El enorme letrero no deja lugar a dudas: ""baños mina"". llegue y pedi un vapor general, a $25 pesos. subiendo unas escaleras, un bañero malencarado me recibió, mientras un adolescente robusto me ofrecía un masaje por $30, que decline. adentro, en la zona de regaderas, todas las miradas se dirigieron... hacia mi.

tras un rápido duchazo, me dirigi al primer cuarto de vapor. dos parejas se besaban entre las neblina, más opacada por la luz mortecina de unas pequeñas ventanas. el resto de los espectadores se masturbaba desenfadadamente. siguiendo mi itinerario, el segundo cuarto de vapor era algo similar. al fondo, una pequeña habitación con dos planchas habilitadas para masaje, era ocupada por cinco, seis hombres de diversas edades que procuraban ligarse entre sí.

pero comenzó a llegar más gente, y el clima de erotismo iba en aumento. un muchacho indiado de no más de 18 años se masturbaba furiosamente para atraer la atención de otro, de finas facciones, que le provocaba a un metro de distancia. en pocos segundos, todo el cuarto hervía, literalmente, no tanto por el vapor, sino por los acoplamientos de varias parejas.

la presencia de adolescentes contribuía a crear un clima aún más clandestino, y mientras en una esquina una pareja frotaban sus vergas con languida sensualidad, un hombre de unos
30 años, moreno y lampiño, se ocupaba más allá se ocupaba en chuparle el miembro a otro, tez blanca, de unos 21; en otra esquina, un jovencito de unos 16 era el objeto de otro de unos 18, que se restregaba contra su cuerpo, chocando su verga contra la del otro, mientras un tercero y un cuarto se ocupaban de besar al primero y de intentar penetrar al segundo.

los gemidos se perdían entre las nubes de vapor, hasta que los chorros de semen saltaron en distintas direcciones. olor a hombre, a sexo. aquí se perdieron las poses. las diferencias sociales. porque aquí abunda el hombre de la calle, el mecánico, el estudiante de secundaria, el maestro o el funcionario de alguna embajada.

el soldado raso, el administrador de alguna compañía, el vendedor de paletas y el político, se unen en un común propósito: traspasar el tabú del cuerpo, amar, aunque sea por unos minutos, la gloria de este pequeño reducto en el que se celebra la identidad perdida, extraviada unos metros calle abajo.

este ghetto tan repudiado, es la catedral del amor de las 4 y media, galería de cuerpos redondos, flacos, morenos los más, melenas rubias o pieles caribeñas,
cuerpos comunes y corrientes que no pretenden aparecer mejores de lo que son, sin adornos ni desplantes. cuerpos que serpentean en la bruma vespertina, vergas encogidas, titubeantes, otras enormes y rebeldes al reposo.

nalgas duras, otras exageradas y de distintas formas, delgadas y estrechas, peludas o lisas. lo mismo es el vientre abultado que se perdona por una verga descomunal, o el tímido pene de un muchacho púber que se disculpa por la exquisitez de su juventud. aqui, todo es hombre, todo es sexo. sexo en los excusados que están repletos de parejas cogiendo,
mientras afuera hacen fila otras tantas, recien ligadas en el vapor y en búsqueda de mayor intimidad.

sexo en las planchas de masaje, con un foco de 100 watts de por medio, a la vista de todos, sin que nadie interrumpa. es como estar solo sin estarlo. es una alianza secreta y silenciosa en la que los nombres, apellidos y títulos, se quedaron afuera. es, pues, la fascinación del anonimato, el terror oculto hacia el sida, los empaques de condones evidenciando que estos vapores sobreviven de una mayoría -que no minoría-, y que, con todo lo que se pueda vituperar, condenar,
criticar, denunciar o rechazar, este es uno de los sitios mágicos de la ciudad de méxico, donde el orgullo de ser gay se expresa sin más temor que el que uno pueda permitirse en el látex; se expresa en esta corporatividad de cómplices, de dulces venganzas; se expresa sin la violencia de siempre, y hasta con un asomo de ternura.

yo observo,
no participo aún. me salgo, y el adolescente que me ofreció un masaje al principio me mira con picardía mientras se limpia el sudor de alguna acalorada sesión con algún cliente. los cuartos están llenos. esperan en una banca y en los pasillos, 6, 7 jóvenes extraídos de cualquier vagón del metro, 2 extranjeros, 1 anciano y 1 fisiculturista..

cerrarán a las
10 de la noche. a las 6 de la mañana, todo habrá comenzado de nuevo.