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View Full Version : EL ORGASMÓMETRO --FINAL--


jotaene
21-05 2006, 07:46 AM
Dudó un momento, pero alargó la suya, suave y delicada como alas de mariposa y así, despacio, cogidos de la mano, besándonos hambrientos, y magreándole las duras tetas mientras subíamos lentamente las escaleras hacia las habitaciones del piso superior, que en las últimas cuarenta y ocho horas se habían convertido en un picadero de monjas, me dispuse a desnudarla hasta dejarla en cueros. Tenia que reconocer que no era mala negociadora, pero creí que me habría costado mucho más dinero. Por supuesto, ella valoraba la concesión de sus favores como una cortesana de lujo, lo cual era bastante comprensible.

Los dos estábamos urgidos. De los botones de mi camisa no quedó ni uno, los reventó todos en su ansia de mordisquearme las tetillas. Fui besando su carne al ir desnudándola. Su piel era blanca como la nieve y eso, en una mujer, siempre me ha puesto a velocidad lumínica. Me sorprendí al comprobar que sus pechos, más grandes y mas erectos que los de la joven Paulina, eran de una perfección que no hubiera imaginado jamás en una mujer de casi cuarenta años. Ya no me extrañaba que pidiera tanto por entregarlo. Lo merecía. Con la misma rapidez que la camisa me desabrochó el cinturón y me quité los pantalones. Me agarró la erección con sus manos delicadas, pequeñas y suaves, acariciándolo entre las dos palmas y recorriéndolo con los dedos, estudiándolo, palpándolo con suavidad sin dejar de mirarlo.

-- Es todo un respetable y desmesurado caballero – susurró sin soltarlo, cuando la deposité en la cama separando sus muslos para meter mi cabeza entre ellos.

Casi de inmediato, al chupar su clítoris, pude beberme el zumo de su espasmódico y primer orgasmo, con sus dedos engarfiados en mis cabellos, oprimiéndome la cabeza contra su palpitante sexo, de un sabor marino muy excitante, jadeaba de placer elevando las caderas, con los muslos separados al máximo, gimiendo y retorciéndose bajo el manantial desbordante de su profundo clímax, y, mientras su vientre se estremecía exclamó con voz pastosa:

--¡Oh, Jesús mío, qué placer! -después de sorberme todo su licor me levanté sobre un codo para decirle sonriendo:
-- Eso mismo dijo Santa Catalina de Siena la noche que se desposó con Jesucristo en presencia del Arcángel San Gabriel, de la Virgen y de San Pedro.
-- ¿Me estás tomando el pelo? – preguntó, mirándome la erección sin disimulo.
-- No, cariño, en absoluto ¿Quieres leer sus memorias?
-- No, es igual – respondió, cogiendo la erección entre dos dedos estirando de la piel del prepucio hacia abajo.
-- ¿Sabes que con la piel del prepucio circuncidado de su amado Jesús, según explica en sus memorias, se hizo su anillo de boda y con él fue enterrada?
-- Déjate de historia y móntame, por favor.
-- No, móntame tú a mí.
-- ¿Por qué yo?
-- Porque así te metes lo que puedas, y si lo hago yo puedo apretar demasiado y hacerte daño.
-- No me extrañaría – dijo cogiéndolo con toda la mano colocándose a horcajadas sobre la gruesa y larga erección.

Se dejó caer despacio, mordiéndose suavemente el labio inferior mientras el pene se hundía despacio en su pantanosa vagina con la suavidad y apretura de un pistón dentro de su cilindro. Tenía el sexo hirviendo, los ojos cerrados y seguía mordiéndose el labio inferior.

-- Abre los ojos, Irene, por favor.
-- ¡¡ Qué canallita eres, Toni!! – exclamó mirándome con los ojos vidriados de placer, refulgiendo como farolas verdes en noche lóbrega. Tenía los ojos hermosísimos reflejando en ellos con toda claridad el grandioso placer que la penetración le producía.

Aquella mirada casi extraviada me recordó la poesía del Jardín de Venus de Iriarte y se los recité mordiéndome también suavemente los labios, para ir preparando el terreno de lo que deseaba de ella además de follarla bien follada, sintiendo sobre mí pecho los duros guijarros de sus pezones. Con voz tan cachonda como ella se los susurré al oído:

-- Una abadesa, en Córdoba, ignoraba que en su convento introducido estaba bajo el velo sagrado un mancebo, de monja disfrazado; que el tunante, dormía, para estar más caliente, cada noche con monja diferente, y que ellas lo callaban porque a todas sus fiestas agradaban, de modo que era el gallo de aquel santo y purísimo serrallo.

Me mordió en los labios, mientras se encajaba la verga hasta la cepa, luego, permaneciendo inmóvil sobre mi pecho, besándome suavemente los labios preguntó suavemente:

-- ¿Qué me has querido decir con eso?
-- Lo sabrás en cuanto te hayas corrido seis o siete veces y ya tengas toda tu confianza deposita en mi.
-- Ya la tengo, canallita, sino no estarías dentro de mí disfrutándome.
-- ¿Es que tu no me disfrutas a mi?
-- Si, claro que sí, pero tu persigues algo más de mi que el sólo placer de gozarme ¿Verdad?
-- Hasta que te corras no te lo diré.
-- Entonces no tardarás en explicármelo.
-- ¡Pero si no te mueves¡ – exclamé, no sin sorpresa.
-- Es que viene de lejos, viene como una devastadora Tsunami. ¡Jesús, que ondas más profundas trae!... ¡¡Ooooh, Jesús mío, qué placer!!...

No podía creerlo, aquella deliciosa mujer estaba temblando levemente entre mis brazos, unos temblores que aumentaban de intensidad permaneciendo inmóvil con la erección enterrada por completo en su deliciosa concha. Quizá la descripción de la onda Tsunami aumentando de volumen pavorosamente cuando se acerca a la costa para devastarla, era la mejor descripción que me habían hecho de un orgasmo inmóvil y aún hoy no sé como lo hizo pero de pronto quedó recostada sobre mi, con sus muslos en tijera sobre los míos y, en esa posición, con toda la verga enterrada dentro de su coñito, los labios de su vulva se pegaron a mi piel como una ventosa, y pude sentir como su vagina me aspiraba la erección hacia dentro con una potencia de máquina neumática. Sentía un placer delicioso con aquella aspiración tan desconocida para mí.

Me besaba frenética y temblorosa pero no movía un solo músculo de su cuerpo, sentía su vientre sobre el mío palpitando cada vez más rápido, le apretaba las nalgas y recorría su espléndido cuerpo de arriba abajo con mis manos, mientras notaba los pezones cada vez más endurecidos clavándose en mi pecho.

Nunca había tenido la verga tan profundamente clavada en el coño de una mujer, ni nunca había sentido los labios de la vulva aspirándolo desde más abajo de la base, casi desde los testículos, como si fiera una ventosa. Por momentos y espaciados en el tiempo, sentía en lo profundo del coño de Irene, latiendo contra mi capullo, un espasmo que luego le recorría toda la vagina produciéndome un placer tan intenso como nunca había sentido en toda mi vida.

-- ¿Nota que profundo me viene? – susurró con sus labios pegados a los míos.
-- Si, cachondita mía, los noto. ¿Cuánto tiempo hace que no te corres?
-- Con un miembro tan grande, nunca – murmuró en un jadeo, al tiempo que los espasmos de su fabulosa vagina aumentaban en rapidez.

Me besó ávida con la boca abierta sorbiendo mi lengua hasta casi hacerme daño, mientras aquel orgasmo Tsnami iba avanzando cada vez con mayor intensidad. Empezó a temblar su cuerpo inmóvil como una rama agitada por el viento. Los espasmos eran cada vez más rápidos, más cercanos, más potentes y amasaba mi verga con sus músculos vaginales con tal potencia que también yo, noté como se me aproximaba el clímax desde mis talones, subiendo en un disloque de hormigueo por mis pantorrillas, mis muslos, alcanzando mi palpitante miembro justo en el momento en que ella gritaba como una posesa ante el descomunal clímax de aquella Tsunami orgásmica que me bañó como una catarata la dura erección al tiempo que creí volar hacia el infinito, perdiendo de vista el mundo real. Jamás en mi vida había tenido un orgasmo tan profundo, potente y prolongado.

Desde el momento en que recuperé la consciencia decidí que era la Reverenda Madre Abadesa del Convento, Sor Irene, la que deseaba como compañera, como amante y como asesora. Aquella mujer era un portento y a su lado todas las demás quedaban completamente desdibujadas. Decidí que tenía que sacarla del Convento, no sabía cómo pero tenía que conseguirlo. De una u otra forma lograría tenerla en mi cama todas las noches.

Cuando nuestras respiraciones se calmaron, seguía ella inmóvil en la misma posición. Parecía dormida sobre mi pecho, su cortita mela me hacía cosquillas en el pecho, y sus enhiestos pezones seguían tan duros como si no hubiera tenido un orgasmo descomunal. Mi verga seguía enterrada en ella hasta la raíz con la vulva totalmente abierta pegada a mi carne con la misma fuerza que una ventosa se pegaría al cristal. Era delicioso sentirme pegado a ella de aquella sorprendente manera y seguía sin moverse, respirando ya sincopadamente en lo que imaginé sería un principio de somnolencia. No deseaba que se durmiera y que, al moverse, pediéramos aquel contacto tan íntimo, tan profundo que ella había sabido proporcionarme.

Como si hubiera leído mis pensamientos preguntó con los ojos cerrados y sin moverse:

-- ¿Ha sido estupendo, verdad?
-- Fabuloso, Irene, el orgasmo más hermoso de mi vida. ¿Y tú?
-- Impresionante, Toni, creí que me licuaba.
-- ¿Dónde aprendiste a follar así?
-- No aprendí en ningún sitio. Tuve un amante que fue el que me llevó al Convento y me hizo Madre Abadesa para poder tenerme cuando le apeteciera.
-- Supongo que te refieres el Obispo.
-- Supones bien.
-- No creo que disfrutes con él como has disfrutado conmigo. Es muy viejo ya ¿O si disfrutas?
-- Toni, muchacho, nunca he tenido un orgasmo como el de hoy, ni nunca he tenido un hombre como tu. Yo entré en el Convento muy joven.
-- Tampoco yo he tenido jamás un orgasmo como el de hoy, ni he sentido a una mujer tan profundamente penetrada como te siento a ti.
-- Esto que tanto te ha gustado, sólo lo había imaginado en mis noches de soledad. Nunca creí que podría ponerlo en práctica pero, ya ves, se presentó la ocasión y he podido realizar mis fantasías de mujer.
-- Irene, quiero que te quedes conmigo para siempre. Quiero tenerte todas las noches en mi cama. ¿O es que ya no tienes ganas de gozar más?
-- ¡Oh, si que tengo! – exclamó – pero no sé si tendremos tiempo de disfrutar de otro orgasmo igual. Para sentirlo de nuevo con la misma intensidad tendríamos que estar así, en esta postura, mucho tiempo, hasta que la Tsunami se despierte de nuevo y no tendremos tiempo. Y eso de que quieres tenerme todas las noches en tu cama, es imposible, Toni.
-- ¿Por qué? – pregunté bajando la vista para mirarla. También ella abrió sus hermosos ojos, para mirarme con su nívea sonrisa:
-- Porque soy la Superiora del Convento, ¿No lo comprendes?
-- Bueno, de todas formas, antes de que dejes el Convento, tenemos que hablar de un negocio tú y yo.
-- ¡Ah, si! ¿De qué negocio? – preguntó sin apartar sus ojos de los míos.
-- De un invento de un amigo.
-- No entiendo.
-- Verás, cariño, tengo un amigo que es inventor y ha ideado un aparato con el que podemos ganar una fortuna.
-- Pero, ¿tú para que quieres más dinero si tienes todo el que quieres y más?
-- El dinero nunca sobra, Irene.
-- ¿Y de que invento se trata, grandullón?
-- De un Orgasmómetro.
-- ¿Orgasmómetro?
-- Sí, un aparato para medir la intensidad del orgasmo.
-- ¡Ay, Jesús mío, estás como una cabra, cariño!

Le acaricié las nalgas pasándole la mano entre los muslos hasta tocar la base de mi sexo, pero estaban tan unidos que sólo pude tocar los dilatados labios de su vulva; le erección estaba completamente incrustada dentro de su vagina, acaricié con delectación los gordezuelos labios de su vulva. Sonrió al mirarme y me besó mientras subía mi mano para amasarle delicadamente una de sus fabulosas tetas y el erguido pezón, entonces me dio la lengua que chupé con delirio. Volvió a reposar la cabeza en mi pecho para decirme:

-- Explícame eso del orgasmómetro.

Y se lo expliqué todo desde el principio porque ya teníamos una confianza extraordinaria. Ella casi treinta centímetros y yo otros tantos bien alojados en su estuche, así que no había problema por ese lado. El problema vino por donde menos me lo esperaba. Lo de las monjas haciendo de putas encima del orgasmómetro ya podía olvidarlo. Si la quería a ella tenía que olvidarme de aquel invento. No hubo forma de convencerla y yo no estaba dispuesto a perder a Irene bajo ningún concepto. Ella lo dispuso todo, y yo en la posición que estaba no podía ya negarle nada. Supongo que es fácil de comprender para cualquiera que se haya encontrado en mis circunstancias y cuando al cabo de otra media hora de charla, besos y caricias la Tsunami se puso de nuevo en marcha le hubiera prometido hasta la Luna si me la hubiera pedido. Les aseguro que aún fue más devastador que la primera vez.

Supe que amaba a aquella mujer, no sólo por su fabuloso cuerpo y el desmesurado placer que sabía proporcionarme, sino porque siempre había deseado tener a mi lado a una mujer con una inteligencia tan aguda como la suya.

Una semana más tarde todo estaba arreglado a su gusto y al mío. Las monjitas estaban a salvo en el Convento, ella había colgado los hábitos y vivía conmigo disfrutando como locos cada noche con arrasadores Tsunamis que me derretían hasta la médula y Carlos muy enfrascado con su motor de aire comprimido no tuvo que hacer obras en su piso, aunque le molestó un poco tener que perder a Sor Paulina. Sin embargo, creo que se siguen viendo cuando ella sale a recoger donativos para los negritos africanos.

Y colorín colorado, este largo cuento se ha acabado.

PD.
Busquen a una mujer inteligente, dulce, delicada y con los ojos verdes como la mía que les provoque orgasmos Tsunámicos y vivirán felices el resto de sus días.

Omar_Alcaraz
06-06 2006, 05:33 AM
Que te puedo decir Jotaene, creo que soy uno de los pocos seguidores que ha terminaqdo esta historia, la verdad me ha parecido excelente y pues claro me gustaria estar en tus zapatos o en los de Toni, espero nos sigas deleitando con ralatos tan fascinantes y cachondos como el que acabas de terminar. Bueno no queda otra cosa que felicitarte por tan buen trabajo. Nos vemos seguire leyendo tus historias.:)

super0981
01-08 2006, 07:27 PM
eres escritor de relatos historicos o me parece te deberias dedicar a esto es lo tuyo excelente historia de ppio a fin me encanto le colocas el toque a cada parte, mis felicitaciones todas fueron excelentes

Andreatraviesa
23-05 2008, 08:49 PM
Uffff que delicioso día me he pasado al leer todos y cada uno de los relatos de este serie "El orgasmómetro", definitivamente excelentes, lograste atraparme, me llevaste a cada una de las escenas, mi cuerpo vibró con cada una de las cogidas, en fin, quedé altamente complacida, que más puedo decir que no haya ya dicho. Felicidades y muchas gracias por regalarnos estos relatos tan exquisitos. Saludos. Andrea.

Tempore
23-05 2008, 09:13 PM
Este relato me recordo a alguien que cada vez que nos vemos lo efectuamos y es mmmmm una delicia.

sabr0si7a
05-09 2008, 02:41 AM
holaaaa! que super fantasìa,me trajo varios buenos recuerdos que aun no sè còmo plasmar en letras. mis sinceras felicitaciones xq es erótico y nada grosero.
saludos!:)

Diavolo
05-09 2008, 10:48 PM
estupendo relato.. felicitaciones... desde el inicio atrapa al lector... espero que no dejes de escribir...