esencia1972
21-03 2007, 12:25 PM
A veces en la vida una se encuentra con situaciones que no se viven más que una vez, y pareciera una película sensual y erótica que solamente pasa justamente allí en el cine, pero a veces la realidad le supera por mucho...
Una noche llegue al apartamento de mi mejor amiga, entre con la llave que me había dado unas semanas atrás, habíamos quedado en salir a cenar. Al abrir la puerta el recibidor estaba iluminado por velas que emanaban un suave aroma, todo estaba a media luz, había un camino de pétalos de rosas, en la mesa de entrada una nota que decía: ‘Ve a la cocina, toma el contendor que tiene chocolate tibio y ven a la habitación sin ropa’. Me quité la ropa en la entrada y me dirigí a la cocina, cogí el contenedor y fui a la habitación, la cual, al igual que el recibidor, tenía un camino de pétalos blancos.
Abrí la puerta y la habitación estaba llena de esa calidez que sólo las velas pueden dar, la cama llena de pétalos color rojo y ella desnuda en medio de la cama, su piel bronceada contrastaba con las sábanas de seda blanca y el rubio de su cabellera. Tendió la mano para acercarme a ella, tenía la mirada fija en mis ojos, me recostó a su lado y me quitó el contenedor. Cogió un pétalo de rosa, lo sumergió en el chocolate y lo deslizó sobre mi pezón, untándolo suavemente para luego dejarlo sobre él; tomó otro pétalo y lo colocó de la misma forma sobre mi otro pezón, repitiendo la caricia y ternura del primero. Tomó dos pétalos más y los sumergió de nuevo, con ellos, me pasó el chocolate por los brazos, los hombros y el cuello, luego por en medio del pecho hasta llegar a mi vientre. Se detuvo antes de mi sexo. Mi cuerpo estaba con la temperatura tan elevada, que no permitía que el chocolate se secara. Dejó los dos pétalos en mi estomago; de la mesa de noche sacó un pincel y lo sumergió de nuevo en el chocolate y bajó hasta mis pies, empezó a untar cada dedo, luego el tobillo, la pierna, el muslo... suavemente se acercó a la entrepierna y fue más delicada al llegar a mis ingles. Abrió suavemente mi sexo y pasó, de un sólo movimiento, el pincel por mi sexo, rozando mi clítoris.
Se levantó de la cama y me dijo: espera mi amor, tienes que decidir si quieres placer, dolor o ambos. La pregunta me parecía un poco extraña y dije placer así que me contestó: “sabes amor, sólo podemos sentir placer a veces con un poco de dolor, pero intentaré que sólo sea placer” Salió de la habitación con el contenedor en la mano, mientras mi cabeza daba vueltas por todos los pensamientos entre el dolor y el placer y las sensaciones ya vividas. Cuando regresó, empezó a pasar su lengua tibia por los dedos de mis pies, limpiando con ella cada parte de chocolate que había dibujado, subió lentamente por las piernas y se sentó sobre mi sexo, se recostó sobre mi pecho y dejó que sus pezones se rozaran con los pétalos y mis pezones. Acercó su boca a mi cuello y lo besó lentamente dando pequeños chupones y retirando el chocolate. Bajó hasta mis brazos los besó y succiono mi piel hasta sólo dejar el calor de su saliva. Subió a mi pecho y cogió los pétalos de rosas de uno de mis pezones, lo puso en mi boca y lo cominos suavemente. La combinación era poco usual, su saliva, el chocolate y el deseo, eran la combinación perfecta. Tomó los otros pétalos entre sus dientes y los llevo a mi sexo que con tanta caricia, para ese momento ya estaba abierto y humedecido por el deseo. Untó los pétalos con la humedad, el chocolate y su saliva y regresó nuevamente a mi boca, los colocó sobre mis labios y me dijo: “no puedes dejarlos caer, si se caen de tus labios, pararé y me iré, tienes que mantenerlos allí todo el tiempo” Dejó los pétalos sobre mi boca y bajó a mi sexo, lo abrió un poco más y metió su lengua tibia, yo sentía cómo mi deseo goteaba suavemente pero ella lo bebía y lo mezclaba con el chocolate.
Mi respiración se agitaba cada vez más pero no podía dejar caer los pétalos, su lengua dibujaba mi clítoris de forma circular sin detenerse en ningún sitio especifico, sólo iba cerrando cada vez más el círculo. Hasta que se quedó en un mismo sitio, en la puntita exactamente, con una caricia más vigorosa de su lengua, sentía placer y a la vez un leve dolor, pues la caricia era muy directa. Mi cuerpo empezó a tensarse y a sentir cada vez más calor y necesidad de movimiento, pero a la vez, no quería dejar caer los pétalos y mucho menos que parara. Subió su boca hasta mi boca y me dijo: “ahora voy a colocar mi sexo sobre tu boca y yo seguiré comiendo el tuyo, pero no te puedes correr hasta que yo lo decida, no puedes tocarme y debes mantener los pétalos dentro de tu boca” Se colocó sobre mi al tiempo que yo ponía los pétalos debajo de mi lengua, el sabor era especial, el chocolate, su saliva, mi humedad y ahora su humedad. Su sexo estaba abierto ante mi, y sentía su humedad caer suavemente en mi boca, sentía una mezcla de sabores y mi lengua se convirtió en la llave para abrir cada vez más esa humedad que me cautivaba. Mi cuerpo no podía más, era sentir sus pezones duros sobre estomago, sus caderas sobre mi pecho, su sexo sobre mi boca, su lengua en mi sexo y la constante caricia que sólo hacia que mi cuerpo estuviera cada vez más tenso. Entre los gemidos y la respiración, escuché su voz que me decía… “ahora mi amor, vente conmigo…” Envolvió sus brazos en torno a mis caderas y yo apreté las suyas contra mi, fueron unos segundos de fuerte temblor y un deseo de devorar nuestros clítoris, fue la tensión total de las piernas y la liberación total de nuestros sexos que estallaron en un gemido que invadió el silencio.
Luego, la respiración entrecortada, se dio la vuelta y me pidió los pétalos de mi boca, lo saqué de debajo de la lengua y en un beso se combinaron todos los sabores, nuestros cuerpos se besaron al tiempo, nuestros pezones duros se encontraron, nuestros sexos húmedos se enjuagaron, le coloqué las manos en la nalgas y la atraje fuertemente hacia mi y esa pequeña caricia de nuestros sexos hizo que llegáramos de nuevo. La tensión del beso hizo que los pétalos desaparecieran. Se alejó de mi, me miro fijamente a los ojos y me dijo: “ahora podemos empezar, realmente, con el placer… y veremos, si podemos, un poco de dolor”
Una noche llegue al apartamento de mi mejor amiga, entre con la llave que me había dado unas semanas atrás, habíamos quedado en salir a cenar. Al abrir la puerta el recibidor estaba iluminado por velas que emanaban un suave aroma, todo estaba a media luz, había un camino de pétalos de rosas, en la mesa de entrada una nota que decía: ‘Ve a la cocina, toma el contendor que tiene chocolate tibio y ven a la habitación sin ropa’. Me quité la ropa en la entrada y me dirigí a la cocina, cogí el contenedor y fui a la habitación, la cual, al igual que el recibidor, tenía un camino de pétalos blancos.
Abrí la puerta y la habitación estaba llena de esa calidez que sólo las velas pueden dar, la cama llena de pétalos color rojo y ella desnuda en medio de la cama, su piel bronceada contrastaba con las sábanas de seda blanca y el rubio de su cabellera. Tendió la mano para acercarme a ella, tenía la mirada fija en mis ojos, me recostó a su lado y me quitó el contenedor. Cogió un pétalo de rosa, lo sumergió en el chocolate y lo deslizó sobre mi pezón, untándolo suavemente para luego dejarlo sobre él; tomó otro pétalo y lo colocó de la misma forma sobre mi otro pezón, repitiendo la caricia y ternura del primero. Tomó dos pétalos más y los sumergió de nuevo, con ellos, me pasó el chocolate por los brazos, los hombros y el cuello, luego por en medio del pecho hasta llegar a mi vientre. Se detuvo antes de mi sexo. Mi cuerpo estaba con la temperatura tan elevada, que no permitía que el chocolate se secara. Dejó los dos pétalos en mi estomago; de la mesa de noche sacó un pincel y lo sumergió de nuevo en el chocolate y bajó hasta mis pies, empezó a untar cada dedo, luego el tobillo, la pierna, el muslo... suavemente se acercó a la entrepierna y fue más delicada al llegar a mis ingles. Abrió suavemente mi sexo y pasó, de un sólo movimiento, el pincel por mi sexo, rozando mi clítoris.
Se levantó de la cama y me dijo: espera mi amor, tienes que decidir si quieres placer, dolor o ambos. La pregunta me parecía un poco extraña y dije placer así que me contestó: “sabes amor, sólo podemos sentir placer a veces con un poco de dolor, pero intentaré que sólo sea placer” Salió de la habitación con el contenedor en la mano, mientras mi cabeza daba vueltas por todos los pensamientos entre el dolor y el placer y las sensaciones ya vividas. Cuando regresó, empezó a pasar su lengua tibia por los dedos de mis pies, limpiando con ella cada parte de chocolate que había dibujado, subió lentamente por las piernas y se sentó sobre mi sexo, se recostó sobre mi pecho y dejó que sus pezones se rozaran con los pétalos y mis pezones. Acercó su boca a mi cuello y lo besó lentamente dando pequeños chupones y retirando el chocolate. Bajó hasta mis brazos los besó y succiono mi piel hasta sólo dejar el calor de su saliva. Subió a mi pecho y cogió los pétalos de rosas de uno de mis pezones, lo puso en mi boca y lo cominos suavemente. La combinación era poco usual, su saliva, el chocolate y el deseo, eran la combinación perfecta. Tomó los otros pétalos entre sus dientes y los llevo a mi sexo que con tanta caricia, para ese momento ya estaba abierto y humedecido por el deseo. Untó los pétalos con la humedad, el chocolate y su saliva y regresó nuevamente a mi boca, los colocó sobre mis labios y me dijo: “no puedes dejarlos caer, si se caen de tus labios, pararé y me iré, tienes que mantenerlos allí todo el tiempo” Dejó los pétalos sobre mi boca y bajó a mi sexo, lo abrió un poco más y metió su lengua tibia, yo sentía cómo mi deseo goteaba suavemente pero ella lo bebía y lo mezclaba con el chocolate.
Mi respiración se agitaba cada vez más pero no podía dejar caer los pétalos, su lengua dibujaba mi clítoris de forma circular sin detenerse en ningún sitio especifico, sólo iba cerrando cada vez más el círculo. Hasta que se quedó en un mismo sitio, en la puntita exactamente, con una caricia más vigorosa de su lengua, sentía placer y a la vez un leve dolor, pues la caricia era muy directa. Mi cuerpo empezó a tensarse y a sentir cada vez más calor y necesidad de movimiento, pero a la vez, no quería dejar caer los pétalos y mucho menos que parara. Subió su boca hasta mi boca y me dijo: “ahora voy a colocar mi sexo sobre tu boca y yo seguiré comiendo el tuyo, pero no te puedes correr hasta que yo lo decida, no puedes tocarme y debes mantener los pétalos dentro de tu boca” Se colocó sobre mi al tiempo que yo ponía los pétalos debajo de mi lengua, el sabor era especial, el chocolate, su saliva, mi humedad y ahora su humedad. Su sexo estaba abierto ante mi, y sentía su humedad caer suavemente en mi boca, sentía una mezcla de sabores y mi lengua se convirtió en la llave para abrir cada vez más esa humedad que me cautivaba. Mi cuerpo no podía más, era sentir sus pezones duros sobre estomago, sus caderas sobre mi pecho, su sexo sobre mi boca, su lengua en mi sexo y la constante caricia que sólo hacia que mi cuerpo estuviera cada vez más tenso. Entre los gemidos y la respiración, escuché su voz que me decía… “ahora mi amor, vente conmigo…” Envolvió sus brazos en torno a mis caderas y yo apreté las suyas contra mi, fueron unos segundos de fuerte temblor y un deseo de devorar nuestros clítoris, fue la tensión total de las piernas y la liberación total de nuestros sexos que estallaron en un gemido que invadió el silencio.
Luego, la respiración entrecortada, se dio la vuelta y me pidió los pétalos de mi boca, lo saqué de debajo de la lengua y en un beso se combinaron todos los sabores, nuestros cuerpos se besaron al tiempo, nuestros pezones duros se encontraron, nuestros sexos húmedos se enjuagaron, le coloqué las manos en la nalgas y la atraje fuertemente hacia mi y esa pequeña caricia de nuestros sexos hizo que llegáramos de nuevo. La tensión del beso hizo que los pétalos desaparecieran. Se alejó de mi, me miro fijamente a los ojos y me dijo: “ahora podemos empezar, realmente, con el placer… y veremos, si podemos, un poco de dolor”