CyberAmo
29-06 2007, 07:43 PM
Carmen es una mujer especial. No es precisamente la mujer más guapa que he tenido el placer de conocer, ni la más atlética o la más exuberante, si bien posee un cuerpo agradable con unos pechos generosos y una mirada viva y luminosa; y, aunque los jóvenes imberbes comienzan a llamarla de usted, no hay duda que es un animal sexual tremendamente bello y fascinante que habita en el mundo intermedio entre el placer y el dolor. Ahora lo sé.
Aquella tarde nos encontramos para charlar después de varias semanas sin vernos y la conversación nos llevó por derroteros que casi nunca tocábamos. Ella ya conocía algunos de mis gustos sexuales y, aunque no parecía compartirlos, ambos nos respetábamos lo suficiente para no entrar en críticas fútiles. Sin embargo, me sorprendió, como no creía que fuera posible, cuando me reveló uno de los aspectos de su sexualidad más ocultos, al menos para mí.
—Me gusta el dolor —me espetó, casi sin venir a cuento; no como quien dice “me gusta el chocolate”, si no más bien como una confesión largo tiempo contenida.
— ¿Y…? —Dije, sin saber muy bien qué quería que hiciera yo con ese nuevo conocimiento.
—Tú… en fin… practicas…
— ¿Qué quieres decir con “me gusta el dolor”? —La interrumpí, al ver su indecisión—. ¿Te gusta sufrirlo? ¿Causarlo? ¿Ambas cosas?
—Sufrirlo. Cuanto más, mejor —dijo, con premura.
— ¿Y…? —Volví a repetir. Veía por dónde quería ir; pero deseaba que fuera ella la que pronunciara las palabras.
—Hasta ahora, no he encontrado a nadie que llegue hasta donde yo quiero y había pensado que tú…
—Que yo…
—Que tú, quizás, podrías… hacerlo.
—Quieres que yo te cause dolor, ¿no es eso? —Ella afirmó con la cabeza. Su rostro estaba muy ruborizado; pero no era tarea mía hacérselo fácil, no cuando se habla de dolor— ¿Qué tipo de dolor?
—Sexual, bueno, eso, fustas, pinzas,…
— ¿Eres masoquista?
—Sí, creo que sí.
— ¿Y te avergüenza serlo?
Ella afirmó con la cabeza, levemente.
—Un poco.
—Entonces, puede que no seas una auténtica masoquista, puede que haya sólo algunos aspectos que te atraigan, sólo eso. La parafernalia es muy atractiva para mucha gente.
Ella negó con la cabeza.
—No, los adornos no me interesan, y creo que a ti tampoco, ¿verdad? —Afirmé ante su pregunta—. Es el dolor, sentir como mi cuerpo se inunda con él, como invade mis fibras y me reduce; sin embargo, jamás he encontrado a nadie que me haga capitular. Me conoces mejor que la mayoría —eso es mucho decir después de esto, pensé— y he pensado que quizás tú sí puedes llevarme hasta donde quiero llegar.
Me reí un poco, de forma contenida.
— ¿Te hago gracia? ¿Sabes lo que me ha costado pedírtelo? —Se estaba poniendo furiosa al creer que yo me burlaba de ella.
—No. No es eso. Lo que ocurre es que al principio de conocernos fantaseé, como cualquier hombre, con poder llevarte al huerto, a mí huerto, y abandoné la idea cuando me enviaste señales muy claras de que en mí sólo buscabas un amigo. Así que ya lo ves, dejé correr el tema en pos de nuestra amistad.
—Y eso es lo que quiero, no te engañes, un amigo. Un amigo muy especial que me dé aquello que otros no pueden darme.
—Bien. Deja que lo piense unos días, ¿quieres? No es una decisión fácil.
—De acuerdo —su tono era bastante serio, así que supuse que no bromeaba en absoluto. En cierto modo, me atemorizó su arrojo; no es fácil confesar ciertas cosas a los demás. Así que decidí cambiar de tema.
—Hablando de otra cosa. ¿Qué libro estás leyendo últimamente?
—“Historia de O”. ¿Lo conoces? — ¡Oh, vaya!, pensé, empezamos mal. Otra que ha leído el dichoso librito.
En ciertos aspectos, lo que Carmen me propusó era un reto; no un reto técnico —la parte técnica la tenía más o menos cubierta—, si no más bien un reto moral y psicológico. Cuando una buena amiga, a la que procurabas mirar con ojos asexuados, te pide que la tortures para proporcionarle placer, lo más probable es que la relación posterior se complique en exceso, y eso era algo que quería evitar a toda costa. Por otra parte, si me negaba sin darle una razón de peso, seguramente también se sentiría ofendida o, lo que es peor, vejada, después de haberme confesado sus deseos más profundos.
Así que decidí darle satisfacción, aunque no de la manera que ella esperaba. De alguna forma tenía que asumir el control de la situación si quería evitar un fracaso que aparecía como ineludible. Debía urdir un plan de acción pautado al detalle. Y así lo hice. Cuando la llamé, quedamos para el sábado siguiente en mi casa.
Al abrir la puerta pude ver que se había vestido de forma muy atractiva. Una falda bastante corta mostraba sin pudor sus preciosas piernas, cuyas pantorrillas quedaban moldeadas por unos zapatos de tacón que no toda mujer podría llevar. El conjunto lo completaba una blusa semitransparente bajo la cual se vislumbraban sus senos, contenidos por un sujetador repleto de filigranas de encaje.
—Estás muy guapa —le dije.
—Gracias. ¿Te gusta?
Afirmé con la cabeza y la invité a pasar, conduciéndola hasta el salón.
—Siéntate, por favor. Ponte cómoda. ¿Te apetece beber algo?
Ella negó. Estaba más nerviosa de lo que aparentaba. Y yo procuraba aparentar más tranquilidad de la que en verdad poseía en ese momento. Así que decidir entrar en materia sin más dilación.
Me senté a su lado y cogí unos papeles de encima de la mesa de café.
—Esto es un contrato de sumisión —le informé—. Posee una serie de cláusulas en las que se detalla cómo será nuestra relación —ella me miró algo confusa—. Lo único que pretendo con esto es fijar los límites de lo que ocurrirá entre nosotros. No te sorprendas, es más habitual, entre comillas, de lo que puedas pensar. Básicamente dice que durante un periodo de seis horas, a partir de la firma, yo asumiré el rol de Amo y tú el de mi sumisa, obedeciéndome en todo, y que en dicho periodo deberé realizar todas las acciones que considere necesarias para proporcionarte el máximo dolor, sin exceder los límites que pondrían en riesgo tu salud o tu vida. A cambio de mis “atenciones”, tú deberás realizar para mí un servicio.
Me detuve un instante para comprobar su reacción. De momento parecía interesada, así que proseguí.
— ¿Tienes alguna pregunta? Antes de firmar, léelo con detenimiento. Hay dos copias, una es para ti y otra es para mí. Yo ya he firmado ambas.
Ella leyó una de las copias mientras la observaba en silencio.
— ¿Qué quieres decir con un “servicio”? —Me preguntó cuando terminó de leer la hoja.
—Algo que yo te pediré que hagas para mí para proporcionarme placer.
Hizo un mohín con la nariz. Creía saber con bastante claridad en qué pensaba en ese momento, y no me defraudó.
—Nada de penetraciones. Ni por delante ni por detrás. ¿Entendido?
—Está bien —respondí—. Si es eso lo que quieres, nada de penetraciones, ya se me ocurrirá otra cosa. Puedes añadirlo al contrato, si así te quedas más tranquila.
Lo hizo. Y, cuando acabó de escribir, firmó ambas copias.
—Bien —dije mientras se las cogía de las manos—. Ahora son poco más de las doce y cincuenta. ¿Te parece que comencemos a la una?
Ella afirmó con la cabeza y yo escribí la hora en ambas hojas, junto a la fecha. Luego le pasé una.
El reloj del salón emitió una campanada y calló. Entonces me puse en pie. Ella me miró, todavía sentada.
— ¿A qué esperas? Levántate y sígueme.
Poco a poco, se alzó y quedó inerte ante mí. Yo me di la vuelta y comencé a caminar hacia el cuarto de punición. Cuando estaba a medio camino me di cuenta que no oía sus pasos, me paré y miré hacia atrás. No se había movido.
—Vamos. ¿Piensas venir?
—Sí —dijo en voz muy baja y dio un paso muy corto, vacilante.
—Espera —le dije, volviendo a su lado. Tenía que romper esa sensación que la debía estar poseyendo de querer huir de lugar—. Primero, desnúdate.
Pasó unos segundos sin realizar un solo movimiento, probablemente luchando consigo misma ante el nuevo reto que se había planteado. Luego empezó por desabrocharse la blusa. Mientras lo hacía, mantuve la vista fija en sus ojos, apenas percibiendo de forma periférica el cuerpo que empezaba a revelárseme; pero sintiendo con fuerza la voluntad que emergía en sus pupilas.
Cuando sólo le quedaban las prendas interiores, me alejé un par de pasos y la contemplé iluminada por la luz dorada que pasaba a través de las cortinas; ésta se reflejaba sobre las prendas de satén y su piel, creándome la sensación de estar contemplando un ser fantástico; sin embargo, debía proseguir.
—Primero las braguitas.
Ella se paró, con los brazos detenidos a medio camino de su espalda. Los bajó hasta sus caderas y comenzó a quitárselas, se detuvo un instante, cuando apenas su pubis era visible, quizás dudando por última vez, y luego continuó. Después, se desprendió del sujetador.
Deslicé mi mirada por su cuerpo y ella vibró levemente, como si pudiera percibir su tacto. Su piel prácticamente resplandecía, y sus senos gravitaban suculentos, plenos. Contuve mi deseo de abrazarla y apoderarme de su ser en ese mismo instante. Más adelante, ya habría tiempo.
—Eres preciosa; pero debemos empezar. Ve hacia aquel cuarto.
Ella me miró y luego miró la puerta abierta. Cuando caminó hacia ella me quedé detrás embelesado por sus formas tan atrayentes.
Aquel cuarto lo había adecuado para ciertas prácticas que, por lo general, suelen ser bastante ruidosas, así que estaba insonorizado, y que requieren algún material especial, aunque tampoco había nada excesivamente aparente, ya que detesto las florituras. Así que cuando atravesó el quicio se quedó parada en medio observándolo todo, como un niño que entra en una juguetería por primera vez. Yo me detuve a su espalda, casi rozándola.
—Entra —le ordené, muy a mi pesar, ya que podía notar el calor de su cuerpo tan cerca del mío.
Dio varios pasos más sin dejar de mirar a su alrededor.
—Ahora escúchame bien —le dije. Se volvió, centrando su atención en mí—. A partir de este momento, tal y como consta en el contrato, soy tu Amo y, por tanto, debes obedecer mis órdenes. ¿Entendido? —Afirmó con la cabeza—. Muy bien. Cuando te dirijas a mí lo harás con respeto y siempre finalizarás las frases con la palabra “Amo”. ¿Sí? —Ella volvió a afirmar—. Quiero oírte.
—Sí,… Amo —su voz sonó algo queda.
—Bien, muy bien. Ahora te sujetaré.
De un mueble con múltiples cajones y estantes cogí un collar de castigo de cuero, de casi tres centímetros de ancho, y dos conjuntos de grilletes, también anchos y de cuero, uno para las muñecas y otro para los tobillos. Todas las piezas estaban forradas por dentro para evitar rozaduras. Me dirigí a donde estaba, casualmente el centro justo de la habitación, y le coloqué el collar. Para hacerlo tuve que doblar las rodillas un poco, ya que ella es más baja que yo. En principio, a esta pieza no iba a darle uso alguno, pero quería que se sintiera en mi poder desde el primero momento. Luego, en cuclillas, le coloqué los grilletes en sus tobillos; no desaproveché la ocasión para acariciar levemente la piel de éstos y la del empeine de sus pies, tan delicados, tan deliciosos. Me alcé para acabar de sujetarla.
—Pon las manos en la nuca —lo hizo y le esposé las muñecas uniendo los grilletes entre sí de forma que las palmas de las manos quedaban opuestas.
Así sujeta, con la ayuda de un pequeño mando a distancia, dejé ir un par de metros de una correa de nylon que se desplegó desde una polea en el techo, semejante a las correas extensibles que se usan hoy en día para pasear perros, ésta disponía de un pequeño motor eléctrico controlable con el mando que permitía extenderla, hasta siete metros, o recogerla a voluntad. Muy práctica a la hora de mantener en su sitio a una sumisa. Engarcé los grilletes a la correa mediante un mosquetón y la recogí en parte hasta que dejó de colgar holgada, aunque sin tensarla, todavía. Su cuerpo se mostraba ante mí de una forma tal que era puro deleite, y mi pene empezaba a dolerme, contenido como estaba en su dilatación por el slip y el pantalón.
Lamentablemente para él, y para mí, hoy no obtendría el tipo de satisfacción deseado, puede que, si lo hacía bien, verdaderamente bien, más adelante ambos consiguiéramos nuestra recompensa tan anhelada. Un contrato es un contrato, al fin y al cabo. Volví a concentrarme en la escena. Debía proseguir con el guión.
—Antes de seguir adelante —le dije—, necesito saber si verdaderamente vas a ser obediente. Por ello, he pensado que primero me prestarás tu servicio. Arrodíllate.
Con un brazo la sujeté por la cintura, mientras que dejaba ir correa hasta que estuvo arrodillada. Luego me puse delante de ella, de forma que mi bragueta, que en aquel momento difícilmente podía disimular mi estado de excitación, quedaba casi a la altura de sus labios. No dijo nada, aunque era evidente que creía saber en que consistiría su servicio, ya que, de forma instintiva se humedeció los labios, como preparándolos para su próxima tarea.
— ¿Sabes?, hay algo que he visto en algunas películas y que siempre he querido que hicieran para mí, y creo que esta es la ocasión —sorpresivamente me volví y me dirigí hacia la puerta—. Ahora vengo. —Aquel era un golpe de efecto que pronto sería superado.
Cuando volví y me vio entrar con el orinal en las manos, sus ojos se abrieron como platos.
—Esta mañana he hecho esto especialmente para ti, espero que sepas apreciarlo. Creo que su sabor será de tu agrado —y dejé el orinal unos palmos delante de ella.
Desde donde estaba sujeta podía ver perfectamente el líquido ambarino que llenaba cerca de un tercio del recipiente y, flotando en éste, un par de masas pastosas de color ocre oscuro.
No salía de su asombro. Estaba como embobada mirando el orinal. Así que dejé ir un poco más de correa para que pudiera inclinarse. Como no se movía, decidí incitarla, obligarla a tomar una decisión que, de ser la esperada, la conduciría por la senda que había trazado para ella.
—Adelante, sin remilgos. ¿A que tiene una pinta deliciosa? —Mi tono de voz debía resultarle exasperante, rozando la burla.
Me miró y en su rostro había un conjunto de expresiones como jamás había visto en nadie: asco, ira y miedo se mostraban por igual.
— ¡Estás chalado! —Gritó con fuerza—. No pienso acercarme a eso. ¡Suéltame inmediatamente, chiflado! —Y, aún de rodillas, empezó a lidiar con los grilletes y la correa que la tenían sujeta.
—Ni hablar. Has firmado un contrato. Te has comprometido a prestarme un servicio y ahora no te puedes echar atrás. Así que ya te estás inclinado y dándome el gusto. ¡Ah!, por cierto, no me has llamado Amo. —Aquello resulto ser la guinda.
— ¿Amo? ¿Amo? ¿Quieres que te llame Amo, chiflado de mierda? —Estaba verdaderamente furiosa, una auténtica delicia—. ¡Suéltame, cabrón!
—Está bien. Si no lo haces por las buenas, aprenderás a hacerlo por las malas.
Fui hasta el mueble y de un cajón saqué una mordaza comprada para la ocasión. Este modelo le permitiría morderlo con fuerza sin hacerse daño y, además, unos orificios en su centro garantizaban la entrada de aire.
Obviamente sus gritos también se oirían en cierta medida; pero, en aquel cuarto, eso importaba poco.
Con el mando tiré de ella para arriba sin llegar a enderezarla del todo. Como pudo se apoyó en los pies manteniendo las rodillas algo dobladas. Sus brazos sujetaban todo su peso y eso debía de causarle no pocas molestias. En ningún momento dejó de soltar imprecaciones; así que me coloqué a su espalda y aprovechando uno de sus insultos le endiñé la mordaza, sujetándola todo lo rápido que pude. Aún así, sus berridos eran bastante audibles, como si estuvieran sacrificando a un gorrino.
Aparté el orinal hacia una esquina del cuarto y del mueble cogí una barra separadora que engarcé en los grilletes de los tobillos, muy a pesar suyo y corriendo un serio riesgo personal. De esta forma no podría evitarme ni moverse en exceso. Luego la alcé un poco más hasta que quedó apoyada en las puntas de los pies, totalmente a mi merced.
—Bueno, como veo que no quieres cumplir tu parte del trato, puede que yo no deba cumplir la mía. Me parece que me voy a divertir mucho contigo. Te propongo una cosa. —Por primera vez en varios minutos dejó de emitir sonidos y me prestó atención—. Te liberaré cuando me asegures que darás satisfacción al servicio que te he pedido, mientras tanto dispondré de ti a mi conveniencia. —Ella volvió a gritar y sollozar bajo la mordaza, preguntándose cómo había podido caer en las manos de semejante maniaco. Yo, por mi parte, continué con el guión.
— ¿Qué cómo sabré que estás dispuesta? Buena pregunta. —Cogí una esfera de acero de un par de centímetros de diámetro que llevaba en el bolsillo y se la enseñé—. Te pondré esto en la mano. Cuando creas que estás preparada para obedecer sólo tienes que soltarla. Fácil, ¿eh? Pero no te atrevas a
soltarla sin estar dispuesta, porque entonces será peor. ¿Entendido?
Ella resopló por toda respuesta y yo me dispuse a complacerla.
Continuará...
Aquella tarde nos encontramos para charlar después de varias semanas sin vernos y la conversación nos llevó por derroteros que casi nunca tocábamos. Ella ya conocía algunos de mis gustos sexuales y, aunque no parecía compartirlos, ambos nos respetábamos lo suficiente para no entrar en críticas fútiles. Sin embargo, me sorprendió, como no creía que fuera posible, cuando me reveló uno de los aspectos de su sexualidad más ocultos, al menos para mí.
—Me gusta el dolor —me espetó, casi sin venir a cuento; no como quien dice “me gusta el chocolate”, si no más bien como una confesión largo tiempo contenida.
— ¿Y…? —Dije, sin saber muy bien qué quería que hiciera yo con ese nuevo conocimiento.
—Tú… en fin… practicas…
— ¿Qué quieres decir con “me gusta el dolor”? —La interrumpí, al ver su indecisión—. ¿Te gusta sufrirlo? ¿Causarlo? ¿Ambas cosas?
—Sufrirlo. Cuanto más, mejor —dijo, con premura.
— ¿Y…? —Volví a repetir. Veía por dónde quería ir; pero deseaba que fuera ella la que pronunciara las palabras.
—Hasta ahora, no he encontrado a nadie que llegue hasta donde yo quiero y había pensado que tú…
—Que yo…
—Que tú, quizás, podrías… hacerlo.
—Quieres que yo te cause dolor, ¿no es eso? —Ella afirmó con la cabeza. Su rostro estaba muy ruborizado; pero no era tarea mía hacérselo fácil, no cuando se habla de dolor— ¿Qué tipo de dolor?
—Sexual, bueno, eso, fustas, pinzas,…
— ¿Eres masoquista?
—Sí, creo que sí.
— ¿Y te avergüenza serlo?
Ella afirmó con la cabeza, levemente.
—Un poco.
—Entonces, puede que no seas una auténtica masoquista, puede que haya sólo algunos aspectos que te atraigan, sólo eso. La parafernalia es muy atractiva para mucha gente.
Ella negó con la cabeza.
—No, los adornos no me interesan, y creo que a ti tampoco, ¿verdad? —Afirmé ante su pregunta—. Es el dolor, sentir como mi cuerpo se inunda con él, como invade mis fibras y me reduce; sin embargo, jamás he encontrado a nadie que me haga capitular. Me conoces mejor que la mayoría —eso es mucho decir después de esto, pensé— y he pensado que quizás tú sí puedes llevarme hasta donde quiero llegar.
Me reí un poco, de forma contenida.
— ¿Te hago gracia? ¿Sabes lo que me ha costado pedírtelo? —Se estaba poniendo furiosa al creer que yo me burlaba de ella.
—No. No es eso. Lo que ocurre es que al principio de conocernos fantaseé, como cualquier hombre, con poder llevarte al huerto, a mí huerto, y abandoné la idea cuando me enviaste señales muy claras de que en mí sólo buscabas un amigo. Así que ya lo ves, dejé correr el tema en pos de nuestra amistad.
—Y eso es lo que quiero, no te engañes, un amigo. Un amigo muy especial que me dé aquello que otros no pueden darme.
—Bien. Deja que lo piense unos días, ¿quieres? No es una decisión fácil.
—De acuerdo —su tono era bastante serio, así que supuse que no bromeaba en absoluto. En cierto modo, me atemorizó su arrojo; no es fácil confesar ciertas cosas a los demás. Así que decidí cambiar de tema.
—Hablando de otra cosa. ¿Qué libro estás leyendo últimamente?
—“Historia de O”. ¿Lo conoces? — ¡Oh, vaya!, pensé, empezamos mal. Otra que ha leído el dichoso librito.
En ciertos aspectos, lo que Carmen me propusó era un reto; no un reto técnico —la parte técnica la tenía más o menos cubierta—, si no más bien un reto moral y psicológico. Cuando una buena amiga, a la que procurabas mirar con ojos asexuados, te pide que la tortures para proporcionarle placer, lo más probable es que la relación posterior se complique en exceso, y eso era algo que quería evitar a toda costa. Por otra parte, si me negaba sin darle una razón de peso, seguramente también se sentiría ofendida o, lo que es peor, vejada, después de haberme confesado sus deseos más profundos.
Así que decidí darle satisfacción, aunque no de la manera que ella esperaba. De alguna forma tenía que asumir el control de la situación si quería evitar un fracaso que aparecía como ineludible. Debía urdir un plan de acción pautado al detalle. Y así lo hice. Cuando la llamé, quedamos para el sábado siguiente en mi casa.
Al abrir la puerta pude ver que se había vestido de forma muy atractiva. Una falda bastante corta mostraba sin pudor sus preciosas piernas, cuyas pantorrillas quedaban moldeadas por unos zapatos de tacón que no toda mujer podría llevar. El conjunto lo completaba una blusa semitransparente bajo la cual se vislumbraban sus senos, contenidos por un sujetador repleto de filigranas de encaje.
—Estás muy guapa —le dije.
—Gracias. ¿Te gusta?
Afirmé con la cabeza y la invité a pasar, conduciéndola hasta el salón.
—Siéntate, por favor. Ponte cómoda. ¿Te apetece beber algo?
Ella negó. Estaba más nerviosa de lo que aparentaba. Y yo procuraba aparentar más tranquilidad de la que en verdad poseía en ese momento. Así que decidir entrar en materia sin más dilación.
Me senté a su lado y cogí unos papeles de encima de la mesa de café.
—Esto es un contrato de sumisión —le informé—. Posee una serie de cláusulas en las que se detalla cómo será nuestra relación —ella me miró algo confusa—. Lo único que pretendo con esto es fijar los límites de lo que ocurrirá entre nosotros. No te sorprendas, es más habitual, entre comillas, de lo que puedas pensar. Básicamente dice que durante un periodo de seis horas, a partir de la firma, yo asumiré el rol de Amo y tú el de mi sumisa, obedeciéndome en todo, y que en dicho periodo deberé realizar todas las acciones que considere necesarias para proporcionarte el máximo dolor, sin exceder los límites que pondrían en riesgo tu salud o tu vida. A cambio de mis “atenciones”, tú deberás realizar para mí un servicio.
Me detuve un instante para comprobar su reacción. De momento parecía interesada, así que proseguí.
— ¿Tienes alguna pregunta? Antes de firmar, léelo con detenimiento. Hay dos copias, una es para ti y otra es para mí. Yo ya he firmado ambas.
Ella leyó una de las copias mientras la observaba en silencio.
— ¿Qué quieres decir con un “servicio”? —Me preguntó cuando terminó de leer la hoja.
—Algo que yo te pediré que hagas para mí para proporcionarme placer.
Hizo un mohín con la nariz. Creía saber con bastante claridad en qué pensaba en ese momento, y no me defraudó.
—Nada de penetraciones. Ni por delante ni por detrás. ¿Entendido?
—Está bien —respondí—. Si es eso lo que quieres, nada de penetraciones, ya se me ocurrirá otra cosa. Puedes añadirlo al contrato, si así te quedas más tranquila.
Lo hizo. Y, cuando acabó de escribir, firmó ambas copias.
—Bien —dije mientras se las cogía de las manos—. Ahora son poco más de las doce y cincuenta. ¿Te parece que comencemos a la una?
Ella afirmó con la cabeza y yo escribí la hora en ambas hojas, junto a la fecha. Luego le pasé una.
El reloj del salón emitió una campanada y calló. Entonces me puse en pie. Ella me miró, todavía sentada.
— ¿A qué esperas? Levántate y sígueme.
Poco a poco, se alzó y quedó inerte ante mí. Yo me di la vuelta y comencé a caminar hacia el cuarto de punición. Cuando estaba a medio camino me di cuenta que no oía sus pasos, me paré y miré hacia atrás. No se había movido.
—Vamos. ¿Piensas venir?
—Sí —dijo en voz muy baja y dio un paso muy corto, vacilante.
—Espera —le dije, volviendo a su lado. Tenía que romper esa sensación que la debía estar poseyendo de querer huir de lugar—. Primero, desnúdate.
Pasó unos segundos sin realizar un solo movimiento, probablemente luchando consigo misma ante el nuevo reto que se había planteado. Luego empezó por desabrocharse la blusa. Mientras lo hacía, mantuve la vista fija en sus ojos, apenas percibiendo de forma periférica el cuerpo que empezaba a revelárseme; pero sintiendo con fuerza la voluntad que emergía en sus pupilas.
Cuando sólo le quedaban las prendas interiores, me alejé un par de pasos y la contemplé iluminada por la luz dorada que pasaba a través de las cortinas; ésta se reflejaba sobre las prendas de satén y su piel, creándome la sensación de estar contemplando un ser fantástico; sin embargo, debía proseguir.
—Primero las braguitas.
Ella se paró, con los brazos detenidos a medio camino de su espalda. Los bajó hasta sus caderas y comenzó a quitárselas, se detuvo un instante, cuando apenas su pubis era visible, quizás dudando por última vez, y luego continuó. Después, se desprendió del sujetador.
Deslicé mi mirada por su cuerpo y ella vibró levemente, como si pudiera percibir su tacto. Su piel prácticamente resplandecía, y sus senos gravitaban suculentos, plenos. Contuve mi deseo de abrazarla y apoderarme de su ser en ese mismo instante. Más adelante, ya habría tiempo.
—Eres preciosa; pero debemos empezar. Ve hacia aquel cuarto.
Ella me miró y luego miró la puerta abierta. Cuando caminó hacia ella me quedé detrás embelesado por sus formas tan atrayentes.
Aquel cuarto lo había adecuado para ciertas prácticas que, por lo general, suelen ser bastante ruidosas, así que estaba insonorizado, y que requieren algún material especial, aunque tampoco había nada excesivamente aparente, ya que detesto las florituras. Así que cuando atravesó el quicio se quedó parada en medio observándolo todo, como un niño que entra en una juguetería por primera vez. Yo me detuve a su espalda, casi rozándola.
—Entra —le ordené, muy a mi pesar, ya que podía notar el calor de su cuerpo tan cerca del mío.
Dio varios pasos más sin dejar de mirar a su alrededor.
—Ahora escúchame bien —le dije. Se volvió, centrando su atención en mí—. A partir de este momento, tal y como consta en el contrato, soy tu Amo y, por tanto, debes obedecer mis órdenes. ¿Entendido? —Afirmó con la cabeza—. Muy bien. Cuando te dirijas a mí lo harás con respeto y siempre finalizarás las frases con la palabra “Amo”. ¿Sí? —Ella volvió a afirmar—. Quiero oírte.
—Sí,… Amo —su voz sonó algo queda.
—Bien, muy bien. Ahora te sujetaré.
De un mueble con múltiples cajones y estantes cogí un collar de castigo de cuero, de casi tres centímetros de ancho, y dos conjuntos de grilletes, también anchos y de cuero, uno para las muñecas y otro para los tobillos. Todas las piezas estaban forradas por dentro para evitar rozaduras. Me dirigí a donde estaba, casualmente el centro justo de la habitación, y le coloqué el collar. Para hacerlo tuve que doblar las rodillas un poco, ya que ella es más baja que yo. En principio, a esta pieza no iba a darle uso alguno, pero quería que se sintiera en mi poder desde el primero momento. Luego, en cuclillas, le coloqué los grilletes en sus tobillos; no desaproveché la ocasión para acariciar levemente la piel de éstos y la del empeine de sus pies, tan delicados, tan deliciosos. Me alcé para acabar de sujetarla.
—Pon las manos en la nuca —lo hizo y le esposé las muñecas uniendo los grilletes entre sí de forma que las palmas de las manos quedaban opuestas.
Así sujeta, con la ayuda de un pequeño mando a distancia, dejé ir un par de metros de una correa de nylon que se desplegó desde una polea en el techo, semejante a las correas extensibles que se usan hoy en día para pasear perros, ésta disponía de un pequeño motor eléctrico controlable con el mando que permitía extenderla, hasta siete metros, o recogerla a voluntad. Muy práctica a la hora de mantener en su sitio a una sumisa. Engarcé los grilletes a la correa mediante un mosquetón y la recogí en parte hasta que dejó de colgar holgada, aunque sin tensarla, todavía. Su cuerpo se mostraba ante mí de una forma tal que era puro deleite, y mi pene empezaba a dolerme, contenido como estaba en su dilatación por el slip y el pantalón.
Lamentablemente para él, y para mí, hoy no obtendría el tipo de satisfacción deseado, puede que, si lo hacía bien, verdaderamente bien, más adelante ambos consiguiéramos nuestra recompensa tan anhelada. Un contrato es un contrato, al fin y al cabo. Volví a concentrarme en la escena. Debía proseguir con el guión.
—Antes de seguir adelante —le dije—, necesito saber si verdaderamente vas a ser obediente. Por ello, he pensado que primero me prestarás tu servicio. Arrodíllate.
Con un brazo la sujeté por la cintura, mientras que dejaba ir correa hasta que estuvo arrodillada. Luego me puse delante de ella, de forma que mi bragueta, que en aquel momento difícilmente podía disimular mi estado de excitación, quedaba casi a la altura de sus labios. No dijo nada, aunque era evidente que creía saber en que consistiría su servicio, ya que, de forma instintiva se humedeció los labios, como preparándolos para su próxima tarea.
— ¿Sabes?, hay algo que he visto en algunas películas y que siempre he querido que hicieran para mí, y creo que esta es la ocasión —sorpresivamente me volví y me dirigí hacia la puerta—. Ahora vengo. —Aquel era un golpe de efecto que pronto sería superado.
Cuando volví y me vio entrar con el orinal en las manos, sus ojos se abrieron como platos.
—Esta mañana he hecho esto especialmente para ti, espero que sepas apreciarlo. Creo que su sabor será de tu agrado —y dejé el orinal unos palmos delante de ella.
Desde donde estaba sujeta podía ver perfectamente el líquido ambarino que llenaba cerca de un tercio del recipiente y, flotando en éste, un par de masas pastosas de color ocre oscuro.
No salía de su asombro. Estaba como embobada mirando el orinal. Así que dejé ir un poco más de correa para que pudiera inclinarse. Como no se movía, decidí incitarla, obligarla a tomar una decisión que, de ser la esperada, la conduciría por la senda que había trazado para ella.
—Adelante, sin remilgos. ¿A que tiene una pinta deliciosa? —Mi tono de voz debía resultarle exasperante, rozando la burla.
Me miró y en su rostro había un conjunto de expresiones como jamás había visto en nadie: asco, ira y miedo se mostraban por igual.
— ¡Estás chalado! —Gritó con fuerza—. No pienso acercarme a eso. ¡Suéltame inmediatamente, chiflado! —Y, aún de rodillas, empezó a lidiar con los grilletes y la correa que la tenían sujeta.
—Ni hablar. Has firmado un contrato. Te has comprometido a prestarme un servicio y ahora no te puedes echar atrás. Así que ya te estás inclinado y dándome el gusto. ¡Ah!, por cierto, no me has llamado Amo. —Aquello resulto ser la guinda.
— ¿Amo? ¿Amo? ¿Quieres que te llame Amo, chiflado de mierda? —Estaba verdaderamente furiosa, una auténtica delicia—. ¡Suéltame, cabrón!
—Está bien. Si no lo haces por las buenas, aprenderás a hacerlo por las malas.
Fui hasta el mueble y de un cajón saqué una mordaza comprada para la ocasión. Este modelo le permitiría morderlo con fuerza sin hacerse daño y, además, unos orificios en su centro garantizaban la entrada de aire.
Obviamente sus gritos también se oirían en cierta medida; pero, en aquel cuarto, eso importaba poco.
Con el mando tiré de ella para arriba sin llegar a enderezarla del todo. Como pudo se apoyó en los pies manteniendo las rodillas algo dobladas. Sus brazos sujetaban todo su peso y eso debía de causarle no pocas molestias. En ningún momento dejó de soltar imprecaciones; así que me coloqué a su espalda y aprovechando uno de sus insultos le endiñé la mordaza, sujetándola todo lo rápido que pude. Aún así, sus berridos eran bastante audibles, como si estuvieran sacrificando a un gorrino.
Aparté el orinal hacia una esquina del cuarto y del mueble cogí una barra separadora que engarcé en los grilletes de los tobillos, muy a pesar suyo y corriendo un serio riesgo personal. De esta forma no podría evitarme ni moverse en exceso. Luego la alcé un poco más hasta que quedó apoyada en las puntas de los pies, totalmente a mi merced.
—Bueno, como veo que no quieres cumplir tu parte del trato, puede que yo no deba cumplir la mía. Me parece que me voy a divertir mucho contigo. Te propongo una cosa. —Por primera vez en varios minutos dejó de emitir sonidos y me prestó atención—. Te liberaré cuando me asegures que darás satisfacción al servicio que te he pedido, mientras tanto dispondré de ti a mi conveniencia. —Ella volvió a gritar y sollozar bajo la mordaza, preguntándose cómo había podido caer en las manos de semejante maniaco. Yo, por mi parte, continué con el guión.
— ¿Qué cómo sabré que estás dispuesta? Buena pregunta. —Cogí una esfera de acero de un par de centímetros de diámetro que llevaba en el bolsillo y se la enseñé—. Te pondré esto en la mano. Cuando creas que estás preparada para obedecer sólo tienes que soltarla. Fácil, ¿eh? Pero no te atrevas a
soltarla sin estar dispuesta, porque entonces será peor. ¿Entendido?
Ella resopló por toda respuesta y yo me dispuse a complacerla.
Continuará...