sephir
05-06 2007, 12:21 PM
(Toc-toc-toc)
-Señorita Erica, ¿me mandó llamar?
-Si Rosa.
-Le guardé su comidita, ¿se la caliento?
-No Rosa, no quiero.
-Bueno señorita, ¿se le ofrece algo?
-Si, entre. ¿Cómo señorita? Entre y cierre la puerta.
Erica se levanta desnuda de su cama y busca en su armario una caja guardada entre una montaña de ropa. Saca de ella un juego de tasitas de té, recibido hace mucho tiempo, un cuchillo y un paquete con envoltorio de regalo.
-Mira Rosita, quiero que juguemos a las tasitas. ¿Sabes jugar?, tu eres mi invitada, y como tal, tienes que traer un obsequio a la casa, toma este paquete, párate en esa esquina, haz que tocas la puerta y yo te abro ¡qué te parece!
Incrédula, Rosita ve acercarse a Erica con el cuchillo en su mano; sus piernas pierden la fuerza y cae al suelo. Levanta su cabeza y ve cómo la otra mano de su señorita Erica se pierde en la comisura de sus espigadas piernas. Rosita, al presenciar tal acto de lujuria sólo piensa en una posesión demoníaca, sin embargo, no se mueve. Erica se sienta en frente, abre sus piernas y le ofrece el espectáculo en un impúdico close-up. Con sus dedos acaricia, frota, introduce, abre, cierra y se moja con los jugos que brotan de su vagina. Levanta un dedo brillante y húmedo y lo introduce en la boca abierta de estupefacción de Rosita. Esta, en reflejo condicionado, lo succiona íntegramente y se escandaliza ante el espectáculo del que comienza a ser participe. Despavorida, mira a todos lados y se tensa cual gato acorralado.
-No señorita, qué hace, virgencita mía, cómo se le ocurre, usted es una señorita y… ya sabe, nooo cómo se le ocurre, me voy señorita.
-Rosita, si da un paso más, la hago echar, mi madre no lo pensará dos veces, te odia.
-No señorita, por lo que más quiera, no haga eso, por favor déjeme salir, yo no quiero, su… su… cabecita está llena del demonio señorita Erica, por diosito lindo, déjeme salir, yo no le cuento nada a nadie, se lo suplico…
El dedo baja por la camisa abotonada de la desvalida y se introduce por debajo de la falda que cubre su pudor. Rosita tirita de miedo y los temblores se agudizan cuando siente los dedos de Erica rozando su sexo y el cuchillo acariciando su rostro. Una mano nerviosa agarra el brazo de Erica y no lo deja seguir.
-Por favor señorita, no me haga hacer esto… mire que diosito nos está mirando. Escúcheme, tenga piedad de mí.
-Rosa, el juego apenas empieza y estas son las reglas: Usted no sale hasta que hayamos terminador; si quiere salir antes o no quiere jugar conmigo, la mato. Mire bien el cuchillo, si, es el de la cocina, el que usted usa todos los días, el que iba a usar al entrar a la pieza para robar mis cosas y huir, el mismo que le quité y con el que me defendí ¿Me entiende? No se queje Rosa, la vamos a pasar bien. Estupefacta, recibe el paquete y con hipos ahogados camina lento hacia la esquina indicada.
-Señorita, estoy asustada ¿Qué quiere hacer?
-Jugar y nada más, querida Rosita, jugar y nada más.
-…Toc… toc…
-¿Si? ¿Quién llama?
-Soy, Ro…Ro…Rosita.
-¡Qué milagro! Hola, cómo estás, ¡Oh! Eso es para mi, tu siempre tan detallista. ¿Qué será?
Al abrir el paquete, Erica saca del envoltorio un monumental consolador-
-¡Pero qué picara! Mira lo que me has traído; entra y siéntate que ya va a estar el té. Y esto lo estrenamos luego ¿sí?
Un grito ahogado por la revelación se escucha en la habitación.
-Y cuéntame, ¿cómo estás?
-Bien, bien… señorita.
-No me digas señorita, yo soy Erica ¿listo?
-Si Erica.
-¿Y tu mamita? ¿Cómo está?
-Mi mamá bien.
-¡Qué mentirosa! Si tú no tienes mamá, eres una recogida ¡Mentirosa!
Erica abre el jueguito de tasas y sirve en cada una viento líquido. Ten cuidado porque está recién hecho, muy caliente mija. Rosita toma con una mano temblorosa la tasita que le es ofrecida y reposa sus labios sobre el borde plástico.
-¿Tan pronto terminas? Ah, ya sé. No puedes esperar, ¿no es cierto? Bueno, como tu eres mi invitada y yo no soy mala anfitriona, te daré el honor de usarlo primero. Quítate la ropa.
Rosita se persigna como última suplica a su Dios para que detenga esta infernal escena. Desabotona su blusita, la deja caer al piso y baja su falda. Se quita el sostén y los pantaloncitos, dejando a la suerte de la noche su figurita virginal y pálida. Erica la tumba sobre la cama, saca un pañuelo de debajo de la almohada, lo amarra sobre su boca abierta, se sienta encima de su cuerpo y comienza a lamer sus pequeños senos, los muerde en intervalos de infinito dolor, los pellizca y muerde, frota con sus senos el amordazado y tierno rostro y se los enjuaga en lágrimas. Abre de par en par las piernas de Rosita e introduce su lengua en el poblado sexo virgen, Rosita intenta cerrarlas, pero el cuchillo prontamente es puesto sobre su abdomen. Succiona y lame, disfrutando lúbricamente del tesoro inexplorado que se abre ante sus ojos. Con su mano libre introduce el primer dedo.
Rosita sólo mira el techo en medio de plegarias y aprieta sus puños con rencor; tras varios minutos de juegos, le introduce dos dedos y siente con rabia, la humedad del placer corporal en el profundo orgullo de virgen violada. La respiración agitada de Rosa inunda la habitación. Reza ave marías para sí. Tras una interrupción de un par de segundos, introduce tres dedos que la perforan como dagas incandescentes en su sexo, dagas que entran apretadas y con calma, relucientes en jugo vaginal.
-Ya estás lista…
Humedece con saliva el falo y lo pone en la entrada del bello sacrificio. Un grito desgarrado por la mudez impuesta, indica que logra entrar. Y salir, y volver a entrar, para seguir en intermitentes embestidas, coloreadas de carmesí. Saladas lágrimas de odio y dolor ruedan hasta que se convierten en dulces lágrimas de placer. No hubo más ave marías. Sí, un grito gozoso.
Al terminar, Erica se sienta en el borde de la cama, enciende un cigarrillo y con aire pensativo se dirige a Rosita.
-Te voy a contar un secreto: Cuando era niña, mi madre nunca me compró una muñeca, y en la soledad de mi infancia siempre anhele jugar con el destino de esas lindas mujercitas de mentiras. Por eso odio a esa mujer profundamente. No obstante, hoy me contó que tengo una hermana, una hija que nació de un error, que nunca quiso ni reconoció, una bastarda. Y ahora de vieja espera recompensarla; la perra presiente que va a morir y busca piedad de Dios… Sabes hermanita… de niña, no tuve la oportunidad de jugar ni con una muñeca ni con una hermana… ¿No te parece injusto?
-Señorita Erica, ¿me mandó llamar?
-Si Rosa.
-Le guardé su comidita, ¿se la caliento?
-No Rosa, no quiero.
-Bueno señorita, ¿se le ofrece algo?
-Si, entre. ¿Cómo señorita? Entre y cierre la puerta.
Erica se levanta desnuda de su cama y busca en su armario una caja guardada entre una montaña de ropa. Saca de ella un juego de tasitas de té, recibido hace mucho tiempo, un cuchillo y un paquete con envoltorio de regalo.
-Mira Rosita, quiero que juguemos a las tasitas. ¿Sabes jugar?, tu eres mi invitada, y como tal, tienes que traer un obsequio a la casa, toma este paquete, párate en esa esquina, haz que tocas la puerta y yo te abro ¡qué te parece!
Incrédula, Rosita ve acercarse a Erica con el cuchillo en su mano; sus piernas pierden la fuerza y cae al suelo. Levanta su cabeza y ve cómo la otra mano de su señorita Erica se pierde en la comisura de sus espigadas piernas. Rosita, al presenciar tal acto de lujuria sólo piensa en una posesión demoníaca, sin embargo, no se mueve. Erica se sienta en frente, abre sus piernas y le ofrece el espectáculo en un impúdico close-up. Con sus dedos acaricia, frota, introduce, abre, cierra y se moja con los jugos que brotan de su vagina. Levanta un dedo brillante y húmedo y lo introduce en la boca abierta de estupefacción de Rosita. Esta, en reflejo condicionado, lo succiona íntegramente y se escandaliza ante el espectáculo del que comienza a ser participe. Despavorida, mira a todos lados y se tensa cual gato acorralado.
-No señorita, qué hace, virgencita mía, cómo se le ocurre, usted es una señorita y… ya sabe, nooo cómo se le ocurre, me voy señorita.
-Rosita, si da un paso más, la hago echar, mi madre no lo pensará dos veces, te odia.
-No señorita, por lo que más quiera, no haga eso, por favor déjeme salir, yo no quiero, su… su… cabecita está llena del demonio señorita Erica, por diosito lindo, déjeme salir, yo no le cuento nada a nadie, se lo suplico…
El dedo baja por la camisa abotonada de la desvalida y se introduce por debajo de la falda que cubre su pudor. Rosita tirita de miedo y los temblores se agudizan cuando siente los dedos de Erica rozando su sexo y el cuchillo acariciando su rostro. Una mano nerviosa agarra el brazo de Erica y no lo deja seguir.
-Por favor señorita, no me haga hacer esto… mire que diosito nos está mirando. Escúcheme, tenga piedad de mí.
-Rosa, el juego apenas empieza y estas son las reglas: Usted no sale hasta que hayamos terminador; si quiere salir antes o no quiere jugar conmigo, la mato. Mire bien el cuchillo, si, es el de la cocina, el que usted usa todos los días, el que iba a usar al entrar a la pieza para robar mis cosas y huir, el mismo que le quité y con el que me defendí ¿Me entiende? No se queje Rosa, la vamos a pasar bien. Estupefacta, recibe el paquete y con hipos ahogados camina lento hacia la esquina indicada.
-Señorita, estoy asustada ¿Qué quiere hacer?
-Jugar y nada más, querida Rosita, jugar y nada más.
-…Toc… toc…
-¿Si? ¿Quién llama?
-Soy, Ro…Ro…Rosita.
-¡Qué milagro! Hola, cómo estás, ¡Oh! Eso es para mi, tu siempre tan detallista. ¿Qué será?
Al abrir el paquete, Erica saca del envoltorio un monumental consolador-
-¡Pero qué picara! Mira lo que me has traído; entra y siéntate que ya va a estar el té. Y esto lo estrenamos luego ¿sí?
Un grito ahogado por la revelación se escucha en la habitación.
-Y cuéntame, ¿cómo estás?
-Bien, bien… señorita.
-No me digas señorita, yo soy Erica ¿listo?
-Si Erica.
-¿Y tu mamita? ¿Cómo está?
-Mi mamá bien.
-¡Qué mentirosa! Si tú no tienes mamá, eres una recogida ¡Mentirosa!
Erica abre el jueguito de tasas y sirve en cada una viento líquido. Ten cuidado porque está recién hecho, muy caliente mija. Rosita toma con una mano temblorosa la tasita que le es ofrecida y reposa sus labios sobre el borde plástico.
-¿Tan pronto terminas? Ah, ya sé. No puedes esperar, ¿no es cierto? Bueno, como tu eres mi invitada y yo no soy mala anfitriona, te daré el honor de usarlo primero. Quítate la ropa.
Rosita se persigna como última suplica a su Dios para que detenga esta infernal escena. Desabotona su blusita, la deja caer al piso y baja su falda. Se quita el sostén y los pantaloncitos, dejando a la suerte de la noche su figurita virginal y pálida. Erica la tumba sobre la cama, saca un pañuelo de debajo de la almohada, lo amarra sobre su boca abierta, se sienta encima de su cuerpo y comienza a lamer sus pequeños senos, los muerde en intervalos de infinito dolor, los pellizca y muerde, frota con sus senos el amordazado y tierno rostro y se los enjuaga en lágrimas. Abre de par en par las piernas de Rosita e introduce su lengua en el poblado sexo virgen, Rosita intenta cerrarlas, pero el cuchillo prontamente es puesto sobre su abdomen. Succiona y lame, disfrutando lúbricamente del tesoro inexplorado que se abre ante sus ojos. Con su mano libre introduce el primer dedo.
Rosita sólo mira el techo en medio de plegarias y aprieta sus puños con rencor; tras varios minutos de juegos, le introduce dos dedos y siente con rabia, la humedad del placer corporal en el profundo orgullo de virgen violada. La respiración agitada de Rosa inunda la habitación. Reza ave marías para sí. Tras una interrupción de un par de segundos, introduce tres dedos que la perforan como dagas incandescentes en su sexo, dagas que entran apretadas y con calma, relucientes en jugo vaginal.
-Ya estás lista…
Humedece con saliva el falo y lo pone en la entrada del bello sacrificio. Un grito desgarrado por la mudez impuesta, indica que logra entrar. Y salir, y volver a entrar, para seguir en intermitentes embestidas, coloreadas de carmesí. Saladas lágrimas de odio y dolor ruedan hasta que se convierten en dulces lágrimas de placer. No hubo más ave marías. Sí, un grito gozoso.
Al terminar, Erica se sienta en el borde de la cama, enciende un cigarrillo y con aire pensativo se dirige a Rosita.
-Te voy a contar un secreto: Cuando era niña, mi madre nunca me compró una muñeca, y en la soledad de mi infancia siempre anhele jugar con el destino de esas lindas mujercitas de mentiras. Por eso odio a esa mujer profundamente. No obstante, hoy me contó que tengo una hermana, una hija que nació de un error, que nunca quiso ni reconoció, una bastarda. Y ahora de vieja espera recompensarla; la perra presiente que va a morir y busca piedad de Dios… Sabes hermanita… de niña, no tuve la oportunidad de jugar ni con una muñeca ni con una hermana… ¿No te parece injusto?