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View Full Version : Tentación bíblica


shrander
18-04 2004, 01:55 PM
Convalecía en casa, aburrido como una ostra. El último partido de fútbol me había dejado el menisco para el arrastre, y debía guardar reposo durante una buena temporada. Si por lo menos hubiera conseguido marcar en aquella última jugada... Bah, qué más da, si vamos los primeros por la cola en la clasificación. Lo que más rabia me daba, era que hacía apenas una semana que me había abandonado Sara, y ahora me tocaba ver la tele y matarme a pajas yo solito, hasta sabe Dios cuándo. Lo que más me fastidia es que el tipo que me machacó la pierna, era su nuevo novio.

Llaman a la puerta. Vaya fastidio. Cojeando, a trancas y barrancas, consigo acercarme a la mirilla y me asomo para ver a dos chicas. Me suenan sus rostros, pero no consigo ubicarlos... Abro.

—¿Sí? —pregunto, intrigado.

Tengo ante mí a dos muchachas que deben de rozar los dieciocho años de milagro. Dos morenas de impresión, una con unos vaqueros ceñidos que podían ser de plástico transparente y otra cubierta —es un decir— por un vestidito corto de tirantes que comienza hacia la mitad de sus senos voluptuosos, y se acaba casi donde le nacen los muslos. Tragó saliva y procuró mirarlas a la cara, que tampoco es cuestión de quedar como un salido.

—Hola, Jesús — dice la de los vaqueros, morena como su compañera, aunque de melena rizada y no lisa, como la otra—. Veníamos a traerte unas flores y a desearte una pronta recuperación. —En ese momento me acerca un ramo de rosas rojas en el que, inexplicablemente, no había reparado hasta ahora. Lo acepto, con cara de desconcierto—. Verás, ella es Eva y yo Ruth, y somos las presidentas de tu club de fans. No nos perdemos ni un solo partido.

Al punto supe de qué me sonaban sus rostros: de atisbarlos asiduamente en las gradas del pequeño estadio de nuestro equipo. Como para no fijarse en aquellos semblantes, angelicales y lúbricos a un tiempo, coreando a voz en grito consignas de ánimo para nosotros y de desaliento para el rival. —Cuando vimos que te habían mandado al hospital —continuó su compañera, Ruth, poniéndose de puntillas al hablar como una niña emocionada—, quisimos ir a visitarte. Pero ya te habían dado de alta y tuvimos que preguntar por tu dirección.

—¿Y os dieron mi dirección particular? —inquirí, no demasiado extrañado. Si un par de hembras como aquellas me pidiera lo que fuera, yo también me desviviría por complacerlas. La mirada de complicidad que intercambiaron parecía confirmar mi teoría, a saber: que algún ATS barbilampiño había sucumbido a sus seductoras artes interrogativas. Me sentía incómodo, apoyado en una sola pierna, con un ramo de rosas en la mano y una considerable erección gestándose bajo el pantalón corto de deporte—. Eh... ¿os apetece tomar un café? —dije, para ocultar mi turbación y para no quedar como un completo desagradecido.

Asintieron, al parecer entusiasmadas. Al final fue Eva la que se ocupó de preparar el café, siguiendo mis indicaciones sobre dónde estaban las cosas, dado que yo me movía con la misma agilidad que el inquilino más veterano de un geriátrico. La tarde se nos pasó volando, entre firmas de fotos que habían traído —debían de ser unas presidentas de mi club de fans muy dedicadas— e intercambio de batallitas, que si aquella jornada en que marqué cuatro goles, que si a veces a ellas les costaba conseguir entradas para todos mis partidos, sobre todo para los de más renombre. Les prometí que les enviaría entradas todas las semanas, por simpáticas. Se rieron, emocionadas, y se abrazaron y me abrazaron como si acabara de marcar un gol.

Me cubrieron la cara de besos, y también ellas se besaron... en las mejillas de terciopelo, en la frente, las orejas, los labios... A mí ya me resultaba imposible ocultar la erección, más que nada porque, aprovechando la confusión, Ruth me había metido mano y me había sacado la polla enhiesta del pantalón. Pensaba protestar —tampoco mucho— pero ni siquiera me dio tiempo. La lengua de Eva me rozó la campanilla antes de que tuviera ocasión de decir esta boca es mía. —Llévanos a tu habitación — me susurró Eva al oído. Temblando y cachondo como un burro, les indiqué la dirección, la misma en que apuntaba mi espolón soliviantado. Me ayudaron a incorporarme y, flanqueado por aquellas dos tentaciones de nombres bíblicos, cojeé hasta el dormitorio.

Tardaron en quitarse la ropa mucho menos de lo que creería uno posible, y la visión de sus cuerpos jóvenes, tersos, bronceados, consiguió que me olvidara de la chaquetera de Sara por primera vez desde su espantada. Me tumbaron sobre la cama, me desnudaron con habilidad y se me echaron encima, sujetándome los tobillos y las muñecas con las manos.
—Cuidado con la rodilla... la tengo lesionada... —dije, como un cretino. Eva me lamió las tetillas y el cuello y las orejas mientras su mano derecha acariciaba mi vientre en pequeños círculos calientes. Ruth subía con su lengua por mi rodilla herida y llegaba a los muslos, a los huevos... para dejar una senda de saliva por el tronco duro de mi verga, que parecía a punto de petrificarse.

Luego, Eva se metió el capullo en la boca y empezó a saborearlo como si de una piruleta se tratase, mientras Ruth me lamía los huevos y me masturbaba lentamente. No sé cuánto duró aquel suplicio. Yo sólo pensaba en que no quería estallar para que aquel placer desbordado continuara hasta la muerte. Entonces Eva abrió las piernas y prácticamente se me sentó en la boca para que le chupara el coño abierto, húmedo, rojo, depilado y le horadara con la lengua el agujero del ojete perfumado con agua de lilas... desesperado por no poder acariciarla. Me sentía paralizado. Ruth abandonó mis huevos y las dos giraron como en una escena a cámara lenta. Ahora tenía la vulva de Ruth entre los labios y era Eva la que movía la lengua en cruz sobre mi glande enardecido como un camarón rabioso. Hubo un momento en el que cerré los ojos e intenté pensar en algo horrible... para postergar la eyaculación. Y lo conseguí. En un mundo como el que nos ha tocado vivir, el espanto de las primeras planas y los noticiarios de televisión al menos sirve para algo. Para retrasar el orgasmo.

Pero volví enseguida a la realidad, porque Eva se había sentado sobre mi verga y se la había metido hasta el fondo del coño. De vez en cuando salía y Ruth la chupaba antes de volver a hundirla en la vagina de Eva. Al cabo de un tiempo que jamás podré calcular... Ruth cambió de sitio con Eva... no sin antes hacerse lamer el ojete por mi lengua encabritada y hundirse lentamente mi arpón en su ano de fuego. Eva, entre tanto, me levantó el culo ligeramente para lamerme los huevos... y mi propio ojete. Y, una vez más, de hito en hito Ruth dejaba escapar mi falo para que Eva lo chupara y volviera a encajarlo luego en el recto... con delicadeza... Mi cipote, mi amigo... saltaba del culo de Ruth a la boca de Eva... ida y vuelta, hasta el límite del infarto... Era la cumbre de cualquier deseo. Y yo estaba allí... en aquella cumbre.

Creo que fue entonces cuando lancé un aullido. Aunque no parecía brotar de mi garganta. Estaba completamente enloquecido por culpa de aquellas dos hembras alucinantes y había perdido el control por completo. Mi cuerpo temblaba como si sufriera una descarga eléctrica... y ellas recibieron en la boca mis disparos de semen sin dejar de acariciarme los huevos, el culo, el vientre... Todo yo olía a ellas. Mi carne era su perfume, el aroma de sus fluidos afrutados. Levanté la cabeza, con el cuerpo asaeteado por la tensión muscular del orgasmo, y las vi a las dos, hermosas, morenas, mirándome fijamente mientras sus lenguas recogían mi esperma y jugaban con él dejándolo caer la una en la boca de la otra, besándose largamente... chorreando sobre mi vara aún dura tibias lágrimas blancas de semen y saliva.
Las abracé, las besé todo el cuerpo, echadas una junto a la otra. Les abrí las piernas y les chupé el coño, una a una, largamente, sin prisas, alimentándome de sus fluidos, sí, pero también de lo que creaba mi imaginación entre sus piernas.

Allí, en los labios carnosos y suaves de sus vulvas anidaban mis fantasías más enloquecidas. De modo que percibía que mi verga volvía a adquirir la solidez de un rábano verde, como si sufriera un ataque de priapismo crónico, y las follé en la postura del misionero, primero a una y luego a la otra, que suspiraban, gemían y murmuraban palabras ininteligibles porque yo les metía la lengua hasta las amígdalas y cuando me demoraba en sus pezones, dulces pezones erectos, ellas se besaban y entre todos saboreábamos nuestros mutuos orgasmos, compartiéndolos como si fuera una pócima milagrosa... Las esencias de nuestros cuerpos mojados habían creado un nuevo perfume imposible y afrodisíaco.

Les di la vuelta, las puse en la postura de la perra, con las rodillas ligeramente abiertas, una junto a la otra, y les lamí lánguidamente el coño y luego el ojete, escupí en los pequeños orificios, introduje en ellos tantos dedos como pude... y cuando sentí que mi verga pedía a gritos una funda, me encaramé sobre aquel dúo fantástico y me hundí en el ano de Eva primero... y luego en el de Ruth... y vuelta al de Eva... y al de Ruth... mientras mis manos aferraban sus tetas, pellizcaban sus pezones, daban palmadas a sus nalgas enrojecidas... y mis dedos con sus jugos y sus sabores se paseaban por las bocas de una y otra que los saboreaban como si fueran la polla que no eran.

Me corrí como un poseso sobre el culo de Eva, llenándole el ano de esperma... aunque reservé un último destello, un último goterón para hacer diana en la boca de Ruth, que se había vuelto hacia mí para beberme mientras me miraba con sus pícaros ojos de ámbar.
Nos abrazamos los tres, completamente pegajosos, perfumados con nuestro exclusivo cóctel de saliva, sudor y jugo de orgasmos, y nos besamos dulcemente en la boca... hasta que mi corazón, al menos, recuperó su ritmo normal.

No sé si su actuación de aquella tarde obedecería al mero hecho de querer sacarme unas entradas gratis, pero no lo creo. Yo cumplí con mi palabra y les envié entradas cada semana, y ellas se convirtieron en asiduas visitantes de mi apartamento los fines de semana, donde celebrábamos las victorias de nuestro equipo con inolvidables tríos de pasión volcánica, o intentábamos olvidar la derrota follando con la desesperación del náufrago aferrado a su tabla, según se hubiera dado el partido de la jornada.

ArTuRin
07-02 2005, 08:54 PM
se lee muy fictisio no?

sexynight
26-01 2006, 05:55 PM
Fantasia o no, que mas da? o me diras que no te calento ni un poquito? ;)
lo que es yo, acabo de descubrir a este autor por dos relatos que andaban en el area de espera (ya deben estar por salir) y me parece son muy buenos y excitantes...

fantasmamarco007
27-08 2006, 01:15 AM
:p EXCELENTE RELATO AMIGO..Pero cuida esa incapacidad para que puedas cumplir con el envio de los pases....:p