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View Full Version : HINOPTISMO 1


jotaene
10-03 2006, 11:50 AM
El letrero de metal dorado brillaba como el oro sobre la rojiza y pulida madera de imitación a caoba. Rezaba así:

DOCTOR SERVANDO CALLOSA
Ciencias Ocultas
2º-1ª

Desentonaba el letrero en el mugriento y desconchado edificio ubicado en la vieja y mugrienta calle del no menos viejo y mugriento barrio de la muy antigua y bulliciosa Villa y Corte, como hubiera desentonado un piano desafinado interpretando La Rapsodia húngara nº 2 de Franz Liszt. Quizá por ello llamaba más la atención. En el Barrio de Salamanca seguramente hubiera pasado desapercibido.

La negra puerta de reja forjada y cristales esmerilados del portal, umbroso, lúgubre y tétrico, parecía construido siguiendo una descripción del terrorífico Stephen King. El putrefacto olor del sumidero de la cloaca, situado en el bordillo de la estrecha acera, impregnaba el nauseabundo interior mezclándose con el de col hervida, orines de gato y el agrio y mohoso olor de bacterias en fermentación.

Una escalera de madera con peldaños desgastados por el uso, daba acceso a las ocho viviendas de los cuatro pisos del vetusto e infecto inmueble. En la puerta derecha del segundo piso podía verse, atornillado a la madera, otro brillante letrero de metal dorado con la misma inscripción que el de la calle, aunque bastante más pequeño. Dos faroles de intemperie con rejilla metálica, uno blanco y otro rojo, iluminaban la entrada.

Si el farol rojo estaba encendido, el doctor se encontraba ocupado y al visitante no le quedaba más remedio que esperar o volver más tarde. Cuando la luz blanca estaba encendida, el doctor estaba desocupado y la visita tan sólo tenía que empujar la puerta, pasar al recibidor iluminado con luz rojiza indirecta, y sentarse en uno de los pequeños sillones forrados de terciopelo carmesí a juego con las cortinas.

Cuando, por primera vez se entraba en el recibidor, se tenia la impresión de que el mismísimo Pedro Botero saldría a recibirnos con sus cuernos, su cola serpenteante y su tridente de comprobación del estado de cochura de las pecadoras almas dentro de las ollas.

Para disimular los hediondos efluvios del portal y de algunas clientas, en el rojizo recibidor un pebetero quemaba incienso arábigo día y noche. El pebetero, dos cuadros, un espejo, una mesilla lacada en negro con motivos orientales pintados en rojo y cuatro sillones forrados, era todo el mobiliario

Uno de los cuadros representaba al dios Pan, con sus cuernos, sus patas de cabra y su caramillo, bailando rodeado de ninfas mientras tocaba su maravillosa flauta. Las ninfas, desnudas, podían entretener con sus formas onduladas a las pocas visitas masculinas que llegaban. Las visitas femeninas podían hacer lo mismo mirando los desmesurados atributos del dios de los pastores y de la fertilidad.

El segundo cuadro estaba formado por múltiples y diminutos espejitos de colores pegados sobre un cristal rayado. Representaba una escena cuasi pastoril: Una joven pareja de enamorados en un prado cuajado de margaritas y blancos borreguitos. La mujer, se recostaba sobre el pecho del mancebo, demostraba en su mirada un amor encendido y puro, casi habano. Moviendo levemente la cabeza, la pareja aparecía desnuda acariciándose mutuamente las partes nobles.

Con otro leve movimiento de cabeza cambiaban de nuevo las imágenes y podía verse a la mujer desnuda sobre su desnudo compañero, la grupa al aire con la parte noble masculina introducida hasta la mitad en la noble parte femenina. Esta última visión aparecía y desaparecía con rapidez y quien mostraba interés por verla tenía que mover los ojos muy despacio en un vaivén casi imperceptible.

Según el doctor en ciencias ocultas, los cuadros resultaban muy interesantes para psicoanalizar a la futura clienta, y por eso las hacía esperar en el recibidor durante unos minutos mientras espiaba por una mirilla de aumento, estratégicamente situada, que le permitía ver con todo detalle las reacciones de sus visitantes. Las conclusiones a que llegaba el sabio doctor no estaban lejos de ser acertadas.

Una de las piezas fundamentales del negocio correspondía a una pequeña esfera de cristal en cuyo interior giraba lentamente una serpentina muy brillante con poderes hipnóticos infalibles, según le aseguró el vendedor; un hechicero de una tribu bantú llegado a España en el trasatlántico “Patera” que naufragó cerca de Tarifa. Por el precio que pagó por la esfera serpentina hubiera podido comprar un Mercedes 500 automático; prueba irrefutable del poder hipnótico de la esfera de cristal.

Otra pieza fundamental, lo que podríamos llamar el Alma Mater del negocio, lo ostentaba el gran Cañón Colorado de Don Servando, tan potente y gigantesco como el de un carro de combate. De la cadencia de fuego del cañón se sentía, con razón, muy orgulloso el sabio doctor y, encima, no le había costado ni un duro, pues había nacido con él puesto.

Convencido de que la publicidad es importantísima para la buena marcha de los negocios puso un anunció por palabras en varios diarios. El precio de la esfera, unido al coste de los anuncios, enflaqueció de tal manera sus ahorros que tuvo que reducir gastos drásticamente, racionando incluso los bocadillos de chorizo y el agua del grifo.

Cuando ya casi se encontraba en el umbral de la miseria y empezaba a pensar en emigrar nuevamente a mejores tierras, comenzaron a llegarle algunas visitas que le permitieron ir tirando, aunque con bastantes apuros.

Pese a lo cochambroso del barrio, de la calle, del edificio y del portal, las visitas femeninas siguieron aumentando hasta llegar a tener una abigarrada clientela que se apretujaba, de pie y sentada, en el bermejo recibidor, gracias a la brillante esfera serpentina y, sobre todo, al potente disparo de su gran cañón inseminador.

Mujeres que llevaban años de matrimonio esperando un hijo que no llegaba, quedaban embarazadas después de un par de visitas al sabio doctor en Ciencias Ocultas; viudas con problemas de ansiedad que les producían insomnio, dormían a pierna suelta al cabo de tres o cuatro sesiones con el doctor; muchachas con complejos de inferioridad salían de su consulta sonrientes y satisfechas, totalmente convencidas de tener tanto glamour como la más cotizada estrella de cine; beatas de iglesia y comunión diaria, tímidas solteronas e incluso ancianas deseosas de recordar la juventud perdida, acudían a su consulta con mayor fervor que a las procesiones de Semana Santa.

En fin, un verdadero rosario de féminas con más vueltas que el Gulf Stream y con todas clases de necesidades y complejos, abandonaban la consulta en estado de gracia, casi de éxtasis podría decirse, completamente curadas y admiradas de los poderes del sabio doctor en Ciencias Ocultas. Ellas fueron verdaderamente sus mejores propagandistas.

Comenzó a ganar dinero a espuertas. Una catarata de billetes de banco, sólo comparable a la acuática del Niágara, pronto le permitió vender su seiscientos con lunares grises y comprarse un Mercedes 280 automático último modelo; brillantes túnicas egipcias bordadas en oro y plata; trajes de Armani de sedosa alpaca inglesa; collares de cristal de roca multicolores, anillos con piedras esotéricas para los diez dedos y disfrutar de la vida con toda la vitalidad de un joven de veinticinco años, aunque él ya tenía treinta y nueve.

Sin embargo, pese al mucho dinero que ganaba no por eso cambió de barrio. Llegó a tal extremo la afluencia de clientas que tuvo que acondicionar como consultorio otras dos habitaciones de la vivienda.

El dinero le permitió dotar a sus instalaciones con todo lujo de detalles: divanes tan amplios y cómodos como una cama de agua, cámaras ocultas de rayos infrarrojos capaces de grabar en la oscuridad, grabadoras ultrasensibles y tan diminutas como una caja de cerillas pero que reproducían las conversaciones con toda fidelidad, en fin, todo un complejo sistema electrónico sólo comprable al del F.B.I o la C.I.A., que lea permitía enterarse de lo que ocurría en toda la vivienda además de completarle un fichero de todas las clientas y los trabajos realizados con ellas para su curación. Las películas grabadas eran dignas de ver por su originalidad y, el doctor, las vendía a una distribuidora extranjera de películas X, lo que representaba una fuente de ingresos más que saneados.

De pronto y como por milagro, aparecieron en la pared de su consultorio dos cuadros; uno pequeño y otro grande. En el pequeño podía leerse que Don Servando Callosa Segura era doctor por la Facultad de Ciencias Ocultas de Barcelona y estaba firmado por el mismísimo Jefe del Estado, Don Francisco Franco Baamonde. Había que fijarse mucho forzando la vista para ver el arabesco de una Eme mayúscula debajo de Ciencias Ocultas. Casi parecía un extraño adorno de la C de Ciencias.

En el grande se veía una cincuentena de fotografías tamaño carné con todos los licenciados en Ciencias Ocultas de la promoción de 1.970 con las fotografías de los doce catedráticos del curso en la parte superior. El licenciado Don Servando Callosa Segura, figuraba en el medio de la última fila. La cabeza, con relación al cuello, quedaba ligeramente torcida, pero eso era debido, según explicaba el doctor, a la impericia del fotógrafo foto. Verdaderamente los dos cuadros daban un gran empaque y seriedad a su remozado consultorio y, para entonar con ellos en seriedad y empaque, el doctor Servando se dejó la perilla y se puso unas gafas Truman montadas al aire que le daban el aspecto de un registrador de la propiedad del siglo XIX. Sólo él sabía que los cristales eran totalmente inoperantes.

Alguna que otra paciente, se extrañaba de que siempre se le quedaran olvidadas las gafas encima del escritorio cuando tenía que hipnotizarla. Claro que también las había que nada más entrar en el consultorio cerraban la puerta con cerrojo, comenzaban a desnudarse y se tumbaban de golpe en el nuevo y mullido diván cerrando los ojos, quizá porque ya entraban hipnotizadas por la fuerza de la costumbre o porque se habían dejado la comida a medio hacer y tenían prisa por curarse.

Tan abundantes llegaron a ser las visitas que tuvo que ensanchar el recibidor y aún así, no dando abasto él solo, decidió contratar los servicios de un ayudante dispuesto a cargar con la faena más vieja y arrugada.
No fue fácil encontrarlo.
El que no pecaba por defecto pecaba por exceso.

Quién, tenía la adaraja más mustia que flores cortadas de un mes, y quién, tan roma y corta como adarga de cuero, pero los más, resultaban excesivamente melindrosos para aquel negocio. Finalmente logró encontrar un negro que vendía alfombras, relojes, gafas, transistores, vestidos, pelotas de goma, preservativos, anillos, pulseras, collares y flautas mágicas desde el amanecer hasta bien entrada la noche. Parecía el hombre un mísero bazar ambulante del Cuerno de Oro de Estambul.

Se llamaba Buba y pertenecía a una tribu mandinga centroafricana. Había alcanzado las costas de Tarifa a nado después de naufragar en el Estrecho de Gibraltar por segunda vez el trasatlántico “La Patera” en la que se embarcó y en la que se hacinaban, como sardinas en banasta, medio centenar de personas diversas tonalidades del color negro.
Lo que más le agradó de Buba al doctor Servando, aparte de su cañón de tiro rápido, fue su incapacidad de hacerle ascos ni a la momia de Nefertiti.

Se encargaba el negro Buba de aquellas señoras, arrugadas como pasas malagueñas, que le sobraban al doctor, pasándolas hipnotizadas a manos de su ayudante que las dejaba como nuevas sin querer enterarse de que el doctor no había intervenido para nada en su curación. A Buba iban a parar los desechos de la sociedad del barrio y a las que el poderoso inseminador de Buba les endilgaba toda la energía que a él le sobraba, desapareciendo antes de que el doctor las despertara para cobrarles según el tiempo que tardaban en curarse.

Año y medio después de instalado, cuando ya su cuenta corrientes alcanzaba las ocho cifras y había hipnotizado al noventa por ciento de las mujeres de su barrio y de los colindantes, se le presentó en la consulta una mujer muy bien vestida, finamente perfumada, de cuarenta y pocos años con la carrocería tan deslumbrante como la de una limusina hollywoodense.

No estaba acostumbrado a recibir visitas de señoras tan elegantes y distinguidas. Comprendió que su fama se había extendido a los barrios aristocráticos de la ciudad y dedujo, no sin motivo, que el Niágara pronto se convertiría en un Amazonas de billetes del Banco de España, engrosando aún más su ya abultada cuenta bancaria.
Buba hizo esperar a la distinguida señora en el recibidor y el doctor, que la había visto llegar en uno de los monitores, pasó a vigilarla por la mirilla de aumento mientras ella esperaba que la recibiera.

La mujer miraba fijamente el cuadro del dios Pan y se mordía los labios con elegante disimulo. Luego, su mirada se dirigió al otro cuadro. Parpadeó un par de veces y se movió levemente. Al cabo de medio minuto movía los ojos en un vaivén casi imperceptible, sin pestañear, muy interesada en lo que estaba viendo. El doctor no necesitó más. Había psicoanalizado sabiamente a la clienta con su golpe de vista infalible.

La hizo pasar a su consultorio iluminado con una difusa luz que cambiaba de color muy lentamente, pasando por todos los del Arco Iris. La dama se mostraba nerviosa y agitada. Le rogó que se quitara la chaqueta del traje sastre y que se acostara en el diván procurando calmarse, mientras él rellenaba su ficha sentado detrás de su escritorio.

Supo que se llamaba Alicia, tenía cuarenta y dos años y era viuda desde hacía dos. Vivía con su hija Laura, de veinticuatro años que trabajaba como ATS en una conocida clínica de la capital. Su yerno Pablo, de treinta años, un chico alto y simpático, era tan guapo que las mujeres bebían los vientos detrás de él, incluidos los monzónicos, alisios y hasta los tramontanos. Arquitecto de profesión, tenía un estudio con otros dos compañeros de promoción. Se ganaba muy bien la vida. Laura y Pablo se habían casado poco después de morir su marido y no tenían hijos todavía.

Alicia, la madre de Laura, tenía un problema que le pesaba como una losa de plomo sobre la conciencia; venía en busca de solución. El sabio doctor imaginó cual era el problema de la señora con un hombre joven en casa capaz de desatar al mismo tiempo todos los vientos de la rosa. Con una perspicacia digna de Sherlock Holmes dedujo que la madre se había enamorado del yerno y la pobre señora no encontraba solución a su angustia. Ella se mostraba tímida, apocada y temerosa, cual si hubiera cometido el Crimen del Expreso de Andalucía.

Se comportaba como si temiera responder a las preguntas del Doctor Servando y éste, comprendiendo los reparos de la mujer, decidió hipnotizarla de inmediato sentándose en un sillón al lado del mullido diván. Por su mucha experiencia sabía el doctor que las mujeres, una vez hipnotizadas, desnudaban su alma con rapidez, aunque no tanta como desnudan su cuerpo cuando tienen una cita amorosa.

Su mirada se posó en las dos puntiagudas y desafiantes semi esferas bajo la blusa, por el vientre, las caderas y las piernas y el conjunto anatómico le pareció de tan excelente manufactura que ni Fidias hubiera sido capaz de esculpirlo mejor. Estaba dispuesto a curarla de su angustia tantas cuantas veces fuera necesario hasta dejarla tan suave como una toalla lavada con doble ración de suavizante. No caían brevas como aquella todos los días. Acto seguido se levanto, pasó el cerrojo de la puerta del consultorio, y regresó rápido al lado de la paciente.

Metió la mano en uno de los bolsillos de su dorada túnica damasquinada y sacó la pequeña y brillante esfera serpentina colgada de una cadena dorada. Empezó a moverla lentamente como el péndulo de un reloj delante de los ojos de la mujer, indicándole con voz persuasiva que no la perdiera de vista, y murmurándole con susurros monocordes que se relajara, que durmiera, que durmiera tranquila, muy tranquila. Sobre todo que durmiera muy profundamente.

O la esfera, o el sonsonete monocorde de la voz del doctor, consiguieron que al cabo de cinco minutos la mujer durmiera profundamente. Se guardó la esfera en el bolsillo de la túnica y miró detenidamente a la mujer, fijándose en que respiraba pausada y rítmicamente, tenía los ojos cerrados, los labios levemente entreabiertos, en fin, que presentaba todos los síntomas de la persona hipnotizada. La experiencia del doctor en tales cuestiones era ya muy amplia. Se felicitó por su buena estrella al depararle, finalmente, una verdadera señora.

Se recostó en el respaldo del sillón mirándola dormir mientras pensaba <<Vaya pedazo de hembra que me ha caído del cielo>>

—Cuando despiertes no recordarás nada – le murmuró al oído.
—No recordaré nada – respondió la mujer.
—Olvidarás todo lo que ocurra.
—Olvidaré todo lo que ocurra – repitió ella.
—Sólo recordarás lo que te ordene.
—Sólo recordaré lo que me ordene – replicó como un eco
—Saca la lengua y separa las piernas – le ordenó y ella hizo lo que le pedía.

El doctor le chupó la lengua suavemente durante un minuto. Si aguantaba el chupeteo sin morderlo, buena señal. La mujer aguantó. Faltaba la segunda comprobación. Le metió la mano bajo faldilla acariciándole el sexo, recorriéndolo y amasando su carnosidad por encima de las diminutas braguitas sin que la mujer hiciera movimiento alguno de protesta. Se mantuvo ella más inmóvil que la Estatua de la Libertad.
—Esto no lo recordarás.
—Esto no lo recordaré – volvió a repetir.

Recostándose en el sillón frente a la mujer le ordenó que se desnudara y ella, como un autómata y con los ojos cerrados, comenzó a desnudarse lentamente. Aquello le acabó de convencer que la mujer estaba completamente a su merced. Decidido a no perder tiempo en la curación del angustiado y aterciopelado monumento de carne, se puso de pie, se desprendió de la túnica que cayó a sus pies. No le quedaron encima más que los calcetines y los zapatos. Cuando ella acabó de desnudarse, la aguja del doctor marcaba las doce en punto amenazando con explosionar como una granada de mano y pensó, admirado de la belleza del desnudo cuerpo femenino: < ¡Joder! Aún está mucho mejor de lo que imaginaba>

Mientras le chupaba las espléndidas tetas y los enhiestos pezones fue introduciéndole, no sin trabajo, su descomunal miembro poco a poco. La mujer comenzó a zurear suavemente bajo el placer de la lenta penetración que dilataba su vulva como una granada demasiado madura.

Cuando la gruesa raíz del pene taponó herméticamente la entrada vaginal y la dilatada vulva dejó el clítoris al descubierto rozando la base del gigantesco falo, el placer de la dama era cada vez más intenso y la obligaba a adelantar las caderas buscando mayor contacto con el duro mástil, babeaba de gozo, gimiendo trémula bajo la caricia intensa del caballuno miembro masculino que la penetraba hasta la matriz.

Permanecía el hombre inmóvil, disfrutando de la cálida y húmeda herida femenina que le presionaba el miembro deliciosamente. Tuvo que controlarse para no explotar en una catarata de semen dentro del hermoso cuerpo que se estaba beneficiando. Deseaba disfrutar de la hermosa dama tanto tiempo como le fuera posible y estaba dispuesto a permanecer toda la tarde dentro de ella y así, le ordenó que le explicara cual era el problema de conciencia que la angustiaba y vino en conocimiento de lo que ya imaginaba.

La espléndida señora estaba enamorada de su yerno y él de ella. Había ocurrido sin que se lo propusieran; el amor floreció entre ellos con una intensidad mayor que la descarga de una silla eléctrica. Por lo menos ella brincaba como una yegua con tábanos bajo el rabo cada vez que la besaba en las mejillas al llegar o salir de casa. También comprendió, por las miradas a hurtadillas que le dirigía su yerno poco después de casado, que a él le ocurría lo mismo.
Era un suplicio insoportable que se repetía más que el de Tántalo. Tenerse tan cerca y no poder hacer nada para remediarlo era insoportable.

No le ocurría lo mismo al doctor. Estaba cerca y podía hacer de todo, máxime teniendo en cuenta que, a la señora, bajo las caricias que le prodigaba a su cuerpo desnudo, empezaba a hervirle la sangre como garbanzos en una olla.

Por lo que había observado en el recibidor y por la forma en que respondía su cuerpo, la mujer necesitaba varias dosis de inyectables. Estaba dispuesto a curarla del todo, no del enamoramiento, pero si de la necesidad fisiológica que lleva anexo tal sentimiento. En aquel momento el doctor necesitaba perentoriamente inyectarle varios millones de unidades coleantes.
Congestionado y a punto de reventar continuó escuchando el relato de la mujer.

Por lo visto, una noche en que su hija se encontraba de guardia en la clínica, oyó ruido en la cocina y se levantó poniéndose la bata de estar por casa, sin darse cuenta de que, por su costumbre de dormir desnuda, no llevaba nada debajo. Encontró a su yerno en la cocina sin más ropa que un diminuto slip. Estaba preparándose una infusión de manzanilla. Le dolía el estómago según le explicó y ella lo obligó a sentarse, le puso la mano en la frente para ver si tenía fiebre, dándose cuenta que las rodillas del hombre le oprimían uno de sus muslos.

Y, de pronto, él la abrazó por la cintura diciéndole que ya no podía soportarlo más, que la amaba desde hacía mucho tiempo y que le resultaba imposible tenerla tan cerca y no poder tocarla. Lo vio tan emocionado y también ella lo estaba tanto que lo besó apasionadamente mientras él le pasaba las manos bajo la bata para acariciarle el cuerpo desnudo de arriba abajo. Le dejó hacer porque no tenía fuerzas para luchar contra sus sentimientos.

El yerno, sin acordarse de tomar la manzanilla, la levantó en brazos y la llevo hasta su dormitorio depositándola en la cama después de quitarle la bata y besarla desde la frente al dedo gordo del pie, enfebrecido de amor. La mujer se detuvo, mordiéndose los labios y conteniendo la respiración.

—¿Y qué te hizo luego? – preguntó en aquel momento el doctor.
—Lo mismo que me estás haciendo ahora – respondió la mujer suspirando y tuteándolo por primera vez.

Durante cuatro o cinco minutos sólo se oyeron en el consultorio los gemidos in crescendo de la mujer y la agitada respiración masculina.

Cuando sus respiraciones se calmaron, el doctor consideró que la paciente estaba en camino de curación. Dispuesto a dejarla tan sana como una manzana con un par de inyecciones más, se dispuso a seguir escuchando el relato pero en una posición más cómoda para los dos. La dama se lo agradeció con un ¡Uf! muy en consonancia por el peso que le quitaban de encima. Procurando que la aguja no se saliera de la cánula, Don Servando preguntó al ponerla encima:

—¿Qué pasó luego?
—Pues aquella noche la pasamos entrando y saliendo del paraíso cada media hora. Nos sentíamos muy felices, tanto que por poco nos sorprende mi hija en la cama al regresar de su guardia. Afortunadamente, él había tomado la precaución de pasar la cadena de seguridad. Se puso la bata y salió disparado para su habitación. Yo abrí la puerta. Por suerte mi hija estaba muy cansada y aquella primera vez no se dio cuenta de que nunca pasábamos la cadena de seguridad cuando él estaba en casa, o, si se dio cuenta, no me dijo nada. Sin embargo, ahora creo que en el fondo de su cerebro debió quedar anotado el incidente. Ella tenía guardia nocturna una vez por semana y nosotros la aprovechábamos para amarnos durante toda la noche, pero aquello no era suficiente, necesitamos estar juntos todas las noches y amarnos con la desbocada pasión que nuestro amor nos provoca, pero no sabíamos como resolver el problema. A él se le ocurrió una solución, darle a Laura cuatro pastillas de Valium disueltas en el vaso de leche tibia que tomaba todas las noches antes de acostarse. La primera noche que tomó el medicamento nos paseamos por el piso, vestidos naturalmente, hicimos ruido en su habitación sin que se despertara ni diera muestras de oírlo. Dormía tan profundamente que no se enteraba de nada y nosotros aprovechamos para acostarnos y hacer el amor tres o cuatro veces. Él me ama y me desea tanto que nunca se encuentra satisfecho, y, cuando lo está, necesita dormirse abrazado a mí cuerpo y saber que yo estoy a su lado. Es un amor desenfrenado el que sentimos el uno por el otro. Yo lo necesito a él como el aire que respiro y él me necesita a mí de la misma forma. Laura está muy enamorada de su marido, lo sé, y él también la quiere mucho. Siendo como es un hombre muy apasionado y de una fortaleza sexual poco común...

A estas alturas el doctor Servando comenzó a mover la pelvis en vaivén, y ella se detuvo en su plática. De nuevo el consultorio quedo en silencio. El cabo de dos minutos comenzó a oírse chasquidos extraños, zureos de paloma, gemidos y respiraciones anhelantes. Esta vez aquellos sonidos se prolongaron casi el doble de tiempo que la vez anterior. La curación fue más lenta, pero, a tenor de los gemidos, los ayes, los chasquidos y los zureos, más intensa y profunda que la primera vez. Cuando reinó el silencio absoluto, el doctor indicó:

-- Quedamos en que él es de una fortaleza...
— ¡Ah, sí! – exclamó la hipnotizada – Lo es, ya lo creo. Hay noches en que me deja exhausta y él todavía quiere continuar. Tengo que detenerlo porque todo tiene un límite y no quiero que se muera de un infarto como mi marido, que en paz descanse, y eso que no era ni la cuarta parte de potente que mi adorado Pablo.

vic1822mx
13-03 2006, 12:41 PM
Bueno el relato pero me gusto mas para novela jaja