Anonimo
03-01 2005, 03:41 PM
Hola, quiero hacerles llegar un cuento lésbico sado masoquista. Espero lo disfruteis. Ernesto siempre había sido un hombre cariñoso y delicado, pero sentía que algo me faltaba. Quería gozar del sexo "por obligación", cosa a lo que él no accedía, no sé si por pudor o por principio. Cada vez que le insinuaba algo, se negaba a hacerlo, aunque, confieso, nunca le pedí nada directamente. Así las cosas en una ocasión se lo confesé a nuestra mutua amiga Patricia, una mujer bastante liberal, pero lo único que me respondió fue que le diera tiempo al tiempo, que seguramente algún día Ernesto me daría lo que esperaba y la conversación tomó otro rumbo, finalmente nos despedimos y yo quedé de ir a verla la semana siguiente, con más tiempo, cuando mi esposo saliera en uno de sus rutinarios viajes de negocios. Efectivamente, ese día que lo fui a dejar al aeropuerto, después que llamaron para abordar, esperé un rato, calculando que su vuelo hubiese salido, enfilé rumbo a casa de Patricia.
Una vez en su casa, me preguntó directamente sobre mis fantasías, a lo que le respondí que me gustaría sentirme como una esclava sexual, a lo que Patricia me respondió que colocaría una película llamada "La historia de O`", que se trata de una esposa que es internada y "vendida" voluntariamente en un castillo, donde sufre una serie de vejámenes y castigos con cualquier pretexto. Mientras trascurría la cinta, yo me iba excitando cada vez más, lo que no pasó inadvertido para mi amiga, y en un momento dado, se levantó diciendo solamente que no tardaría. Al cabo de un instante, apareció con algo que ella le dio el nombre de "cinturón de obediencia", que es una especie de máscara con un collar como de perro, una correa que baja por la espalda de donde salen unas muñequeras para asir los brazos con otra correa que se abrocha adelante, y una continuación que llega hasta los piés rematando en unas tobilleras que se pueden ajustar con una cadena, según la voluntad.
Al verla, sólo atiné a preguntar: "¿Y eso?". “Es para hacerte mi esclava”, me respondió y, acto seguido, me ordenó quitarme la ropa, cosa que todavía aturdida, accedí sin pensar. Una vez que estuve desnuda, procedió a colocarme el cinturón de obediencia, a cuya colocación colaboré sin decir palabra. Cuando me tenía con mis manos a mi espalda y los tobillos totalmente juntos, de manera que si deseaba trasladarme de lugar, o me caía o me arrastraba como si fuese el más insignificante de los gusanos, así continué viendo el video. Ella quedó en silencio y yo también, disfrutando de mi nuevo estado de indefensión total, hasta que en un momento, me preguntó si quería que me desatara y ante mi respuesta negativa, se limitó a estamparme un gran beso en los labios. Yo, en un principio me quise zafar, pero Patricia me respondió que ahora sería su esclava y por lo tanto estaría a su capricho, al igual que O` con su capataz. Cuando le quise protestar, se limitó a cerrarme la parte de la boca y cubrirme los ojos. Una vez hecho esto, me ofreció un trago para que me calmara, a lo que sólo pude asentir con la cabeza, entonces me dijo que debía ir por éste, pero que si topaba con algo, me azotaría y serían diez azotes por cada cosa que topara. Aunque confieso que para ese momento me sentía a mil y estaba empapada.
Para no hacer el cuento largo, he de decir que topé tres veces, por lo que de antemano, sabía que tendría diez azotes. Cuando estuve junto a Patricia, me ayudó a incorporarme, dejándome libres los ojos y la boca. Cual sería mi sorpresa al verla totalmente desnuda, a lo que pensé que me violaría, pero ante mi sorpresa, se limitó a preguntarme si quería seguir con el juego, eso sí, que accediendo a ser la más sumisa de las esclavas, incluso con los treinta azotes y ante su sorpresa, no sólo mi respuesta fue afirmativa, sino que además, le supliqué que continuara y que fuese aún más ruda, pero que sólo le pedía de favor que cuando me azotara, me tapara los ojos. Hasta aquí llego de momento, si les gustó mi historia, avísenme para terminarla la próxima semana.
Una vez en su casa, me preguntó directamente sobre mis fantasías, a lo que le respondí que me gustaría sentirme como una esclava sexual, a lo que Patricia me respondió que colocaría una película llamada "La historia de O`", que se trata de una esposa que es internada y "vendida" voluntariamente en un castillo, donde sufre una serie de vejámenes y castigos con cualquier pretexto. Mientras trascurría la cinta, yo me iba excitando cada vez más, lo que no pasó inadvertido para mi amiga, y en un momento dado, se levantó diciendo solamente que no tardaría. Al cabo de un instante, apareció con algo que ella le dio el nombre de "cinturón de obediencia", que es una especie de máscara con un collar como de perro, una correa que baja por la espalda de donde salen unas muñequeras para asir los brazos con otra correa que se abrocha adelante, y una continuación que llega hasta los piés rematando en unas tobilleras que se pueden ajustar con una cadena, según la voluntad.
Al verla, sólo atiné a preguntar: "¿Y eso?". “Es para hacerte mi esclava”, me respondió y, acto seguido, me ordenó quitarme la ropa, cosa que todavía aturdida, accedí sin pensar. Una vez que estuve desnuda, procedió a colocarme el cinturón de obediencia, a cuya colocación colaboré sin decir palabra. Cuando me tenía con mis manos a mi espalda y los tobillos totalmente juntos, de manera que si deseaba trasladarme de lugar, o me caía o me arrastraba como si fuese el más insignificante de los gusanos, así continué viendo el video. Ella quedó en silencio y yo también, disfrutando de mi nuevo estado de indefensión total, hasta que en un momento, me preguntó si quería que me desatara y ante mi respuesta negativa, se limitó a estamparme un gran beso en los labios. Yo, en un principio me quise zafar, pero Patricia me respondió que ahora sería su esclava y por lo tanto estaría a su capricho, al igual que O` con su capataz. Cuando le quise protestar, se limitó a cerrarme la parte de la boca y cubrirme los ojos. Una vez hecho esto, me ofreció un trago para que me calmara, a lo que sólo pude asentir con la cabeza, entonces me dijo que debía ir por éste, pero que si topaba con algo, me azotaría y serían diez azotes por cada cosa que topara. Aunque confieso que para ese momento me sentía a mil y estaba empapada.
Para no hacer el cuento largo, he de decir que topé tres veces, por lo que de antemano, sabía que tendría diez azotes. Cuando estuve junto a Patricia, me ayudó a incorporarme, dejándome libres los ojos y la boca. Cual sería mi sorpresa al verla totalmente desnuda, a lo que pensé que me violaría, pero ante mi sorpresa, se limitó a preguntarme si quería seguir con el juego, eso sí, que accediendo a ser la más sumisa de las esclavas, incluso con los treinta azotes y ante su sorpresa, no sólo mi respuesta fue afirmativa, sino que además, le supliqué que continuara y que fuese aún más ruda, pero que sólo le pedía de favor que cuando me azotara, me tapara los ojos. Hasta aquí llego de momento, si les gustó mi historia, avísenme para terminarla la próxima semana.