jotaene
17-05 2006, 05:21 AM
--Dígame, reverenda madre –comentó Paulina, haciéndonos cucamonas con los labios– si reverenda madre, estamos perfectamente... si, así es, sor Irene… si, doscientos euros diarios… no sé, se lo preguntaré –tapó el teléfono con la mano y soltó la risa, no se podía aguantar.
--¿Qué pasa Paulina? –preguntó angélica intranquila.
--Dice que trescientos –y seguía riendo con el micro tapado.
--Bueno, pues dile que doscientos cincuenta euros que la vida está muy achuchada –Comenté procurando no reírme demasiado fuerte.
--Reverenda madre. Nos dice el señor Guevara que doscientos cincuenta euros, que tiene muchos gastos y que para eso somos las monjitas de la Santa Caridad Cristiana.
Escuchó un momentito mirándome con ojos pícaros y la oímos preguntar:
--¿Entonces, le digo que sí, o que nos devuelva al convento? … ah, muy bien, se lo diré tal como me indica, sor Irene. Sor Angélica y yo quedamos con usted en nuestro señor Jesucristo, reverenda madre.
Y colgó, mirándome muy seria. Luego estalló en carcajadas doblándose por la cintura y pude ver que llevaba una tanga celeste que le marcaba un coñito muy abultadito y cachondo. Por lo visto, la madre abadesa no quería en modo alguno que abandonaran al pobre moribundo. No era nada cristiano ni caritativo abandonarlo en aquellas circunstancias tan extremas. Claro – pensé divertido -- la caridad ante todo, porque la caridad empieza por uno mismo.
Cuando saqué el Rolls Royce del garaje, las dos se miraron asombradas admirándolo desde la parrilla hasta el portaequipajes con mirada apreciativa. El coche, la verdad, era impresionante… el último modelo de Silver Shadow de color plateado con tapizado de cuero gris más oscuro y adornos internos en madera de caoba. Hice subir a Angélica delante y a Paulina detrás a la cual, por el espejo retrovisor, podía verle la tanga celeste incrustada entre los labios de la vulva. Al darse cuenta de mis miradas, movió la cabeza de babor a estribor en señal de reconvención e intentó estirarse la falda, pero por mucho que estirara como no había tela, el coñito quedaba bajo mi vista igualmente y seguí mirando de cuando en cuando aquella delicia anatómica y explicándoles quien era mi amigo Carlos Fuentes.
Pero antes de dirigirme a casa de Carlos les pregunté por la dirección del convento. Se asustaron creyendo que deseaba llevarlas ante la madre superiora vestidas de aquella guisa, pero cuando les expliqué para qué deseaba hablar con la madre superiora se tranquilizaron y vine en averiguar que sor Irene tenía treinta y nueve años y que toda la congregación de aquel convento se componía de veintitrés monjitas, además de la madre tornera que era la monja de más edad de la congregación, pues ya tenía cuarenta y ocho años; una edad tan buena para follar como cualquier otra – pensé para mi coleto - siempre que la mujer no sea un higo seco. Aparqué el coche dos travesías antes de llegar. Las dejé dentro y me dirigí a pie hasta el convento.
Llamé al timbre y salió a recibirme una monjita delgada y pequeña de la edad de Paulina, aproximadamente, y a la que se le notaban, bajo el hábito, unas tetas muy majas y a la que indiqué el motivo de mi visita. Resultó ser la que me había atendido por teléfono que me hizo pasar hasta una salita de espera, asegurándome que la madre superiora me recibiría enseguida porque estaba muy intranquila a causa de la ausencia las dos monjitas que habían follado conmigo durante veinticuatro horas sin parar. Claro que esto no lo sabían ni la madre superiora ni la monjita portera que me recibió, ni yo pensaba decírselo, por lo menos, de momento. Me senté en un sillón frailuno con asiento y respaldo de cuero, pero por poco tiempo.
Creo que no llegó a cinco minutos la espera cuando apreció una mujer joven, bastante agraciada de rostro, a la que nadie hubiera calculado más de treinta años, ojos negros grandes y rasgados, y unas tetas bien prominentes bajo los hábitos. Al ponerme de pie para saludarla y estrecharle la mano, estuve tentado de rascarle la palma con el índice pues que me la entregó con el dorso hacia arriba. Me abstuve de cometer aquella grosería por no echar a perder la posibilidad de follármela también a ella pues, bajo el hábito, se adivinaba un cuerpo espléndido digno de comerle el coño y metérsela hasta el ombligo. No obstante, me fijé en el detalle pues esa forma de ofrecer la mano es bastante significativa. No sería más alta que Paulina y levantó la cabeza para mirarme directamente desde el pelo hasta los zapatos con una mirada apreciativa y crítica. Calculé que debía estar valorándome como macho y calculando mi capacidad para follarla hasta dejarla exhausta.
--Por favor, siéntese, señor Guevara – me indicó tomando asiento a su vez frente a mi y preguntándome seguidamente -- ¿cómo está su padre?
--Desahuciado, como ya le dije.
--Pero, ¿los médicos no le han indicado fecha de…?
--Si, han indicado que tanto puede ser dentro de una hora como de un mes.
--¡vaya por dios, si que lo lamento! – exclamó con cara de no lamentarlo en absoluto.
--Gracias, sor Irene. Y ya que estoy aquí – comenté sacando mi cartera de piel de cocodrilo ostensiblemente y retirando de ella cuatro billetes de quinientos euros- desearía pagarle por lo menos ocho días por la estancia de sus monjitas cuidando de mi padre.
--¡ah!, muy bien, y muchas gracias, señor Guevara – comentó cogiendo los billetes sin apresurarse para colocarlos en uno de los bolsillos del hábito.
--Lo que pasa, sor Irene, es que necesitaría otras dos monjitas. -me miró con el entrecejo fruncido y un ligero tinte de desconfianza en los ojos, por lo que me apresuré a explicarle- vera usted, sor Irene, mi madre, aunque no está en peligro de muerte, también se encuentra incapacitada para atenderse por si misma a causa de su Alzheimer. Claro que si en su convento ya no dispone usted de más monjitas, intentaré…
--¡oh, si! tenemos más monjas, claro –se apresuró a indicarme observándome con ojos de águila y comprendí que su máquina registradora mental estaba haciendo números a toda velocidad, antes de remachar- si que hay más monjitas pero, naturalmente, tienen que abandonar sus funciones y eso representa una baja en los ingresos para las misiones ¿comprende?
--Naturalmente que comprendo sor Irene, pero también por otra parte en vez de cobrar doscientos cincuenta euros por día, el convento cobraría quinientos, lo que supongo no mermaría en absoluto el déficit por la dejación de sus funciones recaudatorias.
Mientras le hablaba iba pensando en cómo decirle que por follármela a ella le pagaría hasta mil euros a la semana, pero no se me ocurría como derivar la conversación hacia ese tema sin que se escandalizara o algo peor y la echara todo a perder aunque, por otra parte, también pensaba que la tentación de cobrar una buena suma por recibir placer no dejaba de ser una instigación incluso para la más frígida de las mujeres. Fue ella quien de pronto preguntó con voz muy suave:
--Y ¿en qué localidad me dijo que vivían sus padres?
No se lo había dicho en absoluto, pero ella tiraba el anzuelo por ver si el pez picaba, aunque el pez, que estaba dispuesto a tragarse la carnada, no tenía ninguna intención de engullirse también el anzuelo. De modo que saqué de la cartera una tarjeta con la dirección de mi chalé, ubicado en la más elegante y costosa urbanización de la ciudad, y se le entregué comentándole:
--Sor Irene, esta es mi dirección en la ciudad. Mañana, si a usted le parece bien, enviaré a mi chofer a recogerla y podría llevarla hasta el chalé en donde viven mis padres, para que pueda usted apreciar que sus monjitas están muy bien alojadas y bien cuidadas. Creo que usted se quedaría más tranquila después de verlas. ¿Qué le parece a usted la idea? -estudió la tarjeta de visita con todo detenimiento, guardándola luego en el bolsillo para mirarme con sus grandes y negros ojos de pantera antes de comentar:
--No es mala idea. Me quedaría mucho más tranquila si pudiera hablar con ella personalmente.
--Estupendo ¿a que hora pues quiere que venga a recogerla?
--¿vendrá usted mismo? – preguntó rápida.
--Si lo prefiere le envío a mi chofer. -la mirada que me dirigió me hizo comprender que estaba analizando la expresión de mi cara y de mis ojos que procuré mantener tan inocentes y lastimeros como los de un preocupado hijo por la salud de sus padres. Al final de su análisis, comentó:
--No, no, es igual. ¿Que le parece a las nueve de la mañana?
--Estupendo, así podremos estar de vuelta después de comer en el chalé.
--Muy bien. Hasta mañana entonces – comentó levantándose y alargándome la mano de nuevo con la palma hacia abajo.
Al ver que insistía en la forma de entregarme la mano, decidí arriesgar un poco más para ver sus reacciones. Puse mi palma sobre su dorso, le di la vuelta a la mano y le besé la palma con intensidad casi aspirando la fragancia de la suavidad de su piel, comentando:
--Hasta mañana, sor Irene.
--Adiós – murmuró, elevando sus ojos hacia los míos con un brillo insospechado.
Aquella brillante mirada me sorprendió. Podía significar muchas cosas. La mujer era muy suspicaz y muy inteligente, de modo que con una última reverencia me di la vuelta y regresé al automóvil. Media hora después aparcaba el rolls en el garaje de mi amigo Carlos Fuentes con el que, previamente, había hablado por teléfono aquella mañana antes de desayunar para indicarle que teníamos que cambiar impresiones durante el almuerzo. Subimos los tres hasta su piso. A las monjitas no les expliqué nada sobre el orgasmómetro porque aún no lo consideraba oportuno. Tampoco Carlos sabía que me acompañaban sor Paulina y sor Angélica, así que cuando abrió la puerta, descalzo, con una toalla envolviéndole la cintura por toda vestimenta, la mitad de la cara llena de espuma de afeitar y las vio detrás de mí vestidas tan elegantemente, me miró extrañado pero hizo ademán de que pasáramos a la vivienda. Le vi que seguía con la mirada los rotundos muslos de sor Paulina. Mi obligación era hacer las presentaciones y como me pareció que sor Paulina le había hecho tilín, comenté:
--Aquí sor Paulina y sor Angélica, dos amigas mías. Este es Carlos Fuentes el amigo del que os hablaba por el camino. De momento no supo si le estaba tomando el pelo, así que me preguntó sin apartar la vista de los muslos de sor Paulina:
--¿así que esta es sor Paulina, eh?
--Si – dije, procurando no reírme
-–Y esta sor Angélica -cambio la maquinilla de mano y estrechó la de sor Paulina y sin soltarla ni dejar de mirarla comentó inclinándose muy cortés: -- encantado de conocerla son Angélica.
--Igualmente –respondió Paulina mirando la toalla en la que vi se insinuaba una erección no pequeña- pero sor Angélica es mi compañera
--Si, si, ya me he enterado. Mucho gusto también sor Angélica – repitió pero sin soltar la mano de Paulina ni dejar de mirarla extasiado mientras la toalla iba tomando la forma de una tienda de campaña. ¡Coño – pensé admirado – si que le ha causado impresión!
--El gusto es mío – respondió mi rubita, mirándolo extrañada.
--Por favor, Carlos, devuélveme la mano – comentó sor Paulina.
--¡ah!, si claro, la mano es tuya, perdona -estaba claro que Paulina le había causado mucha excitación, pese a que yo había imaginado que sería Angélica quien le embelesaría más, por lo guapa y jovencita que era. Y de pronto, como si no se diera cuenta de que tenía media cara llena de espuma, comentó:
--Me estaba afeitando, y tú –me comentó sin aparta la vista de Paulina- podrías haberme avisado que traías dos monjas. ¿y de qué convento sois?
--Del convento de la Virgen María de la Santa Caridad Cristiana – respondió Angélica casi escondida detrás de mí.
--No te lo he dicho, Carlos –expliqué serio como un juez- porque se me olvidó, lo que pasa es que las he contratado para que cuiden a mi padre que se está muriendo…
--¿Pero cuando ha resucitado tu padre? – se extrañó el despistado de Carlos.
--No, no ha resucitado, ya te explicaré durante el almuerzo.
--Bueno, para el caso es igual, me alegro que haya resucitado. Pero sentaros, por favor, mientras acabo de arreglarme. A ver si lo entiendo Toni. Has contratado a dos monjas con minifalda para…
--Que cuiden a mi padre que está moribundo y le hagan compañía, pero esa fue la disculpa que le tuve que poner a la madre superiora para poder contratarlas. ¿Entiendes? --No, pero supongo que serán para el exp…
--No, no- corté rápido antes de que metiera la pata- de momento sólo para ir a comer al restaurante “la almeja de carril”.
--¡Ah, claro, la almeja de carril! debí haberlo imaginado siendo tú gallego. Y los hábitos que llevan son de los días de fiesta, supongo, porque las monjitas de la Santa Virgen de la caridad esa o como se llame…
--Hombre, no querrás que, con el calor que hace, las lleve por el mundo con hábitos hasta los pies y la toca en la cabeza. Lo que pasa es que ellas son las monjitas que recaudan donativos para las misiones de África y vinieron a pedirme al chalet y se me ocurrió contratarlas.
--Ahora lo entiendo ¿y por cuanto tiempo las has contratado? – preguntó con sorna.
--Me parece que este amigo tuyo es muy suspicaz –comentó Paulina- y seguro que no se cree nada de lo que le decimos. Pues la verdad es que sí somos monjas. Así que, Carlos, déjate de ironías, nuestro propósito es conseguir más dinero que falta les hace a nuestras misiones. Al fin y al cabo es nuestro cometido.
--Perdona, sor Paulina, no quise ofenderte, y lejos de mi ánimo tal pretensión –comentó levantándose e intentando disimular el palo mayor que se erguía bajo la toalla- sírveles algún aperitivo, Toni, mientras yo me acabo de arreglar. Enseguida vuelvo.
Le seguimos con la mirada cuando desaparecía por el pasillo. Sabía que se encaminaba al cuarto de baño y que tardaría un rato porque era todo un pachorrudo cuando no estaba de servicio. Vi que Angélica me miraba ruborizada y se estiraba la corta faldita porque le estaba mirando la tanga que, quizá debido a la posición en que estaba sentada en el sillón, le apretaba demasiado y se le marcaba la rajita claramente. Sonreí ante el sofoco de la rubita y al levantarme pregunté:
--¿Qué os apetece tomar? -Angélica, como siempre que debía tomar una decisión, miró a Paulina y ésta le preguntó:
--¿Tú que quieres?
--No sé, lo mismo que tu –y me miró como si yo tuviera que decirle lo que debía tomar.
Miré a Paulina cuya tanga celeste, aún estando yo levantado, podía verle claramente y al darse cuenta de mi mirada instintivamente se estiró la faldita. Como ninguna de las dos se decidía comenté:
--Voy a preparar cuatro caipiriñas ¿cómo os gustan, secas o dulces?
Paulina la prefería seca y Angélica dulce. Así que preparé cuatro caipiriñas de ron Habana y vodka ruso para todos poniendo más azúcar en el de Angélica. A Paulina le pareció demasiado seco y tuve que endulzárselo más. Llenó los vasos de hielo picado y se los ofrecí muy caballerosamente. Me estaba divirtiendo de lo lindo y, por si fuera poco, tenía una rubita macanuda a mi disposición y, muy probablemente, una madre superiora para el día siguiente que con toda seguridad llevaba años sin que la follaran ni le comieran el coño como dios manda, lo que representa una pérdida respetable para quien pueda hacerlo, al fin y al cabo, al final acabarán comiéndoselo los gusanos.
Mientras esperábamos a que Carlos acabara de arreglarse las monjitas y yo hablábamos de que la madre superiora no había puesto muchos reparos a que ellas se quedaran el tiempo que fuera necesario cuidando a mi padre y, mientras hablaba iba pasando la marida del coñito celeste al coñito rosa para hacer comparaciones. Eran tan parecidos que se necesitaba ser un experto como yo para notar la diferencia. Ellas, al principio, parecían molestas por mis miradas, aunque no dejaban de responder a mis preguntas ni de tomar nota de lo que yo les indicaba, pero conforme bebían caipiriña la molestia fue desapareciendo y, para cuando Carlos anunció que ya estaba listo, tenían los muslos tan separados que bien hubiera podido arrodillarme y degustar el sabor de uno y otro para hacer comparaciones pero, claro, no era cuestión de perder el tiempo y dejar a Carlos mirando la función. Además era la hora de almorzar.
Así que, los cuatro, en amor y compañía, descendimos en el ascensor hasta el parking. Pude apreciar que Carlos, con mucho disimulo, se había colocado de forma que su erección estuviera en contacto con las respingonas cachas de Paulina que, a la fuerza tenía que notarla, pero no realizó ni un solo movimiento para perder el contacto. Mejor así, pensé, sobándole una dura teta con disimulo a sor Angélica que se dio la vuelta para que también pudiera sobarle la otra….
--¿Qué pasa Paulina? –preguntó angélica intranquila.
--Dice que trescientos –y seguía riendo con el micro tapado.
--Bueno, pues dile que doscientos cincuenta euros que la vida está muy achuchada –Comenté procurando no reírme demasiado fuerte.
--Reverenda madre. Nos dice el señor Guevara que doscientos cincuenta euros, que tiene muchos gastos y que para eso somos las monjitas de la Santa Caridad Cristiana.
Escuchó un momentito mirándome con ojos pícaros y la oímos preguntar:
--¿Entonces, le digo que sí, o que nos devuelva al convento? … ah, muy bien, se lo diré tal como me indica, sor Irene. Sor Angélica y yo quedamos con usted en nuestro señor Jesucristo, reverenda madre.
Y colgó, mirándome muy seria. Luego estalló en carcajadas doblándose por la cintura y pude ver que llevaba una tanga celeste que le marcaba un coñito muy abultadito y cachondo. Por lo visto, la madre abadesa no quería en modo alguno que abandonaran al pobre moribundo. No era nada cristiano ni caritativo abandonarlo en aquellas circunstancias tan extremas. Claro – pensé divertido -- la caridad ante todo, porque la caridad empieza por uno mismo.
Cuando saqué el Rolls Royce del garaje, las dos se miraron asombradas admirándolo desde la parrilla hasta el portaequipajes con mirada apreciativa. El coche, la verdad, era impresionante… el último modelo de Silver Shadow de color plateado con tapizado de cuero gris más oscuro y adornos internos en madera de caoba. Hice subir a Angélica delante y a Paulina detrás a la cual, por el espejo retrovisor, podía verle la tanga celeste incrustada entre los labios de la vulva. Al darse cuenta de mis miradas, movió la cabeza de babor a estribor en señal de reconvención e intentó estirarse la falda, pero por mucho que estirara como no había tela, el coñito quedaba bajo mi vista igualmente y seguí mirando de cuando en cuando aquella delicia anatómica y explicándoles quien era mi amigo Carlos Fuentes.
Pero antes de dirigirme a casa de Carlos les pregunté por la dirección del convento. Se asustaron creyendo que deseaba llevarlas ante la madre superiora vestidas de aquella guisa, pero cuando les expliqué para qué deseaba hablar con la madre superiora se tranquilizaron y vine en averiguar que sor Irene tenía treinta y nueve años y que toda la congregación de aquel convento se componía de veintitrés monjitas, además de la madre tornera que era la monja de más edad de la congregación, pues ya tenía cuarenta y ocho años; una edad tan buena para follar como cualquier otra – pensé para mi coleto - siempre que la mujer no sea un higo seco. Aparqué el coche dos travesías antes de llegar. Las dejé dentro y me dirigí a pie hasta el convento.
Llamé al timbre y salió a recibirme una monjita delgada y pequeña de la edad de Paulina, aproximadamente, y a la que se le notaban, bajo el hábito, unas tetas muy majas y a la que indiqué el motivo de mi visita. Resultó ser la que me había atendido por teléfono que me hizo pasar hasta una salita de espera, asegurándome que la madre superiora me recibiría enseguida porque estaba muy intranquila a causa de la ausencia las dos monjitas que habían follado conmigo durante veinticuatro horas sin parar. Claro que esto no lo sabían ni la madre superiora ni la monjita portera que me recibió, ni yo pensaba decírselo, por lo menos, de momento. Me senté en un sillón frailuno con asiento y respaldo de cuero, pero por poco tiempo.
Creo que no llegó a cinco minutos la espera cuando apreció una mujer joven, bastante agraciada de rostro, a la que nadie hubiera calculado más de treinta años, ojos negros grandes y rasgados, y unas tetas bien prominentes bajo los hábitos. Al ponerme de pie para saludarla y estrecharle la mano, estuve tentado de rascarle la palma con el índice pues que me la entregó con el dorso hacia arriba. Me abstuve de cometer aquella grosería por no echar a perder la posibilidad de follármela también a ella pues, bajo el hábito, se adivinaba un cuerpo espléndido digno de comerle el coño y metérsela hasta el ombligo. No obstante, me fijé en el detalle pues esa forma de ofrecer la mano es bastante significativa. No sería más alta que Paulina y levantó la cabeza para mirarme directamente desde el pelo hasta los zapatos con una mirada apreciativa y crítica. Calculé que debía estar valorándome como macho y calculando mi capacidad para follarla hasta dejarla exhausta.
--Por favor, siéntese, señor Guevara – me indicó tomando asiento a su vez frente a mi y preguntándome seguidamente -- ¿cómo está su padre?
--Desahuciado, como ya le dije.
--Pero, ¿los médicos no le han indicado fecha de…?
--Si, han indicado que tanto puede ser dentro de una hora como de un mes.
--¡vaya por dios, si que lo lamento! – exclamó con cara de no lamentarlo en absoluto.
--Gracias, sor Irene. Y ya que estoy aquí – comenté sacando mi cartera de piel de cocodrilo ostensiblemente y retirando de ella cuatro billetes de quinientos euros- desearía pagarle por lo menos ocho días por la estancia de sus monjitas cuidando de mi padre.
--¡ah!, muy bien, y muchas gracias, señor Guevara – comentó cogiendo los billetes sin apresurarse para colocarlos en uno de los bolsillos del hábito.
--Lo que pasa, sor Irene, es que necesitaría otras dos monjitas. -me miró con el entrecejo fruncido y un ligero tinte de desconfianza en los ojos, por lo que me apresuré a explicarle- vera usted, sor Irene, mi madre, aunque no está en peligro de muerte, también se encuentra incapacitada para atenderse por si misma a causa de su Alzheimer. Claro que si en su convento ya no dispone usted de más monjitas, intentaré…
--¡oh, si! tenemos más monjas, claro –se apresuró a indicarme observándome con ojos de águila y comprendí que su máquina registradora mental estaba haciendo números a toda velocidad, antes de remachar- si que hay más monjitas pero, naturalmente, tienen que abandonar sus funciones y eso representa una baja en los ingresos para las misiones ¿comprende?
--Naturalmente que comprendo sor Irene, pero también por otra parte en vez de cobrar doscientos cincuenta euros por día, el convento cobraría quinientos, lo que supongo no mermaría en absoluto el déficit por la dejación de sus funciones recaudatorias.
Mientras le hablaba iba pensando en cómo decirle que por follármela a ella le pagaría hasta mil euros a la semana, pero no se me ocurría como derivar la conversación hacia ese tema sin que se escandalizara o algo peor y la echara todo a perder aunque, por otra parte, también pensaba que la tentación de cobrar una buena suma por recibir placer no dejaba de ser una instigación incluso para la más frígida de las mujeres. Fue ella quien de pronto preguntó con voz muy suave:
--Y ¿en qué localidad me dijo que vivían sus padres?
No se lo había dicho en absoluto, pero ella tiraba el anzuelo por ver si el pez picaba, aunque el pez, que estaba dispuesto a tragarse la carnada, no tenía ninguna intención de engullirse también el anzuelo. De modo que saqué de la cartera una tarjeta con la dirección de mi chalé, ubicado en la más elegante y costosa urbanización de la ciudad, y se le entregué comentándole:
--Sor Irene, esta es mi dirección en la ciudad. Mañana, si a usted le parece bien, enviaré a mi chofer a recogerla y podría llevarla hasta el chalé en donde viven mis padres, para que pueda usted apreciar que sus monjitas están muy bien alojadas y bien cuidadas. Creo que usted se quedaría más tranquila después de verlas. ¿Qué le parece a usted la idea? -estudió la tarjeta de visita con todo detenimiento, guardándola luego en el bolsillo para mirarme con sus grandes y negros ojos de pantera antes de comentar:
--No es mala idea. Me quedaría mucho más tranquila si pudiera hablar con ella personalmente.
--Estupendo ¿a que hora pues quiere que venga a recogerla?
--¿vendrá usted mismo? – preguntó rápida.
--Si lo prefiere le envío a mi chofer. -la mirada que me dirigió me hizo comprender que estaba analizando la expresión de mi cara y de mis ojos que procuré mantener tan inocentes y lastimeros como los de un preocupado hijo por la salud de sus padres. Al final de su análisis, comentó:
--No, no, es igual. ¿Que le parece a las nueve de la mañana?
--Estupendo, así podremos estar de vuelta después de comer en el chalé.
--Muy bien. Hasta mañana entonces – comentó levantándose y alargándome la mano de nuevo con la palma hacia abajo.
Al ver que insistía en la forma de entregarme la mano, decidí arriesgar un poco más para ver sus reacciones. Puse mi palma sobre su dorso, le di la vuelta a la mano y le besé la palma con intensidad casi aspirando la fragancia de la suavidad de su piel, comentando:
--Hasta mañana, sor Irene.
--Adiós – murmuró, elevando sus ojos hacia los míos con un brillo insospechado.
Aquella brillante mirada me sorprendió. Podía significar muchas cosas. La mujer era muy suspicaz y muy inteligente, de modo que con una última reverencia me di la vuelta y regresé al automóvil. Media hora después aparcaba el rolls en el garaje de mi amigo Carlos Fuentes con el que, previamente, había hablado por teléfono aquella mañana antes de desayunar para indicarle que teníamos que cambiar impresiones durante el almuerzo. Subimos los tres hasta su piso. A las monjitas no les expliqué nada sobre el orgasmómetro porque aún no lo consideraba oportuno. Tampoco Carlos sabía que me acompañaban sor Paulina y sor Angélica, así que cuando abrió la puerta, descalzo, con una toalla envolviéndole la cintura por toda vestimenta, la mitad de la cara llena de espuma de afeitar y las vio detrás de mí vestidas tan elegantemente, me miró extrañado pero hizo ademán de que pasáramos a la vivienda. Le vi que seguía con la mirada los rotundos muslos de sor Paulina. Mi obligación era hacer las presentaciones y como me pareció que sor Paulina le había hecho tilín, comenté:
--Aquí sor Paulina y sor Angélica, dos amigas mías. Este es Carlos Fuentes el amigo del que os hablaba por el camino. De momento no supo si le estaba tomando el pelo, así que me preguntó sin apartar la vista de los muslos de sor Paulina:
--¿así que esta es sor Paulina, eh?
--Si – dije, procurando no reírme
-–Y esta sor Angélica -cambio la maquinilla de mano y estrechó la de sor Paulina y sin soltarla ni dejar de mirarla comentó inclinándose muy cortés: -- encantado de conocerla son Angélica.
--Igualmente –respondió Paulina mirando la toalla en la que vi se insinuaba una erección no pequeña- pero sor Angélica es mi compañera
--Si, si, ya me he enterado. Mucho gusto también sor Angélica – repitió pero sin soltar la mano de Paulina ni dejar de mirarla extasiado mientras la toalla iba tomando la forma de una tienda de campaña. ¡Coño – pensé admirado – si que le ha causado impresión!
--El gusto es mío – respondió mi rubita, mirándolo extrañada.
--Por favor, Carlos, devuélveme la mano – comentó sor Paulina.
--¡ah!, si claro, la mano es tuya, perdona -estaba claro que Paulina le había causado mucha excitación, pese a que yo había imaginado que sería Angélica quien le embelesaría más, por lo guapa y jovencita que era. Y de pronto, como si no se diera cuenta de que tenía media cara llena de espuma, comentó:
--Me estaba afeitando, y tú –me comentó sin aparta la vista de Paulina- podrías haberme avisado que traías dos monjas. ¿y de qué convento sois?
--Del convento de la Virgen María de la Santa Caridad Cristiana – respondió Angélica casi escondida detrás de mí.
--No te lo he dicho, Carlos –expliqué serio como un juez- porque se me olvidó, lo que pasa es que las he contratado para que cuiden a mi padre que se está muriendo…
--¿Pero cuando ha resucitado tu padre? – se extrañó el despistado de Carlos.
--No, no ha resucitado, ya te explicaré durante el almuerzo.
--Bueno, para el caso es igual, me alegro que haya resucitado. Pero sentaros, por favor, mientras acabo de arreglarme. A ver si lo entiendo Toni. Has contratado a dos monjas con minifalda para…
--Que cuiden a mi padre que está moribundo y le hagan compañía, pero esa fue la disculpa que le tuve que poner a la madre superiora para poder contratarlas. ¿Entiendes? --No, pero supongo que serán para el exp…
--No, no- corté rápido antes de que metiera la pata- de momento sólo para ir a comer al restaurante “la almeja de carril”.
--¡Ah, claro, la almeja de carril! debí haberlo imaginado siendo tú gallego. Y los hábitos que llevan son de los días de fiesta, supongo, porque las monjitas de la Santa Virgen de la caridad esa o como se llame…
--Hombre, no querrás que, con el calor que hace, las lleve por el mundo con hábitos hasta los pies y la toca en la cabeza. Lo que pasa es que ellas son las monjitas que recaudan donativos para las misiones de África y vinieron a pedirme al chalet y se me ocurrió contratarlas.
--Ahora lo entiendo ¿y por cuanto tiempo las has contratado? – preguntó con sorna.
--Me parece que este amigo tuyo es muy suspicaz –comentó Paulina- y seguro que no se cree nada de lo que le decimos. Pues la verdad es que sí somos monjas. Así que, Carlos, déjate de ironías, nuestro propósito es conseguir más dinero que falta les hace a nuestras misiones. Al fin y al cabo es nuestro cometido.
--Perdona, sor Paulina, no quise ofenderte, y lejos de mi ánimo tal pretensión –comentó levantándose e intentando disimular el palo mayor que se erguía bajo la toalla- sírveles algún aperitivo, Toni, mientras yo me acabo de arreglar. Enseguida vuelvo.
Le seguimos con la mirada cuando desaparecía por el pasillo. Sabía que se encaminaba al cuarto de baño y que tardaría un rato porque era todo un pachorrudo cuando no estaba de servicio. Vi que Angélica me miraba ruborizada y se estiraba la corta faldita porque le estaba mirando la tanga que, quizá debido a la posición en que estaba sentada en el sillón, le apretaba demasiado y se le marcaba la rajita claramente. Sonreí ante el sofoco de la rubita y al levantarme pregunté:
--¿Qué os apetece tomar? -Angélica, como siempre que debía tomar una decisión, miró a Paulina y ésta le preguntó:
--¿Tú que quieres?
--No sé, lo mismo que tu –y me miró como si yo tuviera que decirle lo que debía tomar.
Miré a Paulina cuya tanga celeste, aún estando yo levantado, podía verle claramente y al darse cuenta de mi mirada instintivamente se estiró la faldita. Como ninguna de las dos se decidía comenté:
--Voy a preparar cuatro caipiriñas ¿cómo os gustan, secas o dulces?
Paulina la prefería seca y Angélica dulce. Así que preparé cuatro caipiriñas de ron Habana y vodka ruso para todos poniendo más azúcar en el de Angélica. A Paulina le pareció demasiado seco y tuve que endulzárselo más. Llenó los vasos de hielo picado y se los ofrecí muy caballerosamente. Me estaba divirtiendo de lo lindo y, por si fuera poco, tenía una rubita macanuda a mi disposición y, muy probablemente, una madre superiora para el día siguiente que con toda seguridad llevaba años sin que la follaran ni le comieran el coño como dios manda, lo que representa una pérdida respetable para quien pueda hacerlo, al fin y al cabo, al final acabarán comiéndoselo los gusanos.
Mientras esperábamos a que Carlos acabara de arreglarse las monjitas y yo hablábamos de que la madre superiora no había puesto muchos reparos a que ellas se quedaran el tiempo que fuera necesario cuidando a mi padre y, mientras hablaba iba pasando la marida del coñito celeste al coñito rosa para hacer comparaciones. Eran tan parecidos que se necesitaba ser un experto como yo para notar la diferencia. Ellas, al principio, parecían molestas por mis miradas, aunque no dejaban de responder a mis preguntas ni de tomar nota de lo que yo les indicaba, pero conforme bebían caipiriña la molestia fue desapareciendo y, para cuando Carlos anunció que ya estaba listo, tenían los muslos tan separados que bien hubiera podido arrodillarme y degustar el sabor de uno y otro para hacer comparaciones pero, claro, no era cuestión de perder el tiempo y dejar a Carlos mirando la función. Además era la hora de almorzar.
Así que, los cuatro, en amor y compañía, descendimos en el ascensor hasta el parking. Pude apreciar que Carlos, con mucho disimulo, se había colocado de forma que su erección estuviera en contacto con las respingonas cachas de Paulina que, a la fuerza tenía que notarla, pero no realizó ni un solo movimiento para perder el contacto. Mejor así, pensé, sobándole una dura teta con disimulo a sor Angélica que se dio la vuelta para que también pudiera sobarle la otra….