jotaene
21-05 2006, 07:42 AM
Desde el amplio panel de los mandos adosados a la pared cerca de la puerta de pino de Oregón de la entrada, llamé a Rosalía, la cocinera-doncella – mucama de limpieza que tardó poco en asomarse a la parte superior de la escalera preguntando:
-- ¿Llamaba usted, señorito Toni?
Vi que Sor Irene giraba la cabeza para mirar a la mujer mayor que con cofia y delantal blanco nos miraba desde lo alto de la escalera.
-- Si, Rosalía, baja, por favor, y prepáranos algo para desayunar.
-- Muy bien, señorito, ahora mismo voy.
-- ¿Me perdona un momento, Reverenda Madre?
-- Si, si, por supuesto, haga usted – comentó, mirándome de arriba abajo con la misma mirada apreciativa y escrutadora del día anterior.
Con el maletín en la mano subí las escaleras de dos en dos. Hablé con Rosalía diciéndole lo que tenía que hacer y enviándola abajo para preparar el desayuno indicándole el brick de leche que tenía que usar y asimismo advirtiéndole que sacara la botella de licor de orujo de hierbas y café gallego y al mismo tiempo dar conversación a la macanuda y desconfiada madre superiora.
Recogí un talonario de cheques bancarios cada uno de ellos garantizado por tres mil euros, pero dejándolos sin firmar. Cerré el attaché Guzzi de piel, y me dirigí al cuarto de control, cerrando por dentro. Encendí la cámara del salón y la cocina. Rosalía se atrafagaba con la cafetera express, abriendo el brick de leche que le había indicado, el juego de café de plata y como pude apreciar que el horno estaba encendido comprendí que dentro estarían horneándose los cruasanes de leche y miel a los que difícilmente podría sustraerse de probar la cachonda madre superiora, También ellos estaban suficientemente inyectados de afrodisíaco para estimular su apetito sexual.
Miré el otro monitor. Le mujer estaba mirándose disimuladamente en un espejito que había sacado de su pequeño bolso colgado en bandolera. Se retocaba ligeramente las cejas, muy bien perfiladas por ciento, sin perder de vista la puerta de la cocina.
Cuando Rosalía salió con la bandeja de plata sobre la que había colocado todos los componentes del juego de café, los cruasanes y la botella de licor, le puso delante una de las tazas de desayuno, la monja le advirtió:
-- No, a mi no me sirva, yo ya he desayunado.
-- Vamos, madre, tómese una tacita de café, le aseguro que le gustará porque es un café excelente y los cruasanes están recién horneados.
-- ¡Pero, hija mía, si es que no tengo apetito!.
-- Madre, huelen que alimentan, ¿no lo nota?
-- Si, si, lo notó. Parecen muy apetitosos.
-- Lo son. Se comen sin gana, mujer. Ande, anímese. Le sentará bien.
-- Bueno, pero póngame más leche que café, por favor.
Eso es lo que esperaba oírte decir, cachondita – me dije muy contento -- porque entre la leche y los cruasanes se te despertará un apetito voraz. Tomarás suficiente afrodisíaco como para despertar el apetito sexual de una estatua de mármol. Rosalía le sirvió uno de los cruasanes al lado del platillo. No tardó mucho en mojarlo en la taza del café con leche y las dos estuvieron de palique hasta que consideré que era necesario bajar para acompañar a la cojonuda abadesa en el desayuno. El efecto de acompañarla tomando lo mismo que ella me serviría de disculpa por si notaba demasiado repentinamente ganas de follar y su mente suspicaz caía en la cuenta de la encerrona que le había preparado.
-- ¿Sabe usted, señor Guevara, que tiene una cocinera estupenda?
-- Si, reverenda madre, lo sé. Rosalía es una joya en la cocina – indiqué, mientras la fámula me servía, siguiendo mis indicaciones, más leche que café. Y de pronto, al mirarla fijamente, me di cuenta de que los ojos de aquella mujer no eran negros, me quedé pasmado creyendo haberla visto mal, pero no, eran de un color verde oscuro, verdinegro y me quedé pasmado imaginando si se habría puesto lentillas. Quizá lo había hecho la luz de neón del Convento, pero a la luz del día era verdes y preciosos.
Escancié dos copitas de licor de orujo. Protestó ligeramente pero, en cuanto lo probó mojándose los labios, asintió con un gracioso movimiento de cabeza y una sonrisa blanquísima y pareja que me pareció verdaderamente deliciosa. Tras otra tacita de café con leche y otro cruasán para los dos, Rosalía me preguntó si Pedro podría llevarla al mercado, tenía que reponer la despensa y no podía ella sola con toda la carga. Le indiqué que no había ningún problema, que utilizarán el Opel mono volumen. Tras besar la mano de la madre superiora se despidió indicando que no tardaría mucho. Cuando sentí que el Opel salía del chalet cogí el teléfono advirtiéndole a la monja:
-- Voy a llamar al Doctor Fuentes para indicarle que dentro de unas horas estaremos allí.
-- ¿Cuánto tardaremos en llegar?
-- Dos horas y media, máximo tres – respondí, mientras marcaba el número del Motel “La Almeja de Carril”.
-- Póngame con el Doctor Fuentes, por favor – pedí al ponerse al aparato el recepcionista.
-- ¿El del apartamento 16? - preguntó
-- Si, espero.
Cuando Carlos se puso al aparato comenté:
-- ¿Doctor Fuentes?
-- Uy cuanto lo siento – respondió el cachondo de Carlos – acaba de marcharse con Sor Angélica hacia el Convento. Aquí sólo queda Sor Paulina, quiere que se ponga.
-- ¿Cuánto hace que han salido.
-- ¿Cuánto quieres que te diga? – zumbó guasón
-- ¿Hace un cuarto de hora? ¡Vaya por Dios! – exclamé en tono desolado.
Tapé el micrófono para hablar con Sor Irene.
-- Reverenda madre el Doctor Fuentes y Sor Angélica vienen hacia aquí. Han salido hace quince minutos. Creo que dentro de dos hora y media estarán aquí, ¿Quiere hablar con Sor Paulina?
-- Si, dígale que se ponga.
-- Por favor, avise a Sor Paulina que la madre superiora quiere hablar con ella.
-- Si, espera un momento a ver si logro despertarla mordiéndole el coño.
Al cabo de unos minutos oí la voz de Paulina. Parecía bastante espabilada y le pasé el teléfono a sor Irene.
-- ¿Sor Paulina? – preguntó suavemente, escuchó un momento y volvió a preguntar -- ¿Qué es lo que ha pasado?
Otros minutos de escucha antes de responder:
-- Entiendo. ¿Usted está bien? Excelente, pues, Sor Paulina, me alegro que todo vaya bien. Hasta otro momento, hija mía
De nuevo me alargó el teléfono que me apresuré a colgar. Yo me quedé muy pensativo, sin mirar a Sor Irene, como si tuviera que resolver la cuadratura del círculo y ella preguntó después de beberse el licor de orujo:
-- ¿En qué piensa?
La miré, comprobando que tenía los ojos brillantes como ascuas y aparté la mirada para no delatarme levantándole los hábitos para comerle el coñito. Murmuré muy suavemente en tono apenado:
-- Que tendremos que esperar – respondí, sin abandonar mi cara de hombre compungido y contrariado.
Pensando en cómo hacer para poder follarla, me había empalmado de tal manera que mi erección la notaba como un leño de madera abultándome el pantalón bajo la chaqueta. De momento me desabroché la chaqueta para que pudiera verla y si que la miró, pero apartó la mirada rápidamente cuando yo la miré a ella. Me levanté para que la viera perfectamente, pues se marcaba bajo mi pantalón de forma ostensible y tan claramente que sólo sacándomela hubiera podido verla mejor. Mientras encendía un cigarrillo puede observar que, efectivamente, sus brillantes ojos verdes volvían a mirarla con disimulo, pero apartó la mirada en cuanto apagué el mechero.
-- Bueno, Sor Irene – dije acercándome a ella y alargándole mi mano – Ya que tenemos que esperar aprovecharé para enseñarle la vivienda, si le parece bien.
-- Espere un momento, señor Guevara, siéntese que tengo que hablar con usted.
-- Pues usted dirá, Sor Irene – dije sentándome tan cerca de ella que le tocaba sus muslos con los míos, unos muslos que me parecieron magníficos y macizos.
-- Creo, señor Guevara…
-- Perdone Sor Irene, ¿Le importaría llamarme Toni? Así me llaman los amigos.
-- No tenemos aún tanta confianza – comentó, mirándome de soslayo.
-- Porque usted no quiere – respondí mirándola a los ojos.
-- Mi confianza hay que ganarla – y tras una duda añadió –… Toni.
-- Dígame cómo puedo ganarla y lo haré.
-- Usted ya sabe cómo – respondió con suavidad.
-- Por favor, Reverenda Madre, no acabo de entenderla – comenté en voz tan baja como ella.
-- Usted ya sabe que el Convento está muy necesitado de ayudas.
-- ¿Cuanto calcula usted que puede necesitar el Convento?
-- Uy, hijo mío, cuanto más mejor. No puede imaginarse la cantidad de niños que tenemos que atender en nuestras misiones de África. Si tuviéramos más posibles económicos podríamos doblar el número de negritos a los que hoy no podemos atender.
¡Menuda lagarta estás tú hecha, Reverenda Madre! Debes de creer que soy imbécil, bien está que sea caritativo, pero como la caridad empieza por uno mismo, creo que, a cambio de que me dejes follarte bien follada, con mil euros vas que te matas. Y por eso le pregunté:
-- ¿Que le parecen mil euros?
Me miró uno segundos y apartó la mirada rápidamente antes de comentar:
-- Desde luego para un hombre de sus posibles económicos, muy poco.
-- No crea usted, Sor Irene que me sobra el dinero, tengo suficiente para vivir holgadamente, pero claro, también tengo muchos gastos. Yo soy un hombre de negocios y siempre que invierto mi dinero me gusta recibir, cuando menos, los intereses del capital invertido.
-- Pero eso no es ser caritativo, señor Guevara.
-- La caridad, Reverenda madre, empieza por uno mismo.
-- Muy egoísta me parece ese pensamiento – comentó separándose ligeramente del contacto físico de nuestros muslos.
Vaya - me dije - se ve que aún no te ha hecho suficientemente efecto el afrodisíaco, aunque ya te brillan los ojos de deseo, Esos ojos verdes tan preciosos. Sabes controlarte, condenada. Tarde o temprano el efecto de la droga te incitará a no ser tan exigente, querida Irene. Y de pronto preguntó:
-- ¿Y que intereses piensa usted recibir por su ayuda?
-- Los que usted esté dispuesta a conceder – respondí arrimando de nuevo mi muslo al suyo sin que se apartara ni diera señales de estar molesta.
-- Pero yo, triste de mí, que puedo darle a usted si soy pobre de solemnidad, y no es necesario que se lo diga porque ya puede imaginárselo.
-- Si, lo sé – dije, mientras pensaba, pero tienes un coño que me gustaría penetrar y comértelo como pago de intereses, pero le comenté para insinuárselo veladamente:
-- No siempre es necesario cobrar en metálico, Reverenda Madre.
Sus hermosos ojos de águila me miraron de frente y me costó trabajo mantenerle la mirada, pero la sostuve y fue ella quien bajó los ojos. Sabía muy bien lo que le estaba pidiendo.
-- Soy una religiosa y estoy casada con Jesucristo, Toni – comentó mirando la alfombra con cara sofocada.
-- Si, pero no olvide, Irene, que está casada espiritualmente, y usted y yo somos personas físicas y mortales. A los gusanos no les va a servir de nada lo que usted y yo hagamos o dejemos de hacer.
-- Es usted despiadado, Toni – musitó con la cabeza baja
-- Más despiadado era Iván el Terrible – respondí, pegando un poco más mi muslo al suyo.
Sonrió con aquella nívea sonrisa que tanto me cautivaba, y coloqué su mano sobre mi muslo que me apresuré a acercarla despacio hasta que logré colocarla sobre la erección. La apartó tan rápida como si hubiera tocado una plancha al rojo vivo, pero no le solté la mano. Repitió tuteándome por primera vez:
-- Eres despiadado, Toni, pero no puedo. Es un pecado mortal gravísimo.
-- Obtendrás el perdón de manera muy fácil. Nuestra religión, mi bella Irene, es muy comprensible con los pecados de la carne. Pero en fin, ¿En cuanto calculas el pago de intereses?
-- ¡Que menos de dos mil! – exclamó sin apartar ya la mano cuando de nuevo se la coloqué encima de la erección- -- Es muy doloroso para mi obtener el dinero de esta manera.
-- Más que doloroso, Irene, será placentero – comenté, estirando despacio de la faldilla del hábito hacia arriba – Muy placentero, ya lo verás.
-- No, por favor, no – comentó sin demasiada convicción.
Me detuvo la mano cuando casi tenía los muslos al descubierto e incliné la cabeza hacia ellos hasta que mis labios besaron sus rodillas. Se estremeció y continué besándola hacia arriba, sin demasiada oposición por su parte, hasta que logré lamer la suave tersura de la parte interior de sus muslos. Noté que jadeaba sofocada conforme mi lengua subía por uno y otro muslo sobre la seda de las medias que terminaban en un elástico negro y ancho. Fue entonces, cerca ya de la ingle, cuando encontré la carne desnuda que chupé, sorbiéndola con ansía y su cuerpo se estremeció de nuevo como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Noté sobre mi congestionada erección un suave apretón casi inconsciente de su mano y exclamó:
-- ¡Jesús, qué atrocidad! Por favor, Toni, no lo hagas.
Me estaba cabreando con tanto melindre cuando en realidad estaba ardiendo de deseo por follar, pero dispuesto a tener paciencia, abandoné la caricia y salí de debajo de su falda para mirarla. Tenía las mejillas arreboladas, los ojos brillantes como ascuas de deseo contenido y sus tetas, magníficas, subían y bajaban al compás del jadeo de su sofoco. Mirando sus precioso y rasgados ojos verdes me admiré del control que aquella mujer mantenía sobre sus instintos, le susurré al oído:
-- Seré más generoso ¿Qué te parecen tres mil? -de nuevo apareció la nívea sonrisa en sus labios al comentar:
-- Eso ya está más puesto en razón… Toni.
-- Muy bien, de acuerdo serán tres mil, pero por una confianza absoluta.
-- Claro, pero la puerta está abierta y pueden sorprendernos.
-- No, mi preciosa Irene, la puerta de la verja está cerrada igual que esta. Nadie puede entrar mientras yo no desconecte el cierre de seguridad de la alarma. Además, los perros están sueltos por el jardín vigilando la parcela.-- respondí oprimiendo su mano sobre la erección al tiempo que metía la mía bajo sus hábitos hasta alcanzar sus muslos, firmes, duros, satinados y rotundos como los de una colegiala.
-- ¿Cuándo me darás los tres mil euros? – preguntó con otro apretón a mi verga.
-- Después, preciosa – respondí, pensando: ¡Joder, con la tía, unas ganas de follar que se muere y sólo piensa en el dinero!
-- ¿Después de que? – preguntó cuando mi mano masajeó su sexo.
-- Después de que pruebe el sabroso néctar de tus entrañas.
Apretó mi erección con mayor fuerza exclamando de nuevo:
-- ¡Jesús, qué atrocidad!
La exclamación me confirmó que ya sabía la muy condenada de los diferentes tamaños del miembro viril. No sería el primero que iba a clavarse en el coño, aunque quizá ninguno tan grande. Se dejó caer hacia atrás cuando la besé mientras mis dedos penetraban en su intimidad bajo los pololos para acariciar el hirviente y húmedo sexo. Abrió la boca y sorbió mi lengua con ansia sofocada. Mis caricias en su coñito la estaban excitando casi hasta el orgasmo, pero desistí de provocárselo antes de comérselo pues quería saborear la miel de su clímax que, para mí, es un afrodisíaco aún más potente que la viagra y más gustoso que el caviar.
Me levanté alargándole la mano para ayudarla a levantarse. El reflejo de la luz solar en sus ojos, aclaró mis dudas sobre el color de sus ojos. No cabía dudarlo, eran verdes y preciosos.
-- Vamonos arriba, estaremos más tranquilos para hacer el amor, desnudos como debe ser, y nadie podrá molestarnos.
-- ¿Llamaba usted, señorito Toni?
Vi que Sor Irene giraba la cabeza para mirar a la mujer mayor que con cofia y delantal blanco nos miraba desde lo alto de la escalera.
-- Si, Rosalía, baja, por favor, y prepáranos algo para desayunar.
-- Muy bien, señorito, ahora mismo voy.
-- ¿Me perdona un momento, Reverenda Madre?
-- Si, si, por supuesto, haga usted – comentó, mirándome de arriba abajo con la misma mirada apreciativa y escrutadora del día anterior.
Con el maletín en la mano subí las escaleras de dos en dos. Hablé con Rosalía diciéndole lo que tenía que hacer y enviándola abajo para preparar el desayuno indicándole el brick de leche que tenía que usar y asimismo advirtiéndole que sacara la botella de licor de orujo de hierbas y café gallego y al mismo tiempo dar conversación a la macanuda y desconfiada madre superiora.
Recogí un talonario de cheques bancarios cada uno de ellos garantizado por tres mil euros, pero dejándolos sin firmar. Cerré el attaché Guzzi de piel, y me dirigí al cuarto de control, cerrando por dentro. Encendí la cámara del salón y la cocina. Rosalía se atrafagaba con la cafetera express, abriendo el brick de leche que le había indicado, el juego de café de plata y como pude apreciar que el horno estaba encendido comprendí que dentro estarían horneándose los cruasanes de leche y miel a los que difícilmente podría sustraerse de probar la cachonda madre superiora, También ellos estaban suficientemente inyectados de afrodisíaco para estimular su apetito sexual.
Miré el otro monitor. Le mujer estaba mirándose disimuladamente en un espejito que había sacado de su pequeño bolso colgado en bandolera. Se retocaba ligeramente las cejas, muy bien perfiladas por ciento, sin perder de vista la puerta de la cocina.
Cuando Rosalía salió con la bandeja de plata sobre la que había colocado todos los componentes del juego de café, los cruasanes y la botella de licor, le puso delante una de las tazas de desayuno, la monja le advirtió:
-- No, a mi no me sirva, yo ya he desayunado.
-- Vamos, madre, tómese una tacita de café, le aseguro que le gustará porque es un café excelente y los cruasanes están recién horneados.
-- ¡Pero, hija mía, si es que no tengo apetito!.
-- Madre, huelen que alimentan, ¿no lo nota?
-- Si, si, lo notó. Parecen muy apetitosos.
-- Lo son. Se comen sin gana, mujer. Ande, anímese. Le sentará bien.
-- Bueno, pero póngame más leche que café, por favor.
Eso es lo que esperaba oírte decir, cachondita – me dije muy contento -- porque entre la leche y los cruasanes se te despertará un apetito voraz. Tomarás suficiente afrodisíaco como para despertar el apetito sexual de una estatua de mármol. Rosalía le sirvió uno de los cruasanes al lado del platillo. No tardó mucho en mojarlo en la taza del café con leche y las dos estuvieron de palique hasta que consideré que era necesario bajar para acompañar a la cojonuda abadesa en el desayuno. El efecto de acompañarla tomando lo mismo que ella me serviría de disculpa por si notaba demasiado repentinamente ganas de follar y su mente suspicaz caía en la cuenta de la encerrona que le había preparado.
-- ¿Sabe usted, señor Guevara, que tiene una cocinera estupenda?
-- Si, reverenda madre, lo sé. Rosalía es una joya en la cocina – indiqué, mientras la fámula me servía, siguiendo mis indicaciones, más leche que café. Y de pronto, al mirarla fijamente, me di cuenta de que los ojos de aquella mujer no eran negros, me quedé pasmado creyendo haberla visto mal, pero no, eran de un color verde oscuro, verdinegro y me quedé pasmado imaginando si se habría puesto lentillas. Quizá lo había hecho la luz de neón del Convento, pero a la luz del día era verdes y preciosos.
Escancié dos copitas de licor de orujo. Protestó ligeramente pero, en cuanto lo probó mojándose los labios, asintió con un gracioso movimiento de cabeza y una sonrisa blanquísima y pareja que me pareció verdaderamente deliciosa. Tras otra tacita de café con leche y otro cruasán para los dos, Rosalía me preguntó si Pedro podría llevarla al mercado, tenía que reponer la despensa y no podía ella sola con toda la carga. Le indiqué que no había ningún problema, que utilizarán el Opel mono volumen. Tras besar la mano de la madre superiora se despidió indicando que no tardaría mucho. Cuando sentí que el Opel salía del chalet cogí el teléfono advirtiéndole a la monja:
-- Voy a llamar al Doctor Fuentes para indicarle que dentro de unas horas estaremos allí.
-- ¿Cuánto tardaremos en llegar?
-- Dos horas y media, máximo tres – respondí, mientras marcaba el número del Motel “La Almeja de Carril”.
-- Póngame con el Doctor Fuentes, por favor – pedí al ponerse al aparato el recepcionista.
-- ¿El del apartamento 16? - preguntó
-- Si, espero.
Cuando Carlos se puso al aparato comenté:
-- ¿Doctor Fuentes?
-- Uy cuanto lo siento – respondió el cachondo de Carlos – acaba de marcharse con Sor Angélica hacia el Convento. Aquí sólo queda Sor Paulina, quiere que se ponga.
-- ¿Cuánto hace que han salido.
-- ¿Cuánto quieres que te diga? – zumbó guasón
-- ¿Hace un cuarto de hora? ¡Vaya por Dios! – exclamé en tono desolado.
Tapé el micrófono para hablar con Sor Irene.
-- Reverenda madre el Doctor Fuentes y Sor Angélica vienen hacia aquí. Han salido hace quince minutos. Creo que dentro de dos hora y media estarán aquí, ¿Quiere hablar con Sor Paulina?
-- Si, dígale que se ponga.
-- Por favor, avise a Sor Paulina que la madre superiora quiere hablar con ella.
-- Si, espera un momento a ver si logro despertarla mordiéndole el coño.
Al cabo de unos minutos oí la voz de Paulina. Parecía bastante espabilada y le pasé el teléfono a sor Irene.
-- ¿Sor Paulina? – preguntó suavemente, escuchó un momento y volvió a preguntar -- ¿Qué es lo que ha pasado?
Otros minutos de escucha antes de responder:
-- Entiendo. ¿Usted está bien? Excelente, pues, Sor Paulina, me alegro que todo vaya bien. Hasta otro momento, hija mía
De nuevo me alargó el teléfono que me apresuré a colgar. Yo me quedé muy pensativo, sin mirar a Sor Irene, como si tuviera que resolver la cuadratura del círculo y ella preguntó después de beberse el licor de orujo:
-- ¿En qué piensa?
La miré, comprobando que tenía los ojos brillantes como ascuas y aparté la mirada para no delatarme levantándole los hábitos para comerle el coñito. Murmuré muy suavemente en tono apenado:
-- Que tendremos que esperar – respondí, sin abandonar mi cara de hombre compungido y contrariado.
Pensando en cómo hacer para poder follarla, me había empalmado de tal manera que mi erección la notaba como un leño de madera abultándome el pantalón bajo la chaqueta. De momento me desabroché la chaqueta para que pudiera verla y si que la miró, pero apartó la mirada rápidamente cuando yo la miré a ella. Me levanté para que la viera perfectamente, pues se marcaba bajo mi pantalón de forma ostensible y tan claramente que sólo sacándomela hubiera podido verla mejor. Mientras encendía un cigarrillo puede observar que, efectivamente, sus brillantes ojos verdes volvían a mirarla con disimulo, pero apartó la mirada en cuanto apagué el mechero.
-- Bueno, Sor Irene – dije acercándome a ella y alargándole mi mano – Ya que tenemos que esperar aprovecharé para enseñarle la vivienda, si le parece bien.
-- Espere un momento, señor Guevara, siéntese que tengo que hablar con usted.
-- Pues usted dirá, Sor Irene – dije sentándome tan cerca de ella que le tocaba sus muslos con los míos, unos muslos que me parecieron magníficos y macizos.
-- Creo, señor Guevara…
-- Perdone Sor Irene, ¿Le importaría llamarme Toni? Así me llaman los amigos.
-- No tenemos aún tanta confianza – comentó, mirándome de soslayo.
-- Porque usted no quiere – respondí mirándola a los ojos.
-- Mi confianza hay que ganarla – y tras una duda añadió –… Toni.
-- Dígame cómo puedo ganarla y lo haré.
-- Usted ya sabe cómo – respondió con suavidad.
-- Por favor, Reverenda Madre, no acabo de entenderla – comenté en voz tan baja como ella.
-- Usted ya sabe que el Convento está muy necesitado de ayudas.
-- ¿Cuanto calcula usted que puede necesitar el Convento?
-- Uy, hijo mío, cuanto más mejor. No puede imaginarse la cantidad de niños que tenemos que atender en nuestras misiones de África. Si tuviéramos más posibles económicos podríamos doblar el número de negritos a los que hoy no podemos atender.
¡Menuda lagarta estás tú hecha, Reverenda Madre! Debes de creer que soy imbécil, bien está que sea caritativo, pero como la caridad empieza por uno mismo, creo que, a cambio de que me dejes follarte bien follada, con mil euros vas que te matas. Y por eso le pregunté:
-- ¿Que le parecen mil euros?
Me miró uno segundos y apartó la mirada rápidamente antes de comentar:
-- Desde luego para un hombre de sus posibles económicos, muy poco.
-- No crea usted, Sor Irene que me sobra el dinero, tengo suficiente para vivir holgadamente, pero claro, también tengo muchos gastos. Yo soy un hombre de negocios y siempre que invierto mi dinero me gusta recibir, cuando menos, los intereses del capital invertido.
-- Pero eso no es ser caritativo, señor Guevara.
-- La caridad, Reverenda madre, empieza por uno mismo.
-- Muy egoísta me parece ese pensamiento – comentó separándose ligeramente del contacto físico de nuestros muslos.
Vaya - me dije - se ve que aún no te ha hecho suficientemente efecto el afrodisíaco, aunque ya te brillan los ojos de deseo, Esos ojos verdes tan preciosos. Sabes controlarte, condenada. Tarde o temprano el efecto de la droga te incitará a no ser tan exigente, querida Irene. Y de pronto preguntó:
-- ¿Y que intereses piensa usted recibir por su ayuda?
-- Los que usted esté dispuesta a conceder – respondí arrimando de nuevo mi muslo al suyo sin que se apartara ni diera señales de estar molesta.
-- Pero yo, triste de mí, que puedo darle a usted si soy pobre de solemnidad, y no es necesario que se lo diga porque ya puede imaginárselo.
-- Si, lo sé – dije, mientras pensaba, pero tienes un coño que me gustaría penetrar y comértelo como pago de intereses, pero le comenté para insinuárselo veladamente:
-- No siempre es necesario cobrar en metálico, Reverenda Madre.
Sus hermosos ojos de águila me miraron de frente y me costó trabajo mantenerle la mirada, pero la sostuve y fue ella quien bajó los ojos. Sabía muy bien lo que le estaba pidiendo.
-- Soy una religiosa y estoy casada con Jesucristo, Toni – comentó mirando la alfombra con cara sofocada.
-- Si, pero no olvide, Irene, que está casada espiritualmente, y usted y yo somos personas físicas y mortales. A los gusanos no les va a servir de nada lo que usted y yo hagamos o dejemos de hacer.
-- Es usted despiadado, Toni – musitó con la cabeza baja
-- Más despiadado era Iván el Terrible – respondí, pegando un poco más mi muslo al suyo.
Sonrió con aquella nívea sonrisa que tanto me cautivaba, y coloqué su mano sobre mi muslo que me apresuré a acercarla despacio hasta que logré colocarla sobre la erección. La apartó tan rápida como si hubiera tocado una plancha al rojo vivo, pero no le solté la mano. Repitió tuteándome por primera vez:
-- Eres despiadado, Toni, pero no puedo. Es un pecado mortal gravísimo.
-- Obtendrás el perdón de manera muy fácil. Nuestra religión, mi bella Irene, es muy comprensible con los pecados de la carne. Pero en fin, ¿En cuanto calculas el pago de intereses?
-- ¡Que menos de dos mil! – exclamó sin apartar ya la mano cuando de nuevo se la coloqué encima de la erección- -- Es muy doloroso para mi obtener el dinero de esta manera.
-- Más que doloroso, Irene, será placentero – comenté, estirando despacio de la faldilla del hábito hacia arriba – Muy placentero, ya lo verás.
-- No, por favor, no – comentó sin demasiada convicción.
Me detuvo la mano cuando casi tenía los muslos al descubierto e incliné la cabeza hacia ellos hasta que mis labios besaron sus rodillas. Se estremeció y continué besándola hacia arriba, sin demasiada oposición por su parte, hasta que logré lamer la suave tersura de la parte interior de sus muslos. Noté que jadeaba sofocada conforme mi lengua subía por uno y otro muslo sobre la seda de las medias que terminaban en un elástico negro y ancho. Fue entonces, cerca ya de la ingle, cuando encontré la carne desnuda que chupé, sorbiéndola con ansía y su cuerpo se estremeció de nuevo como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Noté sobre mi congestionada erección un suave apretón casi inconsciente de su mano y exclamó:
-- ¡Jesús, qué atrocidad! Por favor, Toni, no lo hagas.
Me estaba cabreando con tanto melindre cuando en realidad estaba ardiendo de deseo por follar, pero dispuesto a tener paciencia, abandoné la caricia y salí de debajo de su falda para mirarla. Tenía las mejillas arreboladas, los ojos brillantes como ascuas de deseo contenido y sus tetas, magníficas, subían y bajaban al compás del jadeo de su sofoco. Mirando sus precioso y rasgados ojos verdes me admiré del control que aquella mujer mantenía sobre sus instintos, le susurré al oído:
-- Seré más generoso ¿Qué te parecen tres mil? -de nuevo apareció la nívea sonrisa en sus labios al comentar:
-- Eso ya está más puesto en razón… Toni.
-- Muy bien, de acuerdo serán tres mil, pero por una confianza absoluta.
-- Claro, pero la puerta está abierta y pueden sorprendernos.
-- No, mi preciosa Irene, la puerta de la verja está cerrada igual que esta. Nadie puede entrar mientras yo no desconecte el cierre de seguridad de la alarma. Además, los perros están sueltos por el jardín vigilando la parcela.-- respondí oprimiendo su mano sobre la erección al tiempo que metía la mía bajo sus hábitos hasta alcanzar sus muslos, firmes, duros, satinados y rotundos como los de una colegiala.
-- ¿Cuándo me darás los tres mil euros? – preguntó con otro apretón a mi verga.
-- Después, preciosa – respondí, pensando: ¡Joder, con la tía, unas ganas de follar que se muere y sólo piensa en el dinero!
-- ¿Después de que? – preguntó cuando mi mano masajeó su sexo.
-- Después de que pruebe el sabroso néctar de tus entrañas.
Apretó mi erección con mayor fuerza exclamando de nuevo:
-- ¡Jesús, qué atrocidad!
La exclamación me confirmó que ya sabía la muy condenada de los diferentes tamaños del miembro viril. No sería el primero que iba a clavarse en el coño, aunque quizá ninguno tan grande. Se dejó caer hacia atrás cuando la besé mientras mis dedos penetraban en su intimidad bajo los pololos para acariciar el hirviente y húmedo sexo. Abrió la boca y sorbió mi lengua con ansia sofocada. Mis caricias en su coñito la estaban excitando casi hasta el orgasmo, pero desistí de provocárselo antes de comérselo pues quería saborear la miel de su clímax que, para mí, es un afrodisíaco aún más potente que la viagra y más gustoso que el caviar.
Me levanté alargándole la mano para ayudarla a levantarse. El reflejo de la luz solar en sus ojos, aclaró mis dudas sobre el color de sus ojos. No cabía dudarlo, eran verdes y preciosos.
-- Vamonos arriba, estaremos más tranquilos para hacer el amor, desnudos como debe ser, y nadie podrá molestarnos.