pakillo
03-05 2007, 01:57 AM
Era la mañana de un día calido, me levanté temprano, hice un poco de ejercicio, me lavé los dientes y luego fui hacia el baño a tomar una ducha, salí de ella y me arreglé para ir a la universidad, como lo hago todos los días.
Llegué a la escuela y el día fue lo habitual, hasta llegar a la clase de humanidades... Yo creo que eso era lo único que esperaba en todo el día, ver a mi profesora de la materia. Una mujer como de unos 40 años, cabello negro, lacio y suelto, unos ojos preciosos color marrón, cejas lindas, nariz respingadita, una boquita que muchos queríamos probar, color rojo carmesí, su cuello lindo, limpio, largo, besable. Sus senos no eran tan grandes ni tan chicos, mas bien perfectos, su cinturita bien cuidada, una parte posterior que inquietaba con su caminar (y cuando nos daba la espalda para escribir en el pintarron), casi siempre llevaba faldas negras y una blusa blanca o de otro color claro, así que podíamos apreciar unas pantorrillas lindas y torneadas, se nota que la miss hace mucho ejercicio.
Así que ese día tan habitual estaba en su clase más excitado y motivado que nunca, participaba mucho, intercambiaba ideas y todo eso, un alumno ejemplar... siendo que en todo lo que iba del semestre sólo me interesaba disfrutar la anatomía de mi maestra, (al menos de vista). Al término de la clase, la maestra entregó los exámenes… demonios. Resulta ser que reprobé por tercera ocasión y si volvía a reprobar... adiós curso de Humanidades, por lo que aproveché a que mis compañeros se habían ido y busqué ayuda con mi profesora.
-Oiga miss... necesito que me recomiende a alguien para estudiar, no me quiero llevar su clase a extraordinario.
-¡Ay Pakito! ¿Qué haremos contigo? Siempre estas jugando o pensando en otras cosas… -En ese momento, la maestra me miró directo a los ojos y me estremecí, no se porqué- Aparte de que nada más vienes a esta clase a verme… ¿crees que no lo he notado? –sigioó diciendo.
-Maestra… yo creo que usted tiene la culpa, es guapísima, fácilmente puedo decir que ninguna de mis amigas de mi edad están tan lindas y con ese cuerpazo que se carga… ¡cuidado! –le dije y noté que la maestra se sonrojó.
Yo ya estaba algo excitado, su olor a perfume, esa sonrisa, esa picardía propia en ella, realmente me fascinaba.
-Lo ves, no pones atención, piensas en otras cosas y así no vas a poder pasar mi materia –me dijo.
-Vamos miss… ayúdeme, le prometo que haré lo que usted quiera, no le pido que me regale nada, sólo ayúdeme a estudiar –dije compungido.
-¿Lo que sea?
-Bueno, depende… -dije dudando un poco.
-Ahh…, entonces no –respondió ella.
-Bueno, si maestra, lo que sea -dije ya algo desesperado.
-Mañana sábado ve a mi casa, ahí estudiaremos. Esta es la dirección, nos vemos a las 11:30, sé puntual –dijo entregándome un papel con su dirección.
-Seguro –respondí de inmediato.
Esa noche no dejaba de imaginar cosas, mi mente la imaginaba conmigo, yo hacia mío ese cuerpo de Diosa, de musa, de mujer… Imaginaba recorriendo su cuerpo con la punta de mis dedos, llegando donde muchos quieren llegar pero no pueden, donde es prohibido, donde es riquísimo.
Llegué puntual, 11:30 de la mañana, otra tan calurosa como la de ayer. El timbre de la puerta anunció mi llegada, ella salió aún vestida con ropa de dormir: una pijama que en cualquier otra mujer se vería mal, pero en ella resaltaba ese cuerpo divino que anoche hice mío en mi imaginación. Me invitó a entrar a su casa, muy linda por cierto, con todos los detalles cuidados; al llegar a la sala vi un cuadro de ella con un hombre vestidos de boda…
-Él era mi esposo, falleció hace 10 años en un accidente automovilístico, no tuvimos hijos… Ahh… a veces esta casa es muy grande para mí
-Lo siento -alcance a decir.
-No te preocupes, ¿me disculpas? Voy a bañarme y en un momento regreso, siéntate, si quieres prender el televisor o lo que quieras, siéntete en casa.
-Gracias –respondí.
Subió las escaleras, me imagino rumbo a su cuarto y no pude resistirme a verla subir, esa manzana que se le dibujaba debajo de su espalda me prendió como nunca, la escena era idónea, los dos solos, la casa sola y yo con esta excitación que no me resistía. No pude más, tenía que ver ese cuerpo al menos a escondidas, subí sigilosamente y pude ver que la puerta de su cuarto estaba abierta, su pijama en la cama y comenzaba a escucharse el agua caer por la regadera, la puerta estaba entreabierta, como invitándome a entrar, a espiar, a faltarle al respeto.
Entré y noté su silueta que se dibuja en el vidrio del cancel de la regadera, la escena mas erótica que me pudiera imaginar me daría asco comparado con lo que vi esa mañana; sus pechos duros, firmes y bellos dejaban resbalar el agua rumbo a su abdomen, firme, plano, trabajado, y luego el agua llegaba a sus caderas, sus muslos, sus piernas, su sexo. De pronto miré mi entrepierna y yo mismo no reconocí lo que tenía, estaba muy excitado, como nunca en mi vida; comencé a tocarme un poco y como que ella sintió mi presencia, abrió de golpe la puerta y con la misma mirada de ayer me dijo:
-¡¿Qué diablos te pasa?!
-Perdón miss… No pude resistir, es que es tan linda, discúlpeme, pero estas oportunidades no pasan cada día…
-¿En serio crees que soy linda? -pregunto algo pícara.
-Por supuesto miss… no he conocido a alguien con un cuerpo como el suyo.
-Sabes, tu no estas tan mal… y menos con ese paquete que te cargas, ¿quieres acompañarme en la ducha? -preguntó incitándome a pasar.
-No sé si sea lo correcto, me gusta, pero… -dudé un poco- …acepto.
-Será nuestro pequeño secreto, además, si estas aquí es por algo, tonta no soy –dijo y en ese momento me convenció.
Me quite la ropa y comencé a enjabonar esa silueta maravillosa, la tomé por la espalda y besaba su cuello, mientras que con una mano iba recorriendo centímetro a centímetro su piel, ese cuerpo es para disfrutarse. Giró y quedó frente a mí, me dio el beso más lindo y caliente que nunca me habían dado, la fusión de esos sentimientos es el mejor afrodisíaco.
-Déjame ahora hacer algo –dijo y sin más, comenzó a tocar mi miembro que ya estaba rojizo, duro y muy grande…
Me estremecí por completo, no era la primer mujer con la que estaba, pero sí definitivamente la mejor. Con su otra mano rodeaba mi cuello, me abrazaba, me encajaba sus uñas en la espalda, me hacía sentir cosas que ninguna otra mujer me había hecho sentir. Mientras yo tocaba su sexo húmedo, ella encajaba más sus uñas; no sé cuánto tiempo estuvimos así y realmente no me interesa. La tomé de la cintura, le di otro beso y la sequé con una toalla, la envolví en ella y la llevé a su recamara, cargándola en mis brazos, tenía una diosa que iba a ser mía. Al llegar a su cuarto, la recosté y comencé a besar por detrás de su oreja, su nuca, su cuello, sus mejillas; tocaba sus senos, su abdomen y luego fui hacia abajo, besaba la parte que hay entre sus senos, a veces mordía un poco… ella se estremecía, gemía, sentía su respiración muy agitada, excitada. Bajé más, por su vientre, sus muslos… y al final, el platillo principal, su humedecida puerta al cielo, jugaba con ella, entraba, salía, buscaba, lamía; ella gritaba, se revolcaba, apretaba las sabanas y yo seguía en mi juego; la oía gemir, decir cosas, la veía sudar, hasta que llegó al clímax.
Se quitó y me recostó. Vi en ella una cara de lujuria, de deseo, de ganas de montarme, exprimirme, sacar en mi los demonios que desde hace mucho me llenaban de lujuria por ella. Fue directo a mi miembro, comenzó a tocarlo, a besarlo; pasaba su lengua desde la base hasta la punta, no podía entrar todo en su boca y yo la comprendía. Lo hacía lento, fuerte y con decisión de hacerme sentir lo mejor que jamás haya sentido. No quise acabar, pero ella lo hacía tan bien, que lo hice. Dejo que cayera sobre mi falo, que seguía erecto y lo lamió todo sin ningún remordimiento. La abrasé, la cargué y de un sólo movimiento entré entero en su cuerpo. Ella sólo gritó, levantaba su cara al cielo y sentía sus uñas sujetarse fuerte a mi espalda. Así estuve bastante tiempo, los besos y las caricias eran lo que enmarcaba esa gloriosa penetración. La volví a recostar y yo estaba encima de ella, comencé a hacerlo lento, despacio, disfrutándola; ella gemía y seguía arañándome o agarrándose de las sabanas. Luego empecé a moverme un poco más rápido, ahora gemía más, gritaba, se desesperaba, sudaba y yo con ella, hasta que en cierto punto, ambos alcanzamos la gloria con un orgasmo lleno de pasión, intenso, hermoso… Me recosté a su lado y me abrazó, comencé a besarla y abrazarla, habíamos ido más allá del sexo, nuestra conexión fue trascendente y aún había más…
Continuará
Llegué a la escuela y el día fue lo habitual, hasta llegar a la clase de humanidades... Yo creo que eso era lo único que esperaba en todo el día, ver a mi profesora de la materia. Una mujer como de unos 40 años, cabello negro, lacio y suelto, unos ojos preciosos color marrón, cejas lindas, nariz respingadita, una boquita que muchos queríamos probar, color rojo carmesí, su cuello lindo, limpio, largo, besable. Sus senos no eran tan grandes ni tan chicos, mas bien perfectos, su cinturita bien cuidada, una parte posterior que inquietaba con su caminar (y cuando nos daba la espalda para escribir en el pintarron), casi siempre llevaba faldas negras y una blusa blanca o de otro color claro, así que podíamos apreciar unas pantorrillas lindas y torneadas, se nota que la miss hace mucho ejercicio.
Así que ese día tan habitual estaba en su clase más excitado y motivado que nunca, participaba mucho, intercambiaba ideas y todo eso, un alumno ejemplar... siendo que en todo lo que iba del semestre sólo me interesaba disfrutar la anatomía de mi maestra, (al menos de vista). Al término de la clase, la maestra entregó los exámenes… demonios. Resulta ser que reprobé por tercera ocasión y si volvía a reprobar... adiós curso de Humanidades, por lo que aproveché a que mis compañeros se habían ido y busqué ayuda con mi profesora.
-Oiga miss... necesito que me recomiende a alguien para estudiar, no me quiero llevar su clase a extraordinario.
-¡Ay Pakito! ¿Qué haremos contigo? Siempre estas jugando o pensando en otras cosas… -En ese momento, la maestra me miró directo a los ojos y me estremecí, no se porqué- Aparte de que nada más vienes a esta clase a verme… ¿crees que no lo he notado? –sigioó diciendo.
-Maestra… yo creo que usted tiene la culpa, es guapísima, fácilmente puedo decir que ninguna de mis amigas de mi edad están tan lindas y con ese cuerpazo que se carga… ¡cuidado! –le dije y noté que la maestra se sonrojó.
Yo ya estaba algo excitado, su olor a perfume, esa sonrisa, esa picardía propia en ella, realmente me fascinaba.
-Lo ves, no pones atención, piensas en otras cosas y así no vas a poder pasar mi materia –me dijo.
-Vamos miss… ayúdeme, le prometo que haré lo que usted quiera, no le pido que me regale nada, sólo ayúdeme a estudiar –dije compungido.
-¿Lo que sea?
-Bueno, depende… -dije dudando un poco.
-Ahh…, entonces no –respondió ella.
-Bueno, si maestra, lo que sea -dije ya algo desesperado.
-Mañana sábado ve a mi casa, ahí estudiaremos. Esta es la dirección, nos vemos a las 11:30, sé puntual –dijo entregándome un papel con su dirección.
-Seguro –respondí de inmediato.
Esa noche no dejaba de imaginar cosas, mi mente la imaginaba conmigo, yo hacia mío ese cuerpo de Diosa, de musa, de mujer… Imaginaba recorriendo su cuerpo con la punta de mis dedos, llegando donde muchos quieren llegar pero no pueden, donde es prohibido, donde es riquísimo.
Llegué puntual, 11:30 de la mañana, otra tan calurosa como la de ayer. El timbre de la puerta anunció mi llegada, ella salió aún vestida con ropa de dormir: una pijama que en cualquier otra mujer se vería mal, pero en ella resaltaba ese cuerpo divino que anoche hice mío en mi imaginación. Me invitó a entrar a su casa, muy linda por cierto, con todos los detalles cuidados; al llegar a la sala vi un cuadro de ella con un hombre vestidos de boda…
-Él era mi esposo, falleció hace 10 años en un accidente automovilístico, no tuvimos hijos… Ahh… a veces esta casa es muy grande para mí
-Lo siento -alcance a decir.
-No te preocupes, ¿me disculpas? Voy a bañarme y en un momento regreso, siéntate, si quieres prender el televisor o lo que quieras, siéntete en casa.
-Gracias –respondí.
Subió las escaleras, me imagino rumbo a su cuarto y no pude resistirme a verla subir, esa manzana que se le dibujaba debajo de su espalda me prendió como nunca, la escena era idónea, los dos solos, la casa sola y yo con esta excitación que no me resistía. No pude más, tenía que ver ese cuerpo al menos a escondidas, subí sigilosamente y pude ver que la puerta de su cuarto estaba abierta, su pijama en la cama y comenzaba a escucharse el agua caer por la regadera, la puerta estaba entreabierta, como invitándome a entrar, a espiar, a faltarle al respeto.
Entré y noté su silueta que se dibuja en el vidrio del cancel de la regadera, la escena mas erótica que me pudiera imaginar me daría asco comparado con lo que vi esa mañana; sus pechos duros, firmes y bellos dejaban resbalar el agua rumbo a su abdomen, firme, plano, trabajado, y luego el agua llegaba a sus caderas, sus muslos, sus piernas, su sexo. De pronto miré mi entrepierna y yo mismo no reconocí lo que tenía, estaba muy excitado, como nunca en mi vida; comencé a tocarme un poco y como que ella sintió mi presencia, abrió de golpe la puerta y con la misma mirada de ayer me dijo:
-¡¿Qué diablos te pasa?!
-Perdón miss… No pude resistir, es que es tan linda, discúlpeme, pero estas oportunidades no pasan cada día…
-¿En serio crees que soy linda? -pregunto algo pícara.
-Por supuesto miss… no he conocido a alguien con un cuerpo como el suyo.
-Sabes, tu no estas tan mal… y menos con ese paquete que te cargas, ¿quieres acompañarme en la ducha? -preguntó incitándome a pasar.
-No sé si sea lo correcto, me gusta, pero… -dudé un poco- …acepto.
-Será nuestro pequeño secreto, además, si estas aquí es por algo, tonta no soy –dijo y en ese momento me convenció.
Me quite la ropa y comencé a enjabonar esa silueta maravillosa, la tomé por la espalda y besaba su cuello, mientras que con una mano iba recorriendo centímetro a centímetro su piel, ese cuerpo es para disfrutarse. Giró y quedó frente a mí, me dio el beso más lindo y caliente que nunca me habían dado, la fusión de esos sentimientos es el mejor afrodisíaco.
-Déjame ahora hacer algo –dijo y sin más, comenzó a tocar mi miembro que ya estaba rojizo, duro y muy grande…
Me estremecí por completo, no era la primer mujer con la que estaba, pero sí definitivamente la mejor. Con su otra mano rodeaba mi cuello, me abrazaba, me encajaba sus uñas en la espalda, me hacía sentir cosas que ninguna otra mujer me había hecho sentir. Mientras yo tocaba su sexo húmedo, ella encajaba más sus uñas; no sé cuánto tiempo estuvimos así y realmente no me interesa. La tomé de la cintura, le di otro beso y la sequé con una toalla, la envolví en ella y la llevé a su recamara, cargándola en mis brazos, tenía una diosa que iba a ser mía. Al llegar a su cuarto, la recosté y comencé a besar por detrás de su oreja, su nuca, su cuello, sus mejillas; tocaba sus senos, su abdomen y luego fui hacia abajo, besaba la parte que hay entre sus senos, a veces mordía un poco… ella se estremecía, gemía, sentía su respiración muy agitada, excitada. Bajé más, por su vientre, sus muslos… y al final, el platillo principal, su humedecida puerta al cielo, jugaba con ella, entraba, salía, buscaba, lamía; ella gritaba, se revolcaba, apretaba las sabanas y yo seguía en mi juego; la oía gemir, decir cosas, la veía sudar, hasta que llegó al clímax.
Se quitó y me recostó. Vi en ella una cara de lujuria, de deseo, de ganas de montarme, exprimirme, sacar en mi los demonios que desde hace mucho me llenaban de lujuria por ella. Fue directo a mi miembro, comenzó a tocarlo, a besarlo; pasaba su lengua desde la base hasta la punta, no podía entrar todo en su boca y yo la comprendía. Lo hacía lento, fuerte y con decisión de hacerme sentir lo mejor que jamás haya sentido. No quise acabar, pero ella lo hacía tan bien, que lo hice. Dejo que cayera sobre mi falo, que seguía erecto y lo lamió todo sin ningún remordimiento. La abrasé, la cargué y de un sólo movimiento entré entero en su cuerpo. Ella sólo gritó, levantaba su cara al cielo y sentía sus uñas sujetarse fuerte a mi espalda. Así estuve bastante tiempo, los besos y las caricias eran lo que enmarcaba esa gloriosa penetración. La volví a recostar y yo estaba encima de ella, comencé a hacerlo lento, despacio, disfrutándola; ella gemía y seguía arañándome o agarrándose de las sabanas. Luego empecé a moverme un poco más rápido, ahora gemía más, gritaba, se desesperaba, sudaba y yo con ella, hasta que en cierto punto, ambos alcanzamos la gloria con un orgasmo lleno de pasión, intenso, hermoso… Me recosté a su lado y me abrazó, comencé a besarla y abrazarla, habíamos ido más allá del sexo, nuestra conexión fue trascendente y aún había más…
Continuará