Cock_Collector(25)
05-03 2008, 03:34 PM
Me permitió levantar, me dio varias nalgadas y me empezó a lamer el culo, ahora lampiño. Pidió al único velludo del grupo que se acostara sobre la toalla y extendiera sus brazos como una “T” Me ordenó ponerme en cuatro y empezar a lamer como perro dócil aquel cuerpo grande y fuerte. De pies a cabeza. Al principio sentí asco, pero pronto toda aquella humillación y sometimiento me empezó a excitar nuevamente. Lamí sus axilas sudorosas. Sentí ese sabor nuevamente, más intenso, muchísimo más puro que al besar a los otros horas antes. El tipo acostado vociferaba de gusto. “¿Quieres más?”, preguntó Master, dije que sí con un movimiento apresurado de mi cabeza y luego me llevó como su mascota hasta cada uno de los otros cuatro para besarlos también de pies a cabeza, sobre todo las axilas. El más joven y otro de aquellos hombres, las tenían depiladas. Los saboreé sin asco, con absoluto deleite. Noté que hacía menos calor. Empezaba a caer la tarde.
“Son las cuatro”, dijo uno. “A la playa”, dijo Master, y todos caminaron hacia afuera. Master me llevaba tirando de la cuerda en mi cuello. Todos continuaban completamente desnudos, sólo yo tenía el suspensorio. La playa estaba vacía. Llegamos a ella al bajar una escalera situada en uno de los extremos de la terraza. Aquel lugar era enorme. Entramos juntos al agua, todos me manoseaban y yo los acariciaba. Estuvimos un buen rato allí. Noté las marcas en mi pecho. Mi cuerpo recién afeitado me hacía sentir diferente al estar empapado. Salimos y me acostaron sobre la arena. Disfruté mamando seis vergas saladas antes de subir y enjuagar nuestros cuerpos. Fui el último en salir de la ducha. En la sala todos seguían desnudos. Bebían cerveza y conversaban.
Al verme, Master me ofreció una cerveza. “No, gracias. Yo no bebo”, dije. “¡Tómatela!”, ordenó él y yo obedecí. Uno de los tipos se despidió de todos. Antes de irse metió un dedo en mi culo y dijo: “ha sido un placer”, me besó en la boca y se marchó. Master tomó un nuevo tubo de crema. Al notar mi cara de espanto rió y me dijo que no tuviera miedo, que aquél era solamente de aceite. Me supe cogido nuevamente. “Ven”, dijo y me llevó a una pequeña cama en una habitación con vista al mar. Me untó crema despacio mientras me hablaba de lo bien que me había comportado. “Casi terminamos… Ya casi pasaste la prueba”; no sabía de qué hablaba. Sentí su verga forzando mi ano a ceder. “Perfecto” -ahora sé cuanto le gusta lo rápido que mi culo estrecha-. No fue el desgarrador dolor de la primera vez, pero continuó doliendo un poco. Yo estaba de rodillas sobre la pequeña cama y él de pie. Ambos mirábamos al mar. Uno de los hombres entró y se subió a la cama. Mamé su verga entera. Con mi lengua rozaba sus cojones. Él me apretaba los pezones que estaban casi sangrantes, más sensibles que nunca.
El tipo se acostó sin dejar de masturbarse, Master me ordenó ponerle un condón y sentarme, metiendo aquella verga hasta la raíz en el culo. Obedecí. Después de la impresionante verga de Master, aquel tipo era un juego de niños. Estuve un rato moviéndome sobre él antes que Master nos indicara detener. Me hizo reclinar al hacia el frente y abrió mis nalgas tanto como pudo para chorrear en mi agujero más aceite. Metió un dedo sin problema, luego otro. EL tercero me hizo gemir. Tres dedos de hombre y una verga. Sacó los dedos y los puso en mi boca. Tenían un sabor dulce. Pronto volvió a repetir la operación.
Cuando llegó el muchacho le ordenó ponerse un condón y penetrarme. El tipo que ya estaba dentro de mí, me sujetó por los hombros. Master me doblegaba con fuerza sobre la espalda y el muchacho sujetándome por las caderas, empezó a forzar su verga hasta que me enterró la cabeza. Grité. “Aguanta… Ya casi terminas… Eres el mejor…”, me incitaba Master y yo seguía sin entender. Entraban y salían, estaban acostumbrados a aquel juego, el único novato era yo que gemía y gastaba inútilmente mis últimas fuerzas para liberarme. Admito que no tardaron mucho, pero mi cuerpo había sido llevado al extremo. Lloré irremediablemente mientras Master despedía a sus amigos.
Afuera el sol se terminaba de marchar y la noche iniciaba su reino. Master me tomó de la mano y me llevó a la recámara principal. Entramos en el baño y él mismo me duchó. Limpió con suavidad y cuidado todo mi cuerpo. Revisó las marcas de dientes y azotes sobre mí. Todo estaba bien. “En unos días no quedaran marcas”, dijo. Lo miré y volví a sentir esa confianza que ya me había llevado sumamente lejos aquel día. Me dio un beso y no supe hacer otra cosa, sino caer sobre la cama y dejarme hacer el amor. Esta vez con toda calma y delicadeza. Terminamos y volvimos a enjuagar nuestros cuerpos. Cuando salí, mi ropa estaba sobre la cama. Él estaba ya vestido y me dijo que tenía que volver a tapar mis ojos. Todavía no podía saber dónde estábamos. Subimos al auto y condujo varios minutos antes de decirme que podía quitarme el trapo de los ojos. Estábamos en un centro comercial cercano a la costa. “Ven, te invito a cenar…” Yo moría de hambre y además, teníamos algunas cosas por hablar.
FIN
(Próximamente “DOBLE VIDA” -todo lo que ha pasado después de aquella cena-)
“Son las cuatro”, dijo uno. “A la playa”, dijo Master, y todos caminaron hacia afuera. Master me llevaba tirando de la cuerda en mi cuello. Todos continuaban completamente desnudos, sólo yo tenía el suspensorio. La playa estaba vacía. Llegamos a ella al bajar una escalera situada en uno de los extremos de la terraza. Aquel lugar era enorme. Entramos juntos al agua, todos me manoseaban y yo los acariciaba. Estuvimos un buen rato allí. Noté las marcas en mi pecho. Mi cuerpo recién afeitado me hacía sentir diferente al estar empapado. Salimos y me acostaron sobre la arena. Disfruté mamando seis vergas saladas antes de subir y enjuagar nuestros cuerpos. Fui el último en salir de la ducha. En la sala todos seguían desnudos. Bebían cerveza y conversaban.
Al verme, Master me ofreció una cerveza. “No, gracias. Yo no bebo”, dije. “¡Tómatela!”, ordenó él y yo obedecí. Uno de los tipos se despidió de todos. Antes de irse metió un dedo en mi culo y dijo: “ha sido un placer”, me besó en la boca y se marchó. Master tomó un nuevo tubo de crema. Al notar mi cara de espanto rió y me dijo que no tuviera miedo, que aquél era solamente de aceite. Me supe cogido nuevamente. “Ven”, dijo y me llevó a una pequeña cama en una habitación con vista al mar. Me untó crema despacio mientras me hablaba de lo bien que me había comportado. “Casi terminamos… Ya casi pasaste la prueba”; no sabía de qué hablaba. Sentí su verga forzando mi ano a ceder. “Perfecto” -ahora sé cuanto le gusta lo rápido que mi culo estrecha-. No fue el desgarrador dolor de la primera vez, pero continuó doliendo un poco. Yo estaba de rodillas sobre la pequeña cama y él de pie. Ambos mirábamos al mar. Uno de los hombres entró y se subió a la cama. Mamé su verga entera. Con mi lengua rozaba sus cojones. Él me apretaba los pezones que estaban casi sangrantes, más sensibles que nunca.
El tipo se acostó sin dejar de masturbarse, Master me ordenó ponerle un condón y sentarme, metiendo aquella verga hasta la raíz en el culo. Obedecí. Después de la impresionante verga de Master, aquel tipo era un juego de niños. Estuve un rato moviéndome sobre él antes que Master nos indicara detener. Me hizo reclinar al hacia el frente y abrió mis nalgas tanto como pudo para chorrear en mi agujero más aceite. Metió un dedo sin problema, luego otro. EL tercero me hizo gemir. Tres dedos de hombre y una verga. Sacó los dedos y los puso en mi boca. Tenían un sabor dulce. Pronto volvió a repetir la operación.
Cuando llegó el muchacho le ordenó ponerse un condón y penetrarme. El tipo que ya estaba dentro de mí, me sujetó por los hombros. Master me doblegaba con fuerza sobre la espalda y el muchacho sujetándome por las caderas, empezó a forzar su verga hasta que me enterró la cabeza. Grité. “Aguanta… Ya casi terminas… Eres el mejor…”, me incitaba Master y yo seguía sin entender. Entraban y salían, estaban acostumbrados a aquel juego, el único novato era yo que gemía y gastaba inútilmente mis últimas fuerzas para liberarme. Admito que no tardaron mucho, pero mi cuerpo había sido llevado al extremo. Lloré irremediablemente mientras Master despedía a sus amigos.
Afuera el sol se terminaba de marchar y la noche iniciaba su reino. Master me tomó de la mano y me llevó a la recámara principal. Entramos en el baño y él mismo me duchó. Limpió con suavidad y cuidado todo mi cuerpo. Revisó las marcas de dientes y azotes sobre mí. Todo estaba bien. “En unos días no quedaran marcas”, dijo. Lo miré y volví a sentir esa confianza que ya me había llevado sumamente lejos aquel día. Me dio un beso y no supe hacer otra cosa, sino caer sobre la cama y dejarme hacer el amor. Esta vez con toda calma y delicadeza. Terminamos y volvimos a enjuagar nuestros cuerpos. Cuando salí, mi ropa estaba sobre la cama. Él estaba ya vestido y me dijo que tenía que volver a tapar mis ojos. Todavía no podía saber dónde estábamos. Subimos al auto y condujo varios minutos antes de decirme que podía quitarme el trapo de los ojos. Estábamos en un centro comercial cercano a la costa. “Ven, te invito a cenar…” Yo moría de hambre y además, teníamos algunas cosas por hablar.
FIN
(Próximamente “DOBLE VIDA” -todo lo que ha pasado después de aquella cena-)