jotaene
10-05 2006, 03:43 PM
Esparrancada de rodillas entre mis caderas y con la verga en la mano de nuevo encaró el grueso e inflamado capullo a la entrada de su vagina. Bajó suavemente las nalgas y la punta del grueso glande le abrió la virginal vagina cuando aún apenas tenía la mitad del capullo dentro tuvo que detenerse. Pese a estar muy húmeda, un gesto y una exclamación de dolor detuvieron su descenso. Me miró asustada y comenté serio:
-- Ya te dije, Angélica, que te iba a producir mucho dolor. Para ser tu primera vez mí pene es demasiado grande para ti.
-- Pero yo quiero ser tuya Toni, tuya para siempre.
-- Es que además de que yo soy demasiado grande para ti, creo que tu eres una mujer muy estrecha y eso aún es peor ¿Comprendes? – pregunté, pese a que estaba deseando que se dejara caer de golpe aunque bramara de dolor.
-- Solo quiero comprender que deseo ser tuya ahora – comentó, bajando un poco más las nalgas hasta enterrarse todo el capullo en su estrecha vagina que me apretaba el glande como un dogal.
Un nuevo rictus de dolor se marcó en sus bellas facciones pero se mordió los labios para no gritar. Decidí tomar la iniciativa y la sostuve por las caderas con el grueso capullo enterrado en su estuche. Me costó trabajo penetrarla. Lo hice lentamente, porque ella gemía a cada centímetro de polla que le hundía en la vagina. Tenía que detenerme de cuando en cuando para que el dolor de la penetración disminuyera y, finalmente, fue ella quien con media polla dentro del vientre se dejó caer de golpe sobre mi verga enterrándosela en su vientre casi entera.
Se inclinó sobre mí, gimiendo de dolor y sentí sobre mis mulos como se deslizaba un pequeño reguero de sangre hasta mis nalgas y en esa posición nos quedamos quietos durante mucho, mucho tiempo, hasta que el gozo de sentirse penetrada totalmente superó al dolor que había experimentado al desvirgarla; un dolor que casi la había dejado inconsciente sobre mi cuerpo con la polla enterrada hasta la cepa dentro de su estrecha vagina.
Y así, inmóviles durante casi media hora, sentí las contracciones de su vagina en un primer orgasmo, la miel de su delicioso coñito bañándome la aterciopelada piel de mi capullo y casi de inmediato una catarata de borbotones de hirviente leche espesa la inundó haciéndola bramar de placer al tiempo que su orgasmo se prolongaba más allá de lo que yo hubiera podido imaginar. Con mis manos en sus preciosas y duras nalgas, comencé a moverla en un delicioso vaivén que pronto la llevó a otro orgasmo descomunal. Me corrí casi al instante y a su compás, al sentir como el dulce néctar de sus entrañas bañaba mi dura barra de carne.
Estuve dentro de ella hasta quedarme seco y la hice disfrutar tantas veces que ya ni me acuerdo, pero si recuerdo que notaba como su entrada vaginal me oprimía la raíz de mi verga como una argolla contrayéndose y expandiéndose en una sístole y diástole maravillosa sobre mi dura erección que expulsaba semen a borbotones con un placer insólito cada vez que la sentía gritar con el placer del éxtasis. Y así nos dormimos, fundidos los dos en uno.
Me despertó el teléfono cuando escasamente hacia dos horas que dormíamos. Era Sor Paulina que llamaba muy agitada desde su habitación. No podía abrir la puerta. Tenían que regresar al convento. Noté en su voz que estaba muy preocupada. No sabía como disculparse ante la Madre Superiora por haber pasado la noche fuera, circunstancia que nunca había ocurrido y que ahora la tenía en ascuas.
Quería hablar con la novicia Angélica para ponerse de acuerdo. La chiquilla no parecía tan preocupada. De hecho, seguía a mi lado desnuda y durmiendo a pierna suelta y ni se movió cuando saqué mi verga de su vagina. La dije a Sor Paulina en voz baja que esperara un momento que le abriría dentro de unos minutos y colgué suavemente, levantándome despacio para no despertar a mi preciosa Angélica.
Ellas habían regresado del convento después de comer y nos habíamos pasado la tarde y la noche follando y durmiendo sin pensar que ellas tenían que regresar antes de que anocheciera. Los afrodisíacos nos habían producido a los tres más efecto del que había imaginado. Tanto que, entre dormir y follar, se nos pasaron las horas sin darnos cuenta. Ni siquiera nos acodamos de cenar más que un par de emparedados con un par de botellas de Pinord blanco frío como el hielo y los tres desnudos en la barra americana de la cocina. El vino de aguja acabó de ponernos más encalabrinados de lo que habíamos estado durante todo el día. Solo teníamos hambre de sexo; un hambre feroz.
Ahora, mientras me duchaba, sentía un apetito de lobo estepario y tantas ganas de follarlas de nuevo, como gana tenía de comer algo sólido.
Bajo el agua fría se me ocurrió la idea. Era arriesgada, indudablemente muy arriesgada pero no encontraba otra salida. Abrí la puerta despacio y volví a cerrarla mirando como mi novicia seguía durmiendo tranquilamente. La dejé sin seguro para que, si despertaba, pudiera salir tranquilamente sin pensar que estaba encerrada contra su voluntad.
Cuando abrí la puerta comprobé sorprendido que Sor Paulina, sentada en el sofá con las manos en el regazo, ya estaba vestida de monja incluida la toca.
-- No puedes volver al convento – le dije, sentándome a su lado.
-- Podías haberte vestido – respondió, mirando mi entrepierna – y no andar con
el miembro al aire. ¿No te parece?
-- No te gusta mirarlo? -dejó de mirarlo y me miró a mí. Quizá por aquellos hábitos que llevaba se me había empinado hasta el ombligo. Comentó:
-- Estoy preocupada por lo que dirá la Madre Superiora, Toni. No sé que disculpa ponerle. Pasar una noche fuera del Convento no sé cómo explicárselo, ni encuentro una disculpa convincente. Puede costarnos un disgusto tremendo.
-- Eso no tiene que preocuparte. Ya tengo pensado lo que vamos a hacer. -me miró con cara de sorpresa, y pregunto:
-- ¿Qué quiere decir que lo tienes arreglado?
-- Desnúdate y te lo explicaré mientras follamos.
-- Pero ¿Es que nunca te cansas? – preguntó sin moverse
-- Si claro, pero de momento voy aguantando. No me dirás que no te gusta.
-- Claro que me gusta Toni, pero yo soy monja y nunca me había ocurrido nada igual.
-- Venga, Paulina – comenté sonriendo – No me cuentes una del Oeste. Recuerda que mentir es pecado.
Soltó una carcajada moviendo la toca de un lado al otro. Tenía una risa contagiosa y me reí con ella antes de comentar:
-- Algún viejo fraile te la meterá de vez en cuando. Claro que no creo que tú lo disfrutes como él. ¿O me equivoco? Anda, mujer sé sincera.
-- Eres un sinvergüenza, Toni ¿Por qué te interesa saberlo?
-- Porque quiero saber si me dices la verdad.
-- ¿Y cómo sabrás que te la digo?
-- Eso te lo diré luego de oírte.
-- ¿Y si fuera así, que pasaría?
-- No pasaría nada, pero sabré si me mientes o no y si puedo tener confianza en ti.
-- Está bien – comentó suspirando – Si, hay un sacerdote que entra en mi celda, alguna noche.
-- ¿Es joven?
-- No, es mayor ya, tiene cincuenta y siete años.
-- ¿Y te hace disfrutar?
-- Con la boca, el pobre padece de eyaculación precoz y como no quiero que me deje embarazada, hago que eyacule fuera. ¿Ya estás satisfecho?
-- ¿Y como se llama ese santo varón?
-- Se dice el pecado pero no el pecador.
-- Es igual, ya sé quien es.
-- ¡Ah, si!, ¿quién?
-- El padre Damián. -me miró escrutadora, antes de comentar con enojo:
-- Te lo ha dicho Angélica, vaya con la mosquita…
-- No ha sido Angélica – corté rápido - ella no me ha dicho nada ni yo se lo he preguntado. Me lo has ratificado tú ahora mismo. Angélica solo me dijo que vuestro confesor es el padre Damián. Anda, desnúdate y vamos a follar.
-- ¿Pero es que nunca te cansas? – volvió a preguntar.
-- Si me canso ya me la chuparás para que se ponga tiesa otra vez y seguir follando.
-- ¡¡Jesús, qué escándalo!! – exclamó sin hacerme caso – Eres un depravado.
-- Déjate de remilgos y desnúdate, tengo ganas de sentirte disfrutar sobre el señor Paloduro. Vamos, Sor Paulina ¡muévete, hermana! – exclamé sonriendo y levantándome.
La tiesa verga quedó a la altura de sus labios, la miró con deseo y esperé a ver si se animaba a metérsela en la boca y a chupármela, pero no se movió hasta que la tomé de un brazo y la levanté del sofá. Comencé a desnudarla y cuando la tuve completamente desnuda no supe como quitarle la toca de la cabeza, parecía un tricornio con alas, así que la levanté por la cintura hasta que su cuerpo desnudo quedó pegado al mío y la besé profundamente en la boca. Separó los muslos abarcándome por las caderas y la dejé caer despacio sobre la ardiente y excitada erección.
El duro cipote fue entrando suavemente en su húmeda vagina con gran placer por parte de los dos. Me mordió el labio inferior, metiéndome la lengua para jugar con la mía. No creí que estuviera tan excitada y caliente, pero lo estaba y mucho, tenía el coño ardiendo y chorreando y así empalada la llevé hasta la cama colocándola encima de mi con la polla hundida casi hasta la raíz. Se quitó la toca con tanta facilidad que no tuve tiempo de ver como lo hacia y no por ello dejaba de besarme en el cuello mientras le mamaba uno de sus erectos pezones lamiendo una después de otra sus tetas sedosas y tiernas.
El vaivén de sus nalgas entrando y sacando mi cipote desde la punta hasta la raíz me estaba llevando al orgasmo sin remedio, tuve que contenerme pensando en algún hecho fúnebre, pero era imposible dejar de sentir en mi pene la dulce y ardiente caricia de su húmedo sexo. Cuando comenzó a correrse y sentí las contracciones de su vagina sobre mi cipote ya no pude contenerme más y le solté el primer borbotón de ardiente esperma que la alcanzó con fuerza en el fondo de su vagina. Se estremeció tan violentamente de placer que tuve que sujetar su cuerpo contra el mío con una mano en la espalda y otra en sus nalgas.
Respirábamos los dos sofocadamente besándonos con pasión loca, mordiéndonos y acariciándonos como salvajes mientras nos corríamos profundamente. Sin dejar de besarnos fuimos calmándonos y acabó ella con su cabecita apoyada en mi pecho, y sus hermosas tetas de duros pezones clavados en mi tórax.
Le expliqué lo que había pensado para que no tuvieran problemas con la Madre Superiora, cuando acabé de exponerle mí plan, se levantó sobre los brazos y preguntó mirándome fijamente:
-- ¿No lo dirás en serio, verdad?
-- Si, muy en serio. Creo que es la única manera de que acepten sin hacer comentarios.
-- Tu no conoces a la Madre Superiora, cariño, lo primero que hará será llamar a la policía. ¿Y este plan lo conoce Angélica?
-- Aún no, luego se lo explicaré.
-- Mejor no le digas nada porque del susto se muere.
-- No será para tanto. Hará lo que yo le diga.
-- Definitivamente estás como una cabra, Toni. Con ese plan conseguirás que nos metan a todos en la cárcel.
-- No te lo creas, Sor Paulina. Anda, vete a lavar el coñito que tengo que hablar por teléfono. Luego despierta a Angélica, bajar a la cocina y entre las dos preparáis un buen desayuno. Tengo un hambre de lobo.
-- No me extraña – comentó sacándose la verga de coño y apretando los muslos para no manchar la moqueta con el semen de la vagina – Has gastado tantas energías que es lógico que tengas hambre.
Cuando ya estaba a punto de entrar en el cuarto de baño, exclamé:
-- ¡Ah, y no se os ocurra vestiros!
Se giró a mirarme llevándose el índice a la sien y girándolo varias veces, antes de comentar:
-- Desde luego, Toni, a ti te falta un tornillo.
Cerró la puerta y me levanté al oír correr el agua de la ducha, pensando que había disfrutado de un buen desayuno pero que no calmaba mi hambre canina de sexo conventual.
Mientras me encaminaba hacía el cuarto del control parar abrir el comedero de los perros, fui pensando que quizá Sor Paulina tenía razón. Llamar al Obispado mediante el distorsionador de voz para hablar con Monseñor Lotario Verga Vieja e indicarle que dos de sus monjas de la Santa Caridad Cristiana habían sido raptadas y reclamarle rescate para sufragar los gastos del Orgasmómetro podía resultar peligroso, pues lo primero que haría Monseñor sería avisar a la policía y yo sabía que Carlos, posiblemente, tampoco aprobaría mi idea lo cual me pondría en un grave aprieto.
Por lo tanto, como el dinero lo puede todo aunque me jodía mucho gastarlo inútilmente, no me quedaría más remedio que llamar al Obispado para pedir una entrevista con Monseñor Lotario Verga Vieja o, quizá fuera mejor hablar con la Madre Superiora del Convento de la que aún no sabía el nombre, pero que imaginaba vieja y avariciosa, quizá aún más que Monseñor. Decidí consultarlo con mis dos huríes antes de tomar ninguna determinación.
Las dos estaban en la cocina preparando el desayuno cuyos platos iban colocando en la barra americana colocada entre la cocina y la puerta de entrada. En contra de lo que a Sor Paulina le había indicado, estaban vestidas con dos de mis pijamas enrollados hasta media pantorrilla y con las chaquetas colgando más abajo de las rodillas. Tal me parecieron dos espantapájaros y estuve a punto de soltar una carcajada. Me mantuve en silencio apoyándome en la jamba de la puerta pues que ellas me daban la espalda, atento a su conversación en el momento en que Paulina comentaba:
… no lo entiendo, tiene ideas tan descabelladas que a veces me parece que está loco.
-- Pues no -- respondió Angélica troceando un tomate – yo creo que está muy cuerdo y sabe muy bien lo que quiere. Esta noche, mientras me hacia eso, me dijo…
-- Pero ¿Ya te ha desvirgado?
-- Si, ya ¿te extraña?
-- No, pero ¿te dolió mucho?
-- Bastante, no creí que doliera tanto, pero dijo que yo era muy estrecha y él demasiado grande para mi, pero pudo haberme hecho más daño, fue muy considerado y atento.
-- ¿Sangraste mucho?
-- Si, ya sabes lo grande que es, pero fue tan dulce y se mostró tan preocupado por no hacerme daño que procuré que no se diera cuenta del dolor que sentía.
-- Pues a ver si logras cazarlo, porque dinero tiene a espuertas.
-- Aunque no tuviera nada, yo lo querría igual.
-- Pobre Angélica, lo vas a pasar mal.
-- ¿Por qué? – preguntó girándose a mirarla.
-- A veces pareces tonta. No es de los que se casan. Puede tener todas las mujeres que quiera, le sobra dinero para ello.
-- No lo creo, dijo que me quería, y mucho.
Me retiré en silencio de la puerta pensado que yo no había dicho nada de que quería mucho a Angélica. Mujer tenía que ser para liarlo todo. Caminando hacia atrás por el pasillo, abrí una puerta y volví a cerrarla carraspeado mientras encendía un cigarrillo y al final entré en la cocina, frunciendo el ceño al hablarles con cara de enfado.
- Pero no te dije, Paulina que nada de ropa mientras estemos en el chalet.
A Paulina se le cayó el pequeño cuchillo al suelo y casi se le clava en un pie. Angélica se puso colorada como un tomate maduro mientras intentaba desabotonarse la chaqueta del pijama. Me acerqué para besarla suavemente en los labios y comenté:
-- No, Angélica, tu quítate solo el pantalón, con la chaqueta pareces un espantapájaros, pero igualmente estarás muy bonita.
-- ¿Y yo porque tengo que desnudarme toda? – preguntó Paulina enfadada.
-- Porque a ti te lo dije y a ella no.
-- Pues vaya, mira que bien – pero sé desnudó rápida, quedando con las tetas y el rizado y negro Delta de Venus al aire, lo que me provocó una erección inmediata que Angélica procuraba no mirar.
Prepararon un desayuno magnífico y abundante. Desayuné con Paulina sentado en mi regazo con la erección enterrada en su vagina hasta que me di cuenta que Angélica le temblaba la barbilla y casi no probaba bocado.
-- Siéntate en tu silla, Paulina, ahora le toca a la bella Angélica.
-- ¿Yo? – preguntó la muchacha parpadeando rápida para detener las lágrimas.
-- Si, tu, nena, ¿o es que no quieres?
-- Si, Toni, claro que quiero.
Separó los muslos y puse mi cipote de forma que la penetrara sin hacerse daño. Ella se dejó caer despacio y la dura méntula fue clavándose en su chumino conforme ella bajaba su coñito quedando sentada sobre mis muslos, aunque el cipote no entró por completo me producía tanto placer el suave y caliente forro de su coño en el trozo que tenía dentro que me di por satisfecho.
Lo primero que hizo fue coger el tenedor y darme un trozo de carne frita en mantequilla con el largo tenedor de la fondí con la misma delicadeza que se lo daría a un bebé mientras yo rizaba y amasaba sus deliciosas tetas duras como redondos guijarros. Noté en mis dedos como sus pezones se erguían ante la caricia. Paulina tenía tanta hambre como yo. Ni siquiera prestaba atención a lo que ocurría al otro lado de la barra, aunque miraba de cuanto en cuando y, todo hay que decirlo, seguía comiendo con mucha elegancia y buenos modales, secándose la boquita antes y después de beber.
El movimiento de Angélica adelante y atrás para coger viandas y dármelas a mí y comer ella me estaba llevando a un orgasmo muy placentero pues al mismo tiempo que saciaba mi voraz apetito me ponía cachondo por momentos con su estrechita y cálida vagina oprimiéndome el cipote con su caliente humedad. También ella casi gemía sintiendo como mi gruesa y larga tranca vibraba dentro de su sexo, masajeando sus tetitas y duros pezoncitos con una mano, besándola en el cuello y ciñéndola con un brazo por la delicada y esbelta cintura notando en mi regazo la rotundidez de sus prodigiosas y macizas nalgas.
Mi brazo, alrededor de su esplendoroso cuerpo de niña mujer, la empujaba hacia abajo
en mi avidez de empotrarme en su coño hasta la raíz. Aunque no protestaba ni se quejaba, cada vez que el inflamado y tenso bálano de mi rígido carajo le magullaba el útero, entiesaba el suculento y exquisito cuerpo intentado escapar de las dolorosas punzadas y no me di cuenta de que Paulina la miraba hasta que dejó de comer para recriminarme disgustada:
-- Animal… ¿No ves que le estás haciendo daño en vez de hacerla gozar, so bruto?
-- No, es igual, Toni, mi vida, quiero que…
Me detuve justo en el momento en que estaba a punto de correrme
-- Perdona, nena – le dije a la jovencita Angélica besándola en el cuello – no intentaba hacerte daño.
Y la otra, con cara de manzanas agrias, comentó burlona:
-- ¡No intentabas, ni intentabas! y estabas a punto de correrte dejándola “in albis”, ¡¡serás capullo!!
-- Sabes tu mucho latín, Paulina – reí de buena gana ante su cara de enfado.
-- No discutáis, por favor – intervino Angélica – Yo me encuentro bien así, Paulina.
-- Claro, te desvirga esta noche y ya estás enamorada como una colegiala y como tienes su tarugo dentro te encuentras en la gloria ¿Verdad?
-- No tengo más que una polla, mi querida Sor Paulina – comenté suavemente para hacerla rabiar.
-- Lo que tienes es mucha desfachatez y mucho dinero y por eso abusas – comentó mientras retiraba los platos.
Y mientras los fregaba, con la jovencita novicia clavada en mi estaca moviendo levemente las nalgas mientras le acariciaba el clítoris, se corrió dos veces y una tercera gimiendo a gritos casi hasta el desmayo cuando sintió en sus entrañas los algodonosos borbotones de mi esperma golpeándole el útero.
-- Eso si que es correrse a placer, Angélica – comentó seca Paulina sin mirarnos.
-- Ya te dije, Angélica, que te iba a producir mucho dolor. Para ser tu primera vez mí pene es demasiado grande para ti.
-- Pero yo quiero ser tuya Toni, tuya para siempre.
-- Es que además de que yo soy demasiado grande para ti, creo que tu eres una mujer muy estrecha y eso aún es peor ¿Comprendes? – pregunté, pese a que estaba deseando que se dejara caer de golpe aunque bramara de dolor.
-- Solo quiero comprender que deseo ser tuya ahora – comentó, bajando un poco más las nalgas hasta enterrarse todo el capullo en su estrecha vagina que me apretaba el glande como un dogal.
Un nuevo rictus de dolor se marcó en sus bellas facciones pero se mordió los labios para no gritar. Decidí tomar la iniciativa y la sostuve por las caderas con el grueso capullo enterrado en su estuche. Me costó trabajo penetrarla. Lo hice lentamente, porque ella gemía a cada centímetro de polla que le hundía en la vagina. Tenía que detenerme de cuando en cuando para que el dolor de la penetración disminuyera y, finalmente, fue ella quien con media polla dentro del vientre se dejó caer de golpe sobre mi verga enterrándosela en su vientre casi entera.
Se inclinó sobre mí, gimiendo de dolor y sentí sobre mis mulos como se deslizaba un pequeño reguero de sangre hasta mis nalgas y en esa posición nos quedamos quietos durante mucho, mucho tiempo, hasta que el gozo de sentirse penetrada totalmente superó al dolor que había experimentado al desvirgarla; un dolor que casi la había dejado inconsciente sobre mi cuerpo con la polla enterrada hasta la cepa dentro de su estrecha vagina.
Y así, inmóviles durante casi media hora, sentí las contracciones de su vagina en un primer orgasmo, la miel de su delicioso coñito bañándome la aterciopelada piel de mi capullo y casi de inmediato una catarata de borbotones de hirviente leche espesa la inundó haciéndola bramar de placer al tiempo que su orgasmo se prolongaba más allá de lo que yo hubiera podido imaginar. Con mis manos en sus preciosas y duras nalgas, comencé a moverla en un delicioso vaivén que pronto la llevó a otro orgasmo descomunal. Me corrí casi al instante y a su compás, al sentir como el dulce néctar de sus entrañas bañaba mi dura barra de carne.
Estuve dentro de ella hasta quedarme seco y la hice disfrutar tantas veces que ya ni me acuerdo, pero si recuerdo que notaba como su entrada vaginal me oprimía la raíz de mi verga como una argolla contrayéndose y expandiéndose en una sístole y diástole maravillosa sobre mi dura erección que expulsaba semen a borbotones con un placer insólito cada vez que la sentía gritar con el placer del éxtasis. Y así nos dormimos, fundidos los dos en uno.
Me despertó el teléfono cuando escasamente hacia dos horas que dormíamos. Era Sor Paulina que llamaba muy agitada desde su habitación. No podía abrir la puerta. Tenían que regresar al convento. Noté en su voz que estaba muy preocupada. No sabía como disculparse ante la Madre Superiora por haber pasado la noche fuera, circunstancia que nunca había ocurrido y que ahora la tenía en ascuas.
Quería hablar con la novicia Angélica para ponerse de acuerdo. La chiquilla no parecía tan preocupada. De hecho, seguía a mi lado desnuda y durmiendo a pierna suelta y ni se movió cuando saqué mi verga de su vagina. La dije a Sor Paulina en voz baja que esperara un momento que le abriría dentro de unos minutos y colgué suavemente, levantándome despacio para no despertar a mi preciosa Angélica.
Ellas habían regresado del convento después de comer y nos habíamos pasado la tarde y la noche follando y durmiendo sin pensar que ellas tenían que regresar antes de que anocheciera. Los afrodisíacos nos habían producido a los tres más efecto del que había imaginado. Tanto que, entre dormir y follar, se nos pasaron las horas sin darnos cuenta. Ni siquiera nos acodamos de cenar más que un par de emparedados con un par de botellas de Pinord blanco frío como el hielo y los tres desnudos en la barra americana de la cocina. El vino de aguja acabó de ponernos más encalabrinados de lo que habíamos estado durante todo el día. Solo teníamos hambre de sexo; un hambre feroz.
Ahora, mientras me duchaba, sentía un apetito de lobo estepario y tantas ganas de follarlas de nuevo, como gana tenía de comer algo sólido.
Bajo el agua fría se me ocurrió la idea. Era arriesgada, indudablemente muy arriesgada pero no encontraba otra salida. Abrí la puerta despacio y volví a cerrarla mirando como mi novicia seguía durmiendo tranquilamente. La dejé sin seguro para que, si despertaba, pudiera salir tranquilamente sin pensar que estaba encerrada contra su voluntad.
Cuando abrí la puerta comprobé sorprendido que Sor Paulina, sentada en el sofá con las manos en el regazo, ya estaba vestida de monja incluida la toca.
-- No puedes volver al convento – le dije, sentándome a su lado.
-- Podías haberte vestido – respondió, mirando mi entrepierna – y no andar con
el miembro al aire. ¿No te parece?
-- No te gusta mirarlo? -dejó de mirarlo y me miró a mí. Quizá por aquellos hábitos que llevaba se me había empinado hasta el ombligo. Comentó:
-- Estoy preocupada por lo que dirá la Madre Superiora, Toni. No sé que disculpa ponerle. Pasar una noche fuera del Convento no sé cómo explicárselo, ni encuentro una disculpa convincente. Puede costarnos un disgusto tremendo.
-- Eso no tiene que preocuparte. Ya tengo pensado lo que vamos a hacer. -me miró con cara de sorpresa, y pregunto:
-- ¿Qué quiere decir que lo tienes arreglado?
-- Desnúdate y te lo explicaré mientras follamos.
-- Pero ¿Es que nunca te cansas? – preguntó sin moverse
-- Si claro, pero de momento voy aguantando. No me dirás que no te gusta.
-- Claro que me gusta Toni, pero yo soy monja y nunca me había ocurrido nada igual.
-- Venga, Paulina – comenté sonriendo – No me cuentes una del Oeste. Recuerda que mentir es pecado.
Soltó una carcajada moviendo la toca de un lado al otro. Tenía una risa contagiosa y me reí con ella antes de comentar:
-- Algún viejo fraile te la meterá de vez en cuando. Claro que no creo que tú lo disfrutes como él. ¿O me equivoco? Anda, mujer sé sincera.
-- Eres un sinvergüenza, Toni ¿Por qué te interesa saberlo?
-- Porque quiero saber si me dices la verdad.
-- ¿Y cómo sabrás que te la digo?
-- Eso te lo diré luego de oírte.
-- ¿Y si fuera así, que pasaría?
-- No pasaría nada, pero sabré si me mientes o no y si puedo tener confianza en ti.
-- Está bien – comentó suspirando – Si, hay un sacerdote que entra en mi celda, alguna noche.
-- ¿Es joven?
-- No, es mayor ya, tiene cincuenta y siete años.
-- ¿Y te hace disfrutar?
-- Con la boca, el pobre padece de eyaculación precoz y como no quiero que me deje embarazada, hago que eyacule fuera. ¿Ya estás satisfecho?
-- ¿Y como se llama ese santo varón?
-- Se dice el pecado pero no el pecador.
-- Es igual, ya sé quien es.
-- ¡Ah, si!, ¿quién?
-- El padre Damián. -me miró escrutadora, antes de comentar con enojo:
-- Te lo ha dicho Angélica, vaya con la mosquita…
-- No ha sido Angélica – corté rápido - ella no me ha dicho nada ni yo se lo he preguntado. Me lo has ratificado tú ahora mismo. Angélica solo me dijo que vuestro confesor es el padre Damián. Anda, desnúdate y vamos a follar.
-- ¿Pero es que nunca te cansas? – volvió a preguntar.
-- Si me canso ya me la chuparás para que se ponga tiesa otra vez y seguir follando.
-- ¡¡Jesús, qué escándalo!! – exclamó sin hacerme caso – Eres un depravado.
-- Déjate de remilgos y desnúdate, tengo ganas de sentirte disfrutar sobre el señor Paloduro. Vamos, Sor Paulina ¡muévete, hermana! – exclamé sonriendo y levantándome.
La tiesa verga quedó a la altura de sus labios, la miró con deseo y esperé a ver si se animaba a metérsela en la boca y a chupármela, pero no se movió hasta que la tomé de un brazo y la levanté del sofá. Comencé a desnudarla y cuando la tuve completamente desnuda no supe como quitarle la toca de la cabeza, parecía un tricornio con alas, así que la levanté por la cintura hasta que su cuerpo desnudo quedó pegado al mío y la besé profundamente en la boca. Separó los muslos abarcándome por las caderas y la dejé caer despacio sobre la ardiente y excitada erección.
El duro cipote fue entrando suavemente en su húmeda vagina con gran placer por parte de los dos. Me mordió el labio inferior, metiéndome la lengua para jugar con la mía. No creí que estuviera tan excitada y caliente, pero lo estaba y mucho, tenía el coño ardiendo y chorreando y así empalada la llevé hasta la cama colocándola encima de mi con la polla hundida casi hasta la raíz. Se quitó la toca con tanta facilidad que no tuve tiempo de ver como lo hacia y no por ello dejaba de besarme en el cuello mientras le mamaba uno de sus erectos pezones lamiendo una después de otra sus tetas sedosas y tiernas.
El vaivén de sus nalgas entrando y sacando mi cipote desde la punta hasta la raíz me estaba llevando al orgasmo sin remedio, tuve que contenerme pensando en algún hecho fúnebre, pero era imposible dejar de sentir en mi pene la dulce y ardiente caricia de su húmedo sexo. Cuando comenzó a correrse y sentí las contracciones de su vagina sobre mi cipote ya no pude contenerme más y le solté el primer borbotón de ardiente esperma que la alcanzó con fuerza en el fondo de su vagina. Se estremeció tan violentamente de placer que tuve que sujetar su cuerpo contra el mío con una mano en la espalda y otra en sus nalgas.
Respirábamos los dos sofocadamente besándonos con pasión loca, mordiéndonos y acariciándonos como salvajes mientras nos corríamos profundamente. Sin dejar de besarnos fuimos calmándonos y acabó ella con su cabecita apoyada en mi pecho, y sus hermosas tetas de duros pezones clavados en mi tórax.
Le expliqué lo que había pensado para que no tuvieran problemas con la Madre Superiora, cuando acabé de exponerle mí plan, se levantó sobre los brazos y preguntó mirándome fijamente:
-- ¿No lo dirás en serio, verdad?
-- Si, muy en serio. Creo que es la única manera de que acepten sin hacer comentarios.
-- Tu no conoces a la Madre Superiora, cariño, lo primero que hará será llamar a la policía. ¿Y este plan lo conoce Angélica?
-- Aún no, luego se lo explicaré.
-- Mejor no le digas nada porque del susto se muere.
-- No será para tanto. Hará lo que yo le diga.
-- Definitivamente estás como una cabra, Toni. Con ese plan conseguirás que nos metan a todos en la cárcel.
-- No te lo creas, Sor Paulina. Anda, vete a lavar el coñito que tengo que hablar por teléfono. Luego despierta a Angélica, bajar a la cocina y entre las dos preparáis un buen desayuno. Tengo un hambre de lobo.
-- No me extraña – comentó sacándose la verga de coño y apretando los muslos para no manchar la moqueta con el semen de la vagina – Has gastado tantas energías que es lógico que tengas hambre.
Cuando ya estaba a punto de entrar en el cuarto de baño, exclamé:
-- ¡Ah, y no se os ocurra vestiros!
Se giró a mirarme llevándose el índice a la sien y girándolo varias veces, antes de comentar:
-- Desde luego, Toni, a ti te falta un tornillo.
Cerró la puerta y me levanté al oír correr el agua de la ducha, pensando que había disfrutado de un buen desayuno pero que no calmaba mi hambre canina de sexo conventual.
Mientras me encaminaba hacía el cuarto del control parar abrir el comedero de los perros, fui pensando que quizá Sor Paulina tenía razón. Llamar al Obispado mediante el distorsionador de voz para hablar con Monseñor Lotario Verga Vieja e indicarle que dos de sus monjas de la Santa Caridad Cristiana habían sido raptadas y reclamarle rescate para sufragar los gastos del Orgasmómetro podía resultar peligroso, pues lo primero que haría Monseñor sería avisar a la policía y yo sabía que Carlos, posiblemente, tampoco aprobaría mi idea lo cual me pondría en un grave aprieto.
Por lo tanto, como el dinero lo puede todo aunque me jodía mucho gastarlo inútilmente, no me quedaría más remedio que llamar al Obispado para pedir una entrevista con Monseñor Lotario Verga Vieja o, quizá fuera mejor hablar con la Madre Superiora del Convento de la que aún no sabía el nombre, pero que imaginaba vieja y avariciosa, quizá aún más que Monseñor. Decidí consultarlo con mis dos huríes antes de tomar ninguna determinación.
Las dos estaban en la cocina preparando el desayuno cuyos platos iban colocando en la barra americana colocada entre la cocina y la puerta de entrada. En contra de lo que a Sor Paulina le había indicado, estaban vestidas con dos de mis pijamas enrollados hasta media pantorrilla y con las chaquetas colgando más abajo de las rodillas. Tal me parecieron dos espantapájaros y estuve a punto de soltar una carcajada. Me mantuve en silencio apoyándome en la jamba de la puerta pues que ellas me daban la espalda, atento a su conversación en el momento en que Paulina comentaba:
… no lo entiendo, tiene ideas tan descabelladas que a veces me parece que está loco.
-- Pues no -- respondió Angélica troceando un tomate – yo creo que está muy cuerdo y sabe muy bien lo que quiere. Esta noche, mientras me hacia eso, me dijo…
-- Pero ¿Ya te ha desvirgado?
-- Si, ya ¿te extraña?
-- No, pero ¿te dolió mucho?
-- Bastante, no creí que doliera tanto, pero dijo que yo era muy estrecha y él demasiado grande para mi, pero pudo haberme hecho más daño, fue muy considerado y atento.
-- ¿Sangraste mucho?
-- Si, ya sabes lo grande que es, pero fue tan dulce y se mostró tan preocupado por no hacerme daño que procuré que no se diera cuenta del dolor que sentía.
-- Pues a ver si logras cazarlo, porque dinero tiene a espuertas.
-- Aunque no tuviera nada, yo lo querría igual.
-- Pobre Angélica, lo vas a pasar mal.
-- ¿Por qué? – preguntó girándose a mirarla.
-- A veces pareces tonta. No es de los que se casan. Puede tener todas las mujeres que quiera, le sobra dinero para ello.
-- No lo creo, dijo que me quería, y mucho.
Me retiré en silencio de la puerta pensado que yo no había dicho nada de que quería mucho a Angélica. Mujer tenía que ser para liarlo todo. Caminando hacia atrás por el pasillo, abrí una puerta y volví a cerrarla carraspeado mientras encendía un cigarrillo y al final entré en la cocina, frunciendo el ceño al hablarles con cara de enfado.
- Pero no te dije, Paulina que nada de ropa mientras estemos en el chalet.
A Paulina se le cayó el pequeño cuchillo al suelo y casi se le clava en un pie. Angélica se puso colorada como un tomate maduro mientras intentaba desabotonarse la chaqueta del pijama. Me acerqué para besarla suavemente en los labios y comenté:
-- No, Angélica, tu quítate solo el pantalón, con la chaqueta pareces un espantapájaros, pero igualmente estarás muy bonita.
-- ¿Y yo porque tengo que desnudarme toda? – preguntó Paulina enfadada.
-- Porque a ti te lo dije y a ella no.
-- Pues vaya, mira que bien – pero sé desnudó rápida, quedando con las tetas y el rizado y negro Delta de Venus al aire, lo que me provocó una erección inmediata que Angélica procuraba no mirar.
Prepararon un desayuno magnífico y abundante. Desayuné con Paulina sentado en mi regazo con la erección enterrada en su vagina hasta que me di cuenta que Angélica le temblaba la barbilla y casi no probaba bocado.
-- Siéntate en tu silla, Paulina, ahora le toca a la bella Angélica.
-- ¿Yo? – preguntó la muchacha parpadeando rápida para detener las lágrimas.
-- Si, tu, nena, ¿o es que no quieres?
-- Si, Toni, claro que quiero.
Separó los muslos y puse mi cipote de forma que la penetrara sin hacerse daño. Ella se dejó caer despacio y la dura méntula fue clavándose en su chumino conforme ella bajaba su coñito quedando sentada sobre mis muslos, aunque el cipote no entró por completo me producía tanto placer el suave y caliente forro de su coño en el trozo que tenía dentro que me di por satisfecho.
Lo primero que hizo fue coger el tenedor y darme un trozo de carne frita en mantequilla con el largo tenedor de la fondí con la misma delicadeza que se lo daría a un bebé mientras yo rizaba y amasaba sus deliciosas tetas duras como redondos guijarros. Noté en mis dedos como sus pezones se erguían ante la caricia. Paulina tenía tanta hambre como yo. Ni siquiera prestaba atención a lo que ocurría al otro lado de la barra, aunque miraba de cuanto en cuando y, todo hay que decirlo, seguía comiendo con mucha elegancia y buenos modales, secándose la boquita antes y después de beber.
El movimiento de Angélica adelante y atrás para coger viandas y dármelas a mí y comer ella me estaba llevando a un orgasmo muy placentero pues al mismo tiempo que saciaba mi voraz apetito me ponía cachondo por momentos con su estrechita y cálida vagina oprimiéndome el cipote con su caliente humedad. También ella casi gemía sintiendo como mi gruesa y larga tranca vibraba dentro de su sexo, masajeando sus tetitas y duros pezoncitos con una mano, besándola en el cuello y ciñéndola con un brazo por la delicada y esbelta cintura notando en mi regazo la rotundidez de sus prodigiosas y macizas nalgas.
Mi brazo, alrededor de su esplendoroso cuerpo de niña mujer, la empujaba hacia abajo
en mi avidez de empotrarme en su coño hasta la raíz. Aunque no protestaba ni se quejaba, cada vez que el inflamado y tenso bálano de mi rígido carajo le magullaba el útero, entiesaba el suculento y exquisito cuerpo intentado escapar de las dolorosas punzadas y no me di cuenta de que Paulina la miraba hasta que dejó de comer para recriminarme disgustada:
-- Animal… ¿No ves que le estás haciendo daño en vez de hacerla gozar, so bruto?
-- No, es igual, Toni, mi vida, quiero que…
Me detuve justo en el momento en que estaba a punto de correrme
-- Perdona, nena – le dije a la jovencita Angélica besándola en el cuello – no intentaba hacerte daño.
Y la otra, con cara de manzanas agrias, comentó burlona:
-- ¡No intentabas, ni intentabas! y estabas a punto de correrte dejándola “in albis”, ¡¡serás capullo!!
-- Sabes tu mucho latín, Paulina – reí de buena gana ante su cara de enfado.
-- No discutáis, por favor – intervino Angélica – Yo me encuentro bien así, Paulina.
-- Claro, te desvirga esta noche y ya estás enamorada como una colegiala y como tienes su tarugo dentro te encuentras en la gloria ¿Verdad?
-- No tengo más que una polla, mi querida Sor Paulina – comenté suavemente para hacerla rabiar.
-- Lo que tienes es mucha desfachatez y mucho dinero y por eso abusas – comentó mientras retiraba los platos.
Y mientras los fregaba, con la jovencita novicia clavada en mi estaca moviendo levemente las nalgas mientras le acariciaba el clítoris, se corrió dos veces y una tercera gimiendo a gritos casi hasta el desmayo cuando sintió en sus entrañas los algodonosos borbotones de mi esperma golpeándole el útero.
-- Eso si que es correrse a placer, Angélica – comentó seca Paulina sin mirarnos.