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    FINITO está desconectado Lector de Relatos
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    SEDUCIENDO A MI PAPI

    Mi padre siempre ha sido un hombre atractivo, a pesar de no ser excesivamente guapo. Recuerdo que, cuando yo era niña y él quería molestar a mi madre, contaba de la abundancia de mujeres en su juventud. Sus pasos lentos y su espalda erguida lo hacen ver como un caballero de aquellos que debieron de poblar América llegados de España. Con los años, algunas arrugas han ido poblando sus ojos dándole un aspecto de hombre interesante. Es, sin duda alguna, un hombre interesante.

    Y mi historia empezó una noche, cuando me desperté sedienta por culpa del inclemente verano. Me lancé hacia la cocina en busca de un vaso de agua que me refrescara por dentro. Recorrí adormilada todo el pasillo, sintiendo la tibieza del piso bajo las plantas de mis pies. El calor se metía por las ventanas de la casa que estaban abiertas, para que la brisa de la noche entrara y llenara de frescura la casa. Pero esa noche algo extraño pasaba; mientras atravesaba el pasillo que me conducía hasta la cocina, a tientas, para no despertar a mi padre, un calor dulzón me embriagaba. Era un calor tibio, sedoso que invadía toda la casa. Seguí mi camino hacia la cocina pero al pasar por la habitación de mi padre descubrí que la puerta estaba entreabierta y que el calor, que antes había sentido y que inundaba hasta la más recóndita esquina de la casa, provenía de aquella rendija. Unos suaves lamentos se escapaban también con el calor y regaban la casa con un aroma dulce que traía a la memoria el olor embriagador del mar. Me detuve en seco y pensé en regresar a mi habitación, pero la curiosidad siempre ha sido más fuerte que yo. Me acerqué silenciosa hasta la rendija que dejaba la puerta y pude ver a mi padre, acostado sobre la cama, con el cuerpo casi arqueado, respirando aceleradamente y con los ojos pendientes de los movimientos de aquella mujer desconocida, de curvas perfectas y piel canela que, sentada sobre sus caderas, se movía como quien baila una danza oriental que a mi padre tenía extasiado.

    Al principio intenté alejarme, mi parte sensata me gritaba que dejara de mirar aquel espectáculo pero había algo más fuerte que yo que me impedía dejar de mirarlos. Mis sentimientos se mezclaban; estaba furiosa con mi padre porque consideraba que estaba faltando a la memoria de mi madre pues desde que murió nos quedamos solos y quisimos cuidar el uno del otro; sentía miedo porque temía que esa mujer a la que veía mecerse sobre mi padre llegara para quedarse. Y sentía una especial fascinación por lo que mis ojos veían, por el olor que se expandía por toda la habitación y que yo podía percibir desde fuera.

    Con todos los sentimientos peleándose por salir, me alejé y me fui a mi habitación, me metí dentro de las sábanas y deseé con todas mis fuerzas dormirme, pero no lo conseguí. Las imágenes me invadían; veía las manos de mi padre recorriendo, apretando, acariciando aquel cuerpo femenino, perfecto que parecía acoplarse al suyo sin ningún problema. El olor se me quedó en la nariz y sentía como si ese calor, que al salir de mi habitación en busca de agua había percibido y, que se desparramaba por la casa, se hubiese metido dentro de mí. No podía controlar mi cuerpo; las manos bajaban sin control hasta mi sexo y sentía como los dedos se deslizaban sin ningún esfuerzo sobre el. Un cosquilleo recorría mi entrepierna y subía por mi ombligo obligándome a sentir. Estuve así algunos minutos hasta que me di cuenta de lo que estaba haciendo. Saqué rápidamente las manos de entre mis piernas y descubrí que la humedad de mi intimidad las había empapado. Sabía que nada de lo que había hecho, desde que miré a mi padre y a su amante, estaba bien porque la monjita del Colegio al que iba nos decía que aquello era pecado mortal y que si lo hacíamos no sólo iríamos al infierno sino que toda nuestra familia iría con nosotros. Entonces un escalofrío de miedo me recorrió el cuerpo. No quise pensar más y me quise olvidar de todo, intenté dormir y después de dos horas de luchar contra los pensamientos y los recuerdos, me dormí.

    Al día siguiente la primera imagen que se me vino a la cabeza fue la de mi padre y su amante en la cama. Podía imaginarlo adormecido por el placer que aquella mujer le regalaba, podía verla a ella con su cabeza hacia atrás, las mano en los muslos de mi padre, y su sexo atrapando lo más preciado de mi padre, guardándolo, protegiéndolo y satisfaciéndolo. Aparté los recuerdos de mi mente y me levanté de la cama rápidamente. Me paré frente al espejo y me miré cuidadosamente, el espejo me mostró a una jovencita delgada y sin curvas, con el rostro aún de niña y la mirada menos inocente que el día anterior. Pero mi cuerpo no tenía nada que ver con la mujer de grandes pechos y prominentes caderas que había visto la noche anterior en la habitación de mi padre. Mirándome al espejo me di cuenta de que yo no despedía ese calor que, en la noche, me había embriagado y adormecido. Aparté el espejo de mi pequeña figura y ese tipo de pensamientos de mi cabeza. Me duché con agua fría para despejar esos pensamientos. Me vestí y salí de mi habitación. Una vez fuera, descubrí que mi padre ya se había ido a trabajar. Aproveché para ir a su habitación.

    Pasó el tiempo, pero yo seguía sumida en un estado extraño, víctima de la confusión de mi interior. En el Colegio, en lugar de atender a la monja, pensaba en cómo se sentiría hacer aquello que vi hacer a mi padre. En casa, me miraba impaciente en el espejo esperando que mis pechos crecieran y mis caderas se ampliaran. En la calle, algunos hombres me miraban y me decían “mamita” con la misma mirada que vi a mi padre cuando estaba debajo de las curvas de aquella frondosa mujer. Pero, no, de ninguna forma, se comparaba con los piropos que recibían mis amigas cuando caminaban por la calle, Ellas, indudablemente estaban mucho más desarrolladas anatómicamente que yo y algunas, entre risas, contaban en secreto que se habían tocado con su primer novio a la salida de clases.

    Un día, decidí que ya era hora de dejar de usar los pantalones amplios y las camisetas de hombre en las que me escondía. Le pedí a Clara, alguien mucho más puesta en temas de moda, que me acompañara a comprar algo diferente a lo que solía usar y fue así como, una noche, mi padre conoció y reconoció a su nueva hija. Y yo conocí a mi nuevo padre. Sentía su nerviosismo con mi ropa ajustada, descubría su mirada posada en mis piernas cuando me veía aparecer con pequeños shorts que dejaban mis muslos desnudos y víctimas de su mirada. Yo me divertía con su nerviosismo y un día se me ocurrió que sería divertido jugar a seducirlo pues si lo conseguía con él lo conseguiría con cualquier otro chico que se me presentara.

    Empecé por meterme en su cama los fines de semana; me levantaba por la mañana y me dirigía a su habitación. Lo encontraba dormido, me metía por debajo de las sábanas, tan silenciosa como una gata. A pesar de eso, él me sentía, sonreía y abría su brazo para que me metiera en el. Yo me hundía en su pecho, aspiraba su olor, sentía su calor y, después de un rato, me quedaba dormida. Como era verano y el calor se sentía desde temprano, a veces, despertábamos con nuestros cuerpos sudados. El me abrazaba cariñosamente, me apretaba contra su pecho, me besaba en la frente y salía a desayunar. Yo me quedaba un rato más hasta que sentía que su calor se había ido tras él. Los juegos de seducción siguieron por algunos meses más. Creo que a él le gustaba verme sonreír coquetamente cuando le pedía que me subiera el cierre de la blusa, sentía sus dedos acariciar mi espalda. Las visitas por la mañana a su habitación, los fines de semana, se hicieron un hábito necesario en los dos. Yo sentía que ahora ya no se limitaba a abrazarme a apretarme contra su pecho sino que, a veces, sus manos se escapaban hasta mi cintura y me acariciaba suavemente. Para mí, siempre fue un juego entre padre e hija, sin ninguna otra intención que demostrarme a mi misma que era capaz de seducir a alguien.

    Pero un fin de semana todo cambió. Desperté por la mañana y fui a la habitación de mi padre, lo encontré, como siempre, dormido. Me metí en la cama y él me abrazó. Su olor y su calor ya se habían convertido en parte de mí, así que me limitaba a continuar con el sueño que había interrumpido en mi habitación. Aquel día dormimos hasta tarde. Eran las once cuando abrí los ojos y me di cuenta de que yo me había dado la vuelta dando la espalda a mi padre, mientras sus manos me rodeaban y me atrapaban. Estaba apretado contra mí y podía sentir su virilidad empujándome; no pude evitar moverme y pude sentir que su pene estaba duro. Me asusté. Intenté, como aquella vez cuando lo vi con aquella mujer, zafarme de sus brazos y salir corriendo hacia mi habitación, pero algo me impedía hacerlo. Antes que eso, mi culito empezó a moverse en torno a su pene. Sabía que aquello no estaba bien, que ese hombre era mi padre, pero deseaba sentir aquella pinga dura en mi culito. No dentro, sólo sentirla así por fuera. Por supuesto, sabía que no podía llegar a más porque el era mi padre y porque nunca consentiría algo como aquello.

    Me equivoqué, Al estar moviendo suavemente mi culito y al dedicarme a sentir la dureza de su pinga acariciándolo, no me di cuenta de que mi padre había despertado. Cuando me di la vuelta porque quería ver el tamaño de aquella pinga que presentía gigante, me encontré de frente con los ojos de mi padre. Temí lo peor, pero otra vez me equivoqué. Me apretó contra si y sus manos bajaron directamente hasta mi culito. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que sus manos eran grandes, abrían y apretaban mi culito. Un deseo insospechado iba creciendo dentro de mí y como un acto reflejo busqué la boca de mi padre.Me besó primero suavemente y luego con vehemencia, con pasión y desesperación. Me enseñó a besar, puesto que antes yo no había llegado más allá de unos tímidos besos con amigos del barrio. Succionaba mis labios y jugaba con mi lengua mientras sentía sus manos hurgar en mi intimidad. Se apartó, me miró y me sonrío. Se acercó a mi oído y me susurró “estás mojadita,” Yo sentía que quería seguir pero algo desde dentro me gritaba que debía parar. El seguía susurrándome cosas que yo no entendía, de pronto me preguntó “quieres que te enseñe a sentir?” Entonces la poca conciencia y sentido de culpa que tenía me abandonó y respondí con una voz que parecía no salida de mi “Sí, papi, enséñame a sentir”.

    Me desvistió, con cariño fue quitándome el pijama que traía puesto. Quitaba la blusa y besaba todo lo que podía ver, chupaba mis pezones y yo sentía que iba a desmayarme de placer. Un escalofrío me recorría el cuerpo, quería sentir, tocar, palpar, acariciar, quería decirle y que me dijera aquellas cosas que le oí decir a aquella mujer con la que lo vi aquella noche, quería sentirme mujer. Él, permanecía con su pantalón pero sin la camisa, puesto que dormía solo con un pantalón ligero. Yo podía adivinar, a pesar de que el pantalón le quedaba grande, que su pinga era enorme. “Papi, quiero ver eso que antes sentí en mi culito” le dije totalmente curada de la timidez y la inhibición. “Si, quieres verla?, Segura?” me respondió él, que para ese entonces, ya se había olvidado que aquella mujer que tenía en su cama era su hija. Entonces sacó su pinga de su escondite y pude verla, rígida como un palo, grande y gruesa. Por un momento, sentí miedo. “Eso no va a caberme por ningún sitio” pensé, mi padre parecía adivinar mis pensamientos y me dijo “No te preocupes, te voy a cuidar, nada malo va a pasarte” Iniciamos un ritual de caricias improvisadas que parecían ensayadas con años de anticipación. Mi padre me conocía como a si mismo y yo también sentía que lo conocía. Mi nula experiencia no me impidió besarlo y recorrerlo, quedarme acariciando, besando o lamiendo justo donde él perdía el sentido y susurrarle cosas al oído, que a él, lo excitaban particularmente. “ya sabía yo que eras una putita” me decía mientras me mordía suavemente las orejas, me metía le lengua dentro, acariciaba mi lóbulo y me apretaba con fuerza las tetas. “Si, soy una putita” respondía yo, que respiraba cada vez más aceleradamente. “quieres mamar la pinga de tu papi, putita” me dijo él y yo sin decir nada me levanté, puse mis manos entre sus piernas, lo miré, le sonreí coquetamente y empecé a lamer aquella pinga que parecía crecer sin fin. Las lamidas eran pequeñas, como las de una perrita, pero poco a poco fue habituándome y aprendí a mamar, ahí mismo, sin necesidad de que nadie me enseñara. Descubrí que mi garganta podía albergar aquella pinga y que con ello mi padre perdía el sentido. Lo escuchaba gemir suavecito cuando lo hacía y, eso, me volvía loca. “Lame más abajo, por las bolas” me decía él cuando veía que necesitaba ayuda para continuar. Yo obedecía y chupaba sus bolas, las lamía y las acariciaba con mis manos. Besaba los muslos y los mordía suavemente. Mi padre permanecía con la mirada fija en mí, era una mirada lasciva y podía adivinar que estaba loco, muerto en deseo por atravesarme con su pinga.

    Después de que mamé, lamí, jugué y acaricié todo lo que quise, mi padre inició la tarea de hacerme mujer. Me pidió que me relajara y sentí que la cabeza de la pinga de mi padre me acariciaba la chuchita. Emití un leve gemido y me mordí el labio inferior esperando que me invadiera con aquella pinga que parecía un hierro. Tuvo dificultad para entrar, y yo descubrí que no dolía tanto como me habían contado, era más el escándalo de mi himen roto.

    Cuando, por fin consiguió entrar, yo sentía el calor quemándome por dentro. Podía sentir el tamaño de su pinga dentro de mi chuchita. Podía imaginar el recorrido que hacía hasta topar con el fin de ella, resbalándose, ayudada por mi humedad. La sentía dura, palpitar dentro de mí como si tuviese vida propia. Veía a mi padre moverse, primero despacio y luego más rápidamente. Yo gemía sin querer, gritaba sin darme cuenta y pedía más sin pararme a pensar en nada más. Mi padre jugaba con su pinga dentro de mí, la empujaba hasta dentro para luego sacarla y volverla a meter sin piedad. “Esto te gusta, putita?; esto querías?” Decía sin dejar de embestirme de una forma salvaje. Yo pedía más, gritaba de placer y me movía sin ritmo intentando meter toda la pinga de ese hombre que me invadía dentro de mí. No se cuanto tiempo duró la batalla, pero estuvimos así, sin noción ni de tiempo ni de espacio, acariciándonos, reconociéndonos, chupándonos, sintiéndonos invadidos el uno del otro, hasta que consiguió meterse totalmente dentro de mí y me preguntó “quieres leche putita” y yo presa de una excitación que nunca pensé sentir respondí “Si papi, lléname la chuchita de leche” Entonces, se movió con más fuerza, mis piernas abiertas, lo recibían y lo atrapaban por su cintura con la misma fuerza con la que él buscaba meterse más dentro de mí, hasta que lo sentí descargar todos sus líquidos, lo escuché gemir y sacudirse para luego caer encima de mí, desfallecido, derrotado. Se salió y se acostó a mi lado, me ofreció su brazo como lo hacía antes y yo me hundí en su pecho. Sólo entonces, cuando la calma volvió a nosotros, pude darme cuenta de que la habitación estaba llena del mismo calor que había percibido aquella noche cuando descubrí a mi padre con aquella mujer, el olor dulzón del que me costó desprenderme, también estaba presente. Las sábanas arrugadas y la cama revuelta me hicieron consciente de lo que había pasado momentos atrás. Dormimos todo el día, como queriendo permanecer ajenos a los sentimientos de culpa, que sentía podrían invadirnos en cualquier momento.
    Última edición por Minnie; 15-may-2010 a las 13:33

  2. #2
    Avatar de abosocan
    abosocan está desconectado Comentarista de Relatos
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    Thumbs up Respuesta: SEDUCIENDO A MI PAPI

    MUY RICO RELATO, A MUY BUEN RITMO Y BUENA ORTOGRAFIA.
    ESPERO QUE NOS DES MAS RELATOS COMO ESTE.
    EL VERDADERO AMIGO ES AQUEL QUE SABE TODO SOBRE TI, Y SIGUE SIENDO TU AMIGO.

  3. #3
    cheka está desconectado Comentarista de Relatos
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    Respuesta: SEDUCIENDO A MI PAPI

    buen relato k rico lo relatas
    VIVE LA VIDA AL MAXIMO COMO SI FUERA EL ULTIMO DIA DE TU VIDA

  4. #4
    Avatar de Minnie
    Minnie está desconectado Moderador en Entrenamiento
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    Respuesta: SEDUCIENDO A MI PAPI

    Excelente relato!!!

    Salvando el tema del incesto con el que no comulgo, me pareció deliciosa tu forma de narrar cada secuencia. Buena ortografía que se agradece enormemente y excelente ritmo. Me gustó, enhorabuena!!!

    Por cierto Finito o Finita? No me queda claro

  5. #5
    Avatar de sexygordita
    sexygordita está desconectado Moderadora Foro de Canciones
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    Respuesta: SEDUCIENDO A MI PAPI

    Excelente relato




    No hay necesidad de tanto teatro cuando se es UNO MISMO




  6. #6
    maite1 Invitado

    Respuesta: SEDUCIENDO A MI PAPI

    el relato es muy rico, pero lo que no me gusta es el parentesco.
    Si hubiera sido entre personas que no tuvieran un lazo consanguíneo tan estrecho, habría sido simplemente delicioso.

  7. #7
    Avatar de cubanitoamoroso
    cubanitoamoroso está desconectado Crítico de Relatos
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    Respuesta: SEDUCIENDO A MI PAPI

    El relato esta muy bueno, tienes una forma agradable de describir pero no me gusto que fuera entre padre e hija, tal vez hubiera sido mejor con un primo mayor.
    Vive hoy como si fuera tu último dia!

  8. #8
    meliton está desconectado Crítico de Relatos
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    Respuesta: SEDUCIENDO A MI PAPI

    Muy excitante relato. Ojalá tuviera una hija como tú

  9. #9
    Ninty_Man_UNAM está desconectado Lector de Relatos
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    Respuesta: SEDUCIENDO A MI PAPI

    Siempre me han encantado los relatos filiales. Tienen algo que me prenden...

    Está muy chingón, sigue así

  10. #10
    dante69 está desconectado Lector de Relatos
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    Respuesta: SEDUCIENDO A MI PAPI

    exelente relato felicidades me mantuvo a mil de principio a fin

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