watcher
17-02 2005, 09:17 AM
Un día llegó mi primo del pueblo y se instaló en nuestra casa. Venía a trabajar. Mi padre le había conseguido un puesto en un taller mecánico, y como el chico era muy apañado y ya tenía cierta experiencia con los motores, el trabajo le resultaría más llevadero. Pedro, que así se llamaba mi primo, tenía 34 años y era soltero. Su madre y la mía, hermanas las dos, no cesaban de repetirle que se casara, que se buscara novia formal y que sentara la cabeza. Pero él ni caso. Se le suponían muchas novias, pero nada serio. Pedro era moreno, era alto y cuando le vi la primera vez me impresionó ver lo cachas que estaba. Había desarrollado su musculatura, no en gimnasios, sino trabajando de vez en cuando en una obra. Vestía informal, le gustaba la ropa juvenil y deportiva. Yo entonces tendría unos dieciséis años de edad y poco o ninguna experiencia sexual. Algún besito y algún sobeo, era todo mi currículo en esa materia. Se instaló en mi habitación y yo, hijo único, pensé que eso de tener a alguien con quien hablar antes de acostarte, podría estar muy bien. Y lo estuvo.
Un sábado en que él no trabajaba, entré en mi habitación para jugar a un videojuego y me lo encontré echado en su cama, boca arriba, durmiendo la siesta. No llevaba jersey, su torso fuerte y velludo se destacaba por encima del edredón blanco. Vestía unos jeans desteñidos y roncaba un poco. Yo fui a lo mío. Un tiempo después, como él no se despertaba, pensé que tendría que hacerlo yo. Me senté en un lado de la cama y fui a ponerle la mano al hombro, para zarandearle y así, despertarle, cuando me di cuenta de que estaba murmurando algo. Afiné el oído y escuché algunas palabras. Creo que soñaba algo erótico porqué repetía tócame aquí y se llevaba las manos a la bragueta. Pronto vi la enorme erección en sus pantalones. Pensé que se estaría divirtiendo y de pronto sentí una gran curiosidad por lo que haría él a continuación. Vi que se refregaba la bragueta. Allí el bulto de una polla se divisaba perfectamente. Después se pasaba las manos por los huevos y murmuraba cosas como, chúpamelos, o cómeme el rabo... Sentí una gran curiosidad por ver aquel pene erecto, más que nada por que nunca había visto ninguno de un adulto y quería compararlo con el mío. Despacito le bajé la bragueta y al retirar el slip asomó un pene grueso, duro como una estaca, que ya rezumaba líquido preseminal. Lo agarré con la mano y lo sopesé. Era algo caliente, palpitante. Sentí una extraña sensación de poder entre mis manos, de manera que empecé a zarandearlo suavemente. Pronto yo también estuve empalmado, porqué la idea de masturbar a alguien me había producido una descarga enorme de adrenalina y testosterona. Una vez, en el colegio, encerrados en un lavabo con un colega, tras haber visto una revista porno, me estuvo a punto de pasar. Mi amigo quería que yo le masturbase a él y él a mí, pero al tomar contacto con su polla, sentí que no me gustaba y lo dejé estar. De todos modos nos hicimos unas pajillas memorables. Esta vez, yo tenía en la mano los veinte centímetros de carne de mi primo y no era moco de pavo. A medida que le masturbaba, él gemía cada vez más. Y murmuraba, sí, sigue, y cosas por él estilo. Con una mano le pajeaba y con la otra le acariciaba los cojones. Pronto aumenté la velocidad del pajeo y sus gemidos se hicieron más patentes. De pronto abrió los ojos.
-¡Ostias! –exclamó Pedro‑ ¿Qué pasa? -tras el susto inicial, decidí no parar. Quería ver el magnifico espectáculo de su corrida.
-¡Chaval, qué me estás haciendo! –gritó él asustado al tomar conciencia de la situación-¡Qué me estás haciendo un pajote!
Yo aceleré el ritmo, esperándome cualquier cosa, hasta una reacción violenta por su parte. Pero él cerró los ojos y fue a acogerme del brazo en un ademán que indicaba que lo dejase todo. Pero yo no cedí.
-¡Ostias! –exclamó- ¡Me estás masturbando, joder! Me voy a... ¡Me corro, José, me...! ¡Me voy...! Me estoy corriendo en tus manos... ¡Dios mío! ¡Ohhhhhh, me corroooo!
Dos chorros de leche emergieron de aquel capullo y fueron a parar entre mis manos. Un cuarto le cayó sobre la pierna, y un quinto sobre el pecho.
-¡Joder, macho, uuuh, ahggg! –gritó él en plena corrida. Parecía que aquello no iba a terminar nunca.
Tras la corrida, se incorporó y dijo.
-Coño, es la primera vez que un tío me hace una paja... ¡Qué barbaridad de leche que he soltado!
-Es que te he visto, empalmado, hablando en sueños y pensé que, querrías desahogarte.
-Bueno, no pasa nada. Somos familia. Pero joder, es casi como si me hubieras violado. No se lo digas a nadie. Me moriría de la vergüenza. Pero, ostías, estaba soñando con Ruth, la camarera del bar donde desayuno. No veas que polvazo tiene la tía. Cada vez que la veo me pongo a cien... Pero, ¡qué cantidad de leche que he soltado!
Se incorporó y no me sorprendió ver su polla, aún dura, manchada de leche. Tenía semen en el abdomen y en el pecho. Se limpió con una camiseta y miró de soslayo.
-Por cierto, primito. ¿No serás marica? Porqué si lo eres tendré que ponerme un tapón en el culo. O eso o cambiar de habitación. –dijo medio en broma.
-Descuida. No lo soy.
-¡Joder, la virgen! ¡Vaya pajote que me has hecho! Que sepas que, a veces entre hombres puede pasar algo así, pero no es normal que pase. ¿Tú te haces muchas pajas?
-¡Hombre, algunas! –exclamé.
-¿Y te han comido el rabo alguna vez?
-No, eso no. Ya me gustaría ya. Dicen que da un gusto que no veas.
-Pues no sabes lo que te pierdes.
Acto seguido dio media vuelta en la cama y volvió a dormirse. Yo por mi parte tuve que ir al baño a desahogarme... Tuve que esperar varios días para saber qué era eso de que te comieran el rabo... Y más cosas que contaré en otra ocasión.
Un sábado en que él no trabajaba, entré en mi habitación para jugar a un videojuego y me lo encontré echado en su cama, boca arriba, durmiendo la siesta. No llevaba jersey, su torso fuerte y velludo se destacaba por encima del edredón blanco. Vestía unos jeans desteñidos y roncaba un poco. Yo fui a lo mío. Un tiempo después, como él no se despertaba, pensé que tendría que hacerlo yo. Me senté en un lado de la cama y fui a ponerle la mano al hombro, para zarandearle y así, despertarle, cuando me di cuenta de que estaba murmurando algo. Afiné el oído y escuché algunas palabras. Creo que soñaba algo erótico porqué repetía tócame aquí y se llevaba las manos a la bragueta. Pronto vi la enorme erección en sus pantalones. Pensé que se estaría divirtiendo y de pronto sentí una gran curiosidad por lo que haría él a continuación. Vi que se refregaba la bragueta. Allí el bulto de una polla se divisaba perfectamente. Después se pasaba las manos por los huevos y murmuraba cosas como, chúpamelos, o cómeme el rabo... Sentí una gran curiosidad por ver aquel pene erecto, más que nada por que nunca había visto ninguno de un adulto y quería compararlo con el mío. Despacito le bajé la bragueta y al retirar el slip asomó un pene grueso, duro como una estaca, que ya rezumaba líquido preseminal. Lo agarré con la mano y lo sopesé. Era algo caliente, palpitante. Sentí una extraña sensación de poder entre mis manos, de manera que empecé a zarandearlo suavemente. Pronto yo también estuve empalmado, porqué la idea de masturbar a alguien me había producido una descarga enorme de adrenalina y testosterona. Una vez, en el colegio, encerrados en un lavabo con un colega, tras haber visto una revista porno, me estuvo a punto de pasar. Mi amigo quería que yo le masturbase a él y él a mí, pero al tomar contacto con su polla, sentí que no me gustaba y lo dejé estar. De todos modos nos hicimos unas pajillas memorables. Esta vez, yo tenía en la mano los veinte centímetros de carne de mi primo y no era moco de pavo. A medida que le masturbaba, él gemía cada vez más. Y murmuraba, sí, sigue, y cosas por él estilo. Con una mano le pajeaba y con la otra le acariciaba los cojones. Pronto aumenté la velocidad del pajeo y sus gemidos se hicieron más patentes. De pronto abrió los ojos.
-¡Ostias! –exclamó Pedro‑ ¿Qué pasa? -tras el susto inicial, decidí no parar. Quería ver el magnifico espectáculo de su corrida.
-¡Chaval, qué me estás haciendo! –gritó él asustado al tomar conciencia de la situación-¡Qué me estás haciendo un pajote!
Yo aceleré el ritmo, esperándome cualquier cosa, hasta una reacción violenta por su parte. Pero él cerró los ojos y fue a acogerme del brazo en un ademán que indicaba que lo dejase todo. Pero yo no cedí.
-¡Ostias! –exclamó- ¡Me estás masturbando, joder! Me voy a... ¡Me corro, José, me...! ¡Me voy...! Me estoy corriendo en tus manos... ¡Dios mío! ¡Ohhhhhh, me corroooo!
Dos chorros de leche emergieron de aquel capullo y fueron a parar entre mis manos. Un cuarto le cayó sobre la pierna, y un quinto sobre el pecho.
-¡Joder, macho, uuuh, ahggg! –gritó él en plena corrida. Parecía que aquello no iba a terminar nunca.
Tras la corrida, se incorporó y dijo.
-Coño, es la primera vez que un tío me hace una paja... ¡Qué barbaridad de leche que he soltado!
-Es que te he visto, empalmado, hablando en sueños y pensé que, querrías desahogarte.
-Bueno, no pasa nada. Somos familia. Pero joder, es casi como si me hubieras violado. No se lo digas a nadie. Me moriría de la vergüenza. Pero, ostías, estaba soñando con Ruth, la camarera del bar donde desayuno. No veas que polvazo tiene la tía. Cada vez que la veo me pongo a cien... Pero, ¡qué cantidad de leche que he soltado!
Se incorporó y no me sorprendió ver su polla, aún dura, manchada de leche. Tenía semen en el abdomen y en el pecho. Se limpió con una camiseta y miró de soslayo.
-Por cierto, primito. ¿No serás marica? Porqué si lo eres tendré que ponerme un tapón en el culo. O eso o cambiar de habitación. –dijo medio en broma.
-Descuida. No lo soy.
-¡Joder, la virgen! ¡Vaya pajote que me has hecho! Que sepas que, a veces entre hombres puede pasar algo así, pero no es normal que pase. ¿Tú te haces muchas pajas?
-¡Hombre, algunas! –exclamé.
-¿Y te han comido el rabo alguna vez?
-No, eso no. Ya me gustaría ya. Dicen que da un gusto que no veas.
-Pues no sabes lo que te pierdes.
Acto seguido dio media vuelta en la cama y volvió a dormirse. Yo por mi parte tuve que ir al baño a desahogarme... Tuve que esperar varios días para saber qué era eso de que te comieran el rabo... Y más cosas que contaré en otra ocasión.