con dureza. Casi le estaba haciendo daño, pero no quería que parase porque el placer era mayor. Por el espejo, vio la cara de él llena de deseo y de urgencia. Una mano salió volando y aterrizó en una de sus nalgas con violencia controlada. Aquello también la pilló de sorpresa. Estaba siendo azotada mientras la follaban sin compasión. Y se sorprendió ella misma al saberse más excitada por eso, si cabía.
En un momento determinado, él paró. Con su polla, todavía dentro, se quedó mirando hacia abajo. En el espejo, vio como él soltaba un escupitajo, que caía directamente en su culo. Retiró su verga de dentro de ella y la posicionó en donde había caído la saliva. A ella la embargaba una sensación de asco y excitación que la tenían fuera de control. Su verga se apoyó en su culo. Aunque tenía experiencia en el sexo anal, no era su preferencia porque en la mayoría de las ocasiones le dolía. Por un lado pensó que el tamaño de aquel miembro no iba a ayudar a mitigar el dolor. Pero por otro lado le apetecía porque se notaba totalmente dilatada. Él, sin preguntar, metió la punta. Ella respiró hondo. Otra vez aquel dolor. A su marido aquello le cortaba la bola y tenían que parar. Pero aquel hombre no se lo pensó. Empujó un poco. Ella gimió de dolor. Otro escupitajo en su propia verga. Empujó de nuevo. Otro gemido. Y de pronto un bofetón en la nalga. Ella gritó y el empujó con fuerza, hasta tener todo dentro de ella. Era la primera vez que oía su propia voz dentro de aquella habitación. Empezó a taladrarla con fuerza y el dolor inicial empezó a convertirse en un placer inmenso. Estaba siendo grandioso. Deslizó una mano entre sus propias piernas hasta encontrar los huevos de él. Los apretó con fuerza y los empujó hacia ella misma. Quería notarlo todo.
Después de unos momentos así, decidió que quería llevar el control ella. Se retiró suavemente y se levanto de la silla. Quedó de pie frente al chico. Era la primera vez que tenían la cara tan cerca y la veía con tanta claridad. Pero a esas alturas, la cara era lo menos importante. Estaban a punto de terminar el partido y todavía estaban empatados.
Lo empujó desde los hombros y lo sentó en la silla. Se puso frente a él y se posó encima dirigiendo con sus manos su polla para penetrarse. Esta vez, estaba toda dentro. Era perfectamente capaz de sentirla. Cabalgó encima de él viendo desde el espejo como sus pechos saltaban con el ritmo. A él, le veía la espalda tatuada. No se había dado cuenta hasta ese momento, pero, como el detalle de la cara, no tenía importancia. Por iniciativa propia, se levantó un poco y cambió la postura del pene del hombre para introducirlo por su culo. Le había cogido el gusto y no quería soltarlo. Estaba dilatada por todos los sitios y no sabía por donde le vendría el orgasmo.
Él sudaba y ella, al posar su boca en su cuello, notó el sabor salado. Ella también estaba sudando. Se colocó sentada encima de él, pero de espaldas. Ella misma se abrió las nalgas. El vio que había dos entradas. Eligió la trasera. Y a ella le encantó, porque fue tan gentil que deslizo una mano por delante para acariciarle el clítoris mientras. Y ella no pudo hacer más que botar encima de él. Deseaba mucho que se corriera. Incluso que se corriera dentro de ella. Aceleró el ritmo porque ella misma se notaba llegar de nuevo al orgasmo. Iba a ganar él dos a uno. Pero ya le daba igual. Lo importante era participar. Aceleró. Notó la sensación de que le llegaba el orgasmo. Esa que viene desde lejos y que sabes que te va a dar sin remedio. En ese instante, percibió dentro de su culo, como la polla de él se hinchaba de nuevo. Iba a eyacular. Era posible empatar.
De pronto, él se retiró, sacando su verga de dentro de ella pero sin dejar de tocar su clítoris y ella notó que su semen, la golpeaba con fuerza en el culo, en su sexo y en el interior de sus muslos. Los dedos de él, se impregnaron en su propio semen y siguió tocando su clítoris con furia. Cuando ella notó que era su semen el que le ayudaba en su propia humedad se abandonó a su segundo orgasmo. Esta vez, no gimió, gritó. Y él también. Aunque no le había oído la voz, ésta, como la cara y el tatuaje, no tenía importancia tampoco.
Él, quedó en la silla con la mirada fija en el techo y respirando con dificultad. Ella, quedó en el suelo, de rodillas, con el semen de él repartido por su sexo, por su culo, por sus muslos, exhausta, y completamente satisfecha. Al final habían empatado. Había sido un partido disputado. Con opciones para los dos rivales. Pero habían empatado.
Ella, en el suelo todavía, oyó como el se levantaba, recogía la ropa y se largaba. No tenía que haber despedidas ni palabras… era una de las normas más importantes de aquel acuerdo. Ella, aunque de acuerdo, sintió no decir nada y que él no le dijera nada, pero se resignó. Cuando estuvo segura de que él se había largado de la habitación, se incorporó. Ahora tenía que irse ella.
Cuando fue a recoger la ropa, vio una nota en el suelo. Era un trozo de papel doblado. Lo cogió, pensando que el anterior inquilino se lo habría dejado. Pero cuando lo abrió, se dio cuenta de que ese papel era suyo, o más bien, para ella. Esbozó una sonrisa al leerlo. En letras grandes y claras rezaba: “NECESITO LA REVANCHA. BESOS”
Última edición por Minnie; 09-mar-2010 a las 10:08
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