triatletaxx
27-02 2007, 03:10 PM
El maestro y yo caminamos hasta salir de Cesarea y acampamos cerca de un arroyo que desembocaba en el mar. Allí descansé junto a las mujeres, enfermos, miserables, vagabundos y desarrapados que seguían al maestro. Me dieron agua y pan. Noté que mi amo Judas y el maestro hablaban de mí. Ellos se acercaron y yo me sentí cohibida. El maestro me miró fijo y sonriendo preguntó, “¿Cómo os llamáis?”
“Judit, llamada Claudia, Rabí” -contesté. “Bien, Judit llamada Claudia; por de pronto os quitaremos las cadenas y las argollas. Debéis descansar”
El maestro pasó su mano por mi cabello y mejilla y tuve unas irreprimibles ganas de llorar que no me expliqué. El amo Judas preguntó qué harían conmigo, “es una esclava apestosa y tan sólo por eso pudimos adquirirla por ese vil precio, Rabí” “Es vuestra esclava, Judas” -respondió el maestro- “pero vos dijisteis que la comprara”, “tenéis razón Judas, yo lo dije” El maestro rió y de mi oreja quitó la argolla, signo de mi esclavitud y la arrojó al arroyo. “Judit, llamada Claudia, desde ahora sois libre” Fundí mi mirada con la de él y sentí una bondad infinita, algo que nunca antes había sentido. Tomé su mano y la besé y luego, inclinándome, hice lo mismo con sus pies. El me levantó y repitió que debía descansar.
Antes de que llegara la noche, yo me había dormido mirando la fogata que los hombres habían encendido. La música de los flautines y pandero me despertó. La gente que seguía al maestro, danzaba y batía palmas alegremente. Al incorporarme, una mujer joven pero algo mayor que yo, se dirigió a mí saludándome. Dijo haberme visto en la casa de Plinio Claudio; entonces la reconocí. Era una de la rameras que, a veces, eran contratadas por el amo o llegaban con los invitados a las orgías y fiestas . Al identificarme, la vergüenza se apoderó nuevamente de mi ser, como cuando estaba en el atrio y las mujeres me veían con los senos desnudos.
Aquella mujer, que dijo llamarse María, había sido testigo de la desenfrenada vida que llevábamos con Kupta en la finca claudia. María notó mi contrariedad. Me invitó a que dejara atrás la vergüenza, haciéndome ver que ella era tan pecadora como yo, sobre todo considerando que en aquella finca vivía como esclava y no tenía otra alternativa. Me invitó también a que dejara atrás la lujuria y vanidad. Según ella, era fácil reconocer en mí esa debilidad, ya que ella había sido igual, mas el maestro la había redimido. Dijo que era mejor seguir al maestro ya que era poseedor de una infinita sabiduría y bondad, y hablaba con poderosas palabras llenas de verdad. Por la mirada de María, noté que estaba ante una mujer enamorada profundamente.
Con lo poco que había visto del maestro, me fue fácil comprender sus sentimientos. Internamente me pregunté si alguna vez María le habría seducido, ya que era bella. Cuando la música y las danzas terminaron, todos se durmieron. Busqué al maestro con la mirada y lo encontré alejado de todos. Estaba despierto y al parecer, elevando oraciones a vos, Adonai. Me acerqué a él, y aprovechando el sueño de los demás, me atreví a hablarle. Deseaba agradecerle de alguna forma -de la manera que yo sabía- su gesto de generosidad para conmigo. Acaricié sus cabellos y la barba que cubría sus mejillas y me descubrí las tetas. El clavó su mirada en mis ojos, sin decir ni hacer nada, lo que causó mi sorpresa; nunca un hombre se había quedado así ante la visión de mis grandes y hermosos senos; todos enloquecían cuando me los descubría. Tampoco era indiferencia lo que notaba en él porque hombres indiferentes había conocido. Al contrario, me pareció que su mirada me penetraba en mi real desnudez, no la de la piel, sino la del alma. En realidad mis pechos y curvas de hembra sin vestidos, no eran mi desnudez sino las murallas y armas que me protegían en la vida. La mirada del maestro deshizo ese baluarte y quedé sin defensas.
Mi cabeza está con la frente inclinada hacia el suelo y de la punta de mi nariz, una gota de sudor mezclada con moco, está a punto de caer; no tengo la fuerza suficiente para enderezarla de modo que entorno los ojos para ver a las dos hermanas crucificadas. Una sigue desmayada. La otra, la de los pechos clavados, resopla con fuerza porque siente que el aire se le acaba y se asfixia. Puedo ver su trasero, espalda y nuca. No tengo a la vista su rostro pero me es fácil imaginarlo: toda la cara bañada en sudor, en el cuello y la frente sus venas hinchadas, los ojos desorbitadamente abiertos al igual que la boca, tratando de captar hasta la menor brizna de aire. Viéndola por detrás, como la veo, pareciera que está siendo poseída por la cruz. La cruz, el amante de madera y duro, que le extiende sus brazos a la negra, la que corresponde igualmente, abriendo también los suyos y colgándose del cuello de aquel violador impasible.
La nubia, para no ahogarse, se apoya en sus tobillos y muñecas claveteadas, y con las piernas trata de subir su cuerpo a fin de poder hinchar su pecho y llenar con más holgura los pulmones de aire. ¡Oh Dios!, es realmente una mujer fuerte ya que logra que el patíbulo quede casi al nivel de su cuello. Se mantiene unos segundos allí, con el cuerpo temblando como si estuviera aterida, hasta que, lanzando un ronco alarido, similar al de un jabalí lanceado, se deja caer aflojando toda su humanidad y vuelve a la postura de colgada, con los brazos totalmente estirados y las piernas flectadas. Ahora si, se ha desvanecido; sus bufidos y lloriqueos han cesado. Después del esfuerzo sobrehumano que ha hecho al levantarse para poder respirar, su cuerpo se rinde. Volverá a despertar, eso lo sé, y volverá a desmayarse una y otra vez. La negra no está muerta, aún respira; con dificultad, pero lo hace. Sus costillas se mueven como las de un gatito durmiendo.
El muchacho que la observaba desde el matorral, se atreve ahora a acercarse a ella. Os confieso con vergüenza Señor, que me provoca envidia, en estos instantes, aquella negra. Como veis, la vanidad y el orgullo, no me abandonan ni siquiera en estos atroces momentos, ¡Oh Dios, cómo merezco este suplicio por mis pecados! El muchacho, está a menos de un paso de la cruz de sufrimiento de la nubia. Se muy bien que le rendirá un homenaje, que se dará el gusto de tocar impune y gratuitamente a aquella mujer. Muchos hombres se enardecen de deseo por las curvas que contornean el cuerpo de las negras y su bronceada piel, mas no lo confiesan y dicen aborrecerlas por su fealdad y por parecer animales.
Demasiado aprendí de la poca verdad con que hablan, viendo como se enloquecían con mi amiga Kupta en las orgías de Plinio. El muchacho no me tocará, no lo hará conmigo, no soy interesante para él y por eso envidio a esa nubia. Me había cobrado interés en los primeros minutos de ser levantada en la cruz, cuando mi cuerpo temblaba y se retorcía haciendo mover mis redondeles y gemir por la angustia. Ahora ya no me muevo, pues estoy al umbral de ser un cuerpo sin vida, y los hombres desean la vida, todo aquello que borbotonea de vida como la carne y la fruta fresca, los toros salvajes, la leche recién salida de las ubres de la vaca, los caballos briosos, el jugo de la uva, el oro que imita al sol relumbrante que hace crecer los árboles y plantas.
Lentamente, el joven pasa un dedo por la parte baja de su espalda y va descendiendo hasta las nalgas. Al comprobar con el tacto lo curvo de las líneas, se anima y con toda la palma, sobajea las dos enormes caras de su moreno trasero. Luego incorpora la otra mano y explora las caderas, baja por sus fuertes muslos y vuelve a subir para introducirse en el abismo negro que está entre los glúteos de la negra que sigue desmayada. Estoy segura de que aquel muchacho no se atrevería a hacer eso, ni con una esclava propia, mas lo hace aquí con la condenada; con ellas siempre hay licencia para hacer este tipo de cosas; he ahí la idea de este castigo. El joven sólo aprovecha su oportunidad y no la deja pasar.
Cuando me tenía frente a él con mis senos al aire, el maestro podría haber aprovechado su oportunidad. Tenía una ventaja superior a la de este joven. Yo me habría dejado hacer con gusto, deseaba entregarme a él esa noche, ser suya y tener y sentir esa, su bondad, dentro de mí. El me seguía mirando a los ojos cuando dijo: “Judit, llamada Claudia, no estáis sola como creéis; vuestros padres no vagan fuera del seol y han estado contigo siempre a vuestro lado, desde el día en que vuestra casa fue quemada. Judit, llamada Claudia, vuestro amado padre se alegra cuando alegre estáis y se entristece cuando vos entristecéis. El desea que ya no sintáis pesado vuestro corazón y que dejéis atrás la angustia”
Un escalofrío invadió mis hombros y cubrí con vergüenza mis redondeces de mujer. Corrí, alejándome espantada. Tuve miedo, ¿cómo podía saber el maestro de mi vida? Me sentí, por vez primera, realmente desnuda y con frío. No dejé de correr y abandoné el campamento. Seguí el curso del arroyo hasta llegar a la playa y continué caminando en medio de la oscuridad en dirección a Cesarea hasta caer rendida por el cansancio. Después de esa noche, vagué durante semanas por las calles de la ciudad como una vagabunda pordiosera, implorando mendrugos en el puerto y el mercado. Estuve así hasta que me encontré con Hiram. Como a María, tampoco le reconocí al principio.
Cinco monedas de plata puso en mi mano suplicante. Esa pequeña fortuna me impulsó a verlo a la cara encontrándome con ese rostro barbado y alegre que me llamaba por el nombre de Claudia. Comprendí que era Hiram, el rico mercader amigo de Plinio Claudio y que frecuentaba las fiestas de la finca. Su riqueza y generosidad eran tan impresionantes como su lascivia. Le besé los pies agradecida y le imploré me convirtiera en su esclava ya que sólo hambre y sed habían sido las consecuencias de mi libertad. El, hizo ademán de alejarse y yo le propuse con desesperación, “seré vuestra esclava ramera, por favor aceptadme, os suplico, tengo hambre; disponed de mí como os plazca” Me hizo ver que yo no tenía deudas con él y que, por lo tanto, no podía ser su esclava.
En todo momento, Hiram sonreía y no dejaba de hablarme con cortesía; siempre había sido así, incluso en aquellas impúdicas orgías del pasado manifestaba dichos modales los que no dejaba ni siquiera en el trato con los esclavos. Dijo haberse enterado de las desgracias de mi ex-amo Plinio y que lo sentía, que no necesitaba otra esclava y que, por sobre todas las cosas, era un mercader que buscaba hacer una buena inversión y que ello no pasaba por comprar una esclava lujuriosa; al decir esto, soltó una gran carcajada señalándome que la riqueza no necesariamente se logra teniendo muchos esclavos, que su experiencia en los negocios le decía que los esclavos no generan toda la riqueza que podrían generar ya que siempre están tristes y triste no se puede trabajar. Sólo los hombres libres trabajan con ahínco porque lo que producen es para ellos… al menos en parte; volvió a soltar otra carcajada al decir esto.
“Os propongo un negocio Claudia, seremos socios y obtendremos grandes ganancias. Mi ojo avizor me dice que vuestra lujuria es generadora de riquezas. Seréis mi inversión y no precisareis convertiros en mi esclava. Me llevó a la posada en donde se alojaba. Me alimentó y dio vestiduras nuevas, compró otras hermosas y me las obsequió y llegada la noche, retozamos como en los pasados tiempos. Yo estaba verdaderamente agradecida y la vida volvía a sonreírme después de esas tres semanas de incertidumbre por las calles de Cesarea. Imaginé que me volvería su ramera. Lo que no comprendía era porqué no me tomaba como esclava para ello. Al amanecer me lo explicó con detalles.
¡Oh Dios!, el diablo se viste con ropajes que impiden reconocerle en su fealdad. Hiram era cortés, de modos suaves, muy generoso, nunca lo vi en un acto de crueldad con sus esclavos como los veía en casa de Plinio y, debo confesar que gracias a él me volví rica. Sin embargo, era un emisario de Belcebú a través del cual fui azuzada en los pecados de la lujuria, la vanidad, la codicia y el orgullo. Hiram me llevaría a Jerusalén, gran ciudad a la que concurrían los hebreos de toda la Palestina en peregrinaje a su templo, poseedora de grandes mercados en donde griegos y árabes tenían negocios de todo tipo. Me instalaría en una cómoda casa de su propiedad, dotada con muebles y esclavos para mi servicio. Me compraría joyas y vestidos. Dijo que mis dones, lujuria y belleza, harían el resto. Con lo que ganara, le pagaría a él el alquiler de la casa. Mis ganancias serían tantas que ambos estaríamos contentos. El se encargaría de presentarme a ricos hombres potentados, con lo que iniciaría mi vida de meretriz de alta categoría. Mis clientes serían ricos árabes y griegos, además de autoridades del imperio.
No podía dar crédito a semejante propuesta en que la inversión sería mucha, al igual que el riesgo, y se lo manifesté así. Hiram sólo se limitó a decir que mi juventud me impedía ver con claridad y que él tenía amplia experiencia. Esto último era verdad; Hiram ya había hecho esto con otras mujeres, en ciudades como Sidón, Tiro y Cesarea, con amplios resultados. Mi socio, personalmente me enseñó modales, a leer en griego y arameo, fórmulas para destacar mi belleza y suscitar la lascivia de los hombres y el arte de administrar un patrimonio. Agradecida, puse el mayor empeño en aprender y ni él, ni yo, nos arrepentimos.
Era cierto, lo pude comprobar, las personas libres generan más riqueza al saber que el fruto de su trabajo será suyo. Orgullo, vanidad y soberbia durante los tres años que viví en Jerusalén, hube de ser la reina del placer entre los hombres poderosos y las autoridades romanas, y multipliqué rápidamente mi riqueza. Terminé comprando los esclavos, joyas y vestidos que Hiram me había prestado, y hube de comprar otras más para atender las crecientes necesidades de una exitosa meretriz. Quise también, comprar la casa para así lograr la independencia, mas Hiram me manifestó de forma serena y dulce que él no era merecedor de ingratitudes, y yo conmovida retiré mi oferta. No podía hacerle eso al hombre que me había hecho rica.
En el transcurso de esos tres años, mi socio me contagió la avidez por el dinero. Con él podía hacerse todo, comprarlo todo: lindos vestidos, joyas, favores de importantes personas, placer, tranquilidad, lealtad y hasta el cariño. Comprendí entonces, a cabalidad, todas las enseñanzas de Hiram, mi nuevo maestro. Mas, el poder hacerlo todo, me volvió más orgullosa y más vanidosa aún, y con vergüenza, mi Señor, os confieso que cruel. Hubo hombres que se enamoraron y gastaron toda su hacienda conmigo, y no obtuvieron de mí, más que fugaces momentos de deleite. Cuando me lo habían dado todo yo les pagaba con un tiránico desprecio y no los volvía a admitir en mi casa. Obtuve el favor de las autoridades, las que corrieron de la calle donde se ubicaba mi residencia a todos los pordioseros, miserables y prostitutas baratas, eliminando la fealdad y la competencia a mi lenocinio. Compré jóvenes esclavas, bellas y virginales, para entregarlas a hombres mayores y lujuriosos. Comencé a usar el látigo con mis esclavos y no admití faltas ni errores.
Los hombres me parecieron tontos y despreciables, casi unos niños susceptibles de ser manejados con una golosina. Me consideré a mi misma, una reina con derecho a todo lo bueno de esta vida, tan sólo porque mi rostro era agradable y mi cabello y formas, hermosos. Mi fama de altiva y arrogante comenzó a extenderse por la ciudad y no obstante ello, los hombres me admiraban y rendían un tributo, que hasta este amargo momento que vivo, no deja de producirme placer, ¿cómo puede ocurrir eso, Adonai? ¿Acaso no puedo dejar de ser una pecadora, al menos en el último momento de mi vida? ¿O es que el insoportable dolor me provoca desvaríos de demente?
Había escuchado decir a una anciana, que los baños en el mar salado (Mar Muerto), eran buenos para la salud y para la belleza del cutis y el cabello, y que muchas ricas señoras, griegas y romanas, pasaban largas temporadas en ese lugar disfrutando de ellos. Se decía que se bañaban desnudas y que tomaban el sol en su ribera. Dispuse una caravana para ir a ese lugar, ya que deseaba embellecer aún más mi larga y brillante cabellera. El viaje era largo y duraría cuatro días; yo viajaría en una litera cargada por cuatro fuertes esclavos nubios que me servían también de protección. A la salida de Jerusalén, a la orilla del camino, había dos hombres crucificados. Estaban en dos olivos algo secos pero resistentes todavía para sostener un patíbulo con un hombre colgado de él. Tres soldados custodiaban y algunos curiosos observaban.
Los dos condenados estaban totalmente desnudos, con sus vergüenzas exhibiéndose y cruzada su piel por las marcas de los latigazos. Uno de ellos estaba desmayado. El otro agitaba su pecho y abdomen de manera desesperada; su cara estaba enrojecida y parecía poseído por la ira más que por el dolor. Insultaba a los soldados y profería groseras maldiciones al Cesar. Su actitud me produjo curiosidad y ordené detener la litera al frente de la cruz. Pregunté a un soldado sobre los condenados. Eran dos celotes subversivos que habían participado en un ataque a una columna de legionarios. Pedí que bajaran la litera, y por tres monedas de plata, los soldados me dejaron observar de cerca. En ningún momento el hombre pidió piedad. Ciertamente era un orgulloso y soberbio. Los altivos y orgullosos nos reconocemos mutuamente. Me produjo una cierta admiración.
Al acercarme más, el crucificado comenzó a insultarme, “ramera de romanos, te solazas con los paganos, puta de Belcebú, pecadora infecta” Al pronunciar sus insultos todos los músculos se le crispaban y sus venas parecían a punto de reventar provocándose, él mismo, más dolor del que padecía. Yo me reí a carcajadas delante de él y le dije, “sois hombre y, como tal, un tonto; por eso terminasteis ahí arriba, sin nada ni nadie” y agregué unas palabras que Hiram siempre repetía a modo de proverbio, “el mundo no está hecho para los soñadores” Quiso responder a mis palabras, mas exhaló un fuerte alarido que lo hizo temblar y sólo salieron de su boca unos hilos de baba. De nuevo reí y todos mis esclavos conmigo. Luego ordené reanudar el camino.
Más allá había un tercer hombre crucificado muy quejumbroso y chillón. También me detuve y pregunté al soldado. Este condenado, era un conocido bandido que asaltaba a los peregrinos, robándoles sus pertenencias. Bajé de la litera para verlo de cerca y me quité el velo del rostro. El hombre, al estar en tal lamentable situación, desnudo, con sus partes al aire y sufriendo, y ver mi belleza y elegancia, cerró los ojos y comenzó a llorar avergonzado. De nuevo reí con crueldad y le dije, “parecéis una niña”, cuando me estaba aprestando a continuar la marcha, el crucificado me imploró. “Dadme agua, señora, piedad, tan sólo un poco de agua, la sed es insoportable”, yo repliqué, “pedídsela a los peregrinos que transitan por aquí, a los mismos que vos robabais” y le arrojé una moneda que cayó al lado del stepe. “Ahí tenéis una moneda, ¿no os gustaba el dinero ajeno?” luego lancé una carcajada y continué.
Cada uno de aquellos hombres tenía algo que yo también tenía: orgullo y altivez, el uno y codicia por el dinero, el otro; mas, ambos habían terminado en la cruz y yo estaba viva, era rica, bella y el mundo estaba a mis pies. Verdaderamente, comprobaba, que los hombres eran unos tontos. Al día siguiente, al pasar por una aldea, cerca de Betania, nos encontramos con un carnaval de campesinos que danzaban, tocaban música y cantaban. Estaban muy alegres. Convencida estaba de que se trataba de la celebración de una boda ya que se veía que asaban un cordero y eran personas modestas. Sólo en las bodas, los pastores y campesinos pobres matan corderos. Una anciana nos informó que no era nada de eso. El maestro milagrero, del que se hablaba en toda la Palestina, había resucitado a Lázaro, un hombre de la localidad, muerto hacía tres días e incluso sepultado. Ese era el motivo del jolgorio.
Seguí mi camino pensando en aquello y recordé al maestro que había conocido tres años atrás en Cesarea. En la Palestina abundan los maestros hacedores de prodigios. Casi había borrado de mi memoria a aquel hombre que me había dado tan generosamente la libertad. Concluí que él era el que había puesto la base de mi riqueza ya que su acto provocó mi encuentro con Hiram. En betania, pernocté en una posada. Al amanecer, cuando nos aprestábamos a partir, una turba que pasaba cerca de nosotros distrajo mi atención. Tomaban el camino a Jerusalén. Sentí sed y le ordené a una esclava que me sirviera agua con miel. Al traerla, derramó algo del líquido por lo que la reprendí; su contrariedad hizo nuevamente, derramar la hidromiel, pero esta vez sobre mi vestido, lo que me enfureció. Arañé su rostro haciéndole sangrar y le di un par de bofetadas. Tomé la fusta que uno de mis esclavos tenía en la mano y descargué repetidos golpes sobre ella. La esclava, llorando, de rodillas y con la frente en el suelo pedía perdón a lo que repliqué, “no lloréis esclava, sólo eso eres, una sucia esclava, no toleraré faltas de ninguna sucia esclava y…”
Una voz de varón completó mis palabras diciendo, “…y si se me da la gana os mando a crucificar sólo para divertirme”, me volví y vi a mi adorado maestro detenido frente a mí, quien me observaba con la misma mirada de esa noche en la costa de Cesarea. “Eso os decía Plinio. ¿Recordáis?. Judit llamada Claudia, veo que los crucificados ya no os conmueven, ni os dan ganas de salir corriendo para no verlos sufrir; ahora os provocan carcajadas. En verdad os digo que vuestro padre al que una vez visteis también clavado del madero, ahora se ahoga de tristeza al veros angustiada por el peso que lleváis sobre vuestros hombros” Confundida, mi cuerpo se heló y comencé a temblar para luego desvanecerme. Al despertar, lloré con amargura y decidí quedarme en la posada, sin saber qué hacer. Supe que ese, mi maestro, había sido el que había resucitado al muerto. Los esclavos y sirvientes, estaban inquietos; a cada una de sus preguntas yo respondía con insultos. Ordené que me dejaran sola. Transcurrió un día entero al final del cual, dispuse que mis esclavos regresaran a Jerusalén. Yo me quedaría sola. Estuve dos días en la posada, sin tomar una resolución. Pasado ese tiempo, decidí volver a la ciudad.
En esos instantes os invoqué, Adonai, después de años de no hacerlo. Ciertamente había sido una señal vuestra para enderezar mi vida, mas era tarde para eso. Caminé por el desierto, sola, día y noche, sin preocuparme del cansancio, ni del peligro de los bandidos que infestaban los caminos. No tenía nada en mi cabeza salvo que debía dar alcance a mi maestro y seguirlo, como tendría que haberlo hecho cuando la prostituta María me invitó. Después de cuatro días, llegué al atardecer a Jerusalén, sucia y cansada, mas sin disminuir mi angustia. En mi casa, los esclavos me informaron lo que había acontecido en la víspera. El maestro estaba preso en las prisiones del procurador a la espera del juicio que se llevaría a cabo al día siguiente. Ya había sido enjuiciado por el sanedrín y se le había encontrado culpable de blasfemias. Los sacerdotes buscaban acabar con la vida de él y para eso era menester de la autoridad romana a fin de que lo juzgaran y condenaran a morir en la cruz.
Ante la ley de los paganos, la blasfemia no era delito y por eso, los sacerdotes comenzaron a divulgar que el maestro se proclamaba rey, lo que podía constituir un atentado y desafío en contra de la autoridad del Cesar. Se rumoreaba que la condena del procurador era inevitable. Las últimas palabras que el maestro me había dicho en Betania, remecieron mi corazón. Me sentía la más baja de las mujeres, una bestia insignificante y despreciable. De nada me servía la belleza y el dinero, lo que, de algún modo, supe desde siempre, más me negaba a reconocer. Nada tenía sentido ahora. Entre medio de estos tristes pensamientos aparecieron las palabras que Hiram siempre repetía a modo de máxima; "Este mundo no es de los soñadores" Me imaginé a Hiram dándome a elegir entre dos caminos; uno de carencias y sufrimientos y el otro de comodidades, elegancia, riquezas y vanidad. Hiram me recomendaba este último y me mostraba a aquellos hombres crucificados que había visto días atrás, a modo de ejemplo de lo que podía conseguir si adoptaba el primer camino.
Mi cabeza estaba confusa y lloré por no poder encontrar la certeza que anhelaba. Hasta que vos me iluminasteis, mi Señor. Hiram era ministro de Belcebú que siempre estuvo engañándome. Debía hacer algo por mi maestro. Me puse el vestido más elegante y que destacara mi figura. Maquillé mi rostro y me dirigí, con un esclavo, hasta la prisión del procurador. El capitán de la prisión se llamaba Viriato, yo lo conocía ya que en otra época había frecuentado mi casa. Durante ese tiempo, su pasión y enamoramiento hacia mí lo habían llevado a gastar en dones y atenciones que cuando acabaron me hicieron expulsarlo y no admitirlo más en mis juergas. Fui muy cruel, el romano estaba realmente enamorado. No era razonable enemistarse de esa forma con un funcionario del Cesar, mas mis influencias dentro de sus superiores me daban la confianza para hacerlo.
Era ya de noche cuando llegué a la prisión y pedí hablar con él. Hube de desembolsar muchas monedas de plata antes de conseguir entrevistarme. Estaba segura de poder convencerlo de que provocara una fuga del prisionero. ¡Vaya petición!, ilusa y ridícula. Yo, que aborrecía a los soñadores, me volvía una de ellos de la manera más tonta imaginable. Cuando estuvimos a solas, hablamos y le planteé el propósito que me llevaba a verlo. Se negó rotundamente, aduciendo que aquello era, no sólo un incumplimiento de sus deberes como legionario, sino un delito de alta traición al Cesar, merecedor de la muerte. Entonces le ofrecí diez saquitos con monedas de plata, las joyas que llevaba encima y hasta mi cuerpo para hacer lo que se le antojara; acto seguido descubrí mis pechos y extendí mis brazos hacia él. Se quedó perplejo un momento, mas siguió rechazando.
Le prometí más dinero el cual podía buscar en mi casa. “Esta bien, acepto”, dijo. Luego añadió que lo más probable era que el maestro fuera juzgado por el procurador al amanecer y crucificado luego; de modo que él dejaría la puerta abierta de la celda y le quitaría las cadenas; facilitaría todo para que el prisionero escapara durante esa noche pero debía asegurarle tres saquitos de monedas de plata por cada uno de los guardias que habría que sobornar. Acepté sin dudar, disponía de monedas para eso y mucho más. Apenas me manifesté conforme, Viriato me abrazó y babeó mis tetas con avidez, luego subió mi vestido y fui poseída en ese lugar y de pié. Cada embestida que me daba hacía que me levantara como si estuviera cabalgando y yo cabalgaba conforme ya que mi plan estaba resultando. Una vez terminado dijo que me fuera a casa. El se encargaría del resto y más tarde me visitaría. Debía prepararme para recibirlo ya que seguiría poseyéndome.
¡Oh Dios! yo que había sido instruida por Hiram en las artes de la negociación, confié ingenuamente, en que se respetaría aquel trato absurdo. Me había vuelto soñadora y ya no tenía cabida en este mundo. Al llegar a mi casa, dispuse que las esclavas ayudaran a darme un baño de rosas, me perfumé el cuerpo y el cabello y maquillé los ojos con sombras egipcias, lo mismo las areolas de las tetas y la entrada de mi flor con pintura rojiza, como a los gentiles romanos les gusta. Me puse mis más preciadas joyas y esperé. Pensaba que Viriato aún no me había olvidado y que estaba en mis manos lograr de él lo que se me antojara. ¡Cuán equivocada estaba, oh Dios! y demente, ya que en aquella espera, sentada en la cama, me sentía una diosa aguardando a que el peregrino viniera a ofrendarme. Era, sin duda, la más bella de las mujeres de Jerusalén y el orgullo hacía que estuviera con la frente en alto y erguida, como los ídolos de los griegos.
¡Oh infernal vanidad!, ¿cómo podía pensar en aquello, si mi propósito era salvar la vida de mi maestro, del hombre enviado por vos, Adonai a mostrarme, precisamente, cuan equivocada había sido mi vida?; mas, en ese momento no reparaba en la contradicción y de nuevo sentía que en razón de mi hermosura era merecedora de satisfacer todos mis deseos, incluido el de salvar a mi maestro. A las puertas del fin, ahora en este terrible momento, conciente estoy de la contradicción; a pesar de eso tengo el pecado pegado como una garrapata en mi corazón y aún persisten, en esta espantosa agonía, dejos de vanidad que hacen sentirme satisfecha y feliz al recordar aquellos momentos, como una brizna de miel que dulcifica este suplicio. ¿O sois vos, mi Dios, el que me proporciona esta miel en mis últimos instantes de vida? Tal vez no sea cosa de Belcebú. Tal vez me has dado licencia para ser vanidosa en esta horrible y dolorosa soledad, a modo de bebida calma-dolores para mi espíritu. Mi maestro enseñaba que sois infinitamente misericordioso.
Sonó la puerta. Era Viriato. Sus ojos refulgían pasión y lujuria y, apenas quedamos solos en mis aposentos, me tomó con fuerza. No me desnudó. Ató mis muñecas por detrás de mi espalda con una soga, y luego hizo lo mismo con mis codos, uno con otro, de tal forma que mis hombros quedaron estirados hacia atrás y me vi con la espalda erguida y el pecho excesivamente levantado, sobresaliendo mis tetas hacia adelante. Pensé entonces, que la visión de ellas, tan paradas, lo harían rasgarme las vestiduras, mas no lo hizo. No me extrañó que me atara, habida cuenta de que yo había ofrecido mi cuerpo para que dispusiera de él a su arbitrio y que, había visto a muchos romanos tener el vicio de atar a las mujeres para poseerlas. Levantó el vestido y atacó con su poderoso miembro. Viriato bufaba como un toro sobre mí, que estaba acostada e incómoda por los brazos atados. Terminó pronto y cuando lo hizo me abofeteó.
Mi estado de ánimo me había predispuesto a entregarme y soportar ese tipo de extravagancias, mas un rumor de voces y golpes que oí en la casa me despertó un tenebroso presentimiento. Viriato jaló de mi cabello y me arrastró fuera de la habitación. La casa estaba llena de soldados. Mis dos esclavos nubios y una de mis esclavas de servicio habían sido atravesados por las espadas. Otra esclava, atada como yo de brazos, lloraba atemorizada en un rincón. Los soldados destrozaban todos mis muebles y guardaban en sus morrales cualquier objeto que consideraran de valor. El mismo Viriato participaba en el saqueo, siendo de su preferencia las joyas y monedas de plata. Mi esclava comenzó a ser manoseada y besada por la soldadesca y sus gestos de queja o repugnancia eran respondidos con bofetadas. Yo no era tocada, ni siquiera mirada, al parecer eran órdenes de Viriato. Este arrancó mis collares y aretes apropiándoselos.
Pregunté que qué significaba aquella irrupción y por toda respuesta recibí un fuerte puñetazo en el vientre que me hizo caer y encogerme en el suelo por el dolor; luego Viriato agregó una patada y me ordenó callar. Presa del terror obedecí presta y mis piernas temblaron por el miedo. Se nos colocó, a la esclava y a mí, una gruesa argolla de metal en el cuello encadenándonos a ambas y se nos hizo salir de la casa. Nos llevaron directo a la prisión del procurador. Cuando nos iban a encerrar en una celda, uno de los soldados preguntó a Viriato si podía quedarse con la esclava. Este respondió que había que esperar órdenes. La celda estaba oscura y su piso húmedo.
Continuábamos atadas de brazos y con la argolla en el cuello. Estuvimos toda la noche así y no pudimos dormir. Reflexioné lo ingenua que había sido, me preguntaba por las causas de haber caído en esa desgracia. No acertaba a encontrar la respuesta. Yo, que estaba tan alto en la vida, tan rica y poderosa, y ahora allí, en esa celda oscura. Esas palabras que el maestro me había dicho en Betania, habíanme causado una locura, una confusión extraña. Después de mucho pensar, concluí que todo era un castigo de vos, Adonai, por mis pecados, y no os reprocho crueldad ya que a lo largo de estos años, siempre me disteis muestras y ejemplos de los resultados de una vida pecaminosa, mas yo no quise ver. La paliza de mi madre, la crucifixión de Aulo, la muerte de Plinio, los crucificados a la vera del camino; todas eran advertencias vuestras, mi Señor.
Continuará.
“Judit, llamada Claudia, Rabí” -contesté. “Bien, Judit llamada Claudia; por de pronto os quitaremos las cadenas y las argollas. Debéis descansar”
El maestro pasó su mano por mi cabello y mejilla y tuve unas irreprimibles ganas de llorar que no me expliqué. El amo Judas preguntó qué harían conmigo, “es una esclava apestosa y tan sólo por eso pudimos adquirirla por ese vil precio, Rabí” “Es vuestra esclava, Judas” -respondió el maestro- “pero vos dijisteis que la comprara”, “tenéis razón Judas, yo lo dije” El maestro rió y de mi oreja quitó la argolla, signo de mi esclavitud y la arrojó al arroyo. “Judit, llamada Claudia, desde ahora sois libre” Fundí mi mirada con la de él y sentí una bondad infinita, algo que nunca antes había sentido. Tomé su mano y la besé y luego, inclinándome, hice lo mismo con sus pies. El me levantó y repitió que debía descansar.
Antes de que llegara la noche, yo me había dormido mirando la fogata que los hombres habían encendido. La música de los flautines y pandero me despertó. La gente que seguía al maestro, danzaba y batía palmas alegremente. Al incorporarme, una mujer joven pero algo mayor que yo, se dirigió a mí saludándome. Dijo haberme visto en la casa de Plinio Claudio; entonces la reconocí. Era una de la rameras que, a veces, eran contratadas por el amo o llegaban con los invitados a las orgías y fiestas . Al identificarme, la vergüenza se apoderó nuevamente de mi ser, como cuando estaba en el atrio y las mujeres me veían con los senos desnudos.
Aquella mujer, que dijo llamarse María, había sido testigo de la desenfrenada vida que llevábamos con Kupta en la finca claudia. María notó mi contrariedad. Me invitó a que dejara atrás la vergüenza, haciéndome ver que ella era tan pecadora como yo, sobre todo considerando que en aquella finca vivía como esclava y no tenía otra alternativa. Me invitó también a que dejara atrás la lujuria y vanidad. Según ella, era fácil reconocer en mí esa debilidad, ya que ella había sido igual, mas el maestro la había redimido. Dijo que era mejor seguir al maestro ya que era poseedor de una infinita sabiduría y bondad, y hablaba con poderosas palabras llenas de verdad. Por la mirada de María, noté que estaba ante una mujer enamorada profundamente.
Con lo poco que había visto del maestro, me fue fácil comprender sus sentimientos. Internamente me pregunté si alguna vez María le habría seducido, ya que era bella. Cuando la música y las danzas terminaron, todos se durmieron. Busqué al maestro con la mirada y lo encontré alejado de todos. Estaba despierto y al parecer, elevando oraciones a vos, Adonai. Me acerqué a él, y aprovechando el sueño de los demás, me atreví a hablarle. Deseaba agradecerle de alguna forma -de la manera que yo sabía- su gesto de generosidad para conmigo. Acaricié sus cabellos y la barba que cubría sus mejillas y me descubrí las tetas. El clavó su mirada en mis ojos, sin decir ni hacer nada, lo que causó mi sorpresa; nunca un hombre se había quedado así ante la visión de mis grandes y hermosos senos; todos enloquecían cuando me los descubría. Tampoco era indiferencia lo que notaba en él porque hombres indiferentes había conocido. Al contrario, me pareció que su mirada me penetraba en mi real desnudez, no la de la piel, sino la del alma. En realidad mis pechos y curvas de hembra sin vestidos, no eran mi desnudez sino las murallas y armas que me protegían en la vida. La mirada del maestro deshizo ese baluarte y quedé sin defensas.
Mi cabeza está con la frente inclinada hacia el suelo y de la punta de mi nariz, una gota de sudor mezclada con moco, está a punto de caer; no tengo la fuerza suficiente para enderezarla de modo que entorno los ojos para ver a las dos hermanas crucificadas. Una sigue desmayada. La otra, la de los pechos clavados, resopla con fuerza porque siente que el aire se le acaba y se asfixia. Puedo ver su trasero, espalda y nuca. No tengo a la vista su rostro pero me es fácil imaginarlo: toda la cara bañada en sudor, en el cuello y la frente sus venas hinchadas, los ojos desorbitadamente abiertos al igual que la boca, tratando de captar hasta la menor brizna de aire. Viéndola por detrás, como la veo, pareciera que está siendo poseída por la cruz. La cruz, el amante de madera y duro, que le extiende sus brazos a la negra, la que corresponde igualmente, abriendo también los suyos y colgándose del cuello de aquel violador impasible.
La nubia, para no ahogarse, se apoya en sus tobillos y muñecas claveteadas, y con las piernas trata de subir su cuerpo a fin de poder hinchar su pecho y llenar con más holgura los pulmones de aire. ¡Oh Dios!, es realmente una mujer fuerte ya que logra que el patíbulo quede casi al nivel de su cuello. Se mantiene unos segundos allí, con el cuerpo temblando como si estuviera aterida, hasta que, lanzando un ronco alarido, similar al de un jabalí lanceado, se deja caer aflojando toda su humanidad y vuelve a la postura de colgada, con los brazos totalmente estirados y las piernas flectadas. Ahora si, se ha desvanecido; sus bufidos y lloriqueos han cesado. Después del esfuerzo sobrehumano que ha hecho al levantarse para poder respirar, su cuerpo se rinde. Volverá a despertar, eso lo sé, y volverá a desmayarse una y otra vez. La negra no está muerta, aún respira; con dificultad, pero lo hace. Sus costillas se mueven como las de un gatito durmiendo.
El muchacho que la observaba desde el matorral, se atreve ahora a acercarse a ella. Os confieso con vergüenza Señor, que me provoca envidia, en estos instantes, aquella negra. Como veis, la vanidad y el orgullo, no me abandonan ni siquiera en estos atroces momentos, ¡Oh Dios, cómo merezco este suplicio por mis pecados! El muchacho, está a menos de un paso de la cruz de sufrimiento de la nubia. Se muy bien que le rendirá un homenaje, que se dará el gusto de tocar impune y gratuitamente a aquella mujer. Muchos hombres se enardecen de deseo por las curvas que contornean el cuerpo de las negras y su bronceada piel, mas no lo confiesan y dicen aborrecerlas por su fealdad y por parecer animales.
Demasiado aprendí de la poca verdad con que hablan, viendo como se enloquecían con mi amiga Kupta en las orgías de Plinio. El muchacho no me tocará, no lo hará conmigo, no soy interesante para él y por eso envidio a esa nubia. Me había cobrado interés en los primeros minutos de ser levantada en la cruz, cuando mi cuerpo temblaba y se retorcía haciendo mover mis redondeles y gemir por la angustia. Ahora ya no me muevo, pues estoy al umbral de ser un cuerpo sin vida, y los hombres desean la vida, todo aquello que borbotonea de vida como la carne y la fruta fresca, los toros salvajes, la leche recién salida de las ubres de la vaca, los caballos briosos, el jugo de la uva, el oro que imita al sol relumbrante que hace crecer los árboles y plantas.
Lentamente, el joven pasa un dedo por la parte baja de su espalda y va descendiendo hasta las nalgas. Al comprobar con el tacto lo curvo de las líneas, se anima y con toda la palma, sobajea las dos enormes caras de su moreno trasero. Luego incorpora la otra mano y explora las caderas, baja por sus fuertes muslos y vuelve a subir para introducirse en el abismo negro que está entre los glúteos de la negra que sigue desmayada. Estoy segura de que aquel muchacho no se atrevería a hacer eso, ni con una esclava propia, mas lo hace aquí con la condenada; con ellas siempre hay licencia para hacer este tipo de cosas; he ahí la idea de este castigo. El joven sólo aprovecha su oportunidad y no la deja pasar.
Cuando me tenía frente a él con mis senos al aire, el maestro podría haber aprovechado su oportunidad. Tenía una ventaja superior a la de este joven. Yo me habría dejado hacer con gusto, deseaba entregarme a él esa noche, ser suya y tener y sentir esa, su bondad, dentro de mí. El me seguía mirando a los ojos cuando dijo: “Judit, llamada Claudia, no estáis sola como creéis; vuestros padres no vagan fuera del seol y han estado contigo siempre a vuestro lado, desde el día en que vuestra casa fue quemada. Judit, llamada Claudia, vuestro amado padre se alegra cuando alegre estáis y se entristece cuando vos entristecéis. El desea que ya no sintáis pesado vuestro corazón y que dejéis atrás la angustia”
Un escalofrío invadió mis hombros y cubrí con vergüenza mis redondeces de mujer. Corrí, alejándome espantada. Tuve miedo, ¿cómo podía saber el maestro de mi vida? Me sentí, por vez primera, realmente desnuda y con frío. No dejé de correr y abandoné el campamento. Seguí el curso del arroyo hasta llegar a la playa y continué caminando en medio de la oscuridad en dirección a Cesarea hasta caer rendida por el cansancio. Después de esa noche, vagué durante semanas por las calles de la ciudad como una vagabunda pordiosera, implorando mendrugos en el puerto y el mercado. Estuve así hasta que me encontré con Hiram. Como a María, tampoco le reconocí al principio.
Cinco monedas de plata puso en mi mano suplicante. Esa pequeña fortuna me impulsó a verlo a la cara encontrándome con ese rostro barbado y alegre que me llamaba por el nombre de Claudia. Comprendí que era Hiram, el rico mercader amigo de Plinio Claudio y que frecuentaba las fiestas de la finca. Su riqueza y generosidad eran tan impresionantes como su lascivia. Le besé los pies agradecida y le imploré me convirtiera en su esclava ya que sólo hambre y sed habían sido las consecuencias de mi libertad. El, hizo ademán de alejarse y yo le propuse con desesperación, “seré vuestra esclava ramera, por favor aceptadme, os suplico, tengo hambre; disponed de mí como os plazca” Me hizo ver que yo no tenía deudas con él y que, por lo tanto, no podía ser su esclava.
En todo momento, Hiram sonreía y no dejaba de hablarme con cortesía; siempre había sido así, incluso en aquellas impúdicas orgías del pasado manifestaba dichos modales los que no dejaba ni siquiera en el trato con los esclavos. Dijo haberse enterado de las desgracias de mi ex-amo Plinio y que lo sentía, que no necesitaba otra esclava y que, por sobre todas las cosas, era un mercader que buscaba hacer una buena inversión y que ello no pasaba por comprar una esclava lujuriosa; al decir esto, soltó una gran carcajada señalándome que la riqueza no necesariamente se logra teniendo muchos esclavos, que su experiencia en los negocios le decía que los esclavos no generan toda la riqueza que podrían generar ya que siempre están tristes y triste no se puede trabajar. Sólo los hombres libres trabajan con ahínco porque lo que producen es para ellos… al menos en parte; volvió a soltar otra carcajada al decir esto.
“Os propongo un negocio Claudia, seremos socios y obtendremos grandes ganancias. Mi ojo avizor me dice que vuestra lujuria es generadora de riquezas. Seréis mi inversión y no precisareis convertiros en mi esclava. Me llevó a la posada en donde se alojaba. Me alimentó y dio vestiduras nuevas, compró otras hermosas y me las obsequió y llegada la noche, retozamos como en los pasados tiempos. Yo estaba verdaderamente agradecida y la vida volvía a sonreírme después de esas tres semanas de incertidumbre por las calles de Cesarea. Imaginé que me volvería su ramera. Lo que no comprendía era porqué no me tomaba como esclava para ello. Al amanecer me lo explicó con detalles.
¡Oh Dios!, el diablo se viste con ropajes que impiden reconocerle en su fealdad. Hiram era cortés, de modos suaves, muy generoso, nunca lo vi en un acto de crueldad con sus esclavos como los veía en casa de Plinio y, debo confesar que gracias a él me volví rica. Sin embargo, era un emisario de Belcebú a través del cual fui azuzada en los pecados de la lujuria, la vanidad, la codicia y el orgullo. Hiram me llevaría a Jerusalén, gran ciudad a la que concurrían los hebreos de toda la Palestina en peregrinaje a su templo, poseedora de grandes mercados en donde griegos y árabes tenían negocios de todo tipo. Me instalaría en una cómoda casa de su propiedad, dotada con muebles y esclavos para mi servicio. Me compraría joyas y vestidos. Dijo que mis dones, lujuria y belleza, harían el resto. Con lo que ganara, le pagaría a él el alquiler de la casa. Mis ganancias serían tantas que ambos estaríamos contentos. El se encargaría de presentarme a ricos hombres potentados, con lo que iniciaría mi vida de meretriz de alta categoría. Mis clientes serían ricos árabes y griegos, además de autoridades del imperio.
No podía dar crédito a semejante propuesta en que la inversión sería mucha, al igual que el riesgo, y se lo manifesté así. Hiram sólo se limitó a decir que mi juventud me impedía ver con claridad y que él tenía amplia experiencia. Esto último era verdad; Hiram ya había hecho esto con otras mujeres, en ciudades como Sidón, Tiro y Cesarea, con amplios resultados. Mi socio, personalmente me enseñó modales, a leer en griego y arameo, fórmulas para destacar mi belleza y suscitar la lascivia de los hombres y el arte de administrar un patrimonio. Agradecida, puse el mayor empeño en aprender y ni él, ni yo, nos arrepentimos.
Era cierto, lo pude comprobar, las personas libres generan más riqueza al saber que el fruto de su trabajo será suyo. Orgullo, vanidad y soberbia durante los tres años que viví en Jerusalén, hube de ser la reina del placer entre los hombres poderosos y las autoridades romanas, y multipliqué rápidamente mi riqueza. Terminé comprando los esclavos, joyas y vestidos que Hiram me había prestado, y hube de comprar otras más para atender las crecientes necesidades de una exitosa meretriz. Quise también, comprar la casa para así lograr la independencia, mas Hiram me manifestó de forma serena y dulce que él no era merecedor de ingratitudes, y yo conmovida retiré mi oferta. No podía hacerle eso al hombre que me había hecho rica.
En el transcurso de esos tres años, mi socio me contagió la avidez por el dinero. Con él podía hacerse todo, comprarlo todo: lindos vestidos, joyas, favores de importantes personas, placer, tranquilidad, lealtad y hasta el cariño. Comprendí entonces, a cabalidad, todas las enseñanzas de Hiram, mi nuevo maestro. Mas, el poder hacerlo todo, me volvió más orgullosa y más vanidosa aún, y con vergüenza, mi Señor, os confieso que cruel. Hubo hombres que se enamoraron y gastaron toda su hacienda conmigo, y no obtuvieron de mí, más que fugaces momentos de deleite. Cuando me lo habían dado todo yo les pagaba con un tiránico desprecio y no los volvía a admitir en mi casa. Obtuve el favor de las autoridades, las que corrieron de la calle donde se ubicaba mi residencia a todos los pordioseros, miserables y prostitutas baratas, eliminando la fealdad y la competencia a mi lenocinio. Compré jóvenes esclavas, bellas y virginales, para entregarlas a hombres mayores y lujuriosos. Comencé a usar el látigo con mis esclavos y no admití faltas ni errores.
Los hombres me parecieron tontos y despreciables, casi unos niños susceptibles de ser manejados con una golosina. Me consideré a mi misma, una reina con derecho a todo lo bueno de esta vida, tan sólo porque mi rostro era agradable y mi cabello y formas, hermosos. Mi fama de altiva y arrogante comenzó a extenderse por la ciudad y no obstante ello, los hombres me admiraban y rendían un tributo, que hasta este amargo momento que vivo, no deja de producirme placer, ¿cómo puede ocurrir eso, Adonai? ¿Acaso no puedo dejar de ser una pecadora, al menos en el último momento de mi vida? ¿O es que el insoportable dolor me provoca desvaríos de demente?
Había escuchado decir a una anciana, que los baños en el mar salado (Mar Muerto), eran buenos para la salud y para la belleza del cutis y el cabello, y que muchas ricas señoras, griegas y romanas, pasaban largas temporadas en ese lugar disfrutando de ellos. Se decía que se bañaban desnudas y que tomaban el sol en su ribera. Dispuse una caravana para ir a ese lugar, ya que deseaba embellecer aún más mi larga y brillante cabellera. El viaje era largo y duraría cuatro días; yo viajaría en una litera cargada por cuatro fuertes esclavos nubios que me servían también de protección. A la salida de Jerusalén, a la orilla del camino, había dos hombres crucificados. Estaban en dos olivos algo secos pero resistentes todavía para sostener un patíbulo con un hombre colgado de él. Tres soldados custodiaban y algunos curiosos observaban.
Los dos condenados estaban totalmente desnudos, con sus vergüenzas exhibiéndose y cruzada su piel por las marcas de los latigazos. Uno de ellos estaba desmayado. El otro agitaba su pecho y abdomen de manera desesperada; su cara estaba enrojecida y parecía poseído por la ira más que por el dolor. Insultaba a los soldados y profería groseras maldiciones al Cesar. Su actitud me produjo curiosidad y ordené detener la litera al frente de la cruz. Pregunté a un soldado sobre los condenados. Eran dos celotes subversivos que habían participado en un ataque a una columna de legionarios. Pedí que bajaran la litera, y por tres monedas de plata, los soldados me dejaron observar de cerca. En ningún momento el hombre pidió piedad. Ciertamente era un orgulloso y soberbio. Los altivos y orgullosos nos reconocemos mutuamente. Me produjo una cierta admiración.
Al acercarme más, el crucificado comenzó a insultarme, “ramera de romanos, te solazas con los paganos, puta de Belcebú, pecadora infecta” Al pronunciar sus insultos todos los músculos se le crispaban y sus venas parecían a punto de reventar provocándose, él mismo, más dolor del que padecía. Yo me reí a carcajadas delante de él y le dije, “sois hombre y, como tal, un tonto; por eso terminasteis ahí arriba, sin nada ni nadie” y agregué unas palabras que Hiram siempre repetía a modo de proverbio, “el mundo no está hecho para los soñadores” Quiso responder a mis palabras, mas exhaló un fuerte alarido que lo hizo temblar y sólo salieron de su boca unos hilos de baba. De nuevo reí y todos mis esclavos conmigo. Luego ordené reanudar el camino.
Más allá había un tercer hombre crucificado muy quejumbroso y chillón. También me detuve y pregunté al soldado. Este condenado, era un conocido bandido que asaltaba a los peregrinos, robándoles sus pertenencias. Bajé de la litera para verlo de cerca y me quité el velo del rostro. El hombre, al estar en tal lamentable situación, desnudo, con sus partes al aire y sufriendo, y ver mi belleza y elegancia, cerró los ojos y comenzó a llorar avergonzado. De nuevo reí con crueldad y le dije, “parecéis una niña”, cuando me estaba aprestando a continuar la marcha, el crucificado me imploró. “Dadme agua, señora, piedad, tan sólo un poco de agua, la sed es insoportable”, yo repliqué, “pedídsela a los peregrinos que transitan por aquí, a los mismos que vos robabais” y le arrojé una moneda que cayó al lado del stepe. “Ahí tenéis una moneda, ¿no os gustaba el dinero ajeno?” luego lancé una carcajada y continué.
Cada uno de aquellos hombres tenía algo que yo también tenía: orgullo y altivez, el uno y codicia por el dinero, el otro; mas, ambos habían terminado en la cruz y yo estaba viva, era rica, bella y el mundo estaba a mis pies. Verdaderamente, comprobaba, que los hombres eran unos tontos. Al día siguiente, al pasar por una aldea, cerca de Betania, nos encontramos con un carnaval de campesinos que danzaban, tocaban música y cantaban. Estaban muy alegres. Convencida estaba de que se trataba de la celebración de una boda ya que se veía que asaban un cordero y eran personas modestas. Sólo en las bodas, los pastores y campesinos pobres matan corderos. Una anciana nos informó que no era nada de eso. El maestro milagrero, del que se hablaba en toda la Palestina, había resucitado a Lázaro, un hombre de la localidad, muerto hacía tres días e incluso sepultado. Ese era el motivo del jolgorio.
Seguí mi camino pensando en aquello y recordé al maestro que había conocido tres años atrás en Cesarea. En la Palestina abundan los maestros hacedores de prodigios. Casi había borrado de mi memoria a aquel hombre que me había dado tan generosamente la libertad. Concluí que él era el que había puesto la base de mi riqueza ya que su acto provocó mi encuentro con Hiram. En betania, pernocté en una posada. Al amanecer, cuando nos aprestábamos a partir, una turba que pasaba cerca de nosotros distrajo mi atención. Tomaban el camino a Jerusalén. Sentí sed y le ordené a una esclava que me sirviera agua con miel. Al traerla, derramó algo del líquido por lo que la reprendí; su contrariedad hizo nuevamente, derramar la hidromiel, pero esta vez sobre mi vestido, lo que me enfureció. Arañé su rostro haciéndole sangrar y le di un par de bofetadas. Tomé la fusta que uno de mis esclavos tenía en la mano y descargué repetidos golpes sobre ella. La esclava, llorando, de rodillas y con la frente en el suelo pedía perdón a lo que repliqué, “no lloréis esclava, sólo eso eres, una sucia esclava, no toleraré faltas de ninguna sucia esclava y…”
Una voz de varón completó mis palabras diciendo, “…y si se me da la gana os mando a crucificar sólo para divertirme”, me volví y vi a mi adorado maestro detenido frente a mí, quien me observaba con la misma mirada de esa noche en la costa de Cesarea. “Eso os decía Plinio. ¿Recordáis?. Judit llamada Claudia, veo que los crucificados ya no os conmueven, ni os dan ganas de salir corriendo para no verlos sufrir; ahora os provocan carcajadas. En verdad os digo que vuestro padre al que una vez visteis también clavado del madero, ahora se ahoga de tristeza al veros angustiada por el peso que lleváis sobre vuestros hombros” Confundida, mi cuerpo se heló y comencé a temblar para luego desvanecerme. Al despertar, lloré con amargura y decidí quedarme en la posada, sin saber qué hacer. Supe que ese, mi maestro, había sido el que había resucitado al muerto. Los esclavos y sirvientes, estaban inquietos; a cada una de sus preguntas yo respondía con insultos. Ordené que me dejaran sola. Transcurrió un día entero al final del cual, dispuse que mis esclavos regresaran a Jerusalén. Yo me quedaría sola. Estuve dos días en la posada, sin tomar una resolución. Pasado ese tiempo, decidí volver a la ciudad.
En esos instantes os invoqué, Adonai, después de años de no hacerlo. Ciertamente había sido una señal vuestra para enderezar mi vida, mas era tarde para eso. Caminé por el desierto, sola, día y noche, sin preocuparme del cansancio, ni del peligro de los bandidos que infestaban los caminos. No tenía nada en mi cabeza salvo que debía dar alcance a mi maestro y seguirlo, como tendría que haberlo hecho cuando la prostituta María me invitó. Después de cuatro días, llegué al atardecer a Jerusalén, sucia y cansada, mas sin disminuir mi angustia. En mi casa, los esclavos me informaron lo que había acontecido en la víspera. El maestro estaba preso en las prisiones del procurador a la espera del juicio que se llevaría a cabo al día siguiente. Ya había sido enjuiciado por el sanedrín y se le había encontrado culpable de blasfemias. Los sacerdotes buscaban acabar con la vida de él y para eso era menester de la autoridad romana a fin de que lo juzgaran y condenaran a morir en la cruz.
Ante la ley de los paganos, la blasfemia no era delito y por eso, los sacerdotes comenzaron a divulgar que el maestro se proclamaba rey, lo que podía constituir un atentado y desafío en contra de la autoridad del Cesar. Se rumoreaba que la condena del procurador era inevitable. Las últimas palabras que el maestro me había dicho en Betania, remecieron mi corazón. Me sentía la más baja de las mujeres, una bestia insignificante y despreciable. De nada me servía la belleza y el dinero, lo que, de algún modo, supe desde siempre, más me negaba a reconocer. Nada tenía sentido ahora. Entre medio de estos tristes pensamientos aparecieron las palabras que Hiram siempre repetía a modo de máxima; "Este mundo no es de los soñadores" Me imaginé a Hiram dándome a elegir entre dos caminos; uno de carencias y sufrimientos y el otro de comodidades, elegancia, riquezas y vanidad. Hiram me recomendaba este último y me mostraba a aquellos hombres crucificados que había visto días atrás, a modo de ejemplo de lo que podía conseguir si adoptaba el primer camino.
Mi cabeza estaba confusa y lloré por no poder encontrar la certeza que anhelaba. Hasta que vos me iluminasteis, mi Señor. Hiram era ministro de Belcebú que siempre estuvo engañándome. Debía hacer algo por mi maestro. Me puse el vestido más elegante y que destacara mi figura. Maquillé mi rostro y me dirigí, con un esclavo, hasta la prisión del procurador. El capitán de la prisión se llamaba Viriato, yo lo conocía ya que en otra época había frecuentado mi casa. Durante ese tiempo, su pasión y enamoramiento hacia mí lo habían llevado a gastar en dones y atenciones que cuando acabaron me hicieron expulsarlo y no admitirlo más en mis juergas. Fui muy cruel, el romano estaba realmente enamorado. No era razonable enemistarse de esa forma con un funcionario del Cesar, mas mis influencias dentro de sus superiores me daban la confianza para hacerlo.
Era ya de noche cuando llegué a la prisión y pedí hablar con él. Hube de desembolsar muchas monedas de plata antes de conseguir entrevistarme. Estaba segura de poder convencerlo de que provocara una fuga del prisionero. ¡Vaya petición!, ilusa y ridícula. Yo, que aborrecía a los soñadores, me volvía una de ellos de la manera más tonta imaginable. Cuando estuvimos a solas, hablamos y le planteé el propósito que me llevaba a verlo. Se negó rotundamente, aduciendo que aquello era, no sólo un incumplimiento de sus deberes como legionario, sino un delito de alta traición al Cesar, merecedor de la muerte. Entonces le ofrecí diez saquitos con monedas de plata, las joyas que llevaba encima y hasta mi cuerpo para hacer lo que se le antojara; acto seguido descubrí mis pechos y extendí mis brazos hacia él. Se quedó perplejo un momento, mas siguió rechazando.
Le prometí más dinero el cual podía buscar en mi casa. “Esta bien, acepto”, dijo. Luego añadió que lo más probable era que el maestro fuera juzgado por el procurador al amanecer y crucificado luego; de modo que él dejaría la puerta abierta de la celda y le quitaría las cadenas; facilitaría todo para que el prisionero escapara durante esa noche pero debía asegurarle tres saquitos de monedas de plata por cada uno de los guardias que habría que sobornar. Acepté sin dudar, disponía de monedas para eso y mucho más. Apenas me manifesté conforme, Viriato me abrazó y babeó mis tetas con avidez, luego subió mi vestido y fui poseída en ese lugar y de pié. Cada embestida que me daba hacía que me levantara como si estuviera cabalgando y yo cabalgaba conforme ya que mi plan estaba resultando. Una vez terminado dijo que me fuera a casa. El se encargaría del resto y más tarde me visitaría. Debía prepararme para recibirlo ya que seguiría poseyéndome.
¡Oh Dios! yo que había sido instruida por Hiram en las artes de la negociación, confié ingenuamente, en que se respetaría aquel trato absurdo. Me había vuelto soñadora y ya no tenía cabida en este mundo. Al llegar a mi casa, dispuse que las esclavas ayudaran a darme un baño de rosas, me perfumé el cuerpo y el cabello y maquillé los ojos con sombras egipcias, lo mismo las areolas de las tetas y la entrada de mi flor con pintura rojiza, como a los gentiles romanos les gusta. Me puse mis más preciadas joyas y esperé. Pensaba que Viriato aún no me había olvidado y que estaba en mis manos lograr de él lo que se me antojara. ¡Cuán equivocada estaba, oh Dios! y demente, ya que en aquella espera, sentada en la cama, me sentía una diosa aguardando a que el peregrino viniera a ofrendarme. Era, sin duda, la más bella de las mujeres de Jerusalén y el orgullo hacía que estuviera con la frente en alto y erguida, como los ídolos de los griegos.
¡Oh infernal vanidad!, ¿cómo podía pensar en aquello, si mi propósito era salvar la vida de mi maestro, del hombre enviado por vos, Adonai a mostrarme, precisamente, cuan equivocada había sido mi vida?; mas, en ese momento no reparaba en la contradicción y de nuevo sentía que en razón de mi hermosura era merecedora de satisfacer todos mis deseos, incluido el de salvar a mi maestro. A las puertas del fin, ahora en este terrible momento, conciente estoy de la contradicción; a pesar de eso tengo el pecado pegado como una garrapata en mi corazón y aún persisten, en esta espantosa agonía, dejos de vanidad que hacen sentirme satisfecha y feliz al recordar aquellos momentos, como una brizna de miel que dulcifica este suplicio. ¿O sois vos, mi Dios, el que me proporciona esta miel en mis últimos instantes de vida? Tal vez no sea cosa de Belcebú. Tal vez me has dado licencia para ser vanidosa en esta horrible y dolorosa soledad, a modo de bebida calma-dolores para mi espíritu. Mi maestro enseñaba que sois infinitamente misericordioso.
Sonó la puerta. Era Viriato. Sus ojos refulgían pasión y lujuria y, apenas quedamos solos en mis aposentos, me tomó con fuerza. No me desnudó. Ató mis muñecas por detrás de mi espalda con una soga, y luego hizo lo mismo con mis codos, uno con otro, de tal forma que mis hombros quedaron estirados hacia atrás y me vi con la espalda erguida y el pecho excesivamente levantado, sobresaliendo mis tetas hacia adelante. Pensé entonces, que la visión de ellas, tan paradas, lo harían rasgarme las vestiduras, mas no lo hizo. No me extrañó que me atara, habida cuenta de que yo había ofrecido mi cuerpo para que dispusiera de él a su arbitrio y que, había visto a muchos romanos tener el vicio de atar a las mujeres para poseerlas. Levantó el vestido y atacó con su poderoso miembro. Viriato bufaba como un toro sobre mí, que estaba acostada e incómoda por los brazos atados. Terminó pronto y cuando lo hizo me abofeteó.
Mi estado de ánimo me había predispuesto a entregarme y soportar ese tipo de extravagancias, mas un rumor de voces y golpes que oí en la casa me despertó un tenebroso presentimiento. Viriato jaló de mi cabello y me arrastró fuera de la habitación. La casa estaba llena de soldados. Mis dos esclavos nubios y una de mis esclavas de servicio habían sido atravesados por las espadas. Otra esclava, atada como yo de brazos, lloraba atemorizada en un rincón. Los soldados destrozaban todos mis muebles y guardaban en sus morrales cualquier objeto que consideraran de valor. El mismo Viriato participaba en el saqueo, siendo de su preferencia las joyas y monedas de plata. Mi esclava comenzó a ser manoseada y besada por la soldadesca y sus gestos de queja o repugnancia eran respondidos con bofetadas. Yo no era tocada, ni siquiera mirada, al parecer eran órdenes de Viriato. Este arrancó mis collares y aretes apropiándoselos.
Pregunté que qué significaba aquella irrupción y por toda respuesta recibí un fuerte puñetazo en el vientre que me hizo caer y encogerme en el suelo por el dolor; luego Viriato agregó una patada y me ordenó callar. Presa del terror obedecí presta y mis piernas temblaron por el miedo. Se nos colocó, a la esclava y a mí, una gruesa argolla de metal en el cuello encadenándonos a ambas y se nos hizo salir de la casa. Nos llevaron directo a la prisión del procurador. Cuando nos iban a encerrar en una celda, uno de los soldados preguntó a Viriato si podía quedarse con la esclava. Este respondió que había que esperar órdenes. La celda estaba oscura y su piso húmedo.
Continuábamos atadas de brazos y con la argolla en el cuello. Estuvimos toda la noche así y no pudimos dormir. Reflexioné lo ingenua que había sido, me preguntaba por las causas de haber caído en esa desgracia. No acertaba a encontrar la respuesta. Yo, que estaba tan alto en la vida, tan rica y poderosa, y ahora allí, en esa celda oscura. Esas palabras que el maestro me había dicho en Betania, habíanme causado una locura, una confusión extraña. Después de mucho pensar, concluí que todo era un castigo de vos, Adonai, por mis pecados, y no os reprocho crueldad ya que a lo largo de estos años, siempre me disteis muestras y ejemplos de los resultados de una vida pecaminosa, mas yo no quise ver. La paliza de mi madre, la crucifixión de Aulo, la muerte de Plinio, los crucificados a la vera del camino; todas eran advertencias vuestras, mi Señor.
Continuará.