PDA

View Full Version : Escala en el paraíso


shrander
18-04 2004, 01:45 PM
El Cessna cuatrimotor tiembla a mí alrededor como una hoja seca al viento, a punto de desmenuzarse. Por enésima vez en diez minutos, me maldigo por imprudente y temerario. Pensaba que sería capaz de atravesar la tormenta antes de que ésta me tragara entero, pero ahora sé que me equivocaba. He perdido una hélice. La brújula gira como una patinadora borracha que acabara de pisar un charco de aceite. En estos momentos, el indicador de altitud me es igual de útil que un catálogo de zapatillas. Debo de sobrevolar algún lugar entre los 55ºO, 85ºO, 30ºN y 40ºN, en medio de un triángulo cuyos vértices serían Puerto Rico, Melbourne —no la Melbourne de Australia, sino su homónima de Florida— y, cómo no, las malditas Islas Bermudas. «Paparruchas, el Triángulo de las Bermudas es una leyenda, un cuento de viejas», me había dicho el señor Goddard, mi jefe, al escuchar mis protestas. No me hacía gracia cruzar el triángulo con las previsiones metereológicas que anunciaba la radio, y menos para entregar un simple cargamento de congrios de vivero. Bien, cojonudo, señor Goddard, aquí tiene usted sus paparruchas y sus putos cuentos de viejas. Espero que mi muerte pese sobre su conciencia, si es que sabe lo que eso.
Siento más que veo cómo el morro del Cessna desciende en relación con la cola y el avión empieza a caer en picado. El altímetro se ríe de mí. Intento tragar saliva, pero creo que se me ha acabado. Pierdo el sentido en medio de un estrépito de metal desgajado.

Calor. Un soplo de aire en mi rostro. Parpadeo y el sol me ciega un instante. Cuando mis ojos se acostumbran al resplandor, veo un ángel. Quiero murmurar gracias a Dios, he ido al Cielo, pero se me llena la boca de arena. El ángel sonríe y su voz cantarina repica en mis oídos, ininteligible. Los párpados me pesan como losas y se me cierran solos. Vuelvo a perder el sentido, pero esta vez no me importa.

Hrubieszow, nova deba. ¡Czermin!
De nuevo esa voz argéntea. De nuevo abro los ojos. Lo primero que veo es una techumbre de hojas de palma. Lo siguiente, el ángel sonriente. Después, todo un coro de ellos. Es curioso, siempre había oído que los ángeles no tenían sexo. Pero, merced a la desnudez de esta hueste celestial, compruebo con una mezcla de inquietud y satisfacción que mis ángeles sí que lo tienen: Pares de glándulas mamarias de distintos tamaños, firmes y turgentes en sus torsos, y variopintos triángulos de vello púbico que enmoquetan sus ingles. Tetas y coños, caray, quién iba a imaginarse así el Paraíso. Y hablando de triángulos, ahora recuerdo... La avioneta, la tormenta, la caída en picado... Intento incorporarme y sólo consigo que se me llene la vista de estrellas.
—¡Nova deba, gantsevizci berewa! —exclama mi ángel. Sus manos se apoyan en mi pecho desnudo y me invitan a quedarme tumbado. No pienso ponerme a discutir ahora.
La hueste celestial se pone en movimiento como un mecanismo de relojería, con la precisión y fluidez de un ballet ruso. Siento que alguien aplica un emplasto helado a mis sienes, alguien más presiona sus dedos sobre mi pecho, desbloqueando la parálisis que me oprimía el serrato anterior y los intercostales. Respiro con mayor facilidad y una placentera calidez se adueña de todo mi ser. Un tercer alguien intenta acercarme un cuenco a los labios, pero mi ángel benefactor se lo impide.
—Frolovo —dice. La severidad de su voz no le resta un ápice de dulzura a su semblante.
—Poltava kremenchuk, czermin. —La interpelada desiste de su empeño y se aleja dos pasos con el cuenco aún en las manos.
Mi ángel me mira fijamente y yo intento devolverle la sonrisa, aunque ésta se me hiela en los labios cuando la veo encaramarse a mi lecho con la agilidad de una marta cibelina. Sujeta por sus compañeras para mantener el equilibrio, de espaldas a mí, a horcajadas sobre mi magullado torso, mi desnudísimo ángel se acuclilla sobre mi cara. Comienzo a salivar de inmediato. Ante mis ojos se despliega la aterciopelada hinchazón de su vulva atezada. Sus dos nalgas de azúcar morena flanquean un ano pulsátil, ligado a su coño de almíbar por un perineo de mármol y canela cincelado por la mano de algún escultor divino. Unos dedos ágiles hurgan en la entrepierna de mi ángel y sus dúctiles valvas se separan para desplegar ante mí su pepita rosada, un coño de nácar a punto de caramelo.
—Czermin, klintsi —parece instarme mi ángel, que me observa de reojo por encima del hombro.
—¿K-klintsi? —repito, con los labios resquebrajados. Mi ángel se ríe y asiente, provocando un seísmo en su ensortijada cabellera rojiza.
Tímidamente al principio, con la avidez del sediento que encuentra un oasis después, lamo y degusto su coño de caramelo caliente. No sabe como ningún otro que haya probado en mi vida. Sus caldos íntimos dejarían en ridículo a la hidromiel de los dioses, estoy seguro. Bebo y sacio mi sed, escarbando con mi lengua de esparto en las cavidades y resquicios de carne vibrante. Acerco la nariz a la entrada de su culo y aspiro la fragancia de las lilas, el perfume del interior de una caracola marina. Mi ángel exhala un suspiro.
—Poltava klintsi, ¿swi? —La voz de otra de mis mágicas benefactoras me hace buscarla con los ojos. Está hablando con mi ángel, que asiente de nuevo—. ¡Valuiki!
Mientras sorbo con glotonería los jugosos labios de mango de mi ángel, siento que unos dedos rodean la base de mi polla y la yerguen. No había reparado hasta ahora en lo monstruoso de mi erección. Una lengua recorre mi glande. Una segunda se demora en mis infladas pelotas. Pierdo la cuenta de las que me ensalivan el tronco enhiesto. Mi ángel comienza a bambolear las caderas sobre mi cara y acelero la cadencia de mis chupetones, mordisqueo con cuidado su clítoris henchido, entierro la punta de la nariz en su ano.
—¡Swi, swi, czermin!
Su orgasmo me golpea el rostro como una tormenta de arena, como un huracán de aire caliente. Su coño vibra y rezuma placer en forma de rocío, sus nalgas tiemblan como si una mano invisible las azotara violentamente. Ver en primera fila el orgasmo de un ángel es demasiado para cualquiera, y más para alguien que acaba de salir, no se sabe cómo, de los restos de un avión estrellado. Me corro. Los caudales de semen salobre riegan dos, tres, no sé cuántas gargantas. Mil lenguas de terciopelo apuran mi orgasmo hasta la última gota. Sí. He muerto y he ido al cielo. Dios le bendiga, señor Goddard. Me ahogo en un mar de placer y vuelvo a sumirme en la inconsciencia.

—Starii oskol, czermin —digo. Poltava acude corriendo a mi lado, levantando la arena con sus pies descalzos. Su cabello ambarino rebota sobre sus magníficos senos, que aún pendulean cuando se detiene a mi vera.
—¿Kalach? ¿Staraa kiuscha?
—Swi —respondo. «Swi», sí.
«Starii oskol, czermin», corre, date prisa. «¿Kalach?», ¿qué? «¿Staraa kiuscha?», ¿otra nave? Al cabo de dos años, hablo y entiendo bastante bien el idioma de mis bellas salvadoras. No eran ángeles, pero deben de ser lo más próximo a ellos que pisa nuestro planeta. Poltava y sus congéneres son en realidad fugitivas de su propia isla paradisíaca, ángeles de carne y hueso, relegadas a un pequeño atolón sito en el centro de lo que conocemos como Triángulo de las Bermudas. Son sacerdotisas del sexo, curanderas sin más útiles que sus cuerpos milagrosos. Su saliva, su sangre, sus flujos más íntimos, todo en ellas vigoriza el cuerpo y la mente. Llevan siglos aisladas de este modo, sin más compañía que la que las tormentas tropicales tienen a bien enviarles en forma de náufragos y supervivientes de desastres aéreos.
El barco que se divisa en el horizonte está a salvo, hoy es un día apacible y no veremos caras nuevas en la isla.
Me sitúo detrás de Poltava y la abrazo, copando sus pechos. Se pone de puntillas para facilitar la entrada de mi polla erecta en su coño sanador. Suspira y apoya la planta de los pies de nuevo en la arena, ensartándose en mí. Pierdo el rostro en el bosque de su melena y aspiro con fuerza. Huele a lima y sal, a menta y sándalo. El rumor de las olas dicta el compás de nuestra cópula. A cada nueva acometida, me siento rejuvenecer.
—Sasovo —gime Poltava.
—Swi.
Nunca me cansaré de decirlo: «Gracias mil, señor Goddard».

Karolinas
26-01 2006, 09:19 PM
que bonito que no solo se lea sobre erotismo, este relato esta completo, muy bien versado, y muy exitante, gracias shrander

joan0112003
26-01 2006, 11:00 PM
:cool: Realmente tienes mucho talento, me sorprendio tu relato, no tanto la historia si no la edición, el lenguaje, ademas que tienes una imaginacion increible, debereias escribir un libro, te felicito.