Mostrando resultados del 1 al 4 de 4
  1. #1
    triatletaxx está desconectado Lector de Relatos
    Fecha de Ingreso
    agosto-2006
    Ubicación
    santiago
    Mensajes
    26
    Poder de Credibilidad
    0

    CLAUDIA Y SU HISTORIA (Epílogo)

    Estuvimos todo el día siguiente, encerradas y llorando. Cuando ya anochecía, entró Viriato a la celda. Nos llevaba comida y agua, nos desató y quitó las argollas. Con ojos tristes y semblante serio, habló: ??vuestro maestro murió en la cruz. El procurador lo condenó por haberse proclamado rey, lo que es un delito en contra de la autoridad del Cesar. Mañana seréis juzgadas como cómplices de él y, con seguridad correréis la misma suerte? Luego, dirigiéndose a mí, agregó, ??no tenéis idea de lo que sufrí por vos, Claudia, nunca una mujer me había hecho eso, mas ha llegado el día de mi revancha y la sufriente y humillada seréis vos y yo reiré como vos reísteis y me humillasteis un día?

    Cuando Viriato se fue, mi cuerpo se heló de miedo y mi esclava estalló en lágrimas. Era cierto, este era el castigo de Dios. Viriato mismo lo había dicho, sin saberlo. Mi soberbia y orgullo se habían devuelto en contra mía. Al amanecer, fuimos encadenadas del cuello y llevadas ante el procurador. El mismo Viriato y dos soldados nos iban jalando para que apresuráramos el paso. Cuando Viriato dijo que éramos cómplices del maestro, de atentar contra la autoridad del Cesar, la cara del procurador adquirió una expresión de fastidio: ??el juicio y crucifixión de ese farsante me ha provocado dolores de cabeza y ahora esto, ¿es que no acaba nunca?, ya no deseo más disturbios? ??Procurador, no podéis liberarlas, lo sabéis? ??Si, lo se. Crucificadlas, pero hacedlo en el basural, en la parte más inmunda, pocos transitan por ahí. Eso evitará problemas mayores? Mi esclava, al escuchar el veredicto, comenzó a chillar y pedir piedad.

    -¿Cómo dijisteis que era el nombre de estas mujeres?, preguntó el procurador.
    -Es Claudia, la ramera, y su esclava personal.
    -¿Claudia, la misma que todos frecuentáis?
    -Si Pilatos - espondió Viriato.
    -No puede ser. Ese farsante se rodeaba de miserables, tullidos y leprosos y he oído que esta es una rica meretriz de categoría. Decidme Viriato, ¿cuáles son vuestras pruebas en contra de ellas?

    Cuando escuché esas palabras tuve una esperanza de salvar mi situación. Me dije a mi misma que sólo había sido otra de vuestras advertencias, mi Señor. Mas, Viriato replicó;

    -Procurador, vos sabéis que ese tal Mesías se rodeaba también de golfas, mas tengo pruebas que inculpan a esta. La noche que el alborotador esperaba vuestro juicio, esta ramera fue a la prisión e intentó sobornarme a fin de que facilitara el escape del prisionero. Ofreció monedas de plata y hasta ella misma, a cambio de la fuga.
    -Y por supuesto, vos rechazasteis la oferta -dijo el procurador sonriendo burlonamente.
    -Aparenté que aceptaba el trato para poder caer sobre todos los conspiradores, mas sólo la encontramos a ella y sus esclavos.
    -Es extraño que una conspiradora actúe sola. Por otro lado es mejor que no hayáis encontrado a nadie más; no quiero más crucifixiones a causa de ese falso mago.
    -Procurador, por si tenéis dudas, debo agregar que tengo más pruebas. Poseo informes de que el padre de esta golfa fue un celote que terminó en la cruz. Es hija de bandidos, de modo que ella sólo puede ser una bandida también. Además estuvo muchos años como esclava del magistrado Plinio Claudio, de Tiberíades, sin duda haciendo labores de espionaje para la subversión.
    -Tenéis razón, Viriato, las pruebas son abrumadoras, crucificadla ahora mismo previa flagelación. Si duda, vuestros hombres se divertirán mucho con ella; hay que reconocer que su belleza es notable. Ahora sacadlas a ambas de mi vista, tengo labores mucho más importantes que preocuparme de minucias; ejecutadlas de inmediato
    -Una cosa más, procurador. El soldadoticio desea quedarse con la esclava.
    -Dejadlo, dos crucificadas sería demasiado. Os salvasteis, esclava.

    Las imágenes horribles del sufrimiento de Aulo y del celote y el bandido crucificados a la vera del camino, se me vinieron a la mente y sentí un mareo. Me arrodillé e imploré piedad. Negaba todos los cargos, alegando un mal entendido y que Viriato actuaba por despecho, mas no fui atendida y a tirones de la cadena en mi cuello, fui sacada de ese lugar. Lloraba y gritaba de espanto. Por un momento, se me dejó en el patio y vi pasar a mi esclava siguiendo a su nuevo amo, Ticio. Esta se volvió hacia mí, y mis ojos llorosos vieron como se dibujaba una sonrisa de burla en su rostro; me odiaba. Cerré los ojos avergonzada ante vos, mi Señor, por lo soberbia y cruel que había sido con mis esclavos. Flagelada se me llevó a un lugar subterráneo, muy húmedo y con poca luz. En él se encontraban ocho soldados que, al entrar yo, se fijaron en mí con los ojos brillantes que delatan la lujuria. Estos comenzaron a sonreír burlonamente lo que hizo crecer mi temor.

    Ese era el lugar de mi flagelación, previa a la cruz, y se sabía que en esta etapa, los verdugos tenían licencia para desatar las más bajas y crueles pasiones, máxime si se trataba de una mujer. Detrás de mí, entraron más soldados. Sin duda se había corrido la voz por todo el pretorio, de que iban a crucificar a una bella y reconocida ramera y deseaban participar en mi escarnio o presenciarlo, todos querían ver mi cuerpo desnudo ser flagelado y mis vergüenzas exhibiéndose. Comenzaron a darme apretones y manoseos. Vi por última vez y de manera atemorizante, la locura que provocaba mi cuerpo en los hombres. Sentía miedo pero a la vez, algo del halago que el entusiasmo masculino causaba en mí. Si, Adonai, en la hora del final, Belcebú venía a tentarme.

    Esa imagen del subterráneo lleno de soldados, y yo, única, bella y vulnerable mujer, me perturbaba. Pero el miedo fue mayor que mi vanidad y en mi mente os elevaba preces, mi Dios, para que estuvierais a mi lado. Viriato dirigió todo. Nunca sonrió como los demás y su cara reflejaba ira. Me rasgaron mis hermosos vestidos hasta dejarme completamente desnuda. Conforme lo hacía, el soldado encargado refregaba con la mano mi cuerpo, haciendo chanzas sobre algunas partes de mis femineidades. Mi lujoso y fino vestido se ensució al caer al suelo, lo que lamenté. Con la punta de su espada, Viriato lo cogió y mirándome, lo arrojó a un brasero encendido provocando una gran llamarada que pronto empequeñeció. Lágrimas comenzaron a correr por mi rostro, provocando hilaridad en la tropa, ante lo cual recibí una fuerte bofetada de Viriato. ??Al lugar donde vais, no necesitareis ropas?, dijo.

    Hiciéronme poner mis manos contra una columna, con los brazos en alto y las piernas separadas. En esa postura fui engrillada con unas cadenas que nacían de la columna, de las muñecas y tobillos. Mi flagelo iba a comenzar. Recordé la azotaina que mi madre me había dado cuando pequeña y la que había recibido Aulo. Este nunca había dejado de gritar mientras la recibía . Y era sólo el comienzo del suplicio. Un relámpago de dolor me avisó que habían dado el primero de treinta azotes. Mis nalgas ardieron como si hubieran sido quemadas. No podía creerlo, era mucho, demasiado dolor. ¡Dios!, no resistiría tantos latigazos. Os pedí ayuda Señor, fortaleza para soportar aquello. Vino el segundo y el tercero, que cayeron en mi espalda. Sentía que la respiración se me iba, apretaba los ojos y berreaba ahogadamente. Al cuarto latigazo me parecía que llevaba cuatro horas siendo vapuleada, y quedaban todavía, veintiséis golpes.

    Ahora que me encuentro en la agonía, me río de esas sensaciones. En esos momentos aparecían como el mayor dolor que podía recibir y el más insoportable para mí. Hasta no sentirlo, no imaginé lo que vendría después en la cruz. Con el quinto latigazo, la saliva se me escapó de la boca y lancé un agudo grito que provocó risas en la tropa; alguien decía un chiste relacionado con el alarido y con mi oficio de meretriz, tan insufrible era, que con las esperanzas puestas en vos, mi Señor, pensé que al décimo azote, moriría y así me ahorraría el resto de los golpes y la propia crucifixión, mas comprobé en carne propia que el cuerpo es capaz de soportar mucho más que eso. El vapuleo se detuvo y sólo se escucharon mis sollozos en el lugar. La voz de Viriato dijo: ??Iremos acompasadamente, Claudia; os daremos tiempo. Es sólo el latigazo número cinco y aún faltan veinticinco. No imagináis lo que os espera. Llora Claudia, como yo lloré. A pesar de todo lo que me hicisteis, os quiero ayudar; os digo que vuestro dolor sólo será hasta el azote número catorce o quince. Paciencia debéis tener hasta el quince. De ahí en adelante, ya no sentiréis los golpes porque vuestro cuerpo se volverá un andrajo inservible.

    La azotaína se reanudó y mis alaridos continuaron. Con cada golpe mi cuerpo se retorcía procurando escapar hacia algún lado, pero ni las piernas las podía levantar ya que estaban encadenadas a esa columna. Mis retorcimientos excitaban a los soldados ya que a cada azote, una rechifla y groserías escapaban de sus bocas. Tantos cuidados a mi piel, para que luciera hermosa y ahora era surcada por esas rayas sanguinolentas. Los golpes caían en mi espalda, nalgas y piernas; se trataba de distribuir equitativamente el vapuleo. Al noveno azote, Viriato volvió a detener el flagelo y, al oído, me susurró mientras sollozaba: ??Has de saber que debéis estar agradecida del flagelo, ya que esto se hace por compasión a vos. La azotaína hará que vuestra estadía en la cruz no se prolongue tanto. Sino os azotaran podríais estar días clavada del madero, sin morir, en un perpetuo sufrimiento?

    Con la punta de su espada, Viriato tocó una de las abiertas heridas de mi espalda, haciéndome gritar y luego añadió: ??Debéis decir estas palabras, ??amo el flagelo, soy una puta ardiente que ama el flagelo??", volvió a tocar la herida haciéndome, otra vez, gritar. ??Vamos, decidlo y que lo escuche toda mi tropa?, traté de articular alguna palabra pero no podía. ??Vamos, decidlo?, de nuevo hundía el metal en la llaga y yo volvía a gritar ??amo el flagelo, soy una puta ardiente que ama el flagelo? Nuevamente me hizo decirlo, y de nuevo pronuncié esas palabras, sintiéndome humillada. ??Como decís que amáis el flagelo, Claudia, os daré en el gusto; treinta y seis serán los azotes y no treinta. Yo supliqué piedad y perdón a Viriato, mas el me susurró, que era mejor subir la cuota de golpes para aminorar la agonía terrible de la cruz. ??Os lo agradeceréis?, respondió.

    Pero no os lo agradezco, Viriato. Agradecida estaría si hubierais subido los azotes a sesenta. Teníais razón, el dolor de estar clavada no es comparable con nada. El flagelo continuaba y cuando llegaron a quince los azotes, las voces de los hombres parecieron alejarse y todo se oscureció. Abrí apenas los ojos. Mis piernas habían cedido y ahora colgaba de los brazos con la cabeza hacia atrás. Viriato, una vez más tenía razón, los golpes ya no me dolían como antes, pero sentía que un líquido caliente corría por mis nalgas. Escuché que se me daba el latigazo veinte, nuevamente, hubo oscuridad. El veintiuno, oscuridad de nuevo. El veintidós, oscuridad; el veintitrés, oscuridad. La oscuridad se transformó en montañas y de ellas veía descender a mi padre que bajaba con las ovejas. En su mano traía unas aves que había cazado en el camino y al llegar me decía con una sonrisa: ??Judit, hoy tendremos un festín?

    Un escozor en toda la superficie azotada me sacó del ensimismamiento. Hízome temblar y berrear, sintiendo que me quemaba. Tomándome de las cadenas de las que colgaba sujeta de mis brazos, me incorporé poniéndome de pie y mi cuerpo salió de su sopor para estar nuevamente tenso. Habían arrojado agua salina en mi espalda, lo que explicaba el escozor en las heridas. No deseaban que me refugiara en mis sueños, me querían presente de cuerpo y espíritu para así, observar mis retorcimientos estimulantes de su lascivia. Continué soportando con resoplidos mi castigo. Cuando el azote veintiocho se dejó caer, un nuevo alto me permitió descansar. Por mi espalda corría sangre; de mis ojos, lágrimas y de mi cuello y sobacos, manaba un copioso sudor. Viriato ordenó desengrillarme e inevitablemente tuve la esperanza de que el castigo hubiera terminado.

    Vanas esperanzas. Fui volteada y de nuevo se me engrilló de tobillos y muñecas, pero esta vez, la columna estaba a mis espaldas. Con horror me di cuenta de que sería vapuleada por delante. Mis hermosas y ubérrimas tetas serían maltratadas y tendría a la vista los estragos que había hecho el látigo atrás de mí. Mis brazos en alto y en tensión, encadenados a la columna hicieron que mi enorme busto se levantara para el placer de aquellos soldados cuyos ojos se fijaron en mis tetas y en la flor del sexo cubierta de negros pelos. Estaban perplejos como si nunca hubieran visto un sexo de mujer. Recuperé algo de mi destrozado orgullo y un pensamiento fugaz me dijo que toda esa tropa de machos, estaba a mis pies, rindiendo un tributo a mi dignidad de diosa. Pero la blasfemia se borró al ver la sangre que había en el suelo, mi propia sangre.

    Los hombres comenzaron con las groserías y el barullo salvaje se reanudó. Antes de retomar el suplicio, el azotador tiró de mis tetas y me sobó el sexo; metió los dedos en el agujero, luego agarró la mata de pelos negros y jalándola con brutalidad, preguntó a sus compañeros, ??¿os gusta esto??, todos respondieron con rechiflas y más groserías. En eso, Viriato se acercó cargando en sus manos un odre con agua. Me dio a beber. ??Aprovechad Claudia, bebed todo lo que podáis, porque la sed, será después insoportable? Cuánta razón tenía en todos sus consejos. Cuando casi hube acabado el odre, Viriato derramó el resto sobre mi cabeza, lo que agradecí. Los azotes se reanudaron y fueron cruzando, primero mi vientre, los muslos y finalmente las tetas. Quemantes líneas violáceas y rojas provocáronme mayor dolor que las recibidas en mi espalda y culo. Mis resoplidos fueron mecánicos y persistentes y parecía que me ayudaban a resistir. La cabeza me daba vueltas y al latigazo número treinta y cuatro, las piernas volvieron a aflojarse quedando suspendida de los brazos.

    Los dos últimos golpes casi no los sentí. Me encontraba en un estado intermedio, entre el desmayo y la conciencia. Viriato volvió a darme agua y yo agradecí con un suspiro. Me sentía flotar en el aire deseando que todo acabara. Ingenuamente pensaba que eso era la agonía. Me quitaron primero los grillos de los tobillos y luego el de la muñeca izquierda. Traté de pararme pero mis piernas azotadas se me doblaron y quedé colgada del brazo derecho. Mi falta de fuerzas me pareció increíble, estaba convertida en un guiñapo. Caí finalmente al suelo. Trataba de pararme pero el cuerpo no me respondía. Sentía un mareo similar al que había experimentado, más de una vez, en las borracheras de vino. Veía que los hombres reían y hacían gestos lascivos más, para mí, eran indiferentes, sólo me preocupaba ese molesto mareo que me poseía.

    Viriato me arrastró hasta un estrecho foso en el que apenas cabía mi cuerpo. Puso una argolla en el tobillo derecho, de la que nacía una cadena que llegaba hasta el techo. Sin casi darme cuenta me vi colgando, cabeza abajo, como un animal para el sacrificio. Abajo de mí, veía el fondo del foso, el cual era muy profundo. Los soldados comenzaron a divertirse, balanceándome, haciendo girar mi cuerpo, pasando sus manos por mis intimidades, metiendo sus dedos por ambos agujeros y tirándome los pelos de mi flor. La cadena comenzó a bajar poco a poco y fui introducida en aquel estrecho hoyo. Una vez en el fondo, hube de arrollarme como un ovillo en el suelo ya que no tenía fuerzas para ponerme de pie. Miré hacia arriba y los rostros de los soldados que me observaban parecían pequeños. La profundidad era considerable.

    Abajo el aire era pesado, enrarecido y maloliente. Escuché la voz de Viriato; ??ahí descansareis unas horas, Claudia. Disfrutad de vuestra nueva casa, ya os mudareis a otra. Acto seguido, arrojó agua que refrescó mi cuerpo. Tal vez me dormí allí, no lo se pero, ciertamente descansé. Todo el cuerpo me dolía por los golpes, algunas heridas aún sangraban y ardían. Si me hubieran dicho que debía quedarme allí a morir, lo habría aceptado con gusto. Escarnio y humillación después de un largo rato, la postura de ovillo en el suelo, me incomodó. No podía estirarme a no ser que me pusiera de pie. La estrechez del foso y mis dolores me lo impidieron. Me acordé de la historia de José que una vez me contó mi padre; sus celosos hermanos lo habían arrojado en un pozo, desnudo, y él hubo de pasar toda una noche dentro, arrollado como un ovillo. ¿ No sería aquella historia de infancia, otro de vuestros anuncios Adonai?

    Cuando la incomodidad me resultó insoportable, hice un supremo esfuerzo y me puse de pie. Estaba muy débil, mas tanta era la angostura de ese foso que era imposible caerme. Ya no sentía el mareo. Otra vez Viriato, mi verdugo, tenía razón; la estadía en ese lugar me había hecho descansar y recuperarme. Pero el largo rato de pie en un mismo lugar también me incomodó, y volví al suelo, arrollada como un ovillo. Cerré los ojos e intenté dormir. Un tirón en mi pie encadenado me hizo abrirlos. Nuevamente estaba colgando boca bajo y el fondo del foso se fue alejando rápidamente. Al llegar arriba, el aire me pareció fresco y respiré aliviada. Me bajaron y un par de soldados comenzó a darme una lluvia de bofetadas. ??Habéis descansado demasiado y eso no es bueno?, me dijeron. Recibí golpes y apretones en los pechos, así como en el vientre. Me arrojaron al suelo y fui pateada despiadadamente. Otra vez mi llanto afloró.

    Con una mano apretada en mi garganta, Viriato me dijo: ??Hay catorce soldados en este lugar, a cada uno de ellos chupareis su sexo hasta hacerlo derramar y beberéis sus simientes sin perder ni una sola gota. Sino lo hacéis así, con mi daga os cortaré la nariz y os arrancaré los dientes uno por uno? La perspectiva de vivir los últimos y dolorosos momentos de mi vida con fealdad, me aterrorizó. Entonces me puse de rodillas y comenzó la humillación. Probé el falo de los catorce soldados. Ya antes lo había hecho con otros hombres y sabía cómo hacerlo, mas ahora estaba sometida y doblegada. Soporté con resignación el hedor que de algunos emanaba. Al terminar dicho escarnio, Viriato me tomó y metió mi cabeza y manos en un cepo, en el cual quedé aprisionada y en una postura inclinada con la frente hacia el suelo. Ahora la soldadesca principió la violación de mis orificios.

    Todos fueron turnándose, haciendo una fila detrás de mi trasero. Algunos introducían su falo en mi flor, otros lo hacían en mi cloaca. Algunos demoraban mucho tiempo, otros casi nada. Cuando terminó el último, mi sexo y culo estaban adoloridos y por mis nalgas y piernas sentía el calor de las simientes que chorreaban hacia abajo. Viriato cerró esta etapa, violándome con furiosas embestidas. Cuando terminó, agregó diez azotes en el trasero y atrás de mis muslos, que cayeron sobre mis anteriores heridas, reavivándolas. Las lágrimas saltaban y lanzaba hipos en medio de los sollozos. Luego jaló fuertemente de mis cabellos y preguntó: ??¿por qué lloráis?, ¿no os gusta?, ¿no sois lujuriosa?, ¿no os gusta que los hombres os deseen? ¿Por qué lloráis entonces?, ¡aaaah, entiendo!, no ha sido suficiente? Entonces, volviendo atrás y separando mis piernas, metió sus dedos en el agujero de mi sexo. Dos dedos, luego tres, cuatro dedos; hasta que empujando con la fuerza propia del brazo de un legionario, introdujo toda su enorme manaza dentro de mi matriz.

    Exhalé un grito agudo, sintiendo que me dividía por la mitad; ¡Aaaaaaah!, piedad Viriato, ¡por Dios!, ya no quiero esto? El respondió, ??os seguís quejando, veo que aún no es suficiente ,¿queréis más aún?, dicho esto, sentí que las paredes de la matriz se estiraban más todavía, hinchando mi bajo vientre. Viriato había empuñado su mano dentro de mí, la revolvía y agitaba y seguía hundiéndola. Cuando extrajo su mano, lo hizo sin dejar de empuñarla y la limpió con mi larga cabellera: ??vuestra matriz está llena de inmundicia, golfa? Luego continuó diciendo, ??se que aún os sientes bella y, lo reconozco, lo sois; pero no iréis a la cruz así. Os afearé, mas soy considerado con vos y os daré a elegir entre tres alternativas: os cortaré la nariz con mi daga, os cortaré las orejas y marcaré vuestra frente con un hierro candente o cortaré vuestra hermosa cabellera. Elegid Claudia, de entre las tres?

    Convencida estoy ahora que Viriato era vuestro instrumento, Adonai, para castigarme. Supo herirme donde más sufría mi corazón y mi debilidad era ciertamente la vanidad. Elegí el corte de mi largo cabello tan hermoso y del cual estaba tan orgullosa. Sin sacar de mi cuello el cepo, me inmovilizaron completamente la cabeza con una prensa accionada por una palanca que un soldado iba girando. Mis sienes fueron apretadas hasta un nivel que creí mi cabeza reventaría. Cuando grité por la presión, el soldado paró de girar. Con su daga, Viriato fue cortando mi ensortijado pelo como si fuera maleza del campo. Veía como caía al suelo mi otrora frondoso motivo de orgullo y comencé a llorar copiosamente. Esa visión dolía mi corazón más que todas mis anteriores humillaciones; había sido despojada de mis esclavos, riquezas, ropas, orgullo y ahora, era despojada de mi hermosura. No era dueña de nada salvo el dolor que me acosaba sin darme descanso. Había sido más feliz de esclava que ahora. Pronto se me despojaría de mi vida de una manera lenta.

    Cuando la daga ya no pudo cortar, mi tristeza creció al ver que era afeitada de la cabeza. ¡Por Dios, que horrible luciría! Mis incesantes sollozos provocaban estremecimientos en mi cuerpo, salvo la cabeza fijada por la prensa. Dichos movimientos estimulaban a los soldados que metían sus manos por mis intimidades y sobajeaban mi vientre y trasero. Cuando terminaron de pelarme y me soltaron de la prensa y cepo, la frescura invadió mi cabeza desnuda. Me volví pudorosa, bajé la mirada humillada y con vergüenza procuraba taparme con las manos el sexo y los pechos, a lo que los soldados correspondieron con irónicas hilaridades. Viriato me extendió unos andrajos sucios y rotosos, ??parece, elegante dama, que deseáis cubrirte. He aquí una fina prenda para usar? Yo, sólo me quedé parada sin saber qué hacer. Una fuerte bofetada de Viriato, me indicó que debía ponerme aquellos trapos y lo hice. Aquel vestido llegaba hasta mis rodillas y olía mal. Me veía peor que una leprosa. Una tristeza profunda hizo que, extrañamente me tranquilizara. Me dio resignación. Ya todo estaba acabado, era una muerta en vida.

    Dirigiéndome a Viriato dije, ??¡que cruel sois Viriato!, mas comprendo que lo seáis porque os herí con mi soberbia. Acepto humildemente este suplicio, pero antes, perdonadme en vuestro corazón? Por toda respuesta, me tomó bruscamente y volteándome, ató mis manos a la espalda y pasó una soga por el cuello; acto seguido, colgó de él una tablilla escrita en arameo y griego que decía "Claudia, la puta del falso rey" Me llevaron a la calle para iniciar el trayecto al basural donde sería crucificada. Viriato no fue. Seis soldados a caballo iban delante de mí. Yo iba a pie y era tirada con la soga de mi cuello desde una de las monturas. Los caballos también arrastraban el tablón que haría de patíbulo para mi cruz. Al pasar, la gente me miraba. Al verme pelada, descalza, con andrajos y las piernas azotadas, comprendían que era una condenada y bajaban la vista. Otros, al leer la tablilla, me insultaban o lanzaban crueles groserías. Yo caminaba serena, indiferente a las miradas de las personas. La tristeza me había dado serenidad; ni yo misma me lo explicaba y os agradecí por eso, mi Dios.

    Al salir de la ciudad, mis pies se lastimaban por los filudos guijarros que abundaban en el basural. ¡Qué cansada me sentía! Una cálida brisa acarició mi afeitada cabeza y comprendí que las pequeñas cosas pueden hacernos más felices que la abundancia o las grandezas. Pasamos cerca de una cruz de la cual colgaba un cuerpo corrupto y mal oliente. Era imposible reconocer de qué sexo había sido. Más allá, en un árbol seco, estaba clavado un hombre. No tenía patíbulo y sus muñecas habían sido atravesadas por sobre su cabeza con los brazos en alto. Violentos estertores lo dominaban moviendo aceleradamente el pecho y abdomen, mas parecía inconciente de lo que ocurría a su alrededor. Algo le impedía morir del todo. ¡Qué crueles eran los hombres! S¡, y yo lo había sido también, ¿para qué tanta crueldad?, ¿no bastaba matarnos con el golpe de una espada?, ¿era necesaria toda esta afrenta?

    Entonces creí comprender las enseñanzas del maestro cuando hablaba del amor al prójimo y el perdón. Seguimos avanzando bajo el sol abrasador hasta que llegamos a un lugar en donde se erguían tres árboles algo resecos pero aún firmes. Eran usados como stepe (el poste vertical de la cruz). Los troncos eran anchos y casi no poseían ramas. Este era el lugar fatídico. Cuando los soldados desmontaron, la angustia se apoderó de improviso de mí ser, la serenidad se esfumó y comencé a llorar frenética, haciendo berrinche como una niña pequeña. ??Piedad, no me hagáis esto por favor? Los soldados me tomaron de los brazos. Inútilmente traté de huir. Me abofetearon pero yo seguía con mis chillidos desesperados. El terror volvía a aparecer. El ataque terminó con un puñetazo que uno de los soldados me dio en el vientre seguido de otro en la espalda. Quedé sin aliento, arrodillada en el suelo.

    Prepararon el patíbulo. Me pusieron de bruces sobre él en el suelo, extendieron mis brazos que ataron al madero y me arrancaron los andrajos que me cubrían dejándome, otra vez, completamente desnuda. Iban a comenzar a clavar las muñecas cuando uno de ellos dijo, ??¡alto?! Se montó encima de mi espalda y me sodomizó. Cuando hubo terminado, volvieron a poner la punta del largo clavo sobre la muñeca. Hubo otro "alto". Alguien recordó a los demás que las órdenes eran crucificarme de espalda, como a los hombres y no de pecho. Todas aquellas dilaciones eran, en sí, una tortura para mí. Fui volteada y mi espalda puesta sobre el patíbulo. Miré el cielo, estaba claro y era cruzado por los buitres que siempre volaban sobre el basural. Ellos ya sabían que pronto habría otro cadáver para comer. El mismo que me había sodomizado, agarró mis tetas y con ellas aprisionó su miembro viril, refregando hasta derramarse sobre ellas y mi cara. Yo sólo deseaba que todo acabara pronto.

    Nuevamente miré el cielo; vuestra casa, mi Dios. Cuando el primer clavo oradó mi muñeca fui poseída por la locura. El cielo se volvió un caos furioso. Como si fuera una endemoniada, mi cuerpo se arqueaba en el suelo involuntariamente como si ya no fuera mío. El dolor no sólo era en la muñeca clavada sino que recorría todo el brazo hasta el hombro y el sobaco, y de allí parecía invadir mi cabeza y avanzar por la espina. No paraba de chillar. Luego fue lo mismo con la otra muñeca y ya el dolor se extendió por la totalidad de la espalda. Mi sudor manó helado y todo fue oscuridad. Un relámpago me hizo volver y otra vez vi el cielo limpio. Reanudé mis chillidos. Estaban clavando mis tobillos, uno después del otro para alargar el sufrimiento. El dolor era aún peor que cuando me habían atravesado las muñecas y avanzaba desde el pie, por la canilla hasta la rodilla. De nuevo ese sudor helado.

    Abrí los ojos hasta el límite tratando de escapar del sufrimiento, pero era imposible. Mis dos pies quedaron atravesados por larguísimos clavos y la calidez de la sangre los invadió. Otra vez oscuridad. Volví a despertar. Me estaban izando en el tronco que hacía de stepe, con cuerdas atadas al patíbulo y que habían pasado por debajo de mis sobacos. Cualquier movimiento de mi cuerpo, que los soldados que me sostenían provocaran, significaba un espantoso ataque de dolor que no cesaba. Cuando hubieron fijado el patíbulo y la cruz estuvo hecha, y quitaron las cuerdas de mis sobacos, colgué por unos segundos sólo de las muñecas. Pensé que mis manos serían arrancadas, mas eso duró poco. Los soldados, levantándome del culo, lo sentaron en una pequeña protuberancia que sobresalía del stepe. El último hueso de la espina se apoyaba en ella. Todavía, sosteniéndome cuidadosamente, doblaron mis piernas para luego clavetear los tobillos al madero. Cada golpe que daba el martillo me arrancaba un horroroso grito y me hacía pensar que pedazos de mi cuerpo caerían al suelo. Al terminar de clavar mi segundo pie, ya no tenía voz y tan sólo exhalaba algo parecido a un ahogo. Otra vez la oscuridad.

    Las azules aguas del mar de Galilea aparecieron ante mi vista. El sol refulgía y se reflejaba en ellas. La sensación de que mi pierna se partía al nivel de la rodilla, me trajo otra vez a este basural. Berreando crispé las mandíbulas, mientras la baba se me escapaba de la comisura de los labios. Un soldado me había tocado, tan sólo con su mano, la rodilla. ??¡Qué delicada sois, señora!, sólo toco vuestra pierna y os fastidiáis? Acto seguido, tocó mi brazo izquierdo y sucedió lo mismo que antes. Cualquier movimiento que mi cuerpo hiciera, por mínimo que fuera, me producía un estremecimiento. Otra vez volvió a tocar, y otra, hasta que con la lanza golpeó mis pies clavados. Volví a gritar ronco y dije, ??no hagáis eso, es demasiado dolor, ¿por qué sois tan crueles?, ¡oh Dios! ¿por qué?? ??Sucia ramera, ¿os atrevéis a dar órdenes? ¿Todavía no aprendéis la humildad?, el soldado estrujó mis tetas y dio pequeños golpes en las piernas que me hundieron en el desvanecimiento.

    Cuando abrí los ojos, mi cabeza estaba inclinada. Lo primero que vi fue la sangre que chorreaba de mis tobillos y se derramaba por el suelo. Un hilo de esa misma sangre venía bajando por mi brazo; llegó a mi sobaco y continuó su trayecto por las costillas. No podía verla, pero sentía en mi piel su calidez. Unos caminantes se quedaron mirándome. Una mujer crucificada de espalda llamaba su atención y por supuesto, la exhibición de mi desnudez. El peso del cuerpo lo recibía mi culo sentado en la protuberancia y mis tobillos clavados. El alineamiento de mi espalda con el stepe me hacía soportar mejor el dolor, pero no significaba eso, un descanso; el dolor iba siempre creciendo. ¿Cuanto tiempo había transcurrido?, no lo sabía. Pero no era mucho, aunque parezcan años los del suplicio.

    El dolor en mis pies y piernas y la incomodidad, iban a la par con la agitación que experimentaba. Me sentía más cansada cada vez ya no entraba aire a mis pulmones. La incomodidad me impedía respirar satisfactoriamente; se volvía desesperante. Los curiosos no se movían, pronto sabría lo que estaban esperando. Comencé abrir la boca y las aletas de la nariz, mas el aire no era suficiente; no podía estirarme, me volvía loca; debía acomodarme. No había descanso, ni salida, una y otra vez el sufrimiento. Intenté pararme, pero sólo conseguí dar un alarido. Me ahogaba. Mis estertores se volvían más rápidos e incontrolables. Mi pecho subía y bajaba violentamente y lo mismo mi vientre. Conforme esto pasaba, los observadores comenzaban a sonreír y a poner esos ojos que conocía tan bien; los ojos de la lujuria. Esperaban este momento; el momento en que mi cuerpo se retorciera tratando de buscar la comodidad para no asfixiarme. Volvía a ser la reina, la diosa de la lujuria y mis devotos venían a ofrendarme.

    Como ya no podía soportar más, decidí vivir el horrible dolor que significaba el hecho de levantarme sobre mis piernas teniendo los pies clavados al tronco. Prefería eso, a ahogarme. Lancé un aullido y me ayudé con los brazos acalambrándoseme los dedos desde la yema hasta mis hombros, pasando por la espalda y cuello. Subí lo más que pude, babeando, resoplando y creyendo que la frente me reventaría. ??¡Dios!, ¿por qué me hacéis esto?, prefiero ser la puta de Belcebú? ayudadme Belcebú, por favor, quitadme este suplicio?, grité. Mis palabras hicieron reír a carcajadas a los soldados, mas yo seguí subiendo apoyándome en mis atravesados pies y manos, y pude finalmente, llenar de aire mis pulmones y conseguir un poco de alivio hasta que el calambre en mis brazos y piernas se hizo insufrible y volví a caer, flectando las piernas; mas al caer, un nuevo remezón en las manos y pies clavados me hizo gritar y orinar delante de todos, para mi vergüenza.

    Ese sudor helado me inundó otra vez y las burlas de los hombres me parecieron estar a mucha distancia de mí. Me vino el sopor, esa tregua bendita que significaba el desmayo. Otra vez la asfixia me hizo despertar y sentir la garganta seca. Supliqué por agua y los soldados llenaron un ánfora con las orinas del caballo y me la ofrecieron. Con un gesto, lo rechacé. Ellos dijeron, entre risas, que después suplicaría por ella. Otra vez hube de levantarme, retorciendo mi sudado cuerpo para respirar y al caer, me desmayé. No se cuántas veces hube de repetir el interminable tormento. Mi cuerpo temblaba y era presa de un calor y frío abrasadores; ambas sensaciones convivían y crecían juntas. Un chiste de un observador hizo percatarme de que había liberado heces, lo que me indujo llanto por mi desdicha y humillación. Os pedí, mi Dios, os pedí perdón por la blasfemia que había pronunciado sobre Belcebú. El no me había ayudado, es más, él es el guía que me condujo hasta arriba de este madero. ??Un poco de agua, tened piedad de mi?, rogaba, pero nadie me satisfacía.

    El muchacho que ahora se solaza con las negras, había llegado y escondido detrás del matorral para tocarse el sexo mientras observaba mis movimientos desesperados. El sol estaba encegueciéndome y caía implacable sobre mi cabeza desnuda. Ya no podía con la sed y rogué a gritos que me dieran de beber la apestosa orina del caballo. Los soldados no accedieron y yo tuve un ataque convulsivo de llanto y súplicas, que al parecer gustó mucho al muchacho del matorral, ya que abría desmesuradamente los ojos y se pasaba la lengua por los labios; el bamboleo de mis tetas y vientre lo tenían embobado. Finalmente, los soldados me dieron tres ánforas llenas de ese líquido asqueroso que me dejó tranquila por un tiempo hasta que la sed se volvió más horrible aún, provocándome delirios de endemoniada. Os oraba a gritos, Adonai. Veía a mi padre en la cruz y a Aulo reírse de mí. Fin de la historia de Claudia, las carcajadas no paraban y yo sólo pedía la muerte. Lo que me parecían días eran, en realidad, minutos. Los soldados se fueron, cansados de ser crueles, así también los caminantes y lascivos curiosos. El único que sigue aquí es aquel muchacho; diecisiete o dieciocho años será su edad; la edad que yo tenía cuando comencé a vivir el desenfreno en la casa de Plinio Claudio.

    Somos tres mujeres crucificadas, las dos hermanas de Nubia y yo, y el joven tiene a tres agónicos cuerpos desnudos a su disposición, para hacerles lo que él desee, con total impunidad y sin vergüenzas. Sin embargo él parece preferir a las dos negras. No lo culpo, sus cuerpos son todavía vitales comparados con el mío; ellas aun se quejan, se retuercen y gimen por el tormento. Yo, ya no siento dolor, no siento mis brazos ni tampoco mis piernas, es como si no las tuviera; no puedo moverme ni siquiera un poco, los cuervos están prestos a lanzarse sobre mis ojos; mis párpados y boca están a medio abrir y creo que así se quedarán después de muerta. Mi piel está quemada por el sol, mis heridas resecas, mis tetas maltratadas, debo emanar un hedor apestoso, estoy fea y pelada. ¡Oh, mi Dios!, ya no valgo, el joven no me mira; quisiera llorar y no puedo.

    Después de acariciar con insistencia el culo y el sexo de las hermanas, el muchacho se acerca a mí. Está a mi lado, ¿qué desea? ¿Se reirá de mí?, ¿de mi rapada cabeza?, ¿de mi desdicha y abandono, de mi orgullo derrotado como yo una vez me reí de un hombre en esta misma situación? El joven, toca mi flor de una manera tenue, pasa suavemente su mano por la mata negra pelos que recubre la hendidura de mi vergüenza; soba mi fatigado y enrojecido vientre sube hasta mis tetas, toca las areolas y pezones, acaricia con el dorso mi piel quemada, una y otra vez reconcentrado y sin perder la delicadeza, soba mis pechos. Se agacha lo tengo a mis pies. Con mucho cuidado para que no me duela, palpa con sus dedos mis tobillos atravesados, mi empeine, mis propios dedos. Parece conmovido y no importarle mancharse con mi sangre.

    Se aleja del lugar; va a buscar una piedra grande sobre la cual se sube para ganar altura, quedando su cara al nivel de mi rostro. De su morral extrae un odre y derrama la fría agua sobre mi quemada cabeza. Lo pone en mi boca y me da a beber, Galilea viene hacia mí con su azul humedad. Casi no tengo fuerzas para tragar, mas él me ayuda con cuidado y dedicación. Rasga una parte de su túnica y la moja para pasármela por la frente; recorre las mejillas y cuello; la pasa por cada una de las marcas dejadas por los azotes en los pechos y vientre y también por los muslos. Sus dedos acarician tiernamente mi rostro, me vuelvo a sentir hermosa y de mi ojo derecho se derrama una lágrima solitaria. Con un beso rozante toca mis pezones, sube por el cuello, la mandíbula, hasta llegar finalmente a mi boca. Sus labios tocan los míos. No puedo responder a su beso, ya no soy dueña de mis movimientos; trato de mirarlo a los ojos y explicárselo. El vuelve a besarme en los labios y dice, ??no os preocupéis, ahora descansa Claudia. Todo, pronto va a pasar?, mas con un esfuerzo inmenso logro sacar una palabra que susurra, ??graciaaasssssss?

    El sol se vuelve refulgente sobre las aguas del mar de galilea y el viento acaricia mi larga y vigorosa cabellera, ensortijada y negra como la de mi madre y mi padre.



    Fin del relato de Judit-Claudia, crucificada. La cita con Claudia, la única entrevista que había tenido con Claudia había sido fría. De eso había transcurrido un año. En esa oportunidad, la encontré displicente, sin interés por mí. Me había defraudado. Nada era concordante con lo que me había imaginado. Desde esa fecha no me había escrito y eso que yo le había enviado innumerables mails que no me contestó. Ahora, cuando ya me había olvidado, aparece un día, en la bandeja de entrada de mi correo electrónico, un mensaje suyo que adjuntaba un archivo. Era la historia de la crucifixión de Judit-Claudia. Como no me gusta leer de la pantalla, había imprimido esa larga historia y me la había puesto a leer en la noche. Era un cuento truculento, morboso, a veces tedioso, cruel, pero que me había gustado.

    Junto al mensaje, Claudia, la dolorosa, me pedía vernos en la cafetería de siempre. Yo acepté, cómo no. Ella llegó atrasada. No había cambiado mucho desde la última vez. Su pelo largo, oscuro, bonito, que hacía contraste con su rostro blanco. Llevaba unos lentes ahumados y redondos a lo Jhon Lennon y un vestido que le llegaba a los tobillos, medio hippie. Digo medio, porque era ajustado a nivel de la cintura lo que lograba resaltar su enorme culo y muy escotado, sin complejos por su gigantomastía y brazos llenitos. Los tobillos que dejaban ver sus sandalias me hicieron pensar en el personaje de Judit. Venía fumando un cigarro de menta y sonreía. Nos saludamos y conversamos sobre algunas cosas sin importancia. Dijo haber escrito el cuento de "Judit-Claudia crucificada", a los 19 años, cuando estaba en el convento haciendo el noviciado. Me preguntó si me había gustado.

    -Si, me gustó?, dije.
    -¿Te calentó?
    -Si, respondí.
    -¿Cuántas pajas te hiciste?
    -Sólo una.
    -¿Sólo una?, entonces no te gustó tanto.
    -Bueno, ya no soy tan joven.

    Reímos y me ofreció de sus cigarros de menta. Con el humo verde me relajé.

    -Al entrar al noviciado, la inquietud masoquista me seguía apremiando. No se por qué entré al convento, ya que siempre tuve claro que una calentona como yo, no podía ser monja. Estuve prácticamente un año. Me fue bien, fui valorada, estudiaba y no causaba problemas. Pero mi morbosa sensualidad, un día explotó. De todos los rollos que me imaginaba, nació el relato de "Judit-Claudia crucificada", que viene a reunir mis más íntimos y retorcidos deseos. Tú Cristián, ya los conoces. Jajajaja, ¡ay, cóo me gusta esa palabra! ??retorcido??, jajajaja. Cuando terminé de escribirlo, lo leía una y otra vez; lo corregí y re-corregí, lo adornaba e, incluso, hice unos dibujitos de él. Yo encontraba que me había quedado "monono" y me masturbaba en las noches después de leer algunos pasajes. Si, me masturbaba dentro del convento. Ahora que lo veo, creo que me producía morbo hacerlo en ese lugar, pero también mucha culpa. Un día, hice "la loca" y me afeité la cabeza y de rodillas, estuve rezando en el patio toda la noche frente a una imagen de la virgen; para mortificarme y según yo, expiar mi culpa por ceder a las tentaciones oscuras de Satán. En el fondo, era para llamar la atención y ver qué pasaba. Es decir, era un "experimento"

    Al amanecer, yo seguía como huevona, casi cayéndome de sueño en el patio, arrodillada frente a la madre de Dios y pelada al rape, figúrate. Mis compañeras avisaron a la superiora, la que me mandó a llamar. Hablamos largo y tendido. Le dije que había cometido un pecado horrible, que se refería a mi cuerpo, pero que no se lo contaría ya que era algo muy oscuro. La señora se asustó y mandó a que descansara. A mediodía llegó Alberto, un cura jesuita que venía a hacer misas y a confesar. Pidió hablar conmigo. Me dijo que la superiora estaba preocupada por mí y que me creía enferma y que qué podía responder a eso. Entonces le conté que era una pecadora. Pensé en confesarme en ese momento y dar cuenta de todas mis retorcidas fantasías de masoca; tenía que decírselo a alguien, pero una idea, también morbosa, se me pasó por la mente.

    Le propuse que me confesara después de dos días, pero antes, él debía leer mi cuento de Judit-Claudia. Le expliqué que era extenso y que debía leerlo tranquilo. Así que le pasé una copia y esperé. Evidentemente yo, ya había decidido salirme de monja y todo eso era innecesario, pero este era otro de mis "experimentos". Quería ver al cura, horrorizado de mí, condenándome y tratándome como una pecadora infecta. Deseaba que me hiciera llorar y que me expulsaran, algo así como deshonrosamente, del convento. A los dos días el padre Alberto llegó y hablamos. Me preguntó, muy tranquilo, si aparte de ese pecado tenía otro. Yo lo pensé y le dije que no, mintiendo. El pecado que me faltaba confesar era el no haber sido sincera y ser medio sádica al jugar con la inocencia de las monjas.

    Ese cura era demasiado inteligente. Dijo que me absolvía de todo y que me rezara tres padre nuestros a modo de penitencia, ??¿sólo eso?? le pregunté. ??¿Esperas algo más??Entonces si que sentí culpa. Le pedí reales disculpas, de corazón. Le confesé que tenía, esa "mi inquietud", y que ansiaba contársela a alguien y entonces había ideado esa forma. Me dijo que él no era tonto y que no lo tratara como tal. Entendía que yo deseaba verlo horrorizado y rasgando vestiduras como un fariseo, pero no lo iba a hacer. ??Además, tu cuento es latoso y aburrido y se que ya has decidido salirte de novicia. Pero antes de que te vayas, me gustaría que visitaras a un amigo mío, que es psicólogo, toma su tarjeta. Cuéntale a él, esa "tu inquietud"

    El cura Alberto me dejó como una tonta, pero lo admiré, era muy "capo" el hombre. Antes de terminar nuestra conversa, me preguntó que qué haría en la vida después de salir del convento. Le respondí que pensaba estudiar pedagogía básica (maestra primaria) en la universidad ya que me encantaban los niños. Me dio un beso en la mejilla y se despidió, deseándome buena suerte.

    -¿Entonces, he ahí la raíz religiosa del relato de Judit-Claudia crucificada?, le pregunté.
    -Más o menos -me respondió- En realidad, la religión es un pretexto. Dime algo Cristián, ¿cuántas veces lo has leído?
    -Dos.
    -Y? ¿qué partes te han gustado más?
    -Hay varias. Esa cuando Judit crucificada se ve a si misma como una diosa en un altar de dolor, cuando es azotada en la columna y obviamente, la del joven que la consuela al final.
    -Jajaja, sabía que esa parte final te gustaría.

    Al decir eso, Claudia me tomó la mano. Estaba muy dada a sonreír, algo poco común en ella.

    -Hay otra cosa que me gustó, - dije.
    -¿Qué?
    -El hecho de que Judit fuera una tetona. Ambos reímos.
    -Cristián, se que te gusta este tema, que te excitas con él. Se también que llevas meses buscando; yo llevo años. He leído tu blog, algunos de tus cuentos y descubrí que también estás inscrito en sitios de internet sobre esto de la crucifixión femenina.
    -¿Te dedicas a espiarme?
    -Bueno, no es exactamente un espionaje. Digamos que es una "investigación", jajaja. Cristián, he buscado tanto y se que tú eres la persona.
    -¿Que yo soy la ??persona???
    -Si. Podemos realizar nuestros sueños; deseo ser crucificada. Se que vos también alucinas con eso.
    -¿Tanto sabes de mí?
    -Bueno, es una corazonada. Por ejemplo: te hice un seguimiento por la red y descubrí que buscas películas fetichistas de chicas castigadas con la crucifixión. Sentimos lo mismo, Cristián.

    Al decir eso, Claudia apretó ansiosamente mi mano.

    -Mírame a los ojos y dime si no es verdad todo lo que te estoy diciendo.
    -Si, es verdad ??repliqué- y hay más; es cierto que busco desde hace meses, pero es desde la infancia que me paso "royos" con la cruz.
    -¿Ves?, somos tal para cual, Cristián.
    -Si, pero el asunto es difícil. Hay que disponer de un lugar adecuado y tranquilo, maderas para construir la cruz y ver lo de las correas o amarras.
    -Buscaremos el lugar. Se te olvida el látigo y los clavos.
    -¿Clavos?
    -Claro.
    -¿Bromeas?
    -No. Después de ser crucificada con correas o amarras, quiero serlo con clavos y que mi cuerpo se "retuerza" por el dolor, jajajaja.
    - Estás bromeando.
    -No, no lo estoy.
    -Pero eso es arriesgado.
    -Lo hacen en las filipinas para Semana Santa.
    -Si, pero se trata de clavos especiales y están con un paramédico al lado. Además no es como lo hacían los romanos, las personas no están desnudas.
    -Jajaja, si, lo sé. Por eso es que no deseo ir a las filipinas. Yo deseo ser crucificada por tí y para ti. Deseo estar desnuda en ese suplicio para ti, que me contemples en mi dolor, quiero dártelo de regalo, Cristián, mi Cristián.

    En forma casi automática, al escuchar esas palabras de labios de la Claudia, el miembro se me erectó.

    -Yo no haré eso. Es delito, delito de lesiones sancionado con pena de cárcel, eso sin contar con posibles infecciones como tétano, gangrena o alguna otra mierda que se te puede meter en las heridas. No soy delincuente, ni estoy loco, Claudia.
    -¡Qué cobarde eres!

    Me levanté al instante de la mesa y le espeté: ??búscate otro huevón, ve al bar ??magenta??, allí encontrarás a otros más ??valientes?? que yo y con más carácter y podrás así satisfacer tus caprichos. Chao Claudia, un gusto haberte conocido? Pagué mi café y salí de ahí. Di vuelta a la esquina y caminé acelerado hasta el parque forestal, cuando llegué allí me calmé y seguí mi rumbo por el césped, en dirección al centro, lentamente. Claudia me había seguido. Corría detrás de mí como desesperada, llamándome por mi nombre.

    -Por favor Cristián, espera. No me dejes así, se que eres la persona, ya tengo 32 años, he buscado mucho y nadie encaja conmigo, sólo tú eres esa persona.
    -Tampoco soy esa persona, Claudia. No tengo pasta de "amo", soy demasiado cobarde, tú lo dijiste. Busca por otro lado.
    -Ya lo hice, eres tú, lo presiento. Se lo que te angustia, se de tu melancolía; démonos una oportunidad.
    -Déjame, loca de mierda. Yo seguí caminado, verdaderamente molesto. Pero la claudia se me adelantó y me obstruyó el paso.
    -Por favor, Cristián. Podrás hacerme lo que quieras, de todo: seré tu puta, podrás cachetearme, meterme la mano donde se te plazca, humillarme, mearte sobre mí, beberé tu orina, hacerme gritar?
    -Chaooooo Claudia.
    -Nooo, llámame vaca, yegua, hazme fisting; si tú lo quieres puedo relinchar, mugir como vaca, imitar a una lombriz, una gusana, hacer la cerda. Hazme subir el cerro san Cristóbal, corriendo, ríete de mi gordura, seré tu esclava para todo servicio, podrás culearme cuando sea tu capricho o si quieres conviérteme en tu muñeca.

    Seguí mi camino aparentando indiferencia. Unos pasos más allá me volví y vi a Claudia arrodillada en el pasto, llorando y abrazada a sí misma como entumecida. Cuando me acerqué, unas gruesas lágrimas corrían por su cara; sus párpados estaban cerrados. La tuve a mis pies; me miró hacia arriba, con los ojos rojos. Se seguía abrazando ella misma con lo que apelotonaba sus enormes ubres de vaca.

    -¿Así que quieres que te humille? mierda, loca enferma? -Miré a todos lados para ver si estaban mirando y luego la tomé del pelo, levantándola. La ??zamarreé?? un poco y le apreté las mejillas, haciendo que su boquita se transformara en un diminuto ocho. ??¿Por qué no vas donde el psicólogo que te recomendó ese cura?, mina estúpida, bruja manipuladora?

    Le seguían corriendo gruesas lágrimas, no dijo nada y cerró los ojos como dormida, suspirando por la boca entreabierta. Cuando ya no pude contenerme, me subió la ternura animal, le comencé a lamer las lágrimas, como si fuera un perro salvaje y a meter la lengua en su boca la que sabía a cigarros de menta. Su cabello olía a shampoo de algas marinas y la piel, a colonia para bebes. Del parque forestal nos fuimos a uno de los tantos moteles que abundan en el centro de Santiago y pasamos toda la tarde entremedio de besos, tiernos lamidos y otras cosas que no incluyeron opresiones, ni sometimientos. Como ambos somos unos menesterosos y se nos hizo poco el tiempo, apenas pudimos pagar entre los dos el motel, reuniendo peso a peso el dinero. Me quedé sin plata para la locomoción, de modo que me vi obligado a caminar hasta mi casa lo que aproveché para pensar en lo que había pasado esa tarde. Concluí dos cosas: cotizaré precios de maderas, cuerdas y de látigos; nada de clavos, y desde ahora usaré shampoo de algas marinas, colonia para bebes y fumaré cigarros de menta.

    Sus comentarios, críticas y opiniones son valiosos para mí. Espero que les haya gustado o al menos entretenido.
    Última edición por puppe; 11-mar-2007 a las 22:18 Razón: Publicación

  2. #2
    Avatar de sexygordita
    sexygordita está desconectado Moderadora Foro de Canciones
    Fecha de Ingreso
    mayo-2006
    Ubicación
    No tengo sitio fijo
    Mensajes
    4,736
    Blog Entries
    7
    Poder de Credibilidad
    13

    Re: CLAUDIA Y SU HISTORIA (Epílogo)

    Es increíble la forma como escribes, sin lugar a dudas es mas que excelente .....al leerte sacas de mi todo ...como te explico....ese "Yo" contenido que no se manifiesta por seguir los patrones "normales" de conducta, particularmente me excité mucho esta vez, deseé ser el personaje de tu relato "Claudia" haciendo el papel de la ramera porsupuesto y ser poseida por "Viriato" tal como pasa en el capïtulo II.....es tan fuerte el relato
    que es "imposible" no estremecerse.......jamás en mi vida he tenido sexo de está forma pero hoy leyéndote se me antojó, aunque algunos piensen que estoy loca de remate.....sé que no es así.....este relato ubicado en el foro que se encuentra se merece mas de un comentario mejor que el mio MUY BUENO, MAS QUE EXCELENTE .




    No hay necesidad de tanto teatro cuando se es UNO MISMO




  3. #3
    jonh_grimm está desconectado Lector de Relatos
    Fecha de Ingreso
    agosto-2007
    Mensajes
    8
    Poder de Credibilidad
    0

    Re: CLAUDIA Y SU HISTORIA (Epílogo)

    estas 3 historias son fabulosas y de verdad me llegaron y a conmover y de ahora en adealnte tienes una fan espero que me escribas para compartir relatos malielitos_snk@hotmail.com

  4. #4
    Andariego está desconectado Autor de Relatos
    Fecha de Ingreso
    octubre-2005
    Ubicación
    Cd de México
    Mensajes
    924
    Poder de Credibilidad
    10

    Re: CLAUDIA Y SU HISTORIA (Epílogo)

    Hola a todos.

    Fuí siguiendo todo el relato, desde su primera parte hasta el epílogo. En general, me gustó; me parece un escrito bastante bien construido narrativa e históricamente. Los personajes concuerdan, todos tienen razón de ser y porqués para lo que viven... to' muy bien. Lo que no me satisfizo en lo más mínimo es el final.

    Siguiendo el rastro de TriatletaXXX he visto que hay dos temas recurrentes en sus escritos: la crucifixión y la búsqueda denodada de la sumi por encontrar la liberación a través del placer supremo del dolor extremo. Si bien son los temas "lead" en la producción de TriatletaXXX, creo que, en este relato, rompen el encanto que con tanto esfuerzo había logrado. Sobre to' porque le hacen perder el encanto historicista a la historia. Si ya nos habíamos creído que una historia así podría haber sido factible de suceder en medio oriente en los inicios de nuestra era -lo cual es cierto-, el rompimiento que se hace al final da al traste con ese esfuerzo y lo convierte solo en el delirio enfermizo de una maso que quiere vivificarse a ultranza en el encuetro con el mayor de los castigos. (¿Tienen su tel? jejeje)

    Como sea... buen relato. Confieso que lo disfruté. (Saben que soy fan de todo lo que trató la historia)

    Saludos a todos.

Visitors found this page by searching for:

relatos crucificada

relatos eroticos crucifixion

relatos de crucifixion de mujeres

relatos crucifixion femenina

esclava romana azotada

esclava castigadarelatos

relatos de esclavas

historias de mujeres crucificadas

relatos xxx la reina y su esclava

olor a mierda lesbicos relatos eroticos

relatos esclavas azotadas

esclavas castigadas

relatos de mujeres crucificadas

relato crucificada

relatosesclavas

relato esclava romana

relatos de esclavas castigadas

esclavas romanas crucificadas

esclava crucificadarelatos eroticos mujer vaca ubres ordeñaesclava castigada relatoesclavas romanas desnudasesclavas azotadas xxxhttp:www.relatosymas.comf18-sadomasoquismot13910-claudia-y-su-historia-eplogorelatos eroticos de mujeres crucificadas
SEO Blog

Marcadores

Normas de Publicación

  • No puedes crear nuevos temas
  • No puedes responder temas
  • No puedes subir archivos adjuntos
  • No puedes editar tus mensajes
  •