fermir25
02-08 2005, 10:59 AM
Hola, esta historia que les voy a contar no es realmente mía, al menos no la experiencia, le sucedió a una amiga, mi mejor amiga, pero ella no es muy buena contando historias eróticas por lo que yo me encargaré de esa parte, ojalá y les guste.
Tengo 15 años pero esto ocurrió cuando tenía 13, y sigue ocurriendo. Déjenme decirles como soy... soy una muchachita morena, gordita, de un culito redondito y grande y con unos senos que creo que son muy pequeños para mi cuerpo pero siempre estan paraditos y duritos con unos pezones negros que se ponen duros casi por cualquier cosa.
Yo asistía a la escuela en una secundaria, y yo siempre he creído que es en los colegios donde hay menos valores, peor que en las escuelas públicas, pero eso no importa. El caso es que en mi colegio todos los martes y viernes se dan clases de Deportes, o Educación Física, no se como la conozcan ustedes, y esta materia era impartida por el profesor Enrique. Este maestro no era lo que se podría decir atractivo, era un hombre de mediana edad, un tanto gordo y algo calvo, tal vez su único rasgo bueno era su capacidad de hacer reír, tal vez por eso me gustaba pasar el tiempo con él en la escuela, nos llevábamos muy bien en una relación maestro-alumno.
Bueno, este maestro, a pesar de ser tan poco atractivo, era el objeto de mis desvelos, todas las noches y días me la pasaba pensando en él, como mi amor platónico, estaba enamorada de él, y ya se lo había contado a mi mejor amiga pero ella me decía que lo olvidara, que era un hombre feo y grande y que eso que yo sentía por él estaba mal y que no debía decírselo porque luego provocaría situaciones incómodas y demás.
A pesar de la advertencia de mi amiga, un viernes, al finalizar las clases, yo me acerqué al profesor cuando todos se habían ido y sin rodeos ni nada se lo dije, le dije que lo amaba y que estaba super enamorada y que quería todo con él. El simplemente evadió el tema y trató de darme una explicación sobre lo que estaba pensando y que estaba confundida, que realmente no sentía eso.
Durante las siguientes semanas no me habló ni me dijo nada, debido a lo sucedido. Esta situación no me gustaba nada y otra vez, al finalizar las clases y quedarme sola fui con él a decirle que lo sentía, que de verdad lo amaba pero no quería que dejara de tratarme como antes, que lo que yo sentía por él no tenía porque cambiar nuestra relación, lloré y supliqué hasta que se tuvo que ir.
La situación siguió igual, no me hablaba, hasta que un día, en la tarde, al salir yo de uno de mis entrenamientos de volley ball iba yo caminando fuera del colegio cuando se me acercó mi maestro en su carro y abrió la puerta, sin decir nadie nada me metí en el auto y empezó a manejar hacia las afueras de la ciudad. Recuerdo que iba vestida con una short azul pequeñito y con una blusa sin mangas blanca, que se transparentaba por el sudor del entrenamiento.
Una vez que estuvimos lejos de cualquier rastro de civilización se estacionó a un lado de la carretera y me miró a los ojos. – Estás segura de que quieres hacer esto ?- me dijo- ¿Hacer qué ?- pregunté con un tono que denotaba algo de inseguridad.- ¿De ser mi amante?
Mil cosas pasaron por mi cabeza, pero por fin estaba ahí lo que esperaba, pero empezé a pensar que mi amiga tenía razón y que era un error. Primero dije que no, pero lo pensé, ya estamos aquí, vine con él hasta la mitad de la nada, que puedo perder, y con un poco de miedo accedí, el sólo sonrío, me besó en los labios, cosa que yo nunca había hecho; puso una mano en mi pierna y arrancó de nuevo.
Llegamos a un hotel de paso, mejor dicho a un motel, pagamos el precio de una noche y entramos, una vez ahí me acosté en la cama. El se sentó junto a mi, sin decir nada, y me preguntó: -¿Eres virgen? Yo le dije que sí, que ni siquiera había besado a nadie. Entonces empezó poco a poco. Puso de nuevo su mano en mi pierna, sentí un estremecimiento desconocido pero placentero mientras subía su mano poco a poco acercándose a mi panochita.
Nos recostamos y empezó a besarme mientras con su otra mano me levantaba la blusa, y me desabrochaba el brassier, dejando mis tetas al descubierto. Empezó a agarrarlas y a tocarme de una manera que yo sólo había visto en películas, no lo podía creer, esto era mucho más de lo que había imaginado, él tocándome y yo sin hacer nada más que besarlo como la inexperta que era.
Me quitó la blusa y desabrochó mi short, yo estaba ahí, semidesnuda, en un estado de estupefacción y placer que nunca creí posible.
Me quitó la tanga que llevaba puesta lentamente, mientras con su otra mano y con su boca tocaba mis senos, cuyos pezones estaban duros como rocas. Hizo a un lado el brassiere que ya me había desabrochado y siguió en mi preludio amoroso, tocándome, besándome, susurrándome cosas atrevidas y tiernas al oído mientras que me besaba, me quitaba el aliento y me hacía soñar despierta.
Poco a poco se acercó más el momento al que yo le tenía tanta expectación y miedo, algo que siempre había querido pero que no salía de mis sueños, con una tierna y pícara mirada en sus ojos me dijo –¿Estás lista?- a lo que yo no pude contestar con palabras, sino con un pequeño gemido y asintiendo con la cabeza, cuando el comenzó a posicionar su pene delante de mi vagina, instintivamente me hice a un lado. Claro que no estaba lista, mentalmente ya lo había repasado y sabía que esto era lo que realmente quería pero una parte de mí, esa voz que tenemos algunos dentro de nuestra cabeza me decía que esto estaba mal, que me dolería y que no lo podría gozar.
-¿No quieres?- preguntó él...
- No es que no quiera, pero me da miedo- le dije.
El simplemente me abrazó y siguió besándome y acariciándome como lo estaba haciendo hace rato, con la finalidad de que yo me relajara, supuse, pero mientras yo estaba ahí besándolo y tocándo cuanto pudiera de su cuerpo de adulto, sin previo aviso, y de un solo golpe me la ensartó toda. No pude evitar gritar del dolor, pero el rápidamente tapó mi boca con sus fuertes manos y poco a poco comenzó a sacarla y meterla muy lentamente.
Una vez que se dio cuenta de que yo ya estaba adaptádome a este nuevo inquilino en mi panochita comenzó a darle más fuerte y rápido.
Todos esos miedos que hubiese tenido en minutos pasados desaparecieron tan rápido como llegaron, yo estaba ahí, disfrutando de mi cuerpo y de su cuerpo, tal y como lo había soñado varias veces en mi cuarto en mis noches de desvelo. Me sentía como la mujer más feliz de todo el mundo, estaba haciendo el amor con la persona a quien amaba.
Entre tanto placer que parecía desbordarse comenzé a sentir la cercanía de algo parecido a un escalofrío, sabía que sería mi primer orgasmo, y lo sentía venir cada vez más cerca, más cerca, más, más hasta que..
-Ahhhhhhh- gritamos de placer al unísono.
Después del orgasmo simultáneo que tuvimos, el simplemente se hizo a un lado y siguió besándome lentamente, mientras yo me relajaba, tocando mis senos y mi panochita, había sido todo perfecto, y sabía que también lo había sido para él.
Pasó el rato y se hacía tarde, así que me dijo que me vistiera, y así lo hice, me pidió que me dirigiera al carro y así lo hice, obedeciendo a todo lo que me decía sin preguntar siquiera, porque el era mi dueño desde ese momento. Nos subimos al carro y me llevó de regreso al colegio, eso si, en el camino, me venía diciendo que desde ese momento tendría que guardar el secreto de lo que habíamos hecho, pero sabiendo que lo volveríamos a hacer.
Tengo 15 años pero esto ocurrió cuando tenía 13, y sigue ocurriendo. Déjenme decirles como soy... soy una muchachita morena, gordita, de un culito redondito y grande y con unos senos que creo que son muy pequeños para mi cuerpo pero siempre estan paraditos y duritos con unos pezones negros que se ponen duros casi por cualquier cosa.
Yo asistía a la escuela en una secundaria, y yo siempre he creído que es en los colegios donde hay menos valores, peor que en las escuelas públicas, pero eso no importa. El caso es que en mi colegio todos los martes y viernes se dan clases de Deportes, o Educación Física, no se como la conozcan ustedes, y esta materia era impartida por el profesor Enrique. Este maestro no era lo que se podría decir atractivo, era un hombre de mediana edad, un tanto gordo y algo calvo, tal vez su único rasgo bueno era su capacidad de hacer reír, tal vez por eso me gustaba pasar el tiempo con él en la escuela, nos llevábamos muy bien en una relación maestro-alumno.
Bueno, este maestro, a pesar de ser tan poco atractivo, era el objeto de mis desvelos, todas las noches y días me la pasaba pensando en él, como mi amor platónico, estaba enamorada de él, y ya se lo había contado a mi mejor amiga pero ella me decía que lo olvidara, que era un hombre feo y grande y que eso que yo sentía por él estaba mal y que no debía decírselo porque luego provocaría situaciones incómodas y demás.
A pesar de la advertencia de mi amiga, un viernes, al finalizar las clases, yo me acerqué al profesor cuando todos se habían ido y sin rodeos ni nada se lo dije, le dije que lo amaba y que estaba super enamorada y que quería todo con él. El simplemente evadió el tema y trató de darme una explicación sobre lo que estaba pensando y que estaba confundida, que realmente no sentía eso.
Durante las siguientes semanas no me habló ni me dijo nada, debido a lo sucedido. Esta situación no me gustaba nada y otra vez, al finalizar las clases y quedarme sola fui con él a decirle que lo sentía, que de verdad lo amaba pero no quería que dejara de tratarme como antes, que lo que yo sentía por él no tenía porque cambiar nuestra relación, lloré y supliqué hasta que se tuvo que ir.
La situación siguió igual, no me hablaba, hasta que un día, en la tarde, al salir yo de uno de mis entrenamientos de volley ball iba yo caminando fuera del colegio cuando se me acercó mi maestro en su carro y abrió la puerta, sin decir nadie nada me metí en el auto y empezó a manejar hacia las afueras de la ciudad. Recuerdo que iba vestida con una short azul pequeñito y con una blusa sin mangas blanca, que se transparentaba por el sudor del entrenamiento.
Una vez que estuvimos lejos de cualquier rastro de civilización se estacionó a un lado de la carretera y me miró a los ojos. – Estás segura de que quieres hacer esto ?- me dijo- ¿Hacer qué ?- pregunté con un tono que denotaba algo de inseguridad.- ¿De ser mi amante?
Mil cosas pasaron por mi cabeza, pero por fin estaba ahí lo que esperaba, pero empezé a pensar que mi amiga tenía razón y que era un error. Primero dije que no, pero lo pensé, ya estamos aquí, vine con él hasta la mitad de la nada, que puedo perder, y con un poco de miedo accedí, el sólo sonrío, me besó en los labios, cosa que yo nunca había hecho; puso una mano en mi pierna y arrancó de nuevo.
Llegamos a un hotel de paso, mejor dicho a un motel, pagamos el precio de una noche y entramos, una vez ahí me acosté en la cama. El se sentó junto a mi, sin decir nada, y me preguntó: -¿Eres virgen? Yo le dije que sí, que ni siquiera había besado a nadie. Entonces empezó poco a poco. Puso de nuevo su mano en mi pierna, sentí un estremecimiento desconocido pero placentero mientras subía su mano poco a poco acercándose a mi panochita.
Nos recostamos y empezó a besarme mientras con su otra mano me levantaba la blusa, y me desabrochaba el brassier, dejando mis tetas al descubierto. Empezó a agarrarlas y a tocarme de una manera que yo sólo había visto en películas, no lo podía creer, esto era mucho más de lo que había imaginado, él tocándome y yo sin hacer nada más que besarlo como la inexperta que era.
Me quitó la blusa y desabrochó mi short, yo estaba ahí, semidesnuda, en un estado de estupefacción y placer que nunca creí posible.
Me quitó la tanga que llevaba puesta lentamente, mientras con su otra mano y con su boca tocaba mis senos, cuyos pezones estaban duros como rocas. Hizo a un lado el brassiere que ya me había desabrochado y siguió en mi preludio amoroso, tocándome, besándome, susurrándome cosas atrevidas y tiernas al oído mientras que me besaba, me quitaba el aliento y me hacía soñar despierta.
Poco a poco se acercó más el momento al que yo le tenía tanta expectación y miedo, algo que siempre había querido pero que no salía de mis sueños, con una tierna y pícara mirada en sus ojos me dijo –¿Estás lista?- a lo que yo no pude contestar con palabras, sino con un pequeño gemido y asintiendo con la cabeza, cuando el comenzó a posicionar su pene delante de mi vagina, instintivamente me hice a un lado. Claro que no estaba lista, mentalmente ya lo había repasado y sabía que esto era lo que realmente quería pero una parte de mí, esa voz que tenemos algunos dentro de nuestra cabeza me decía que esto estaba mal, que me dolería y que no lo podría gozar.
-¿No quieres?- preguntó él...
- No es que no quiera, pero me da miedo- le dije.
El simplemente me abrazó y siguió besándome y acariciándome como lo estaba haciendo hace rato, con la finalidad de que yo me relajara, supuse, pero mientras yo estaba ahí besándolo y tocándo cuanto pudiera de su cuerpo de adulto, sin previo aviso, y de un solo golpe me la ensartó toda. No pude evitar gritar del dolor, pero el rápidamente tapó mi boca con sus fuertes manos y poco a poco comenzó a sacarla y meterla muy lentamente.
Una vez que se dio cuenta de que yo ya estaba adaptádome a este nuevo inquilino en mi panochita comenzó a darle más fuerte y rápido.
Todos esos miedos que hubiese tenido en minutos pasados desaparecieron tan rápido como llegaron, yo estaba ahí, disfrutando de mi cuerpo y de su cuerpo, tal y como lo había soñado varias veces en mi cuarto en mis noches de desvelo. Me sentía como la mujer más feliz de todo el mundo, estaba haciendo el amor con la persona a quien amaba.
Entre tanto placer que parecía desbordarse comenzé a sentir la cercanía de algo parecido a un escalofrío, sabía que sería mi primer orgasmo, y lo sentía venir cada vez más cerca, más cerca, más, más hasta que..
-Ahhhhhhh- gritamos de placer al unísono.
Después del orgasmo simultáneo que tuvimos, el simplemente se hizo a un lado y siguió besándome lentamente, mientras yo me relajaba, tocando mis senos y mi panochita, había sido todo perfecto, y sabía que también lo había sido para él.
Pasó el rato y se hacía tarde, así que me dijo que me vistiera, y así lo hice, me pidió que me dirigiera al carro y así lo hice, obedeciendo a todo lo que me decía sin preguntar siquiera, porque el era mi dueño desde ese momento. Nos subimos al carro y me llevó de regreso al colegio, eso si, en el camino, me venía diciendo que desde ese momento tendría que guardar el secreto de lo que habíamos hecho, pero sabiendo que lo volveríamos a hacer.