rolo43
15-03 2005, 11:27 AM
Voy a contarles como fue la primera vez que tuve sexo con un hombre.
Lamentablemente para mí, esto sucedió ya cuando yo era grande, aunque ya desde mi niñez siempre me había atraído mucho la idea. Recuerdo cuando me desarrollé a los -- años y comencé a masturbarme pensando en chicas que conocía; al poco tiempo descubrí que me excitaba mucho fantasear con hacerlo con algún chico. Al principio me imaginaba penetrando a algún chico y eso me resultaba muy excitante. Había un amigo del barrio que se llamaba Jorge que tenía -- años y tenía una cola que yo encontraba verdaderamente exquisita, bien redonda, paradita, y se movía tentadora cuando él caminaba. No tarde en pajearme casi todos los días con la cola de Jorge que era mi deseo sexual más fuerte en esa etapa.
Me encerraba en el baño y me armaba una fantasía un tanto ingenua ya que en esa edad era poco lo que yo entendía del sexo. Me imaginaba a Jorge parado con sus manos apoyadas contra la pared, de espaldas todavía vestido con unos shorts rojos que usaba y que le quedaban estupendos, marcando bien la raya y acompañando la deliciosa curvatura de sus glúteos. Yo me acercaba a él y también vestido, lo tomaba de la cintura y comenzaba a frotarle mis genitales por todo su trasero conjugando un hermoso contraste entre mi verga dura como un poste y sus nalgas suaves que se agitaban con mis movimientos enérgicos. Así mi sexo firme y erecto recorría completamente cada rincón de su estupenda colita en una refriega ansiosa, ambos todavía contenidos por nuestras ropas. Seguía luego mi caliente fantasía imaginando que de alguna manera el short de Jorge se descosía (no sabía ni importaba cómo) y se abría completamente dejando toda su raya al descubierto. Por alguna razón me excitaba sobremanera esa idea, más que imaginarme que se
se quitaba sus pantalones. Era entonces que yo me abría mi cierre y liberaba mi falo ansioso y triunfal totalmente empapado por los jugos provocados por la refriega. Ahí llegaba el momento culminante cuando entraba a acelerar mi paja y terminaba fantaseando que clavaba con delicadeza y firmeza toda mi pija en el culo apretado de mi deseado amigo. Era imaginar eso y casi al instante brotaban borbotones de fresco semen viscoso y tibio que me dejaban sumido en un éxtasis confuso durante un rato, con los ojos cerrados, soñando todavía que estaba dentro de Jorge inundando su interior con abundante leche.
Pero todo quedó en la fantasía y nunca llegamos a hacer nada. Alguna vez jugando y medio con disimulo llegué a pasarle alguna mano por ese maravilloso culito y hasta alguna vez le froté mi paquete completamente endurecido una vez que jugamos a un juego donde tenía que sentarse sobre mí y lo hizo sin ninguna inhibición depositando todo su nalgamen sobre mi pija que explotaba de placer bajo mis jeans. Casi me acabo ahí mismo. No sé si el se daba cuenta de la atracción que yo sentía por él, creo que no. De todos modos, debo contarles que nunca pude tener nada con él y con el tiempo nos distanciamos y ya me olvidé de aquellas fabulosas nalgas que no me cansaba de contemplar y que tanta leche me hizo derramar en aquellas primeras pajitas pre adolescentes.
También debo contar que por esa misma época descubrí que yo mismo tenía un hermoso trasero que me gustaba contemplar en el espejo cuando estaba solo. Alguna vez también llegué a darme cuenta que algún otro chico se sentía atraído por mi cola, así como yo me había calentado con la de Jorge. Más de alguna vez en el gimnasio o en la playa, entre bromas, alguno comentaba: "mira qué rica colita que tiene Raúl!". Cosa que a mí me daba mucha vergüenza y algo de rabia, pero en el fondo era algo que me gustaba y me confundía al mismo tiempo. Por un lado me encantaba mirarme desnudo y comprobar que mis nalgas eran hermosas y excitantes; pero cuando los muchachos de la barra lo notaban me daba mucha vergüenza.
De todos modos sentía una especie de orgullo y vanidad por mi linda cola pero me sentía confuso en lo relativo a como convivir con la idea de que los chicos se calentaran con mi cuerpo. En esa confusión fue que comencé a practicar unas ricas pajas anales. Me metía primero los dedos en la puerta del culo, pero no me animaba a introducirlos. Una vez tomé un cepillo de dientes y llevé su mango hasta mi orificio todavía estrecho y apretado. Como era fino, entró fácil algunos centímetros y comencé a sentir una deliciosa sensación similar a cuando cagaba, pero mucho más intensa. Empujé el cepillo hasta que me entró completamente y sentí mi cuerpo estremecerse de un placer que hasta entonces nunca había experimentado. Con el cepillo adentro de mi orto empecé a manotear mi pija que estaba a punto de explotar. Acabé como nunca y con cada chorro de leche mi culo palpitaba apretando el mango del cepillo que llegaba hasta lo más profundo de mí. Esa fue la primera vez que hacía algo así. Desde entonces supe que el placer anal era algo que siempre me acompañaría aunque tarde mucho tiempo en llegar a concretarlo.
Pasaron muchos años, yo me casé y un poco dejé olvidados mis primeros impulsos de ambigüedad sexual. Durante muchos años me dediqué al sexo hetero con éxito y con placer. Sin embargo siempre quedó en mí el deseo de hacer algo distinto.
Este cuento ya me quedó muy largo, por lo que dejo para otra entrega que prometo escribir pronto, el relato de mi primer encuentro sexual con un hombre. :p
Lamentablemente para mí, esto sucedió ya cuando yo era grande, aunque ya desde mi niñez siempre me había atraído mucho la idea. Recuerdo cuando me desarrollé a los -- años y comencé a masturbarme pensando en chicas que conocía; al poco tiempo descubrí que me excitaba mucho fantasear con hacerlo con algún chico. Al principio me imaginaba penetrando a algún chico y eso me resultaba muy excitante. Había un amigo del barrio que se llamaba Jorge que tenía -- años y tenía una cola que yo encontraba verdaderamente exquisita, bien redonda, paradita, y se movía tentadora cuando él caminaba. No tarde en pajearme casi todos los días con la cola de Jorge que era mi deseo sexual más fuerte en esa etapa.
Me encerraba en el baño y me armaba una fantasía un tanto ingenua ya que en esa edad era poco lo que yo entendía del sexo. Me imaginaba a Jorge parado con sus manos apoyadas contra la pared, de espaldas todavía vestido con unos shorts rojos que usaba y que le quedaban estupendos, marcando bien la raya y acompañando la deliciosa curvatura de sus glúteos. Yo me acercaba a él y también vestido, lo tomaba de la cintura y comenzaba a frotarle mis genitales por todo su trasero conjugando un hermoso contraste entre mi verga dura como un poste y sus nalgas suaves que se agitaban con mis movimientos enérgicos. Así mi sexo firme y erecto recorría completamente cada rincón de su estupenda colita en una refriega ansiosa, ambos todavía contenidos por nuestras ropas. Seguía luego mi caliente fantasía imaginando que de alguna manera el short de Jorge se descosía (no sabía ni importaba cómo) y se abría completamente dejando toda su raya al descubierto. Por alguna razón me excitaba sobremanera esa idea, más que imaginarme que se
se quitaba sus pantalones. Era entonces que yo me abría mi cierre y liberaba mi falo ansioso y triunfal totalmente empapado por los jugos provocados por la refriega. Ahí llegaba el momento culminante cuando entraba a acelerar mi paja y terminaba fantaseando que clavaba con delicadeza y firmeza toda mi pija en el culo apretado de mi deseado amigo. Era imaginar eso y casi al instante brotaban borbotones de fresco semen viscoso y tibio que me dejaban sumido en un éxtasis confuso durante un rato, con los ojos cerrados, soñando todavía que estaba dentro de Jorge inundando su interior con abundante leche.
Pero todo quedó en la fantasía y nunca llegamos a hacer nada. Alguna vez jugando y medio con disimulo llegué a pasarle alguna mano por ese maravilloso culito y hasta alguna vez le froté mi paquete completamente endurecido una vez que jugamos a un juego donde tenía que sentarse sobre mí y lo hizo sin ninguna inhibición depositando todo su nalgamen sobre mi pija que explotaba de placer bajo mis jeans. Casi me acabo ahí mismo. No sé si el se daba cuenta de la atracción que yo sentía por él, creo que no. De todos modos, debo contarles que nunca pude tener nada con él y con el tiempo nos distanciamos y ya me olvidé de aquellas fabulosas nalgas que no me cansaba de contemplar y que tanta leche me hizo derramar en aquellas primeras pajitas pre adolescentes.
También debo contar que por esa misma época descubrí que yo mismo tenía un hermoso trasero que me gustaba contemplar en el espejo cuando estaba solo. Alguna vez también llegué a darme cuenta que algún otro chico se sentía atraído por mi cola, así como yo me había calentado con la de Jorge. Más de alguna vez en el gimnasio o en la playa, entre bromas, alguno comentaba: "mira qué rica colita que tiene Raúl!". Cosa que a mí me daba mucha vergüenza y algo de rabia, pero en el fondo era algo que me gustaba y me confundía al mismo tiempo. Por un lado me encantaba mirarme desnudo y comprobar que mis nalgas eran hermosas y excitantes; pero cuando los muchachos de la barra lo notaban me daba mucha vergüenza.
De todos modos sentía una especie de orgullo y vanidad por mi linda cola pero me sentía confuso en lo relativo a como convivir con la idea de que los chicos se calentaran con mi cuerpo. En esa confusión fue que comencé a practicar unas ricas pajas anales. Me metía primero los dedos en la puerta del culo, pero no me animaba a introducirlos. Una vez tomé un cepillo de dientes y llevé su mango hasta mi orificio todavía estrecho y apretado. Como era fino, entró fácil algunos centímetros y comencé a sentir una deliciosa sensación similar a cuando cagaba, pero mucho más intensa. Empujé el cepillo hasta que me entró completamente y sentí mi cuerpo estremecerse de un placer que hasta entonces nunca había experimentado. Con el cepillo adentro de mi orto empecé a manotear mi pija que estaba a punto de explotar. Acabé como nunca y con cada chorro de leche mi culo palpitaba apretando el mango del cepillo que llegaba hasta lo más profundo de mí. Esa fue la primera vez que hacía algo así. Desde entonces supe que el placer anal era algo que siempre me acompañaría aunque tarde mucho tiempo en llegar a concretarlo.
Pasaron muchos años, yo me casé y un poco dejé olvidados mis primeros impulsos de ambigüedad sexual. Durante muchos años me dediqué al sexo hetero con éxito y con placer. Sin embargo siempre quedó en mí el deseo de hacer algo distinto.
Este cuento ya me quedó muy largo, por lo que dejo para otra entrega que prometo escribir pronto, el relato de mi primer encuentro sexual con un hombre. :p