PDA

View Full Version : Un sueño Interesante II


gaborelatos
08-05 2007, 11:49 AM
Las horas seguían avanzando y Sandra y yo estábamos más que animados a seguir nuestra tertulia verbal hasta la hora que fuese necesario. Simplemente nos dejamos llevar por el calor que el vino nos había proporcionado y las palabras salían solas, como una brisa de primavera sobre un pastizal verdoso. Las 11 de la noche y la segunda botella de tinto era colocada por el mozo sobre la mesa después de haber servido nuevamente nuestras copas. Por cada sorbo que le dábamos al divino néctar de dioses, nuestra conversación iba in crescendo con todo lo que tiene que ver nuestra vida sexual, actual y pasada. Era el ambiente propicio para darle “play” a mi cuento del sueño erótico que había tenido con ella la noche anterior. Justo cuando iba a lanzar mi mejor bola, ella me interrumpe.

—¿Sabes que el otro día estuve soñando contigo? —me dijo, con una voz muy serena, luego de haberle dado un sorbo a la copa— No fue algo tan intenso, pero sí lo recuerdo como si se tratara de una película.

Mi estómago dio un salto. Por momentos pensé que se trataba de una broma, pero la continuación de su historia me hizo ver lo serio que se escuchaba todo aquello. Decidí callar y escuchar todo lo que ella tenía que decir.

—Adelante —le dije—, dispara.
—Recuerdo que estaba en mi casa, pero no en la que vivo ahorita, era mi antigua casa, donde vivía con mis padres. Era de noche y yo estaba completamente sola. No sé por qué bajé al estacionamiento, iba a buscar algo que había dejado en mi carro. De pronto, y sin poder darle una explicación lógica, estabas allí, justo en mi carro, cambiando un caucho. Mi extrañeza te hizo sonreír cuando me viste. Te levantaste del piso y fuiste a dar justo a donde estaba yo, me besaste en la mejilla y me explicaste que estabas allí desde hacía media hora y que no habías podido cambiar la llanta porque no tenías los implementos necesarios. Fue en ese momento cuando recordé que yo misma te había llamado y que estabas ahí para ayudarme porque, al estar sola en casa, no tenía cómo cambiar el caucho.

Su historia continuaba, pero dentro de mí se anidaba una sensación extraña, como que si lo que iba a ocurrir después de su relato iba a cambiar el curso del universo. Continuó.

—Lo cierto es que, cuando entendí lo que hacías y por qué estabas allí, decidí relajarme y charlar contigo. Me agradaba verte cambiando el neumático. Me sentía consentida por ti y eso me agradaba. Pero mi agrado no quedó sólo ahí. Cuando cambiaste el caucho me dijiste que te irías, que tenías una cita, “después hablamos”, fueron tus palabras. Yo, más confundida que antes, te detuve diciendo que no te fueras, que quería saber cómo estabas después de tanto tiempo. Tú no me obedeciste y simplemente comenzaste a caminar hacia la salida. Más decidida que antes, te detuve. Quería agradecerte el favor y fue entonces cuando te besé.

En ese momento ella sonrió, se había ruborizado. Tomó otro sorbo de la copa y respiró profundo. Prosiguió diciendo:

—La verdad es que lo siguiente me da mucha pena contártelo.

Justo lo que quería escuchar, era mi excusa perfecta para darle rienda suelta a mi cuento. Pero decidí esperar y auparla para que contara todo, hasta el último detalle. Sus mejillas estaban rosadas, la piel de sus brazos se había erizado y sus pezones me apuntaban como un par de cañones de la Segunda Guerra Mundial. Estaba excitada y aún no llegaba la mejor parte.

—Por favor Sandra, hemos intimado toda la noche en asuntos más profundos —le dije—, no te vayas a quedar con las ganas de contarme un simple sueño. Vamos, adelante, continúa.

—Bueno —dijo entre labios—, lo cierto es que te besé y tú a mí. Olías a grasa de mecánico o a gasolina, no lo sé, lo cierto es que, extrañamente, ese olor me agradaba. Seguí besándote hasta que me agarraste por las nalgas y me sentaste en el capó del carro, subiste mis piernas y las colocaste en tu espalda acercándome el abultado cierre de tu pantalón a mi vulva. Me encendí de inmediato…

Se detuvo. Volvió a beber vino y me miró de frente a los ojos.

—¿De verdad quieres que continúe? —preguntó.
—No sólo quiero —contesté—, lo deseo.

Nuestras miradas hablaron por sí solas. Sandra me quitó la mirada, se acomodó mejor en su silla, dio otra libación a su copa y respiró profundo.

—No sé por qué hago esto, pero sigamos. Estabas montado sobre mí y ya habíamos comenzado a movernos rítmicamente, al compás que marca el sexo. Ciertamente estaba muy excitada, al punto que me comencé a desvestir frente a ti. No nos importó estar a la vista de todos los que pudieran bajar al estacionamiento, pero estábamos cubiertos por otros carros y eso nos daba alguna seguridad de nos ser interrumpidos.

Volvió a detenerse en su relato.

—¿Quieres que te sea sincera?
—Por favor, adelante. -Traté de darle confianza, necesitaba que culminara su historia.
—Esta parte que viene es la más intensa y la que más me gusta, pero igualmente es la que más me cuesta contarte. No se lo había dicho ni a mi mejor amiga.
—Sandra —me acerqué para tomar sus manos y verla a los ojos—, puedes desinhibirte. Se trata sólo de un sueño y es a mí a quien se lo cuentas.
—OK. -Sonrió nerviosa y prosiguió.
—Yo estaba desnuda recostada del carro y tu fuiste bajando poco a poco hasta colocar tu boca en mi vagina. No te podría explicar lo que sentí en ese momento porque ni yo misma puedo entenderlo, pero fue algo muy intenso. Sentía cómo tu lengua lamía con decisión cada rincón de mi vulva. Nunca lo había sentido así. No sé si eres capaz de lograr algo parecido, pero en el sueño era la mejor chupada que me habían dado.

Comenzó a reír y yo la secundé. Sentía que era una forma de relajarnos un poco.

—Bueno, últimamente he aprendido algunas cosas… —bromeé para seguir en la misma sintonía y que ella no se cohibiera de seguir adelante con el sueño—. ¿Qué más?
—Sentí como si me iba a orinar pero a la vez a acabar en tu propia boca, ¿te imaginas?
—Bueno, era un sueño. Todo se vale.
—Sí, es cierto. Entonces te alejé y me puse de espaldas hacia ti y coloqué mis manos sobre el capó del carro. Tú sin pensarlo te bajaste el pantalón hasta las rodillas y me tomaste por las caderas con ambas manos. Sin medir mucho me penetraste bruscamente, produciendo en mí un placer increíblemente poderoso. Fue como si un tornado me hubiese violado, entrabas y salías de mí con demasiada violencia, pero era una violencia agradable, como un dolor con gusto. ¿No sé si me explico?
—Totalmente —acoté.
—Entonces me vino el primer orgasmo. Grité sin miramientos, sabía que me escucharían pero eso no me importaba, y mucho menos a ti que seguías con tus impeles que golpeaban tu pubis con mis nalgas produciendo un sonido que debía llegar a cualquier rincón del estacionamiento, era algo así como aplausos en síncopas. Me dabas tan duro que casi no podía mantener mis manos sobre el carro, pero las tuyas me sostenían con fuerza por mis caderas. Me sentía una muñeca de trapos, violada. De pronto te detuviste y sacaste tu pene de dentro de mí. Yo quería más pero tú te paraste, pensé que habías acabado, pero no, sólo querías cambiar de posición. Me acostaste boca arriba sobre el carro y levantaste mis dos piernas tomándolas por mis tobillos con una mano, mientras con la otra me introducías nuevamente tu pene, sentí que me partías en dos, que me perforabas las entrañas con cada embestida. Entonces vino mi segundo orgasmo, esta vez sentí como un espasmo en mis piernas, no sentía el resto de mi cuerpo, sólo intentaba mantener mis ojos abiertos para verte mientras me cogías.

Me senté hacia atrás en mi silla y la vi directo a los ojos. Había tanta intensidad en lo que contaba que ninguno de los dos podía soportarlo sin hacer una pausa. Pensé por momentos que mi sueño era una nimiedad delante de aquella majestuosidad de relato que esa mujer, excitada y vaporosa, estaba contándome en ese momento. No sé si se percataría de mi fogosidad, pero si yo advertía la de ella, no era raro que ella viera la mía. No dije ni una palabra después de lo que acababa de escuchar. Sandra me miró y sin mucho miramiento continuó.

—Entonces —prosiguió ella—, cuando yo ya sentía que mi cuerpo era parte del tuyo, que mis fuerzas se desvanecían, tú acabaste sobre mi cuerpo. Tuve el reflejo de abrir mis piernas y dejar que todo tu flujo caliente cayera sobre mis senos para yo enjugarlos con mis manos acariciando todo mi pecho. Quedé desmayada sobre el carro y tú simplemente desapareciste. Cuando desperté estaba sobre mi cama, al lado de mi marido. Un sentimiento de culpa se puso en mi mente y no quise despertarlo ni mucho menos hablarle esa mañana. Era un domingo, así que seguí durmiendo. Cuando desperté completamente, él había salido. Durante todo el día estuve extraña con él, pero al final se me pasó y acepté que había sido sólo un sueño. Mi vida volvió a ser la misma, pero el placer de aquel sueño no lo he vuelto a repetir.
Hubo un silencio entre ambos, parecía que el resto de las personas en el café también hubiesen callado para respetar nuestro mutismo. Nos miramos y ella sonrió, sonrojada una vez más. Se rió con picardía, respiró hondo y volvió a la charla.

—Esta tarde, cuando me llamaste, pensé que quizá era una buena oportunidad para verte y contarte mi sueño, pero cuando venía camino a acá decidí no decirte nada, pero este vino me aflojó la lengua y… ya has visto todo lo que fui capaz de soltar por mi boca.
—De verdad —la interrumpí—, no tienes por qué ponerte tan tímida, es algo natural. No te preocupes ni te sientas mal por haber soñado eso y menos por habérmelo contado, a pesar de los años que teníamos sin vernos somos amigos. Y si una vez llegamos a intimar tanto como ahora, lo que acabamos de hacer es rememorar esa confianza de antes.
—A pesar de la vergüenza que me produce todo esto, ahora me siento más tranquila, más aliviada. Me agradó contarte eso.
—A mí me dio mucho gusto escucharte.

En ese momento ella vio su reloj por primera vez en toda la noche.

—¡Dios! ¡Qué tarde es! Debo irme. Mi esposo debe estar esperándome.

Adiós a mi intención de contarle a Sandra mi sueño. Me apresuré a pedir la cuenta mientras ella se levantaba para ir al baño. Era ese el día y el momento para contarle mi sueño, pero, después de semejante historia contada por ella, se me había quedado pequeña la fantasía. Así que, no lo pensé más. Mejor que no lo había contado.

Sandra salió del baño y caminó hacia la mesa, ya el mesero me había traído de vuelta mi tarjeta y me disponía a dejar la mesa para salir con ella del lugar, pero me quedé sentado viéndola. Esta vez sí estaba disfrutando su figura a plenitud. Sus senos eran un par de melones que se encontraban apretujados dentro de su blusa y un muy sugestivo pliegue se dibujaba entre ambos. Sus caderas y cintura moldeaban una guitarra perfecta en la silueta de aquella hermosa mujer. “Cómo me hubiese gustado hacer realidad aquel sueño”, pensé.

Salimos del café y la acompañé a su carro. Fuimos hablando en el camino al estacionamiento de otra posibilidad de vernos, de poder seguir conversando amenamente como hoy. Abrí la puerta de su carro y ella se sentó y yo no pude dejar de mirarle los senos. Durante nuestra conversación en el café hablamos de su operación y todo aquello, pero desde el ángulo que tenía, parado en la puerta de su carro, sus pechos eran un verdadero monumento.

—Se te van a salir los ojos —me dijo mientras se reía—. ¿Te gusta cómo me quedaron?
—Bueno, de verdad que se ven espectaculares…

Ella comenzó a desabotonarse la blusa, yo comencé a sudar. Vi a todos lados para estar seguro que nadie se acercaría hasta donde estábamos. Volví a verla, ya se estaba quitando el brasier. Al desabrocharlo, pude ver dos voluptuosos senos que desobedecían a la gravedad y hacían que los pezones se vieran erectos, como intentando desprenderse de donde firmemente se encontraban adheridos. Atrás quedaron las diminutas protuberancias de los senos con los que conocí a Sandra.

—¿Te gustan? —preguntó mientras me miraba a los ojos.
—Te quedaron arrechos… —semejante estupidez la que se me ocurrió decir, pero me intimidó su osadía.
—Tócalos.

Ni siquiera lo pensé y llevé mi mano a su pecho. Parecían de mentira, pero al tocarlos casi pude sentir la palpitación de su corazón en mis dedos. Sus pezones rozados se erectaron aún más cuando yo pensaban que estaban al máximo. Cada seno era pesado y macizo, pero a la vez tiernos y delicados. Dejé de tocarlos. Ella se vistió y no pronunció palabra alguna. Lo que acabábamos de hacer nos había llevado a otra dimensión. Ambos sabíamos que estábamos pisando terreno peligroso. Me alejé de la puerta, ella la cerró y yo metí mi cabeza por la ventanilla para estamparle un beso en su mejilla, al que ella respondió con otro igual.

—Están bellas tus tetas —le dije—, disfrútalas.
—Gracias. ¿Nos vemos pronto?
—Por supuesto. No dejes de llamarme.

Acto seguido arrancó su carro y salió del lugar. Yo caminé hasta mi carro y miré la hora en mi reloj: 1.25 de la madrugada.


Pasaron seis días después de aquella noche. No nos llamamos ni nos vimos más. Había que hacer una pausa en todo eso porque, de lo contrario, las cosas serían difíciles para ambos. Lo cierto es que soy de los que creen que las cosas no pasan por casualidad, que siempre que suceden cosas así es porque hay algo que arreglar o algo que resolver. El Destino no había dejado un espacio sin cubrir en mi futuro y tenía todo fríamente calculado.

Llegó el viernes y me tocaba, como siempre, visitar a mi cliente estrella. Su centro de operaciones queda en la torre más alta de la ciudad. Dicha torre es un icono urbano debido a sus 78 pisos y sus casi 150 metros de altura. Mi cliente está acomodado en el piso 58 de dicha estructura de acero y concreto. La vista desde su agencia es espectacular. Siempre me gusta ir a allá a visitarlo para ver la ciudad a plenitud desde la ventana de su oficina. Ese día tomo el primer ascensor para subir hasta el 58º piso, éste llega hasta el 20 y de ahí hay que tomar otro hasta el 58. Al llegar al pasillo del piso 20 y pararme frente al ascensor, una mujer sale de la oficina al final del corredor. Camina hacia mí esbozando una sonrisa. Era Sandra. ¿Qué hacía ella aquí?

—¡Caramba! —Dijo mientras se acercaba a donde estaba yo— Después dicen que las casualidades no existen.
—Lo mismo digo. ¿Qué haces por estos lados de la ciudad?
—Visitando a un proveedor de mi empresa. ¿Y tú?
—En algo parecido.

En ese momento llega el ascensor. Ella decide, previa conversación, subir conmigo para esperar que yo atienda a mi cliente y luego ir a almorzar. No tardaría más de 15 minutos en aquella oficina, así que su espera no sería demasiado larga. Cuando el ascensor comenzó a subir sentimos una leve falla en su traslado al piso 58. Ella se puso nerviosa, pero el aparato siguió su curso. Unos segundos más tarde se detuvo por completo. Se apagó la luz, se encendieron las de emergencia y la ventilación se activó. Pasaron varios segundos hasta que nos percatamos que estábamos encerrados en un ascensor a casi 100 metros de altura. Ella me abrazó y comenzó a gritar auxilio. Yo me quedé tranquilo, sabía que tarde o temprano alguien se enteraría de lo sucedido y vendrían en nuestra ayuda. Pasaron unos 30 minutos y las llamadas desde el celular no habían resuelto nuestro problema. El calor se hizo presente después de que la ventilación de detuviera. La secretaria de mi cliente me dijo por teléfono que la luz se había ido en media ciudad, y que ya habían llamado a los bomberos, pero al parecer estaban en otra emergencia lejos de allí, lo que retardaría su llegada a la torre. Los vigilantes del centro empresarial no podían hacer mayor cosa que esperar a los técnicos o a los bomberos.

Sentados en el piso, Sandra y yo comenzamos a contar cuentos para tratar de distraernos. De pronto nos dimos cuenta de que teníamos hora y treinta minutos allí. Las luces de emergencia se descargaron y se apagaron, nos quedamos a oscuras completamente. No entraba ni un halo de luz al ascensor detenido, quien sabe entre cuáles pisos de aquella enorme construcción. Sandra comenzó a ponerse más nerviosa y empezó a gritar, yo traté de calmarla, pero al principio fue en vano. Al cabo de unos minutos de intentar infructuosamente de pedir socorro, inició un llanto que fue de menos a más. Yo la abracé, pero ella no dejó de llorar. Mis palabras fueron amainando sus lágrimas y volvimos al piso, abrazados y tratando de calmar nuestros nervios el uno al otro. Instintivamente comencé a besarle la frente, ella se acurrucó en mi pecho como un bebé. La completa oscuridad nos proporcionaba más temor, pero mantenernos cerca y agazapados nos dio un aliento de valor. Seguí besándola en la frente sudorosa, como tratando de encontrar en ella algo que me aferrara a una esperanza de ser rescatados pronto.

Ya llevábamos dos horas encerrados allí. De tanto llamar mi celular había descargado por completo su batería y el de Sandra igual. Estábamos completamente desconectados del mundo. Éramos ella y yo solamente. Le agradaron mis besos y mis abrazos, su nerviosismo desapareció y a cambio le llegó una extraña sensación que me transmitió de ipso facto. Cambió su frente por sus labios sin yo poder decir que no. Sin darnos cuenta nos estábamos besando, pero con la simplicidad de quien está acostumbrado a besar siempre los mismos labios, pero los de Sandra y los míos no se unían desde hacía muchos años, de hecho ya había olvidado cuándo había sido la última vez. Los besos fueron subiendo de intensidad al igual que las caricias. Mis manos coqueteaban con sus senos por sobre su blusa y su mano buscaba incansablemente mi pene dentro de mi pantalón, donde ya estaba erecto y a punto de estallar. Lamí su cuello, su pecho y poco a poco fui desnudándola. Confieso que en ese momento perdí noción completa del tiempo, de lo que hacíamos y de dónde estábamos, en mi mente sólo estaba el nombre de Sandra y en mis manos todo su esplendoroso cuerpo.

Se levantó y me dejó sentado en el piso del ascensor. Una vez de pie, se bajó el pantalón que llevaba puesto y quedó frente a mí su vulva, que aunque no podía ver la podía olfatear y su olor encendió por completo mi instinto. Sin pensarlo, me la llevé a la boca y comencé a lamer y chupar toda la extensión de su vulva. No podía verla pero sus gemidos me decían lo excitada que estaba. Escuché sus uñas rasgar la pared del ascensor mientras yo continuaba en mi afanosa labor de cunnilingus, produciendo un singular sonido de chupa con su clítoris en mi boca. El calor del reducido espacio subió considerablemente, mis sienes estaban completamente empapadas de sudor y su espalda era una delicada cascada por la que descendía gotas saladas que posteriormente probé con mi lengua.

Se despojó completamente de su pantalón y terminó de quitarse su blusa, empapada en sudor. Yo me levanté y lamí sus senos y por fin pude palpar lo suave de su piel y lo firme de sus pezones. Era un placer más para mí saborear toda la escultura de aquella bella mujer. Tenía su cuerpo abalanzado sobre el mío presionándome con fuerza de una de las paredes del elevador. Con una de sus manos tomó mi pene y comenzó a masturbarme afanosamente, segundos después bajó y comenzó a succionarlo con pasión; vino a mi mente el recuerdo del sueño que tuve y casi fue una copia al carbón de lo que había soñado. Sentía que se podía tragar mi miembro en cualquier momento. Verdaderamente fue impresionante lo que esa mujer hizo con mi pene. Lo lamió, lo mordió, se lo tragó hasta su base, chupó con lujuria y lo paseó por toda la extensión de su lengua. Simplemente impresionante. Por último, introdujo todo mi pene en su cavidad bucal, casi hasta el ahogo, una vez así, como pudo sacó su lengua y comenzó a lamer mis testículos como pudo. En este punto ya lo había experimentado todo.

La tomé por sus mejillas e hice que subiera para besarla. Luego la tomé por la parte trasera de sus piernas colocándolas alrededor de mi cintura, mientras ella se colgaba aferrándose a mi nuca. En ese mismo movimiento mi pene entró en su vaina perforando su húmeda cueva. Sin compasión metí y saqué mi falo hasta sentir que estaba por acabar. Detuve mis movimientos y la puse de espaldas y la volví a penetrar. Conseguí un ritmo bien intenso que no detuve hasta que su orgasmo se hizo presente. Sus gritos fueron cada vez más intensos y al escuchar sus quejidos me excité más y más, al punto que yo también me corrí dentro de ella. Sentía que me desmayaba y fui a parar al piso abrazándola por la espalda. Así, abrazados, nos quedamos por un lapso de unos 2 ó 3 minutos. De pronto escuchamos un grito a lo lejos. “¡¿Hay alguien ahí?!.

Al parecer nuestros rescatadores habían llegado. Sandra comenzó a gritar mientras buscábamos en el oscuro piso nuestras ropas. “¡Aquí, aquí!” Nos vestimos rápidamente y seguimos besándonos en la penumbra. Tardaron casi 20 minutos en llegar a abrir la puerta que estaba justo al frente del ascensor. Eran los bomberos. En el pasillo del edificio unos escasos faros alumbraban con dificultad los corredores. Eran tres bomberos y una persona de seguridad del edificio quienes nos recataban en aquel instante. Estábamos empapados de sudor. Bajamos por las escaleras contra incendio y llegamos al lobby de la torre. Una multitud de oficinistas, secretarias y uno que otro mirón, se encontraban allí esperando que la energía eléctrica se restaurara. Una vez allí, fue el único momento en el que Sandra y yo nos miramos a la cara, durante nuestro fogoso encuentro no pudimos siquiera vernos a pesar de lo cerca que estuvimos. Sentimos como cierta vergüenza. Eso fue lo que me demostró su rostro y su mirada. Caminamos a las afueras de la torre, volvimos a mirarnos y entendimos que eso pasó allí y no volvería a suceder nuca más. Que la oscuridad del lugar nos cubrió con su manto librándonos por momentos de esa culpa que ahora sentíamos. La acompañé hasta su carro, cerré la puerta del vehículo y le lancé un beso desde mis labios. Ella respondió colocando su boca en la cara interna de sus dedos soplando ese beso hacia mi cara. Encendió el carro y arrancó.

Yo me quedé parado un rato en el mismo sitio, pensando. Saqué mi pañuelo, sequé mi frente y fui caminando hasta donde estaba estacionado mi carro. A pesar de lo fogoso del instante que vivimos, en mi mente estaban únicamente dos cosas: cómo haría para no vivir esta culpa cuando llegara a mi casa y qué hubiese pasado aquella noche en el café si le hubiese contado a Sandra aquel sueño interesante que tuve con ella. Nunca podré saberlo, pero la experiencia que viví en la oscuridad de aquel ascensor difícilmente podría ser repetida.

Hoy, seis mese después de aquella tarde en el elevador, no he vuelto a saber nada de Sandra. Incluso —quizá por cobardía, quizá por temor— borré su número de mi celular, para no tener la tentación de llamarla. He querido enterrar en lo más profundo de mi mente aquel momento, pero en mi cerebro están aún los olores, los sonidos y las sensaciones de aquella tarde que se pareció mucho a lo que había soñado una vez.

sexygordita
28-05 2007, 09:55 AM
Wowwwww, amigo una cogida muy interesante, la forma como describes primero el sueño de Sandra (hummmm).....luego lo que pasó en el ascensor ufffff.....me dejaste a mil, demás está decirte la calidad del texto, de primera amigo de primera, por favor promete, no hacernos esperar tanto por un relato tuyo:p;)

Parker
29-05 2007, 01:53 AM
Excelente relato, lo mejor que he leido en varios días, que manera de describir detalle a detalle, hay mucha calidad en ese relato y lo mejor de todo no requieres de utilizar un lenguaje vulgar.