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View Full Version : EL ORGASMÓMETRO VIII


jotaene
17-05 2006, 05:24 AM
El almuerzo en un reservado del Motel “La Almeja de Carril” fue espléndido y, naturalmente, a base de marisco que es afrodisíaco, regado con un magnífico rioja “Diamante” blanco dulce que se degusta sin notarlo pero que pega como la coz de un caballo en cuanto te descuidas un poco..

En un aparte, mientras ellas fueron a aliviarse después del almuerzo a la “toilette”, le expliqué a Carlos todo lo que había decidido sobre las monjitas, incluida la madre superiora de la Congregación. En cierto momento me preguntó:

-- ¿Qué quiere decir eso de que Angélica se desvirgó esta noche?
-- Pues eso, que se desvirgó.
-- ¿Pero con qué se desvirgó? ¿Con algún consolador?
-- Como consolador me utilizó a mi – respondí con voz compungida – Créeme, no pude evitarlo.
-- ¡Oh, claro! – dijo muy serio – Debió ser terrible para ti tener que soportar que te utilizase para un trabajo tan pesado. Supongo que no te habrás desangrado durante el proceso.
-- No te rías, Carlos – comenté sin ironías – De ahora en adelante no quiero saber nada más de vírgenes, prefiero los caminos trillados.
-- ¡Oh, que triste historia la tuya, Toni! Y supongo que también te habrás tirado a Sor Paulina ¿Verdad?
-- Pues si, ¿que iba a hacer durante toda la tarde y toda noche? Si hubiera sabido que te causaría tanta impresión no la hubiera tocado.
-- ¿No me digas? ¡¡Estoy conmovido!! Te la habrías tirado igual aunque fuera mi mujer. ¡Si te conoceré yo!
-- Déjate de ironías, Carlos, sabes que eso no lo haría jamás si…
-- No se desnudara rápidamente -- cortó riéndose a carcajadas – Lo que no sé es de donde demonios vas a sacar ahora un padre moribundo y a una madre con Alzheimer para presentárselos a la Abadesa del Convento.
-- Es que tengo un plan – comenté
-- ¿Otro más? ¡¡Madre mía!! A ver, a ver, explícamelo.
-- Es muy sencillo. Quiero follarme a la madre superiora.
-- ¿No me digas? – y comentó riéndose a carcajadas -- ¿Pero eso es un Convento o una casa de putas?
-- No te rías, joder, y déjame que te explique. Como tú eres doctor en Física, puedes presentarte en mi chalé como si vinieras de improviso con Sor Angélica con hábito y todo, presentándote como el doctor Fuentes e indicándome que mi padre sigue estacionario. Paulina, con la que ya tendrás mucha confianza porque supongo que te gustará follártela desde esta tarde hasta mañana ¿O no?
-- ¡¡Joder!! – exclamó frotándose las manos -- ¡¡Ya lo creo que me gustará!!
-- Pues bien, ella corroborará lo que tu digas y que ha estado cuidando a mis padres con Sor Angélica que se ha quedado allí hasta que ella regrese de nuevo a relevarla.
-- Oye, oye, un momento. Te debes de creer que las Abadesas son tontas, o que se chupan el dedo. Ella querrá ver a tus padres y el chalet donde están las monjitas, como están instaladas, como las tratan, en fin, lo normal.
-- Bueno, es que yo, para cuando vosotros lleguéis, ya tendré convencida a la madre superiora para que se dé por contenta con la presencia y lo que le diga Sor Paulina.
-- ¡Ah, sí? ¿Y cómo?
-- Con dinero, hombre, y con las ganas de follar que tendrá después de desayunar conmigo en el chalet.
-- ¿Es que piensas ponerle también Viagra en el café con leche?
-- Por supuesto. Y tú también tomarás cuando se te afloje la herramienta si quieres seguir follando con Paulina hasta que te quedes seco. ¿O es que no te parece bien el planteamiento?
-- Mira, Toni, aunque no me gusta abusar de esa droga, la Sor está para meterle la garlopa y sacársela sólo para que vaya a orinar de cuando en cuando. Pero creo que te vas a gastar un fajo de platita para convencer a la madre superiora.
-- ¿Pero no te expliqué que se avino enseguida a enviarme dos monjitas más por la misma cantidad que estas dos?
-- Si, me lo has explicado, pero al decirle la verdad antes de ofrecerle dinero para que te deje follarla, le estás dando un arma de doble filo que te puede costar in riñón, si ella es, como parece, avariciosa.
-- Es que creo, y espero no equivocarme, que tiene unas ganas de follar que no puede aguantarlas más. A lo que pude observar, le ha gustado mi palmito y aún le gustará más cuando lo tenga dentro.
-- ¡Mientras no acabemos todos en la cárcel, ya me doy por contento! – exclamó zampándose un lingotazo de orujo – Claro que por follar a la Sor Paulina bien merece la pena arriesgarse y como tú no sabes que hacer con el dinero, pues hasta es posible que nos follemos a toda la Congregación de la ciudad. Pero dime una cosa ¿Todo eso ya lo saben Paulina y Angélica?
-- Hombre, saben el papel que tiene que interpretar, pero no creerás que les voy a decir que también me quiero follar a Sor Irene, la madre superiora.
-- No, claro, no estaría bien. Así que se llama Sor Irene…muy sugestivo el nombre.
-- Y a ti que no se te escape ni media palabra.
-- Puedes tenerlo por seguro. Sobre ese asunto voy a estar más mudo que Belinda.
-- Me alegro. Y ahora dime, ¿Cuánto tiempo calculas que te costará preparar la cama del Orgasmómetro.
-- Calcula otras dos semanas, por lo menos.
-- Lo que no entiendo es como vas a poder medir la intensidad del placer de cada uno si como dices, la pareja que la utilice no necesita ni siquiera conexiones.
-- Como tú no eres físico me resultará difícil de explicártelo, pero lo intentaré. Imagina que de las conexiones del colchón se puede sacar suficiente información para uno y para el otro desde el techo por medio de rayos Láser y Rotgen y los sensores correspondientes a cada parte de la anatomía.
-- ¿Y cuando lo hagan de lado? – pregunté curioso
-- Doble información ¿No lo comprendes? – preguntó volviendo a llenar las copas de orujo.
-- Lo intento, pero mientras no lo vea funcionar no acabaré de entenderlo.
-- Es que si pusiéramos cables en los cuerpos podríamos empezar dentro de tres días. La dificultad radica en la conexión de los chips. No tener conexiones les dará, a los “partenaires”, más sensación de intimidad porque con los cables algunas parejas se encontrarían cohibidas, como si estuvieran interpretando el papel de una película porno y no todo el mundo sirve para eso. ¿Comprendes?
-- Si comprendo, pero disimula y hablemos de fútbol que a esas ya las oigo parlotear por el pasillo.

Efectivamente, unos segundos después, se abrió la puerta y aparecieron las dos muy sonrientes y contentas. El rosado de sus mejillas no sé por qué me hizo pensar que las dos se habían estado masturbando, aunque seguramente estaba equivocado porque, en cuanto se sentaron y les ofrecimos unos chupitos de orujo de hierbas diciéndoles que eran hierbas digestivas, aunque muy modositas y con mucha elegancia se los zamparon en dos o tres sorbos diciendo que estaba muy bueno aquel orujo de hierbas digestivas. Debieron encontrarlo bueno, porque no se opusieron a tomarse otros dos chupitos.

Cuando la botella del orujo medicinal estaba por la mitad ya hablábamos en parábolas como la del hijo pródigo, sobre la escultura de Bernini en Roma donde puede apreciarse a la Santa de Ávila en éxtasis ante la imagen de su esposo crucificado. Angélica, no entendía lo que significaba lo que yo había querido decir y no me quedó más remedio que ser tan brutal como el crítico Jaques Lacan, cuando comentó: “No hay más que ver la obra escultórica de Bernini para darse cuenta de que la santa se está corriendo”

--¡¡Jesús, que sacrilegio!! – exclamó atónita -- ¿Eso dijo de Santa Teresa?
-- Lo puedes tener por seguro – le indiqué magreándole un muslo bajo la mesa hasta casi tocarle el depilado coñito mientras seguía explicándole - Pero Teresa nunca dejó ser una mujer de alto contenido sexual. Phyllis Mc Ginley nos cuenta que ella realmente tenía un alto libido sexual. Continuamente se enamoraba y desamoraba de hombres, incluyendo por lo menos uno de sus padres confesores.

El primero que realmente la pudo satisfacer fue su padre confesor, un "gran admirador de la Virgen Maria," especialmente "de su concepción," pero también de otra mujer del lugar. Obviamente estas dos mujeres llevaron al pobre monje a su límite que murió un año mas tarde seguramente de inanición a causa de una pérdida seminal demasiado abundante para un hombre de su edad.

Hacia el final de su vida desarrolló una obsesión hacia el Sacerdote Gracián de la Madre de Dios, un hombre que ella duplicaba en edad. Ella dice que lo reconocía como una figura de los Cantares de Salomón. Sólo le faltaba a la pobre mujer una lectura casi porno como es el Cantar de los Cantares de la Biblia, para acabar de trastornarla.

El diablo, ese tentador, siempre estaba acechándola, especialmente después de esa treta del destino. Hasta que el Señor Jesús vino a su rescate. Esto ocurrió en el monasterio de Veas, donde se puso un anillo en señal del divino matrimonio. Al principio el Señor mostró solo su mano, solamente después mostró su cara y así poco a poco la totalidad de su cuerpo. "Ella no podría haberlo soportado todo de una sola vez.”

--¿Qué quieres decir? – me preguntó con los ojos como platos.

Me fijé que a Paulina y a Carlos ya no les interesaba nuestra conversación, tan entretenidos estaban en magrearse el uno al otro sin disimulo que Carlos tenía las orejas del color de la sangre de toro. Así que pasé la mano bajo la tanga y me dediqué a magrearle el clítoris a mi pequeña escultura que, sin necesidad de ser la de Bernini, estaba mucho más cachonda y, en aquellos momentos, tan caliente que ya se mordía los labios suavemente con los ojos entornados, así que le respondí:

-- La frase quiere decir lo mismo que te pasó a ti anoche.
--¿Cuándo? – me preguntó casi con sus labios pegados a los míos.
-- Cuando te metiste mi pene dentro del coñito. No pudiste hacerlo todo de una vez, porque te dolía demasiado ¿verdad?
-- Si, uyyyy…
-- ¿Qué pasa? -me mordió en los labios antes de notar en mis dedos la miel de su orgasmo y el temblor de sus labios vaginales, para susurrar luego:
--Me estoy corriendo, mi amor. Uyyyy… Dios mío.
--¿Quieres que te la meta?
-- Están esos ahí, cariño. Aunque creo que…
-- Están follado, nena, ¿o es que no ves a Paulina sentada a horcajadas sobre Carlos?
-- ¿Tu crees?
-- Anda, déjame quitarte la tanga para poder metértela hasta la matriz.

Se levantó colocándose frente a mí y de espaldas a Paulina que también se la daba a ella. Paulina se mecía suavemente sobre el miembro que la penetraba mientras se mordían las bocas sin preocuparse poco ni mucho de lo que nosotros pudiéramos hacer. Angélica se esparrancó sobre mi tieso garrote y se dejó caer lentamente sosteniéndolo con la mano hasta que el capullo la penetró, momento en el que rodeó mi cuello con sus brazos para besarme enfebrecida mientras mi verga la penetraba conforme descendía hasta quedar sentada sobre mis muslos con casi todo el miembro dentro de su vientre.

No tardó mucho tiempo en gemir de placer ni yo en sentir la lluvia de su orgasmo. A mi, francamente, me resultaba ya difícil llegar al orgasmo, ni tampoco lo deseaba porque, en realidad, de lo que ahora disfrutaba era de sentir mi tarugo apretado dentro de la húmeda suavidad de su sexo, caliente como una caldera a punto de ebullición. No creo que haya un solo hombre sobre el planeta que, ni aún con la ayuda de la viagra, consiga correrse tantas veces como una mujer. Esa droga, porque al fin y al cabo droga es, logra por lo menos que disfrutes de la caricia del sexo femenino porque mantiene, como ya dije, la erección durante un tiempo tan prolongado que sería imposible conseguir de otra forma.

Fue así que aquella tarde reservamos dos apartamentos en el Motel para follar desnudos y en condiciones hasta la hora de cenar. Estuve dentro de Angélica más de cuatro horas seguidas sin tener un solo orgasmo, pero ella los tuvo a docenas cuando menos, y en verdad era delicioso sentirte dentro del sexo de aquella jovencita y más delicioso aún sentir la cálida lluvia de sus clímax sobre la satinada piel del capullo. Así pasamos toda la tarde hasta la hora de cenar, tras la cual, de regreso a los apartamentos, seguí con la erección dentro del celestial sexo de Angélica hasta que me quedé dormido. Pocas horas después el recepcionista me advirtió por teléfono que eran las siete de la mañana.

Angélica seguía durmiendo desnuda sobre las arrugadas sábanas cuando salí de la ducha, pese a lo cual, ante la visión de la perfección de sus rotundos muslos y coñito depilado me hubiera entretenido en hacerle una mamada si tiempo hubiera tenido para ello. No lo tenía. Desayuné rápido un café con leche y un par de cruasanes. Todos sabían lo que tenían que hacer, incluso Pedro y Rosalía. Arranqué despacio y repasando la estrategia que me había marcado para poder follarme a la madre superiora, me presente en el Convento cinco minutos antes de la nueve de la mañana y a las nueve en punto llamaba a la puerta.

Salió a recibirme otra monjita, pero no la misma del día anterior. Esta era más joven, no muy agraciada pero lo suficientemente cachonda para follarla si se presentaba la ocasión. Casi de inmediato apareció Sor Irene. Me sorprendió ver que no llevaba el mismo hábito de día anterior, sino otro mucho más ligero con la falda a media pantorrilla que pude advertir muy bien formada, unos zapatos horrorosos de medio tacón ancho de color negro, y unas medias también negras cuyo modelo debía ser del siglo pasado pues tenían costura hasta el talón. Venía acompañada de la que debía ser, a juzgar por la edad, la hermana tornera que tampoco estaba mal para un momento de necesidad.

Después de recomendarle a la hermana tornera se hiciera cargo del Convento y de atender las llamadas del Obispado, nos dimos los buenos días y le abrí la puerta del Rolls del asiento del copiloto. Se sentó pasándose las manos sobre las nalgas para recogerse el hábito. Me preguntó de nuevo por mis padres y respondí lo mismo que ya le había explicado el día anterior. Ella también volvió a sentirlo mucho, con cara de no sentir nada en absoluto.

La toca tampoco era igual que la del día anterior, sino otra mucho más ligera, sin alas de tricornio si no una especie de cofia blanca y gris que le tapaba la cabeza hasta la nuca, pero dejaba ver en la frente un cabello cobrizo que supe de inmediato lo había teñido. Hasta me pareció, mirándola de soslayo, que se había dado un suave toque de polvos sonrosados en las mejillas y posiblemente retocado sus hermosas y curvadas pestañas, de los rasgados ojos almendrados que a la luz del día pude apreciar que eran verde oscuro y no negros como me había parecido al principio bajo la luz de neón del Convento. La vi muy bonita aquella mañana y es que lo era. Lozana y muy fresca, apetecible y comestible y a tal punto me lo pareció que estaba dispuesto a efectuarle una buena comida de coño, una comida de respeto. Aunque posiblemente estaba equivocado y ella quizá no tenía idea de lo que era un cunilinguo.

Cuando vio que entrábamos en mi elegante urbanización y poco después me detenía para abrir la verja y entrar el Rolls, cerrando después de entrar con el mando a distancia y parándome frente a las escalerillas de entrada vio a Pedro, el chofer- jardinero-mayordomo, que acudía presuroso para abrirle la puerta mientras yo bajaba por el otro lado con mi maletín en la mano. Bajó sin pronunciar media palabra lo que me pareció de buen augurio. Lo mismo ocurrió cuando Pedro abrió la puerta del chalet y volvió a cerrarla una vez entramos en el edificio.

Miró atentamente el amplio vestíbulo y el salón sin perder detalle, fijándose en los dos tresillos de terciopelo colocados frente a frente con una mesilla de mármol blanco en medio sobre una alfombra persa, los adornos, el salón comedor de estilo inglés y las amplias escaleras de mármol rosa que ascendían hacia el piso en forma de medio tirabuzón. Miró incluso la puerta de la cocina abierta y a través de la cual se veía toda alicatada de arriba abajo con azulejos de dibujos arabescos verdes con los fogones en el medio sobre los cuales descendía las acampanada chimenea alicatada del mismo color.

Estaba seguro que su calculadora mente de abadesa estaba valorando no sólo el coste de toda aquella parcela de cuatro mil metros cuadrados con un césped cuidadísimo, arriates, mimosas, palmeras, pinsapos y abetos, cerrada por un seto de ciprés recortado, si no también los quinientos metros largos de la edificación y el coste del mantenimiento que todo aquello podía representar. Y de pronto me pregunta con voz seca:

-- ¿Es aquí en donde están sus padres?
-- ¡Oh, no!, Sor Irene, este es mi chalet.
-- Entonces ¿para qué nos hemos detenido?
-- Para recoger unos papeles que necesito, telefonearles indicándoles que vamos para allá y, antes, desayunar lo que le apetezca, pero siéntese, por favor, Sor Irene – indiqué señalándole uno de los sofás.
-- Yo ya he desayunado, gracias de todas formas — indicó con voz algo más amable tomando asiento volviendo a pasarse la manos por la cachas para recoger el ligero hábito; cachas que le hubiera magreado de muy buena gana. Pero era demasiado pronto para lanzarse al ataque.

Primero debía preparar el terreno para que sus deseos de sexo se vieran incrementados hasta límites que le fuera difícil controlar aunque, estaba casi seguro, aquella mujer tenía un férreo control sobre sus emociones y que me sería muy difícil llevármela a la cama. Pero no hay mujer por impasible que sea como para mostrarse gélida después de engullir una buena dosis de droga afrodisíaca y eso ya lo tenía previsto.

Andreatraviesa
23-05 2008, 07:52 PM
Sigo pensando lo mismo, los relatos son excelentes, poseen todo para ponerlo a uno a cien mil ... Felicidades nuevamente.