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View Full Version : HINOPTISMO 3


jotaene
13-03 2006, 12:25 PM
Ella pareció dudar un momento, se mordió los labios mirando los manicuradas manos del doctor que se mantenían inmóviles sobre la mesa escritorio. Volvió a mirarlo fijamente y él aguantó la mirada sin abandonar su sonrisa amable. Finalmente ella se levantó, se quitó la chaqueta colgándola del perchero al lado del bolso y se estiró sobre el mullido diván. El doctor no se movió.

—Bien – dijo la muchacha estirándose la minifalda – Ya puede usted empezar.
El doctor siguió sin moverse al comentar.
—Mire, joven, si usted no desea solventar su problema, sino desea en verdad que yo se lo solucione o se pone en guardia contra mí, poco vamos a adelantar. Usted perderá su tiempo y yo el mío.
—Pero... ¿qué le ha dicho mi madre? – preguntó ella sin moverse.
—Eso es secreto profesional y no voy a decírselo. Cómo tampoco le diré a ella lo que usted me explique aunque me lo pregunte ¿comprende? Y ahora, dígame ¿Tiene o no tiene un problema?
—Sí – acabó por conceder la bella muchacha después de una ligera duda.
—¿Quiere o no que se lo solucione?
—Claro, doctor, perdone mi brusquedad.
—Pues si quiere que se lo solucione no me queda más remedio que hipnotizarla – respondió todavía sentado en el sillón.
—Pero... ¿por qué? Yo le diré todo lo que usted quiera saber de muy buen grado.
—No, usted me dirá lo que piensa su consciente, pero no lo que sabe su subconsciente, y por lo tanto estaríamos engañándonos los dos, cosa que no pienso hacer.
Ella cerró los ojos, volvió a abrirlos y comentó:
—Está bien, doctor, haga lo que tenga que hacer.

No deseaba otra cosa el doctor. Esta vez abrió el cajón del escritorio y sacó una cajita de terciopelo. Se sentó al lado de la espléndida muchacha y abrió la cajita, ordenándole que mirara atentamente la brillante bola serpentina sin pensar en nada. Procedió en la misma forma que con la madre y al cabo de cinco o seis minutos la hermosa muchacha dormía plácidamente al arrullo de la monocorde voz del doctor.

—Laura, te encuentras bien.
—Sí – respondió con voz neutra.
—Notas algún malestar – preguntó pasando la mano por las piernas y los muslos.
—No.
—¿Y ahora? – volvió a preguntar subiendo la mano hasta sus braguitas y acariciándole sus partes nobles.
—Tampoco.
—¿Te molesta mi mano?
—No.
—No recordarás nada cuando despiertes.
—No recordaré nada cuando despierte – repitió en voz baja.
—Nada de lo que ocurra.
—Nada de lo que ocurra – repitió como un eco.
—Estás dispuesta a solucionar tu problema.
—Sí.
—Tendrás que desnudarte. Ahora – indicó el doctor abandonando la caricia sobre su noble parte íntima.

Vio como se desnudaba lentamente. Cuando se quitó las braguitas y el sostén tuvo que esforzarse por permanecer inmóvil. El cuerpo femenino era la quinta esencia de la belleza en carne mortal. Cuando ella quedó estirada sobre el diván el doctor se quitó la túnica. Debajo, el gran inseminador tapaba ya el ombligo. Se inclinó sobre ella ordenándole que sacara la lengua y separa las piernas. Mientras libaba la deliciosa sin hueso, su mano exploraba su sexo con toda suavidad. Sin abandonar esta última actividad, pasó de la lengua al pezón de sonrosada areola, sorbiéndolo suavemente. Lo sintió erguirse en poco tiempo.

Sería repetitivo explicar lo que luego sucedió, si exceptuamos que antes de inyectarla metió la cabeza entre los soberanos muslos de la muchacha que poco a poco fueron separándose hasta adquirir la forma de un libro abierto.

Aunque este cronista no sabe a ciencia cierta que estuvo haciendo el doctor hocicado durante quince minutos largos sobre tan noble parte, supone que investigaba el problema que tenía que solventarle a la hermosa joven.
Lo que sí sabe es que la muchacha al poco tiempo levantó la grupa, gimió cada vez más fuerte, se agarró a los cabellos del doctor y terminó cerrando los muslos con fuerza sobre la cabeza del sabio investigador.

Cuando, finalmente, el doctor le puso la primera inyección ella no se quejó del pinchazo, aunque si berreó un poco cuando a los diez minutos recibido el líquido curativo quedando flácida y sosegada bajo el practicante. Respondió, como Alicia, con un profundo ¡Uf! de alivio cuando el doctor decidió colocarla encima. Con la destreza propia de un contorsionista, consiguió colocar a su joven y bella partenaire, tan pegada a su cuerpo que la aguja permaneció firmemente sujeta a la cánula.

—¿Te sientes mejor ahora, Laura? – preguntó el doctor cuando logró recuperar el aliento.
—Sí – respondió ella todavía sofocada, apretando el grueso cañote con una fuerte contracción vaginal.
—Pero aún faltan tres o cuatro inyecciones más, lo comprendes ¿verdad?
—Sí, lo comprendo.
—¿Sientes molestias?
—No, ninguna.
—Hasta diría que te gustan estás inyecciones.
—Sí, me gustan.
—Muy bien, pues empieza a contarme tu problema. Quiero que me lo expliques con pelos y señales. Ya puedes empezar.
—Mi problema es que mi madre se acuesta con mi marido. Dicen, los dos, que están muy enamorados. Yo comprendo que todo ha sucedido por vivir después de casada en casa de mi madre y que ella no tiene la culpa de haberse enamorado de Pablo, mi marido, que es demasiado guapo. Todas las mujeres van como perras en celo detrás de él. No me extraña nada que mi madre se haya enamorado de Pablo pero, aún así, es mi marido, no el suyo. El también dice estar muy enamorado de las dos, que no puede vivir sin nosotras. Incluso me ha propuesto pasar una noche con cada una, pero yo no creo que pueda soportarlo. Tampoco quiero dar un escándalo y ser la comidilla de todo nuestro círculo de amistades. Sería horrible y...
El doctor comenzó en ese momento su vaivén de pelvis y la muchacha se mantuvo en silencio mientras duró el baile. Lo acompañó hasta el final siguiendo sus pasos con una intuición digna de una bailarina profesional. Cuando la orquesta finalizó y los bailarines recuperaron el aliento, el doctor volvió a preguntar:

—¿Por qué sería horrible el escándalo, Laura?
—Imagínate – contestó tuteándolo – Seríamos la comidilla de todas nuestras amistades, Pablo no me lo perdonaría y acabaría por abandonarme y eso sí que no podría soportarlo.
—Entonces creo que no te queda más que una solución.
—¿Cuál? – quiso saber la hipnotizada belleza.
—Dormir los tres juntos.
Ella se mantuvo en silencio durante tanto tiempo que el doctor, a pesar de estar muy entretenido apretándole la maciza grupa y lamiéndole los labios, preguntó:
— ¿Qué te parece?
— Ya me lo propusieron y me negué – respondió lentamente.
—¿Por qué?
—Me pareció muy indecente.
—No lo es. Tienes que intentarlo, verás que pronto te acostumbras. Tienes que hacerlo porque yo te lo ordeno ¿De acuerdo?
—Sí, de acuerdo.
—Pero para que la curación sea completa tienes que venir a mi consultorio un día si y otro no, para que te ponga más inyecciones como las que te estoy poniendo hoy. Eso tienes que recordarlo porque yo te lo ordeno.
—Lo recordaré.
—Siendo una clienta asidua te haré un buen descuento y eso saldrás ganado. Me parece que es un buen trato ¿no crees?
—Sí, lo creo.
—Así, pues, lo único que tienes que recordar cuando te despiertes es que tenéis que dormir los tres juntos y que has de venir a mi consulta en días alternos sin faltar un día. No lo olvidarás. ¿Lo has comprendido?
—Sí, lo he comprendido.

Durante tres horas más el doctor estuvo inyectándola con gran satisfacción, llegando a batir su galopada de la tarde anterior por dos cuerpos antes de llegar a la meta. Lo que no fue nada extraño había cuenta que la jaca era más joven que la yegua, aunque las dos fueran de singular belleza. Si la madre era un bombón, la hija, joven, maciza y lozana resultaba tan apetitosa como un bocadillo de pata negra a un famélico de un mes. Cuando, finalmente, se agotaron las municiones del gran cañón, el doctor se levantó colocándose de nuevo la túnica.

Sentado en el sillón miró por última vez el espléndido cuerpo desnudo pensando que había tenido una suerte extraordinaria. Buba tendría más trabajo porque él debía atender debidamente a las dos esculturas que le habían caído en suerte y que, cuando menos y contando con cobrarles sólo la mitad de lo que a la madre le había cobrado el día anterior, le reportarían unos ingresos semanales de sesenta mil duros netos.

Le ordenó a la muchacha que se vistiera, cosa que hizo con lentitud y sin abrir los ojos. El doctor, inclinándose sobre ella la llamó por su nombre:

—Laura.
—Sí - respondió la muchacha.
—Vístete y vuelve a tumbarte en la camilla.
Ella hizo lo que le ordenaba. El continuó:
— Te olvidarás de todo lo ocurrido aquí, menos de lo que te he ordenado recordar y despertarás a la voz de tres.

—Sí – repitió la muchacha.
—Muy bien. Uno... dos... ¡Tres!
La muchacha, igual que la madre, abrió los ojos y parpadeó varias veces. El doctor preguntó:
—¿Cómo te encuentras?
—Más tranquila – respondió sentándose en el diván.
—Me alegro. Ya te dije antes que lograría solventar tu problema, así que dime, ¿qué es lo que recuerdas?
—Que tengo que dormir con mi marido y mi madre y venir a su consulta un día sí y otro no.
—¿Nada más?
—No. No recuerdo nada más.
—Muy bien, entonces, hemos acabado la sesión hasta pasado mañana. Son cien mil pesetas.

La belleza inseminada, se levantó quedando sentada en el diván mirando al galeno.

—Espera un momento, doctor, no corras tanto. Siéntate en tu escritorio, tengo que enseñarte algo que te va a interesar mucho.
La muchacha se levantó caminando hasta el perchero. Se puso la chaqueta del traje sastre y recogió el bolso sentándose en el sillón frente al escritorio. El doctor se levantó del sillón cercano al diván, rodeó el escritorio y se sentó frente a ella.

--¿Qué es lo que pasa?
—Esto es lo que pasa – sonrió la muchacha entregándole un sobre.

El doctor abrió el sobre. Dentro una hoja con el membrete y el sello de un conocido Instituto de Análisis Clínicos de la ciudad. El doctor miró la jerigonza de letras y cifras y lo único que entendió fue el encabezamiento escrito con impresora de tinta:

Análisis de ADN practicado sobre esperma masculino extraído de la vagina de Doña Alicia Duarte García que declara haber sido violada en estado hipnótico en la consulta del Doctor en Ciencias Ocultas Don Servando Callosa.
Según declara la denunciante el esperma pertenece a dicho Doctor.
Efectuado el día 22/06/97 a las 19:30 horas.


—¿Qué significa esto? – preguntó pálido el sabio doctor.
—Eso significa que tienes dos caminos, querido doctor – respondió la hermosa muchacha con una sonrisa resplandeciente.
—¿Cuáles? – volvió a preguntar cada vez más intranquilo.
—El primero, ser denunciado por violación de dos señoras diferentes con las consecuencias que ya puedes imaginar.
—¿Y el segundo? – inquirió más pálido aún.
—El segundo pagarnos diez millones de pesetas a cada una por no denunciarte.
El doctor, ante la astronómica cifra que le solicitaban, reaccionó violentamente. Rompió el análisis en pedazos tirándolo a la papelera mientras gritaba:
—¡Mira, ves, so zorra! Esto es lo que yo hago con tu análisis. ¡Y ya te estás largando de mi consulta antes de que te degüelle! – espumajeaba de rabia el sabio doctor.
—Eso que has roto es sólo una fotocopia, cariño – comentó con toda tranquilidad la bella joven sacando un teléfono móvil del bolso – pero ya que no lo quieres así y encima amenazas con matarme llamaré al 091. Como llevo encima la carga de la prueba, veremos si te muestras tan gallito con ellos como conmigo. ¿Comprendes, so tarugo?

Cuando el doctor vio a la muchacha marcar el número dispuesta a solicitar la intervención de la policía alargó las manos intentado detenerla. Ella fue más rápida y apartó el teléfono hablando muy deprisa:

—Por favor, vengan rápido, me han violado y amenazan con degollarme. La dirección es...
—Está bien, ¡Corta, corta la comunicación, coño! Lo arreglaremos – suplicó asustado, indicando a continuación – Yo no tengo tanto dinero.
—No me hagas reír. ¿Crees que nosotras somos tan imbéciles? No, querido, nuestros informes son fidedignos y sabemos muy bien que tienes en el BBV una cuenta corriente con un saldo de sesenta y dos millones. Nosotras sólo te pedimos veinte. Me parece, querido amigo, que somos bastante razonables.
—¿Razonables? – bramó el doctor - ¿Me pides millones por intentar ayudaros y aún tienes la desfachatez de decirme que sois razonables? ¡Esto es increíble!
—De ayudarnos, nada, majo. Nos has disfrutado diez veces, seis a mí y cuatro a mi amiga. Hay señoras menos estupendas que nosotras que cobran cifras más elevadas de la que te pedimos, lo que pasa es que nosotras no salimos en televisión. Esa es la diferencia. Y basta de conversación que se me hace tarde.
El sabio doctor berreó entre dientes:

-- ¡Me cago en la madre que lo parió al puto negro!
—¿Qué te pasa ahora?
—Nada, yo ya me entiendo, pero como comprenderás no tengo tanto dinero aquí.
— Extiéndeme un cheque del BBV, por los veinte millones.
— Y ¿quién me asegura que la semana que viene no volveréis pidiéndome otro tanto?
— Nosotras y nadie más. Si no te fías de nosotras sólo te queda la cárcel, porque el dinero del banco servirá para que nos indemnicen por el atropello sufrido. Es lo que dispone la ley. Incluso cobraremos más de lo que ahora te pedimos. Así que afloja la mosca que tengo prisa.

Y el sabio doctor, después de sopesar los pros y los contras, comprendió que, desgraciadamente, la joven tenía razón. Si lo metían en la cárcel, adiós negocio. También le intervendrían su dinero para indemnizar a aquellas dos zorras que con tanta desfachatez lo habían timado. Estaba atrapado como un ratón en una ratonera. Veinte millones de pesetas era el trabajo de veinte meses a base de ocho o diez horas diarias inseminando a destajo, pero peor era perderlo todo y que lo metieran en la cárcel.

Tenía mucho más que perder negándose a pagar que pagando. Extendió el cheque que las señoras cobraron al día siguiente a las diez de la mañana. Aquella misma tarde, por mensajeros, recibió el original del análisis y decidió que, de momento, era mejor no trasladarse a barrios más elegantes por muy hermosas y estupendas señoras que habitaran en ellos.

Permaneció dos horas sentado en su escritorio con las manos en la cabeza, acordándose de todos los muertos del hechicero bantú que le había vendido a precio de oro la esfera serpentina que, según el negro, podía hipnotizar hasta un elefante.

El autor del relato está convencido de que el hipnotismo sólo funciona en Televisión.

Mayan
14-03 2006, 12:00 PM
Excelente serie de relatos, con un final más que inesperado. ojalá que no haya sido este copiado de algún libro o folletín erótico.

billywillyer
14-03 2006, 04:12 PM
Sexy:

Buenísima la historia y mejor la edición.
Me he reído mucho y me imagino que el pene del doctor no se para más.

sexynight
14-03 2006, 04:34 PM
GRACIAS BILLY PERO DEBO DECIR EN FAVOR DEL AUTOR, QUE SUS RELATOS SON LOS QUE MENOS EDICION LLEVAN... SOLO UNO QUE OTRO DETALLE, PERO CASI SALEN SIN NUNGUNA CORRECCION...
BUENA SERIE JOTAENE, UNA BUENA REAPARICION...

jotaene
15-03 2006, 05:15 AM
Por indicar que mis escritos salen casi sin edición. Ese "casi" seguramente se debe a que he escrito tres o cuatro veces la palabra hipnotizar o hipnotismo en vez de hinoptizar e hinoptismo que es como debe escribirse.

Repito,muchas gracias por tu amabilidad.

Sin embargo, creo que estás enfadada conmigo y no sé por qué causa. Lo digo porque te he hecho una consulta en un privado y no me has contestado.

¿He hecho algo malo? Si es así, dímelo para poder presentarte mis diculpas.

Saludos cordiales.

rolo43
15-03 2006, 08:35 AM
No leí los otros dos, pero este me parece bastante malo.
Me hace acordar a esas películas porno clase Z.
No calienta, no hace reír, el argumento es francamente ridículo.