esencia1972
27-03 2007, 03:35 AM
Al terminar esa dulce sesión, la propuesta cambió... se levantó de sobre mi cuerpo y me dijo: “amor, ve a la ducha… y vuelves, porque no hemos terminado”.
Me levanté y por mi mente pasaron innumerables pensamientos, unos más candentes que otros, pero la imaginación rebasa la realidad en muchos casos. Salí de la ducha y al llegar a la habitación, las sábanas ahora eran negras, las velas eran menos y la oscuridad era más densa. Escuché una voz que solamente dijo, “acuéstate en la cama y cierra los ojos”. En la oscuridad y el silencio, sentí unos pasos que lentamente se acercaban a mí. Yo sin ropas sobre la cama, empecé a sentir más calor, hasta que entreabrí los ojos y vi que ella estaba vestida de negro, con sujetador, ligueros, medias y unos zapatos de tacón afilado.
Con una vela recorría mi piel, la sensación de calor y tensión más el rozar de su piel con la mía, hacían que mi cuerpo no se moviera y solamente disfrutara. El silencio se rompió por una música muy sensual de fondo, apagó la vela y dejó caer un hilo de cera caliente por mi pecho que luego acompañó con la caricia de su lengua. Su larga cabellera tocaba delicadamente mi piel dando más sensaciones a mi cuerpo y haciéndome olvidar el calor. Encendió de nuevo la vela y dibujó mi sexo con la cera, y la lengua siguió con sus caricias. Equiparaba el dolor con el placer, la humedad de su lengua hacían que mi sexo empezara a sentirse tan caliente y ardiente como la vela, y con más deseo de sentir su lengua dentro de mi.
En la mesa de noche había un recipiente con hielo, y me dijo suavemente al oído, “veremos amor, cuánto dura el hielo sobre tu piel...” Cogió dos hielos en su boca, los puso sobre mis pezones, haciendo que se endurecieran, rápidamente comencé a sentir cómo las gotas de agua eran prominentes, entre el calor de su boca y el calor de mi piel, los hielos duraban muy poco. Se sentó sobre mi sexo y subí mis manos hasta su espalda, le desabroché el sujetador, tome dos hielos y empecé a recorrer sus pezones, su piel se erizó y su respiración se agito levemente. Empecé a sentir el calor de su sexo sobre el mío, y una delicada gota de su humedad cayó sobre mi clítoris. La sensación nos hizo suspirar, con un largo beso, selló mi boca y nuestros sexos se besaron de forma húmeda y cálida.
Tomó unos hielos más y abrió mi sexo, los colocó y luego cogió otros y los puso en su sexo, volviéndose a sentar sobre el mío. La sensación de frío era indescriptible, el frío del hielo se alternaba con el calor de su humedad, así nuestros sexos se enjuagaban en el deseo. Se acostó a mi lado y del contenedor de hielo sacó un dildo de cristal, con el cual recorrió mi boca, mi cuello y bajó lentamente, lo introdujo en mi sexo al tiempo que me dio un suave beso en la boca, su mirada estaba clavada en la mía, y sus caderas empezaron a mecerse con una suave cadencia sobre mi pierna mientras me penetraba, la sensación del cristal dentro de mí y el calor de su sexo sobre mi piel, hacían que mi humedad fuera cada vez más abundante y empezara a calentar el dildo.
La tensión de mi cuerpo fue subiendo hasta que apresé su mano entre mis piernas y mi piel se erizó hasta sentir esa descarga de energía que iba acompañada de una fuerte respiración, sacó el dildo de mi sexo, y me besó fuertemente para luego decirme: “amor, espera… quiero que usemos algo, quiero que te pongas un arnés y me llenes todos los vacíos...” Me colocó el arnés y se abrió ante mí, poco a poco entré en ella, y cuando me sintió completamente dentro, contrajo sus piernas subiéndolas por detrás de mí clavándome los filosos tacones y empujándome más hacia ella. Nuestros pezones se rozaban al compás de nuestras caderas, su respiración se entrecortaba y su gemidos eran como la letra perfecta para la música de fondo, se intensificaron al tiempo que mis caderas golpeaban las suyas más fuerte y rápido, hasta que jaló mi pecho contra el de ella y giramos en la cama.
Ella quedó sobre mí, poniendo el ritmo y la profundidad con que quería sentirme, mis manos en sus caderas la jalaban y nuestras miradas estaban fijas, hasta que luego de un silencio prolongado y sentir sus piernas apretarme fuertemente, dejó caer su cuerpo sobre el mío. La abracé, dejando que mis manos acariciaran su espalda, le dibujaran la piel, para calmar su respiración y aquietar su corazón, besando suavemente su cuello, pasando mi boca por su rostro, que estaba brillante y con la mirada cansada pero llena de placer.
Me levanté y por mi mente pasaron innumerables pensamientos, unos más candentes que otros, pero la imaginación rebasa la realidad en muchos casos. Salí de la ducha y al llegar a la habitación, las sábanas ahora eran negras, las velas eran menos y la oscuridad era más densa. Escuché una voz que solamente dijo, “acuéstate en la cama y cierra los ojos”. En la oscuridad y el silencio, sentí unos pasos que lentamente se acercaban a mí. Yo sin ropas sobre la cama, empecé a sentir más calor, hasta que entreabrí los ojos y vi que ella estaba vestida de negro, con sujetador, ligueros, medias y unos zapatos de tacón afilado.
Con una vela recorría mi piel, la sensación de calor y tensión más el rozar de su piel con la mía, hacían que mi cuerpo no se moviera y solamente disfrutara. El silencio se rompió por una música muy sensual de fondo, apagó la vela y dejó caer un hilo de cera caliente por mi pecho que luego acompañó con la caricia de su lengua. Su larga cabellera tocaba delicadamente mi piel dando más sensaciones a mi cuerpo y haciéndome olvidar el calor. Encendió de nuevo la vela y dibujó mi sexo con la cera, y la lengua siguió con sus caricias. Equiparaba el dolor con el placer, la humedad de su lengua hacían que mi sexo empezara a sentirse tan caliente y ardiente como la vela, y con más deseo de sentir su lengua dentro de mi.
En la mesa de noche había un recipiente con hielo, y me dijo suavemente al oído, “veremos amor, cuánto dura el hielo sobre tu piel...” Cogió dos hielos en su boca, los puso sobre mis pezones, haciendo que se endurecieran, rápidamente comencé a sentir cómo las gotas de agua eran prominentes, entre el calor de su boca y el calor de mi piel, los hielos duraban muy poco. Se sentó sobre mi sexo y subí mis manos hasta su espalda, le desabroché el sujetador, tome dos hielos y empecé a recorrer sus pezones, su piel se erizó y su respiración se agito levemente. Empecé a sentir el calor de su sexo sobre el mío, y una delicada gota de su humedad cayó sobre mi clítoris. La sensación nos hizo suspirar, con un largo beso, selló mi boca y nuestros sexos se besaron de forma húmeda y cálida.
Tomó unos hielos más y abrió mi sexo, los colocó y luego cogió otros y los puso en su sexo, volviéndose a sentar sobre el mío. La sensación de frío era indescriptible, el frío del hielo se alternaba con el calor de su humedad, así nuestros sexos se enjuagaban en el deseo. Se acostó a mi lado y del contenedor de hielo sacó un dildo de cristal, con el cual recorrió mi boca, mi cuello y bajó lentamente, lo introdujo en mi sexo al tiempo que me dio un suave beso en la boca, su mirada estaba clavada en la mía, y sus caderas empezaron a mecerse con una suave cadencia sobre mi pierna mientras me penetraba, la sensación del cristal dentro de mí y el calor de su sexo sobre mi piel, hacían que mi humedad fuera cada vez más abundante y empezara a calentar el dildo.
La tensión de mi cuerpo fue subiendo hasta que apresé su mano entre mis piernas y mi piel se erizó hasta sentir esa descarga de energía que iba acompañada de una fuerte respiración, sacó el dildo de mi sexo, y me besó fuertemente para luego decirme: “amor, espera… quiero que usemos algo, quiero que te pongas un arnés y me llenes todos los vacíos...” Me colocó el arnés y se abrió ante mí, poco a poco entré en ella, y cuando me sintió completamente dentro, contrajo sus piernas subiéndolas por detrás de mí clavándome los filosos tacones y empujándome más hacia ella. Nuestros pezones se rozaban al compás de nuestras caderas, su respiración se entrecortaba y su gemidos eran como la letra perfecta para la música de fondo, se intensificaron al tiempo que mis caderas golpeaban las suyas más fuerte y rápido, hasta que jaló mi pecho contra el de ella y giramos en la cama.
Ella quedó sobre mí, poniendo el ritmo y la profundidad con que quería sentirme, mis manos en sus caderas la jalaban y nuestras miradas estaban fijas, hasta que luego de un silencio prolongado y sentir sus piernas apretarme fuertemente, dejó caer su cuerpo sobre el mío. La abracé, dejando que mis manos acariciaran su espalda, le dibujaran la piel, para calmar su respiración y aquietar su corazón, besando suavemente su cuello, pasando mi boca por su rostro, que estaba brillante y con la mirada cansada pero llena de placer.