jotaene
30-05 2006, 01:16 PM
Hacía un calor de infierno, me di una ducha fría, y cuando iba a coger el libro de Química vi de pronto una novela que había comprado con Sharon en una librería de Sanjenjo.
El autor, José María Álvarez, no me dijo nada, el título: “La Esclava instruida”, tampoco. Para empezar, el argumento comenzaba en la página quince (no me gustan los prólogos), y diez páginas después, tenía una erección hasta el ombligo. ¡Joder! Vaya cachondeo de libro. El protagonista se lo pasaba pipa con la jovencita.
Unas cuantas páginas más tarde, me estaba acariciando la erección sin darme cuenta. Por si no tuviera bastante calor con el libro, el sol me daba de lleno en todo el paquete. Ese sol de septiembre que, cuando quiere pegar fuerte, te levanta ampollas en la piel.
Estaba a punto de levantarme cuando, al mirar hacia la ventana abierta, vi en el balcón de la casa de enfrente a una tía sentada cosiendo.
De cuando en cuando, levantaba la mirada de la costura para fijarla en mis manejos. El balcón daba a un amplio patio de luces y la distancia no sería mayor de seis o siete metros desde donde ella estaba cosiendo hasta donde yo estaba leyendo. Decidí no levantarme y ver sus reacciones.
De nuevo comencé a acariciarme la erección que ya me llegaba el ombligo. Dejé de disimular que leía. Cada vez estaba más interesada en lo que estaba haciendo con mi erección. Situada un piso más arriba del mío pude comprobar que era de medina edad, calculé que debía de tener poco menos de cuarenta años y, la mujer, sin ser una belleza tenía una cara atractiva y unos muslos magníficos. Pude observar que cada vez prestaba menos atención a su costura mirando más a mi verga, erecta como un poste de teléfonos.
Volví a acariciármela, dejó de coser esperando sin pestañear que surgiera el chorro que imaginaba saldría disparado. Seguí acariciándome suavemente con los dedos, pasando y repasando la gruesa y larga erección de arriba abajo. Y así estuvimos por lo menos diez minutos, ella mirando fijamente mis manejos, y yo dándole al carajo y, de pronto, separó los muslos dejándome ver sus braguitas rosa. Le sonreí mientras me la meneaba. Ella se pasó la lengua por los labios. Yo hice lo mismo. De pronto se levantó y entró en la casa. Se acabó. No vale la pena meneársela.
Hubiera tenido que eyacular, que surgiera a su vista el chorro blanco, podía ponerle una bolita encima de la leche para que girara, como en las fuentes con luces de colores. ¡Bah!. Estaba pensando chorradas. Decidí seguir leyendo. La protagonista se estaba comiendo ahora una tostada de pan untada con la leche de la corrida del maromo. Joder – pensé -- que chavala más inteligente; claro, sabe que alimenta más que la mantequilla. Ya sabe lo que hace. Pasé la página y miré al balcón. Joder… ¡qué suerte! La tía estaba otra vez sentada en la silla. Volví a sonreírle y empecé a meneármela haciéndole ademanes para que separara los muslos. Casi sonrió y alzó una ceja, pero separó los muslos. ¡¡Joder, qué suerte!! Se había quitado las bragas.
Lo tuve claro. Quería ver como me corría, quería ver la leche saltando hacia el techo, pero yo seguí meneándomela despacio. De pronto ella metió una mano por la cintura de la falda y separó los labios de la vulva con dos dedos. Tragué saliva y me contuve para no correrme. Se acarició con toda la mano varias veces de arriba abajo. Yo ya estaba moviendo el culo como si tuviera la polla dentro del rosado coño y la estuviera follando.
Sus dedos se hundieron en la vulva, separando los gruesos labios para masajearse de arriba abajo con una cadencia que aumentaba por segundos. La vi morderse los labios, relamiéndose, volver a mordérselos, recostarse en el respaldo de la pequeña silla de madera y adelantar las caderas enseñándome una vulva tremendamente brillante. Me miró mordiéndose los labios otra vez.
El dedo medio frotaba el clítoris sin parar y miraba mi verga sin un solo parpadeo. Finalmente la vi abrir la boca y morderse los labios una y otra vez. Vi como temblaban sus muslos mientras la mano seguía cada vez más rápida el frotamiento y, al final, tembló toda ella, echó la cabeza hacia atrás y se detuvo. Estaba gozando de su solitario orgasmo y volvió a mirarme y en eso momento la miré directamente a los ojos mientras el primer borbotón de semen salía disparado hacia arriba cayendo luego sobre mi pecho y siguieron más borbotones una y otra vez dejando que la leche saltara violenta sobre mi tórax.
Ella no perdió detalle y siguió estremeciéndose de placer mirando como los borbotones saltaban una y otra vez, blancos, abundantes y espesos. Veía sus grandes tetas subir y bajar con la agitada respiración mordiéndose suavemente el labio inferior. Me levanté, y mi verga la saludó con dos sacudidas espasmódicas batiendo contra mi vientre mientras los regueros de semen bajaban lentamente hacia mi estómago.
Le hice señas de volver a repetirlo y sonrió encogiéndose de hombros, pasándose suavemente los dedos por la vulva abierta y húmeda. Volví a la cama y seguimos mirándonos. Dejé el libro y también ella dejó de coser, dedicándonos a mirarnos mientras nos masturbábamos. Su sexo estaba cada vez más brillante y húmedo con los paulatinos masajes sobre el clítoris.
Nos mordíamos los labios en la distancia y así continuamos hasta que nos corrimos juntos de nuevo. Después desapareció dentro de la vivienda y nunca más volví verla.
No logré averiguar quien era, pese a que, con una u otra disculpa, llamé en todas las viviendas del edificio durante un par de semanas.
¡¡ Qué lástima!!
El autor, José María Álvarez, no me dijo nada, el título: “La Esclava instruida”, tampoco. Para empezar, el argumento comenzaba en la página quince (no me gustan los prólogos), y diez páginas después, tenía una erección hasta el ombligo. ¡Joder! Vaya cachondeo de libro. El protagonista se lo pasaba pipa con la jovencita.
Unas cuantas páginas más tarde, me estaba acariciando la erección sin darme cuenta. Por si no tuviera bastante calor con el libro, el sol me daba de lleno en todo el paquete. Ese sol de septiembre que, cuando quiere pegar fuerte, te levanta ampollas en la piel.
Estaba a punto de levantarme cuando, al mirar hacia la ventana abierta, vi en el balcón de la casa de enfrente a una tía sentada cosiendo.
De cuando en cuando, levantaba la mirada de la costura para fijarla en mis manejos. El balcón daba a un amplio patio de luces y la distancia no sería mayor de seis o siete metros desde donde ella estaba cosiendo hasta donde yo estaba leyendo. Decidí no levantarme y ver sus reacciones.
De nuevo comencé a acariciarme la erección que ya me llegaba el ombligo. Dejé de disimular que leía. Cada vez estaba más interesada en lo que estaba haciendo con mi erección. Situada un piso más arriba del mío pude comprobar que era de medina edad, calculé que debía de tener poco menos de cuarenta años y, la mujer, sin ser una belleza tenía una cara atractiva y unos muslos magníficos. Pude observar que cada vez prestaba menos atención a su costura mirando más a mi verga, erecta como un poste de teléfonos.
Volví a acariciármela, dejó de coser esperando sin pestañear que surgiera el chorro que imaginaba saldría disparado. Seguí acariciándome suavemente con los dedos, pasando y repasando la gruesa y larga erección de arriba abajo. Y así estuvimos por lo menos diez minutos, ella mirando fijamente mis manejos, y yo dándole al carajo y, de pronto, separó los muslos dejándome ver sus braguitas rosa. Le sonreí mientras me la meneaba. Ella se pasó la lengua por los labios. Yo hice lo mismo. De pronto se levantó y entró en la casa. Se acabó. No vale la pena meneársela.
Hubiera tenido que eyacular, que surgiera a su vista el chorro blanco, podía ponerle una bolita encima de la leche para que girara, como en las fuentes con luces de colores. ¡Bah!. Estaba pensando chorradas. Decidí seguir leyendo. La protagonista se estaba comiendo ahora una tostada de pan untada con la leche de la corrida del maromo. Joder – pensé -- que chavala más inteligente; claro, sabe que alimenta más que la mantequilla. Ya sabe lo que hace. Pasé la página y miré al balcón. Joder… ¡qué suerte! La tía estaba otra vez sentada en la silla. Volví a sonreírle y empecé a meneármela haciéndole ademanes para que separara los muslos. Casi sonrió y alzó una ceja, pero separó los muslos. ¡¡Joder, qué suerte!! Se había quitado las bragas.
Lo tuve claro. Quería ver como me corría, quería ver la leche saltando hacia el techo, pero yo seguí meneándomela despacio. De pronto ella metió una mano por la cintura de la falda y separó los labios de la vulva con dos dedos. Tragué saliva y me contuve para no correrme. Se acarició con toda la mano varias veces de arriba abajo. Yo ya estaba moviendo el culo como si tuviera la polla dentro del rosado coño y la estuviera follando.
Sus dedos se hundieron en la vulva, separando los gruesos labios para masajearse de arriba abajo con una cadencia que aumentaba por segundos. La vi morderse los labios, relamiéndose, volver a mordérselos, recostarse en el respaldo de la pequeña silla de madera y adelantar las caderas enseñándome una vulva tremendamente brillante. Me miró mordiéndose los labios otra vez.
El dedo medio frotaba el clítoris sin parar y miraba mi verga sin un solo parpadeo. Finalmente la vi abrir la boca y morderse los labios una y otra vez. Vi como temblaban sus muslos mientras la mano seguía cada vez más rápida el frotamiento y, al final, tembló toda ella, echó la cabeza hacia atrás y se detuvo. Estaba gozando de su solitario orgasmo y volvió a mirarme y en eso momento la miré directamente a los ojos mientras el primer borbotón de semen salía disparado hacia arriba cayendo luego sobre mi pecho y siguieron más borbotones una y otra vez dejando que la leche saltara violenta sobre mi tórax.
Ella no perdió detalle y siguió estremeciéndose de placer mirando como los borbotones saltaban una y otra vez, blancos, abundantes y espesos. Veía sus grandes tetas subir y bajar con la agitada respiración mordiéndose suavemente el labio inferior. Me levanté, y mi verga la saludó con dos sacudidas espasmódicas batiendo contra mi vientre mientras los regueros de semen bajaban lentamente hacia mi estómago.
Le hice señas de volver a repetirlo y sonrió encogiéndose de hombros, pasándose suavemente los dedos por la vulva abierta y húmeda. Volví a la cama y seguimos mirándonos. Dejé el libro y también ella dejó de coser, dedicándonos a mirarnos mientras nos masturbábamos. Su sexo estaba cada vez más brillante y húmedo con los paulatinos masajes sobre el clítoris.
Nos mordíamos los labios en la distancia y así continuamos hasta que nos corrimos juntos de nuevo. Después desapareció dentro de la vivienda y nunca más volví verla.
No logré averiguar quien era, pese a que, con una u otra disculpa, llamé en todas las viviendas del edificio durante un par de semanas.
¡¡ Qué lástima!!