Minnie
27-03 2008, 12:30 PM
A Carlos, por entrar en mi juego como un caballero inglés.
Un rayo de sol entraba por mi ventana, abrí los ojos lentamente y de un salto me dirigí a la ducha. Había dormido bien y me sentía llena de energía. Me detuve frente al espejo y observé mi cuerpo semidesnudo. Con un dedo retiré los tirantes de mi pequeño top y mis oscuros pezones asomaron erectos… ¡Qué pena que esté sola! Sólo fue instante… el sol entraba por el ventanal abierto, su caricia me produjo un ligero desasosiego.
Una extraña sensación hizo que volviera mi mirada hacia la ventana… mi vecino de enfrente estaba allí y me observaba. Al verme se retiró rápidamente. Volví frente al espejo y pude ver como mis pezones estaban, ahora, mucho más duros. Me excitaba la idea de aquellos ojos que entraban en mi intimidad sin pedir permiso. ¿Por qué no? Pensé. Y abriendo el ventanal de par en par, me dirigí a la ducha.
El agua templada cayendo sobre mi cuerpo aceleró mis pulsaciones. Estaba allí de nuevo. Me miraba sin ningún recato. Era excitante una ducha a sabiendas de ser observada, con descaro, desde el otro lado. Ahora sabía que no estaba sola.
Dejé que el agua golpeara mi cuerpo con fuerza y, dirigiendo mis pezones hacia adelante, sentí un deseo irrefrenable de masturbarme mientras me miraba. La espuma sobre mis pechos hacía deliciosos milagros. Me detuve en los pezones. Estaban duros, erguidos y tan sensibles que, al rozarlos con las palmas de las manos, un escalofrío de placer recorrió mi espalda.
La mirada de aquel desconocido acariciaba mi cuerpo con lascivia. Sentía el fuego de su deseo abrasando mi piel y mis pezones erectos. Sus ojos lamían ahora mi vientre. Lentamente, bajaban despacio, muy despacio, deslizándose suavemente hasta acercarse a mi sexo. Lo miré. Sus ojos guiaban a mis manos en caricias interminables. No podía dejar de mirarlos. Dos hierros candentes penetrando todos mis secretos. Me excitaba saberlos tan cerca y tan lejos. Retiré la ducha de su gancho y la dirigí con cautela sobre mi sexo, que henchido de placer, esperaba caricias más cercanas.
Dejé que el agua corriera, templada y voluptuosa, sin dejar de frotar las puntas de mis pezones que, completamente erectos, pedían más y más y
más. Un gemido de placer escapó de mi garganta. Dejé que el agua golpeara mi bajo vientre durante unos segundos…,Acerqué mi sexo otra vez al chorro del agua, dirigiéndolo ahora sobre mi clítoris y permitiendo que me acariciara mientras movía mis caderas para acentuar el placer.
Acariciaba mis pezones con movimientos circulares y los frotaba suavemente con el cepillo de baño, esto los excitaba aún más produciendo en mí vagina esos movimientos involuntarios que preceden al orgasmo. Me detuve. No quería agotar tan pronto todos aquellos placeres que la mañana me ofrecía. Un poco más, pensé.
Observé que aquellos ojos candentes continuaban allí y, volviéndome de
espaldas, me mostré descaradamente a aquel extraño. Enjabonaba lentamente mis nalgas, introduciendo mis dedos en el oscuro valle que las separa y bajando despacio hacia la profundidad de mis humedades más secretas.
No podía detenerme, aquellos ojos continuaban guiando mis caricias. Mis dedos recorrieron lentamente el camino de regreso hacia arriba. Y lentamente regresaron para detenerse en la entrada, un suave masaje era suficiente para que se abriera sin recelos. Levanté una pierna sobre el borde de la bañera mientras, con la otra mano, separaba mis nalgas para mostrarle como introducía mis dedos en un movimiento circular. Una oleada de calor invadió mi cuerpo: Me aproximaba de nuevo al orgasmo. No. No quería terminar todavía… quería más, pero ¿qué quería? Quería disfrutar de mi cuerpo en su plenitud. No había rincón de él que desconociese y estaba dispuesta a proporcionarle todo el placer que reclamaba.
Escuché el sonido de la puerta, la inquilina de la habitación de arriba había regresado. Pronto sus pasos sonaron acercándose a mi dormitorio. Pronuncié su nombre: Patricia, y segundos después estaba frente a mí… me miraba con deseo mientras se desnudaba. Me excitaban sus grandes pechos y aquellos pezones siempre erectos y deliciosamente formados que invitaban a chuparlos con vehemencia.
Salí de la ducha para recibirla y acercándome a ella empecé a acariciar con mi lengua sus pezones. Lentamente giró sobre sí misma para rozar con sus nalgas mi sexo. Besaba su nuca con pequeños besos, aleteando con la punta de mi lengua para provocarle esa respiración jadeante que la encaminaba al éxtasis y que tanto me excitaba a mí también.
Aquellos ojos nos miraban ahora gratamente sorprendidos. Ella no se había dado cuenta que nos observaban y así era mejor. No sabía si estaría cómoda en esta situación y no quería perderme los goces que me proporcionaba acariciar cada centímetro de su cuerpo.
La empujé suavemente hacia la ducha. El agua se deslizaba sobre su cuerpo levantando aún más sus pezones: Aumenté la potencia del agua y observé como los chorritos golpeaban justo encima de cada uno de ellos. Ella se acomodó para recibir con más precisión el golpeteo del agua. Miré hacia la ventana. Él seguía con interés cada uno de nuestros movimientos.
Besaba sus pechos mojados sorbiendo con deleite las gotas de sus pezones. Se acercó aún más solicitando mayor contacto y bajando su mano por mi vientre se detuvo en mi ombligo un segundo mientras, lentamente, avanzaba hacia mi sexo. Dejé que me acariciara sin dejar de hacer leves roces sobre sus pezones.
Quería disfrutar de ella, su goce era mi goce. Desaté las cintas que sujetaban mi pelo y las fui atando a sus muñecas. Me observaba en silencio y su respiración se había acelerado. Levanté sus brazos y los sujeté con fuerza al gancho de la ducha. No opuso resistencia. Su cuerpo se cimbreó intentando acercarse al mío. Ahora tenía a mi entera disposición aquel cuerpo hermoso y caliente. Besé sus labios entreabiertos mientras mis manos separaban sus muslos con suavidad.
Mis dedos caminaban por aquel cuerpo deseosos de producir placer en cada movimiento. Introduje mi lengua en su boca y me respondió succionando la mía con apetito voraz. Luchábamos como posesas para encontrar más placer. Ella, maniatada, movía sus caderas buscando el contacto con mi cuerpo.
Mi lengua salió de su boca y sin detenerse continuó su camino hacia el cuello, pequeñas lamidas, mordiscos juguetones y succiones
desesperadas me llevaron hacia su ombligo. Me detuve unos segundos, hundí mi lengua en él y la moví con rapidez. Atada a la ducha suspiraba y jadeaba retorciéndose de placer.
Mis besos avanzaron sobre su vientre desnudo deseosos de alcanzar el preciado tesoro de su sexo, húmedo y caliente. Ella adelantó su pelvis
acercándose a mi boca. Bajé hasta su monte de Venus, depilado y redondo y dejé que mi lengua recorriera lentamente de arriba abajo aquella hendidura. Sentía un placer infinito cuando me acercaba de esta manera a su secreto más íntimo. Mi lengua hizo el camino de regreso deteniéndose y rozando con la punta en su clítoris. Estaba allí, duro, rosado, erecto y deseoso de ser acariciado.
Separé sus labios, la visión de aquel banquete me llevó a un clima de
excitación que no pude contener y una descarga de placer incontrolable
agitó cada centímetro de mi cuerpo, provocando en mí un maremoto de
sensaciones indescriptibles. Estos eran los orgasmos que más nos deleitaban. Ella lo sabía y permitía que jugueteara con su cuerpo hasta verme satisfecha.
Me pidió que la desatara, pero no estaba dispuesta a terminar tan pronto. Un poco más y mi lengua se encaminó de nuevo hacia su sexo hambriento de placer. Separé de nuevos aquellos labios para lamer los surcos que los separaban. Bajé lentamente para penetrarla con mi lengua en movimientos rápidos y profundos.
Deslicé mi lengua de nuevo hacia su clítoris y lo encontré ardiendo de deseo. Lo tomé entre mis labios presionándolo con delicadeza mientras sentía como crecía lentamente. Aumenté la presión y empecé a succionarlo aplicando con fuerza mis labios sobre él, mientras mis dedos buscaban su secreta entrada posterior. Estaba abierta, dilatada, esperando con ansiedad la visita del placer. Mis dedos habían entrado despacio en su culo y ella con sus movimientos me indicaba que deseaba aún más.
Mi boca succionaba con desesperación su clítoris que aumentaba de tamaño y se hacía más y más sensible a mis caricias. Levanté la vista hacia ella y se acariciaba los pezones ¡qué placer me proporcionaba aquella visión! Salí de la ducha para buscar el arnés y el vibrador.
Me coloqué el arnés sin dejar de mirar a mi espectador y regresé a aquel sexo abierto y húmedo que me esperaba sediento. Mi lengua bajaba y subía por su raja deteniéndose en su clítoris para aletear sobre él. Esto la hacía emitir gemidos de placer y su cuerpo temblaba como una hoja. Con delicadeza retiré con mis dedos el capuchón de su clítoris para dejarlo al descubierto. Allí estaba, expectante e hinchado. Esperaba más de mi lengua y aplicadamente se lo ofrecí.
Ella movía sus caderas con un ritmo inusitado. Estaba al borde del orgasmo y esto me llevaba también a mí a las puertas del éxtasis. Quería darle más y más placer, así que introduje en mi boca el vibrador y lo lamí lentamente mientras la miraba. Ella me miró y sin decir una palabra se dio media vuelta mostrándome sus nacaradas nalgas. Mis dedos recorrieron su raja muy lentamente. Me gustaba con delirio hacerla esperar y desear mis caricias.
Apliqué mi lengua a aquella ranura separando las nalgas con las manos. Bajé muy, muy despacio hasta su entrada anal y la penetré con mi lengua lentamente. El placer la enloquecía y gritaba pidiendo más. Metí mi lengua todo lo que pude, haciendo giros con ella en su anillo de entrada. Apliqué mis labios sobre su ano succionándolo con fuerza. Introduje mis dedos en su vagina y pude comprobar el calor que despedía mientras sus vibraciones me adelantaban la fuerza de su siguiente orgasmo.
Date la vuelta, le dije. Separé sus labios y reanudé la caricia de aquel clítoris a punto de estallar de placer. Tomé el vibrador con una de mis manos y lentamente lo dirigí hacia aquella entrada húmeda. No la penetré inmediatamente, quería que me pidiera más, necesitaba escuchar sus gritos de placer. Me detuve y la observé, nunca decía nada, tan solo esperaba mis caricias suplicando con sus ojos que no me detuviera.
Había visto mi arnés que sujetaba un dildo de tamaño considerable. Nunca lo había utilizado con ella. Pero tampoco dijo nada. Se había abandonado a mis juegos y confiaba plenamente en ellos. Estaba absolutamente entregada.
Mi lengua volvió a su sexo y lo lamió despacio. Ella abría y cerraba aquella ranura inflamada mientras aproximaba su vulva a mi boca moviéndola sobre mis labios y mi lengua para obtener más placer. Era el momento. El vibrador penetró en su vagina y el estallido de placer se hizo visible.
Estaba muy cerca del orgasmo pero, como yo, gustaba de disfrutar acercándose al límite y prolongando la antesala del placer al máximo.
Su garganta ahogó un nuevo grito de placer. Rápidamente la hice girar
y volverse de espaldas. Mi clítoris estaba absolutamente hinchado.
Mi corazón latía aceleradamente y deseaba con ansia volver a introducir mi lengua en su culito abierto. Lamía con desesperación su entrada anal y sentía como se dilataba. Separé sus nalgas y dirigí la punta del dildo hacia su abertura trasera. Empujé dos o tres veces y pronto sentí como se deslizaba dentro poco a poco. Ella gemía, gritaba y empujaba con su cuerpo para tener más. Bombeaba dentro de su culo con el dildo adentro y afuera, mientras nuestro hombre de la ventana, con su verga en la mano, se masturbaba sin perder un detalle de nuestros juegos.
Aquello me excitó aún más y reanudé mis entradas y salidas. Apretaba sus tetas y pellizcaba con fuerza sus pezones. Nuestras respiraciones sonaban al unísono, nuestros jadeos y nuestros movimientos eran uno solo. Cariño, estoy a punto, le dije. ¿Quieres algo más? No hizo falta respuesta, sus gritos de placer retumbaron en las paredes de la ducha uniéndose a los míos. El dildo continuaba entrando y saliendo de su culo y ella pedía más y más. Una de mis manos acariciaba ahora su clítoris. La volvía loca cuando frotaba la cabeza de su clítoris en pleno orgasmo y sobre todo si hacía movimientos circulares sobre él. Nuestros orgasmos se sucedieron una y otra vez. Hasta dejarnos exhaustas.
Desaté sus manos y tomando una toalla la coloqué alrededor de su cuerpo, mientras la empujaba suavemente hacia la cama. Se dejó caer. Sus piernas, entreabiertas, mostraban el vibrador que todavía funcionaba dentro de su vagina. Me acerqué para sacarlo, pero ella sujetando mi cabeza sobre su sexo me pedía que volviera a lamer su clítoris. Obedecí sin rechistar. Y mientras sorbía con ansiedad cada gota de sus fluidos vaginales, me dijo: -¿Por qué no lo invitamos? Se ha vuelto loco de placer mientras jugabas como mi sexo, lo he podido ver.
Pensaba que ella no lo había visto. Detuve mis caricias y no dije una palabra. Bajé las escaleras y quité el seguro de la puerta dejándola entreabierta. Regresé al dormitorio. Ella se acariciaba el clítoris mientras me miraba. Era insaciable. Era lo que más me atraía de ella.
Me acerqué al espejo, acaricié mis pezones todavía erectos y comprobé que mi excitación no había disminuido. Tomé el lápiz de labios y acercándome al ventanal escribí sobre el cristal: VEN, LA PUERTA ESTÁ ABIERTA.
Regresé a la cama, aquel cuerpo excitante permanecía tendido, me dejé caer a su lado. Respiraba agitadamente y aquellas caricias sobre su clítoris parecían haberla llevado a otra galaxia. No dije nada. Me gustaba observarla mientras se masturbaba. Mientras lo hacía levantaba las caderas mostrándome aquella hendidura rosada, bañada en humedades deliciosas que me invitaban sin piedad a un nuevo banquete.
Su orgasmo estaba próximo. Introduje mis dedos en su rajita húmeda y golosa, me los llevé a la boca para libar aquellas mieles cuyo aroma me llevaba al éxtasis. Perfilé sus labios con la punta de mis dedos y los introduje en su boca, los succionaba mientras mi otra mano, diligente regresaba a sus humedades en búsqueda de aquel punto que necesariamente había de llevarla a un viaje astral indescriptible.
Pensé en nuestro vecino. ¿Aceptaría nuestra invitación? La miré. Se había dormido con una sonrisa en los labios. Cerré mis ojos y lentamente desfilaron ante mí las perversiones más exquisitas que jamás había imaginado. El sueño me vencía, cerré los ojos mientras pensaba: "Será delicioso… estoy segura". Aquellos ojos anónimos, que nos habían observado en nuestros juegos, estaban ahora más cerca que nunca. ¿Más placer? Me parecía imposible… pero esto sería el comienzo de otra historia.
Continuará...
Un rayo de sol entraba por mi ventana, abrí los ojos lentamente y de un salto me dirigí a la ducha. Había dormido bien y me sentía llena de energía. Me detuve frente al espejo y observé mi cuerpo semidesnudo. Con un dedo retiré los tirantes de mi pequeño top y mis oscuros pezones asomaron erectos… ¡Qué pena que esté sola! Sólo fue instante… el sol entraba por el ventanal abierto, su caricia me produjo un ligero desasosiego.
Una extraña sensación hizo que volviera mi mirada hacia la ventana… mi vecino de enfrente estaba allí y me observaba. Al verme se retiró rápidamente. Volví frente al espejo y pude ver como mis pezones estaban, ahora, mucho más duros. Me excitaba la idea de aquellos ojos que entraban en mi intimidad sin pedir permiso. ¿Por qué no? Pensé. Y abriendo el ventanal de par en par, me dirigí a la ducha.
El agua templada cayendo sobre mi cuerpo aceleró mis pulsaciones. Estaba allí de nuevo. Me miraba sin ningún recato. Era excitante una ducha a sabiendas de ser observada, con descaro, desde el otro lado. Ahora sabía que no estaba sola.
Dejé que el agua golpeara mi cuerpo con fuerza y, dirigiendo mis pezones hacia adelante, sentí un deseo irrefrenable de masturbarme mientras me miraba. La espuma sobre mis pechos hacía deliciosos milagros. Me detuve en los pezones. Estaban duros, erguidos y tan sensibles que, al rozarlos con las palmas de las manos, un escalofrío de placer recorrió mi espalda.
La mirada de aquel desconocido acariciaba mi cuerpo con lascivia. Sentía el fuego de su deseo abrasando mi piel y mis pezones erectos. Sus ojos lamían ahora mi vientre. Lentamente, bajaban despacio, muy despacio, deslizándose suavemente hasta acercarse a mi sexo. Lo miré. Sus ojos guiaban a mis manos en caricias interminables. No podía dejar de mirarlos. Dos hierros candentes penetrando todos mis secretos. Me excitaba saberlos tan cerca y tan lejos. Retiré la ducha de su gancho y la dirigí con cautela sobre mi sexo, que henchido de placer, esperaba caricias más cercanas.
Dejé que el agua corriera, templada y voluptuosa, sin dejar de frotar las puntas de mis pezones que, completamente erectos, pedían más y más y
más. Un gemido de placer escapó de mi garganta. Dejé que el agua golpeara mi bajo vientre durante unos segundos…,Acerqué mi sexo otra vez al chorro del agua, dirigiéndolo ahora sobre mi clítoris y permitiendo que me acariciara mientras movía mis caderas para acentuar el placer.
Acariciaba mis pezones con movimientos circulares y los frotaba suavemente con el cepillo de baño, esto los excitaba aún más produciendo en mí vagina esos movimientos involuntarios que preceden al orgasmo. Me detuve. No quería agotar tan pronto todos aquellos placeres que la mañana me ofrecía. Un poco más, pensé.
Observé que aquellos ojos candentes continuaban allí y, volviéndome de
espaldas, me mostré descaradamente a aquel extraño. Enjabonaba lentamente mis nalgas, introduciendo mis dedos en el oscuro valle que las separa y bajando despacio hacia la profundidad de mis humedades más secretas.
No podía detenerme, aquellos ojos continuaban guiando mis caricias. Mis dedos recorrieron lentamente el camino de regreso hacia arriba. Y lentamente regresaron para detenerse en la entrada, un suave masaje era suficiente para que se abriera sin recelos. Levanté una pierna sobre el borde de la bañera mientras, con la otra mano, separaba mis nalgas para mostrarle como introducía mis dedos en un movimiento circular. Una oleada de calor invadió mi cuerpo: Me aproximaba de nuevo al orgasmo. No. No quería terminar todavía… quería más, pero ¿qué quería? Quería disfrutar de mi cuerpo en su plenitud. No había rincón de él que desconociese y estaba dispuesta a proporcionarle todo el placer que reclamaba.
Escuché el sonido de la puerta, la inquilina de la habitación de arriba había regresado. Pronto sus pasos sonaron acercándose a mi dormitorio. Pronuncié su nombre: Patricia, y segundos después estaba frente a mí… me miraba con deseo mientras se desnudaba. Me excitaban sus grandes pechos y aquellos pezones siempre erectos y deliciosamente formados que invitaban a chuparlos con vehemencia.
Salí de la ducha para recibirla y acercándome a ella empecé a acariciar con mi lengua sus pezones. Lentamente giró sobre sí misma para rozar con sus nalgas mi sexo. Besaba su nuca con pequeños besos, aleteando con la punta de mi lengua para provocarle esa respiración jadeante que la encaminaba al éxtasis y que tanto me excitaba a mí también.
Aquellos ojos nos miraban ahora gratamente sorprendidos. Ella no se había dado cuenta que nos observaban y así era mejor. No sabía si estaría cómoda en esta situación y no quería perderme los goces que me proporcionaba acariciar cada centímetro de su cuerpo.
La empujé suavemente hacia la ducha. El agua se deslizaba sobre su cuerpo levantando aún más sus pezones: Aumenté la potencia del agua y observé como los chorritos golpeaban justo encima de cada uno de ellos. Ella se acomodó para recibir con más precisión el golpeteo del agua. Miré hacia la ventana. Él seguía con interés cada uno de nuestros movimientos.
Besaba sus pechos mojados sorbiendo con deleite las gotas de sus pezones. Se acercó aún más solicitando mayor contacto y bajando su mano por mi vientre se detuvo en mi ombligo un segundo mientras, lentamente, avanzaba hacia mi sexo. Dejé que me acariciara sin dejar de hacer leves roces sobre sus pezones.
Quería disfrutar de ella, su goce era mi goce. Desaté las cintas que sujetaban mi pelo y las fui atando a sus muñecas. Me observaba en silencio y su respiración se había acelerado. Levanté sus brazos y los sujeté con fuerza al gancho de la ducha. No opuso resistencia. Su cuerpo se cimbreó intentando acercarse al mío. Ahora tenía a mi entera disposición aquel cuerpo hermoso y caliente. Besé sus labios entreabiertos mientras mis manos separaban sus muslos con suavidad.
Mis dedos caminaban por aquel cuerpo deseosos de producir placer en cada movimiento. Introduje mi lengua en su boca y me respondió succionando la mía con apetito voraz. Luchábamos como posesas para encontrar más placer. Ella, maniatada, movía sus caderas buscando el contacto con mi cuerpo.
Mi lengua salió de su boca y sin detenerse continuó su camino hacia el cuello, pequeñas lamidas, mordiscos juguetones y succiones
desesperadas me llevaron hacia su ombligo. Me detuve unos segundos, hundí mi lengua en él y la moví con rapidez. Atada a la ducha suspiraba y jadeaba retorciéndose de placer.
Mis besos avanzaron sobre su vientre desnudo deseosos de alcanzar el preciado tesoro de su sexo, húmedo y caliente. Ella adelantó su pelvis
acercándose a mi boca. Bajé hasta su monte de Venus, depilado y redondo y dejé que mi lengua recorriera lentamente de arriba abajo aquella hendidura. Sentía un placer infinito cuando me acercaba de esta manera a su secreto más íntimo. Mi lengua hizo el camino de regreso deteniéndose y rozando con la punta en su clítoris. Estaba allí, duro, rosado, erecto y deseoso de ser acariciado.
Separé sus labios, la visión de aquel banquete me llevó a un clima de
excitación que no pude contener y una descarga de placer incontrolable
agitó cada centímetro de mi cuerpo, provocando en mí un maremoto de
sensaciones indescriptibles. Estos eran los orgasmos que más nos deleitaban. Ella lo sabía y permitía que jugueteara con su cuerpo hasta verme satisfecha.
Me pidió que la desatara, pero no estaba dispuesta a terminar tan pronto. Un poco más y mi lengua se encaminó de nuevo hacia su sexo hambriento de placer. Separé de nuevos aquellos labios para lamer los surcos que los separaban. Bajé lentamente para penetrarla con mi lengua en movimientos rápidos y profundos.
Deslicé mi lengua de nuevo hacia su clítoris y lo encontré ardiendo de deseo. Lo tomé entre mis labios presionándolo con delicadeza mientras sentía como crecía lentamente. Aumenté la presión y empecé a succionarlo aplicando con fuerza mis labios sobre él, mientras mis dedos buscaban su secreta entrada posterior. Estaba abierta, dilatada, esperando con ansiedad la visita del placer. Mis dedos habían entrado despacio en su culo y ella con sus movimientos me indicaba que deseaba aún más.
Mi boca succionaba con desesperación su clítoris que aumentaba de tamaño y se hacía más y más sensible a mis caricias. Levanté la vista hacia ella y se acariciaba los pezones ¡qué placer me proporcionaba aquella visión! Salí de la ducha para buscar el arnés y el vibrador.
Me coloqué el arnés sin dejar de mirar a mi espectador y regresé a aquel sexo abierto y húmedo que me esperaba sediento. Mi lengua bajaba y subía por su raja deteniéndose en su clítoris para aletear sobre él. Esto la hacía emitir gemidos de placer y su cuerpo temblaba como una hoja. Con delicadeza retiré con mis dedos el capuchón de su clítoris para dejarlo al descubierto. Allí estaba, expectante e hinchado. Esperaba más de mi lengua y aplicadamente se lo ofrecí.
Ella movía sus caderas con un ritmo inusitado. Estaba al borde del orgasmo y esto me llevaba también a mí a las puertas del éxtasis. Quería darle más y más placer, así que introduje en mi boca el vibrador y lo lamí lentamente mientras la miraba. Ella me miró y sin decir una palabra se dio media vuelta mostrándome sus nacaradas nalgas. Mis dedos recorrieron su raja muy lentamente. Me gustaba con delirio hacerla esperar y desear mis caricias.
Apliqué mi lengua a aquella ranura separando las nalgas con las manos. Bajé muy, muy despacio hasta su entrada anal y la penetré con mi lengua lentamente. El placer la enloquecía y gritaba pidiendo más. Metí mi lengua todo lo que pude, haciendo giros con ella en su anillo de entrada. Apliqué mis labios sobre su ano succionándolo con fuerza. Introduje mis dedos en su vagina y pude comprobar el calor que despedía mientras sus vibraciones me adelantaban la fuerza de su siguiente orgasmo.
Date la vuelta, le dije. Separé sus labios y reanudé la caricia de aquel clítoris a punto de estallar de placer. Tomé el vibrador con una de mis manos y lentamente lo dirigí hacia aquella entrada húmeda. No la penetré inmediatamente, quería que me pidiera más, necesitaba escuchar sus gritos de placer. Me detuve y la observé, nunca decía nada, tan solo esperaba mis caricias suplicando con sus ojos que no me detuviera.
Había visto mi arnés que sujetaba un dildo de tamaño considerable. Nunca lo había utilizado con ella. Pero tampoco dijo nada. Se había abandonado a mis juegos y confiaba plenamente en ellos. Estaba absolutamente entregada.
Mi lengua volvió a su sexo y lo lamió despacio. Ella abría y cerraba aquella ranura inflamada mientras aproximaba su vulva a mi boca moviéndola sobre mis labios y mi lengua para obtener más placer. Era el momento. El vibrador penetró en su vagina y el estallido de placer se hizo visible.
Estaba muy cerca del orgasmo pero, como yo, gustaba de disfrutar acercándose al límite y prolongando la antesala del placer al máximo.
Su garganta ahogó un nuevo grito de placer. Rápidamente la hice girar
y volverse de espaldas. Mi clítoris estaba absolutamente hinchado.
Mi corazón latía aceleradamente y deseaba con ansia volver a introducir mi lengua en su culito abierto. Lamía con desesperación su entrada anal y sentía como se dilataba. Separé sus nalgas y dirigí la punta del dildo hacia su abertura trasera. Empujé dos o tres veces y pronto sentí como se deslizaba dentro poco a poco. Ella gemía, gritaba y empujaba con su cuerpo para tener más. Bombeaba dentro de su culo con el dildo adentro y afuera, mientras nuestro hombre de la ventana, con su verga en la mano, se masturbaba sin perder un detalle de nuestros juegos.
Aquello me excitó aún más y reanudé mis entradas y salidas. Apretaba sus tetas y pellizcaba con fuerza sus pezones. Nuestras respiraciones sonaban al unísono, nuestros jadeos y nuestros movimientos eran uno solo. Cariño, estoy a punto, le dije. ¿Quieres algo más? No hizo falta respuesta, sus gritos de placer retumbaron en las paredes de la ducha uniéndose a los míos. El dildo continuaba entrando y saliendo de su culo y ella pedía más y más. Una de mis manos acariciaba ahora su clítoris. La volvía loca cuando frotaba la cabeza de su clítoris en pleno orgasmo y sobre todo si hacía movimientos circulares sobre él. Nuestros orgasmos se sucedieron una y otra vez. Hasta dejarnos exhaustas.
Desaté sus manos y tomando una toalla la coloqué alrededor de su cuerpo, mientras la empujaba suavemente hacia la cama. Se dejó caer. Sus piernas, entreabiertas, mostraban el vibrador que todavía funcionaba dentro de su vagina. Me acerqué para sacarlo, pero ella sujetando mi cabeza sobre su sexo me pedía que volviera a lamer su clítoris. Obedecí sin rechistar. Y mientras sorbía con ansiedad cada gota de sus fluidos vaginales, me dijo: -¿Por qué no lo invitamos? Se ha vuelto loco de placer mientras jugabas como mi sexo, lo he podido ver.
Pensaba que ella no lo había visto. Detuve mis caricias y no dije una palabra. Bajé las escaleras y quité el seguro de la puerta dejándola entreabierta. Regresé al dormitorio. Ella se acariciaba el clítoris mientras me miraba. Era insaciable. Era lo que más me atraía de ella.
Me acerqué al espejo, acaricié mis pezones todavía erectos y comprobé que mi excitación no había disminuido. Tomé el lápiz de labios y acercándome al ventanal escribí sobre el cristal: VEN, LA PUERTA ESTÁ ABIERTA.
Regresé a la cama, aquel cuerpo excitante permanecía tendido, me dejé caer a su lado. Respiraba agitadamente y aquellas caricias sobre su clítoris parecían haberla llevado a otra galaxia. No dije nada. Me gustaba observarla mientras se masturbaba. Mientras lo hacía levantaba las caderas mostrándome aquella hendidura rosada, bañada en humedades deliciosas que me invitaban sin piedad a un nuevo banquete.
Su orgasmo estaba próximo. Introduje mis dedos en su rajita húmeda y golosa, me los llevé a la boca para libar aquellas mieles cuyo aroma me llevaba al éxtasis. Perfilé sus labios con la punta de mis dedos y los introduje en su boca, los succionaba mientras mi otra mano, diligente regresaba a sus humedades en búsqueda de aquel punto que necesariamente había de llevarla a un viaje astral indescriptible.
Pensé en nuestro vecino. ¿Aceptaría nuestra invitación? La miré. Se había dormido con una sonrisa en los labios. Cerré mis ojos y lentamente desfilaron ante mí las perversiones más exquisitas que jamás había imaginado. El sueño me vencía, cerré los ojos mientras pensaba: "Será delicioso… estoy segura". Aquellos ojos anónimos, que nos habían observado en nuestros juegos, estaban ahora más cerca que nunca. ¿Más placer? Me parecía imposible… pero esto sería el comienzo de otra historia.
Continuará...