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View Full Version : Torturando a una amiga. Segunda Parte


CyberAmo
29-06 2007, 07:43 PM
Tenía que descubrir cuál era el límite de su umbral de dolor; pero, antes que nada, debería calmarla, si no quería que le diera un ataque de ansiedad debido al berrinche en que estaba sumida. Así que froté las palmas de mis manos con aceite corporal y luego las puse en su espalda, acariciándola con dulzura —no pude evitar depositar un beso en la base de su nuca que quedaba totalmente ofrecida al llevar el pelo recogido con pasadores—, deslizando mis dedos por sus omoplatos, su columna, su cintura, muy lentamente, sin prisa alguna, intentando demostrarle que también sabía ser dulce y considerado, aunque puede que en aquel momento ella no estuviera por la labor de reconocerlo.

Fue reduciendo el volumen de sus quejas en tanto mis manos se acercaban a su vientre, sin duda debía notar mi presencia a su espalda y cómo mis dedos ascendían por su esternón, apenas rozando la piel, hasta posarse en sus pechos, tan dulces, tan suaves y cálidos. Los agasajé deslizando las puntas de mis dedos por su piel, palpando las aureolas que empezaban a contraerse y endurecerse, mientras sus protestas se entrelazaban con leves gemidos.

Podía percibir perfectamente cómo sus senos se dilataban bajo el influjo de mi tacto, cómo se inundaban de un calor profundo que abrasaba mis yemas.

Cuando los abandoné, muy a mi pesar, después de manosearlos y friccionarlos durante varios minutos, de sus labios sellados surgió un leve suspiro de frustración, clara evidencia de lo fogosa y sensual que era.

Mis manos bajaron deslizándose sobre su piel hasta que se posaron en su pubis. Lo noté poblado, denso, asilvestrado y jugueteé durante unos segundos con los pelos que se ensortijaban. Pero no me detuve ahí, si no que descendí hasta que advertí el tacto cálido y acogedor de su vulva totalmente expuesta a mi capricho. Ella reculó intentado huir del contacto, aunque con mi cuerpo prácticamente apoyado en sus espaldas le fue imposible y, tanteando, mis dedos separaron los labios. Cerré los ojos y dejé que la textura de su piel me guiara, deslizando las puntas sobre el reborde del orificio de su vagina. Podía notar cómo éste apenas se había dilatado y estaba algo reseco; dejé un par de dedos de mi mano izquierda jugueteando con sus rugosidades, sin forzarla, tan sólo merodeando por las cercanías de tan delicioso lugar, mientras la otra mano buscaba a tientas su clítoris. No me fue difícil hallarlo, e inicié una rotación suave a su alrededor, sin llegar a tocarlo para evitar, en aquel momento tan delicado, que el más mínimo dolor la perturbara. Sólo habría placer hasta que la tuviera en el punto de excitación adecuado. Oía perfectamente cómo su respiración se aceleraba y amansaba en función de la fricción, cómo su cuerpo cedía poco a poco a la lubricidad, alejándose del enojo que la había invadido, ondulando bajo mi cuerpo, enardeciéndose y condenándome de forma involuntaria a un castigo mucho mayor que el que le aguardaba.

Cuando fue evidente que se había rendido a las sensaciones, me aparté de ella de forma súbita. Empezó a agitarse y volvió a farfullar bajo la mordaza; sin embargo, era obvio que había perdido gran parte de la tensión previa y que esta vez la rabia se debía a causas más frustrantes e impúdicas.

Entonces volví a poner aceite en mis manos y las acerqué a su vulva, para entonces notablemente excitada. Lubriqué ésta e incluso introduje un dedo en la entrada de la vagina hasta la primera falange. Al cabo de unos segundos empezó a bramar con fuerza, moviéndose con convulsiones muy enérgicas. El aceite picante que había utilizado esta vez estaba haciendo su labor, eficiente y metódico, enloqueciéndola con un ardor y un picor tales que podían convertirte en un demente. Pensé en aplicarlo a la entrada de su pequeño ano, pero desistí; quizás más adelante. De momento, actuaría sobre ella durante unos cuantos minutos creándole una sensación de molestia que se sumaría a lo que se le avecinaba.

Fui hasta el mueble y cogí algunos utensilios. Luego me coloqué ante ella y le mostré el primero de los martirios. Un conjunto de tres pinzas unidas por cadenitas. Cuando le coloqué la primera pinza metálica en el pezón intentó apartarse hacia atrás. Sin más le di una bofetada, la verdad no muy fuerte, a la que respondió con una mirada desafiante, y le coloqué la otra pinza en el otro pezón. Debían dolerle bastante, aunque no tanto como la que le fijaría a continuación. Mientras con una mano abría la pinza, con la otra localicé su clítoris y pellizqué un poco de piel a su alrededor, lo suficiente para prenderla.

Al dejarla ir su cuerpo se sacudió con fuerza. Una vez colocadas las pinzas, las cadenitas quedaron suavemente tensadas, aunque las convulsiones que nacían de su vulva aceitada hacían que en algún momento ejercieran toda su tracción, reflejando el padecimiento en todo su físico. Era un deleite sublime para la visión ver cómo los músculos luchaban por controlarse bajo su piel morena.

Ahora pasaría a la siguiente fase, así que me preparé arremangándome la camisa hasta los codos. Me moví hasta tener su costado enfrente y posé mi mano izquierda en su garganta, sin apretar en absoluto, más para sostenerla que otra cosa, al tiempo que la palma de mi otra mano acariciaba sus nalgas, algo tensas debido a la postura. La verdad es que el tacto de su piel en una zona tan exquisita era muy agradable, casi hipnótico, y tuve que ordenarme a mí mismo proseguir. Aparté mi mano para tomar impulso y le apliqué el primer azote con los dedos juntos, si bien, como había aprendido por experiencias anteriores, la dejé ligeramente muerta para acrecentar su efecto. El resultado fue un chasquido que resonó en la estancia. Bufó. Continué azotándola una y otra vez, espaciando los cachetes para permitir que sintiera cada uno de forma única y atacando diferentes zonas de sus nalgas que, con lentitud, se iban enrojeciendo, mostrando las marcas de mis dedos con trazos superpuestos. Debía de dolerle bastante, pero enmudeció del todo, como si no deseara expresar el trance de padecimiento que debía estar sufriendo.

Estuve azotándola con constancia durante bastante tiempo, sin que diera muestras de derrota, aunque mi mano sí empezaba a darlas. Era obvio que su umbral superaba con creces aquel ejercicio de calentamiento, entonces decidí subir el nivel.

Me agaché y recogí la pala. Era una pala estupenda, flexible y no muy pesada que causaba un efecto de quemazón delirante. Cambié de costado, volví a sujetarla por el cuello y le apliqué el primer golpe. Restalló sobre su piel ya castigada y, está vez sí, dejó escapar un jadeo. Pero no se repitió en los siguientes golpes. El silenció en el cuarto era total salvo por las salvas que producía la pala en sus nalgas y el muy leve, casi imperceptible, resoplido en su respiración, única evidencia de que notaba los impactos.

Los minutos pasaron lentos en tanto los palazos caían sobre sus nalgas, que ya empezaban a estar bastante coloradas, al rojo vivo, diría yo. Cuando ya llevaba un buen rato aplicándoselos, soltó un leve quejido, así que alargué el castigo durante varios minutos más, esperanzado en conseguir doblegarla sin tener que recurrir a nuevos y más feroces métodos. Al terminar, sus posaderas habían cambiado de fisonomía, ahora estaban hinchadas, rotundas, de un tono casi granate con algunos toques más oscuros. Seguramente debían de atormentarle bastante, aunque no daba muestras de ello. Decidí torturarla con un antiguo truco sólo apto para sumisos muy entregados y volví del mueble con un potecito repleto de sal marina. Eché un puñado en mi mano y se lo restregué con fuerza por la piel castigada. Soltó un alarido que la mordaza fue incapaz de reducir, pero de inmediato se contuvo, aunque sus sollozos no quedaban ocultos. Me fijé en que su mano apretaba con fuerza la esfera.

En un principio no creí que tendría que ir mucho más allá de donde había llegado; pero, ahora, estaba claro que debería superar la fase de un simple castigo y pasar a un sometimiento más profundo. Su resistencia al dolor no dejaba de sorprenderme. En verdad era algo fuera de lo corriente, y que obtuviera placer de ello era aún más sorprendente. Debería aplicarme mucho más si quería quebrar su voluntad. Y debería aplicar técnicas más agresivas y dolorosas para ello. Ella me miró, y creí percibir una sonrisa de satisfacción disfrazada por la mordaza.


Desprendí las pinzas de sus pezones tirando de las cadenitas muy lentamente. Primero saltó la de su pecho izquierdo, haciéndola rebotar al tiempo que gemía, luego la del otro pecho, produciendo el mismo efecto.

Quedaba la del clítoris. Estiré con toda la parsimonia que fui capaz, notando como la pinza se deslizaba apresando tan sólo el clítoris para terminar saltando de éste. El grito, contenido a su pesar, señaló el momento justo en que se desprendió.

Luego, con mi mano sopesé su pecho izquierdo. Lo alcé y comprobé su morbosidad, su consistencia y el calor que de él manaba. Ciertamente no era el pecho de una púber, sino el de una mujer, carnoso y voluminoso, del todo deseable. Tenía de contenerme y contener mi apetito si no quería que la calentura que me estaba invadiendo acabara conmigo.

Pasé la cuerda por su base y comencé a enrollarla como si de un vendaje compresivo se tratara; vuelta tras vuelta hasta cuatro, dejando suficiente cuerda en los extremos para anudarla con fuerza. Ella intentaba ver qué le había hecho inclinando la cabeza hacia abajo. Le dejé hacerlo para que de esa forma advirtiera cómo repetía la tarea con su otro pecho. Al principio no sería más que una molestia, una presión algo intensa; sin embargo, conforme pasara el tiempo la sangre se iría acumulando en sus senos y estos se sensibilizarían y tensarían, haciéndolos receptivos a multitud de suplicios interesantes.

Me dirigí a la pared y, de entre unos cuantos instrumentos de azote, descolgué un viejo cinturón de cuero, desgastado por el uso tan placentero que le había dado a lo largo de los años. Lo blandí en el aire unas cuantas veces hasta que mi brazo recordó su trazo y me acerqué al cuerpo de Carmen que en aquel momento estaba moviendo la cabeza como si negara repetidas veces, seguramente inducida por las primeras sensaciones que los cordajes producían en sus senos tan hermosos y tan martirizados en aquel momento.

Comencé con azotes al azar sobre sus ya castigadas nalgas, sin una cadencia fija ni un punto de interés particular. Era delicioso ver cómo se apartaba hacia un lado u otro intentando anticipar el contacto, intentando evitar lo que al fin y al cabo era inevitable; y aquella fue la primera muestra de que algo en ella empezaba a ceder. Los azotes continuaron mientras su cuerpo se balanceaba de forma rítmica, intentando equilibrarse sobre las puntas de los dedos de sus pies, tensos por el esfuerzo.
Poco después la punta del cinturón lamía de forma elástica sus muslos, alternándose entre uno y otro, totalmente abiertos y ofrecidos gracias a la barra que separaba sus tobillos. Producía un sonido chasqueante, casi melodioso en el silencio de la habitación, dejando marcas sobre la piel virgen que parecían indicarme cada punto de contacto, mientras fui bajando hacia sus pantorrillas endurecidas por mantenerse de puntillas. Sus gemidos, de forma pausada, casi como un gimoteo infantil, comenzaban a ser audibles y ello me incitó, por un momento, a aplicar más fuerza al cinto de la que en verdad deseaba en aquel momento. Me detuve cuando la oí claramente sollozar bajo la mordaza. Entonces decidí llegado el momento de aplicarle una nueva forma de dolor y enrollé parte del cinturón en mi mano dejando una tira de un par de palmos y me coloqué ante ella.

Su cuerpo temblaba y sobre su piel brillaban rastros de sudor como si hubieran esparcido purpurina aquí y allá. La miré a los ojos y estos me devolvieron una mirada de alarma que antes no estaba ahí, aunque su mano seguía aferrando la bolita como si en ello le fuera la vida. Obviamente, aún no estaba dispuesta a capitular; así que proseguí, esta vez azotando su abdomen con golpes secos y rápidos, menos fuertes que los aplicados a su trasero, pero tanto o más dolorosos. La percusión del cuero sobre su piel hacía que sus músculos se expandieran y contrajeran a un ritmo sorprendente; cuando llevaba unos minutos aplicándole el castigo en esa zona, me detuve y palpé con mi mano libre. Estaba muy caliente, y las marcas del cinturón eran claramente visibles.

En ese momento aprecié cómo los pechos habían llegado al estado deseado. La parte que sobresalía de la base anudada parecía un hongo algo amoratado y tenso; las aureolas se habían expandido mostrando unos pezones erguidos y duros. Acaricié esa piel tan turgente y arañé levemente los pezones en uno y otro pecho. El gesto me valió unos suspiros profundos como lamentos.

Entonces volví al escarmiento, esta vez azotando las aureolas de tan soberbio obsequio, apenas unos toques y no muy fuertes, desde luego, pero sí lo justo para apreciar cómo se convulsionaba mientras cerraba los ojos y de su garganta surgía un ronquido continuo, casi acompasado en sus subidas y bajadas con los vaivenes del cuero de uno a otro seno.

Una vez sensibilizados por semejante tratamiento, me detuve y acerqué mi mano libre; pero, esta vez, comencé a pellizcar tan tierna y mortificada piel de forma brutal, sin contemplaciones. La agonía que le debía estar produciendo aparentaba ser terrible, porque berreaba sin control y la verdad es que temí fuera oída por alguien a pesar de la mordaza y la insonorización.

Así que me detuve y localicé mi próximo objetivo.

En ese mismo momento la bola calló al suelo con un golpe seco.

Vi como rodaba como medio metro y se detenía a pocos centímetros de mi pie. Me incline y la recogí. Cuando me alcé su mirada era de temor.

—Veo que al fin has entrado en razón —le dije.

Ella negó fervientemente con la cabeza.

— ¿Ah, no?

Sus negativas fueron en aumento.

— ¿Así que no la has soltado? ¿Es eso? —Afirmó de tal forma que casi creí que se haría daño en la nuca—. Se te ha “caído”. ¿Es eso? —Ella siguió afirmando—. ¿Y qué hacemos ahora? ¿Vas a hacer el servició que te pedí? —Negó—. ¿Tú que harías en mi lugar? —Sus ojos eran la imagen pura de la desesperación—. ¿Sabes lo que haré? Te volveré a dar la esfera. Sin embargo… —y me paré a media frase para ver como su mirada recuperaba una cierta esperanza para luego apagarse de nuevo— …si se vuelve a caer de tus manos sin que estés dispuesta a obedecer, los castigos sufridos hasta ahora te parecerán una merienda campestre. ¿Lo entiendes?

Ella afirmó con la cabeza y yo devolví la bolita a la palma de su mano que se cerró aferrándola.


Continuará...

bettyboop
27-08 2007, 11:44 AM
A pesar de no inclinarme en estas lides dolorosas, tu historia logró captar mi atención, leí las dos partes con una concentración única, lograste ponerme nerviosa en muchas partes “Fui hasta el mueble y cogí algunos utensilios”, esta oración junto a otras similares provocaban en mi la angustia de no saber exactamente a ké te referías con “utensilios”, ya la idea de ke te acercaras al “mueble” me dejaba el alma en vilo y los pensamientos alborotados tratando de descifrar tus intenciones.

Es bueno también saber de la preocupación del “torturador” hacia su víctima, a ratos apasionado, a veces, tierno, es cierto ke no hay escenas de sexo, sólo algunas llegadas estratégicas y algunos masajes de relajación, pero sí es muy excitante saber de la excitación del “amo”, eso de tener ke concentrarse en lo ke hace, para no caer en la desorientación ke provoca el deseo, y no abandonar la labor en la ke se encuentra…..por lo menos eso a mi me gusta leerlo.

El detalle de la bolita...es bueno, a los ke leemos nos mantiene con la incertidumbre y con las manos apretadas como keriendo solidarizar con Carmen y ayudarla a no soltarla.

El relato es fácil de leer y los detalles hacen de él una buena historia, uno se puede imaginar la cara de Carmen cuando tiene susto, cuando está enojada, cuando se siente excitada, sus gritos, sus contorsiones por el dolor, las escenas están bien descritas.

Ahora no keda más ke esperar la tercera parte…

Andariego
11-04 2008, 12:47 AM
Hola a todos.

Me parece un relato bastante bueno; muy realista, muy centrado. Me gusta en especial que retrata la emoción del Dominante en todo momento, y el aparentemente contradictorio conflicto entre dolor y placer por parte de la sumisa. No se ve en este relato al Amo que siempre sabe qué hacer o que sale de las reacciones humanas, sino que le muestra sorprendido, retado, competido por la esclava en cuestión.

También me gusta la forma en que se describe el inicio de esa relación D/s, la cual es muy real, constante, necesaria, pero tan poco tomada en cuenta por los autores de relatos de este tipo.

Desgraciadamente ya ha pasado tiempo de que apareció esta segunda parte y no hay noticias de una tercera -al menos para los que no somos editores-, que nos deje saber el desenlace de esta historia.

Saludos a todos.