angel_bc4135
16-03 2006, 06:59 PM
Cuando conocí a Jesús, yo iba en la secundaria; él era muy amigo de mi hermano y pasó a serlo también mío. En ese entonces, yo tenía doce años y él diecisiete. Lo llegué a apreciar mucho, pues me ayudaba en mis tareas y casi a diario me daba un obsequio. Así pasaron los años y nuestra amistad se cimentó. Mi hermano tuvo otras amistades, y se puede decir que desatendió a Chucho, lo cual dio la oportunidad para que él y yo nos acercáramos más.
Al paso del tiempo, descubrí que mi hermano era homosexual, y aunque yo también lo soy, la verdad no dejó de sorprenderme. Yo me creía perverso, anormal, en fin, varias denominaciones; pero al saber que Quique también lo era, me inyectó tranquilidad. Chucho entraba a la casa como a la suya propia; mis padres le tenían mucha confianza y lo llegaron a apreciar. Fue por eso que, cuando cumplí diecinueve años, me permitieron que fuera de farra con él.
Era obvio que yo estaba locamente enamorado de Jesús, pero él nunca había dado muestras de ser como yo; ése era el motivo para no atreverme a “llegarle”. Mi amigo me obsequió diez carritos más de miniatura para mi colección y ¡un paquete de condones!
-Cabrón, ya es tiempo de que pienses en tu hombría.
Eso me dejó hecho un vil pendejo. ¿Hombría? Si yo era más joto que nada. Sólo le agradecí y nos alistamos para ir a comer.
-Llévate unos cuantos “globitos”. Hoy es el día en que los estrenarás.
Entonces sí me entró verdadero miedo. De segurito me iba a llevar a coger con viejas, y eso me traumaría de por vida. En el camino, me imaginaba sesiones eróticas con mujeres, y no había la menor duda, ¡me violaban!, abusaban de mí y me ofendían con su carne al intentar hacerme “normal”.
-¿Qué tantas chingaderas pasan por tu mente? –preguntó.
-Quiero saber a dónde me llevas -aclaré.
-No, m’ijito, eso sí no te lo puedo decir, ¡es una sorpresa!
Llegamos a la entrada de un lujoso hotel de la zona oriente. Tragué saliva. ¿Para qué preguntaba detalles, si no iba a aclarar nada? En la recepción parecieron conocerlo, pues inmediatamente le dieron una llave. Todos los empleados que se cruzaban en nuestro camino lo saludaban. Subimos al elevador y llegamos a la habitación destinada.
-Cierra los ojos –dijo, al ir abriendo la puerta- ésta es parte de la sorpresa.
Otra vez, en mi mente, aparecieron escenas con mujeres. ¡Horror, quería correr!
-Ya ábrelos -¡Oh, sorpresa! Ante mis ojos, todo, exactamente todo estaba adornado con esas cosas para fiesta. ¡Feliz cumpleaños! Esta frase estaba pegada en todos los lugares posibles.
-¿Qué onda? –fue lo único que dije. Tenía miedo de que, en cualquier momento, aparecieran las viejas.
-No preguntes y ponte cómodo. Espera, en un momento regreso.
Antes de marcharse, puso un compacto, música para relajarme y olvidarme de las mujeres. Y justamente al inicio de la segunda canción (Madonna), hizo su aparición. No tuve tiempo de reaccionar. Jesús estaba vestido de una manera poco usual en él, ya que siempre ha sido muy exigente en lo que se refiere a ropa. ¡Parecía un streaper! (Ya imaginarán qué clase de “uniforme” traía.) Puso la luz en un tono tenue y comenzó a contonearse al ritmo de la cachonda música. Entonces, bien que parecía uno de esos fabulosos cuates que deleitan la pupila de más de cien.
Su pantalón de vinil traía orificios muy tentadores en las nalgas y otros, más pequeños, alrededor del mismo y, en ambos costados, tenía cierres metálicos, que le llegaban desde la cintura hasta los tobillos. Su playera era negra y de velo transparente; también tenía dos pequeños orificios, por los cuales se asomaban deliciosamente sus erectas tetillas.
¡El show comenzó! Chucho se deshacía en cada movimiento que su cuerpo me brindaba. Sus manos recorrían todo su cuerpo pausada y cachondamente, poniendo más atención a su entrepierna, la cual sobaba una y otra vez, a cada caricia, con más vehemencia. Fue por eso, por esos ligeros toques que le daba a su verga, que pude deleitarme en el crecimiento de la misma. Daba la media vuelta, se inclinaba, mostrándome sus acolchonadas nalgas, que por la tenue luz, no podía descifrar el color de esa piel; sin embargo, bien sabía que eran suavecitas (lo comprobé después).
Comenzó la tercera melodía y mi excitación estaba a más no poder, quería encuerarme, deseaba que ya todo terminara y ser poseído por él. Pero, para ello, tenía todavía que esperar.
Mi amigo se acercó a mí, ensalivó mis dedos índices y los colocó en sus tetillas. Así, él mismo se acarició con las yemas de mis dedos. Tuve el impulso de acercar mi rostro y lengüeteárselas de una buena vez, pero ni tiempo me dio. Al darse cuenta de mi tentadora decisión, optó por alejarse. Y, a poca distancia de mí, prosiguió con la pajeada, pero esta vez con más deleite. Fueron momentos interminables los que ocupó para desfajarse el pantalón y bajarse el cierre. Y no conforme con eso, el muy cretino volvió a darme la espalda y se inclinó. Y al mismo ritmo que contoneaba las nalgas, iba bajando los cierres de los costados.
“Resiste, ya falta poco”, cincelaba mi mente. Por fin salieron volando esos tubos de vinil que cubrían sus musculosas y velludas piernas. Pero, ¿y lo demás? ¿Por qué la parte más importante de mostrar no había aparecido? Ah, fue entonces cuando me percaté, ¡oh, desilusión!, que en el nacimiento del muslo también tenía de esos cierrecitos que ya me estaban cayendo gordos. Por tal motivo, Jesús había quedado en short (bueno, si es que se le puede llamar así).
Él sonrió complacido al ver mi cara de estúpido, pero ni así se compadeció de mí. Ya era la cuarta canción y yo estaba que echaba chispas. El observarlo de rodillas y rodarse sugestivamente en la alfombra como el osito panda, ¡no tenía madres! Hasta pensé en volverme un salvaje y violarlo.
“No seas malagradecido, es tu regalo de cumpleaños.” Otra vez comenzaba a chingarme la mente.
Comenzó a gatear en reversa y directito hacia mí. Meneó las nalgas de tal forma, que ya no pude resistir, mis manos lo sujetaron de la cintura y mi boca se apodero de ellas. Las besé, lamí, mordisqueé y aspiré ese delicioso aroma de macho. Pero el gusto no me duró ni cinco minutos, pues no sé cómo, ya que ni la violencia utilizó, pero logró desprenderse de mí.
-Aún no es tiempo –canturreó al ponerse de pie.
“Chinga tu ma…” Otra vez mi acelerado pensamiento.
Entre tanto pinche bailecito, se le ocurrió invitarme a reunirme con él.
“Vaya, ya era justo”, pensé. Con largos pasos, llegué a él. Entonces, sin necesidad de palabras, nuestros brazos y labios se unieron. Fue el primero de muchos besos. Caricia tan apasionada y llena de toda ternura. Nuestras lenguas se entrelazaron por primera vez. No pude evitar que se me salieran “las de cocodrilo”. Estaba en pleno agasajo con el amor de mi vida y ¡aún no lo podía creer!
Mis manos exploraron con paciencia sus nalgas. Su verga se restregaba con la mía, ambas cubiertas por la estorbosa ropa. Aunque no queríamos, tuvimos la necesidad de separar nuestros labios para darnos un respiro. Él estaba más apendejado que yo con eso del beso, así que aproveché para lamerle las tetillas, que a cada momento me hicieron desearlas más y más.
Mientras yo me entretenía en ello, él, con jalones y estirones, me quitó la ropa. Cuando bajó mi trusa, mi verga se mostró firme, babeante y con ganas de ser complacida. Cuando terminó conmigo, le tocó su turno. Fue el momento en que, después de tanta pinche cachonda payasada, se quitó esas diminutas prendas que momentos antes me hacían volverme loco.
Su virilidad se asomó desafiante, hermosa, antojable. ¡No pude resistirlo! Me hinqué y mis labios se apoderaron de esa barra de carne, la cual, miles de veces, había deseado tocar tan siquiera por descuido. Su olor, sabor, tersura, fluido lubricante, ¡todo ello se estaba dando en mi realidad! Ya no era uno de esos tantos sueños frustrados. Sus manos, sus dedos que se enterraban en mi cabello, los hundía entre mis rizos y acariciaba con frenesí. Su éxtasis estaba por concluir, pero separó mi rostro de su glande y lo impidió.
-Yo también quiero saborearte, sentir la palpitación de tu sexo en mi boca, hasta mi garganta –susurró.
Me guió al sillón, me acomodó a su antojo y su lengua hizo un recorrido por mis piernas, primero en una, luego en la otra, pero no en mi verga. Y como yo no soy rogón, preferí optar por aguantarme y disfrutar el momento. La puntita de su lengua apenas si rozó mis huevos, y eso permitió que me desmadejara. Cerré los ojos, traté de concentrarme para no eyacular, quería, deseaba aguantar lo más posible. Cuando sus labios succionaron levemente la cabecita roja e hinchada, ¡oh!, ya no podía más. Su lengua acariciaba el glande y yo estaba hecho un tarado.
-Arrójala, papacito, dame, quiero beber tu lechita –jadeó.
Pues tuve que complacerlo y me desbordé como una presa, inundando sus fauces, haciéndolo atragantarse con mi leche. Indudablemente, en mi vida de cábula gay, fue ésa la mamada que más gocé. Pues este cabrón sí que logró cachondearme hasta la máxima potencia. Descansé un poco y, por extraño que parezca, mi verga aún seguía ¡firme! e igual de ansiosa para unos cuantos rounds más.
-¿Puedo penetrarte? –preguntó.
-¡Por supuesto! Es lo que más anhelo –susurré.
Jesús, después de lubricarme, se puso un condón y, con infinita ansia, me la metió. Me hizo gozar hasta el delirio con su mete y saca, sus besos en mi piel y su respiración chocando con mi espalda.
-Te amo.
-Yo también, casi desde que te conocí –respondí.
-Qué tontos, tanto tiempo que hemos desperdiciado.
-No lo creo, todo llega a su tiempo y los muchos momentos que hemos pasado juntos han sido los cimientos, los pilares para que nuestra relación sea sólida y firme, sin temor a quebrantarse.
-Tienes razón. Ahh, ohh, me vengooo…
¡El condón se reventó! Ya no se pudo evitar, era tarde para que sacara su fierro. Chucho inundó mi culito, mis entrañas, con su tibia leche.
-No te preocupes, hace quince días fui a hacerme la prueba del SIDA –aseguró.
Duró mucho tiempo ensartado en mí. Al poco rato, sentí cómo su instrumento se paraba nuevamente ¡dentro de mí! Lo sacó, nos tiramos en la alfombra y, ya más relajados, iniciamos la tarea de exploración de nuestros cuerpos. Nos recorrimos de todo a todo.
-Yo también quiero hacerte mío –le dije mientras hacíamos un 69. No hubo objeción y lo penetré con calma, disfrutando cada pliegue de su tersa piel, repitiéndole a cada momento cuánto lo amaba.
Ahora somos la inseparable pareja. Nuestra amistad, ante mis padres y la gente que nos conoce, es de lo más maravillosa, y nuestra escondida relación es ¡lo mejor que podía pasarnos!
Al paso del tiempo, descubrí que mi hermano era homosexual, y aunque yo también lo soy, la verdad no dejó de sorprenderme. Yo me creía perverso, anormal, en fin, varias denominaciones; pero al saber que Quique también lo era, me inyectó tranquilidad. Chucho entraba a la casa como a la suya propia; mis padres le tenían mucha confianza y lo llegaron a apreciar. Fue por eso que, cuando cumplí diecinueve años, me permitieron que fuera de farra con él.
Era obvio que yo estaba locamente enamorado de Jesús, pero él nunca había dado muestras de ser como yo; ése era el motivo para no atreverme a “llegarle”. Mi amigo me obsequió diez carritos más de miniatura para mi colección y ¡un paquete de condones!
-Cabrón, ya es tiempo de que pienses en tu hombría.
Eso me dejó hecho un vil pendejo. ¿Hombría? Si yo era más joto que nada. Sólo le agradecí y nos alistamos para ir a comer.
-Llévate unos cuantos “globitos”. Hoy es el día en que los estrenarás.
Entonces sí me entró verdadero miedo. De segurito me iba a llevar a coger con viejas, y eso me traumaría de por vida. En el camino, me imaginaba sesiones eróticas con mujeres, y no había la menor duda, ¡me violaban!, abusaban de mí y me ofendían con su carne al intentar hacerme “normal”.
-¿Qué tantas chingaderas pasan por tu mente? –preguntó.
-Quiero saber a dónde me llevas -aclaré.
-No, m’ijito, eso sí no te lo puedo decir, ¡es una sorpresa!
Llegamos a la entrada de un lujoso hotel de la zona oriente. Tragué saliva. ¿Para qué preguntaba detalles, si no iba a aclarar nada? En la recepción parecieron conocerlo, pues inmediatamente le dieron una llave. Todos los empleados que se cruzaban en nuestro camino lo saludaban. Subimos al elevador y llegamos a la habitación destinada.
-Cierra los ojos –dijo, al ir abriendo la puerta- ésta es parte de la sorpresa.
Otra vez, en mi mente, aparecieron escenas con mujeres. ¡Horror, quería correr!
-Ya ábrelos -¡Oh, sorpresa! Ante mis ojos, todo, exactamente todo estaba adornado con esas cosas para fiesta. ¡Feliz cumpleaños! Esta frase estaba pegada en todos los lugares posibles.
-¿Qué onda? –fue lo único que dije. Tenía miedo de que, en cualquier momento, aparecieran las viejas.
-No preguntes y ponte cómodo. Espera, en un momento regreso.
Antes de marcharse, puso un compacto, música para relajarme y olvidarme de las mujeres. Y justamente al inicio de la segunda canción (Madonna), hizo su aparición. No tuve tiempo de reaccionar. Jesús estaba vestido de una manera poco usual en él, ya que siempre ha sido muy exigente en lo que se refiere a ropa. ¡Parecía un streaper! (Ya imaginarán qué clase de “uniforme” traía.) Puso la luz en un tono tenue y comenzó a contonearse al ritmo de la cachonda música. Entonces, bien que parecía uno de esos fabulosos cuates que deleitan la pupila de más de cien.
Su pantalón de vinil traía orificios muy tentadores en las nalgas y otros, más pequeños, alrededor del mismo y, en ambos costados, tenía cierres metálicos, que le llegaban desde la cintura hasta los tobillos. Su playera era negra y de velo transparente; también tenía dos pequeños orificios, por los cuales se asomaban deliciosamente sus erectas tetillas.
¡El show comenzó! Chucho se deshacía en cada movimiento que su cuerpo me brindaba. Sus manos recorrían todo su cuerpo pausada y cachondamente, poniendo más atención a su entrepierna, la cual sobaba una y otra vez, a cada caricia, con más vehemencia. Fue por eso, por esos ligeros toques que le daba a su verga, que pude deleitarme en el crecimiento de la misma. Daba la media vuelta, se inclinaba, mostrándome sus acolchonadas nalgas, que por la tenue luz, no podía descifrar el color de esa piel; sin embargo, bien sabía que eran suavecitas (lo comprobé después).
Comenzó la tercera melodía y mi excitación estaba a más no poder, quería encuerarme, deseaba que ya todo terminara y ser poseído por él. Pero, para ello, tenía todavía que esperar.
Mi amigo se acercó a mí, ensalivó mis dedos índices y los colocó en sus tetillas. Así, él mismo se acarició con las yemas de mis dedos. Tuve el impulso de acercar mi rostro y lengüeteárselas de una buena vez, pero ni tiempo me dio. Al darse cuenta de mi tentadora decisión, optó por alejarse. Y, a poca distancia de mí, prosiguió con la pajeada, pero esta vez con más deleite. Fueron momentos interminables los que ocupó para desfajarse el pantalón y bajarse el cierre. Y no conforme con eso, el muy cretino volvió a darme la espalda y se inclinó. Y al mismo ritmo que contoneaba las nalgas, iba bajando los cierres de los costados.
“Resiste, ya falta poco”, cincelaba mi mente. Por fin salieron volando esos tubos de vinil que cubrían sus musculosas y velludas piernas. Pero, ¿y lo demás? ¿Por qué la parte más importante de mostrar no había aparecido? Ah, fue entonces cuando me percaté, ¡oh, desilusión!, que en el nacimiento del muslo también tenía de esos cierrecitos que ya me estaban cayendo gordos. Por tal motivo, Jesús había quedado en short (bueno, si es que se le puede llamar así).
Él sonrió complacido al ver mi cara de estúpido, pero ni así se compadeció de mí. Ya era la cuarta canción y yo estaba que echaba chispas. El observarlo de rodillas y rodarse sugestivamente en la alfombra como el osito panda, ¡no tenía madres! Hasta pensé en volverme un salvaje y violarlo.
“No seas malagradecido, es tu regalo de cumpleaños.” Otra vez comenzaba a chingarme la mente.
Comenzó a gatear en reversa y directito hacia mí. Meneó las nalgas de tal forma, que ya no pude resistir, mis manos lo sujetaron de la cintura y mi boca se apodero de ellas. Las besé, lamí, mordisqueé y aspiré ese delicioso aroma de macho. Pero el gusto no me duró ni cinco minutos, pues no sé cómo, ya que ni la violencia utilizó, pero logró desprenderse de mí.
-Aún no es tiempo –canturreó al ponerse de pie.
“Chinga tu ma…” Otra vez mi acelerado pensamiento.
Entre tanto pinche bailecito, se le ocurrió invitarme a reunirme con él.
“Vaya, ya era justo”, pensé. Con largos pasos, llegué a él. Entonces, sin necesidad de palabras, nuestros brazos y labios se unieron. Fue el primero de muchos besos. Caricia tan apasionada y llena de toda ternura. Nuestras lenguas se entrelazaron por primera vez. No pude evitar que se me salieran “las de cocodrilo”. Estaba en pleno agasajo con el amor de mi vida y ¡aún no lo podía creer!
Mis manos exploraron con paciencia sus nalgas. Su verga se restregaba con la mía, ambas cubiertas por la estorbosa ropa. Aunque no queríamos, tuvimos la necesidad de separar nuestros labios para darnos un respiro. Él estaba más apendejado que yo con eso del beso, así que aproveché para lamerle las tetillas, que a cada momento me hicieron desearlas más y más.
Mientras yo me entretenía en ello, él, con jalones y estirones, me quitó la ropa. Cuando bajó mi trusa, mi verga se mostró firme, babeante y con ganas de ser complacida. Cuando terminó conmigo, le tocó su turno. Fue el momento en que, después de tanta pinche cachonda payasada, se quitó esas diminutas prendas que momentos antes me hacían volverme loco.
Su virilidad se asomó desafiante, hermosa, antojable. ¡No pude resistirlo! Me hinqué y mis labios se apoderaron de esa barra de carne, la cual, miles de veces, había deseado tocar tan siquiera por descuido. Su olor, sabor, tersura, fluido lubricante, ¡todo ello se estaba dando en mi realidad! Ya no era uno de esos tantos sueños frustrados. Sus manos, sus dedos que se enterraban en mi cabello, los hundía entre mis rizos y acariciaba con frenesí. Su éxtasis estaba por concluir, pero separó mi rostro de su glande y lo impidió.
-Yo también quiero saborearte, sentir la palpitación de tu sexo en mi boca, hasta mi garganta –susurró.
Me guió al sillón, me acomodó a su antojo y su lengua hizo un recorrido por mis piernas, primero en una, luego en la otra, pero no en mi verga. Y como yo no soy rogón, preferí optar por aguantarme y disfrutar el momento. La puntita de su lengua apenas si rozó mis huevos, y eso permitió que me desmadejara. Cerré los ojos, traté de concentrarme para no eyacular, quería, deseaba aguantar lo más posible. Cuando sus labios succionaron levemente la cabecita roja e hinchada, ¡oh!, ya no podía más. Su lengua acariciaba el glande y yo estaba hecho un tarado.
-Arrójala, papacito, dame, quiero beber tu lechita –jadeó.
Pues tuve que complacerlo y me desbordé como una presa, inundando sus fauces, haciéndolo atragantarse con mi leche. Indudablemente, en mi vida de cábula gay, fue ésa la mamada que más gocé. Pues este cabrón sí que logró cachondearme hasta la máxima potencia. Descansé un poco y, por extraño que parezca, mi verga aún seguía ¡firme! e igual de ansiosa para unos cuantos rounds más.
-¿Puedo penetrarte? –preguntó.
-¡Por supuesto! Es lo que más anhelo –susurré.
Jesús, después de lubricarme, se puso un condón y, con infinita ansia, me la metió. Me hizo gozar hasta el delirio con su mete y saca, sus besos en mi piel y su respiración chocando con mi espalda.
-Te amo.
-Yo también, casi desde que te conocí –respondí.
-Qué tontos, tanto tiempo que hemos desperdiciado.
-No lo creo, todo llega a su tiempo y los muchos momentos que hemos pasado juntos han sido los cimientos, los pilares para que nuestra relación sea sólida y firme, sin temor a quebrantarse.
-Tienes razón. Ahh, ohh, me vengooo…
¡El condón se reventó! Ya no se pudo evitar, era tarde para que sacara su fierro. Chucho inundó mi culito, mis entrañas, con su tibia leche.
-No te preocupes, hace quince días fui a hacerme la prueba del SIDA –aseguró.
Duró mucho tiempo ensartado en mí. Al poco rato, sentí cómo su instrumento se paraba nuevamente ¡dentro de mí! Lo sacó, nos tiramos en la alfombra y, ya más relajados, iniciamos la tarea de exploración de nuestros cuerpos. Nos recorrimos de todo a todo.
-Yo también quiero hacerte mío –le dije mientras hacíamos un 69. No hubo objeción y lo penetré con calma, disfrutando cada pliegue de su tersa piel, repitiéndole a cada momento cuánto lo amaba.
Ahora somos la inseparable pareja. Nuestra amistad, ante mis padres y la gente que nos conoce, es de lo más maravillosa, y nuestra escondida relación es ¡lo mejor que podía pasarnos!