closeyes69
29-07 2007, 02:47 AM
Antes de irme a estudiar a la capital del estado, la visité muchas veces, ya que mi familia paterna vivía allí, por lo tanto, cada vez que podían, mis padres me enviaban a pasar el tiempo con mis abuelos. Fue así como conocí a Adrián.
Recuerdo que la primera vez que lo vi, 15 años atrás, teníamos como 8 años los dos. Después de tantos años viéndonos justo cuando teníamos tiempo libre, nos hicimos amigos cada vez más cercanos, creo que cada uno era sinónimo de diversión para el otro. Pasábamos el verano recorriendo la ciudad en bicicleta, subiendo la montaña y bañándonos en los ríos (aunque parezca mentira, hablo de una ciudad capital con ríos limpios).
En la adolescencia él hacia karate y yo gimnasia, yo trataba de que nos viéramos poco, porque siempre me estaba enseñando los trucos nuevos del karate, es decir, me dio suficientes patadas como para darme cuenta que lo quería más que como amigo, pero nunca me pasó por la mente algo así en aquellos tiempos “inocentes”. Con el tiempo las vacaciones de verano dejaron de llevarme hasta la ciudad, sin embargo cada vez que por cualquier cosa visitaba a los abuelos, lo llamaba y pasábamos un rato juntos, aunque fuera viendo TV.
Hoy día, está divorciado, cosas de muchacho, y es instructor de un gimnasio. No tiene novia fija, porque no ha superado el divorcio. Yo me vine a la ciudad a estudiar contabilidad y vivo en el apartamento de los abuelos. Como vivimos en el mismo edificio, yo con gente mayor y él solo, pasamos juntos todo el tiempo que podemos entre su trabajo y mis clases. En una ocasión me invito a pasar un fin de semana en la casa que sus padres tienen en el estado Aragua, ya que sus padres salían de viaje y alguien tenia que alimentar los animales y vigilar la casa, así que nos fuimos dispuestos a pasar un fin de semana como campesinos que toman mucha cerveza.
La casa queda en medio de una siembra de mangos y tamarindo, además crían pollos, tienen unas 300 jaulas en total, estaban los 5 perros, un par de gatos y un loro que no desperdicia oportunidad para tratar de arrancarte alguno de los dedos. Todo queda a un kilómetro, la autopista, los vecinos la licorería, es decir, solo pero no internados en el monte. De amplios corredores, para pasar las tardes de calor y rodeada de árboles; “perfecta para emborracharse” decía Adrián cada vez que me hablaba de esa casa.
Llegamos el viernes en la noche. Después de despedir a los padres, pasamos la mañana del sábado limpiando las jaulas de los pollos y dándoles de comer. Recogimos los huevos, buscamos mangos. En la tarde yo cociné mientras Adrián bañaba los perros y lavó los carros. Después de comer pintamos la pared del frente de la casa y una reja. Terminamos de pintar a eso de las 7 pm. Adrián que estaba de rodillas cerrando los potes de pintura y se levantó, se estiró para quitarse la pereza, miró el cielo y me dijo que había llegado el momento de conocer lo mejor de la casa. Dejamos los potes de pintura y las brochas en un deposito del patio, enfilamos hacia la entrada trasera de la cocina, siempre abierta, antes de entrar me pidió que me quedara ahí, corrió hasta las neveras y volvió con 4 cervezas.
-Cierra la puerta –me dijo, me pareció algo extraño pero lentamente la cerré viéndolo como quien mira a un loco.
Cual seria mi sorpresa, detrás de la puerta había escaleras. En el día no las había visto, ya que las trinitarias las escondían completamente. Llegaban al techo de la casa. 300 metros cuadrados, rodeados de paredes verdes formadas por los árboles, el tanque de agua y un par de tragaluces con forma de torres que apenas sobresalían del techo. En una de las esquinas, la rama de un mango había crecido sobre el techo, pero sin tocarlo, y te podías sentar en ella. También tenían unas sillas playeras de esas que tienen las patas muy cortas para que estés bien cerca del suelo recostadas contra una de las paredes del tanque. No sentamos. Adrián abrió las cuatro cervezas me dio dos, y me dijo.
-Bueno esclavo, la primera cerveza es fondo blanco.
Yo no me hice de rogar, más bien me pareció un reto y lo acepté. Termine primero y mientras el aun tragaba, le pregunte que era eso tan bueno que debía conocer. El simplemente señalo hacia el cielo. Increíble. La noche sin nubes ni luna. La brisa fresca haciendo cantar las ramas de los árboles y millones de estrellas brillando sobre nosotros dos, ahí solos. Buen rato en silencio pasamos viendo las estrellas.
-Esa es la constelación de Escorpio –me dijo– ¿la distingues?
En ese momento, el alcohol en mi mente solo dejaba ver que sus fuertes brazos apuntando hacia el cielo nacían en una apetecible axila sin bellos. El notar eso me sorprendió un poco, a estas alturas de nuestra amistad, así que apure otro trago para tratar de olvidar esa imagen. Hablamos de las estrellas, de libros, de películas, nos burlamos de algunos amigos en común, me contó una vez más de su matrimonio y de su divorcio mientras nos turnábamos para buscar las cervezas. Cuando subí con las doceavas cervezas, me dijo que tenía que ir al baño. Se quito la franela, tomo un largo trago de su cerveza y me dijo que tardaba, que me terminara lo que quedaba en su botella. Lo observe caminar ya algo mareado hacia las escaleras y me agrado la idea de sorber del mismo lugar donde Adrián había puesto sus gruesos labios. Ya el alcohol me estaba afectando, no veía hacia las estrellas, sin embargo estaba en las nebulosas imaginando, o mejor dicho recordando todo lo que conocía de él.
Pensaba en su gran cuerpo, su espalda firme y ancha. Sus grandes brazos. Sus piernas gruesas y blancas con muy poco bello. Su piel blanca con un extraño toque cenizo. Sus pequeñas tetillas color chocolate claro. Sus lindos pies y lo mucho que le gusta que se los masajearan. Sus labios carnosos. Su amplia sonrisa. La manera como me agarra del cuello y me guía algunas veces cuando caminamos o quiere que vea algo. Su voz y su extraño y dulce olor personal combinado con el perfume cítrico que le gusta usar. La manera como nos decíamos cosas con la mirada.
¿Qué me estaba pasando? Mi amigo y yo éramos inseparables, pero no en eso sentido. Mientras todo eso pasaba por mi mente, de repente uno de los tragaluces se iluminó, y la luz me sacó de mi letargo. Imagine que esa era la ventana de uno de los baños. No lo pensé ni un instante. Quise ver a Adrián desde una perspectiva muy distinta, aunque fuera en el baño. Con todo lo que pasaba por mi mente no podía perder esta oportunidad. Me acerqué lentamente, para no hacer ningún ruido. Estaba lavándose la cara. Después de secarse se paró frente el retrete. Se quito los zapatos, las medias, los pantalones y el interior, se sentó sobre la tapa cerrada y se quedo pensativo dándome una vista frontal de todo su cuerpo. Yo estaba como a 2 metros de altura sobre él, pero podía distinguir cada detalle de ese hermoso miembro, que por primera vez observaba con deseo. Aunque flácido es cabezón, jugoso a la vista, bien afeitado, algo más oscuro que el resto de la piel de Adrián, que sentado todo pensativo ahí abajo se me antojaba el hombre más hermoso de este planeta.
En el silencio de la noche y de aquella casa en particular, en el que apenas se escuchaban algunos vehículos pasar por la autopista, escuché o imaginé escuchar a Adrián suspirar. Se pasó las manos por la cara y por el cabello, con expresión triste dijo claramente “como te extrañamos”. Imagine que se refería a su ahora ex esposa, pero ¿Quiénes la extrañaban? No tarde mucho en entender quienes. Una mano estaba en su muslo y la otra jugaba con su ombligo, y bajo directo hasta la base de su pene. Se apretó firmemente el pene y los testículos, suspirando de nuevo. Mientras ambos mirábamos desde distintas perspectivas hacia su pene, este tomaba lentamente vida. Latía poco a poco, mientras dejaba de apuntar hacia abajo y empezaba a dirigir su único ojo hacia mí, saliéndose de la mano de su dueño, haciendo que esta se viera pequeña ante aquella arma. La mano empezó a acariciarlo de arriba abajo, rodeándolo con firmeza. Cubriendo y descubriendo con la piel el brillante glande, como una gran y apetitosa fresa.
En ese momento, mi respiración no podía estar más agitada. Mis labios estaban secos, y mis manos se agarraban fuerte a la botella de cerveza, pequeña ante aquella visión. Me pase la mano por la boca y mientras exhalaba la baje hasta mi pene, que sentía arder en mis pantalones. Lo encontré tan despierto como el que veía en las manos de Adrián, pero lo dejé encerrado.
Abajo en el baño, ese gran pene estaba firme, bien lubricado por la saliva de mi anfitrión, quien no escatimaba en suspiros a ojos cerrados. Usaba ahora las dos manos. Ponía su puño cerrado frente a la cabeza y se abría paso empujando entre los dedos hasta llegar a la raíz, con cada una de las manos. Luego regresaba al sube y baja, pero con movimientos como de quien saca el corcho de una botella, o simplemente el tradicional sube y baja, pero con ambas manos tomando con fuerza aquella herramienta, que ahora brillaba por la lubricación.Yo no podía creerlo, ahí estaba él, sudando ya, contorsionándose de placer, estirando sus piernas y retorciendo los dedos de sus pies, mordiéndose los labios, con los ojos cerrados, imaginando el encuentro con su ex, gimiendo de placer. Y yo, disfrutando cada uno de los movimientos de su cuerpo, mientras me apretujaba mi propio pene encerrado en mis pantalones.
Cuando con una mano siguió el movimiento del descorche y con la otra se apretó las bolas, supe que todo estaba por terminar. Y así fue, se puso de pie, lo que me daba una mejor visión de su cuerpo ligeramente sudado. Explotó en gemidos Adrián, y mientras se agarraba de su pene completamente descubierto lanzo uno, dos, tres y hasta cuatro chorros de esperma que pegaron contra la pared, mientras se inclinaba hacia atrás y en su cara y boca abierta no cabía mas placer. Si abría los ojos de repente, me podía ver ahí, babeando, así que con las piernas temblorosas me fui a mi silla. Al sentarme me tomé lo que quedaba de la cerveza, ya caliente, de un solo trago, para calmar la resequedad de mi boca que estuvo abierta durante todo el proceso. Mientras me apretaba mi paquete, listo para reventarme el jean. Giré para colocar la botella junto a las otras y tomarme otra rápido, porque supuestamente tenía rato tomando solo y mis ojos encontraron la franela sudada de mi “amigo”.
No quedaba mucho antes de que él subiera de nuevo, y aun había luz en el tragaluz. Agarre esa franela con una mano mientras con la otra rápidamente me desabrochaba el pantalón, bajaba el cierre y liberaba mi húmedo pene de su prisión. Acercando el aroma de su ropa a mi cara y apretándome mi pene, no tarde mucho en reconocer el olor dulce de su sudor, mezclado con el aroma de su perfume, tan viril, tan conocido y apreciado por mí. Combinación de olores que ahora eran fuente de mis deseos y energía de mis rápidos movimientos. Con gran fuerza azoté mi pene una y otra vez, aprovechando al máximo todo lo que había lubricado. No sé si era más fuerte el sonido de mi respiración o de los golpes de mi mano contra la base de mi pene, pero todo esto conseguía excitarme como loco, por lo que no tarde mucho. La excitación de ver a Adrián pajearse con tanto placer y ahora su aroma, y mi propia calentura me llevaron al éxtasis casi inmediatamente. Eyaculé como nunca, sin importarme donde estaba o si lo limpiaría luego.
La luz de la ventana en la pequeña torre se apago. Cerré mi pantalón y me acomode en la silla. Regrese la franela a la silla de al lado y me empine de nuevo la cerveza. Cuando solté la botella junto a las otras, Adrián subía, descalzo aun, vistiendo solo sus pantalones. Lo notaba un poco mas alegre, o eso sugería su gran sonrisa. Al inclinarse para darme otra cerveza piso algo húmedo y con gesto de asco sin notar que era mi semen me reclamo haber escupido tan cerca, mientras daba brincos hacia su silla. Bien mareado, empinándome la cuarta cerveza en menos de 10 minutos, mientras mi pene aun estaba duro y mi respiración aun no era normal, solté una carcajada, mas por nervios de que notara el olor a semen que por otra cosa. Fingiendo indignación, se giró hacia mí, coloco sus pies sobre mis piernas y me dijo que para disculparme debía darle un buen masaje…
¡Que lastima que solo vaya a masajear sus pies!
Recuerdo que la primera vez que lo vi, 15 años atrás, teníamos como 8 años los dos. Después de tantos años viéndonos justo cuando teníamos tiempo libre, nos hicimos amigos cada vez más cercanos, creo que cada uno era sinónimo de diversión para el otro. Pasábamos el verano recorriendo la ciudad en bicicleta, subiendo la montaña y bañándonos en los ríos (aunque parezca mentira, hablo de una ciudad capital con ríos limpios).
En la adolescencia él hacia karate y yo gimnasia, yo trataba de que nos viéramos poco, porque siempre me estaba enseñando los trucos nuevos del karate, es decir, me dio suficientes patadas como para darme cuenta que lo quería más que como amigo, pero nunca me pasó por la mente algo así en aquellos tiempos “inocentes”. Con el tiempo las vacaciones de verano dejaron de llevarme hasta la ciudad, sin embargo cada vez que por cualquier cosa visitaba a los abuelos, lo llamaba y pasábamos un rato juntos, aunque fuera viendo TV.
Hoy día, está divorciado, cosas de muchacho, y es instructor de un gimnasio. No tiene novia fija, porque no ha superado el divorcio. Yo me vine a la ciudad a estudiar contabilidad y vivo en el apartamento de los abuelos. Como vivimos en el mismo edificio, yo con gente mayor y él solo, pasamos juntos todo el tiempo que podemos entre su trabajo y mis clases. En una ocasión me invito a pasar un fin de semana en la casa que sus padres tienen en el estado Aragua, ya que sus padres salían de viaje y alguien tenia que alimentar los animales y vigilar la casa, así que nos fuimos dispuestos a pasar un fin de semana como campesinos que toman mucha cerveza.
La casa queda en medio de una siembra de mangos y tamarindo, además crían pollos, tienen unas 300 jaulas en total, estaban los 5 perros, un par de gatos y un loro que no desperdicia oportunidad para tratar de arrancarte alguno de los dedos. Todo queda a un kilómetro, la autopista, los vecinos la licorería, es decir, solo pero no internados en el monte. De amplios corredores, para pasar las tardes de calor y rodeada de árboles; “perfecta para emborracharse” decía Adrián cada vez que me hablaba de esa casa.
Llegamos el viernes en la noche. Después de despedir a los padres, pasamos la mañana del sábado limpiando las jaulas de los pollos y dándoles de comer. Recogimos los huevos, buscamos mangos. En la tarde yo cociné mientras Adrián bañaba los perros y lavó los carros. Después de comer pintamos la pared del frente de la casa y una reja. Terminamos de pintar a eso de las 7 pm. Adrián que estaba de rodillas cerrando los potes de pintura y se levantó, se estiró para quitarse la pereza, miró el cielo y me dijo que había llegado el momento de conocer lo mejor de la casa. Dejamos los potes de pintura y las brochas en un deposito del patio, enfilamos hacia la entrada trasera de la cocina, siempre abierta, antes de entrar me pidió que me quedara ahí, corrió hasta las neveras y volvió con 4 cervezas.
-Cierra la puerta –me dijo, me pareció algo extraño pero lentamente la cerré viéndolo como quien mira a un loco.
Cual seria mi sorpresa, detrás de la puerta había escaleras. En el día no las había visto, ya que las trinitarias las escondían completamente. Llegaban al techo de la casa. 300 metros cuadrados, rodeados de paredes verdes formadas por los árboles, el tanque de agua y un par de tragaluces con forma de torres que apenas sobresalían del techo. En una de las esquinas, la rama de un mango había crecido sobre el techo, pero sin tocarlo, y te podías sentar en ella. También tenían unas sillas playeras de esas que tienen las patas muy cortas para que estés bien cerca del suelo recostadas contra una de las paredes del tanque. No sentamos. Adrián abrió las cuatro cervezas me dio dos, y me dijo.
-Bueno esclavo, la primera cerveza es fondo blanco.
Yo no me hice de rogar, más bien me pareció un reto y lo acepté. Termine primero y mientras el aun tragaba, le pregunte que era eso tan bueno que debía conocer. El simplemente señalo hacia el cielo. Increíble. La noche sin nubes ni luna. La brisa fresca haciendo cantar las ramas de los árboles y millones de estrellas brillando sobre nosotros dos, ahí solos. Buen rato en silencio pasamos viendo las estrellas.
-Esa es la constelación de Escorpio –me dijo– ¿la distingues?
En ese momento, el alcohol en mi mente solo dejaba ver que sus fuertes brazos apuntando hacia el cielo nacían en una apetecible axila sin bellos. El notar eso me sorprendió un poco, a estas alturas de nuestra amistad, así que apure otro trago para tratar de olvidar esa imagen. Hablamos de las estrellas, de libros, de películas, nos burlamos de algunos amigos en común, me contó una vez más de su matrimonio y de su divorcio mientras nos turnábamos para buscar las cervezas. Cuando subí con las doceavas cervezas, me dijo que tenía que ir al baño. Se quito la franela, tomo un largo trago de su cerveza y me dijo que tardaba, que me terminara lo que quedaba en su botella. Lo observe caminar ya algo mareado hacia las escaleras y me agrado la idea de sorber del mismo lugar donde Adrián había puesto sus gruesos labios. Ya el alcohol me estaba afectando, no veía hacia las estrellas, sin embargo estaba en las nebulosas imaginando, o mejor dicho recordando todo lo que conocía de él.
Pensaba en su gran cuerpo, su espalda firme y ancha. Sus grandes brazos. Sus piernas gruesas y blancas con muy poco bello. Su piel blanca con un extraño toque cenizo. Sus pequeñas tetillas color chocolate claro. Sus lindos pies y lo mucho que le gusta que se los masajearan. Sus labios carnosos. Su amplia sonrisa. La manera como me agarra del cuello y me guía algunas veces cuando caminamos o quiere que vea algo. Su voz y su extraño y dulce olor personal combinado con el perfume cítrico que le gusta usar. La manera como nos decíamos cosas con la mirada.
¿Qué me estaba pasando? Mi amigo y yo éramos inseparables, pero no en eso sentido. Mientras todo eso pasaba por mi mente, de repente uno de los tragaluces se iluminó, y la luz me sacó de mi letargo. Imagine que esa era la ventana de uno de los baños. No lo pensé ni un instante. Quise ver a Adrián desde una perspectiva muy distinta, aunque fuera en el baño. Con todo lo que pasaba por mi mente no podía perder esta oportunidad. Me acerqué lentamente, para no hacer ningún ruido. Estaba lavándose la cara. Después de secarse se paró frente el retrete. Se quito los zapatos, las medias, los pantalones y el interior, se sentó sobre la tapa cerrada y se quedo pensativo dándome una vista frontal de todo su cuerpo. Yo estaba como a 2 metros de altura sobre él, pero podía distinguir cada detalle de ese hermoso miembro, que por primera vez observaba con deseo. Aunque flácido es cabezón, jugoso a la vista, bien afeitado, algo más oscuro que el resto de la piel de Adrián, que sentado todo pensativo ahí abajo se me antojaba el hombre más hermoso de este planeta.
En el silencio de la noche y de aquella casa en particular, en el que apenas se escuchaban algunos vehículos pasar por la autopista, escuché o imaginé escuchar a Adrián suspirar. Se pasó las manos por la cara y por el cabello, con expresión triste dijo claramente “como te extrañamos”. Imagine que se refería a su ahora ex esposa, pero ¿Quiénes la extrañaban? No tarde mucho en entender quienes. Una mano estaba en su muslo y la otra jugaba con su ombligo, y bajo directo hasta la base de su pene. Se apretó firmemente el pene y los testículos, suspirando de nuevo. Mientras ambos mirábamos desde distintas perspectivas hacia su pene, este tomaba lentamente vida. Latía poco a poco, mientras dejaba de apuntar hacia abajo y empezaba a dirigir su único ojo hacia mí, saliéndose de la mano de su dueño, haciendo que esta se viera pequeña ante aquella arma. La mano empezó a acariciarlo de arriba abajo, rodeándolo con firmeza. Cubriendo y descubriendo con la piel el brillante glande, como una gran y apetitosa fresa.
En ese momento, mi respiración no podía estar más agitada. Mis labios estaban secos, y mis manos se agarraban fuerte a la botella de cerveza, pequeña ante aquella visión. Me pase la mano por la boca y mientras exhalaba la baje hasta mi pene, que sentía arder en mis pantalones. Lo encontré tan despierto como el que veía en las manos de Adrián, pero lo dejé encerrado.
Abajo en el baño, ese gran pene estaba firme, bien lubricado por la saliva de mi anfitrión, quien no escatimaba en suspiros a ojos cerrados. Usaba ahora las dos manos. Ponía su puño cerrado frente a la cabeza y se abría paso empujando entre los dedos hasta llegar a la raíz, con cada una de las manos. Luego regresaba al sube y baja, pero con movimientos como de quien saca el corcho de una botella, o simplemente el tradicional sube y baja, pero con ambas manos tomando con fuerza aquella herramienta, que ahora brillaba por la lubricación.Yo no podía creerlo, ahí estaba él, sudando ya, contorsionándose de placer, estirando sus piernas y retorciendo los dedos de sus pies, mordiéndose los labios, con los ojos cerrados, imaginando el encuentro con su ex, gimiendo de placer. Y yo, disfrutando cada uno de los movimientos de su cuerpo, mientras me apretujaba mi propio pene encerrado en mis pantalones.
Cuando con una mano siguió el movimiento del descorche y con la otra se apretó las bolas, supe que todo estaba por terminar. Y así fue, se puso de pie, lo que me daba una mejor visión de su cuerpo ligeramente sudado. Explotó en gemidos Adrián, y mientras se agarraba de su pene completamente descubierto lanzo uno, dos, tres y hasta cuatro chorros de esperma que pegaron contra la pared, mientras se inclinaba hacia atrás y en su cara y boca abierta no cabía mas placer. Si abría los ojos de repente, me podía ver ahí, babeando, así que con las piernas temblorosas me fui a mi silla. Al sentarme me tomé lo que quedaba de la cerveza, ya caliente, de un solo trago, para calmar la resequedad de mi boca que estuvo abierta durante todo el proceso. Mientras me apretaba mi paquete, listo para reventarme el jean. Giré para colocar la botella junto a las otras y tomarme otra rápido, porque supuestamente tenía rato tomando solo y mis ojos encontraron la franela sudada de mi “amigo”.
No quedaba mucho antes de que él subiera de nuevo, y aun había luz en el tragaluz. Agarre esa franela con una mano mientras con la otra rápidamente me desabrochaba el pantalón, bajaba el cierre y liberaba mi húmedo pene de su prisión. Acercando el aroma de su ropa a mi cara y apretándome mi pene, no tarde mucho en reconocer el olor dulce de su sudor, mezclado con el aroma de su perfume, tan viril, tan conocido y apreciado por mí. Combinación de olores que ahora eran fuente de mis deseos y energía de mis rápidos movimientos. Con gran fuerza azoté mi pene una y otra vez, aprovechando al máximo todo lo que había lubricado. No sé si era más fuerte el sonido de mi respiración o de los golpes de mi mano contra la base de mi pene, pero todo esto conseguía excitarme como loco, por lo que no tarde mucho. La excitación de ver a Adrián pajearse con tanto placer y ahora su aroma, y mi propia calentura me llevaron al éxtasis casi inmediatamente. Eyaculé como nunca, sin importarme donde estaba o si lo limpiaría luego.
La luz de la ventana en la pequeña torre se apago. Cerré mi pantalón y me acomode en la silla. Regrese la franela a la silla de al lado y me empine de nuevo la cerveza. Cuando solté la botella junto a las otras, Adrián subía, descalzo aun, vistiendo solo sus pantalones. Lo notaba un poco mas alegre, o eso sugería su gran sonrisa. Al inclinarse para darme otra cerveza piso algo húmedo y con gesto de asco sin notar que era mi semen me reclamo haber escupido tan cerca, mientras daba brincos hacia su silla. Bien mareado, empinándome la cuarta cerveza en menos de 10 minutos, mientras mi pene aun estaba duro y mi respiración aun no era normal, solté una carcajada, mas por nervios de que notara el olor a semen que por otra cosa. Fingiendo indignación, se giró hacia mí, coloco sus pies sobre mis piernas y me dijo que para disculparme debía darle un buen masaje…
¡Que lastima que solo vaya a masajear sus pies!