jotaene
11-03 2006, 12:01 PM
—¿Tu marido se murió haciendo el amor? – quiso saber el doctor.
—Sí, se me murió debajo, se quedó más tieso que una merluza congelada.
—¿Cuantos años tenía?
—Cincuenta, diez más que yo. Bueno, pues como te decía, Laura comenzó a tener dolores de cabeza pero nada nos dijo, quizá porque no quería preocuparnos o quizá porque ya sospechaba algo. En el hospital le hicieron un análisis de sangre y de orina y le prohibieron tomar ni una sola pastilla más de Valium, por lo visto tenía Valium hasta en las pestañas. Esa información fue la que la puso en guardia.
Como es muy lista dedujo en seguida porque se le suministraba un potente somnífero y se las ingenió para sorprendernos. Cómo consiguió cambiar el vaso de leche drogada es algo que nunca supe. Pero aquella noche procedió de manera tan silenciosa y sutil que logró deslizarse a gatas hasta un sillón que tenía en mi habitación al lado de la ventana. Sentada, con los brazos cruzados sobre el pecho, se mantuvo en silencio observándonos sin decir palabra.
Cierto que sólo teníamos encendida la pequeña luz de la mesilla de noche, que ella estaba casi en la oscuridad y que nosotros dos, cegados por nuestra pasión, no podíamos sospechar que pudiera sorprendernos y mucho menos mirarnos sin decir ni palabra. Hicimos el amor un par de veces antes de que yo me levantara para ir al baño. Del susto me caí de culo en la cama y los dos nos quedamos sentados completamente desnudos mirándola asustados sin llegar a creernos que nos hubiera sorprendido.
Durante un tiempo, que me pareció una eternidad, ninguno de los tres pronunció ni una palabra. Fue ella quien se levantó y se marchó corriendo a su habitación. Pablo la siguió, pero ella se encerró por dentro. Yo me fui al baño a lavarme. Por mucho que le rogamos que nos dejara explicarle lo que sucedía se cerró en banda y no quiso abrir ni escuchar nuestras explicaciones. Tuvimos que regresar a mi habitación y en vista de que nada podíamos hacer hasta el día siguiente, al poco tiempo comenzábamos de nuevo a hacernos el amor y al...
En este punto el doctor comenzó de nuevo un lento vaivén de pelvis agarrado a la trasera de la espléndida yegua. La hermosa hipnotizada se mantuvo en silencio durante unos minutos antes de que se volvieran a escuchar los chasquidos, los zureos, los gemidos y las sofocadas respiraciones. Los gemidos y los chasquidos fueron aumentando en un crescendo tan agudo y alcanzó tantos decibelios que, hasta Buba, el negro mandingo, tuvo que poner la música a todo volumen para disimular la ruidosa bacanal ante las pacientes que esperaban ser inyectadas aquella tarde.
Esta tercera vez se prolongaron casi veinte minutos antes de que en el consultorio reinara de nuevo el silencio absoluto. Como el ruido de la música impedía que su bella hipnotizada le oyera, el doctor advirtió al negro por el interfono que bajara el volumen musical.
—Ya puedes continuar – le dijo luego a la hermosa dama.
—Bueno, pues, al día siguiente Pablo no fue al estudio y esperamos que ella se decidiera a salir de la habitación. Cuando lo hizo conseguimos que se sentara en la salita de estar con nosotros e intentamos explicarle que los dos la queríamos mucho, que Pablo la amaba tanto como a mí y que la necesitaba. No nos habíamos propuesto hacerle daño, pero tampoco habíamos podido evitar enamorarnos, que éramos personas adultas y que podíamos buscarle una solución que nos conviniera a los tres antes de provocar un sonoro escándalo. Ella respondió que no deseaba provocar ningún escándalo, pero no estaba dispuesta a formar un ménage à trois bajo ningún concepto.
Me dijo que si tanto nos amábamos ella podía pedir el divorcio para que yo pudiera casarme con Pablo. Me negué en redondo, primero porque yo no deseaba destruir su matrimonio y, segundo porque provocaríamos el mayor escándalo del siglo, y los tres deseábamos evitarlo. Pablo propuso que podía dormir una noche con cada una y ella le respondió que en ese caso la noche que tuviera libre traería a dormir con ella a chaval muy majo de la clínica que le tiraba los tejos. Ni Pablo ni yo nos mostramos de acuerdo y por lo tanto...
De nuevo la mujer se interrumpió cuando el doctor se dispuso a inyectarle nuevamente otra dosis curativa. Ella se mantuvo en silencio dedicándose a cooperar con el doctor en su curación por cuarta vez en menos de dos horas. Cuando media hora después reinó el silencio en el consultorio, el doctor había acabado la caja de inyectables por vía intravaginal. Resoplando como un toro herido de muerte, sacó la aguja de la cánula y se quedó mirando al techo preguntando:
—¿Y qué deseas que haga yo en éste caso?
—Que convenzas a mi hija para que acepte la situación de buen grado. Creo que una noche con cada una es una solución bastante acertada.
—¿No crees que sería mejor que durmierais los tres juntos? Sería mucho más sencillo y no se provocaría ningún escándalo. Ten en cuenta que la noche que Pablo esté con una, la otra se sentirá fatal.
—Ella no querrá aceptar que durmamos los tres juntos – respondió la mujer, alargando la mano hasta el flácido inseminador, preguntando - ¿Y, además, qué haríamos dos mujeres con un solo hombre?
—Ya se os ocurrirá algo.
—¿Cómo qué, por ejemplo?
—Por ejemplo, la que descanse, le puede leer a los otros dos el filosófico libro de José Hermida “El Superdotado” muy apropiado en tales circunstancias.
—No sé, ninguna de las dos somos aficionadas a la Filosofía. No creo que acepte.
—Sí, lo aceptará si yo se lo ordeno. Lo que tienes que hacer es convencerla para que venga a visitarme. Supongo que podrás hacerlo
—Sí, supongo que sí – respondió la hipnotizada.
—Dile que yo tengo la solución. Que venga mañana por la tarde a las cuatro. Pasado mañana vuelves tú, y al otro ella de nuevo y así hasta que tú y ella estéis curadas. Esto tienes que recordarlo y todo lo demás olvidarlo.
—Me parece muy bien, doctor – replicó la mujer sin dejar de manosearlo.
Pero el doctor, cuyas emisiones habían sido más abundantes que las del Estado en Bonos del Tesoro le ordenó poniéndose en pie:
—Vístete.
—¿Ya? – preguntó ella con voz desilusionada comenzando a vestirse como un autómata.
Abstraído en el cálculo de cuánto le podía pedir por esta primera visita a una mujer tan bien vestida, tan finamente perfumada y que se permitía el lujo de llevar joyas muy caras, Don Servando no oyó la pregunta. Mientras se ponía la túnica calculó que cien mil pesetas se correspondían con su aspecto de señora en buena posición económica. Un yerno arquitecto, con estudio propio, podía pagar aquello y mucho más. Era diez veces su tarifa normal, pero estaba seguro que la cifra se correspondía con su posición social. Había que hacerse valer. Miró a la mujer ya vestida que se mantenía estirada en el diván.
—Alicia.
—¿Sí? – preguntó la hipnotizada.
—Soy el doctor Servando. Ahora despertarás y no recordarás nada de lo que aquí ha ocurrido ¿Comprendes?
—Si, comprendo.
—Sólo recordarás que tienes que convencer a tu hija que venga a visitarme. Sólo recordarás eso ¿De acuerdo?
—Sí.
—Despierta a la voz de tres. Uno... dos... y... ¡tres!
La mujer abrió los ojos y lo miró parpadeando.
—¿Cómo se encuentra? – quiso saber el doctor.
—Algo nerviosa – respondió la dama con voz sofocada.
--Eso pasará en la segunda sesión. Mañana que venga su hija a la misma hora. Pasado mañana vuelve usted y al otro ella y así sucesivamente hasta que haya solventado el problema ¿De acuerdo?
—Si – respondió la mujer sentándose en el diván - ¿Cuánto le debo?
—Cien mil pesetas – respondió sonriendo amablemente.
La mujer abrió el bolso, le entregó el dinero y solicitó del doctor pasar al cuarto de baño para arreglarse un poco el peinado y pintarse los labios. Se despidió, bajando por las infectas escaleras con una enigmática sonrisa en los labios.
El doctor se quedó pensando que debía cambiar de barrio. Aquello si que eran mujeres de bandera, guapas, perfumadas y con unos cuerpos de ensueño. Valía la pena comenzar a pensar en invertir en un barrio más elegante, en un barrio de mujeres como la que había tenido entre los brazos aquella tarde y de la que había disfrutado tan intensamente como un niño con un pirulí de La Habana.
Y así pasaron veinticuatro horas, durante las cuales Buba, tuvo que doblar el trabajo curando a mujeres de las que normalmente se encargaba el doctor. No protestó en absoluto, demostrando lo muy acertado de su elección como ayudante del sabio doctor en Ciencias Ocultas. Éste, pensando en la hija de Alicia y en sus veinticuatro añitos, reservaba las dosis curativas para inyectarlas con su poderoso inseminador en beneficio de la muchacha que imaginaba más deslumbrante de lo que imaginaba Don Quijote a Dulcinea.
La llegada de Laura, la hija de Alicia, fue tan puntual que se presentó al día siguiente cuando solo pasaban escasos minutos de las cuatro. El doctor Servando no esperaba tanta facilidad de persuasión por parte de la madre. La estuvo observando mientras esperaba en el recibidor. Era tan guapa como la madre, esbelta y cimbreante como un junco. No le extrañó en absoluto que el marido quisiera tenerlas a las dos en la misma cama.
Vestía como la madre un traje sastre con minifalda que dejaba al descubierto unos muslos capaces de levantar de su tumba a la momia de Tutankamón. Miraba los cuadros con el mismo interés que la madre y supuso que, dadas las circunstancias, hacía tiempo que no disfrutaba de las delicias del matrimonio. Le indicó a Buba que la hiciera pasar a su consultorio y la recibió vestido con su mejor túnica egipcia y babuchas a juego, sin calcetines y sin collares pero bañado con una de sus mejores esencias parisinas.
La hizo sentar en el sillón frente a su escritorio, preparando su agenda y el bolígrafo. Luego juntó las manos con los dedos estirados bajo la nariz, mirándola a los ojos. Eran verdes, rasgados y expresivos. Su melena rubia le caía en lisa cascada sobre la espalda. Verdaderamente era guapísima, de carnes prietas y lozanas. Pensando en inyectarla cuanto antes, se le erizaron los cabellos del cogote y su hipodérmica adquirió casi de golpe la posición de las doce en punto.
—Bien, señora, tendrá que quitarse la chaqueta y estirarse en aquel diván.
—O sea, que usted ya sabe que voy a dejarme hipnotizar como mi madre ¿no es eso? – preguntó con una blanquísima sonrisa irónica.
—No, no es eso, señora – respondió poniéndose en guardia – En primer lugar yo no he hipnotizado a su madre y no creo que ella diga lo contrario.
—No, no lo ha dicho, y no sé lo que le ha explicado, pero me lo imagino.
—¿Y qué imagina? – preguntó Don Servando amablemente.
—Que le habrá soltado cualquier rollo sobre mi marido y ella.
—¿Cómo qué, por ejemplo?
—Mire no perdamos el tiempo – comentó levantándose dispuesta a marcharse.
—Bien, si quiere irse yo no voy a impedírselo, pero es una lástima que no me exponga antes su problema ya que está aquí.
La muchacha volvió a sentarse y lo miró con suspicacia. Luego con la misma sonrisa irónica comentó:
—Por lo menos podía cambiar de barrio. Este huele que apesta, aunque dicen que tiene usted mucha clientela.
—Cierto – comentó riendo el doctor – El barrio apesta, la casa también, pero no el consultorio ¿O sí?
—No, pero vamos...
—Verá, ya tengo otro consultorio en la calle Serrano – mintió con toda tranquilidad el doctor – pero eso no es asunto suyo. Usted está aquí, según me dijo su madre, para que yo intente solventarle un problema. ¿Quiere que se lo solvente o no?
—Sí, se me murió debajo, se quedó más tieso que una merluza congelada.
—¿Cuantos años tenía?
—Cincuenta, diez más que yo. Bueno, pues como te decía, Laura comenzó a tener dolores de cabeza pero nada nos dijo, quizá porque no quería preocuparnos o quizá porque ya sospechaba algo. En el hospital le hicieron un análisis de sangre y de orina y le prohibieron tomar ni una sola pastilla más de Valium, por lo visto tenía Valium hasta en las pestañas. Esa información fue la que la puso en guardia.
Como es muy lista dedujo en seguida porque se le suministraba un potente somnífero y se las ingenió para sorprendernos. Cómo consiguió cambiar el vaso de leche drogada es algo que nunca supe. Pero aquella noche procedió de manera tan silenciosa y sutil que logró deslizarse a gatas hasta un sillón que tenía en mi habitación al lado de la ventana. Sentada, con los brazos cruzados sobre el pecho, se mantuvo en silencio observándonos sin decir palabra.
Cierto que sólo teníamos encendida la pequeña luz de la mesilla de noche, que ella estaba casi en la oscuridad y que nosotros dos, cegados por nuestra pasión, no podíamos sospechar que pudiera sorprendernos y mucho menos mirarnos sin decir ni palabra. Hicimos el amor un par de veces antes de que yo me levantara para ir al baño. Del susto me caí de culo en la cama y los dos nos quedamos sentados completamente desnudos mirándola asustados sin llegar a creernos que nos hubiera sorprendido.
Durante un tiempo, que me pareció una eternidad, ninguno de los tres pronunció ni una palabra. Fue ella quien se levantó y se marchó corriendo a su habitación. Pablo la siguió, pero ella se encerró por dentro. Yo me fui al baño a lavarme. Por mucho que le rogamos que nos dejara explicarle lo que sucedía se cerró en banda y no quiso abrir ni escuchar nuestras explicaciones. Tuvimos que regresar a mi habitación y en vista de que nada podíamos hacer hasta el día siguiente, al poco tiempo comenzábamos de nuevo a hacernos el amor y al...
En este punto el doctor comenzó de nuevo un lento vaivén de pelvis agarrado a la trasera de la espléndida yegua. La hermosa hipnotizada se mantuvo en silencio durante unos minutos antes de que se volvieran a escuchar los chasquidos, los zureos, los gemidos y las sofocadas respiraciones. Los gemidos y los chasquidos fueron aumentando en un crescendo tan agudo y alcanzó tantos decibelios que, hasta Buba, el negro mandingo, tuvo que poner la música a todo volumen para disimular la ruidosa bacanal ante las pacientes que esperaban ser inyectadas aquella tarde.
Esta tercera vez se prolongaron casi veinte minutos antes de que en el consultorio reinara de nuevo el silencio absoluto. Como el ruido de la música impedía que su bella hipnotizada le oyera, el doctor advirtió al negro por el interfono que bajara el volumen musical.
—Ya puedes continuar – le dijo luego a la hermosa dama.
—Bueno, pues, al día siguiente Pablo no fue al estudio y esperamos que ella se decidiera a salir de la habitación. Cuando lo hizo conseguimos que se sentara en la salita de estar con nosotros e intentamos explicarle que los dos la queríamos mucho, que Pablo la amaba tanto como a mí y que la necesitaba. No nos habíamos propuesto hacerle daño, pero tampoco habíamos podido evitar enamorarnos, que éramos personas adultas y que podíamos buscarle una solución que nos conviniera a los tres antes de provocar un sonoro escándalo. Ella respondió que no deseaba provocar ningún escándalo, pero no estaba dispuesta a formar un ménage à trois bajo ningún concepto.
Me dijo que si tanto nos amábamos ella podía pedir el divorcio para que yo pudiera casarme con Pablo. Me negué en redondo, primero porque yo no deseaba destruir su matrimonio y, segundo porque provocaríamos el mayor escándalo del siglo, y los tres deseábamos evitarlo. Pablo propuso que podía dormir una noche con cada una y ella le respondió que en ese caso la noche que tuviera libre traería a dormir con ella a chaval muy majo de la clínica que le tiraba los tejos. Ni Pablo ni yo nos mostramos de acuerdo y por lo tanto...
De nuevo la mujer se interrumpió cuando el doctor se dispuso a inyectarle nuevamente otra dosis curativa. Ella se mantuvo en silencio dedicándose a cooperar con el doctor en su curación por cuarta vez en menos de dos horas. Cuando media hora después reinó el silencio en el consultorio, el doctor había acabado la caja de inyectables por vía intravaginal. Resoplando como un toro herido de muerte, sacó la aguja de la cánula y se quedó mirando al techo preguntando:
—¿Y qué deseas que haga yo en éste caso?
—Que convenzas a mi hija para que acepte la situación de buen grado. Creo que una noche con cada una es una solución bastante acertada.
—¿No crees que sería mejor que durmierais los tres juntos? Sería mucho más sencillo y no se provocaría ningún escándalo. Ten en cuenta que la noche que Pablo esté con una, la otra se sentirá fatal.
—Ella no querrá aceptar que durmamos los tres juntos – respondió la mujer, alargando la mano hasta el flácido inseminador, preguntando - ¿Y, además, qué haríamos dos mujeres con un solo hombre?
—Ya se os ocurrirá algo.
—¿Cómo qué, por ejemplo?
—Por ejemplo, la que descanse, le puede leer a los otros dos el filosófico libro de José Hermida “El Superdotado” muy apropiado en tales circunstancias.
—No sé, ninguna de las dos somos aficionadas a la Filosofía. No creo que acepte.
—Sí, lo aceptará si yo se lo ordeno. Lo que tienes que hacer es convencerla para que venga a visitarme. Supongo que podrás hacerlo
—Sí, supongo que sí – respondió la hipnotizada.
—Dile que yo tengo la solución. Que venga mañana por la tarde a las cuatro. Pasado mañana vuelves tú, y al otro ella de nuevo y así hasta que tú y ella estéis curadas. Esto tienes que recordarlo y todo lo demás olvidarlo.
—Me parece muy bien, doctor – replicó la mujer sin dejar de manosearlo.
Pero el doctor, cuyas emisiones habían sido más abundantes que las del Estado en Bonos del Tesoro le ordenó poniéndose en pie:
—Vístete.
—¿Ya? – preguntó ella con voz desilusionada comenzando a vestirse como un autómata.
Abstraído en el cálculo de cuánto le podía pedir por esta primera visita a una mujer tan bien vestida, tan finamente perfumada y que se permitía el lujo de llevar joyas muy caras, Don Servando no oyó la pregunta. Mientras se ponía la túnica calculó que cien mil pesetas se correspondían con su aspecto de señora en buena posición económica. Un yerno arquitecto, con estudio propio, podía pagar aquello y mucho más. Era diez veces su tarifa normal, pero estaba seguro que la cifra se correspondía con su posición social. Había que hacerse valer. Miró a la mujer ya vestida que se mantenía estirada en el diván.
—Alicia.
—¿Sí? – preguntó la hipnotizada.
—Soy el doctor Servando. Ahora despertarás y no recordarás nada de lo que aquí ha ocurrido ¿Comprendes?
—Si, comprendo.
—Sólo recordarás que tienes que convencer a tu hija que venga a visitarme. Sólo recordarás eso ¿De acuerdo?
—Sí.
—Despierta a la voz de tres. Uno... dos... y... ¡tres!
La mujer abrió los ojos y lo miró parpadeando.
—¿Cómo se encuentra? – quiso saber el doctor.
—Algo nerviosa – respondió la dama con voz sofocada.
--Eso pasará en la segunda sesión. Mañana que venga su hija a la misma hora. Pasado mañana vuelve usted y al otro ella y así sucesivamente hasta que haya solventado el problema ¿De acuerdo?
—Si – respondió la mujer sentándose en el diván - ¿Cuánto le debo?
—Cien mil pesetas – respondió sonriendo amablemente.
La mujer abrió el bolso, le entregó el dinero y solicitó del doctor pasar al cuarto de baño para arreglarse un poco el peinado y pintarse los labios. Se despidió, bajando por las infectas escaleras con una enigmática sonrisa en los labios.
El doctor se quedó pensando que debía cambiar de barrio. Aquello si que eran mujeres de bandera, guapas, perfumadas y con unos cuerpos de ensueño. Valía la pena comenzar a pensar en invertir en un barrio más elegante, en un barrio de mujeres como la que había tenido entre los brazos aquella tarde y de la que había disfrutado tan intensamente como un niño con un pirulí de La Habana.
Y así pasaron veinticuatro horas, durante las cuales Buba, tuvo que doblar el trabajo curando a mujeres de las que normalmente se encargaba el doctor. No protestó en absoluto, demostrando lo muy acertado de su elección como ayudante del sabio doctor en Ciencias Ocultas. Éste, pensando en la hija de Alicia y en sus veinticuatro añitos, reservaba las dosis curativas para inyectarlas con su poderoso inseminador en beneficio de la muchacha que imaginaba más deslumbrante de lo que imaginaba Don Quijote a Dulcinea.
La llegada de Laura, la hija de Alicia, fue tan puntual que se presentó al día siguiente cuando solo pasaban escasos minutos de las cuatro. El doctor Servando no esperaba tanta facilidad de persuasión por parte de la madre. La estuvo observando mientras esperaba en el recibidor. Era tan guapa como la madre, esbelta y cimbreante como un junco. No le extrañó en absoluto que el marido quisiera tenerlas a las dos en la misma cama.
Vestía como la madre un traje sastre con minifalda que dejaba al descubierto unos muslos capaces de levantar de su tumba a la momia de Tutankamón. Miraba los cuadros con el mismo interés que la madre y supuso que, dadas las circunstancias, hacía tiempo que no disfrutaba de las delicias del matrimonio. Le indicó a Buba que la hiciera pasar a su consultorio y la recibió vestido con su mejor túnica egipcia y babuchas a juego, sin calcetines y sin collares pero bañado con una de sus mejores esencias parisinas.
La hizo sentar en el sillón frente a su escritorio, preparando su agenda y el bolígrafo. Luego juntó las manos con los dedos estirados bajo la nariz, mirándola a los ojos. Eran verdes, rasgados y expresivos. Su melena rubia le caía en lisa cascada sobre la espalda. Verdaderamente era guapísima, de carnes prietas y lozanas. Pensando en inyectarla cuanto antes, se le erizaron los cabellos del cogote y su hipodérmica adquirió casi de golpe la posición de las doce en punto.
—Bien, señora, tendrá que quitarse la chaqueta y estirarse en aquel diván.
—O sea, que usted ya sabe que voy a dejarme hipnotizar como mi madre ¿no es eso? – preguntó con una blanquísima sonrisa irónica.
—No, no es eso, señora – respondió poniéndose en guardia – En primer lugar yo no he hipnotizado a su madre y no creo que ella diga lo contrario.
—No, no lo ha dicho, y no sé lo que le ha explicado, pero me lo imagino.
—¿Y qué imagina? – preguntó Don Servando amablemente.
—Que le habrá soltado cualquier rollo sobre mi marido y ella.
—¿Cómo qué, por ejemplo?
—Mire no perdamos el tiempo – comentó levantándose dispuesta a marcharse.
—Bien, si quiere irse yo no voy a impedírselo, pero es una lástima que no me exponga antes su problema ya que está aquí.
La muchacha volvió a sentarse y lo miró con suspicacia. Luego con la misma sonrisa irónica comentó:
—Por lo menos podía cambiar de barrio. Este huele que apesta, aunque dicen que tiene usted mucha clientela.
—Cierto – comentó riendo el doctor – El barrio apesta, la casa también, pero no el consultorio ¿O sí?
—No, pero vamos...
—Verá, ya tengo otro consultorio en la calle Serrano – mintió con toda tranquilidad el doctor – pero eso no es asunto suyo. Usted está aquí, según me dijo su madre, para que yo intente solventarle un problema. ¿Quiere que se lo solvente o no?