Khyra
16-12 2007, 08:20 AM
Ella ya no creía en los hombres. El le devolvería con creces la confianza en el género masculino...
Faltaban pocos días para la llegada del invierno. París se había vestido con sus mejores galas navideñas contrastando toda esa calidez con el frío clima reinante. A pesar de todo aquel bullicio, Irina llegó agotada aquella gélida tarde a su casa, un lujoso apartamento en la Avenue Foch. La recibió la empleada diciéndole que habían entregado de la florería un espléndido ramo de rosas rojas que la estaban esperando en la sala junto a una tarjeta sin nombre en el sobre. Se dirigió pues, a la sala y después de ordenarle a la criada que pusiera las rosas en el jarrón y las colocara convenientemente en algún rincón de la casa, Irina tomó con desconfianza el sobre, lo abrió y extrajo la tarjeta.
"Bellísima Irina. Si aún me recuerdas, me gustaría que cenaras conmigo esta noche. Estaré en Maxim’s a las 20hs…"
Besos,
W
Irina tardó unos segundos en recuperarse de la sorpresa. Cerró los ojos y se desplomó en el sillón, acurrucándose luego en un gesto de indefensión y súbita ternura.
- Wilhem… - musitó y entregándose al pensamiento se quedó inmóvil…
A sus treinta años, Irina aparentemente lo tenía todo para ser feliz, tenía una exitosa carrera de abogada, y su divorcio le había reportado una ganancia extra debido a la división de los bienes gananciales que había compartido con su esposo durante el tiempo que había durado la sociedad conyugal. Uno de los detalles que la amargaba secretamente era la circunstancia en la que la separación se había efectuado. Su esposo la había engañado… con otro hombre. Había resultado ser bisexual y ella ni siquiera lo había sospechado hasta ese atroz instante en que lo sorprendió con su amante en su propia cama. Afortunadamente, el divorcio fue de mutuo acuerdo y sin rencillas. Irina a pesar de todos los tratamientos a los que se vio sometida no podía cumplir el sueño de ser madre ni aun con fecundación asistida. La decepción resultó ser doble, entonces. Eso había ocurrido dos años atrás y ahora con tres décadas de vida era una mujer recelosa y desconfiada del género masculino. Era heterosexual a rajatabla lo cual no le dejaba espacio para pensar en otras opciones. Se atiborró de trabajo entonces, logrando fama de implacable y dura, quizá en el intento de no volver a ser vulnerada en sus sentimientos nuevamente.
Sus amigas la habían convencido finalmente en la primavera pasada, casi verano, de embarcarse en un crucero por las Islas Griegas. Al fin y al cabo se lo merecía y aunque a regañadientes, aceptó acompañarlas. Unos paisajes maravillosos y un clima espectacular dieron el marco adecuado a la distensión y a la distracción que ella tanto necesitaba. Tanto, que aquella mañana de paseo por la cubierta se tomó de buena gana el que aquel oficial se hubiese tropezado con ella poco después de haber salido de su habitación en el pasillo que conducía a una de las cubiertas del barco. Ella siempre tan quisquillosa… El oficial se disculpó con suma caballerosidad, como era debido y ella hasta se había dado el lujo de estudiarlo por un momento. Se sintió arrobada por aquel hombre maduro, que con su mejor sonrisa le ofrecía sus disculpas. Tendría unos cincuenta años, y a juzgar por eso, seguramente sería uno de los oficiales de mayor graduación a bordo, pensó. Un hombre alto y delgado, el cabello canoso y prolijamente cortado bajo la gorra; tez blanca con facilidad para sonrojarse y tras los anteojos redondos unos ojos verde agua que parecían sonreír siempre al igual que su boca de labios finos. Irina no logró distinguir lo que decía la placa sobre el bolsillo de la inmaculada camisa que el hombre vestía y lo vio alejarse a toda prisa por el pasillo hacia la cubierta, como si hubiese sido una aparición que tenía como cometido sacarla de aquel encierro interior al que ella se había condenado. Sonrió para sus adentros siguiendo su camino aquel día.
Por la noche, Irina sabría quien había sido el amable desconocido que se la había llevado por delante aquella mañana. En el lujoso salón donde una orquesta amenizaba la cena con sonidos de todos lo tiempos, lo volvió a ver… Había resultado ser el Capitán del barco. Estaba en su mesa junto a un par de oficiales y otro de invitados. Irina sonrió para sus adentros complacida y siguió charlando amenamente con sus amigas sin dejar de reconocer que el buque era comandado por un hombre apuesto.
Era cerca de la medianoche y aunque la noche era joven aún, el Capitán se retiró de la cena dejando su lugar a cargo del Primer Oficial. Se dirigió a su camarote, no sin antes pasar por el puente de mando para dejar sus últimas órdenes y ver que todo funcionara sin sobresaltos. Antes de retirarse y como al descuido solicitó con una excusa creíble la lista de pasajeros. Recordando a la perfección el pasillo donde había tropezado con aquella desconocida, no le fue difícil ubicar la habitación de la dama en cuestión y averiguar su nombre. Después de saludar a sus subordinados se alejó del puente sin más. La noche era espectacular y aunque a la mañana siguiente debía estar listo y en hora para cumplir nuevamente con sus deberes, se dejó tentar y decidió dar un corto paseo por la cubierta más alejada del salón de fiestas. El mar estaba calmo y la luna brillaba como un engarce de plata en el cielo. La cotidiana imagen de las estrellas sobre su cabeza en el negro azabache de la noche volvió a sobrecogerlo una vez más. Era el único momento en que olvidaba su omnipotencia y recuperaba su humanidad después de un día de arduo y responsable trabajo.
Se sentía a gusto caminando a solas, cuando a lo lejos divisó una figura femenina casi junto a la barandilla. Por un segundo pareció incomodarle la presencia de aquella intrusa en su "dominio" pero el paisaje que podía apreciar cada vez mejor a medida que se iba acercando le resultaba más que agradable. La grácil silueta estaba inmóvil absorta con el mismo paisaje que el mismo estaba disfrutando. El cabello castaño al garete en la suave brisa de la noche, se le antojó irreal. La fémina pareció intuir su cercana presencia y giró la cabeza hacia él. Un rostro casi aniñado, enmarcado por dos bellísimos ojos grises y una boca de gesto duro pero sensualidad palpitante; era el punto culminante de un cuerpo esbelto con curvas proporcionadas y encantos firmes en su sitio. Ella permaneció en actitud alerta y expectante a medida que él se acercaba.
-Buenas noches, señora –le dijo él extendiéndole la mano.
-Buenas noches, usted fue el que… -contestó ella estrechando su mano.
-Capitán Aussen. Wilhem Aussen, a sus órdenes y disculpe nuevamente lo de esta mañana –replicó el Comandante con firmeza.
Ella sonrió finalmente tomando su turno en presentarse.
-Irina Deveraux, encantada.
El ya lo sabía pero no debía dárselo a entender siquiera. El hielo se había roto y se quedaron los dos solos charlando primero de formalidades y de asuntos más informales después. Irina si bien sentía desconfianza ante los hombres que se le acercaban, esta vez junto al Capitán sintió que podía mantener una charla coherente de forma despreocupada. Tal fue la confianza generada, que Irina acabó por aceptar la invitación que el Capitán le hizo de compartir la cena en su mesa a la noche siguiente. Fue una velada agradable y ella descubrió no sin temor que aquel hombre la estaba subyugando con su caballerosidad y fino trato. Se sentía demasiado y muy a gusto a su lado como si lo conociera de toda la vida. Además tenía que reconocer que se sentía irremediablemente atraída por él y se maldijo a si misma en silencio. Ella que se había jurado a sí misma no perder el control nunca más en cuanto a relaciones se refiere.
Era obvio que se daba cuenta que todas aquellas atenciones de parte del Capitán solo tenían un objetivo: tener una aventura con ella antes que se acabara el viaje. Pensó que sería moneda corriente para él y lejos de molestarse con ese pensamiento, lo halló natural y lo que era peor era que ella misma estaba comenzando a ceder. El por su parte, aunque no era su práctica habitual, debido a su rango y responsabilidades, si intuía que la dama de turno tenía por sobre todos sus atributos físicos el don de la discreción y resultaba ser receptiva a sus tácticas de conquista, no desaprovechaba la oportunidad de amenizar el viaje de vez en cuando con alguna "aventura galante".
Los días se fueron sucediendo y los discretos paseos de noche por la cubierta lejos dentro de lo posible del mundanal ruido también. Se hicieron confidentes, Wilhem le habló de su viudez y de su hijo a punto de recibirse de Ingeniero Naval, respetando la tradición familiar. También de sus planes de liquidar sus cosas en Hamburgo e instalarse en Marsella para retirarse de la navegación para fundar junto a su hijo un astillero de yates deportivos. Irina le habló entonces de su vida, de su carrera, de las circunstancias de su divorcio y él ahí recién comprendió el porqué de su velada reticencia. En su interior, tomó como un desafío el devolverle la confianza en el género masculino, más allá de encontrarla deliciosa como mujer. Un motivo más para conquistarla. Irina por lo pronto, llegó hasta el punto de no escucharlo a veces y desear con todas sus fuerzas que la besara, su boca y su cuerpo que ya empezaba a responder al estímulo psíquico lo pedían a gritos , sin saber que él a pesar de compartir sus ganas tenía el amplio control de la situación.
La última noche antes de terminar el viaje, ambos repitieron el conocido ritual del paseo y las confidencias, mientras el deseo jugaba sus cartas solapadamente dentro de ellos. El Capitán decidió jugar entonces todas las suyas.
-Irina… -le dijo tomándole ambas manos y besándolas con suma ternura. –Somos adultos y sabemos que hay atracción entre nosotros, yo me siento muy a gusto contigo y se que tu sientes lo mismo…
-¿Estás intentando invitarme a pasar la noche en tu habitación?... Derribaste mis barreras Wilhem, y aunque para mí es una derrota reconocerlo, te diré que para mí sería un honor…
-Honor sería el mío si me permitieras pasar la noche en la tuya… -la interrumpió él.
Se miraron por un instante y las palabras sobraron. El Capitán abrazó a su pasajera besándola tiernamente. Al separarse y cerciorarse que no hubiera nadie cerca, se tomaron de la mano y marcharon en silencio hacia la habitación de Irina. Ambos estaban tensos y ese sentimiento flotaba en el aire. Al llegar ella abrió la puerta, él la cerró tras de ambos. Wilhem la abrazó con fuerza entonces, ubicando a Irina contra la pared. Se besaron con pasión casi con furia, desatando anhelos reprimidos, sus lenguas enredadas en una danza sin pausa ni respiro. El bajó su mano por la cadera para subirla junto con su falda y deslizarla debajo aferrando uno de sus glúteos en el intento. Ella flexionó la pierna para facilitarle la maniobra, sintiendo entre sus piernas la firmeza de su erección.
-Moría por esto –musitó él roncamente sin dejar de besarla.
-Yo también –respondió ella casi sin aliento.
Luego del beso inicial, una calma nada más aparente. Se miraron con ávida ternura y volvieron a besarse con menos urgencia pero con la misma pasión. De pronto, Irina logró separarse y acariciando su propio cabello hacia atrás en un gesto nervioso, caminó hacia el centro de la habitación. El adivinó su inquietud y temiendo que pudiera arrepentirse a último momento fue hasta ella y abrazándola por detrás le dijo al oído en un susurro.
-No te niegues este momento de felicidad… Te deseo…
Subió sus manos hasta sus firmes pechos apretándolos con delicadeza al tiempo que recorría con la punta de su lengua la fina piel de aquel blanco cuello femenino. Irina cerró los ojos suspirando entrecortadamente y echando la cabeza hacia atrás para darle a él el espacio necesario en el cuello para hacerla estremecer aún más. La excitación que sentía se desataba como una descarga eléctrica en todo su cuerpo. Sintió la boca seca y su vagina húmeda al paso de esos labios que sin descanso le estaban arrasando sus ultimas negativas. Irina le decía que se detuviera en un tono que a Wilhem le invitaba a seguir adelante. Ella intentó girar sobre sí para besarlo pero él prosiguió con su maniobra de suave sometimiento hasta cerciorarse que ella estaba totalmente rendida, sin ánimos de echarse atrás. Finalmente, él le permitió girar y ella tomó la iniciativa. Tomó su rostro con ambas manos y lo besó con hambre, hundiendo su lengua buscando desesperada la suya, la que halló sin problemas. Sin saber como y a los tumbos, llegaron a la cama arrojándose sobre ella sin dejar de besarse.
Pocos instantes después ambos estaban desnudos sobre el lecho y ya sin ropas se permitieron un calmo y escalofriante deleite. Wilhem hundió su rostro entre los senos de Irina, blancos, plenos y henchidos. Tomó alternadamente uno y otro pezón entre sus labios, envolviéndolos con su lengua y castigándolos con su experiencia mientras con la otra mano atacaba con desesperante parsimonia aquel sexo tierno y jugoso que parecía derretirse entre sus dedos. Irina le rogó que besara su espalda y giró entonces, ofreciéndole la incomparable vista de su trasero redondo y apetecible al máximo. El no se hizo esperar en sus atenciones echándose suavemente sobre ella recorriendo su cincelada espalda sin intermitencias. Ambos gemían casi en la cumbre de la excitación total. El hecho de sentir el pene de su amante sobre el canal de sus nalgas mojándola con su lubricación, aumentaba más su morbo y la rendía todavía más. Pero lo mejor aún estaba por venir. El pasó entonces su mano por debajo de su cuerpo buscando su clítoris que lo recibió anhelante, palpitante. Ella elevó sus caderas para que la maniobra una vez más fuese completa.
De pronto dejó de sentir el peso de su cuerpo encima suyo y giró la cabeza hacia atrás para ver qué ocurría. Lo vio a Wilhem pidiéndole que se pusiera de rodillas elevando todo su trasero dejando el resto de su cuerpo inclinado sobre la cama. Irina simplemente se dejaba hacer y obedeció en aras de conseguir el mayor placer. Repentinamente sintió un húmedo invasor en su vulva expuesta. Era la sabia boca de él dándose un festín con su sexo jugoso y caliente haciendo que ella estallara en un orgasmo intenso, derramándose. El hizo caso omiso y siguió con su experta tarea en su rajita hasta dejarla satisfecha… momentáneamente.
Ya nada quedaba de la mujer recatada y casi altanera que había conocido. A esa altura era toda una perra, cuando volvió la cabeza para mirarlo y suplicarle en sus propias palabras que le permitiera darle "la mamada de su vida". El sonrió satisfecho y feliz sabiendo que en ese instante era la verdadera Irina la que estaba frente a él. Frente a su requerimiento, se comportó como el perfecto caballero que era y buscando el ansiado alivio a sus deseos se incorporó quedando de rodillas sobre la cama, exponiendo su hombría en todo su esplendor. Estaba tan excitado que sus testículos estaban altos y pegados a la base de su falo que por su parte estaba con casi todo el glande expuesto y totalmente humedecido.
Irina le devolvió el gesto de haberla complacido con intencional paciencia exacerbando todos los sentidos. Se entretuvo un buen rato degustando la intimidad del Capitán, recorriéndolo con sus labios y su lengua aplicando un suave tratamiento de arriba abajo y de abajo hacia arriba con una de sus manos, mientras con la otra le acariciaba sabiamente el pesado y repleto escroto, antes de dedicarle también la sabiduría de su boca deliciosa. La habitación se llenó de un aroma especial que no hacía más que subir la temperatura de por sí alta a pesar de la noche. La fragancia del perfume que cada uno de ellos usaba junto con el olor del mar salado y la propia sal del sudor de ambos resultaba una mezcla irresistible que aumentaba el morbo cada vez más. Finalmente, Wilhem casi sin poder contenerse, tumbó a Irina en el medio del lecho y la penetró sin más y sin inconvenientes.
Las voces se confundieron en un gemido casi gruñido cuando después de tanto goce compartido se fundieron. Las piernas de ella rodeando el cuerpo de él creando el ángulo perfecto para la penetración suave y profunda. La cadencia era perfecta, moviéndose ambos en círculos unas veces, frenéticamente unas, suavemente otras. Las embestidas cambiaban de ritmo al gusto de ambos para que ella pudiera desfogarse todas las veces que su cuerpo se lo pidiera. Su manantial de miel brotó varias veces, siendo ahogados sus casi gritos por esa boca masculina que con cada beso volvía a encenderla, haciéndola caer en un círculo redondo y cada vez más vicioso. Repentinamente, la sincronización dejó de ser ideal. Los embates del Comandante se hicieron cada vez más intensos hasta que Irina se sintió inundada por ese torrente caliente y espeso que llenó hasta el último rincón de su femineidad. Después el apretado abrazo, los besos casi inocentes, los mimos hasta quedarse los dos dormidos muy juntos casi en comunión…
A la mañana siguiente, un alto sol en el cielo la despertó. Irina se revolvió en la cama cual gatito desperezándose y descubrió que su Capitán ya se había marchado dejando una rosa y una nota sobre la almohada.
"Mi deliciosa Irina. Marsella es el puente, París el destino. Espero encontrarte allí algún día"
Besos,
W
Sonrió resignadamente pero sin tristeza. Sabía que todo había sido una aventura y aunque en ese momento no le había quedado demasiado claro su mensaje, al menos había tenido la delicadeza de casi despedirse. El buque llegaría a puerto a mediodía, aún estaba a tiempo de ducharse y arreglarse para descender ya que casi todo su equipaje ya estaba listo desde el día anterior. Descendió del buque con su mejor sonrisa, agradeciendo al destino aquel inesperado obsequio de placer que le había devuelto la autoestima.
Transcurrió el tiempo y Wilhem era un recuerdo al que no quería aferrarse pero sabía que estaba allí latente y no quería despertarlo por nada del mundo hasta que recibió aquellas rosas y aquella invitación a cenar. Pronunció su nombre como en un suspiro y todo lo vivido en aquel viaje se le vino a la mente. Despertó del trance inquieta, con el corazón latiendo a mil, cerrando los ojos imaginándolo tan apuesto como lo recordaba. Reaccionó de golpe y miró el reloj. Tenía el tiempo justo para acicalarse y lucir hermosa tal como él la recordaba…
Faltaban pocos días para la llegada del invierno. París se había vestido con sus mejores galas navideñas contrastando toda esa calidez con el frío clima reinante. A pesar de todo aquel bullicio, Irina llegó agotada aquella gélida tarde a su casa, un lujoso apartamento en la Avenue Foch. La recibió la empleada diciéndole que habían entregado de la florería un espléndido ramo de rosas rojas que la estaban esperando en la sala junto a una tarjeta sin nombre en el sobre. Se dirigió pues, a la sala y después de ordenarle a la criada que pusiera las rosas en el jarrón y las colocara convenientemente en algún rincón de la casa, Irina tomó con desconfianza el sobre, lo abrió y extrajo la tarjeta.
"Bellísima Irina. Si aún me recuerdas, me gustaría que cenaras conmigo esta noche. Estaré en Maxim’s a las 20hs…"
Besos,
W
Irina tardó unos segundos en recuperarse de la sorpresa. Cerró los ojos y se desplomó en el sillón, acurrucándose luego en un gesto de indefensión y súbita ternura.
- Wilhem… - musitó y entregándose al pensamiento se quedó inmóvil…
A sus treinta años, Irina aparentemente lo tenía todo para ser feliz, tenía una exitosa carrera de abogada, y su divorcio le había reportado una ganancia extra debido a la división de los bienes gananciales que había compartido con su esposo durante el tiempo que había durado la sociedad conyugal. Uno de los detalles que la amargaba secretamente era la circunstancia en la que la separación se había efectuado. Su esposo la había engañado… con otro hombre. Había resultado ser bisexual y ella ni siquiera lo había sospechado hasta ese atroz instante en que lo sorprendió con su amante en su propia cama. Afortunadamente, el divorcio fue de mutuo acuerdo y sin rencillas. Irina a pesar de todos los tratamientos a los que se vio sometida no podía cumplir el sueño de ser madre ni aun con fecundación asistida. La decepción resultó ser doble, entonces. Eso había ocurrido dos años atrás y ahora con tres décadas de vida era una mujer recelosa y desconfiada del género masculino. Era heterosexual a rajatabla lo cual no le dejaba espacio para pensar en otras opciones. Se atiborró de trabajo entonces, logrando fama de implacable y dura, quizá en el intento de no volver a ser vulnerada en sus sentimientos nuevamente.
Sus amigas la habían convencido finalmente en la primavera pasada, casi verano, de embarcarse en un crucero por las Islas Griegas. Al fin y al cabo se lo merecía y aunque a regañadientes, aceptó acompañarlas. Unos paisajes maravillosos y un clima espectacular dieron el marco adecuado a la distensión y a la distracción que ella tanto necesitaba. Tanto, que aquella mañana de paseo por la cubierta se tomó de buena gana el que aquel oficial se hubiese tropezado con ella poco después de haber salido de su habitación en el pasillo que conducía a una de las cubiertas del barco. Ella siempre tan quisquillosa… El oficial se disculpó con suma caballerosidad, como era debido y ella hasta se había dado el lujo de estudiarlo por un momento. Se sintió arrobada por aquel hombre maduro, que con su mejor sonrisa le ofrecía sus disculpas. Tendría unos cincuenta años, y a juzgar por eso, seguramente sería uno de los oficiales de mayor graduación a bordo, pensó. Un hombre alto y delgado, el cabello canoso y prolijamente cortado bajo la gorra; tez blanca con facilidad para sonrojarse y tras los anteojos redondos unos ojos verde agua que parecían sonreír siempre al igual que su boca de labios finos. Irina no logró distinguir lo que decía la placa sobre el bolsillo de la inmaculada camisa que el hombre vestía y lo vio alejarse a toda prisa por el pasillo hacia la cubierta, como si hubiese sido una aparición que tenía como cometido sacarla de aquel encierro interior al que ella se había condenado. Sonrió para sus adentros siguiendo su camino aquel día.
Por la noche, Irina sabría quien había sido el amable desconocido que se la había llevado por delante aquella mañana. En el lujoso salón donde una orquesta amenizaba la cena con sonidos de todos lo tiempos, lo volvió a ver… Había resultado ser el Capitán del barco. Estaba en su mesa junto a un par de oficiales y otro de invitados. Irina sonrió para sus adentros complacida y siguió charlando amenamente con sus amigas sin dejar de reconocer que el buque era comandado por un hombre apuesto.
Era cerca de la medianoche y aunque la noche era joven aún, el Capitán se retiró de la cena dejando su lugar a cargo del Primer Oficial. Se dirigió a su camarote, no sin antes pasar por el puente de mando para dejar sus últimas órdenes y ver que todo funcionara sin sobresaltos. Antes de retirarse y como al descuido solicitó con una excusa creíble la lista de pasajeros. Recordando a la perfección el pasillo donde había tropezado con aquella desconocida, no le fue difícil ubicar la habitación de la dama en cuestión y averiguar su nombre. Después de saludar a sus subordinados se alejó del puente sin más. La noche era espectacular y aunque a la mañana siguiente debía estar listo y en hora para cumplir nuevamente con sus deberes, se dejó tentar y decidió dar un corto paseo por la cubierta más alejada del salón de fiestas. El mar estaba calmo y la luna brillaba como un engarce de plata en el cielo. La cotidiana imagen de las estrellas sobre su cabeza en el negro azabache de la noche volvió a sobrecogerlo una vez más. Era el único momento en que olvidaba su omnipotencia y recuperaba su humanidad después de un día de arduo y responsable trabajo.
Se sentía a gusto caminando a solas, cuando a lo lejos divisó una figura femenina casi junto a la barandilla. Por un segundo pareció incomodarle la presencia de aquella intrusa en su "dominio" pero el paisaje que podía apreciar cada vez mejor a medida que se iba acercando le resultaba más que agradable. La grácil silueta estaba inmóvil absorta con el mismo paisaje que el mismo estaba disfrutando. El cabello castaño al garete en la suave brisa de la noche, se le antojó irreal. La fémina pareció intuir su cercana presencia y giró la cabeza hacia él. Un rostro casi aniñado, enmarcado por dos bellísimos ojos grises y una boca de gesto duro pero sensualidad palpitante; era el punto culminante de un cuerpo esbelto con curvas proporcionadas y encantos firmes en su sitio. Ella permaneció en actitud alerta y expectante a medida que él se acercaba.
-Buenas noches, señora –le dijo él extendiéndole la mano.
-Buenas noches, usted fue el que… -contestó ella estrechando su mano.
-Capitán Aussen. Wilhem Aussen, a sus órdenes y disculpe nuevamente lo de esta mañana –replicó el Comandante con firmeza.
Ella sonrió finalmente tomando su turno en presentarse.
-Irina Deveraux, encantada.
El ya lo sabía pero no debía dárselo a entender siquiera. El hielo se había roto y se quedaron los dos solos charlando primero de formalidades y de asuntos más informales después. Irina si bien sentía desconfianza ante los hombres que se le acercaban, esta vez junto al Capitán sintió que podía mantener una charla coherente de forma despreocupada. Tal fue la confianza generada, que Irina acabó por aceptar la invitación que el Capitán le hizo de compartir la cena en su mesa a la noche siguiente. Fue una velada agradable y ella descubrió no sin temor que aquel hombre la estaba subyugando con su caballerosidad y fino trato. Se sentía demasiado y muy a gusto a su lado como si lo conociera de toda la vida. Además tenía que reconocer que se sentía irremediablemente atraída por él y se maldijo a si misma en silencio. Ella que se había jurado a sí misma no perder el control nunca más en cuanto a relaciones se refiere.
Era obvio que se daba cuenta que todas aquellas atenciones de parte del Capitán solo tenían un objetivo: tener una aventura con ella antes que se acabara el viaje. Pensó que sería moneda corriente para él y lejos de molestarse con ese pensamiento, lo halló natural y lo que era peor era que ella misma estaba comenzando a ceder. El por su parte, aunque no era su práctica habitual, debido a su rango y responsabilidades, si intuía que la dama de turno tenía por sobre todos sus atributos físicos el don de la discreción y resultaba ser receptiva a sus tácticas de conquista, no desaprovechaba la oportunidad de amenizar el viaje de vez en cuando con alguna "aventura galante".
Los días se fueron sucediendo y los discretos paseos de noche por la cubierta lejos dentro de lo posible del mundanal ruido también. Se hicieron confidentes, Wilhem le habló de su viudez y de su hijo a punto de recibirse de Ingeniero Naval, respetando la tradición familiar. También de sus planes de liquidar sus cosas en Hamburgo e instalarse en Marsella para retirarse de la navegación para fundar junto a su hijo un astillero de yates deportivos. Irina le habló entonces de su vida, de su carrera, de las circunstancias de su divorcio y él ahí recién comprendió el porqué de su velada reticencia. En su interior, tomó como un desafío el devolverle la confianza en el género masculino, más allá de encontrarla deliciosa como mujer. Un motivo más para conquistarla. Irina por lo pronto, llegó hasta el punto de no escucharlo a veces y desear con todas sus fuerzas que la besara, su boca y su cuerpo que ya empezaba a responder al estímulo psíquico lo pedían a gritos , sin saber que él a pesar de compartir sus ganas tenía el amplio control de la situación.
La última noche antes de terminar el viaje, ambos repitieron el conocido ritual del paseo y las confidencias, mientras el deseo jugaba sus cartas solapadamente dentro de ellos. El Capitán decidió jugar entonces todas las suyas.
-Irina… -le dijo tomándole ambas manos y besándolas con suma ternura. –Somos adultos y sabemos que hay atracción entre nosotros, yo me siento muy a gusto contigo y se que tu sientes lo mismo…
-¿Estás intentando invitarme a pasar la noche en tu habitación?... Derribaste mis barreras Wilhem, y aunque para mí es una derrota reconocerlo, te diré que para mí sería un honor…
-Honor sería el mío si me permitieras pasar la noche en la tuya… -la interrumpió él.
Se miraron por un instante y las palabras sobraron. El Capitán abrazó a su pasajera besándola tiernamente. Al separarse y cerciorarse que no hubiera nadie cerca, se tomaron de la mano y marcharon en silencio hacia la habitación de Irina. Ambos estaban tensos y ese sentimiento flotaba en el aire. Al llegar ella abrió la puerta, él la cerró tras de ambos. Wilhem la abrazó con fuerza entonces, ubicando a Irina contra la pared. Se besaron con pasión casi con furia, desatando anhelos reprimidos, sus lenguas enredadas en una danza sin pausa ni respiro. El bajó su mano por la cadera para subirla junto con su falda y deslizarla debajo aferrando uno de sus glúteos en el intento. Ella flexionó la pierna para facilitarle la maniobra, sintiendo entre sus piernas la firmeza de su erección.
-Moría por esto –musitó él roncamente sin dejar de besarla.
-Yo también –respondió ella casi sin aliento.
Luego del beso inicial, una calma nada más aparente. Se miraron con ávida ternura y volvieron a besarse con menos urgencia pero con la misma pasión. De pronto, Irina logró separarse y acariciando su propio cabello hacia atrás en un gesto nervioso, caminó hacia el centro de la habitación. El adivinó su inquietud y temiendo que pudiera arrepentirse a último momento fue hasta ella y abrazándola por detrás le dijo al oído en un susurro.
-No te niegues este momento de felicidad… Te deseo…
Subió sus manos hasta sus firmes pechos apretándolos con delicadeza al tiempo que recorría con la punta de su lengua la fina piel de aquel blanco cuello femenino. Irina cerró los ojos suspirando entrecortadamente y echando la cabeza hacia atrás para darle a él el espacio necesario en el cuello para hacerla estremecer aún más. La excitación que sentía se desataba como una descarga eléctrica en todo su cuerpo. Sintió la boca seca y su vagina húmeda al paso de esos labios que sin descanso le estaban arrasando sus ultimas negativas. Irina le decía que se detuviera en un tono que a Wilhem le invitaba a seguir adelante. Ella intentó girar sobre sí para besarlo pero él prosiguió con su maniobra de suave sometimiento hasta cerciorarse que ella estaba totalmente rendida, sin ánimos de echarse atrás. Finalmente, él le permitió girar y ella tomó la iniciativa. Tomó su rostro con ambas manos y lo besó con hambre, hundiendo su lengua buscando desesperada la suya, la que halló sin problemas. Sin saber como y a los tumbos, llegaron a la cama arrojándose sobre ella sin dejar de besarse.
Pocos instantes después ambos estaban desnudos sobre el lecho y ya sin ropas se permitieron un calmo y escalofriante deleite. Wilhem hundió su rostro entre los senos de Irina, blancos, plenos y henchidos. Tomó alternadamente uno y otro pezón entre sus labios, envolviéndolos con su lengua y castigándolos con su experiencia mientras con la otra mano atacaba con desesperante parsimonia aquel sexo tierno y jugoso que parecía derretirse entre sus dedos. Irina le rogó que besara su espalda y giró entonces, ofreciéndole la incomparable vista de su trasero redondo y apetecible al máximo. El no se hizo esperar en sus atenciones echándose suavemente sobre ella recorriendo su cincelada espalda sin intermitencias. Ambos gemían casi en la cumbre de la excitación total. El hecho de sentir el pene de su amante sobre el canal de sus nalgas mojándola con su lubricación, aumentaba más su morbo y la rendía todavía más. Pero lo mejor aún estaba por venir. El pasó entonces su mano por debajo de su cuerpo buscando su clítoris que lo recibió anhelante, palpitante. Ella elevó sus caderas para que la maniobra una vez más fuese completa.
De pronto dejó de sentir el peso de su cuerpo encima suyo y giró la cabeza hacia atrás para ver qué ocurría. Lo vio a Wilhem pidiéndole que se pusiera de rodillas elevando todo su trasero dejando el resto de su cuerpo inclinado sobre la cama. Irina simplemente se dejaba hacer y obedeció en aras de conseguir el mayor placer. Repentinamente sintió un húmedo invasor en su vulva expuesta. Era la sabia boca de él dándose un festín con su sexo jugoso y caliente haciendo que ella estallara en un orgasmo intenso, derramándose. El hizo caso omiso y siguió con su experta tarea en su rajita hasta dejarla satisfecha… momentáneamente.
Ya nada quedaba de la mujer recatada y casi altanera que había conocido. A esa altura era toda una perra, cuando volvió la cabeza para mirarlo y suplicarle en sus propias palabras que le permitiera darle "la mamada de su vida". El sonrió satisfecho y feliz sabiendo que en ese instante era la verdadera Irina la que estaba frente a él. Frente a su requerimiento, se comportó como el perfecto caballero que era y buscando el ansiado alivio a sus deseos se incorporó quedando de rodillas sobre la cama, exponiendo su hombría en todo su esplendor. Estaba tan excitado que sus testículos estaban altos y pegados a la base de su falo que por su parte estaba con casi todo el glande expuesto y totalmente humedecido.
Irina le devolvió el gesto de haberla complacido con intencional paciencia exacerbando todos los sentidos. Se entretuvo un buen rato degustando la intimidad del Capitán, recorriéndolo con sus labios y su lengua aplicando un suave tratamiento de arriba abajo y de abajo hacia arriba con una de sus manos, mientras con la otra le acariciaba sabiamente el pesado y repleto escroto, antes de dedicarle también la sabiduría de su boca deliciosa. La habitación se llenó de un aroma especial que no hacía más que subir la temperatura de por sí alta a pesar de la noche. La fragancia del perfume que cada uno de ellos usaba junto con el olor del mar salado y la propia sal del sudor de ambos resultaba una mezcla irresistible que aumentaba el morbo cada vez más. Finalmente, Wilhem casi sin poder contenerse, tumbó a Irina en el medio del lecho y la penetró sin más y sin inconvenientes.
Las voces se confundieron en un gemido casi gruñido cuando después de tanto goce compartido se fundieron. Las piernas de ella rodeando el cuerpo de él creando el ángulo perfecto para la penetración suave y profunda. La cadencia era perfecta, moviéndose ambos en círculos unas veces, frenéticamente unas, suavemente otras. Las embestidas cambiaban de ritmo al gusto de ambos para que ella pudiera desfogarse todas las veces que su cuerpo se lo pidiera. Su manantial de miel brotó varias veces, siendo ahogados sus casi gritos por esa boca masculina que con cada beso volvía a encenderla, haciéndola caer en un círculo redondo y cada vez más vicioso. Repentinamente, la sincronización dejó de ser ideal. Los embates del Comandante se hicieron cada vez más intensos hasta que Irina se sintió inundada por ese torrente caliente y espeso que llenó hasta el último rincón de su femineidad. Después el apretado abrazo, los besos casi inocentes, los mimos hasta quedarse los dos dormidos muy juntos casi en comunión…
A la mañana siguiente, un alto sol en el cielo la despertó. Irina se revolvió en la cama cual gatito desperezándose y descubrió que su Capitán ya se había marchado dejando una rosa y una nota sobre la almohada.
"Mi deliciosa Irina. Marsella es el puente, París el destino. Espero encontrarte allí algún día"
Besos,
W
Sonrió resignadamente pero sin tristeza. Sabía que todo había sido una aventura y aunque en ese momento no le había quedado demasiado claro su mensaje, al menos había tenido la delicadeza de casi despedirse. El buque llegaría a puerto a mediodía, aún estaba a tiempo de ducharse y arreglarse para descender ya que casi todo su equipaje ya estaba listo desde el día anterior. Descendió del buque con su mejor sonrisa, agradeciendo al destino aquel inesperado obsequio de placer que le había devuelto la autoestima.
Transcurrió el tiempo y Wilhem era un recuerdo al que no quería aferrarse pero sabía que estaba allí latente y no quería despertarlo por nada del mundo hasta que recibió aquellas rosas y aquella invitación a cenar. Pronunció su nombre como en un suspiro y todo lo vivido en aquel viaje se le vino a la mente. Despertó del trance inquieta, con el corazón latiendo a mil, cerrando los ojos imaginándolo tan apuesto como lo recordaba. Reaccionó de golpe y miró el reloj. Tenía el tiempo justo para acicalarse y lucir hermosa tal como él la recordaba…