garo
12-07 2003, 01:02 AM
Mi vecina es una mujer de unos 30 años, muy atractiva, tiene una mirada provocativa y sexy. Tal vez no sea así, pero en mis fantasías, ella es ardiente y sensual. Tiene un cuerpo que hace suspirar, destacándose en ella los hermosos y grandes senos, que por cierto, debe lucir con orgullo, ya que está ’de moda’ que las mujeres los tengan enormes. He conocido varias jóvenes (sobre todo europeas) que se han agrandado los senos, quedando mucho más atractivas y, sobre todo, seguras de sí mismas. El caso es que mi vecina los tiene grandes naturalmente, lo que la hace más apetitosa aun. Aunque esta casada con un hombre mucho mayor que ella, no parece ser de las infieles, lo que me produce pena, puesto que es muy difícil encontrar un tema con el cual poder acercarse a ella. Así y todo, tengo que contarles que con el tiempo, noté que ella pasaba horas en su ventana del piso superior de la casa mirando a través de la ventana y sumida, al parecer, en ensueños indescifrables para mí, que la contemplaba a través de mi persiana que daba enfrente de su ventana. Fue así como con el transcurrir del tiempo, comencé a conocer su rutina. Cada vez que la veía aparecer, mis deseos de conocerla aumentaban más y más. Un día, ya avanzada la tarde, me disponía a ducharme, cuando la vi en la ventana, absorta como siempre en sus pensamientos. Casi sin pensarlo, y como si no la hubiese visto, abrí mi ventana y me puse justo en su ángulo de visión, el que yo calculaba era el preciso para verme completo.
Comencé a desnudarme rápidamente, a medida que sentía que mi pene se elevaba al máximo, al sacarme los pantaloncillos, mi verga saltó hacia delante, dándole una visión de toda su extensión a mi vecina tan hermosa. Excitado al máximo, giré mi cuerpo y quedé frente a ella totalmente desnudo y con el pene parado mostrándoselo en plenitud. Vi que me miraba entre extrañada y molesta y que se alejo un poco de la ventana como para retirarse, entonces, antes de que lo hiciera, comencé a masturbarme, mirándola fijamente y con movimientos lentos para que pudiera ver como mi mano subía y bajaba por mi tranca, dejando al descubierto mi glande rojo y brillante. Mi excitación era tal, que en pocos segundos, sentí una oleada de placer y mi leche saltó en la alfombra con fuerza en una eyaculación intensa. La miré nuevamente y vi el momento en que ella cerraba su ventana.
Me casé siendo muy joven. En ese tiempo yo tenía solo 16 y mi esposo casi 40. Yo era una niña delgada y sin gran belleza. Sin embargo, con los años parecí cambiar casi completamente: mi rostro adquirió bellas formas, y mi cuerpo se desarrolló tanto, sobre todo mis senos, que parecía otra mujer. Ahora tengo 32 años y soy una mujer hermosa, me dicen muchos, aunque seguramente lo dicen observando mis enormes senos que me hacen sobresalir del resto de las mujeres, se ven parados y firmes como los de una jovencita. Me encanta que me miren las tetas. Siento un placer erótico al saber las cosas que harán los hombres que se emboban con mis tetas. Seguramente se masturbaran pensando en ellas. Pero bueno, el caso es que con el tiempo, también por el exceso de trabajo de mi esposo, quedo siempre sola en casa. No tenemos hijos, así es que paso tardes enteras en mi habitación, mirando por la ventana y pensando miles de cosas, desde como será tener un amante, hasta que se sentirá ver crecer los hijos.
Los días transcurren lentos. Mis sesiones de sexo con mi esposo son esporádicas y casi rutinarias. Pero las cosas cambiaron un poco un día en que me encontraba mirando por la ventana y vi a mi vecino. El tiene casi mi edad, es delgado, no muy alto, pero bien parecido y amable. Sé que le gusto porque a menudo lo he visto observándome cuando estoy en mi ventana. Pero ayer hizo algo que me dejo sorprendida: estaba yo como siempre en mi ventana soñando miles de cosas, cuando vi que él abrió su ventana y pude ver que estaba sin pantalón, solo con interior, mirándome fijamente, pero luego se desnudo totalmente y vi su pene erecto y grueso que apuntaba hacia el cielo. Era mucho mas largo de lo que hubiese supuesto, porque él, ya dije, no es muy alto. Además es mucho mas largo y grueso que el de mi esposo. Quedé paralizada, mi corazón latía fuerte y sentía mis mejillas acaloradas, pero no podía dejar de mirar. Entonces, él comenzó a masturbarse mirándome fijamente, como queriendo saber lo que yo pensaba. Temerosa de lo que pudiera seguir después, cerré la ventana en el momento en que su pene explotaba en leche, me senté en la cama, agitada y excitada a la vez, nunca había visto algo así. Sentí miedo de que la próxima vez que nos viéramos, él me dijera algo indebido y yo no supiera que responder.
Después del día en que me masturbe para mi vecina, transcurrió casi una semana sin verla.
Abría yo mi ventana y fingiendo indiferencia, observaba de reojo si es que ella estaba en su casa. Hasta una tarde en que nuevamente la vi abrir su ventana y sonreírme a través de ella. Verla y excitarme fueron una sola cosa: volví a sentir la necesidad de masturbarme para ella y sin disimular mi calentura me saqué la camisa y como ella continuaba mirando, seguí con los pantalones y pantaloncillos. Otra vez, mi pene erecto al máximo, pedía ser masturbado. Volví a mirar y aunque ella ahora fingía no verme, yo sabía que quería verme otra vez, por tanto, comencé a pajearme esta vez sin apuro, demorando la eyaculación al máximo, y sin dejar de observarla. Ella miraba, luego volvía la vista a otro lugar, pero eso me excitaba aun más. Me puse de costado para que viera como me pajeaba y lentamente, mi mano subía y bajaba en una paja interminable pero excitante para mí y seguramente también para ella. Cuando vi que ya no podía más, la miré intensamente y otra vez mi leche saltó con fuerza por la presión del deseo acumulado hacia ella. Cuando acabé, ella cerró su ventana, pero esta vez, suavemente y mirándome al rostro, sin avergonzarse. Los días que siguieron eran todos así, sabía a qué hora ella estaba en su ventana y repetíamos la sesión, hasta tres veces al día. Ahora, ella me buscaba a través de la ventana y miraba excitada como yo me masturbaba para ella. Un día, me masturbé cuatro veces en menos de media hora, cuando vi que ella estaba con una bata de seda y sus enormes tetas se adivinaban a través de la delgada tela. Le pedí con señas que abriera su bata, pero no quiso. Me pajeaba una y otra vez hasta quedar exhausto.
Pasaron varios días sin que yo me atreviera a asomarme a la ventana. No sabía lo que él pensaba, y me daba vergüenza mirarlo. Sin embargo, pasada una semana, sentía deseos enormes de ver su verga y sentía mucho placer al sentir cuanto me deseaba. Me decidí entonces y volví a asomarme a la ventana. Tal cual suponía, él abrió de inmediato y lo miré fijamente como permitiéndole que siguiera: entendió el mensaje y desnudándose, se hizo la paja más excitante que yo recordara haber visto: de frente, de costado, su tranca tan apetitosa me la mostraba en todos los ángulos. Cuando acabó y cerré mi ventana, no aguanté más mi calentura y, tendiéndome en la cama, me masturbé soñando que esa enorme verga estaba en mi boca y en mi concha y en mi culito. Los días que siguieron fueron iguales, yo abría mi ventana y él aparecía ofreciéndome su espectáculo de hombre caliente.
El día que mi esposo viajó, me puse una bata transparente y me asomé a la ventana dispuesta a darle una buena visión a mi vecino. Fue fantástico: lo vi correrse cuatro pajas, siempre con el pene paradísimo en cada vez. Aunque me pidió que me sacara la bata y yo estaba excitadísima, no me atreví a hacerlo. Otra vez, luego de esa sesión de exhibicionismo, desnuda en mi cama, mis manos recorrieron mis tetas y mi concha como si fueran las manos de él. Me masturbé también cuatro veces y me quedé dormida soñando que una enorme verga me hacía gozar sin parar durante todo el sueño. Me había convertido en una voyerista y él en un exhibicionista. Me gustaba verlo justo el día en que mi esposo volvía a casa de sus viajes, después de ver su enorme verga, quedaba yo tan caliente, que antes que mi esposo cerrara la puerta de entrada, estaba yo de rodillas, mamándole la verga, sin que él pudiera imaginarse que yo soñaba con estar chupándosela a mi vecino. Mi esposo, feliz de tal recibimiento, me llevaba a la cama y hacía lo que más me gustaba: me chupaba la concha durante mucho tiempo, haciéndome acabar varias veces. Después de todo, el ver a mi vecino correrse las pajas por mí, me ayudó a mi vida sexual, haciéndola más excitante y estimulante. Todo duro casi un año, puesto que tuvimos que irnos a otra ciudad y dejé de ver esas lindas sesiones que eran solo para mi. Aun recuerdo su enorme pene, su mirada excitada y su leche varonil, eso me excita y vuelvo a masturbarme pensando en él.
Me corrí la paja delante de mi vecina durante casi un año. Vi un día que un gran ajetreo había en su casa. Comprendí que se iba y sentí una pena enorme. En todo ese año, nunca hablamos directamente, yo la saludaba y ella a mí, con amabilidad. Lo que hacíamos era algo íntimo, secreto, solo nuestro. Lo relato ahora porque han pasado tres años desde la última vez que la vi. Cuando la recuerdo, siento mucha nostalgia. Nunca me había masturbado tanto, pero cada una de las veces que lo hice, fue con pasión y deseo por esa bella mujer. Seguramente me recordará, como yo a ella. Fue lindo hacerlo y si volviera, sin duda, estoy seguro, nuestro juego recomenzaría. Para el placer de todos los exhibicionistas siempre hay una voyerista. Yo tuve la suerte de encontrar una, y muy hermosa. Tus comentarios, buenos, malos o calientes a: garo@mi.terra.cl
Comencé a desnudarme rápidamente, a medida que sentía que mi pene se elevaba al máximo, al sacarme los pantaloncillos, mi verga saltó hacia delante, dándole una visión de toda su extensión a mi vecina tan hermosa. Excitado al máximo, giré mi cuerpo y quedé frente a ella totalmente desnudo y con el pene parado mostrándoselo en plenitud. Vi que me miraba entre extrañada y molesta y que se alejo un poco de la ventana como para retirarse, entonces, antes de que lo hiciera, comencé a masturbarme, mirándola fijamente y con movimientos lentos para que pudiera ver como mi mano subía y bajaba por mi tranca, dejando al descubierto mi glande rojo y brillante. Mi excitación era tal, que en pocos segundos, sentí una oleada de placer y mi leche saltó en la alfombra con fuerza en una eyaculación intensa. La miré nuevamente y vi el momento en que ella cerraba su ventana.
Me casé siendo muy joven. En ese tiempo yo tenía solo 16 y mi esposo casi 40. Yo era una niña delgada y sin gran belleza. Sin embargo, con los años parecí cambiar casi completamente: mi rostro adquirió bellas formas, y mi cuerpo se desarrolló tanto, sobre todo mis senos, que parecía otra mujer. Ahora tengo 32 años y soy una mujer hermosa, me dicen muchos, aunque seguramente lo dicen observando mis enormes senos que me hacen sobresalir del resto de las mujeres, se ven parados y firmes como los de una jovencita. Me encanta que me miren las tetas. Siento un placer erótico al saber las cosas que harán los hombres que se emboban con mis tetas. Seguramente se masturbaran pensando en ellas. Pero bueno, el caso es que con el tiempo, también por el exceso de trabajo de mi esposo, quedo siempre sola en casa. No tenemos hijos, así es que paso tardes enteras en mi habitación, mirando por la ventana y pensando miles de cosas, desde como será tener un amante, hasta que se sentirá ver crecer los hijos.
Los días transcurren lentos. Mis sesiones de sexo con mi esposo son esporádicas y casi rutinarias. Pero las cosas cambiaron un poco un día en que me encontraba mirando por la ventana y vi a mi vecino. El tiene casi mi edad, es delgado, no muy alto, pero bien parecido y amable. Sé que le gusto porque a menudo lo he visto observándome cuando estoy en mi ventana. Pero ayer hizo algo que me dejo sorprendida: estaba yo como siempre en mi ventana soñando miles de cosas, cuando vi que él abrió su ventana y pude ver que estaba sin pantalón, solo con interior, mirándome fijamente, pero luego se desnudo totalmente y vi su pene erecto y grueso que apuntaba hacia el cielo. Era mucho mas largo de lo que hubiese supuesto, porque él, ya dije, no es muy alto. Además es mucho mas largo y grueso que el de mi esposo. Quedé paralizada, mi corazón latía fuerte y sentía mis mejillas acaloradas, pero no podía dejar de mirar. Entonces, él comenzó a masturbarse mirándome fijamente, como queriendo saber lo que yo pensaba. Temerosa de lo que pudiera seguir después, cerré la ventana en el momento en que su pene explotaba en leche, me senté en la cama, agitada y excitada a la vez, nunca había visto algo así. Sentí miedo de que la próxima vez que nos viéramos, él me dijera algo indebido y yo no supiera que responder.
Después del día en que me masturbe para mi vecina, transcurrió casi una semana sin verla.
Abría yo mi ventana y fingiendo indiferencia, observaba de reojo si es que ella estaba en su casa. Hasta una tarde en que nuevamente la vi abrir su ventana y sonreírme a través de ella. Verla y excitarme fueron una sola cosa: volví a sentir la necesidad de masturbarme para ella y sin disimular mi calentura me saqué la camisa y como ella continuaba mirando, seguí con los pantalones y pantaloncillos. Otra vez, mi pene erecto al máximo, pedía ser masturbado. Volví a mirar y aunque ella ahora fingía no verme, yo sabía que quería verme otra vez, por tanto, comencé a pajearme esta vez sin apuro, demorando la eyaculación al máximo, y sin dejar de observarla. Ella miraba, luego volvía la vista a otro lugar, pero eso me excitaba aun más. Me puse de costado para que viera como me pajeaba y lentamente, mi mano subía y bajaba en una paja interminable pero excitante para mí y seguramente también para ella. Cuando vi que ya no podía más, la miré intensamente y otra vez mi leche saltó con fuerza por la presión del deseo acumulado hacia ella. Cuando acabé, ella cerró su ventana, pero esta vez, suavemente y mirándome al rostro, sin avergonzarse. Los días que siguieron eran todos así, sabía a qué hora ella estaba en su ventana y repetíamos la sesión, hasta tres veces al día. Ahora, ella me buscaba a través de la ventana y miraba excitada como yo me masturbaba para ella. Un día, me masturbé cuatro veces en menos de media hora, cuando vi que ella estaba con una bata de seda y sus enormes tetas se adivinaban a través de la delgada tela. Le pedí con señas que abriera su bata, pero no quiso. Me pajeaba una y otra vez hasta quedar exhausto.
Pasaron varios días sin que yo me atreviera a asomarme a la ventana. No sabía lo que él pensaba, y me daba vergüenza mirarlo. Sin embargo, pasada una semana, sentía deseos enormes de ver su verga y sentía mucho placer al sentir cuanto me deseaba. Me decidí entonces y volví a asomarme a la ventana. Tal cual suponía, él abrió de inmediato y lo miré fijamente como permitiéndole que siguiera: entendió el mensaje y desnudándose, se hizo la paja más excitante que yo recordara haber visto: de frente, de costado, su tranca tan apetitosa me la mostraba en todos los ángulos. Cuando acabó y cerré mi ventana, no aguanté más mi calentura y, tendiéndome en la cama, me masturbé soñando que esa enorme verga estaba en mi boca y en mi concha y en mi culito. Los días que siguieron fueron iguales, yo abría mi ventana y él aparecía ofreciéndome su espectáculo de hombre caliente.
El día que mi esposo viajó, me puse una bata transparente y me asomé a la ventana dispuesta a darle una buena visión a mi vecino. Fue fantástico: lo vi correrse cuatro pajas, siempre con el pene paradísimo en cada vez. Aunque me pidió que me sacara la bata y yo estaba excitadísima, no me atreví a hacerlo. Otra vez, luego de esa sesión de exhibicionismo, desnuda en mi cama, mis manos recorrieron mis tetas y mi concha como si fueran las manos de él. Me masturbé también cuatro veces y me quedé dormida soñando que una enorme verga me hacía gozar sin parar durante todo el sueño. Me había convertido en una voyerista y él en un exhibicionista. Me gustaba verlo justo el día en que mi esposo volvía a casa de sus viajes, después de ver su enorme verga, quedaba yo tan caliente, que antes que mi esposo cerrara la puerta de entrada, estaba yo de rodillas, mamándole la verga, sin que él pudiera imaginarse que yo soñaba con estar chupándosela a mi vecino. Mi esposo, feliz de tal recibimiento, me llevaba a la cama y hacía lo que más me gustaba: me chupaba la concha durante mucho tiempo, haciéndome acabar varias veces. Después de todo, el ver a mi vecino correrse las pajas por mí, me ayudó a mi vida sexual, haciéndola más excitante y estimulante. Todo duro casi un año, puesto que tuvimos que irnos a otra ciudad y dejé de ver esas lindas sesiones que eran solo para mi. Aun recuerdo su enorme pene, su mirada excitada y su leche varonil, eso me excita y vuelvo a masturbarme pensando en él.
Me corrí la paja delante de mi vecina durante casi un año. Vi un día que un gran ajetreo había en su casa. Comprendí que se iba y sentí una pena enorme. En todo ese año, nunca hablamos directamente, yo la saludaba y ella a mí, con amabilidad. Lo que hacíamos era algo íntimo, secreto, solo nuestro. Lo relato ahora porque han pasado tres años desde la última vez que la vi. Cuando la recuerdo, siento mucha nostalgia. Nunca me había masturbado tanto, pero cada una de las veces que lo hice, fue con pasión y deseo por esa bella mujer. Seguramente me recordará, como yo a ella. Fue lindo hacerlo y si volviera, sin duda, estoy seguro, nuestro juego recomenzaría. Para el placer de todos los exhibicionistas siempre hay una voyerista. Yo tuve la suerte de encontrar una, y muy hermosa. Tus comentarios, buenos, malos o calientes a: garo@mi.terra.cl