Cristine
18-12 2007, 01:32 PM
En ese momento era una mujer de unos 28 años, felizmente casada y que llevaba una vida sexual plena con mi esposo. Yo trabajaba y estudiaba, razones por las cuales regresaba a mi casa ya en la noche. Una noche al regresar a mi casa un poco más temprano de lo acostumbrado, encontré a mi esposo platicando entusiasmadamente con una jovencita de unos 17 años, yo entré a la sala y saludé mirando intrigada a aquella joven, que no sé por qué me atrajo inmediatamente. Él nos presentó, informándome que se trataba de una vecina cercana.
Desde aquella noche se hizo una costumbre encontrar a Candy en mi casa, pero su atención no parecía estar centrada en mi esposo sino en mí, sus ojos marrones buscaban mi mirada y parecían hablarme en un lenguaje mudo y secreto cargado de pasión y erotismo. Empecé a disfrutar de su juvenil figura de sus senos firmes y redondos no muy grandes, con pezones que en ocasiones parecían querer salir de la blusa. Sus labios eran carnosos y ella pasaba su lengua para humedecerlos cada cierto tiempo con una marcada malicia. Mi esposo parecía no percatarse de lo que estaba ocurriendo y de la inmensa química que se estaba desarrollando entre nosotras.
Comencé a verla en mis sueños a fantasear con ella a imaginarme besando sus tiernos labios y acariciando sus pechos hermosos, incluso llegué a masturbarme unas cuantas veces con su imagen en mi mente sin hallar una razón para éste nuevo sentimiento que experimentaba y que me hacía estremecer. Muchas veces imaginé su lengua en mi clítoris mientras mi esposo me estimulaba oralmente y eso acrecentaba mi placer hasta hacerme estallar. Incluso escribí unos versos para ella en donde le expresaba todo mi sentimiento, lo que ella me agradeció con un cálido apretón de manos y un tierno beso demasiado cerca de la boca, que me dejó sin respiración.
Pronto llegó el día de vivir a plenitud mi tan ansiada fantasía, puesto que su madre que ya también se había hecho amiga nuestra, nos informó que debía viajar a otro estado por un fin de semana y que si estábamos de acuerdo, prefería dejar a mi dulce Candy con nosotros. Ambos estuvimos de acuerdo en que se quedara, a pesar de los inconvenientes que esto podía traer, puesto que sólo había una habitación y una cama. Esa noche me esmeré en asearme y perfumarme, como una hace cuando es la primera vez que se entrega; quería estar atractiva, seductora, sensual y escogí la bata más fina y corta que encontré para ir a la cama. Ella en cambio, como también mi esposo estaría en la cama, escogió una bata larga y sencilla, pero que aún así se ajustaba a sus virginales pechos y los hacía lucir provocativos.
Nos fuimos a la cama y yo no podía dormir, el deseo de tocarla, el saberla tan cerca me hacían temblar y estremecer. En pocos minutos mi esposo se durmió profundamente y empezó a roncar, yo estaba loca por tocarla, por expresarle todo mi amor y deseo pero no me atrevía por temor a que mi esposo pudiera oírme. Así que permanecí quieta aguantando aquel torbellino que me nacía por dentro, cuando ya casi me dormía sentí unas manos tiernas, suaves, que me acariciaban la espalda, mientras que sus pies se deslizaban suavemente por mis piernas. Era ella, mi diosa, la causa de mis desvelos, que lentamente extendió sus manos y acarició mis senos, con una avidez y una maestría de mujer experimentada.
Mi vulva se humedeció como nunca antes y mis pezones se endurecieron al igual que mi clítoris. Me volteé despacio para que mi esposo no se diera cuenta y la acaricie con ansias, con pasión y nos fundimos en un cálido beso. Ella bajó su mano por mi vientre y fue directo a mi vulva. Yo abrí ligeramente las piernas y disfruté los círculos que ella dibujaba en mi clítoris mientras lamía mis pezones primero uno y luego el otro. En poco tiempo jadié de placer y exploté entre sus manos, en el más intenso orgasmo que jamás había experimentado. ¡Benditas manos las de una mujer! y eso que aún faltaba lo mejor, que era sentir su ágil lengua justo ahí donde siempre la deseé. Ella me susurró que no, al tratar de hacerle lo mismo que era mucho riesgo, que estábamos jugando con fuego y que ya habría tiempo y así fue.
Puesto que en la mañana mi esposo se levantó temprano para ir a trabajar, mientras que nosotras permanecimos en la cama casi hasta la 10:00 a.m. amándonos y dándonos placer. Fue un fin de semana realmente maravilloso que hemos venido recreando cada vez que es posible en los últimos 15 años, solo que ahora más plenamente pues ya no tengo esposo.
Desde aquella noche se hizo una costumbre encontrar a Candy en mi casa, pero su atención no parecía estar centrada en mi esposo sino en mí, sus ojos marrones buscaban mi mirada y parecían hablarme en un lenguaje mudo y secreto cargado de pasión y erotismo. Empecé a disfrutar de su juvenil figura de sus senos firmes y redondos no muy grandes, con pezones que en ocasiones parecían querer salir de la blusa. Sus labios eran carnosos y ella pasaba su lengua para humedecerlos cada cierto tiempo con una marcada malicia. Mi esposo parecía no percatarse de lo que estaba ocurriendo y de la inmensa química que se estaba desarrollando entre nosotras.
Comencé a verla en mis sueños a fantasear con ella a imaginarme besando sus tiernos labios y acariciando sus pechos hermosos, incluso llegué a masturbarme unas cuantas veces con su imagen en mi mente sin hallar una razón para éste nuevo sentimiento que experimentaba y que me hacía estremecer. Muchas veces imaginé su lengua en mi clítoris mientras mi esposo me estimulaba oralmente y eso acrecentaba mi placer hasta hacerme estallar. Incluso escribí unos versos para ella en donde le expresaba todo mi sentimiento, lo que ella me agradeció con un cálido apretón de manos y un tierno beso demasiado cerca de la boca, que me dejó sin respiración.
Pronto llegó el día de vivir a plenitud mi tan ansiada fantasía, puesto que su madre que ya también se había hecho amiga nuestra, nos informó que debía viajar a otro estado por un fin de semana y que si estábamos de acuerdo, prefería dejar a mi dulce Candy con nosotros. Ambos estuvimos de acuerdo en que se quedara, a pesar de los inconvenientes que esto podía traer, puesto que sólo había una habitación y una cama. Esa noche me esmeré en asearme y perfumarme, como una hace cuando es la primera vez que se entrega; quería estar atractiva, seductora, sensual y escogí la bata más fina y corta que encontré para ir a la cama. Ella en cambio, como también mi esposo estaría en la cama, escogió una bata larga y sencilla, pero que aún así se ajustaba a sus virginales pechos y los hacía lucir provocativos.
Nos fuimos a la cama y yo no podía dormir, el deseo de tocarla, el saberla tan cerca me hacían temblar y estremecer. En pocos minutos mi esposo se durmió profundamente y empezó a roncar, yo estaba loca por tocarla, por expresarle todo mi amor y deseo pero no me atrevía por temor a que mi esposo pudiera oírme. Así que permanecí quieta aguantando aquel torbellino que me nacía por dentro, cuando ya casi me dormía sentí unas manos tiernas, suaves, que me acariciaban la espalda, mientras que sus pies se deslizaban suavemente por mis piernas. Era ella, mi diosa, la causa de mis desvelos, que lentamente extendió sus manos y acarició mis senos, con una avidez y una maestría de mujer experimentada.
Mi vulva se humedeció como nunca antes y mis pezones se endurecieron al igual que mi clítoris. Me volteé despacio para que mi esposo no se diera cuenta y la acaricie con ansias, con pasión y nos fundimos en un cálido beso. Ella bajó su mano por mi vientre y fue directo a mi vulva. Yo abrí ligeramente las piernas y disfruté los círculos que ella dibujaba en mi clítoris mientras lamía mis pezones primero uno y luego el otro. En poco tiempo jadié de placer y exploté entre sus manos, en el más intenso orgasmo que jamás había experimentado. ¡Benditas manos las de una mujer! y eso que aún faltaba lo mejor, que era sentir su ágil lengua justo ahí donde siempre la deseé. Ella me susurró que no, al tratar de hacerle lo mismo que era mucho riesgo, que estábamos jugando con fuego y que ya habría tiempo y así fue.
Puesto que en la mañana mi esposo se levantó temprano para ir a trabajar, mientras que nosotras permanecimos en la cama casi hasta la 10:00 a.m. amándonos y dándonos placer. Fue un fin de semana realmente maravilloso que hemos venido recreando cada vez que es posible en los últimos 15 años, solo que ahora más plenamente pues ya no tengo esposo.