tecladoDesvelado
28-11 2005, 01:24 PM
Esto, como todos los demás relatos de este foro tiene mucha ficción y poca realidad. La diferencia es que aquí no hay nada que fingir: esto nunca pasó ni va a pasar (al menos no exactamente así).
Disfrútenlo. Sé que es un poco largo (para estándares de Internet, en realidad es ridículamente corto y directo), pero capaz que les gusta.
Chinga tu madre. Al que voy a chingar es a tu papá, ese sí está chido.
Y Eric le da un changazo en el hombro. Cabrón, no de niñita. De esos qué duelen de de veras, entre la clavícula y el húmero, de los que te ponen la cara de pendejo, con la boca abierta y la nariz fruncida. Pero al final se ríe. Se ríen los dos, y si le respondiera el golpe estaría bien. Se revolcarían un poco, le golpearía la espalda contra el piso. Toma güey, y luego quién sabe, todos despeinados, con la cara roja. Quién sabe, se la pueden pasar a gusto unos diez minutos, como niños ridículos, como primos, o más bien como hermanos.
Se caen bien y Luis sabe que así funcionan las cosas. Ojalá y no se estuviera chingando a su papá, porque de pronto se estaba riendo más de la cuenta y Eric se estaba sacando de onda. Ni le regresó el golpe, nomás se sobó el hombro. He he he he. Me chingo a tu papá. Y Eric también se ríe.
¿A quién le importan estas cosas?, a nadie. Bueno, a Eric seguro que le caería en los huevos. Pero en serio que estas cosas pasan, ¿no?, la verdad es que así nomás, coger rápido, sin pendejadas, sin decir nada. Está bien. Casi se podría decir que no pasa. Que es un momento u otro en la rutina, como una parada técnica. Que, por cierto, al señor
éste le dura toda la tarde, y buena parte de la noche.
No, no. Espérese, espérese. Y el papá de Eric se carcajea un poquito, Todavía me hablas de usted. He, he, sí, a veces se me sale. Y se la acomoda, ver si así se le queda adentro, aunque le esté doliendo. Que siempre le duele un poco, a pesar de las veces que lo han hecho. Luis piensa que la verdad que el señor sea vergudo es bien chido, bien por él, pero no manches, duele muchísimo. Mejor ponle un poquito más.
Y se la saca, hay que estirarse para agarrar la vaselina, pero no necesita levantarse de la cama, puede seguir así, con las piernas abiertas, con el señor éste en pelotas, con el asunto en veremos (22 centímetros de ya veremos, apuntando para arriba y un poquito a la izquierda, grueso y sin circuncidar). Alcanza el taburete del lado izquierdo de la cama, alcanza el frasco de vaselina. Aquí. Se la pasa y lo deja untársela, embarrársela con toda la mano, como puñeteándose (¿como?). A ver, déjame te pongo a ti. Y Luis vuelve a doblar las rodillas y levantar las piernas. Tiene el ano algo lastimado, de otras cogidas, de la escasez de vaselina y, mucho más significativo, de la escasez de tiempo. Eso es clave, para que esto salga bien: falta que pase mucho tiempo. Al menos un año para que Luis cumpla dieciséis, y les queda menos de una hora antes de que tengan que levantarse, vestirse e irse a sus casas. Hay que hacer las cuentas, esto es ilegal, y faltan muchas de estas sesiones para que deje de serlo.
Con dos dedos le masajea el perineo (eso que está entre el escroto y el ano y que, para los que no lo sepan, tiene nombre), poquito a poquito va haciéndose camino para meterse en Luis, un dedo y luego el otro, completos, llenos de vaselina, untándose en las paredes del recto, sobre todo ahí dónde se siente bien: como empujándole el pene desde dentro (o sea, masajeándole la próstata).
El señor lo piensa, y lo piensa claro, como si estuviera hablando en voz alta, Este es el mejor culo en el que he estado, Dios mío, no hay comparación con ninguna vagina, por más estrecha y perfecta, por más aromática y femenina… no se compara con esto. Con este niño que gime, con este niño que se retuerce y juega con su esfínter cuando estoy en él, que me lo pide, que llora y que le duele porque lo tiene estrechísimo; que es perfecto, que no tiene ni un pelo alrededor de su arito de músculo, que se viene cuando me vengo en él. Si algo hago bien en la vida, que sea esto, para que no se acabe, al menos no pronto. Y se siente cada vez más erecto, y eso que está lo más erecto que puede estar, la sensación que le viene de la boca del estómago y le llena los huevos viene en marejadas, como la primera vez que se la mamaron, como la primera vez que triunfó al masturbarse, como cuando tenía cuatro años y se le doblaban las rodillas si le tocaban el pito cuando lo bañaban. Ni se acordaba de eso, no hasta ahora, en uno de estos recuerdos esporádicos, bombeándole el culo a Luis con los dedos. Estos recuerditos que se le empezaron a venir desde que empezó a cogerse al amigo de su hijo, recuerditos de rodillas débiles, de vértigo y estómago revuelto. Desde que se empezó a coger a Luis se empezó a acordar que antes de cogerse a nadie él ya había pensado en coger. Con lo que sea, hace treinta años, con la almohada, con el osito de peluche, con él mismo (si le alcanzara el pito y se doblara para atrás). Que se vino a los diez y en quién pensaba era en su primo Jorge, el gordito que cuando tenía como ocho años le arrimó las
nalgas. Acostados en la misma cama una vez que estuvo de visita, el gordito se las puso ahí, ahí dónde se sentía bien, ahí encima del calzoncito blanco, ahí en la pirujita parada, diez centímetros (grande para su edad) de carnecita enrojecida, el frenillo tirante, el glande incómodamente doblado para abajo (la trusa apenas si lo aguantaba, lo apretaba y le rozaba un poquito), y que a su primo de ocho años se lo hubiera cogido si hubiera sabido como, pero nomás supo dejarlo arrimarse y arrimársele él, restregársele, respirarle en la nuca. Ni siquiera se la sacó del calzón, se lo cogió en seco, diríamos, con la ropa puesta (dry hump, que le dicen los gringos), que no se vino, pero que duró toda la noche yendo y viniendo de entre sueños, yendo y viniendo de un lado al otro se la cama para poder seguir poniéndole el pito entre las nalgas a Jorge el gordito. Se vino después, mucho después, acordándose de su primito, y salieron tres gotitas cristalinas
que no se parecían nada a lo que el creería que sería el semen, lechoso y abundante, como una especie de segunda orina, pero blanca y espesa.
Cogiéndose a este niño, a Luis, pensaba en cogérselo como se estuviera cogiendo a Jorge el gordito, pensaba en sentirse como entonces, como si fuera niño. Casi sentía ganas de llorar cuando se venía, con el corazón tratando de escapársele, subiéndole por el cuello.
Y ahora que Luis estaba listo, que había cerrado los ojos, le iba a mover algo, lo que tuviera que mover (para algo tenía un buen instrumento) y lo iba a hacer venirse desde dentro. Ándale flaquito, así lo quieres, ¿no? todo de un jalón. Recostándose sobre él, con su peso apoyado en sus propios brazos, con las pantorrillas de Luis en los hombros, entrando seguro, apenas con algo de resistencia, en el recto del flaquito.
Afuera un poco, y luego adentro. La verga de Luis respingaba con cada entrada, con cada movimiento repentino. Después de unas cuantas penetraciones así, arqueando la espalda, levantando toda la zona lumbar de la cama, Luis se sentía venir, y así parecía, empapada la verga de líquido preseminal; cuando chocaba con el bajo vientre del papá de su mejor amigo le dejaba un par de manchas húmedas y brillantes en los pelitos que unían su ombligo con su verga. Y esta era la mismísima verga que le calentaba las entrañas, que le hacía hervir los huevos y que le hacía fluir éste líquido suave desde la próstata. Caliente aquí, caliente allá, todo es líquido que se queda en la misma zona, entre el ombligo y las rodillas, se mueve un poco, pero helo ahí, chorreando y viajando, de un bajo vientre al otro.
El señor con las nalgas apretadas, concentradísimo: tiene que pegarle en dónde tiene que pegarle, tiene que hacerlo venirse antes de venirse él. Ni pone atención al espectáculo de gemidos y sudores que se desarrolla, literalmente, debajo de sus narices. El cuerpo delgado y atlético que se tensa, músculos jóvenes, delicados, que apenas empiezan a tomar su forma masculina definitiva; huesos y piel exquisitos, de formas suavísimas. Es, en efecto, perfecto. Ahí está lengua, mojando esos labios rojos, adolescentes, casi femeninos, esa expresión de placer y dolor, con los ojos cerrados. Y, sobre todo, esa garganta, Hmpf, aahhh, aaah. Desde algún lugar profundo de ese pecho salen gemiditos casi animales, sonidos que se atoran en la garganta y salen deformados, casi dulces, como lo que son y nada más: palabras de amor perfectas y precisas Así, así es como me gusta (aunque en realidad no conoce otro modo más que éste: el bueno).
Luis se va a venir, tiene los puños cerrados y se anima a abrazar al señor así, se va a venir y le va a acabar de llenar de semen el ombligo. Tal vez grite, y el papá de Eric, que ya no puede más, lo siente, lo siente justo, lo siente a punto de … y allá va, va hasta donde puede, va a abrazarlo para poder empujarse hasta adentro, todos los veintidós
centímetros, todo este monstruo que late y vive, todo ahí, lleno de vaselina, todo apretado, todo caliente.
Los huevos le duelen (no podría notarlo, no así: si le cortaran las piernas en este momento, igual se vendría), los huevos le duelen y el nacimiento de la verga se hincha como se tiene que hinchar para que salga todo, todo de un solo golpe cabroncísimo. Como pocos, como ninguno que ha tenido con ninguna vagina, con ningún otro ano, con
ningunas nalgas de primito gordito ni monito de peluche ni sábana ni almohada ni mano derecha. Ahora sí se viene, sintiéndolo a él venirse, sintiendo el ombligo lleno de líquido caliente que gotea hasta su pubis. Dispara y, como buen disparo, lo deja sordo unos segundos, ¿gritó?, ¿gritó él o gritó Luis? Ahora sí es como se lo imaginó una vez, blanco y espeso, lleno de espuma (de la que se hace a base de fluido preseminal tallado y revuelto), abundante y calientísimo, casi (casi, pero, por supuesto, no mucho) como una segunda orina, que sale a golpes, uno, dos tres, arqueando la espalda, conteniendo la respiración, apretándole los hombros al muchacho, apretando sus nalgas todo lo que puede, apretando su pubis contra el escroto y perineo de este muchacho que se sigue viniendo, que sigue chorreando, que se muerde el labio inferior.
Cinco, diez segundos. Se le fue la vista un momento y de haber seguido conteniendo la respiración capaz que no volvía. Exhala. Inhala. La boca abierta, cierra los ojos. Todavía estaban abrazados, todavía lo tenía debajo de él y él todavía lo tenía encima, jadeando,
latiendo, adentro. Y como siempre, se quedaron callados, nomás oyéndose respirar. Sí estuvo bien, aunque Luis ya empiece a sentir esa incomodidad en el recto y el señor ya empiece a sentir que se torció algo en la maniobra, que se acalambró los brazos por estar tanto tiempo sostenido en ellos. Se van a sentir de la fregada en un par de minutos. Sobre todo Luis. Pero no les va a durar mucho, tan es así que si hubiera tiempo, lo volverían a hacer esa misma tarde.
El tiempo es así. Dos o tres horas y van a estar cenando, cada quién con sus respectivas familias ¿Cómo te fue hoy? Bien, bien, nada nuevo. Dos o tres días y van a estar otra vez sudando, moviéndose, metiéndose, chupándose, viniéndose…
Nadie sabe que va a pasar de dos a tres años, y a nadie le importa. Lo cabrón es estar cogiendo ahorita y ya.
¿Lo leyeron completo?, ¿les gustó? Agradezco cualquier comentario y espero recibir algunos, si no para qué subo estas cochinadas.
Disfrútenlo. Sé que es un poco largo (para estándares de Internet, en realidad es ridículamente corto y directo), pero capaz que les gusta.
Chinga tu madre. Al que voy a chingar es a tu papá, ese sí está chido.
Y Eric le da un changazo en el hombro. Cabrón, no de niñita. De esos qué duelen de de veras, entre la clavícula y el húmero, de los que te ponen la cara de pendejo, con la boca abierta y la nariz fruncida. Pero al final se ríe. Se ríen los dos, y si le respondiera el golpe estaría bien. Se revolcarían un poco, le golpearía la espalda contra el piso. Toma güey, y luego quién sabe, todos despeinados, con la cara roja. Quién sabe, se la pueden pasar a gusto unos diez minutos, como niños ridículos, como primos, o más bien como hermanos.
Se caen bien y Luis sabe que así funcionan las cosas. Ojalá y no se estuviera chingando a su papá, porque de pronto se estaba riendo más de la cuenta y Eric se estaba sacando de onda. Ni le regresó el golpe, nomás se sobó el hombro. He he he he. Me chingo a tu papá. Y Eric también se ríe.
¿A quién le importan estas cosas?, a nadie. Bueno, a Eric seguro que le caería en los huevos. Pero en serio que estas cosas pasan, ¿no?, la verdad es que así nomás, coger rápido, sin pendejadas, sin decir nada. Está bien. Casi se podría decir que no pasa. Que es un momento u otro en la rutina, como una parada técnica. Que, por cierto, al señor
éste le dura toda la tarde, y buena parte de la noche.
No, no. Espérese, espérese. Y el papá de Eric se carcajea un poquito, Todavía me hablas de usted. He, he, sí, a veces se me sale. Y se la acomoda, ver si así se le queda adentro, aunque le esté doliendo. Que siempre le duele un poco, a pesar de las veces que lo han hecho. Luis piensa que la verdad que el señor sea vergudo es bien chido, bien por él, pero no manches, duele muchísimo. Mejor ponle un poquito más.
Y se la saca, hay que estirarse para agarrar la vaselina, pero no necesita levantarse de la cama, puede seguir así, con las piernas abiertas, con el señor éste en pelotas, con el asunto en veremos (22 centímetros de ya veremos, apuntando para arriba y un poquito a la izquierda, grueso y sin circuncidar). Alcanza el taburete del lado izquierdo de la cama, alcanza el frasco de vaselina. Aquí. Se la pasa y lo deja untársela, embarrársela con toda la mano, como puñeteándose (¿como?). A ver, déjame te pongo a ti. Y Luis vuelve a doblar las rodillas y levantar las piernas. Tiene el ano algo lastimado, de otras cogidas, de la escasez de vaselina y, mucho más significativo, de la escasez de tiempo. Eso es clave, para que esto salga bien: falta que pase mucho tiempo. Al menos un año para que Luis cumpla dieciséis, y les queda menos de una hora antes de que tengan que levantarse, vestirse e irse a sus casas. Hay que hacer las cuentas, esto es ilegal, y faltan muchas de estas sesiones para que deje de serlo.
Con dos dedos le masajea el perineo (eso que está entre el escroto y el ano y que, para los que no lo sepan, tiene nombre), poquito a poquito va haciéndose camino para meterse en Luis, un dedo y luego el otro, completos, llenos de vaselina, untándose en las paredes del recto, sobre todo ahí dónde se siente bien: como empujándole el pene desde dentro (o sea, masajeándole la próstata).
El señor lo piensa, y lo piensa claro, como si estuviera hablando en voz alta, Este es el mejor culo en el que he estado, Dios mío, no hay comparación con ninguna vagina, por más estrecha y perfecta, por más aromática y femenina… no se compara con esto. Con este niño que gime, con este niño que se retuerce y juega con su esfínter cuando estoy en él, que me lo pide, que llora y que le duele porque lo tiene estrechísimo; que es perfecto, que no tiene ni un pelo alrededor de su arito de músculo, que se viene cuando me vengo en él. Si algo hago bien en la vida, que sea esto, para que no se acabe, al menos no pronto. Y se siente cada vez más erecto, y eso que está lo más erecto que puede estar, la sensación que le viene de la boca del estómago y le llena los huevos viene en marejadas, como la primera vez que se la mamaron, como la primera vez que triunfó al masturbarse, como cuando tenía cuatro años y se le doblaban las rodillas si le tocaban el pito cuando lo bañaban. Ni se acordaba de eso, no hasta ahora, en uno de estos recuerdos esporádicos, bombeándole el culo a Luis con los dedos. Estos recuerditos que se le empezaron a venir desde que empezó a cogerse al amigo de su hijo, recuerditos de rodillas débiles, de vértigo y estómago revuelto. Desde que se empezó a coger a Luis se empezó a acordar que antes de cogerse a nadie él ya había pensado en coger. Con lo que sea, hace treinta años, con la almohada, con el osito de peluche, con él mismo (si le alcanzara el pito y se doblara para atrás). Que se vino a los diez y en quién pensaba era en su primo Jorge, el gordito que cuando tenía como ocho años le arrimó las
nalgas. Acostados en la misma cama una vez que estuvo de visita, el gordito se las puso ahí, ahí dónde se sentía bien, ahí encima del calzoncito blanco, ahí en la pirujita parada, diez centímetros (grande para su edad) de carnecita enrojecida, el frenillo tirante, el glande incómodamente doblado para abajo (la trusa apenas si lo aguantaba, lo apretaba y le rozaba un poquito), y que a su primo de ocho años se lo hubiera cogido si hubiera sabido como, pero nomás supo dejarlo arrimarse y arrimársele él, restregársele, respirarle en la nuca. Ni siquiera se la sacó del calzón, se lo cogió en seco, diríamos, con la ropa puesta (dry hump, que le dicen los gringos), que no se vino, pero que duró toda la noche yendo y viniendo de entre sueños, yendo y viniendo de un lado al otro se la cama para poder seguir poniéndole el pito entre las nalgas a Jorge el gordito. Se vino después, mucho después, acordándose de su primito, y salieron tres gotitas cristalinas
que no se parecían nada a lo que el creería que sería el semen, lechoso y abundante, como una especie de segunda orina, pero blanca y espesa.
Cogiéndose a este niño, a Luis, pensaba en cogérselo como se estuviera cogiendo a Jorge el gordito, pensaba en sentirse como entonces, como si fuera niño. Casi sentía ganas de llorar cuando se venía, con el corazón tratando de escapársele, subiéndole por el cuello.
Y ahora que Luis estaba listo, que había cerrado los ojos, le iba a mover algo, lo que tuviera que mover (para algo tenía un buen instrumento) y lo iba a hacer venirse desde dentro. Ándale flaquito, así lo quieres, ¿no? todo de un jalón. Recostándose sobre él, con su peso apoyado en sus propios brazos, con las pantorrillas de Luis en los hombros, entrando seguro, apenas con algo de resistencia, en el recto del flaquito.
Afuera un poco, y luego adentro. La verga de Luis respingaba con cada entrada, con cada movimiento repentino. Después de unas cuantas penetraciones así, arqueando la espalda, levantando toda la zona lumbar de la cama, Luis se sentía venir, y así parecía, empapada la verga de líquido preseminal; cuando chocaba con el bajo vientre del papá de su mejor amigo le dejaba un par de manchas húmedas y brillantes en los pelitos que unían su ombligo con su verga. Y esta era la mismísima verga que le calentaba las entrañas, que le hacía hervir los huevos y que le hacía fluir éste líquido suave desde la próstata. Caliente aquí, caliente allá, todo es líquido que se queda en la misma zona, entre el ombligo y las rodillas, se mueve un poco, pero helo ahí, chorreando y viajando, de un bajo vientre al otro.
El señor con las nalgas apretadas, concentradísimo: tiene que pegarle en dónde tiene que pegarle, tiene que hacerlo venirse antes de venirse él. Ni pone atención al espectáculo de gemidos y sudores que se desarrolla, literalmente, debajo de sus narices. El cuerpo delgado y atlético que se tensa, músculos jóvenes, delicados, que apenas empiezan a tomar su forma masculina definitiva; huesos y piel exquisitos, de formas suavísimas. Es, en efecto, perfecto. Ahí está lengua, mojando esos labios rojos, adolescentes, casi femeninos, esa expresión de placer y dolor, con los ojos cerrados. Y, sobre todo, esa garganta, Hmpf, aahhh, aaah. Desde algún lugar profundo de ese pecho salen gemiditos casi animales, sonidos que se atoran en la garganta y salen deformados, casi dulces, como lo que son y nada más: palabras de amor perfectas y precisas Así, así es como me gusta (aunque en realidad no conoce otro modo más que éste: el bueno).
Luis se va a venir, tiene los puños cerrados y se anima a abrazar al señor así, se va a venir y le va a acabar de llenar de semen el ombligo. Tal vez grite, y el papá de Eric, que ya no puede más, lo siente, lo siente justo, lo siente a punto de … y allá va, va hasta donde puede, va a abrazarlo para poder empujarse hasta adentro, todos los veintidós
centímetros, todo este monstruo que late y vive, todo ahí, lleno de vaselina, todo apretado, todo caliente.
Los huevos le duelen (no podría notarlo, no así: si le cortaran las piernas en este momento, igual se vendría), los huevos le duelen y el nacimiento de la verga se hincha como se tiene que hinchar para que salga todo, todo de un solo golpe cabroncísimo. Como pocos, como ninguno que ha tenido con ninguna vagina, con ningún otro ano, con
ningunas nalgas de primito gordito ni monito de peluche ni sábana ni almohada ni mano derecha. Ahora sí se viene, sintiéndolo a él venirse, sintiendo el ombligo lleno de líquido caliente que gotea hasta su pubis. Dispara y, como buen disparo, lo deja sordo unos segundos, ¿gritó?, ¿gritó él o gritó Luis? Ahora sí es como se lo imaginó una vez, blanco y espeso, lleno de espuma (de la que se hace a base de fluido preseminal tallado y revuelto), abundante y calientísimo, casi (casi, pero, por supuesto, no mucho) como una segunda orina, que sale a golpes, uno, dos tres, arqueando la espalda, conteniendo la respiración, apretándole los hombros al muchacho, apretando sus nalgas todo lo que puede, apretando su pubis contra el escroto y perineo de este muchacho que se sigue viniendo, que sigue chorreando, que se muerde el labio inferior.
Cinco, diez segundos. Se le fue la vista un momento y de haber seguido conteniendo la respiración capaz que no volvía. Exhala. Inhala. La boca abierta, cierra los ojos. Todavía estaban abrazados, todavía lo tenía debajo de él y él todavía lo tenía encima, jadeando,
latiendo, adentro. Y como siempre, se quedaron callados, nomás oyéndose respirar. Sí estuvo bien, aunque Luis ya empiece a sentir esa incomodidad en el recto y el señor ya empiece a sentir que se torció algo en la maniobra, que se acalambró los brazos por estar tanto tiempo sostenido en ellos. Se van a sentir de la fregada en un par de minutos. Sobre todo Luis. Pero no les va a durar mucho, tan es así que si hubiera tiempo, lo volverían a hacer esa misma tarde.
El tiempo es así. Dos o tres horas y van a estar cenando, cada quién con sus respectivas familias ¿Cómo te fue hoy? Bien, bien, nada nuevo. Dos o tres días y van a estar otra vez sudando, moviéndose, metiéndose, chupándose, viniéndose…
Nadie sabe que va a pasar de dos a tres años, y a nadie le importa. Lo cabrón es estar cogiendo ahorita y ya.
¿Lo leyeron completo?, ¿les gustó? Agradezco cualquier comentario y espero recibir algunos, si no para qué subo estas cochinadas.