PDA

View Full Version : Caza mayor


shrander
18-04 2004, 01:36 PM
El abrasador calor de la tarde africana comienza a remitir en el Parque Nacional del Serengeti. Desde que el gobierno de Tanzania lo creara en 1941, han sido varios los acaudalados occidentales que se han adentrado en sus sabanas y sus bosques buscando la excitación que les niega su elevado nivel de vida, donde todo queda delimitado, paradójicamente, por las dos dimensiones de sus tarjetas de crédito. Visitar este coto privado de caza de 14.763 km² también se paga con dinero, pero éste, deja de importar una vez aterriza el avión en Dar Es-Salaam, tras haber permitido a los pasajeros hojear a vista de pájaro, la magnífica isla coralina de Zanzíbar y sentir en la piel, el cosquilleo que debió de embargar a Vasco de Gama cuando la divisó por vez primera en 1499. Has recorrido los más de diez mil kilómetros que separan la costa americana de la africana, sin saber muy bien qué es lo que buscas, qué anhelo puedes satisfacer con este viaje, aparte de posar los ojos en la corona nevada del Kilimanjaro y solazarte en la contemplación de las trémulas manadas de gacelas, tan asustadizas después de tantos años de persecución como tu resquebrajado corazón, herido aún por la marcha de Danielle. Te apartas de la frente la visera del salacot y te limpias el sudor con un pañuelo acartonado tras el largo día al aire libre. Nyakabindi, tu guía, te ofrece la cantimplora, que ya suena medio vacía. Vuelves a acercarte los prismáticos a los ojos y estudias de nuevo el semblante ahusado de la jirafa que desnuda ramas de acacia a menos de doscientos metros de vuestro parapeto, un matorral tan reseco que bien pudiera comenzar a arder espontáneamente, como el arbusto de la parábola.

Las imposibles pestañas del artiodáctilo te recuerdan la aterciopelada mirada de Danielle y frunces el ceño, contrariado. ¿Es posible que ni a medio mundo de distancia consigas olvidarte de ella, de su rostro querúbico, de su piel de seda, de su vientre perfecto?. Es la rabia contenida lo que te hace empuñar de repente el Lee-Enfield Mark III. Ante la mirada desorbitada de Nyakabindi, te arrimas la poderosa culata al hombro y te aprestas a apuntar a sabiendas de que, desde que el parque fuera declarado Patrimonio de la Humanidad en 1981, cualquier jirafa abatida por arma de fuego podría suponer al cazador irresponsable un infierno de cárceles africanas, quizá de por vida. Una vida de infierno, la misma que te espera con la razón carcomida por el recuerdo de Danielle. ¿Qué más da?, te dices. Quizá sea preferible la tortura física a este martirio del alma y de los sentidos que no me deja vivir. Los dedos curtidos de Nyakabindi se posan en tu hombro. Furioso, vuelves la cabeza hacia él y te dispones a recriminarle su descaro —Maldito seas, por el dinero que cobras bien podrías estarte quieto— pero entonces, reparas en su brazo extendido, apuntado en dirección al grupo de kopjes que se extiende hacia el este. El cúmulo de suaves lomas rocosas, que dan nombre al parque, se ve ahora arrebolado por el fulgor carmesí del sol poniente. Es en medio del tinte del crepúsculo donde ves una silueta estilizada, erguida en lo alto de una de las colinas. Miras inquisitivamente a Nyakabindi y éste te hace una seña para que lo sigas, con sigilo.

Las largas zancadas felinas del masai os acercan en cuestión de escasos minutos al pie de la pendiente, donde compruebas desconcertado que la solitaria figura que señorea sobre la llanura pertenece a una mujer. Su cabello, trenzado con cintas de colores, y su vestimenta, apenas una sábana roja tan fina que deja traslucir sus curvas de pantera, no bastan para darte un indicio de su posible etnia. Tal vez sukuma, o ngoni. Tiene las orejas perforadas por largos colmillos de algún gran felino, y la piel embadurnada de tierra ocre y arenosa. Nyakabindi se acerca un dedo a los labios y te susurra al oído: Ikoma. Miras a tu guía sin comprender, pero éste ya vuelve a encontrarse absorto en la contemplación de la desconocida. Cuando lo imitas y la miras de nuevo, apenas si consigues sofocar un jadeo. Junto a la esbelta mujer ha aparecido un orgulloso león de flamante melena, encendida por las últimas saetas de luz solar. Ella no evidencia temor alguno; al contrario, se arrodilla frente a la bestia y toca el suelo con la frente, en inequívoco gesto de reverencia. Pero las sorpresas no han hecho sino empezar.

En absoluto desafío a todas las leyes de la Naturaleza, el soberbio cuerpo del león sufre una asombrosa transformación: Sus músculos fluyen, se contrae su esqueleto y su rostro asume una apariencia humana, hasta que frente a la mujer postrada permanece únicamente la escultural figura de un hombre desnudo de pies a cabeza, que sonríe. Tal vez sus ojos irisados sean la única concesión felina del nuevo aspecto del rey de la sabana. La mujer alza el rostro entonces y yergue la espalda, despojándose en el proceso de la tela que cubre su cuerpo de obsidiana, y se arrastra sumisa hasta el sexo enhiesto del aparecido para besarlo y acariciarlo, para mamarlo furiosamente. El hombre responde agachándose y practicando a su adoradora un cunnilingus antropofágico, como si quisiera devorarla empezando por su sexo coriáceo. Se acarician, se manosean, se besan largamente, ella le chupa el rabo y él le muerde y lame los senos. Allí mismo, en medio de una nube de arena sanguinolenta, el hombre-león lame el ano de su vestal, la folla de pie, desde atrás, la sodomiza metiendo y sacando varias veces la polla del orificio mágico y angosto, hasta eyacular sobre sus nalgas en largos disparos de esperma cremoso... Con un ronroneo de placer, ella le prodiga una lánguida mamada final. El gigantesco miembro de ébano no tarda en izarse de nuevo, incitado por los lametones de la mujer, que se tiende de espaldas para recibir las furiosas embestidas del dios en su coño rasurado. Él la folla con violencia, le mete cuatro dedos en el ojete y procede a martillearle la pelvis con enardecidas acometidas, hasta que ambos alcanzan el orgasmo y profieren sendos rugidos incontenibles de pasión mientras él deja su semilla blanca y lechosa repartida entre su vientre fecundo y sus pechos duros, bajo la sonrisa de la hembra enamorada.

Presa de la locura, excitado más allá de toda razón, no sabes cómo afloran a tu memoria las palabras del filósofo escocés David Hume: «La costumbre constituye la guía fundamental de la vida humana». Piensas en qué ancestral costumbre es ésta que une a los pueblos nativos del Serengeti con la raza felina de cazadores más soberbia de África, y si no será de este modo, mediante la sacrosanta comunión carnal, que ambas especies hayan podido coexistir durante tantos y tantos siglos. Te humedeces los labios al ver cómo la mujer hace lo mismo, rebañando los últimos hilos de semen que permanecían adheridos a su barbilla. Ante ella, el león sacude la melena y espanta moscas invisibles con el rabo, antes de dar media vuelta y emprender el descenso de la colina. Nyakabindi te insta a hacer lo propio y los dos retrocedéis en dirección a vuestro jeep, aparcado a casi un kilómetro del cúmulo de kopjes. Al pasar junto a vuestro anterior parapeto, te das cuenta que la jirafa ya se ha marchado y esbozas una sonrisa. Sabes que Danielle también se ha ido de tu cabeza.

Danielosky
19-03 2005, 08:17 PM
Este relato me sono tipo Jonny Bravo :D

Yours Truly


Danielosky

elamorestaaqui2004
02-06 2005, 10:53 PM
jajajaja de donde lo copiastes shrander? demasiada ficcion