Minnie
26-04 2008, 12:17 PM
Durante meses había estado entrando en aquella casa sin ser visto. Espiaba cada uno de sus movimientos a través de la ventana. Ahora ellas sabían que las observaba, también ahora tenía una invitación formal para participar de sus juegos. Rápidamente pasaron por mi mente todos los momentos vividos desde el primer encuentro.
Conocía a esas dos mujeres como si hubiera convivido con ellas toda la vida. El ventanal de su dormitorio estaba tan cerca de mi ventana que era imposible evitar observarlas en cada movimiento. Conocía sus horarios, sus delirios y sus juegos más íntimos. Incluso había dejado de mirar la TV, porque el espectáculo que ellas me ofrecían me excitaba mucho más que cualquier otra cosa. Hacía tiempo que el sexo había dejado de interesarme. Mirarlas con sigilo, mientras jugueteaban con sus cuerpos, se había convertido en mi más ardiente deseo diario.
La morena del cabello largo y ensortijado había estado muy cerca de mí en varias ocasiones. La descubrí una lluviosa mañana en el supermercado. Un pantalón ajustado me permitió adivinar la extraordinaria redondez de su culo. La observé con detenimiento durante más de una hora mientras hacía el recorrido por los anaqueles. La había tenido tan cerca que a punto estuve de desmayarme cuando ella, a sabiendas de la excitación que me provocaba, me dirigió una mirada traviesa alejándose de mí mientras movía con ardiente sensualidad sus nalgas. Sentí mi verga hincharse como una vela al viento, comenzando a tener serios problemas para disimular su eminente erección.
Ahora estaba frente a ella, en el mostrador de los helados. Mis ojos se deslizaron sigilosamente hasta su escote quedando prendidos en él. Se había inclinado sobre el mostrador y volcando sus pechos sobre el mismo, permitía que yo los admirara largamente. Eligió una caja de sorbetes de frambuesa. Su forma, alargada y cilíndrica, me transportaba a paraísos de placer que había tenido ocasión de conocer. Mi respiración se agitó ligeramente pensando en lo que me depararía el destino para esa noche. Mientras esperábamos nuestro turno en la caja, ella se había vuelto hacia mí en dos ocasiones, regalándome una sonrisa de complicidad que me hizo temblar de pies a cabeza. El mundo daba vueltas a mi alrededor cuando, como al descuido, pasó rozando con su culo la protuberancia de mi pene en erección. Una vez más, conocedora del veneno que inoculaba a sus víctimas, sonrió ampliamente mientras caminaba hacia la puerta de salida.
Aquella mañana volví a encontrarme con ella. Había caminado hasta la playa y, cuando me disponía a colocar la toalla sobre la arena, descubrí con sorpresa, que estaba muy cerca de mí. Estaba allí, recostada sobre la hamaca y untando de crema sus muslos en una caricia interminable. Los hilos que sujetaban su tanga deslizándose con cada movimiento. Su diminuto bikini intentando ocultar con dificultad aquellos hermosos pechos redondos, duros y coronados por dos pezones que miraban al cielo con descaro. No quería que ella me viese. Así que me retiré un poco buscando un punto de vista certero para observarla sin ser visto. Mi verga iniciaba el ascenso peligrosamente y me tumbé sobre la toalla dispuesto a abortar cualquier signo de rebeldía.
Unos minutos después, pude ver cómo su amiga se acercaba caminando despacio. Era una mujer explosiva, rubia, de piel blanca y rasgos rotundos. Sus pechos eran grandes y bien formados. Redonda y grácil al mismo tiempo. La visión de aquellas nalgas me produjo un vahído y a punto estuve de perder el conocimiento. Aquellas nalgas estaban tan cerca… ahora podía comprender perfectamente el efecto que producía su visión. Ahogué un suspiro de placer y pensé lo que sería capaz de hacer si las tuviera a ambas al alcance de mis lujuriosas manos. Pero no, no iba a descubrirme ahora. Me gustaba la idea de mirar sin ser visto. Me pregunté qué harían al regresar a casa. Sus cuerpos tostados por el sol y envueltos en salitre serían una tentación imposible de rechazar.
La morena permanecía tumbada en la hamaca. Había untando generosamente sus piernas con aquel aceite de olor tropical que, en contacto con el sol, acentuaba su aroma convirtiéndolo en un afrodisíaco. Respiré hondo intentando regular mi agitación. Tenía ganas de tocar aquellos cuerpos, de besarlos y lamerlos hasta la saciedad. Ella alargó el frasco de aceite a su amiga y ésta, solícita, dejó caer sobre sus pechos una buena cantidad iniciando inmediatamente un masaje sobre ellos. Los amasaba con suavidad, presionaba y se detenía. Sus dedos se deslizaban haciendo presión desde la base hasta los pezones. Los pellizcaba suavemente friccionándolos después con la palma de la mano abierta. Podía sentir los suspiros de placer de ambas y, sobre todo, podía sentir el efecto que aquellos eróticos movimientos estaban provocando en mí.
Sí, había recibido una invitación "formal" para participar en sus juegos. Pero ¿Estaba dispuesto a perder ese privilegio del anonimato? No estaba seguro. Absorto en mis dudas y recuerdos no habían tomado conciencia de mis movimientos. Fue el sonido de la puerta lo que me hizo regresar a la realidad. Estaba en la calle y mis pasos se dirigían a la casa de mis vecinas. Me detuve unos instantes. No, no sería lo mismo. Dudé una vez más y sin darme cuenta me encontré empujando aquella puerta entreabierta que me invitaba a pasar sin más preámbulos.
Estaba allí… unos pasos más y tendría al alcance de mis manos a aquellas dos diosas del amor que tanto me habían distraído de mis obligaciones. Respiré profundamente al coronar el primer piso. Recapitulé un segundo más y con pasos largos subí los escalones que me separaban de aquel dormitorio cuyos secretos conocía como la palma de mi mano. Allí estaban las dos. Doblegadas y rendidas por el placer. Allí estaban. Dormidas. Serenas. Desnudas. ¿Qué más podía pedir? Ahora podía hacer realidad cada una de mis ocultas fantasías.
Aquellas dos mujeres tendidas en la cama se me antojaban un sueño inalcanzable. Me acerqué sigilosamente a ellas, tratando de palpar con mis ojos la suavidad de aquellas pieles, todavía húmedas y seguramente calientes. Adiviné sin dificultad las humedades de sus sexos que, entreabiertos, todavía respiraban deseo. Podía lamer sus cuerpos a mi antojo. Estaban allí para mí. Pero… ¿Quién habría de ser la primera? ¿Cuál de ellas me atraía más? No podía decidirme, estaba tan caliente que mi verga amenazaba con romper la barrera que lo encerraba. Quería tenerlas a las dos a un tiempo.
Sólo había estado unos minutos mirándolas, cuando una de ellas abriendo sus ojos me sonrió y extendiendo su mano me indicó que me acercara. Ella, la morena, incorporándose ligeramente, se inclinó sobre su amiga besándola en los labios y perfilando su apetitosa boca con la punta de su lengua. Inmediatamente pude observar cómo los pezones de ambas adquirían una tonalidad más oscura y se erizaban produciéndome un escalofrío de placer que me recorrió de la cabeza a los pies. Ella, continuó mirándome descaradamente mientras sus dedos bajaban lentamente por el cuerpo desnudo de su amiga. Dibujando con un dedo el contorno de sus pechos, en círculos concéntricos. Aproximándose a los pezones y pellizcándolos con deleite mientras con su mirada, sensual y provocadora, me retaba a participar de aquel banquete.
No podía dudarlo más, quería lamer aquel sexo húmedo y rosado abierto ante mis ojos. Me arrodillé junto a la cama. Aquella mirada expectante de la mañana, ahora ansiaba algo más. “Soy Patricia”, me dijo mirándome, mientras sus labios entreabiertos dibujaban una cálida sonrisa. “Y yo, Eva”, dijo la morena del cabello ensortijado, que me había llevado al éxtasis unas horas antes. No es momento para presentaciones, pensé. Mi verga completamente erecta delataba claramente la urgencia de mis deseos. Alargué mi mano para rozar con ella el vientre de aquella rubia, redonda y apetitosa. Su ombligo formaba una cavidad perfecta. Introduje uno de mis dedos en él, bordeándolo con calma. Un leve gemido de placer escapó de la garganta de Patricia. Mi dedo entonces, se puso en movimiento, recorriendo con extremada lentitud la delgada línea oscura de su vientre hasta alcanzar el pequeño montículo de aquel pubis perfectamente depilado. Mi dedo se detuvo justamente antes de la entrada principal. ¿Por dónde empezar a degustar aquel hermoso cuerpo?
Me volví para mirar a Eva. Ella estaba ahora de espaldas y la curva arqueada de su cintura alzaba sus nalgas aún más. Alargué la mano para tocarlas, eran suaves y perfectamente esféricas. ¿Serían tan dulces como había imaginado? Retiré la mano y un estremecimiento recorrió mi cuerpo. Deseaba con desesperación morder aquellas nalgas. Eva se había vuelto para mirarme y pasando la punta de su lengua por sus labios me ofrecía el banquete de sus hermosos pechos. Acariciaba provocadoramente sus pezones mientras me miraba. Estaba sentado al borde de la cama. La agitada respiración me impedía pensar.
Eva se acercó más a mí. Tan cerca estaba, que uno de sus pezones rozaba ahora la comisura de mis labios: "son dulces como mis nalgas, puedes morderlos…" dijo. ¡Había adivinado mis torpes pensamientos! No lo dudé un instante. Sentía la saliva acudir en mi ayuda, preparándose para degustar aquellos pezones. Tomé uno de sus pechos entre mis manos y comencé a lamerlo con lujuria. Mi lengua recorría lentamente el estrecho valle que los separaba. Me detuve unos instantes y subí muy lentamente recorriendo aquel montículo de carne blanca y apretada. Tuve que tragar saliva. Me ahogaba, tal era la pasión encendida que la cercanía de aquellos pechos me provocaba.
“¡Chupa mis pezones con fuerza!” -dijo Eva- “Sujétalos entre tus dedos y muévelos como si liaras un cigarrillo. ¡Muérdelos!” No pude evitar un gemido de placer al escuchar sus palabras y, sin dudarlo un momento, acerqué mis labios a aquellas frutas deliciosas, besándolas con pasión. Mi lengua lamía aquel pezón completamente erecto comprobando su dureza mientras, en mi pantalón, un volcán en erupción empujaba buscando la salida. Pero aquello era una minucia. No podía detenerme ahora. Y no era necesario que lo hiciera, porque Patricia, consciente de mi calentura, se había acercado a mí y habilidosamente frotaba mi miembro completamente erecto.
Sentía el calor abrasador de sus manos atravesando la ropa. De un golpe bajó el cierre de mi pantalón y, separando habilidosamente mis fuertes muslos, tiró de él dejando al descubierto mi verga. Tomándola entre sus manos, acercó su ardiente aliento a ella mientras observaba la reacción que producía en mí, retirándose muy despacio para volver a expulsar su aliento una vez más. Era un juego deliciosamente exasperante, mi verga completamente henchida estaba a punto de descargar su dulce contenido. Pero ella, previsora, rápidamente anilló con sus dedos la base de mi pene, impidiendo la inminencia de mi eyaculación. Una extraña sensación de vértigo me hizo cerrar los ojos y abandonarme absolutamente a los deseos de aquellas dos insaciables amantes.
La voz de Eva me sacó del ensimismamiento. “¡No nos has dicho tu nombre!” “Adam”, contesté con la voz entrecortada. “Adam”, dijo, ofreciéndome sus pechos… “¡Vamos! ¡Chúpalos más… un poco más!”, suplicaba, mientras se introducía los dedos en el sexo húmedo. Una oleada de calor me invadió cuando pude percibir el aroma de aquellos jugos secretados por su exquisito manjar marino. Ella, observando mi reacción, sacó sus dedos empapados y me los ofreció diciendo: “Te gustará, lámelos uno a uno…” Pude sentir que el corazón dejaba de latir y tuve que hacer una honda inspiración para no quedar sin aliento. Aquella mujer era el mismo demonio.
No podía distinguir con claridad cuál de las dos me daba más placer. Patricia lamía con fruición mi miembro produciéndome una erección insólita. Su lengua bajaba despacio, recorriendo con habilidad de equilibrista, la delgada línea que va desde la base del pene hasta las proximidades de mi abertura anal. Se detenía allí y dejaba que su aliento cálido acariciara la zona sin rozarla. Aquella caricia era casi una tortura. ¡Qué deliciosa tortura! Sacaba su lengua y masajeaba pacientemente aquel punto del perineo que tanto me excitaba. Los diminutos movimientos de su lengua haciendo círculos sobre él, me transportaban sin remedio a la antesala del cielo. Fue entonces cuando tomé la decisión de abandonarme al placer y disfrutar al máximo sin necesidad de hacer nada.
Ellas, enfebrecidas por el deseo, se lanzaron sobre mi cuerpo semidesnudo. No, no era un delirio. Eran ellas que, habilidosas, me desnudaban colmándome de alientos y caricias. Entre ambas tiraron de mi cuerpo hasta dejarme tendido sobre la alfombra. Con una lentitud que se aproximaba a la tortura, separaron mis muslos, dos almohadas debajo de mi pelvis levantaron mi miembro erecto, aún más. Había alcanzado la plenitud de su envergadura. Mientras ellas observaban con curiosidad pecaminosa cada una de mis reacciones, quise pedir clemencia, pero el dedo de Eva apuntando a sus labios me lo impidió. No habría clemencia.
Ahora Patricia, inclinándose sobre mi verga erecta había volcado sus generosos pechos sobre ella. Una sensación de placer envolvente me recorrió de arriba abajo. Sus pechos habían envuelto mi verga y la masajeaban con prestancia. ¡Oh Dios…! ¡Aquella era la más extraordinariamente placentera forma de masturbación! “¡Más por favor!”, rogué con desesperación… y ella entonces abrazó con sus enormes pechos mi miembro erecto, frotándolo entre ellos con ritmo endemoniado. Mi garganta exhaló un ronco gemido de placer. Ella, animada por mi reacción, aceleró el movimiento un poco más mientras decía: “¡Vamos! ¡Puedes derramarte sobre mis pechos! ¡Eva espera poder lamer cada gota de tu leche!”
Una gran sacudida estremeció cada músculo de mi cuerpo. Mi verga, engullida por aquellos pechos, estaba a punto de estallar. No tuve tiempo de más, una deliciosa ola de sensaciones me arrastró envolviéndome por completo, mientras mi verga derramaba su abundante lluvia sobre aquellos pechos que tan deliciosamente la habían masturbado. No pude reaccionar, sentía la lengua de Eva lamiendo las últimas gotas de mi semen con tal maestría, que cortaba la respiración. Pronto la tenía casi sentada sobre mi pecho y, sujetando mis manos contra el suelo, me ofrecía la excitante y cercana visión de sus nalgas en primerísimo plano. Quise introducir mi lengua en la delgada línea que separaba sus nalgas, pero ella con habilidad extrema se alejaba lo suficiente para continuar provocándome. El culo de Eva se movía sinuosamente acercándose a mis labios cada vez más.
Sentía cómo la saliva, producida por la excitación, estaba a punto de asfixiarme cuando Patricia, con sus hábiles manos, separó las nalgas de Eva para mostrarme los detalles del espectáculo más vibrante. El anillo oscuro de su entrada anal se abría y cerraba ante mis incrédulos ojos y, en acompasado movimiento, su entrada vaginal, rosada y completamente húmeda, evocaba los más escabrosos deseos de cualquier humano. Patricia deslizaba su lengua dentro del ano de Eva, que enloquecida de placer gritaba pidiendo más. Era una visión estremecedora. Su lengua entraba y salía de aquel hermoso culo con movimientos serpenteantes. “¡Por favor, soltad mis manos!”, grité sumido en la desesperación. Sentía mi verga alcanzar proporciones desconocidas para mí, cuando Patricia, introduciendo sus dedos en el ano de Eva, cuyo anillo se cerraba engulléndolos con apetito voraz, dijo: “¡Estás deseando hacer tuyo este precioso culo! ¡Adelante!”
Aquellas mujeres eran endemoniadamente perversas. El deseo de penetrarla hasta el fondo hizo que me incorporara bruscamente. Pero Eva, empujándome sobre la alfombra, abrió su boca atrapando entre sus labios carnosos mi verga. “Mmmmmm…, eres deliciosa…” musité. Sus labios se cerraron como dos esposas sobre ella. Succionaba su extremo y acariciaba con su lengua el pequeño orificio de mi verga y, sujetándola por la base, formaba un anillo cuya presión aumentaba mi erección y multiplicaba las sensaciones de placer. Patricia, sentada frente a nosotros sobre el sofá, había separado sus piernas mostrándome aquella raja abierta, inflamada por el placer y que semejaba una rosa cubierta por el rocío. Aquella visión paradisíaca me llevó al límite, estaba a punto de perder el control.
Eva continuaba mamando con fruición mi verga, aumentando su presión sobre ella con cada uno de mis gemidos de placer. Sin detener la placentera succión, hizo un gesto a Patricia para que se acercara y ella, hundiendo su cabeza entre mis muslos, los separó buscando mi entrada anal. Sus lamidas me llevaron de nuevo a otras galaxias. Su boca, inundada de saliva, atacaba ahora mi culo con pequeñas e intermitentes succiones que me llevaban al éxtasis. Su lengua, húmeda y caliente, me penetraba con movimientos rápidos, aleteando sobre mi ano como una mariposa y arrastrándome al límite del paroximo.
No era posible describir con palabras la enorme cantidad de sensaciones que mi cuerpo podía apreciar. Cada uno de mis músculos se tensaba mientras una catarata de estremecimientos me sacudía. Podía sentir cómo mi ano se dilataba y cómo aquella lengua, que más parecía una serpiente, se introducía cada vez más adentro y me arrastraba sin piedad hasta el éxtasis más perfecto. Mi cuerpo, arqueado por la intensidad del placer, empezó a estremecerse mientras yo, entre gemidos, pedía más y más… Ellas atacaban, sin piedad y con furia, cada rincón de mi cuerpo arrastrándolo sin remedio, al punto de fusión.
Los dedos de Patricia habían entrado en mi culo y se movían como buscando con desesperación no se qué. Un estremecimiento que se iniciaba en mi verga y se expandía lentamente por todo mi cuerpo, anunció que estaba a punto de alcanzar la cima del placer más absoluto. Mi cuerpo se arqueó solicitando más fuerza en la mamada y Eva, solícita, aceleró el ritmo. Mientras, Patricia recorría con su lengua húmeda mis testículos, hasta engullirlos dentro de su boca en un masaje que paralizó mi respiración durante segundos interminables.
Sentía los dedos de Patricia alojados en mi ano masturbándolo sin pausa. Todo mi cuerpo tembló de arriba abajo. Mi respiración entrecortada podía escucharse fácilmente. Los latidos de mi corazón sonaban al ritmo de mis gemidos de placer; cuando mi verga, enterrada hasta el fondo de la garganta de Eva, estalló al fin, soltando su contenido a borbotones y dejándome casi sin aliento. Observé cómo la leche escurría por las comisuras de sus labios y un nuevo estertor de gozo indescriptible recorrió mi cuerpo. Ella, levantando sus ojos, me miraba; mientras con su lengua golosa, relamía con cuidado hasta la última gota de mi semen. Extenuado cerré los ojos. Las puertas del paraíso se habían abierto para mí.
No sé cuanto tiempo permanecí en ese estado de sopor que produce el placer desmesurado. El silencio absoluto me despertó y busqué con la mirada a mis amigas. No estaban allí. Esperé unos minutos… "Patricia… Eva…" dije. Me dirigí a la escalera y mientras bajaba pude escuchar sus voces. Estaban en el patio. Una junto a la otra. Tendidas sobre la hierba fresca. Eva mordisqueaba uno de aquellos sorbetes de frambuesa que había visto cuando compraban en el supermercado. Su lengua alargada y extendida lo lamía de arriba abajo mientras sus ojos, cargados de deseo, lo miraban inquisitivamente. Volvió a repetir el gesto una vez más y después, introduciendo la totalidad del helado en su boca, cerró los labios y apretándolos, inició el camino de regreso, sin dejar de mirarme.
Mi verga se levantaba de nuevo en pie de guerra. La mirada de Eva, llena de deseo, se dirigió entonces a aquella parte de mi anatomía que parecía tener vida propia, mi erección era más que evidente y ella no estaba dispuesta a perder el tiempo. Se arrodilló muy despacio. Su lengua recorría el helado de arriba abajo una vez más, cuando girando sobre sí misma me ofreció su hermoso culo. “Sodomízame”, dijo con voz tenue. No lo dudé un instante, y tomándola con fuerza por la cintura, dirigí mi artillería pesada hacia aquella pequeña abertura situada entre sus hermosas nalgas. La azoté una y otra vez arrancando de su garganta gritos de placer que retumbaron en los muros que rodeaban el patio. “Sí” -gritaba ella- “me gusta, quiero más… métemela toda” Empujé suavemente la primera vez. La segunda embestida fue suficiente para envainársela hasta el fondo. “Ahhh, dame más fuerte…”, susurro con la voz rota. Aquel hermoso agujero había engullido mi verga abrazándola fuertemente con movimientos de succión. Cada una mis embestidas era acompañada por el movimiento de vaivén de sus potentes caderas. Sus jadeos de placer iban en aumento y estimulaban mi deseo de hacerla llegar a lo más alto.
Miré a Patricia. Tumbada sobre la hierba nos observaba. Me mostraba su sexo abierto y palpitante, pleno de humedades. Sus dedos acariciaban despacio las proximidades de su hendidura. Me guiñó un ojo y con sonrisa picara se levantó para acercarse a mí por detrás. Su cuerpo se aproximó a mis nalgas rozándolas en un abrazo. Sus hábiles dedos habían entrado en mi rincón más íntimo masajeándolo con delicadeza. Mi mente, nublada por el placer, trataba de imaginar sus intenciones. Mis manos sujetaban con fuerza la cintura de Eva hincándole mi verga una y otra vez. “Más, dame más… más”, gritaba entre jadeos de placer. Le gustaba con delirio el sexo anal, era evidente. Movía sus caderas con ritmo enloquecido empujando una y otra vez mientras gritaba pidiendo más y más y, segundos después… “Lléname con tu dulce leche… ya, ya, ya… ahora… siiiii”. Sensaciones indescriptibles recorrieron nuestros cuerpos empapados de sudor, mientras el potente chorro de mi semen llenaba su hermoso agujero negro… Saqué la verga dejándole chorrear sobre sus nalgas.
Patricia no se hizo esperar; con avidez insaciable, lamía lujuriosamente las nalgas de Eva introduciendo la punta de su lengua entre ellas y sorbiendo las últimas gotas que salían de su entrada anal todavía dilatada por el placer. Después, mirándome a los ojos, tomó mi verga chorreante entre sus manos para lamerla con maestría.
No podía creer lo que había vivido con ellas. Admirarlas, mirarlas, desearlas, tocarlas, lamerlas, poseerlas, habría sido el “súmmun” para cualquier hombre. Era el más afortunado ¿Tendría más oportunidades? La respuesta no se hizo esperar. “Deseamos que nos mires cada mañana por la ventana y además… te esperaremos cada noche, la puerta estará siempre abierta…”
Conocía a esas dos mujeres como si hubiera convivido con ellas toda la vida. El ventanal de su dormitorio estaba tan cerca de mi ventana que era imposible evitar observarlas en cada movimiento. Conocía sus horarios, sus delirios y sus juegos más íntimos. Incluso había dejado de mirar la TV, porque el espectáculo que ellas me ofrecían me excitaba mucho más que cualquier otra cosa. Hacía tiempo que el sexo había dejado de interesarme. Mirarlas con sigilo, mientras jugueteaban con sus cuerpos, se había convertido en mi más ardiente deseo diario.
La morena del cabello largo y ensortijado había estado muy cerca de mí en varias ocasiones. La descubrí una lluviosa mañana en el supermercado. Un pantalón ajustado me permitió adivinar la extraordinaria redondez de su culo. La observé con detenimiento durante más de una hora mientras hacía el recorrido por los anaqueles. La había tenido tan cerca que a punto estuve de desmayarme cuando ella, a sabiendas de la excitación que me provocaba, me dirigió una mirada traviesa alejándose de mí mientras movía con ardiente sensualidad sus nalgas. Sentí mi verga hincharse como una vela al viento, comenzando a tener serios problemas para disimular su eminente erección.
Ahora estaba frente a ella, en el mostrador de los helados. Mis ojos se deslizaron sigilosamente hasta su escote quedando prendidos en él. Se había inclinado sobre el mostrador y volcando sus pechos sobre el mismo, permitía que yo los admirara largamente. Eligió una caja de sorbetes de frambuesa. Su forma, alargada y cilíndrica, me transportaba a paraísos de placer que había tenido ocasión de conocer. Mi respiración se agitó ligeramente pensando en lo que me depararía el destino para esa noche. Mientras esperábamos nuestro turno en la caja, ella se había vuelto hacia mí en dos ocasiones, regalándome una sonrisa de complicidad que me hizo temblar de pies a cabeza. El mundo daba vueltas a mi alrededor cuando, como al descuido, pasó rozando con su culo la protuberancia de mi pene en erección. Una vez más, conocedora del veneno que inoculaba a sus víctimas, sonrió ampliamente mientras caminaba hacia la puerta de salida.
Aquella mañana volví a encontrarme con ella. Había caminado hasta la playa y, cuando me disponía a colocar la toalla sobre la arena, descubrí con sorpresa, que estaba muy cerca de mí. Estaba allí, recostada sobre la hamaca y untando de crema sus muslos en una caricia interminable. Los hilos que sujetaban su tanga deslizándose con cada movimiento. Su diminuto bikini intentando ocultar con dificultad aquellos hermosos pechos redondos, duros y coronados por dos pezones que miraban al cielo con descaro. No quería que ella me viese. Así que me retiré un poco buscando un punto de vista certero para observarla sin ser visto. Mi verga iniciaba el ascenso peligrosamente y me tumbé sobre la toalla dispuesto a abortar cualquier signo de rebeldía.
Unos minutos después, pude ver cómo su amiga se acercaba caminando despacio. Era una mujer explosiva, rubia, de piel blanca y rasgos rotundos. Sus pechos eran grandes y bien formados. Redonda y grácil al mismo tiempo. La visión de aquellas nalgas me produjo un vahído y a punto estuve de perder el conocimiento. Aquellas nalgas estaban tan cerca… ahora podía comprender perfectamente el efecto que producía su visión. Ahogué un suspiro de placer y pensé lo que sería capaz de hacer si las tuviera a ambas al alcance de mis lujuriosas manos. Pero no, no iba a descubrirme ahora. Me gustaba la idea de mirar sin ser visto. Me pregunté qué harían al regresar a casa. Sus cuerpos tostados por el sol y envueltos en salitre serían una tentación imposible de rechazar.
La morena permanecía tumbada en la hamaca. Había untando generosamente sus piernas con aquel aceite de olor tropical que, en contacto con el sol, acentuaba su aroma convirtiéndolo en un afrodisíaco. Respiré hondo intentando regular mi agitación. Tenía ganas de tocar aquellos cuerpos, de besarlos y lamerlos hasta la saciedad. Ella alargó el frasco de aceite a su amiga y ésta, solícita, dejó caer sobre sus pechos una buena cantidad iniciando inmediatamente un masaje sobre ellos. Los amasaba con suavidad, presionaba y se detenía. Sus dedos se deslizaban haciendo presión desde la base hasta los pezones. Los pellizcaba suavemente friccionándolos después con la palma de la mano abierta. Podía sentir los suspiros de placer de ambas y, sobre todo, podía sentir el efecto que aquellos eróticos movimientos estaban provocando en mí.
Sí, había recibido una invitación "formal" para participar en sus juegos. Pero ¿Estaba dispuesto a perder ese privilegio del anonimato? No estaba seguro. Absorto en mis dudas y recuerdos no habían tomado conciencia de mis movimientos. Fue el sonido de la puerta lo que me hizo regresar a la realidad. Estaba en la calle y mis pasos se dirigían a la casa de mis vecinas. Me detuve unos instantes. No, no sería lo mismo. Dudé una vez más y sin darme cuenta me encontré empujando aquella puerta entreabierta que me invitaba a pasar sin más preámbulos.
Estaba allí… unos pasos más y tendría al alcance de mis manos a aquellas dos diosas del amor que tanto me habían distraído de mis obligaciones. Respiré profundamente al coronar el primer piso. Recapitulé un segundo más y con pasos largos subí los escalones que me separaban de aquel dormitorio cuyos secretos conocía como la palma de mi mano. Allí estaban las dos. Doblegadas y rendidas por el placer. Allí estaban. Dormidas. Serenas. Desnudas. ¿Qué más podía pedir? Ahora podía hacer realidad cada una de mis ocultas fantasías.
Aquellas dos mujeres tendidas en la cama se me antojaban un sueño inalcanzable. Me acerqué sigilosamente a ellas, tratando de palpar con mis ojos la suavidad de aquellas pieles, todavía húmedas y seguramente calientes. Adiviné sin dificultad las humedades de sus sexos que, entreabiertos, todavía respiraban deseo. Podía lamer sus cuerpos a mi antojo. Estaban allí para mí. Pero… ¿Quién habría de ser la primera? ¿Cuál de ellas me atraía más? No podía decidirme, estaba tan caliente que mi verga amenazaba con romper la barrera que lo encerraba. Quería tenerlas a las dos a un tiempo.
Sólo había estado unos minutos mirándolas, cuando una de ellas abriendo sus ojos me sonrió y extendiendo su mano me indicó que me acercara. Ella, la morena, incorporándose ligeramente, se inclinó sobre su amiga besándola en los labios y perfilando su apetitosa boca con la punta de su lengua. Inmediatamente pude observar cómo los pezones de ambas adquirían una tonalidad más oscura y se erizaban produciéndome un escalofrío de placer que me recorrió de la cabeza a los pies. Ella, continuó mirándome descaradamente mientras sus dedos bajaban lentamente por el cuerpo desnudo de su amiga. Dibujando con un dedo el contorno de sus pechos, en círculos concéntricos. Aproximándose a los pezones y pellizcándolos con deleite mientras con su mirada, sensual y provocadora, me retaba a participar de aquel banquete.
No podía dudarlo más, quería lamer aquel sexo húmedo y rosado abierto ante mis ojos. Me arrodillé junto a la cama. Aquella mirada expectante de la mañana, ahora ansiaba algo más. “Soy Patricia”, me dijo mirándome, mientras sus labios entreabiertos dibujaban una cálida sonrisa. “Y yo, Eva”, dijo la morena del cabello ensortijado, que me había llevado al éxtasis unas horas antes. No es momento para presentaciones, pensé. Mi verga completamente erecta delataba claramente la urgencia de mis deseos. Alargué mi mano para rozar con ella el vientre de aquella rubia, redonda y apetitosa. Su ombligo formaba una cavidad perfecta. Introduje uno de mis dedos en él, bordeándolo con calma. Un leve gemido de placer escapó de la garganta de Patricia. Mi dedo entonces, se puso en movimiento, recorriendo con extremada lentitud la delgada línea oscura de su vientre hasta alcanzar el pequeño montículo de aquel pubis perfectamente depilado. Mi dedo se detuvo justamente antes de la entrada principal. ¿Por dónde empezar a degustar aquel hermoso cuerpo?
Me volví para mirar a Eva. Ella estaba ahora de espaldas y la curva arqueada de su cintura alzaba sus nalgas aún más. Alargué la mano para tocarlas, eran suaves y perfectamente esféricas. ¿Serían tan dulces como había imaginado? Retiré la mano y un estremecimiento recorrió mi cuerpo. Deseaba con desesperación morder aquellas nalgas. Eva se había vuelto para mirarme y pasando la punta de su lengua por sus labios me ofrecía el banquete de sus hermosos pechos. Acariciaba provocadoramente sus pezones mientras me miraba. Estaba sentado al borde de la cama. La agitada respiración me impedía pensar.
Eva se acercó más a mí. Tan cerca estaba, que uno de sus pezones rozaba ahora la comisura de mis labios: "son dulces como mis nalgas, puedes morderlos…" dijo. ¡Había adivinado mis torpes pensamientos! No lo dudé un instante. Sentía la saliva acudir en mi ayuda, preparándose para degustar aquellos pezones. Tomé uno de sus pechos entre mis manos y comencé a lamerlo con lujuria. Mi lengua recorría lentamente el estrecho valle que los separaba. Me detuve unos instantes y subí muy lentamente recorriendo aquel montículo de carne blanca y apretada. Tuve que tragar saliva. Me ahogaba, tal era la pasión encendida que la cercanía de aquellos pechos me provocaba.
“¡Chupa mis pezones con fuerza!” -dijo Eva- “Sujétalos entre tus dedos y muévelos como si liaras un cigarrillo. ¡Muérdelos!” No pude evitar un gemido de placer al escuchar sus palabras y, sin dudarlo un momento, acerqué mis labios a aquellas frutas deliciosas, besándolas con pasión. Mi lengua lamía aquel pezón completamente erecto comprobando su dureza mientras, en mi pantalón, un volcán en erupción empujaba buscando la salida. Pero aquello era una minucia. No podía detenerme ahora. Y no era necesario que lo hiciera, porque Patricia, consciente de mi calentura, se había acercado a mí y habilidosamente frotaba mi miembro completamente erecto.
Sentía el calor abrasador de sus manos atravesando la ropa. De un golpe bajó el cierre de mi pantalón y, separando habilidosamente mis fuertes muslos, tiró de él dejando al descubierto mi verga. Tomándola entre sus manos, acercó su ardiente aliento a ella mientras observaba la reacción que producía en mí, retirándose muy despacio para volver a expulsar su aliento una vez más. Era un juego deliciosamente exasperante, mi verga completamente henchida estaba a punto de descargar su dulce contenido. Pero ella, previsora, rápidamente anilló con sus dedos la base de mi pene, impidiendo la inminencia de mi eyaculación. Una extraña sensación de vértigo me hizo cerrar los ojos y abandonarme absolutamente a los deseos de aquellas dos insaciables amantes.
La voz de Eva me sacó del ensimismamiento. “¡No nos has dicho tu nombre!” “Adam”, contesté con la voz entrecortada. “Adam”, dijo, ofreciéndome sus pechos… “¡Vamos! ¡Chúpalos más… un poco más!”, suplicaba, mientras se introducía los dedos en el sexo húmedo. Una oleada de calor me invadió cuando pude percibir el aroma de aquellos jugos secretados por su exquisito manjar marino. Ella, observando mi reacción, sacó sus dedos empapados y me los ofreció diciendo: “Te gustará, lámelos uno a uno…” Pude sentir que el corazón dejaba de latir y tuve que hacer una honda inspiración para no quedar sin aliento. Aquella mujer era el mismo demonio.
No podía distinguir con claridad cuál de las dos me daba más placer. Patricia lamía con fruición mi miembro produciéndome una erección insólita. Su lengua bajaba despacio, recorriendo con habilidad de equilibrista, la delgada línea que va desde la base del pene hasta las proximidades de mi abertura anal. Se detenía allí y dejaba que su aliento cálido acariciara la zona sin rozarla. Aquella caricia era casi una tortura. ¡Qué deliciosa tortura! Sacaba su lengua y masajeaba pacientemente aquel punto del perineo que tanto me excitaba. Los diminutos movimientos de su lengua haciendo círculos sobre él, me transportaban sin remedio a la antesala del cielo. Fue entonces cuando tomé la decisión de abandonarme al placer y disfrutar al máximo sin necesidad de hacer nada.
Ellas, enfebrecidas por el deseo, se lanzaron sobre mi cuerpo semidesnudo. No, no era un delirio. Eran ellas que, habilidosas, me desnudaban colmándome de alientos y caricias. Entre ambas tiraron de mi cuerpo hasta dejarme tendido sobre la alfombra. Con una lentitud que se aproximaba a la tortura, separaron mis muslos, dos almohadas debajo de mi pelvis levantaron mi miembro erecto, aún más. Había alcanzado la plenitud de su envergadura. Mientras ellas observaban con curiosidad pecaminosa cada una de mis reacciones, quise pedir clemencia, pero el dedo de Eva apuntando a sus labios me lo impidió. No habría clemencia.
Ahora Patricia, inclinándose sobre mi verga erecta había volcado sus generosos pechos sobre ella. Una sensación de placer envolvente me recorrió de arriba abajo. Sus pechos habían envuelto mi verga y la masajeaban con prestancia. ¡Oh Dios…! ¡Aquella era la más extraordinariamente placentera forma de masturbación! “¡Más por favor!”, rogué con desesperación… y ella entonces abrazó con sus enormes pechos mi miembro erecto, frotándolo entre ellos con ritmo endemoniado. Mi garganta exhaló un ronco gemido de placer. Ella, animada por mi reacción, aceleró el movimiento un poco más mientras decía: “¡Vamos! ¡Puedes derramarte sobre mis pechos! ¡Eva espera poder lamer cada gota de tu leche!”
Una gran sacudida estremeció cada músculo de mi cuerpo. Mi verga, engullida por aquellos pechos, estaba a punto de estallar. No tuve tiempo de más, una deliciosa ola de sensaciones me arrastró envolviéndome por completo, mientras mi verga derramaba su abundante lluvia sobre aquellos pechos que tan deliciosamente la habían masturbado. No pude reaccionar, sentía la lengua de Eva lamiendo las últimas gotas de mi semen con tal maestría, que cortaba la respiración. Pronto la tenía casi sentada sobre mi pecho y, sujetando mis manos contra el suelo, me ofrecía la excitante y cercana visión de sus nalgas en primerísimo plano. Quise introducir mi lengua en la delgada línea que separaba sus nalgas, pero ella con habilidad extrema se alejaba lo suficiente para continuar provocándome. El culo de Eva se movía sinuosamente acercándose a mis labios cada vez más.
Sentía cómo la saliva, producida por la excitación, estaba a punto de asfixiarme cuando Patricia, con sus hábiles manos, separó las nalgas de Eva para mostrarme los detalles del espectáculo más vibrante. El anillo oscuro de su entrada anal se abría y cerraba ante mis incrédulos ojos y, en acompasado movimiento, su entrada vaginal, rosada y completamente húmeda, evocaba los más escabrosos deseos de cualquier humano. Patricia deslizaba su lengua dentro del ano de Eva, que enloquecida de placer gritaba pidiendo más. Era una visión estremecedora. Su lengua entraba y salía de aquel hermoso culo con movimientos serpenteantes. “¡Por favor, soltad mis manos!”, grité sumido en la desesperación. Sentía mi verga alcanzar proporciones desconocidas para mí, cuando Patricia, introduciendo sus dedos en el ano de Eva, cuyo anillo se cerraba engulléndolos con apetito voraz, dijo: “¡Estás deseando hacer tuyo este precioso culo! ¡Adelante!”
Aquellas mujeres eran endemoniadamente perversas. El deseo de penetrarla hasta el fondo hizo que me incorporara bruscamente. Pero Eva, empujándome sobre la alfombra, abrió su boca atrapando entre sus labios carnosos mi verga. “Mmmmmm…, eres deliciosa…” musité. Sus labios se cerraron como dos esposas sobre ella. Succionaba su extremo y acariciaba con su lengua el pequeño orificio de mi verga y, sujetándola por la base, formaba un anillo cuya presión aumentaba mi erección y multiplicaba las sensaciones de placer. Patricia, sentada frente a nosotros sobre el sofá, había separado sus piernas mostrándome aquella raja abierta, inflamada por el placer y que semejaba una rosa cubierta por el rocío. Aquella visión paradisíaca me llevó al límite, estaba a punto de perder el control.
Eva continuaba mamando con fruición mi verga, aumentando su presión sobre ella con cada uno de mis gemidos de placer. Sin detener la placentera succión, hizo un gesto a Patricia para que se acercara y ella, hundiendo su cabeza entre mis muslos, los separó buscando mi entrada anal. Sus lamidas me llevaron de nuevo a otras galaxias. Su boca, inundada de saliva, atacaba ahora mi culo con pequeñas e intermitentes succiones que me llevaban al éxtasis. Su lengua, húmeda y caliente, me penetraba con movimientos rápidos, aleteando sobre mi ano como una mariposa y arrastrándome al límite del paroximo.
No era posible describir con palabras la enorme cantidad de sensaciones que mi cuerpo podía apreciar. Cada uno de mis músculos se tensaba mientras una catarata de estremecimientos me sacudía. Podía sentir cómo mi ano se dilataba y cómo aquella lengua, que más parecía una serpiente, se introducía cada vez más adentro y me arrastraba sin piedad hasta el éxtasis más perfecto. Mi cuerpo, arqueado por la intensidad del placer, empezó a estremecerse mientras yo, entre gemidos, pedía más y más… Ellas atacaban, sin piedad y con furia, cada rincón de mi cuerpo arrastrándolo sin remedio, al punto de fusión.
Los dedos de Patricia habían entrado en mi culo y se movían como buscando con desesperación no se qué. Un estremecimiento que se iniciaba en mi verga y se expandía lentamente por todo mi cuerpo, anunció que estaba a punto de alcanzar la cima del placer más absoluto. Mi cuerpo se arqueó solicitando más fuerza en la mamada y Eva, solícita, aceleró el ritmo. Mientras, Patricia recorría con su lengua húmeda mis testículos, hasta engullirlos dentro de su boca en un masaje que paralizó mi respiración durante segundos interminables.
Sentía los dedos de Patricia alojados en mi ano masturbándolo sin pausa. Todo mi cuerpo tembló de arriba abajo. Mi respiración entrecortada podía escucharse fácilmente. Los latidos de mi corazón sonaban al ritmo de mis gemidos de placer; cuando mi verga, enterrada hasta el fondo de la garganta de Eva, estalló al fin, soltando su contenido a borbotones y dejándome casi sin aliento. Observé cómo la leche escurría por las comisuras de sus labios y un nuevo estertor de gozo indescriptible recorrió mi cuerpo. Ella, levantando sus ojos, me miraba; mientras con su lengua golosa, relamía con cuidado hasta la última gota de mi semen. Extenuado cerré los ojos. Las puertas del paraíso se habían abierto para mí.
No sé cuanto tiempo permanecí en ese estado de sopor que produce el placer desmesurado. El silencio absoluto me despertó y busqué con la mirada a mis amigas. No estaban allí. Esperé unos minutos… "Patricia… Eva…" dije. Me dirigí a la escalera y mientras bajaba pude escuchar sus voces. Estaban en el patio. Una junto a la otra. Tendidas sobre la hierba fresca. Eva mordisqueaba uno de aquellos sorbetes de frambuesa que había visto cuando compraban en el supermercado. Su lengua alargada y extendida lo lamía de arriba abajo mientras sus ojos, cargados de deseo, lo miraban inquisitivamente. Volvió a repetir el gesto una vez más y después, introduciendo la totalidad del helado en su boca, cerró los labios y apretándolos, inició el camino de regreso, sin dejar de mirarme.
Mi verga se levantaba de nuevo en pie de guerra. La mirada de Eva, llena de deseo, se dirigió entonces a aquella parte de mi anatomía que parecía tener vida propia, mi erección era más que evidente y ella no estaba dispuesta a perder el tiempo. Se arrodilló muy despacio. Su lengua recorría el helado de arriba abajo una vez más, cuando girando sobre sí misma me ofreció su hermoso culo. “Sodomízame”, dijo con voz tenue. No lo dudé un instante, y tomándola con fuerza por la cintura, dirigí mi artillería pesada hacia aquella pequeña abertura situada entre sus hermosas nalgas. La azoté una y otra vez arrancando de su garganta gritos de placer que retumbaron en los muros que rodeaban el patio. “Sí” -gritaba ella- “me gusta, quiero más… métemela toda” Empujé suavemente la primera vez. La segunda embestida fue suficiente para envainársela hasta el fondo. “Ahhh, dame más fuerte…”, susurro con la voz rota. Aquel hermoso agujero había engullido mi verga abrazándola fuertemente con movimientos de succión. Cada una mis embestidas era acompañada por el movimiento de vaivén de sus potentes caderas. Sus jadeos de placer iban en aumento y estimulaban mi deseo de hacerla llegar a lo más alto.
Miré a Patricia. Tumbada sobre la hierba nos observaba. Me mostraba su sexo abierto y palpitante, pleno de humedades. Sus dedos acariciaban despacio las proximidades de su hendidura. Me guiñó un ojo y con sonrisa picara se levantó para acercarse a mí por detrás. Su cuerpo se aproximó a mis nalgas rozándolas en un abrazo. Sus hábiles dedos habían entrado en mi rincón más íntimo masajeándolo con delicadeza. Mi mente, nublada por el placer, trataba de imaginar sus intenciones. Mis manos sujetaban con fuerza la cintura de Eva hincándole mi verga una y otra vez. “Más, dame más… más”, gritaba entre jadeos de placer. Le gustaba con delirio el sexo anal, era evidente. Movía sus caderas con ritmo enloquecido empujando una y otra vez mientras gritaba pidiendo más y más y, segundos después… “Lléname con tu dulce leche… ya, ya, ya… ahora… siiiii”. Sensaciones indescriptibles recorrieron nuestros cuerpos empapados de sudor, mientras el potente chorro de mi semen llenaba su hermoso agujero negro… Saqué la verga dejándole chorrear sobre sus nalgas.
Patricia no se hizo esperar; con avidez insaciable, lamía lujuriosamente las nalgas de Eva introduciendo la punta de su lengua entre ellas y sorbiendo las últimas gotas que salían de su entrada anal todavía dilatada por el placer. Después, mirándome a los ojos, tomó mi verga chorreante entre sus manos para lamerla con maestría.
No podía creer lo que había vivido con ellas. Admirarlas, mirarlas, desearlas, tocarlas, lamerlas, poseerlas, habría sido el “súmmun” para cualquier hombre. Era el más afortunado ¿Tendría más oportunidades? La respuesta no se hizo esperar. “Deseamos que nos mires cada mañana por la ventana y además… te esperaremos cada noche, la puerta estará siempre abierta…”