Javier_Andres
27-05 2006, 08:25 PM
Viernes, 13:00 horas y me encontraba nuevamente ante la puerta del departamento de Ana en el quinto piso de aquel edificio de departamentos confortables y lujosos; me abrió Juan y después de un corto saludo empezó a exponerme sus requerimientos en cuanto a su equipo de computación, aunque después de analizarlo fácilmente llegué a la conclusión de que era más redituable comprar un equipo nuevo que actualizar el actual.
Sus hermanas estaban ocupadas ultimando detalles del viaje y discretamente buscaba a Ana con la mirada pero no la veía por ninguna parte; quizás estuviese en una de las habitaciones o no se encontrara en el departamento en ese momento. Una vez ultimados los detalles con Juan, me dijo que podía empezar a trabajar y entonces aproveché para decirle:
—Me gustaría empezar inmediatamente pero de acuerdo con nuestra conversación telefónica ustedes se van de viaje en menos de media hora y me gustaría saber quien quedará conmigo.
—No se preocupe, mi madre no tarda en llegar y ella quedará pendiente de usted.
Y Juan no sabía en verdad cuan pendiente iba a estar Ana de mi.
Inicié mi labor y al cabo de diez minutos introdujeron la llave desde afuera y abrieron la puerta: era Ana y al entrar se fijó en mí y me lanzó una mirada como queriendo decir: ¡ni se le ocurra! Estaba excelentemente vestida y maquillada y la verdad es que se veía más maravillosa que la última vez que la tuve cerca; esta vez noté que se había aplicado pintalabios aunque muy moderadamente, sus senos, sus caderas y sus piernas eran todo un espectáculo; se dirigió a sus hijos y se puso a dialogar con ellos dando las últimas recomendaciones relacionadas con el viaje; alcancé a escuchar que Juan le dijo algo relacionado con mi trabajo pero no supe precisar qué.
Continué con mi labor aparentando concentración pero la verdad es que yo estaba impaciente y deseaba con toda mi fuerza que sus hijos partieran rápido para quedarme a solas con Ana, aunque no sabía como abordarla después de lo sucedido la última vez ya que estaba decidido a jugarme el todo por el todo. Después de analizar mucho no supe que táctica emplear y decidí que lo mejor era improvisar llegado el momento.
Por fin, al cabo de diez minutos, los hijos de Ana se despidieron de ella y en un acto de urbanidad también se despidieron de mí; Ana los acompañó hasta la puerta y después de colocarle el seguro a la puerta noté que se dirigía hacia mí.
— ¡Ni lo intente!, espero que esta vez sepa comportarse y entienda que aquí vino a trabajar.
— Exactamente a que se refiere—dije.
— La vez anterior usted se comportó como un patán y me faltó al respeto.
— ¿Porque le dije que me tiene loco y no dejo de pensar en usted?
— ¡No se haga el idiota!, usted se atrevió a ponerme sus manos encima.
— Bueno, es que no pude resistir la tentación; teniendo algo tan hermoso ante mí no tuve fuerza de voluntad para dejar mis manos quietas—respondí. — Pensé que de pronto le habría gustado.
— No sea tan iluso. Usted es egoísta y en ese momento no pensó en el problema que me hubiese podido acarrear con mis hijos.
— Lo hicimos muy discretamente de forma que no se dieron cuenta—dije.
— Lo hicimos no, el que lo hizo fue usted.
— De todas formas no hay porqué preocuparse, esta vez estamos solos por mucho tiempo y nadie se va enterar de lo que hagamos.
— ¡Aquí no vamos a hacer nada! y le recuerdo que soy toda una señora y aquí no va a pasar nada a excepción de su trabajo en la computadora.
— Deje de pelear y acérquese para apretarla. Desde que la vi usted me ha robado el sueño y he esperado con ansia el momento de quedarnos a solas para…— No me dejó terminar y exclamó:
— ¡Escúcheme bien madito estúpido!, no permitiré que se vuelva a sobrepasar conmigo, y le aseguro que esta vez no tendrá tanta suerte, usted no sabe con quién se está metiendo.
Se alejó hacia su habitación; no supe que decir ni que hacer y un tanto desconcertado inicié mi labor; mi primer intento fue fallido.
Mientras desarrollaba mi labor Ana pasaba a intervalos hacia la cocina, la sala y las otras habitaciones; en un momento determinado hizo una llamada telefónica y me desanimé un poco puesto que pensé que estaría pidiéndole a alguien que la acompañara para evitar quedar a solas conmigo, pero mis temores fueron infundados puesto que al contrario, de acuerdo con lo que alcancé a escuchar, llamó para cancelar su asistencia a una actividad relacionada con una acción social; después de esto se retiró nuevamente a su habitación y escuché que encendió la televisión.
Al cabo de dos horas, ya tenía listo el diagnóstico del equipo lo que quería decir que era hora de irme para regresar al otro día con los elementos necesarios para concluir mi trabajo; pero eso era lo que yo no quería, puesto que no tendría otra oportunidad como esta; para colmo de males Ana no aparecía para intentar algo, no sabía como llamar su atención, la televisión se escuchaba en su habitación, no sabía como proceder.
Estuve pensando por espacio de diez minutos y la situación no cambiaba, entonces decidí jugarme esta última oportunidad: pensé en acercarme a la habitación de Ana para ver que hacía y así lo hice. Afortunadamente la puerta estaba entreabierta y me acerqué suavemente cuidando de no hacer ruido a pesar de que el piso estaba alfombrado; empujé un poco la puerta y pude observar a Ana recostada en la cama, con los zapatos puestos y de inmediato me di cuenta de que se había quedado dormida como consecuencia del somnífero tan efectivo que en ocasiones es la televisión. Nuevamente me quedé pensando sin saber que hacer.
Después de desconectar la línea telefónica, me aventuré a invadir su habitación y cuando estuve cerca la visión que tenía ante mí era maravillosa: estaba profundamente dormida, su respiración era acompasada, sus grandes tetas subían y bajaban al ritmo de su respiración, la falda se le había subido bastante y tenía descubierta una buena porción de sus piernas; sus medias veladas dejaban apreciar aquellos muslos que en parte estaban cubiertos por un bello diminuto; me encontraba bastante excitado y tuve que hacer un gran esfuerzo para controlarme y no lanzarme encima de aquella mujer, mi pene pugnaba por salir de su prisión, la erección que tenía era fenomenal.
Me incliné y acerque mi cara a las piernas de Ana para mirarlas bien de cerca, todo su cuerpo despedía un olor maravilloso; no supe como empecé a pasar mi lengua por aquellas piernas tan deseadas empezando desde los pies hacia los muslos; Ana no se movía y yo subía más y más; cuando mi lengua llegó al borde de la falda lanzó un gran suspiro y se movió un poco; después de asegurarme de que seguía bien dormida, subí un poco la falda y continué lamiendo pero yo quería llegar más arriba así que subí un poco más la falda, al fondo se vislumbraba su entrepierna; de pronto Ana se movió nuevamente y ajustó las piernas dejándome sin facilidad para maniobrar.
Con mucho cuidado fui apartado sus piernas pero Ana se revolvía y las ajustaba, de tal forma que para apartar sus piernas tendría que despertarla. Desistí de apartar sus piernas y dirigí mi mano muy suavemente hacia su entrepierna y lo logré; cuando empezaba a apretar suavemente aquel bulto, Ana se despertó sobresaltada y de inmediato se paró y se acomodó la falda a la vez que me lanzó un cojín.
— ¡Usted es un descarado, criminal, irrespetuoso, pero cómo es que se ha atrevido a tanto! —. Y salió de su habitación corriendo hacia la sala; la erección que yo tenía momentos antes, había desaparecido. La alcancé en la sala y me coloqué delante de ella.
— Le comentaré a Juan lo que ha acontecido con usted para que él tome las medidas pertinentes. Es obvio que esto no se lo comentaría jamás a sus hijos.
— Usted es la responsable—dije.
— ¿Qué yo soy la responsable?
— Si señora, usted es la responsable.
— Como así, si usted empezó todo.
— Usted es la responsable por ser tan hermosa—dije.
— ¡Estúpido! Me hace el favor y recoge sus cosas y abandona mi departamento; si ya terminó de arreglar la computadora mejor; si no ha terminado, el trabajo queda cancelado—dijo, al tiempo que me daba la espalda.
Pero era mi oportunidad y no me iba a rendir así que me acerqué y le cogí el culo con las dos manos y luego la tomé por la cintura, la abracé fuertemente mientras buscaba su boca con la mía; como siempre ella trataba de esquivarme, se revolvía y oponía resistencia; el calor y aroma que despedía aquella mujer eran fenomenales; por fin encontré aquellos labios y los estrujé desaforadamente, introduje mi lengua mientras Ana gemía y a medida que transcurrían los segundos la resistencia de ella disminuía lo que más me excitaba puesto que para entonces yo tenía una nueva erección que no dudo que Ana la haya notado. Al comienzo los toques de su lengua eran efímeros, tímidos, pero con el paso del tiempo se hacían más frecuentes y largos.
Le besaba toda la cara, el cuello y también mordía suavemente sus labios; apretaba sus suculentas tetas por encima de su buzo al igual que su enorme culo; intentaba meter mi mano bajo su falda pero ella de inmediato me la retiraba; a esta altura de los hechos se podía decir que Ana correspondía a mis besos, cosa que yo aprovechaba al máximo puesto que estaba desfogando las ansias reprimidas.
— Levante los brazos—dije, y cuando aparté mi rostro noté que con mis labios le había esparcido el pintalabios por la cara y el cuello.
— Para… qué—preguntó ella, con la voz entrecortada
— Para sacarle el buzo.
— No… señor… como se le…ocurreummmmmmm.
Yo la apretaba más y más cuidando de que no se me pudiera soltar y continuaba tratando de meterle la mano bajo la falda pero ella siempre me lo impedía y en ocasiones me pellizcaba la mano.
— Quédese quieta con esas manos—dije.
— El que tiene que tener las manos quietas es ustedummmmm… ya… le dije… conmigo no va a conseguirummmm… nadaaaaaaahhh...mire como tiene la cara untada… de pintalabios.
— Vamos, no sea mala, quédese quieta y coloque sus manos alrededor de mi cuello—insistí suavemente.
— No.
— A ver bomboncito, pórtate bien y hazme un regalo; déjame llegar a donde quiero llegar—por primera vez la tuteaba.
— Ummmmmmnooooooooooooo.
Esta vez deslicé mi mano bajo su falda con más fuerza y cuando iba en mitad de sus piernas, me la retuvo pero con menos firmeza; aumente un poco mi fuerza y poco a paco Ana fue cediendo hasta que soltó mi mano; rendida, colocó sus manos alrededor de mi cuello y subí mi mano suave y lentamente hasta su culo recorriéndolo todo para pasar luego a su entrepierna: me sentí en la gloria. Para entonces Ana tenía los ojos cerrados y correspondía en un ciento por ciento a mis caricias.
Apenas toqué su concha por encima de la media pantalón y luego la retiré para meter mis manos por debajo de su buzo; su piel era cálida y tersa; recorrí su ombligo, su cintura, su espalda, sentí los tirantes de su brasier y apreté con firmeza sus tetas; Ana gemía a medida que mis manos la tocaban y nuestras lenguas se unían como dos serpientes, intercambiando saliva; el sabor de aquella boca era fenomenal.
Retiré mi mano y la introduje bajo su falda nuevamente, sentí la suavidad de las enaguas que me recordaron la primera vez que efímeramente exploré aquella gruta; sentí la suavidad y tibieza de aquellas piernas que tanto me atormentaron y llegué de nuevo a su entrepierna. Ana se aferraba con fuerza a mi cuello y nos seguíamos besando con frenesí; tuve que hacer un poco de fuerza para introducir mis dedos por encima de sus bragas, puesto que la media pantalón apretaba bastante y se oponía al paso de mis dedos; cuando entraron mis dedos detectaron una mata de pelo inmensa, bien poblada; bajé un poco más mi mano y llegué hasta su concha: la sensación fue de humedad y tibieza; di la vuelta con mi mano y por primera vez sentí el calor de su culo directamente.
— Por favor, aquí nooooouuuuuuuu. —imploró Ana.
— ¿Quieres que nos alojemos en un hotel? —respondí.
— Nnnnoooo.
— Entonces, mamacita linda.
— Vamos a… mi habitación
Sus hermanas estaban ocupadas ultimando detalles del viaje y discretamente buscaba a Ana con la mirada pero no la veía por ninguna parte; quizás estuviese en una de las habitaciones o no se encontrara en el departamento en ese momento. Una vez ultimados los detalles con Juan, me dijo que podía empezar a trabajar y entonces aproveché para decirle:
—Me gustaría empezar inmediatamente pero de acuerdo con nuestra conversación telefónica ustedes se van de viaje en menos de media hora y me gustaría saber quien quedará conmigo.
—No se preocupe, mi madre no tarda en llegar y ella quedará pendiente de usted.
Y Juan no sabía en verdad cuan pendiente iba a estar Ana de mi.
Inicié mi labor y al cabo de diez minutos introdujeron la llave desde afuera y abrieron la puerta: era Ana y al entrar se fijó en mí y me lanzó una mirada como queriendo decir: ¡ni se le ocurra! Estaba excelentemente vestida y maquillada y la verdad es que se veía más maravillosa que la última vez que la tuve cerca; esta vez noté que se había aplicado pintalabios aunque muy moderadamente, sus senos, sus caderas y sus piernas eran todo un espectáculo; se dirigió a sus hijos y se puso a dialogar con ellos dando las últimas recomendaciones relacionadas con el viaje; alcancé a escuchar que Juan le dijo algo relacionado con mi trabajo pero no supe precisar qué.
Continué con mi labor aparentando concentración pero la verdad es que yo estaba impaciente y deseaba con toda mi fuerza que sus hijos partieran rápido para quedarme a solas con Ana, aunque no sabía como abordarla después de lo sucedido la última vez ya que estaba decidido a jugarme el todo por el todo. Después de analizar mucho no supe que táctica emplear y decidí que lo mejor era improvisar llegado el momento.
Por fin, al cabo de diez minutos, los hijos de Ana se despidieron de ella y en un acto de urbanidad también se despidieron de mí; Ana los acompañó hasta la puerta y después de colocarle el seguro a la puerta noté que se dirigía hacia mí.
— ¡Ni lo intente!, espero que esta vez sepa comportarse y entienda que aquí vino a trabajar.
— Exactamente a que se refiere—dije.
— La vez anterior usted se comportó como un patán y me faltó al respeto.
— ¿Porque le dije que me tiene loco y no dejo de pensar en usted?
— ¡No se haga el idiota!, usted se atrevió a ponerme sus manos encima.
— Bueno, es que no pude resistir la tentación; teniendo algo tan hermoso ante mí no tuve fuerza de voluntad para dejar mis manos quietas—respondí. — Pensé que de pronto le habría gustado.
— No sea tan iluso. Usted es egoísta y en ese momento no pensó en el problema que me hubiese podido acarrear con mis hijos.
— Lo hicimos muy discretamente de forma que no se dieron cuenta—dije.
— Lo hicimos no, el que lo hizo fue usted.
— De todas formas no hay porqué preocuparse, esta vez estamos solos por mucho tiempo y nadie se va enterar de lo que hagamos.
— ¡Aquí no vamos a hacer nada! y le recuerdo que soy toda una señora y aquí no va a pasar nada a excepción de su trabajo en la computadora.
— Deje de pelear y acérquese para apretarla. Desde que la vi usted me ha robado el sueño y he esperado con ansia el momento de quedarnos a solas para…— No me dejó terminar y exclamó:
— ¡Escúcheme bien madito estúpido!, no permitiré que se vuelva a sobrepasar conmigo, y le aseguro que esta vez no tendrá tanta suerte, usted no sabe con quién se está metiendo.
Se alejó hacia su habitación; no supe que decir ni que hacer y un tanto desconcertado inicié mi labor; mi primer intento fue fallido.
Mientras desarrollaba mi labor Ana pasaba a intervalos hacia la cocina, la sala y las otras habitaciones; en un momento determinado hizo una llamada telefónica y me desanimé un poco puesto que pensé que estaría pidiéndole a alguien que la acompañara para evitar quedar a solas conmigo, pero mis temores fueron infundados puesto que al contrario, de acuerdo con lo que alcancé a escuchar, llamó para cancelar su asistencia a una actividad relacionada con una acción social; después de esto se retiró nuevamente a su habitación y escuché que encendió la televisión.
Al cabo de dos horas, ya tenía listo el diagnóstico del equipo lo que quería decir que era hora de irme para regresar al otro día con los elementos necesarios para concluir mi trabajo; pero eso era lo que yo no quería, puesto que no tendría otra oportunidad como esta; para colmo de males Ana no aparecía para intentar algo, no sabía como llamar su atención, la televisión se escuchaba en su habitación, no sabía como proceder.
Estuve pensando por espacio de diez minutos y la situación no cambiaba, entonces decidí jugarme esta última oportunidad: pensé en acercarme a la habitación de Ana para ver que hacía y así lo hice. Afortunadamente la puerta estaba entreabierta y me acerqué suavemente cuidando de no hacer ruido a pesar de que el piso estaba alfombrado; empujé un poco la puerta y pude observar a Ana recostada en la cama, con los zapatos puestos y de inmediato me di cuenta de que se había quedado dormida como consecuencia del somnífero tan efectivo que en ocasiones es la televisión. Nuevamente me quedé pensando sin saber que hacer.
Después de desconectar la línea telefónica, me aventuré a invadir su habitación y cuando estuve cerca la visión que tenía ante mí era maravillosa: estaba profundamente dormida, su respiración era acompasada, sus grandes tetas subían y bajaban al ritmo de su respiración, la falda se le había subido bastante y tenía descubierta una buena porción de sus piernas; sus medias veladas dejaban apreciar aquellos muslos que en parte estaban cubiertos por un bello diminuto; me encontraba bastante excitado y tuve que hacer un gran esfuerzo para controlarme y no lanzarme encima de aquella mujer, mi pene pugnaba por salir de su prisión, la erección que tenía era fenomenal.
Me incliné y acerque mi cara a las piernas de Ana para mirarlas bien de cerca, todo su cuerpo despedía un olor maravilloso; no supe como empecé a pasar mi lengua por aquellas piernas tan deseadas empezando desde los pies hacia los muslos; Ana no se movía y yo subía más y más; cuando mi lengua llegó al borde de la falda lanzó un gran suspiro y se movió un poco; después de asegurarme de que seguía bien dormida, subí un poco la falda y continué lamiendo pero yo quería llegar más arriba así que subí un poco más la falda, al fondo se vislumbraba su entrepierna; de pronto Ana se movió nuevamente y ajustó las piernas dejándome sin facilidad para maniobrar.
Con mucho cuidado fui apartado sus piernas pero Ana se revolvía y las ajustaba, de tal forma que para apartar sus piernas tendría que despertarla. Desistí de apartar sus piernas y dirigí mi mano muy suavemente hacia su entrepierna y lo logré; cuando empezaba a apretar suavemente aquel bulto, Ana se despertó sobresaltada y de inmediato se paró y se acomodó la falda a la vez que me lanzó un cojín.
— ¡Usted es un descarado, criminal, irrespetuoso, pero cómo es que se ha atrevido a tanto! —. Y salió de su habitación corriendo hacia la sala; la erección que yo tenía momentos antes, había desaparecido. La alcancé en la sala y me coloqué delante de ella.
— Le comentaré a Juan lo que ha acontecido con usted para que él tome las medidas pertinentes. Es obvio que esto no se lo comentaría jamás a sus hijos.
— Usted es la responsable—dije.
— ¿Qué yo soy la responsable?
— Si señora, usted es la responsable.
— Como así, si usted empezó todo.
— Usted es la responsable por ser tan hermosa—dije.
— ¡Estúpido! Me hace el favor y recoge sus cosas y abandona mi departamento; si ya terminó de arreglar la computadora mejor; si no ha terminado, el trabajo queda cancelado—dijo, al tiempo que me daba la espalda.
Pero era mi oportunidad y no me iba a rendir así que me acerqué y le cogí el culo con las dos manos y luego la tomé por la cintura, la abracé fuertemente mientras buscaba su boca con la mía; como siempre ella trataba de esquivarme, se revolvía y oponía resistencia; el calor y aroma que despedía aquella mujer eran fenomenales; por fin encontré aquellos labios y los estrujé desaforadamente, introduje mi lengua mientras Ana gemía y a medida que transcurrían los segundos la resistencia de ella disminuía lo que más me excitaba puesto que para entonces yo tenía una nueva erección que no dudo que Ana la haya notado. Al comienzo los toques de su lengua eran efímeros, tímidos, pero con el paso del tiempo se hacían más frecuentes y largos.
Le besaba toda la cara, el cuello y también mordía suavemente sus labios; apretaba sus suculentas tetas por encima de su buzo al igual que su enorme culo; intentaba meter mi mano bajo su falda pero ella de inmediato me la retiraba; a esta altura de los hechos se podía decir que Ana correspondía a mis besos, cosa que yo aprovechaba al máximo puesto que estaba desfogando las ansias reprimidas.
— Levante los brazos—dije, y cuando aparté mi rostro noté que con mis labios le había esparcido el pintalabios por la cara y el cuello.
— Para… qué—preguntó ella, con la voz entrecortada
— Para sacarle el buzo.
— No… señor… como se le…ocurreummmmmmm.
Yo la apretaba más y más cuidando de que no se me pudiera soltar y continuaba tratando de meterle la mano bajo la falda pero ella siempre me lo impedía y en ocasiones me pellizcaba la mano.
— Quédese quieta con esas manos—dije.
— El que tiene que tener las manos quietas es ustedummmmm… ya… le dije… conmigo no va a conseguirummmm… nadaaaaaaahhh...mire como tiene la cara untada… de pintalabios.
— Vamos, no sea mala, quédese quieta y coloque sus manos alrededor de mi cuello—insistí suavemente.
— No.
— A ver bomboncito, pórtate bien y hazme un regalo; déjame llegar a donde quiero llegar—por primera vez la tuteaba.
— Ummmmmmnooooooooooooo.
Esta vez deslicé mi mano bajo su falda con más fuerza y cuando iba en mitad de sus piernas, me la retuvo pero con menos firmeza; aumente un poco mi fuerza y poco a paco Ana fue cediendo hasta que soltó mi mano; rendida, colocó sus manos alrededor de mi cuello y subí mi mano suave y lentamente hasta su culo recorriéndolo todo para pasar luego a su entrepierna: me sentí en la gloria. Para entonces Ana tenía los ojos cerrados y correspondía en un ciento por ciento a mis caricias.
Apenas toqué su concha por encima de la media pantalón y luego la retiré para meter mis manos por debajo de su buzo; su piel era cálida y tersa; recorrí su ombligo, su cintura, su espalda, sentí los tirantes de su brasier y apreté con firmeza sus tetas; Ana gemía a medida que mis manos la tocaban y nuestras lenguas se unían como dos serpientes, intercambiando saliva; el sabor de aquella boca era fenomenal.
Retiré mi mano y la introduje bajo su falda nuevamente, sentí la suavidad de las enaguas que me recordaron la primera vez que efímeramente exploré aquella gruta; sentí la suavidad y tibieza de aquellas piernas que tanto me atormentaron y llegué de nuevo a su entrepierna. Ana se aferraba con fuerza a mi cuello y nos seguíamos besando con frenesí; tuve que hacer un poco de fuerza para introducir mis dedos por encima de sus bragas, puesto que la media pantalón apretaba bastante y se oponía al paso de mis dedos; cuando entraron mis dedos detectaron una mata de pelo inmensa, bien poblada; bajé un poco más mi mano y llegué hasta su concha: la sensación fue de humedad y tibieza; di la vuelta con mi mano y por primera vez sentí el calor de su culo directamente.
— Por favor, aquí nooooouuuuuuuu. —imploró Ana.
— ¿Quieres que nos alojemos en un hotel? —respondí.
— Nnnnoooo.
— Entonces, mamacita linda.
— Vamos a… mi habitación