Perrenelle
05-01 2008, 12:40 AM
Todo admiro yo. Soy un hombre maduro de unos cincuenta y ocho años que admira mucho toda la Creación ¡Cuántos seres hermosos hay en el mundo! ¡Qué rubor! Tengo una vida familiar, profesional y social a la que me debo. Aunque es modesta, es valiosa para nosotros. Como en mi población es poco tolerada por la sociedad, se esconde, pero no desaparece.
De manera que algunas ocasiones me escapo de las relaciones cotidianas para ir a ligar en la calle algún mayate con ganas o alguna jotita sincera, de las que no se ligan muchas. Chavos de 18 a 23 años que salen en la noche a buscar (porque algo necesitan) frecuentando algunos sitios conocidos. Si uno ocurre oportunamente, pueda ser que al pasar alguien ofrezca un saludo; tal vez incluso encuentre uno a un conocido repetidas veces y se forme una amistad más sólida. Siempre en base a la empatía personal.
Si hay corazones decididos desde luego hay ligue. Habitualmente vamos a un Motel barato, festejamos un par de horas y nos liberamos. Con alguno me he encontrado más de veinte veces. Con otros, una o unas pocas veces. Para mi gusto, casi todos encuentros deliciosos. Desde luego que no narraré aquí toda mi historia, pero si me permiten, les diré lo que ocurrió algunas veces a través de varios relatos. Normalmente festejo con un invitado. Pero ha habido ocasión en que me he atrevido a invitar a tres, que aceptaron.
Aquella vez salí a buscar sintiéndome un poco raro, presintiendo algo raro. Salí deseoso de encontrar a alguien que llenara mi corazón seguro de una sorpresa. Paseé un rato en el auto y localice a tres chavitos. Mi corazón se estremeció. ¡Qué locura! Me estacioné cerca del lugar en que estaban y esperé un rato. Observaba a los tres y mi corazón me aseguró que quería a los tres. Viéndolos a los tres, no podía invitar a sólo uno. Tampoco podía dejar de invitar a ninguno. Nunca antes me había sentido así. Qué loco corazón tengo, pero así es.
En un tiempo corto, como vieron que esperaba, uno de ellos se acercó a platicar para ofrecerme compañía. No tardé mucho en explicarle y convencerlo de que quería a los tres. Fue a comunicárselo a sus compañeros que vinieron y subieron al auto; uno enfrente y dos atrás. Desde el principio, las vibras excitantes estaban ahí. Mi corazón estaba decidido a entregarse a los tres pero un poco temeroso, tembloroso. Era una aventura que no había corrido nunca. Ellos sintieron intuitivamente mi estado de ánimo. Mi plan era intentar darles satisfacción a los tres por lo que les ofrecí mi cariño a los tres. Ellos, alegres, aceptaron con gusto darme gusto. Conduje a un Motel.
Claro que en el cuarto hubo cariños y caricias antes de desnudarnos. Yo puse mis manos deseosas sobre cada uno de los falos que latían excitados bajo la ropa de mis chicos amados. Me cercioré de que cada uno de ellos estaba de acuerdo en cumplir con su parte. Todos se expresaron gustosos. Nos desvestimos los cuatro al mismo tiempo. Entonces me tire en la cama y pedí saborear en mi boca sus miembros viriles excitados, vibrantes, subyugantes, uno a uno, hasta que los tres estuvieron seguros de que los disfrutaba equitativamente (yo no quería por ningún motivo, ninguna clase de celos o sentimiento de pérdida entre ellos). Pensé que entonces estaban decididos. Les pedí que entre ellos decidieran quién sería el primero que me penetraría. Creo que dos animaron finalmente al más deseoso, que me miraba y no decía nada.
Oh, qué dicha entregar mi carne, mi dolor, para realizar el placer, el delirio, el éxtasis de mis amados chicos. Por abnegación y el placer de complacer al hermoso y bravo chico que demuestra su poder viril, su voluntad comprometida entre mis nalgas, taladrando en el pozo de mi ano, con gozo en su corazón. ¡Qué honor me ha hecho mi amor! Mientras estoy de perrito, ensartado, ardiendo en deseos de más y más, dos miembros pasean por mi boca entretenida en mantenerlos fuertes, candentes, decididos a realizar la labor. Ellos, con toda confianza, se dejan hacer, me acarician la espalda, animan al amigo que estremece mi corazón con su vigorosa acometida. Los chicos disfrutan mi cariño y yo estoy encantado con ellos. Después de un buen tiempo de estar en mí carne, penetrándome a su gusto, experimentando variedad de ritmos, habiendo auscultado mis emociones, habiéndose adueñado de mi ternura y recibido las caricias que pude ofrecerle apretando y aflojando suavemente mis músculos rectales, el chico valiente culminó extasiado empujando en mi agujero los chorros de semen caliente.
Mi segundo amante ya estaba muy caliente. En la misma posición de perrito me penetró fácilmente adueñándose desde el principio de todo el espacio abierto en mi carne, haciendo vibrar su vigor con intensidad. Su falo entraba y salía de la cavidad adolorida con toda confianza, imparable. Mi carne tardó pero aprendió lentamente a adherirse con cariño a aquella espada ardiente que se alojaba cómodamente en mi poro totalmente abierto. Igual que el primero, habiéndonos dado pleno gusto, habiendo hecho lo que quiso, arrobado en su delirio, entregó en mi carne sedienta la leche fresca que alivia la herida.
El tercer chico se acostumbró tanto a los placeres que sentía mientras yo mamaba su rico caramelo con mucho gusto, los que alternaba con masturbaciones breves mientras me dejaba descansar un momento y observaba complacido la embestida que su amigo me propinaba, que prefirió terminar en mi boca arrojando luego chorros de semen caliente y sabroso en mi cara y en mi cuerpo. Oh, qué descanso.
Mientras descansábamos, les hice cariños a los tres. Les agradecí sinceramente lo que habían hecho. Luego que nos arreglamos, los conduje en el auto al sitio que ellos eligieron en el centro de la ciudad. Me quedé encariñado de ellos, deseando que en el futuro, siempre sigan siendo buenos amigos, capaces de compartir con gusto y lealtad una presa. No los he vuelto a ver. Posiblemente no los veré nunca más. Siempre les deseo lo mejor a cada uno de ellos.
Y a ustedes amigos, ojalá que no les falte nunca un buen amigo cuando lo necesitan.
De manera que algunas ocasiones me escapo de las relaciones cotidianas para ir a ligar en la calle algún mayate con ganas o alguna jotita sincera, de las que no se ligan muchas. Chavos de 18 a 23 años que salen en la noche a buscar (porque algo necesitan) frecuentando algunos sitios conocidos. Si uno ocurre oportunamente, pueda ser que al pasar alguien ofrezca un saludo; tal vez incluso encuentre uno a un conocido repetidas veces y se forme una amistad más sólida. Siempre en base a la empatía personal.
Si hay corazones decididos desde luego hay ligue. Habitualmente vamos a un Motel barato, festejamos un par de horas y nos liberamos. Con alguno me he encontrado más de veinte veces. Con otros, una o unas pocas veces. Para mi gusto, casi todos encuentros deliciosos. Desde luego que no narraré aquí toda mi historia, pero si me permiten, les diré lo que ocurrió algunas veces a través de varios relatos. Normalmente festejo con un invitado. Pero ha habido ocasión en que me he atrevido a invitar a tres, que aceptaron.
Aquella vez salí a buscar sintiéndome un poco raro, presintiendo algo raro. Salí deseoso de encontrar a alguien que llenara mi corazón seguro de una sorpresa. Paseé un rato en el auto y localice a tres chavitos. Mi corazón se estremeció. ¡Qué locura! Me estacioné cerca del lugar en que estaban y esperé un rato. Observaba a los tres y mi corazón me aseguró que quería a los tres. Viéndolos a los tres, no podía invitar a sólo uno. Tampoco podía dejar de invitar a ninguno. Nunca antes me había sentido así. Qué loco corazón tengo, pero así es.
En un tiempo corto, como vieron que esperaba, uno de ellos se acercó a platicar para ofrecerme compañía. No tardé mucho en explicarle y convencerlo de que quería a los tres. Fue a comunicárselo a sus compañeros que vinieron y subieron al auto; uno enfrente y dos atrás. Desde el principio, las vibras excitantes estaban ahí. Mi corazón estaba decidido a entregarse a los tres pero un poco temeroso, tembloroso. Era una aventura que no había corrido nunca. Ellos sintieron intuitivamente mi estado de ánimo. Mi plan era intentar darles satisfacción a los tres por lo que les ofrecí mi cariño a los tres. Ellos, alegres, aceptaron con gusto darme gusto. Conduje a un Motel.
Claro que en el cuarto hubo cariños y caricias antes de desnudarnos. Yo puse mis manos deseosas sobre cada uno de los falos que latían excitados bajo la ropa de mis chicos amados. Me cercioré de que cada uno de ellos estaba de acuerdo en cumplir con su parte. Todos se expresaron gustosos. Nos desvestimos los cuatro al mismo tiempo. Entonces me tire en la cama y pedí saborear en mi boca sus miembros viriles excitados, vibrantes, subyugantes, uno a uno, hasta que los tres estuvieron seguros de que los disfrutaba equitativamente (yo no quería por ningún motivo, ninguna clase de celos o sentimiento de pérdida entre ellos). Pensé que entonces estaban decididos. Les pedí que entre ellos decidieran quién sería el primero que me penetraría. Creo que dos animaron finalmente al más deseoso, que me miraba y no decía nada.
Oh, qué dicha entregar mi carne, mi dolor, para realizar el placer, el delirio, el éxtasis de mis amados chicos. Por abnegación y el placer de complacer al hermoso y bravo chico que demuestra su poder viril, su voluntad comprometida entre mis nalgas, taladrando en el pozo de mi ano, con gozo en su corazón. ¡Qué honor me ha hecho mi amor! Mientras estoy de perrito, ensartado, ardiendo en deseos de más y más, dos miembros pasean por mi boca entretenida en mantenerlos fuertes, candentes, decididos a realizar la labor. Ellos, con toda confianza, se dejan hacer, me acarician la espalda, animan al amigo que estremece mi corazón con su vigorosa acometida. Los chicos disfrutan mi cariño y yo estoy encantado con ellos. Después de un buen tiempo de estar en mí carne, penetrándome a su gusto, experimentando variedad de ritmos, habiendo auscultado mis emociones, habiéndose adueñado de mi ternura y recibido las caricias que pude ofrecerle apretando y aflojando suavemente mis músculos rectales, el chico valiente culminó extasiado empujando en mi agujero los chorros de semen caliente.
Mi segundo amante ya estaba muy caliente. En la misma posición de perrito me penetró fácilmente adueñándose desde el principio de todo el espacio abierto en mi carne, haciendo vibrar su vigor con intensidad. Su falo entraba y salía de la cavidad adolorida con toda confianza, imparable. Mi carne tardó pero aprendió lentamente a adherirse con cariño a aquella espada ardiente que se alojaba cómodamente en mi poro totalmente abierto. Igual que el primero, habiéndonos dado pleno gusto, habiendo hecho lo que quiso, arrobado en su delirio, entregó en mi carne sedienta la leche fresca que alivia la herida.
El tercer chico se acostumbró tanto a los placeres que sentía mientras yo mamaba su rico caramelo con mucho gusto, los que alternaba con masturbaciones breves mientras me dejaba descansar un momento y observaba complacido la embestida que su amigo me propinaba, que prefirió terminar en mi boca arrojando luego chorros de semen caliente y sabroso en mi cara y en mi cuerpo. Oh, qué descanso.
Mientras descansábamos, les hice cariños a los tres. Les agradecí sinceramente lo que habían hecho. Luego que nos arreglamos, los conduje en el auto al sitio que ellos eligieron en el centro de la ciudad. Me quedé encariñado de ellos, deseando que en el futuro, siempre sigan siendo buenos amigos, capaces de compartir con gusto y lealtad una presa. No los he vuelto a ver. Posiblemente no los veré nunca más. Siempre les deseo lo mejor a cada uno de ellos.
Y a ustedes amigos, ojalá que no les falte nunca un buen amigo cuando lo necesitan.