Astroman
13-06 2007, 01:08 AM
Conozcan a José Luis, es 4 años menor que yo y lo conocí en el trabajo, de hecho aún con su edad, Julián era mi jefe. Tenía en aquel entonces 23 años, moreno, unos ojos preciosos color miel, pelo rizado y con un cuerpo, no tan espectacular, pero siendo joven se mantenía delgado, y aunque siempre he preferido las nalgas pequeñas y paraditas, Julián las tiene medianas y bien puestas, un buen ejemplo del latino promedio.
Nos conocimos e hicimos migas en seguida, al principio no me gustó, pero con su trato mis gustos empezaron a cambiar, me empecé a fijar en él como hombre; deseaba algún día tocar su suave piel, que a diario sentía al recibirme con un fuerte abrazo y sentir el olor de su perfume, que cada mañana me enloquecía y que eran momentos para tratar de permanecer pegado el mayor tiempo a su cuerpo, y eso me ponía contento para el resto del día.
No pasó mucho tiempo en el que se diera cuenta que yo soy gay y no titubeó al preguntármelo; como sus modales confundían mi perspectiva (podría ser bisexual pensaba) no dudé en confesarle la verdad, aun cuando resultaba ser casado y con una pequeña hija de un año.
Con el tiempo fue creciendo nuestra relación y con éste nuestro acercamiento, tanto corporal como anímico, nos volvimos inseparables y todos notaban como nos “queríamos” asegurando a nuestras espaldas, que seguro había algo entre los dos; vaya fiasco, aunque sabía de mi condición, nunca me dio pie para nada; incluso me había comentado alguna vez, que lo habían penetrado a los diez y seis años y no le gustó, además de que nunca volvería a tener ningún tipo de relación física con ningún hombre.
Conocí a su esposa el día que me invitó a tomar las cervezas en su casa, nos pasamos de “cucharadas” y empezamos a hablar sobre lo mal que le estaba yendo como mi jefe y aprovechó para mencionar que era uno de sus mejores amigos de toda la vida; cual fue mi sorpresa cuando se acercó y me plantó un beso en la boca, con sus labios carnosos, con los cuales había soñado tantas veces acoplar. Aún medio aturdido por no saber que responder me comentó que el besa en la boca a quienes considera sus “hermanos del alma”, mi confusión seguía en pie y me pregunté porque no aproveché el momento.
Con el tiempo empezaron algunos problemas con su esposa, se había enterado que lo engañaban y no era precisamente conmigo, por lo que decidieron vivir separados.
Un día planeamos ir de paseo el fin de semana y una noche antes me propuso tomar unas copas en su casa, se sentía solo y no había nadie más en casa. Tomamos hasta altas horas de la noche sin quedar realmente borrachos; la plática fue bastante gratificante, me habló de cómo se había rasurado el pubis para su novia e insistí en que me enseñara un parte, solo eso recibí, su abdomen plano y un poco más abajo, justo en la base de su pene que fue lo único que pude ver, pero lo suficiente para ponérmela dura aunque fuese en mi mente, pues moriría si viera la realidad de lo que hacía.
Hablamos del tamaño de su pene, 13 cm, pero eso si, muy grueso decía; lo abracé cuando hablamos de la mala relación con su esposa, lloró y lo consolé; en fin, me estaba volviendo loco y tenía el temor de no traicionar su confianza; nuevamente me lo agradeció con un beso y yo, haciéndolo que durara más (o al menos en mi mente).
Como a las 5 de la mañana me dijo que deberíamos prepararnos para la excursión y me prestó una toalla para bañarme, luego de mi él lo hizo y cuando salió no pude evitar observarlo en toalla únicamente, –desnudo-, pensaba; podía sentir el aroma de su perfume desde la sala mientras lo esperaba y cuando sale, solo llevaba un short; se acerca a preguntarme si había visto las llaves, quedando a unos escasos centímetros de mi, yo sentado en un sillón, solo podía observar su “short” y como deseaba tocarlo y pensé -“esta vez no me voy a quedar con los brazos cruzados”-.
Entonces me atreví a preguntarle si podía tocar sus nalgas aunque fuera por encima del short, pues tenía fama de tenerlas muy duras y a simple vista eso parecía. Me contestó que si, que no le importaba para nada, entonces acerqué mi mano con timidez y pude confirmar lo dicho, parecían piedras; luego de esto el me preguntó – ¿algo más que quieras sentir?, ¿por que no las sientes realmente?, por debajo del short?- Yo me quedé pensando si me estaba probando o qué, pero no lo dude, solo volteé a verle a la cara y metí mi mano suavemente para poder sentir cada centímetro de su piel, sus piernas y sus nalgas que confirmaban la suavidad de su cuerpo, lo tenía a la altura de mi nariz y sin pensarlo llegué a besarle apretándome hacia el abdomen mientras le agarraba con fuerza y fue ahí entonces donde me pude dar cuenta que su pene estaba erecto. Dejaba que le besara el abdomen, la cintura y su espalda y solo veía los gemidos reflejados en su cara, sin hacer ningún ruido.
No me pude contener y le bajé lentamente los pantalones descubriendo hasta ese momento por mi propia excitación e ingenuamente que no llevaba nada abajo, quise que durara para siempre y besé su pubis poco a poco, sentí los pelos en la cara y la piel y el olor de su pene. Seguía hurgando en sus nalgas, procurando no perder ningún espacio entre mis manos. No se escuchaba nada, solo revisaba su cara de vez en cuando para constatar su reacción, le estaba gustando.
No quería desnudarlo aún, pegué mi cara a su abdomen y lo manoseé lo más que pude. Entre sus piernas, sentí sus testículos, sentí que finalmente había sido premiada mi paciencia. Hasta que él reaccionó y me pidió que parara; yo le contesté que estaba muy apenado (si, sobre todo después de los 20 minutos que duró el manoseo), pero mi sorpresa fue que el me dijo que fuéramos a su cama y continuáramos lo que había empezado.
Me permitió tocarlo todo, masajearle la espalda, besársela, no pude desaprovechar lo que más deseaba, chupar ese culo que tanto me había dado en mis noches de soledad. Lo disfruté cual caramelo, lentamente y penetrándolo únicamente con mi lengua y el solo se limitaba a gemir, (que bruto, como excita escuchar a un hetero gemir). Subí hasta su cuello, lo besé tras las orejas, busqué entre sus axilas y descubrí el aroma natural de su cuerpo que hasta el día de hoy recuerdo.
Finalmente me pidió hacer el amor, el me quería penetrar aun cuando muchas veces le había dicho que sería yo el que lo penetraría a él (por supuesto en broma). Se puso un condón y me invitó a pararme para que así se diera la penetración. La tenía gruesa, dolió un poco, pero eso en unos cuantos segundos me recordó que era lo que más deseaba y que lo estaba disfrutando. Luego me pidió me sentara encima de él para que finalmente se viniera; yo no pude contenerme y me corrí encima de él, cayó con tanta fuerza en su pecho y lo tomó para embarrárselo en él mismo; eso pareció no molestarle y en unos segundos después era él quien se estremecía viniéndose dentro de mí.
Terminé cansado y me dejé caer sobre él, los dos sudados, desnudos y tendidos en la cama, yo con su verga adentro aun y él, solo me pudo decir –exquisito- y me dio un beso, pero esta vez, este beso duró más y me pidió que nunca se lo dijera a nadie, aun si fueran otros gays y con la promesa de que se repetiría “si me portaba bien”.
Nos conocimos e hicimos migas en seguida, al principio no me gustó, pero con su trato mis gustos empezaron a cambiar, me empecé a fijar en él como hombre; deseaba algún día tocar su suave piel, que a diario sentía al recibirme con un fuerte abrazo y sentir el olor de su perfume, que cada mañana me enloquecía y que eran momentos para tratar de permanecer pegado el mayor tiempo a su cuerpo, y eso me ponía contento para el resto del día.
No pasó mucho tiempo en el que se diera cuenta que yo soy gay y no titubeó al preguntármelo; como sus modales confundían mi perspectiva (podría ser bisexual pensaba) no dudé en confesarle la verdad, aun cuando resultaba ser casado y con una pequeña hija de un año.
Con el tiempo fue creciendo nuestra relación y con éste nuestro acercamiento, tanto corporal como anímico, nos volvimos inseparables y todos notaban como nos “queríamos” asegurando a nuestras espaldas, que seguro había algo entre los dos; vaya fiasco, aunque sabía de mi condición, nunca me dio pie para nada; incluso me había comentado alguna vez, que lo habían penetrado a los diez y seis años y no le gustó, además de que nunca volvería a tener ningún tipo de relación física con ningún hombre.
Conocí a su esposa el día que me invitó a tomar las cervezas en su casa, nos pasamos de “cucharadas” y empezamos a hablar sobre lo mal que le estaba yendo como mi jefe y aprovechó para mencionar que era uno de sus mejores amigos de toda la vida; cual fue mi sorpresa cuando se acercó y me plantó un beso en la boca, con sus labios carnosos, con los cuales había soñado tantas veces acoplar. Aún medio aturdido por no saber que responder me comentó que el besa en la boca a quienes considera sus “hermanos del alma”, mi confusión seguía en pie y me pregunté porque no aproveché el momento.
Con el tiempo empezaron algunos problemas con su esposa, se había enterado que lo engañaban y no era precisamente conmigo, por lo que decidieron vivir separados.
Un día planeamos ir de paseo el fin de semana y una noche antes me propuso tomar unas copas en su casa, se sentía solo y no había nadie más en casa. Tomamos hasta altas horas de la noche sin quedar realmente borrachos; la plática fue bastante gratificante, me habló de cómo se había rasurado el pubis para su novia e insistí en que me enseñara un parte, solo eso recibí, su abdomen plano y un poco más abajo, justo en la base de su pene que fue lo único que pude ver, pero lo suficiente para ponérmela dura aunque fuese en mi mente, pues moriría si viera la realidad de lo que hacía.
Hablamos del tamaño de su pene, 13 cm, pero eso si, muy grueso decía; lo abracé cuando hablamos de la mala relación con su esposa, lloró y lo consolé; en fin, me estaba volviendo loco y tenía el temor de no traicionar su confianza; nuevamente me lo agradeció con un beso y yo, haciéndolo que durara más (o al menos en mi mente).
Como a las 5 de la mañana me dijo que deberíamos prepararnos para la excursión y me prestó una toalla para bañarme, luego de mi él lo hizo y cuando salió no pude evitar observarlo en toalla únicamente, –desnudo-, pensaba; podía sentir el aroma de su perfume desde la sala mientras lo esperaba y cuando sale, solo llevaba un short; se acerca a preguntarme si había visto las llaves, quedando a unos escasos centímetros de mi, yo sentado en un sillón, solo podía observar su “short” y como deseaba tocarlo y pensé -“esta vez no me voy a quedar con los brazos cruzados”-.
Entonces me atreví a preguntarle si podía tocar sus nalgas aunque fuera por encima del short, pues tenía fama de tenerlas muy duras y a simple vista eso parecía. Me contestó que si, que no le importaba para nada, entonces acerqué mi mano con timidez y pude confirmar lo dicho, parecían piedras; luego de esto el me preguntó – ¿algo más que quieras sentir?, ¿por que no las sientes realmente?, por debajo del short?- Yo me quedé pensando si me estaba probando o qué, pero no lo dude, solo volteé a verle a la cara y metí mi mano suavemente para poder sentir cada centímetro de su piel, sus piernas y sus nalgas que confirmaban la suavidad de su cuerpo, lo tenía a la altura de mi nariz y sin pensarlo llegué a besarle apretándome hacia el abdomen mientras le agarraba con fuerza y fue ahí entonces donde me pude dar cuenta que su pene estaba erecto. Dejaba que le besara el abdomen, la cintura y su espalda y solo veía los gemidos reflejados en su cara, sin hacer ningún ruido.
No me pude contener y le bajé lentamente los pantalones descubriendo hasta ese momento por mi propia excitación e ingenuamente que no llevaba nada abajo, quise que durara para siempre y besé su pubis poco a poco, sentí los pelos en la cara y la piel y el olor de su pene. Seguía hurgando en sus nalgas, procurando no perder ningún espacio entre mis manos. No se escuchaba nada, solo revisaba su cara de vez en cuando para constatar su reacción, le estaba gustando.
No quería desnudarlo aún, pegué mi cara a su abdomen y lo manoseé lo más que pude. Entre sus piernas, sentí sus testículos, sentí que finalmente había sido premiada mi paciencia. Hasta que él reaccionó y me pidió que parara; yo le contesté que estaba muy apenado (si, sobre todo después de los 20 minutos que duró el manoseo), pero mi sorpresa fue que el me dijo que fuéramos a su cama y continuáramos lo que había empezado.
Me permitió tocarlo todo, masajearle la espalda, besársela, no pude desaprovechar lo que más deseaba, chupar ese culo que tanto me había dado en mis noches de soledad. Lo disfruté cual caramelo, lentamente y penetrándolo únicamente con mi lengua y el solo se limitaba a gemir, (que bruto, como excita escuchar a un hetero gemir). Subí hasta su cuello, lo besé tras las orejas, busqué entre sus axilas y descubrí el aroma natural de su cuerpo que hasta el día de hoy recuerdo.
Finalmente me pidió hacer el amor, el me quería penetrar aun cuando muchas veces le había dicho que sería yo el que lo penetraría a él (por supuesto en broma). Se puso un condón y me invitó a pararme para que así se diera la penetración. La tenía gruesa, dolió un poco, pero eso en unos cuantos segundos me recordó que era lo que más deseaba y que lo estaba disfrutando. Luego me pidió me sentara encima de él para que finalmente se viniera; yo no pude contenerme y me corrí encima de él, cayó con tanta fuerza en su pecho y lo tomó para embarrárselo en él mismo; eso pareció no molestarle y en unos segundos después era él quien se estremecía viniéndose dentro de mí.
Terminé cansado y me dejé caer sobre él, los dos sudados, desnudos y tendidos en la cama, yo con su verga adentro aun y él, solo me pudo decir –exquisito- y me dio un beso, pero esta vez, este beso duró más y me pidió que nunca se lo dijera a nadie, aun si fueran otros gays y con la promesa de que se repetiría “si me portaba bien”.