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View Full Version : La hora del té


shrander
18-04 2004, 01:29 PM
La tradición que mantenía mi círculo de amigas de reunirnos una vez a la semana para tomar el té, atiborrarnos de pastas con fibra bajas en colesterol y poner a parir a nuestros respectivos maridos, novios y, para qué engañarnos, hombres en general, se remontaba a nuestros años de universidad. Cada una había estudiado una cosa, pero todas vivíamos en la misma residencia de estudiantes, hicimos buenas migas y enseguida nos convertimos en compañeras inseparables. Años después, instalada cada cual en su bien delimitada parcela de vida en pareja, empleo y niños, nuestras animadas tardes de tertulia semanal se habían convertido en la espita con la que dábamos rienda suelta a la tensión de la rutina acumulada.
Nos veíamos todos los jueves, siempre en una casa distinta. Esta vez le tocaba ejercer de anfitriona a Martha, odontóloga diplomada, casada con un empresario de la industria cárnica y madre de dos mellizas con justificado nombre de huracán: Gilbert y Mitch. Las dos bestezuelas inquietas se mantenían alejadas de nuestras reuniones gracias al más maravilloso regalo de Dios para la mujer, la Playstation. Mientras los críos masacraban mutantes o jugaban al béisbol sin mover más que los pulgares en su habitación, el esposo de Martha, Tim, mataba las horas en su despacho surfeando sin duda por Internet en busca de fotografías y vídeos pornográficos. Lo que hacían todos los hombres.
Precisamente llevábamos un rato hablando del variado contenido sexual de la Red, tema que había propuesto Silvia, profesora de arqueología en la misma facultad donde se licenciara años ha. Silvia era una ponente consumada y sus historias, cargadas de erudición, nos deleitaban a todas por su mezcla de gracia y rigurosidad fáctica. En esos momento, con su taza de té pegada al labio inferior, nos observaba por encima del borde mientras hablaba.
—La mansedumbre sexual se ha apoderado de nuestra sociedad —dijo, interrumpiéndose un instante para dar un sorbo—. El hombre ha perdido la poca imaginación lúbrica que le quedaba y ya es incapaz de imaginar nuevas formas de darse y procurar placer, de ahí que la pornografía viva en la actualidad su momento más dulce.
—Porque en las películas y revistas porno se lo dan todo mascadito y sólo tienen que pelársela —acotó Rita, monitora de vuelo con ala delta y otros deportes de riesgo. Era la única de nosotras que no ejercía la profesión para la que estudió; Rita se había diplomado en Ciencias Políticas.
—Nada de estrujarse la sesera para intentar sorprendernos y darnos una alegría de vez en cuando —intervine yo mientras Silvia asentía con la cabeza.
—Son unos dejados —sentenció nuestra anfitriona.
—Unos vagos redomados —corroboró Andrea, intérprete de ruso y alemán en la multinacional bancaria para la que trabajaba en calidad de freelancer. Puso los ojos en blanco antes de añadir—: ¡Ni siquiera sé cuándo fue la última vez que me corrí con John!
John, el marido de Andrea, era diseñador de videojuegos. Martha comentó que, dada su profesión, sería de esperar que tuviera una pizca de imaginación.
—De eso nada —rebatió Andrea—. Para mí que Lara Croft lo excita más que yo. Además —añadió con tono conspirador— me da que con la edad la pilila se le está reduciendo de pequeña a diminuta —y levantó una mano con el índice y el pulgar separados por escasos milímetros.
Todas nos echamos a reír. Sabíamos, gracias a las confidencias de Andrea, que John nunca había estado precisamente dotado. En opinión de ella, incluso se sentía acomplejado si veía una peli «guarra» debido al tamaño de la artillería de los actores.
—Pues ahora sí que vas a terminar fundiendo a Turmix, ¿no? —dije con la voz entrecortada por la risa. «Turmix» era el nombre que había dado Andrea al que ella llamaba su más fiel amante, un vibrador de veintidós centímetros de largo y seis de diámetro que colmaba las apetencias que John dejaba insatisfechas.
—Ya te digo. Ahora, si me quiero correr con mi marido le tengo que pedir que me meta su colita por el culo mientras me trabajo el coño con Turmix. John consiente porque dice que mis orgasmos vaginales contraen las paredes del ano y eso lo mata de gusto.
—Joder, Andrea —saltó Silvia, abanicándose con una mano—. No, si al final conseguirás que me moje las bragas.
—¡Pero si ya estás que te resbalas de la silla! —se burló Martha, al tiempo que se inclinaba para colar una mano entre los muslos de Silvia. Ésta llevaba una minifalda muy elegante de la que surgían sus firmes muslos morenos, que no se cerraron para cortar el paso de los dedos invasores—. Además, si hoy ni siquiera te has puesto bragas —concluyó riéndose mientras se chupaba los dedos con un gracioso mohín.
Lo cierto era que Silvia casi nunca llevaba ropa interior, una costumbre adquirida durante sus años de universitaria alocada. Si las cinco amigas éramos tan íntimas era porque cada una conocía el cuerpo y los deseos de las demás, no en vano llevábamos acostándonos juntas, en dúos, tríos o todas a la vez, desde la universidad. Nunca habíamos compartido a nuestros hombres, pero todas coincidíamos en que sin las caricias de nuestras amigas del alma estaríamos sexualmente frustradas. De ahí la tradición de esa hora del té semanal.
—Conseguiréis que me mee de la risa, al final —dijo Rita. Enjugándose una lágrima con un dedo, se levantó y se dispuso a visitar el cuarto de baño, sonriendo todavía—. Ahora vuelvo.
—Eh, que yo también tengo que orinar. —Aparté mi silla de la mesita y seguí los pasos de Rita.
Andrea, Martha y Silvia se miraron de hito en hito. Al unísono, anunciaron:
—Nosotras vamos también.
Era una especie de acuerdo tácito. Con nuestras familias presentes en la casa durante nuestras reuniones, el único lugar donde la privacidad estaba más o menos garantizada era el excusado. Los cuartos de baño de nuestros hogares eran el escenario de nuestros encuentros más íntimos.
Rita se bajó los ceñidos vaqueros hasta los tobillos, se sentó en el retrete y orinó larga y ruidosamente en tanto se desprendía del suéter y el sujetador. Las demás comenzamos a desvestirnos a nuestra vez. Silvia, gracias a su costumbre de no llevar ropa interior, fue la primera en quedarse en pelotas.
—Hija, cada vez tienes las tetas más firmes, no sé cómo consigues que no se te caigan si nunca te pones sujetador —dijo Martha. Como si quisiera ilustrar sus palabras, se acercó a Silvia y le masajeó los senos con delicadeza. Eran moderadamente pequeños, por eso se resistían a la fuerza de la gravedad pese al paso de los años. Dos pellizquitos bastaron para que se le endurecieran los pezones.
—Andrea —llamé. Me había metido en la bañera y aguardaba en cuclillas.
—Ya voy, mujer. Espera a que me recoja el pelo. —Cuando hubo terminado de hacerse una coleta, Andrea se me unió en la bañera y, colocándose de cara a mí, preguntó—: ¿Lista?
—A la de tres —respondí—. Uno...
—Dos...
—¡Y tres! —Una parábola dorada brotó de mi entrepierna rasurada y se cruzó en el aire con la meada de Andrea. Sentí su cálido orín salpicándome el vientre y los muslos, resbalando por mis pantorrillas en electrizantes riachos para formar un fragante charquito a mis pies. Se me escapó un gemido.
Andrea y yo éramos las únicas del grupo que encontrábamos placer en la lluvia dorada. Las demás nos consideraban unas desviadas, pero aceptaban nuestra «perversión» de buen grado. A fin de cuentas, cada una tenía sus manías.
Alargué un brazo y acaricié el chocho empapado de Andrea mientras ésta expulsaba las últimas gotitas de oro líquido. Cerró los ojos y, mordiéndose los labios, se vino en mi mano. Mientras se corría me introduje dos dedos en la vagina y removí con vigor; estaba tan caliente que una batida fue cuanto precisé para encumbrarme hasta el orgasmo.
—Qué cochinas —dijo Silvia, aunque yo sabía que no lo pensaba. Su sonrisa la delataba. Eso y su secreta afición, compartida exclusivamente por sus mejores amigas. Silvia era exhibicionista por naturaleza, como se podía deducir fácilmente por su aversión a la ropa interior. Procuraba ir siempre en minifalda y no cruzaba las piernas al sentarse ni siquiera en el banco de la iglesia. Remataba su indiscreta excentricidad un voyeurismo incipiente.
Mientras Andrea y yo nos apresurábamos a aclararnos con el cuerpo con agua tibia para impedir que el orín nos produjera erupciones en la piel al secarse, observamos cómo Silvia, sentada aún en el retrete, apoyaba la espalda en la porcelana de la cisterna, alzaba la pelvis y comenzaba a juntar y separar lentamente los labios de su vagina. Era un ejercicio de precalentamiento que la excitaba sobremanera y, para qué negarlo, también a las demás. Silvia tenía los pechos muy generosos, la más pechugona de todas con la excepción de Rita, que era una auténtica bomba neumática. Con ambas manos se encorsetó las tetas y las alzó para lamerse los grandes y pálidos pezones con delectación.
Martha y Rita se habían tendido boca arriba sobre las baldosas y se contoneaban rítmicamente con las piernas entrelazadas. Compartían un consolador fucsia de dos cabezas que Rita había sacado de su bolso. Andrea salió de la bañera y se puso a cuatro patas encima de Martha, plantándole el coño aún mojado en la cara, para lamer el sexo rosado de Rita. Yo la imité y Rita empezó a irritarme el ojete con la lengua mientras yo sorbía el erótico caldo íntimo de Martha.
Andrea y yo compartíamos, además de nuestra afición a la lluvia dorada, una voracidad anal que encantaba a nuestros maridos, adictos a la sodomía como la gran mayoría de hombres heterosexuales. Por eso Martha y Rita se afanaron en ensalivarnos bien la angosta abertura e introducirnos un par de dedos en el culo a cada una mientras nos trabajaban el clítoris con la lengua. Al mismo tiempo seguían follándose entre ellas sin piedad con el grueso consolador de doble acción.
Silvia, que se había levantado por fin del retrete, se turnaba para embadurnarnos con copiosos salivazos que agradecía mi castigado ano y, no me cabe duda, también el de Andrea. Ciega de placer, sentí que me sobrevenía el segundo orgasmo cuando Rita me ensanchó el ojete con cuatro dedos y luego intentaba colar el pulgar. Su maniobra de fist-fucking se veía complicada por la incómoda postura que manteníamos, pero sacó la mano, se chupó los dedos y los cubrió de abundante saliva; gracias a su tesón consiguió penetrarme hasta los nudillos.
Sentí que me ardían las entrañas y me corrí ahogando blasfemias en el coño de Rita mientras Andrea mordisqueaba el clítoris hinchado de Martha. Nuestra anfitriona seguía perforándole el culo con dos dedos mientras con un tercero y la lengua mañosa obraba maravillas en su chocho enardecido.
Convertidas en un solo ser arácnido de ocho piernas temblorosas, las cuatro nos corrimos como posesas, hasta cinco veces consecutivas en el caso de Martha, que estaba bendecida con el don de la multiorgasmia.
Era una epifanía visceral, sagrada, un gesto de pasión que coronó Silvia al venirse entre grititos de pura dicha, excitada hasta lo insoportable por sus magreos y el espectáculo que le habíamos regalado. Con su orgasmo se restauró la calma en el cuarto de baño de Martha.
Volvimos a vestirnos entre besos y ternuras, riéndonos con la frente aún perlada de sudor, estremecidas por el éxtasis de nuestra sensual confraternización, la comunión de nuestros sexos.
Los dos huracanes mellizos y Tim debían de seguir ocupados en sus asuntos, pues no vimos a nadie mientras recogíamos las chaquetas y nos despedíamos de Martha. Creo que las amplias sonrisas que nos adornaban la cara daban fe del gusto con que se había saldado nuestra pequeña orgía. Quedamos en vernos de nuevo la semana siguiente en casa de Andrea.
—No os preocupéis —dijo ésta con voz pícara antes de salir por la puerta y dirigirse a su coche—. Turmix y yo os estaremos esperando.

indra
26-01 2006, 11:13 PM
La primera mitad deplorable, mucha informacion tecnica poca pasion..y la segunda, una descripcion insipida de "la lluvia dorada" la cual a mi consideracion no venia al caso...el relato no me excito en lo mas minimo...todo el estuvo insipido e inerte...

Pero echando a perder se aprende ...suerte para la otra !!!!

si tienes algun reproche ..bienvenido

Tistis
27-01 2006, 05:26 PM
a mi personalmente me gusto el relato, creo que la introducción es importante para poder entender el compartamiento de las personas, la lluvia dorada es maravillosa. un beso a todas las damas protagonistas de este relato y espero no nos priven de otras buenas historias.