huerfanadeltelegrama
23-04 2005, 06:38 AM
Llevo casada dos años, tengo un hijo que todavía no ha llegado al año. Mi marido y yo hemos atravesado por una crisis desde hace un mes y la cosa se esta medio arreglando, a trompicones, pero se va arreglando. El motivo es por causas que no merecen la pena contar en este relato, simplemente contar mi estado civil y mi situación actual. Narraré que uno de los motivos fue mi infidelidad, le fui infiel una vez, y esa infidelidad me ha marcado tanto que a podido ser una de las causas del fin de nuestro matrimonio. Todo surgió a raíz de mi trabajo, soy camarera en un hotel de cuatro estrellas y suelo tener bastante trato con mis compañeros de un sexo o de otro, pero cabe destacar que tenía cierta amistad con Francisco. Yo tengo coche y el hotel en donde trabajamos se encuentra bastante lejos del circulo urbano, así que siempre le doy la cola para el centro, solíamos hablar de cualquier cosa, de todo, e incluso de nuestros problemas sexuales. Tengo cierto problema que mi marido no entiende, a él le encanta llegar en mi boca, pero yo aborrezco esa experiencia. Así que, en más de una ocasión se lo comentaba, él es un trotamundo de mujeres, lleva divorciado cinco años y ha estado a raíz de entonces con cinco mujeres, vamos, un experto derrochador de semen de primera. Me aconsejaba pero sus consejos no iban a ningún lado.
Una noche, de esas en la que salíamos del hotel más temprano de lo habitual, nos metimos en el coche, atravesamos la explanada, el cruce y a medio camino, me sugirió que fuéramos a tomar algo. Yo no estaba por la labor, mi marido me estaría esperando en casa quizás despierto ya que le gusta navegar en Internet y mi hijo estaría dormido en la cuna. “¡Pero si son dos ratos!, En diez minutos nos lo tomamos y apareces en tu casa”. Al principio me negaba pero al final accedí. Tengo que decir que Francisco es el tipo de hombre que me atrae, un cuarentón bien vestido cuando se quita el pantalón negro y la camisa blanca de trabajar, de ojos grandes y de cabello moreno, con ciertas pequeñas arrugas, tímidas ante cualquier ojo inexperto. Aparcamos el coche y nos acercamos al bar más próximo, pedimos algo de tomar y empezamos a charlar, como de costumbre. En la conversación salió el tema sexual, él me contaba que no era por presumir pero que su aparato sexual media unos dieciocho centímetros. “Menos lobos caperucita”.
“Es cierto, mide dieciocho centímetros, y cuando quieras te lo demuestro”. Aquel comentario me dobló, sentí un calor en mi cuerpo, aquella proposición me había levantado la líbido. “¿Qué?, ¿Te animas?”. Lo decía en broma, pero algo de mí me decía que no lo estaba diciendo de forma burlona. “Vamonos. Nos tomamos la copa rápidamente y salimos del bar disparados. Mientras caminábamos sentí una mano en mi trasero, mire y Francisco me estaba regalando su tacto. “¿Qué haces?”. Y me respondió con una sonrisa. Nos metimos en el coche y cuando puse la marcha sentí su mano derecha y posó su mano izquierda en mi rostro y me besó. Sus labios me encandilaban, besaba de una forma diferente que mi marido, con cierta suavidad, con timidez. Esos besos me provocaron una excitación enorme. “Vente a mi casa”. Titubeé un rato, demasiado diría, algo de mí me decía que lo que estaba pasando no estaba bien.
“Francisco.....”. Después de pronunciar su nombre y ver su rostro fijamente volví a acceder.
Cogí el volante y nos dirigimos a su casa. Entramos al portal, dentro esperamos al ascensor mientras él me agarraba con suavidad la cintura. Dentro del ascensor me volvió a besar, debo comentar que mi estímulo principal son las caricias, sin ellas no respondo por mucha excitación que haya. El ya sabía demasiado por nuestras charlas y me acariciaba delicadamente el cuello mientras me besaba, me estaba derritiendo gota a gota. Salimos del ascensor, al abrir la puerta de su casa sin perder mucho tiempo nos fuimos desnudando por el pasillo. Aparecimos desnudos en su cuarto, nos tiramos en la cama mientras nos besábamos como posesos, como si nunca hubiéramos besado otros labios. Estábamos tirados en su cama de 1,35, desnudos y enloquecidos por besarnos, por tocarnos y también por follarnos. En ese momento se me olvidó que tenía marido, que tenía un hijo, se me olvidaba incluso que tenía un trabajo, una casa, una vida, se me olvidó todo, lo único que quería es que él estuviera dentro de mí.
Cansado de besarme me manoseaba las tetas sin ningún cuidado, me las estrujaba, me las apretaba, se hacían suyas, a su antojo, hacía lo que quería con ellas, me besaba los pezones, me los mordía, y yo no quería que parara. Después se deslizó besando mi piel hasta llegar a mi sexo, me lo besaba, me lo acariciaba y yo lo único que hacía era abrir más mis piernas, se lo entregaba, me dejaba hacer, mi coño ya era suyo. Lamió mis labios en busca de mi clítoris, eso me excitaba, su búsqueda. Cuando lo encontró, gemí como loca, su lengua me estaba dando placer, me lamía, me chupaba, mis piernas temblaban, nunca había sentido tanto en una lamida. En menos de dos minutos me corrí en su boca. Cuando bajé del cielo pensé que había tenido un enorme orgasmo con alguien que no era mi marido. Quería continuar, quería seguir disfrutando, disfrutaba como una enana chica con una muñeca nueva, estaba encantada de jugar con aquel muñeco, estaba siendo en esos momentos alguien de mi exclusividad, estaba siendo mío.
Ahora le tocaba a él disfrutar de mí, me puse de rodillas y contemplé con detenimiento aquella polla enorme, no se la medí ni mucho menos pero debía tener los dieciocho centímetros que él presumía decir. Así que, ni corta ni perezosa, me lo metí en la boca, era enorme, grande y gorda, no me la podía meter entera y eso me desilusionaba, la polla de mi marido se metía en mi boca con facilidad y jugaba con ella a mi antojo, pero aquella polla se me estaba resistiendo. Aun así mamaba como podía, debía de gustarle porque solo sabía decirme que siguiera chupando, que lo estaba haciendo fenomenal. No me gusta hablar ni que me hablen cuando follo, es una manía, pero en esos momentos no me molestaba, quería saber si él estaba disfrutando de mi boca. “Ven aquí, cabrona”. Deje su polla apalancada y me acerqué a él. “Ahora vas a saber que son dieciocho centímetros”. Me senté encima y me la introdujo. “¡Joder!”, exclamé, era lo único que podía decir.
Tenía un trozo de carne de dieciocho centímetros metido en mi coño, bueno, la mitad. Daba gracias a Dios de que todavía no estaba introducida del todo, pero yo la quería sentir entera, quería sentirla hasta la base, hasta que sus huevos chocaran con mi culo, lo quería, y estaba dispuesta a hacerlo. Poco a poco, con cierto cuidado, me la metí entera, hice que mi coño se fuera acostumbrando a esa enorme verga estando parada. Cuando vi que parecía que mi vagina se había acostumbrado empecé a moverme, me la metía y me la sacaba al compás de sus movimientos. Estaba disfrutando, estaba enloquecida, me estaba corriendo y todo a la vez. Decidimos cambiar de postura. “¿Cuál quieres ahora?”. Ni corta ni perezosa elegí. “La de cuatro patas”. Y en un santiamén me encontraba en cuatro patas y el con su pistolón dándome por el coño. Gritaba, gemía, e incluso hablaba. “Dame más...... más”, y él hacía caso omiso, me daba más fuerte, me hacía lo que quería, a veces me la sacaba y de un golpe me la volvía a introducir, hacía lo que le daba la gana conmigo.
“¿Puedo correrme dentro?”. “Si, hazlo cabrón”. Soy alguien que dice muchas blasfemias cuando me enfado, pero nunca cuando estoy excitada, todo lo que estaba pasando me estaba asombrando, estaba descubriendo una parte de mí, la parte lasciva y guarra de mi persona.
Después de meterla varias veces y con fuerza se la sacó de mí y me tumbó boca arriba en la cama. “He cambiado de opinión”. De un solo golpe se colocó sobre la altura de mi cabeza con la polla en mi boca. “¡No!”, grité. Pero ya era tarde, estaba tirando su chorro de semen sobre mi boca. “Trágatelo”. Y así hice, me lo tragué sin rechistar. Cuando terminó de vaciarse me pidió que se la limpiara, y así hice, nunca había limpiado la polla de un hombre, ni la de mi marido, me da asco todo eso, pero con Francisco no sentí nada de asquerosidad, es más, parecía gustarme toda esa experiencia. Cuando terminé se recostó a mi lado, nos besamos y hablamos de lo que había pasado.
Ya era tarde, había pasado más de una hora allí y me tenía que marchar. Fui recogiendo mi ropa y me iba vistiendo, cuando terminé me acerqué a él, le dije que ya hablaríamos al día siguiente. Cuando llegué a casa mi marido me esperaba despierto, no era tarde, solía llegar más bien sobre esa hora. Me besó y me preguntó que como me encontraba. “Feliz”. Y no me preguntó más. Esa misma noche follé con él, me pidió incluso correrse en mi boca, pero me negué, no sé, no me apetecía en absoluto su corrida. Al día siguiente Francisco quiso volver a acostarse conmigo, pero me negué, me costó al principio, le dije que era mejor para los dos estar un tiempo separados ya que me habían venido fantasmas. Él sabia mis problemas matrimoniales pero no me entendía, no quería decirle a las claras que el haberme acostado con él, me había hecho pensar con claridad que mi marido no sería el hombre de mi vida, que mi marido es tan solo el padre de mi hijo, y toda la culpa la tenía él, porque me había hecho mujer, y todo gracias a una noche.
Una noche, de esas en la que salíamos del hotel más temprano de lo habitual, nos metimos en el coche, atravesamos la explanada, el cruce y a medio camino, me sugirió que fuéramos a tomar algo. Yo no estaba por la labor, mi marido me estaría esperando en casa quizás despierto ya que le gusta navegar en Internet y mi hijo estaría dormido en la cuna. “¡Pero si son dos ratos!, En diez minutos nos lo tomamos y apareces en tu casa”. Al principio me negaba pero al final accedí. Tengo que decir que Francisco es el tipo de hombre que me atrae, un cuarentón bien vestido cuando se quita el pantalón negro y la camisa blanca de trabajar, de ojos grandes y de cabello moreno, con ciertas pequeñas arrugas, tímidas ante cualquier ojo inexperto. Aparcamos el coche y nos acercamos al bar más próximo, pedimos algo de tomar y empezamos a charlar, como de costumbre. En la conversación salió el tema sexual, él me contaba que no era por presumir pero que su aparato sexual media unos dieciocho centímetros. “Menos lobos caperucita”.
“Es cierto, mide dieciocho centímetros, y cuando quieras te lo demuestro”. Aquel comentario me dobló, sentí un calor en mi cuerpo, aquella proposición me había levantado la líbido. “¿Qué?, ¿Te animas?”. Lo decía en broma, pero algo de mí me decía que no lo estaba diciendo de forma burlona. “Vamonos. Nos tomamos la copa rápidamente y salimos del bar disparados. Mientras caminábamos sentí una mano en mi trasero, mire y Francisco me estaba regalando su tacto. “¿Qué haces?”. Y me respondió con una sonrisa. Nos metimos en el coche y cuando puse la marcha sentí su mano derecha y posó su mano izquierda en mi rostro y me besó. Sus labios me encandilaban, besaba de una forma diferente que mi marido, con cierta suavidad, con timidez. Esos besos me provocaron una excitación enorme. “Vente a mi casa”. Titubeé un rato, demasiado diría, algo de mí me decía que lo que estaba pasando no estaba bien.
“Francisco.....”. Después de pronunciar su nombre y ver su rostro fijamente volví a acceder.
Cogí el volante y nos dirigimos a su casa. Entramos al portal, dentro esperamos al ascensor mientras él me agarraba con suavidad la cintura. Dentro del ascensor me volvió a besar, debo comentar que mi estímulo principal son las caricias, sin ellas no respondo por mucha excitación que haya. El ya sabía demasiado por nuestras charlas y me acariciaba delicadamente el cuello mientras me besaba, me estaba derritiendo gota a gota. Salimos del ascensor, al abrir la puerta de su casa sin perder mucho tiempo nos fuimos desnudando por el pasillo. Aparecimos desnudos en su cuarto, nos tiramos en la cama mientras nos besábamos como posesos, como si nunca hubiéramos besado otros labios. Estábamos tirados en su cama de 1,35, desnudos y enloquecidos por besarnos, por tocarnos y también por follarnos. En ese momento se me olvidó que tenía marido, que tenía un hijo, se me olvidaba incluso que tenía un trabajo, una casa, una vida, se me olvidó todo, lo único que quería es que él estuviera dentro de mí.
Cansado de besarme me manoseaba las tetas sin ningún cuidado, me las estrujaba, me las apretaba, se hacían suyas, a su antojo, hacía lo que quería con ellas, me besaba los pezones, me los mordía, y yo no quería que parara. Después se deslizó besando mi piel hasta llegar a mi sexo, me lo besaba, me lo acariciaba y yo lo único que hacía era abrir más mis piernas, se lo entregaba, me dejaba hacer, mi coño ya era suyo. Lamió mis labios en busca de mi clítoris, eso me excitaba, su búsqueda. Cuando lo encontró, gemí como loca, su lengua me estaba dando placer, me lamía, me chupaba, mis piernas temblaban, nunca había sentido tanto en una lamida. En menos de dos minutos me corrí en su boca. Cuando bajé del cielo pensé que había tenido un enorme orgasmo con alguien que no era mi marido. Quería continuar, quería seguir disfrutando, disfrutaba como una enana chica con una muñeca nueva, estaba encantada de jugar con aquel muñeco, estaba siendo en esos momentos alguien de mi exclusividad, estaba siendo mío.
Ahora le tocaba a él disfrutar de mí, me puse de rodillas y contemplé con detenimiento aquella polla enorme, no se la medí ni mucho menos pero debía tener los dieciocho centímetros que él presumía decir. Así que, ni corta ni perezosa, me lo metí en la boca, era enorme, grande y gorda, no me la podía meter entera y eso me desilusionaba, la polla de mi marido se metía en mi boca con facilidad y jugaba con ella a mi antojo, pero aquella polla se me estaba resistiendo. Aun así mamaba como podía, debía de gustarle porque solo sabía decirme que siguiera chupando, que lo estaba haciendo fenomenal. No me gusta hablar ni que me hablen cuando follo, es una manía, pero en esos momentos no me molestaba, quería saber si él estaba disfrutando de mi boca. “Ven aquí, cabrona”. Deje su polla apalancada y me acerqué a él. “Ahora vas a saber que son dieciocho centímetros”. Me senté encima y me la introdujo. “¡Joder!”, exclamé, era lo único que podía decir.
Tenía un trozo de carne de dieciocho centímetros metido en mi coño, bueno, la mitad. Daba gracias a Dios de que todavía no estaba introducida del todo, pero yo la quería sentir entera, quería sentirla hasta la base, hasta que sus huevos chocaran con mi culo, lo quería, y estaba dispuesta a hacerlo. Poco a poco, con cierto cuidado, me la metí entera, hice que mi coño se fuera acostumbrando a esa enorme verga estando parada. Cuando vi que parecía que mi vagina se había acostumbrado empecé a moverme, me la metía y me la sacaba al compás de sus movimientos. Estaba disfrutando, estaba enloquecida, me estaba corriendo y todo a la vez. Decidimos cambiar de postura. “¿Cuál quieres ahora?”. Ni corta ni perezosa elegí. “La de cuatro patas”. Y en un santiamén me encontraba en cuatro patas y el con su pistolón dándome por el coño. Gritaba, gemía, e incluso hablaba. “Dame más...... más”, y él hacía caso omiso, me daba más fuerte, me hacía lo que quería, a veces me la sacaba y de un golpe me la volvía a introducir, hacía lo que le daba la gana conmigo.
“¿Puedo correrme dentro?”. “Si, hazlo cabrón”. Soy alguien que dice muchas blasfemias cuando me enfado, pero nunca cuando estoy excitada, todo lo que estaba pasando me estaba asombrando, estaba descubriendo una parte de mí, la parte lasciva y guarra de mi persona.
Después de meterla varias veces y con fuerza se la sacó de mí y me tumbó boca arriba en la cama. “He cambiado de opinión”. De un solo golpe se colocó sobre la altura de mi cabeza con la polla en mi boca. “¡No!”, grité. Pero ya era tarde, estaba tirando su chorro de semen sobre mi boca. “Trágatelo”. Y así hice, me lo tragué sin rechistar. Cuando terminó de vaciarse me pidió que se la limpiara, y así hice, nunca había limpiado la polla de un hombre, ni la de mi marido, me da asco todo eso, pero con Francisco no sentí nada de asquerosidad, es más, parecía gustarme toda esa experiencia. Cuando terminé se recostó a mi lado, nos besamos y hablamos de lo que había pasado.
Ya era tarde, había pasado más de una hora allí y me tenía que marchar. Fui recogiendo mi ropa y me iba vistiendo, cuando terminé me acerqué a él, le dije que ya hablaríamos al día siguiente. Cuando llegué a casa mi marido me esperaba despierto, no era tarde, solía llegar más bien sobre esa hora. Me besó y me preguntó que como me encontraba. “Feliz”. Y no me preguntó más. Esa misma noche follé con él, me pidió incluso correrse en mi boca, pero me negué, no sé, no me apetecía en absoluto su corrida. Al día siguiente Francisco quiso volver a acostarse conmigo, pero me negué, me costó al principio, le dije que era mejor para los dos estar un tiempo separados ya que me habían venido fantasmas. Él sabia mis problemas matrimoniales pero no me entendía, no quería decirle a las claras que el haberme acostado con él, me había hecho pensar con claridad que mi marido no sería el hombre de mi vida, que mi marido es tan solo el padre de mi hijo, y toda la culpa la tenía él, porque me había hecho mujer, y todo gracias a una noche.