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View Full Version : Tiempos de lujuria


augusto_cardenal
27-08 2003, 08:57 PM
Tío Horacio siempre me pareció un viejo verde, un egoísta, un malintencionado. Una mala persona, en definitiva. Su aspecto me resultaba abominable, enorme, ceñudo, como si invisibles pinzas colocadas sutilmente en su rostro le dieran esa apariencia de animal relamiéndose... ante el dolor que le causaría a su presa.
En varias reuniones familiares lo descubrí mirando con insano interés a mis primas, a sus sobrinas. Eran ellas apenas niñas, de pequeños pechitos y largos cabellos rubios. Yo también las miraba con deseo, pero lo entendía natural, teníamos casi la misma edad y para ese entonces no sabía qué era el incesto.
En otras ocasiones lo observé tratando de manera despectiva a algunas personas, como asimismo hablando mal de gente a la que no conocía y que a mí, por empatía, me resultaba agradable.
Toda esa sumatoria hacía que mi concepto de tío Horacio fuera negativo. Pero lo que más bronca me daba era que tuviera la suerte de tener a Olga por esposa. Tía Olga, en realidad, era la mujer ideal para tío Horacio. Frívola, egocéntrica, altanera, pero mis sentimientos no la calificaban en ese entonces como una versión femenina del hermano de mamá. Es que tía Olga era la protagonista principal de mis fantasías sexuales.
Cincuentona ella, entrada en carnes pero voluptuosa, de enormes pechos, anchas caderas, abundante trasero, cabello teñido de caoba y ondulado en grandes rulos, siempre calzando tacos altísimos, luciendo generosos escotes, cortas y ajustadas faldas de tajo a los costados y los diez dedos de sus manos adornados con llamativos anillos. Y su rostro; no hermoso, pero en cada uno de sus rasgos estaba presente la lujuria, especialmente en su desdeñosa boca de gordos labios y en sus ojos siempre delineados, de mirar inquietante.
La democracia había llegado con muchas novedades, coincidente con el inicio de mi adolescencia. antes que los represores comenzaran a caer, a mis manos llegó la pornografía en material mentiroso, que me mostraba del sexo una imagen que luego encontraría distinta en el plano real, pero que por un buen tiempo me hizo ver a la mujer como un animal del deseo y no como a una persona.
Y tía Olga era para mí eso, una hembra en celo, y su cuerpo exuberante se me aparecía en sueños, estando dormido o despierto, provocándome revoluciones hormonales y explosiones en mí entrepierna que me anunciaban los secretos de mi virilidad.
Por aquellas fechas entró a trabajar en casa Lidia. Cocinera, mucama, ama de llaves, niñera mía. Sólo tenía dieciséis años, pero era mi niñera. Delgada, morena, sumisa en apariencia, mas pronto descubriría que estaba de vuelta de muchas cosas.
Una noche la descubrí en el patio trasero con Manuel, el cadete del almacén de la esquina. Primero pensé que luchaban, pero no, se besaban, se tocaban. Las revistas con mujeres desnudas dejaron de ser mis amantes preferidas para darle lugar a mi rol de voyeur. Todas las noches, esperando que la casa se durmiera, salía por mi ventana, trepaba al techo y desde un rincón estratégico pero forzando la vista me dedicaba a espiar a Lidia y a Manuel. Cada día deseaba que fuera más temprana la llegada del sueño de los demás, y sabía que Lidia ansiaba lo mismo.
Con su delantal gris Lidia no parecía sensual, pero en las noches, semidesnuda a instancias de Manuel, se me antojaba una diosa del sexo. El cadete del almacén succionaba goloso sus pequeños pero turgentes pechos mientras que con una mano le frotaba la entrepierna. Ella también le tocaba allí, enloqueciendo a aquel muchacho, que al año siguiente debería hacer el servicio militar.
Una de esas noches, mientras cumplían con su secreto rito, cometí una torpeza y el trozo de un ladrillo suelto cayó al piso. Manuel no se dio cuenta. Obnubilado hacía algo por primera vez, besaba entusiasmado la entrepierna de Lidia, pero ésta elevó sus ojos y estos se encontraron con los míos. Primero se alarmó, lo sé porque casi no vi sus párpados, sino muy redondos los globos blancos donde habitaban sus oscuras pupilas, pero su alarma pronto desapareció. Creo que fue cuando descubrió lo que yo estaba haciendo. Luego sé que le gustó tenerme como espectador, aunque no se lo dijo a Manuel, fue nuestro secreto.
A partir de entonces, todas las noches Lidia miraba hacia el techo, me miraba a mí, mientras retozaba incómodamente con Manuel. Lo incómodo para mí ocurría durante el día. Me avergonzaba mirar a nuestra fámula a los ojos, temía encontrar burla. Entonces me prometía no volver a espiarlos, pero llegada la noche mi lascivia me llevaba al techo de casa. No lo había tomado en cuenta, pero esas noches formaron parte de un mes de sequía, hasta que siendo la mitad del verano, una tormenta eléctrica acompañada de torrencial lluvia cayó sobre la ciudad.
Lidia y Manuel no pudieron reunirse en esa oportunidad, y yo tampoco pude participar como observador en ese excitante juego. Estaba inquieto, me había acostumbrado a esas sesiones y a falta de ellas me sentía con un síndrome de abstinencia que ni siquiera las revistas que escondía en mi cajón secreto me satisfacían. Todos dormían cuando fui al baño para mojarme la cabeza. Al salir me dirigí a la ventana, y mientras miraba los rayos me sobresaltó un movimiento que detecté en la oscuridad, junto a mí.
- cómo llueve, ¿no?
Era lidia. Al parecer también estaba insomne.
- me asustaste.
- ¿no puedes dormir?
- no tengo sueño, para colmo se cortó la luz.
- sí. Yo tampoco puedo dormir.
El silencio ganó el momento y sólo escuchábamos el agua. Al cabo de segundos que se me hicieron eternos, un nuevo sonido se sumó, el suspiro de Lidia. Luego otra vez silencio, hasta que me nació interrumpirlo.
- ¿hoy no viene Manuel?
No la miré, pero le adiviné una sonrisa.
- hoy no.
- ¿se van a casar?
Emitió una risita, que pronto apagó cubriéndose la boca. Susurrábamos, éramos socios para no perturbar el sueño de los demás.
- no. no me gusta Manuel.
- pero yo… ustedes son novios, ¿no? –dije sorprendido.
- somos amigos, nada más.
- pero se besan.
- eso no quiere decir nada. Me gusta como besa, pero nada más. ¿Tú besas bien?
Nunca había besado a ninguna chica. Una vez, en la escuela, clara, la gorda Clara, me había besado en la boca, pero aquello no podía considerarse un beso de pasión.
- dicen que bien –respondí.
- ¿quiénes dicen? –preguntó, maliciosa.
- las chicas.
- ¿tus novias?
- amigas.
- no te creo, no veo que tengas amigas en el barrio.
- en el barrio no, pero sí en el de mi abuela.
- ¡uh! pero eso es muy lejos y vas muy poco. No creo que beses tan seguido.
- no, pero cuando beso les gusta mucho.
- ¿y no te dan ganas de besar en una noche como ésta?
Me electrizó esa pregunta. La miré pero sus ojos observaban la calle oscura, a través de la ventana. Aproveché para bajar los míos y la descubrí usando solamente una remera larga hasta las rodillas y sandalias. Me excitaron sus piernas desnudas, también la turgencia de sus pequeños pechos.
- ¿me dejas besarte? –pregunté.
Su respuesta fue una mirada, que pronto fue acompañada por una sonrisa. Acercó su rostro hacia el mío y sentí sus labios buscando mi boca. Ya estaba erecto, pero fue aquella caricia lo que me lo hizo notar. La abracé fuerte, ciñéndola a mi cuerpo y tomando parte activa en el beso. Sentir su humedad y hallar su lengua con la mía me llenó de deseo.
- ¡no muerdas! –exclamó, susurrando-. ¿Así besas? tienes que hacerlo de esta manera.
E imponiéndome pasividad me enseñó a besar, abriendo con sus labios los míos e introduciéndome en la boca su lengua. Así aprendí a dejar afuera del ósculo el roce de los dientes. Al cabo de unos minutos ya me sentía un besador veterano y ambos nos chupábamos la boca, mientras sus manos acariciaban mis cabellos y las mías su trasero, su pequeño pero duro y redondo trasero.
La pasión hizo presa en mí. Pronto había alejado a Lidia de la ventana, arrinconándola en la pared, frotando mi cuerpo con el suyo, mientras mi boca iba de su boca a su cuello, y mis manos bajo su remera sorteaban el obstáculo de su bombacha para masajear sus nalgas. No pude evitarlo, aquello era nuevo para mí, y así sentí el orgasmo sacudiéndome en una oleada de indescriptible placer. Traté de simular ese accidente, mas Lidia lo notó.
- estás mojado –dijo-. ¡Acabaste!
Me dio vergüenza que lo descubriera, pero antes que atinara a dar alguna explicación me sentó en una silla y sacó por la abertura del calzoncillo mi pene. Estaba mojado, totalmente empapado en semen. También continuaba erecto.
- mi bebito se ha mojado, pero mami lo va a secar –ronroneó, mirándome con sus negros ojos entornados y una sonrisa maliciosa.
Pronto sus labios gordezuelos formaron una letra “o”, y en su hueco vi desaparecer mi pene, al tiempo que una sensación maravillosa me hacía sentir que caía a un profundo abismo, pero con la seguridad que a su término me aguardaba un mullido lecho. Lidia comenzó a succionar suavemente, golpeando mi glande con su lengua, su lasciva lengua, y pronto su manera de chupar fue más y más intensa.
Tenía ganas de gritar, de decirle cosas sucias, cosas que avergonzaran a cualquiera, pero debía guardar silencio. En cualquier momento alguien podía aparecerse en la cocina y hacer que esa deliciosa escena fuera un drama. Pero cómo pensar en una posibilidad así cuando el placer que me brindaba aquella boca era tan maravilloso. Un estremecimiento me invadió y aguantando la respiración sentí un shock, mientras un río de esperma brotaba de mi virilidad. Lidia gimió como presa de una especie de trance, sin dejar de chuparme. Incluso al terminar de salir semen de mi pene su boca seguía y seguía, hasta que se lo quitó de los labios.
- ¡qué rico! ¿Viste? mami te lo limpió. ¿Te gustó?
- muchísimo –le dije desfallecido. ¿Le haces eso a Manuel?
- poco, le gusta más que se la sacuda con la mano.
- pero eso es lo mismo que… hacerlo solo.
- gustos son gustos.
- y a él le gusta besarte entre las piernas.
- y a mí me gusta que lo haga.
- ¿te gusta?
- me vuelve loca.
- ¿me dejas probar? –casi rogué.
Sin responder, se quitó la bombacha y me la arrojó a la cara, luego se sentó frente a mí, en otra silla, y levantó una pierna, apoyando su pie en el borde de la mesa.
- ven –invitó.
Me arrodillé ante ella y mientras sus manos lentamente levantaban su remera, fui descubriendo su vagina. Una selva de ensortijados vellos rodeaba una boca, que se abrió cuando sus dedos se encargaron de descubrirme cómo sonreía.
- dale, bésame –ordenó.
Era extraño, pero tuve cierta aprehensión. Era algo peludo y desconocido, pero pronto recordé el entusiasmo con que Manuel besaba aquel sexo, entonces cerré los ojos y la besé. Lidia ahogó un gemido, mientras su diestra me tomó de los cabellos, apretándome contra su entrepierna. El sabor que invadió mi boca fue uno de los más deliciosos que he probado. Lo sentí apenas mi lengua se atrevió a meterse en esa boca vertical y llenarse de su humedad. Me dediqué a disfrutar, pero también a chupar en los sectores que más placer le causaba a Lidia, como esa pequeña pepita ubicada en la parte superior de aquel húmedo y caliente tajo. Me excitaba verla excitada. Supe que podría estar chupándola hasta que saliera el sol, que nunca me cansaría de saborearla, pero de repente me tomó del cabello y suavemente apartó mi cara.
- déjame un poco más, me gusta –pedí.
Pero ella me sentó otra vez, juntó mis piernas y se sentó a horcajadas sobre ellas. Su hermoso rostro moreno estaba serio, sus ojos perdidos, gemía sin que la tocara. Sentí una de sus manos apretándome el pene, nuevamente erecto, y enseguida noté que algo me acariciaba la cabeza, era lo que había estado besando.
la vi morderse los labios, al tiempo que una de las sensaciones más imposibles de describir ganó todo mi ser, cuando finalmente se sentó, hundiendo mi miembro en su caverna húmeda y abrazándose fuerte, muy fuerte.
Iba a gritar, aquello era lo más intenso que me había ocurrido, cuando me tapó la boca con la suya, en un beso que aumentó al límite de la locura mi excitación. Así, sin dejar de entrelazar mi lengua con la suya, comenzó a moverse, de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba, incitándome a ayudarla en ese delicioso vaivén vertical, para lo cual la tomé de la cintura y me deleité esforzándome con su peso.
Al dejar de besarme se alejó lo suficiente, pero sin dejar de cabalgarme, y levantó con sus manos la remera, hasta dejar al descubierto sus pechos, los cuales me aplastó en el rostro, permitiéndome oler su fragancia sencilla pero deliciosa. Busqué sus pezones y los chupé ansioso. Noté que le excitaba sentir delicados mordiscos y le obsequié varios. Sentía cercano el orgasmo, pero era tan delicioso tener así a Lidia que quería prolongar el momento. Eso no evitó que ella no hiciera lo mismo, pero tuvo dos o tres, no recuerdo cuántos, pero fueron varios. Eso lo descubriría luego.
- ¿estás por acabar? –me preguntó al oído, con voz enronquecida y jadeante-. Acabemos juntos –propuso, al contestarle que sí de manera igual.
Entonces Lidia hizo más y más violenta su cabalgata, y yo me esforzaba por entrarle más y más en sus entrañas, hasta que lo sentí venir y la apreté con todas mis ansias a mi cuerpo. Temblando y abrazados como si fuéramos uno solo fuimos socios de nuevo, no únicamente en el silencio, sino también en un orgasmo increíble, tras el cual nos quedamos así, abrazados, bañados en sudor, exhaustos, satisfechos.
Luego de algunos hermosos instantes se levantó suavemente, liberando mi miembro, apenas fláccido, y tras darme un beso suave en los labios dejó caer su remera, cubriéndose, y se marchó, dejándome allí, sentado en esa silla que habíamos corrido casi dos metros con nuestro vaivén.
Esa noche me dormí muy entrada la madrugada, casi cuando se anunciaba el sol. Me había convertido en hombre.

Augusto cardenal
loboferoxxxx@hotmail.com (loboferoxxxx@hotmail.com)

theoldman
17-03 2006, 11:22 AM
Amigo, tu relato es excelente, tierno, adulto, de una exquisitez notable.
Un auténtico relato erótico.
Gracias Sexy por rescatarlo del cesto de la desidia. Es lamentable que, a causa de algún imbécil, hayamos perdido a éste forista.