triatletaxx
27-02 2007, 03:07 PM
Ya no siento dolor, mi Señor, porque dolor no es la palabra. Me deshago, me derrito, siento que mis brazos se desprenden de mis hombros, que mis pies y piernas ya no existen, que mis entrañas tienen vida propia y desean huir de mi cuerpo, escaparse transformadas en líquido. Mi cabeza afeitada y mi cuerpo desnudo están escaldados por el sol abrasador, está todo entero, brillante y embadurnado de sangre y salado sudor; sin embargo mi lengua y mi paladar se encuentran secos hasta la garganta y más allá aún.
Mojada por fuera, seca por dentro, ¡qué ironía¡ Ya no puedo gritar, se me va la vida en pequeñas exhalaciones, ¡oh Adonai! no me das la muerte, ¡qué larga resulta esta agonía! Me parecen años desde que me izaron en la cruz hasta ahora, y tan sólo ha transcurrido un cuarto de hora. Al principio me desmayaba y volvía a despertar por el espantoso dolor, ¡qué caos, Dios mió! el sufrimiento me dormía, el sufrimiento me despertaba. Nada podía calmar el dolor; ni los gritos de cerda en el matadero, ni la baba que se me escapaba al chillar, ni el sudor frío, ni la orina ni las heces, ni el cerrar ni el abrir los ojos, ni el retorcimiento de mi cuerpo tratando de acomodarme buscando la postura menos dolorosa; nada, absolutamente nada.
Ya todo está pasando, Adonai, sois vos quien me está dando la muerte que tanto deseo. Ya no tengo fuerzas ni para sufrir y el descanso final se acerca, ¡gracias os doy mi Dios, por eso! Los soldados ya se fueron, cansados de ser crueles y de satisfacer sus instintos de machos brutales, no había tanta necesidad de vigilar y de contener a los curiosos. Poca es la gente que transita por este lado del basural ya que es la parte más inmunda de él. Puedo ver a unos cinco o seis hombres que no paran de mirar mi sufrimiento y mi cuerpo desnudo. Se que los embarga la lujuria, conozco a los hombres.
Un poco más allá, atrás de ellos, cubriéndose en parte con un matorral raquítico, está un joven. Se manosea el sexo mirando a las dos nubias crucificadas desnudas frente a mí. Ellas acaban de ser clavadas y sus gritos me parecen horribles, así deben de haber sido los míos al principio. Las nubias están crucificadas de pecho, de la manera tradicional, como se cuelga a las mujeres; sus gigantescos traseros de negra están a la vista, brillantes y cruzados por las marcas del látigo. Yo, en cambio, estoy de espalda, como son crucificados los hombres, como fue colgado mi maestro. Lo hicieron así para avergonzarrne, para que todos vieran mis grandes tetas, mi vientre blanco y mi sexo peludo, para satisfacer así la sanguinaria lujuria de los soldados y de los caminantes, y de los mismos que yo satisfacía antes en las noches de juerga.
Objeto de placer en vida, objeto de placer en la agonía, ¿ésa ha sido mi vida? Pero os lo confieso Adonai, me gustaba hacerlo, ser objeto de placer y peor aún; y no obstante, el espantoso sufrimiento que ahora me atormenta; me gusta ser exhibida aquí, delante de todos, con mis intimidades al aire. Se que, secretamente, esos hombres están admirando mi cuerpo desnudo y maltratado, como si fuera un ídolo en un altar de dolor. Me he transformado en una diosa ofrendada con torturas y miradas concupiscentes. ¡Oh mi Dios! se que ese es Belcebú, que siempre ha estado dentro de mí y que mis pensamientos son blasfemos. No los puedo evitar mi señor; os pido perdón.
Evocación tengo la certidumbre de que por estas faltas merezco este suplicio, y es por eso que no me quejo ante la injusticia de esta pena; porque vos sabéis que no cometí el crimen que se me imputa, no he sido conspiradora contra el Cesar, ni la puta de mi adorado maestro el que es inocente de todas las calumnias que los sacerdotes le levantaron por envidia. Mi maestro me enseñó a perdonar, e incluso a amar a mis enemigos. Pues yo perdono a los que me hicieron esto, sobre todo porque en mi fuero interno, se que no es un castigo de los hombres, sino el tuyo Adonai, por mi lascivia y vanidad. Estoy en la cruz por un delito que no cometí, arriba de mi cabeza está puesta una tablilla escrita en griego y arameo que dice "Claudia, la puta del falso rey" Mi maestro no era falso, no fui su puta y no me llamo Claudia.
Los alaridos de las nubias me sacan de mis amargos pensamientos. Ellas, si se merecen la crucifixión según la ley de los hombres. Oí a los soldados que decían que eran hermanas, esclavas de la mujer de un centurión. Intentaron envenenar a su ama maltratadora y cruel, pero fueron descubiertas y delatadas por otra esclava. Ahora están ahí, pegadas de pecho al madero, con sus grandes y redondos culos de ébano a la vista de los curiosos. Una de ellas fue, además de sus tobillos y muñecas, claveteada de los pechos al patíbulo; berrea por el dolor y dice algo a su hermana en una lengua que desconozco, creo que la insulta; la debe culpar por lo que están padeciendo, tal vez por haber hecho las cosas mal o por tentarla en la empresa de llevar a cabo el homicidio que se frustró. La otra negra le contesta, también con furia. La bravata que se arrojan unas a otras las deja exhaustas y terminan aullando y llorando como dementes.
Yo, ya pasé por eso, y a pesar de la asfixia que atormenta mi pecho y garganta, me encuentro en paz. Me queda poco Adonay, para que me arranques de este valle de lágrimas. Recibe a esta, vuestra esclava Judit, que intentó, al final de su vida, compensar sus faltas de lascivia, vanidad y orgullo siguiendo las enseñanzas de mi adorado maestro. Siento como si una daga me estuviera atravesando por dentro los pulmones. La gente tiene razón, en los últimos instantes, el agónico recorre mentalmente los pasajes más relevantes de su vida.
Estoy viendo todo el periplo que culmina acá, arriba de esta cruz. El brillo enceguecedor del sol que hace que vea verde el moreno cuerpo de mis compañeras de suplicio, me obliga a cerrar los ojos irritados y retrocedo en el tiempo hasta el hogar de mi infancia. Veo a mi madre, mi hermano y yo cultivando el huerto y esperando a mi padre a que bajara de las montañas arriando las ovejas de Benjamín, el ganadero rico de esa parte del mar de galilea.
Yo era mayor que mi hermano y no obstante haber nacido mujer mi padre me adoraba tiernamente. Suya fue la idea de llamarme Judit, en homenaje a la patriota de nuestra nación que simuló ser una mujer fácil a fin de dar muerte al general enemigo de su país. Desde que tuve conciencia de él siempre recuerdo a mi padre prodigándome caricias, mimos y regalos. Recuerdo también, que había días en que salía temprano con su arco y flechas a las montañas, para cazar aves salvajes y no volvía hasta la noche. Después de las labores del día me divertía con mi hermano en juegos bruscos y masculinos, lo que no era bien visto por mi madre que sin embargo callaba en razón de ser yo la consentida de su marido.
Tendría unos 10 años de edad y mi hermano 8 cuando Belcebú apareció en mi vida mostrándome el néctar de la lujuria, el cual saboreé para no olvidarlo jamás. Estábamos en el campo y en una batalla simulada con mi hermano, este me arrojó una piedra con su onda, que golpeó fuerte y directo entre mis piernas, cerca del sexo. Caí al suelo desfallecida, me incorporé en unos minutos con dolor y sentí que un cálido líquido se derramaba debajo de mis ropas por mis piernas. Corrí y me oculté a la vista de mi hermano. Recogí mi túnica y vi una herida, justo arriba del agujero de mi sexo. Manaba algo de sangre, más no era profunda; algo de esa sangre caliente llegó a la hendidura de mi sexo, entonces unté una parte de mi vestido con agua del pozo y limpié la herida. Al pasar por mis intimidades un ligero cosquilleo se despertó. Seguí limpiando y el cosquilleo continuó creciendo; sentía una calidez dulce que me hizo morder los labios. Desde ese momento no paré de tocarme cuando me encontraba sola, lo que ocurría muy pocas veces ya que sino estaba mi madre, me acompañaba mi hermano.
Infancia… Vos sabéis Adonai que apenas amanecía y yo iba a buscar agua al pozo, el diablo se aparecía, recordándome lo dulce de las sensaciones de la entrepierna; era como tener un agradable sueño sin estar dormida o como flotar por los cielos. Ya no me interesaron los juegos bruscos con mi hermano y tuve aquella entretención privada y exclusiva para mí. Sospechaba mi Dios que era algo que te desagradaba. No ignoraba que tocarse el cuerpo de esa manera era un pecado. Había escuchado historias de mujeres perdidas y hombres degenerados de las ciudades, del mundo del vicio y la corrupción, de la perdición de otros pueblos y naciones y de los gentiles y griegos idólatras; todo un mundo oscuro y que me parecía lejano.
Este era mi secreto y nadie lo sabría, viviría así por siempre, con mi deleite solitario y que me hacía feliz. Pero mi Señor, vos me hicisteis saber que te era abominable y que yo era una perdida. Mi madre me descubrió un día en el campo cuando disfrutaba en soledad y con las piernas desnudas y abiertas de forma indecente. Su furia me aterrorizó y desnuda, debí sufrir mi primera azotaína, preludio minúsculo y anticipado de la que me darían antes de ser crucificada. Con la rama delgada de un árbol me golpeó hasta cansarse, haciéndome pedir piedad. En ese momento os pedí, Adonai, que me quitaras la vida para no experimentar aquella vergüenza, más tú no lo hiciste, dándome mi merecido. Mi madre dijo que ese era el primer paso para ser una golfa y que todo era culpa de lo consentida que estaba por mi padre.
El miedo se apoderó de mi ante la perspectiva de ser acusada ante él, no tanto por temor al castigo físico, como por la pena que le causaría; es más, estoy cierta de que no me habría golpeado; pero eso aparecía ante mis ojos más terrible todavía. Sin embargo, mi madre no me denunció y nunca volvió a hablar sobre el asunto. Pasó mucho tiempo antes de que volviera a tocarme de nuevo, y cada vez que lo hacía no podía dejar de sentir culpa y deleite a la vez. Observé a los animales del campo y reparé en su lubricidad, en el frotamiento que hacían de sus partes nobles. Todos lo hacían, todos disfrutaban del deleite; caballos, perros, cabras, ovejas y hasta las aves. Comprendí que era ese cosquilleo, el mismo que yo sentía, el que los motivaba y comprendí también que esa naturaleza animal era la que hacía pecadoras a las personas.
Las esporádicas salidas de mi padre a cazar aumentaron en número y ahora, junto a su arco y flechas, le acompañaba una espada corta de hierro. La causa de la patria era importante para él. Se había unido al partido celote y participaba en sus actividades subversivas en contra del invasor. Mi familia hubo de pagar caro su patriotismo un día, una tropa de soldados a caballo cayó sobre mi casa, la que fue quemada y todos nuestros animales muertos. Por intentar huir, mi hermano fue ultimado de un golpe de espada. Mi madre fue violada y crucificada desnuda, junto a mi padre, en ese mismo lugar y ante mi presencia. Vos sabéis, mi Dios, la locura que se apoderó de mi, una niña de diez años y tuvisteis piedad de tu sierva ya que ante tanto horror me desmayé.
Cuando desperté todo había quedado atrás, yo iba sobre la montura de un soldado y el incendio de mi casa y las dos cruces se veían a lo lejos. Esclava, fui vendida como esclava en un mercado de tiro. Me compró el magistrado Plinio Claudio. Fue así como llegué a tiberíades, muy cerca del lugar donde había nacido, en Galilea, a la finca de mí ahora amo. Fui destinada al servicio personal de la mujer de Plinio, Marcia, la que casi de inmediato me acogió como si fuera su hija. Plinio Claudio amaba a Marcia y procuraba satisfacerla en todo. Habían tenido dos hijos, pero ambos habían muerto en batalla sirviendo al Cesar; por esta razón los amos tenían un carácter triste y sombrío.
Mi presencia alegró la vida de Marcia, ya que para eso fui comprada por su marido, más, el propio Plinio fue indiferente conmigo como lo era con todos los esclavos, los que no pasaban de ser para él criaturas despreciables. Marcia me vistió con ropas y tocados romanos que me parecieron hermosos, haciéndome pensar que la vida de esclava no era tan abominable. Fui feliz con mi ama y ella conmigo, tanto, que comenzó a llamarme por el nombre de Claudia y cuando cumplí catorce años y me bajó la sangre, le pidió a su marido que me manumitiera y fuera adoptada como su hija, haciéndome ciudadana. Ese fue el único deseo que Plinio negó a su mujer, siendo inflexible.
A mi no me importó ya que era feliz con lo que tenía sirviendo a mi ama Marcia. Mi trabajo era agradable, vestía ropas bonitas, andaba perfumada y limpia, y se me permitía orar a vos, Adonai, el Dios de mis padres. Secretamente seguía tocándome en mis momentos de soledad; todo era perfecto. En el servicio de la casa había otra esclava, Kupta, la etíope. Su piel era oscura y su cabello brillante, largo y ensortijado, era silenciosa, de mirada enigmática; teníamos la misma edad.
Kupta era extraña para mí y me inspiraba desprecio el saber que venía de un país tan lejano. La gente decía que los habitantes al sur de Egipto, más allá de Nubia, eran similares a animales, andaban desnudos y adoraban toda clase de ídolos y demonios. Un día kupta me sorprendió tocándome, sólo me miró y nada dijo. Recordé la paliza que a los diez años había recibido de mi madre y temí le dijera al amo. En realidad no sabía qué pensaban los romanos ante ese tipo de pecados. Para mi pueblo, por el hecho de ser gentiles y paganos, ellos eran pecadores y se comentaba que en sus ciudades de occidente, en especial Roma, la sodomía y la lubricidad eran abundantes, mas yo nunca vi nada corrupto en la casa de los Claudio (al menos en aquella época), salvo los ídolos a los cuales oraban y ofrendaban. Kupta no me delató y me preguntaba la razón de ello.
En las caballerizas trabajaba Aulo, un esclavo de 20 años, que siempre me miraba. Pronto hube de saber que sus miradas eran de lujuria. En la tarde, después de mis labores, me permitían pasear por la finca. En una oportunidad me acerqué a las caballerizas y un ruido despertó mi curiosidad. Aulo apretaba el cuello a Kupta, casi ahogándola, mientras le arrancaba la túnica, babeándole la cara y los pecho. Fui presa del susto y salí corriendo de ese lugar. Al llegar a la casa, denuncié el hecho con el ama, quien les ordenó a dos esclavos que fueran a ver.
Cuando Plinio Claudio se enteró, dispuso que Aulo recibiera veinte azotes en presencia de todos los esclavos. Al tercer golpe, el joven Aulo comenzó a llorar como un niño, rogando que se detuvieran. Cada azote significaba un surco sanguinolento que me hizo retirar la mirada. Plinio, al advertir mi estupor, me ordenó con un gesto severo que debía ver el castigo. Ya me estabais mostrando Adonai, cual es el duro precio que ha de pagarse por la lujuria, mas vuestra sierva no supo o no quiso verlo.
Después de estos acontecimientos encontré en Kupta a una amiga. Este lazo se estrechó gracias a dos coincidencias que nos hizo sentir que éramos hermanas. Le descubrí, una noche, que oraba repitiendo la misma fórmula que mis padres me habían enseñado para invocarte, mi Señor. Le pregunté por aquello y entonces me reveló que oraba al Dios de sus padres. Cual no fue mi sorpresa al saber que el Dios de sus padres, era el dios de Abraham, es decir Vos, mi Señor. ¿Cómo podía ser eso?, ¿Quien se lo había enseñado? Me dijo que era el Dios de su país. Yo me extrañé, mas le creí y desde ese día ya no traté a Kupta como idólatra sino como una hermana de raza. A pesar de su devoción a vos, sus costumbres seguían siendo extrañas y practicaba ciertas blasfemias como hablar o invocar a sus antepasados.
La otra coincidencia que nos unió fue el misterio concupiscente de nuestras tocaciones en la vulva. Kupta me confesó que hacía lo mismo desde los 9 años. Fue como poner fin a la soledad que sentía. Al igual que yo, mi nueva amiga, había observado a los animales hacer lo mismo. Más ella no daba tanta importancia a su falta. Decía que en ciertas regiones de su país se castraba a las mujeres como al ganado, apenas la sangre bajaba, a fin de que nunca más pudieran sentir deleite. Eso me pareció cruel y atemorizante. Desde que descubrimos nuestras coincidencias, todas las noches y antes de comer, orábamos acompañándonos e incluso, vos ya lo sabéis mi Dios, pecábamos juntas con lo de las tocaciones.
Nunca más estuvimos separadas y mi felicidad fue en aumento. Mas dichos pecados no los dejasteis pasar y vuestra mano castigadora pronto se dejó caer, como se dejaría caer en múltiples ocasiones sin que yo escarmentara y aprendiera a contener mi lubricidad. Un día, Kupta acarició mis vergüenzas. Yo le devolví su dulce ternura haciendo lo mismo en su vulva. ¡Que delicioso era aquello! Soñé que viviría por siempre con Kupta, con mi nueva hermana, en este hogar y que el ama Marcia sería desde ahí y para siempre, nuestra solícita madre. Esta situación se mantuvo por tres años más, hasta que nuestra ama enfermó, contrajo la peste que se había extendido por toda Galilea y que ya se había llevado a cinco esclavos de la finca. El ama murió padeciendo fiebres y desvaríos, sumiéndonos, a Kupta y a mí, en una profunda melancolía.
Castigo cruel el horroroso alarido de la nubia clavada en los pechos, me saca de mis recuerdos. Su hermana se ha desmayado y le chorrean por sus piernas algunos restos de heces y orina. Sin duda ser débil, es una bendición en la cruz, y su desmayo constituye una tregua para su tormento. La otra negra es más fuerte y, a pesar de la tortura adicional de los clavos en sus tetas, se debate en un transe de dolor y angustia; lucha, agita la cabeza, resopla con furia, baja y levanta su gigante culo; mientras gotas de sudor que corren hacia abajo, le abrillantan su morena y fina espalda de nubia. “Dadme la muerte” -suplica llorando- “agua, por favor, agua, piedad, dadme agua” Como los soldados ya se fueron, no le darán agua.
Ella no lo sabe aún, pero así es mejor, ya que el final no se dilata tanto. Por lo demás, no le habrían dado de beber agua sino las orinas del caballo o las de los soldados, lo que a su vez habría aumentado su insufrible sed. Yo lo se, ya pasé por eso; tanta era la sequedad de mis labios y garganta que no me importó beber esa porquería, mas el suplicio de la sed se multiplicó por veinte. Ahora ya no necesito agua, no me importa la sed, el fin está a un paso, no tengo casi fuerzas para abrir los ojos. ¡Cuánta soledad hay en la agonía!, pero siempre estuvo esa soledad conmigo, salvo cuando vivían mis padres y luego con Kupta y mi ama Marcia.
A la muerte de su mujer, Plinio Claudio entristeció profundamente, y su indiferencia para con los esclavos fue creciendo. Dejó sus labores de magistrado y su trabajo en la finca. No salía de sus aposentos, no se aseaba y se lo pasaba bebiendo vino o durmiendo. Más esclavos murieron de peste y el desorden cundió dentro de la casa; otros más audaces, huyeron. Al amo no le importó. Ahora comprendo, Señor, que esa era vuestra mano severa para enseñarme que la lujuria a nada conduce y que es castigada por vos.
Una noche, una fuerte mano me sacó de mi camastro, me ató la boca para que mis gritos no se escucharan y fui arrastrada por el piso hasta afuera de la casa. Me ataron a un árbol y se me arrancó las vestiduras, la luz de la luna llena me reveló la cara furiosa de Aulo. Estaba poseído por la ira y la lujuria a la vez. Me abofeteó repetidas veces en la cara y mis pechos fueron estrujados con verdadera saña. Dijo que me haría pagar los azotes recibidos pero que antes me poseería. Lo hizo, con verdadera brutalidad vengativa. En esa oportunidad fui desflorada y hube de conocer a mi primer hombre en esa sombra de dolor. Aulo me babeaba en el cuello y mis pechos; he ahí la primera muestra que tuve de la locura que mis tetas causaban en la lascivia de los hombres; parecía descontrolado, casi un niño, y vislumbré, por un instante, la vulnerabilidad de los machos.
“Se que os gusta, golfa, he visto lo que hacen con la etíope, cómo os tocáis” Sin duda, al descubrir nuestros juegos, Aulo había caído presa de los apetitos que el diablo sabe despertar, he ahí la causa de la locura concupiscente que lo atacaba. Me seguía abofeteando hasta que descargó un puñetazo en mi blando vientre. Todo el aire salió de mis pulmones y caí de rodillas, desesperada por no poder reanudar la respiración. Aulo levantó su corta túnica griega, y vi por primera vez, las vergüenzas de un hombre. Me parecieron horribles. Era como una pequeña alimaña que tuviera pegada a su cuerpo, con vida propia y erguida para hacerme daño.
“Metedla en vuestra boca, golfa”. Me resistí, mi Señor, pero su mano apretó mi garganta cuando aún no me recuperaba del golpe en el vientre. Por unos instantes, con la lengua, alcancé a sentir el sabor, y también el hedor de ese miembro. De improviso, mi violador cayó al suelo; un golpe en la cabeza le había derribado. El amo Plinio, armado con una daga, le asestó una punzada en el muslo y ordenó a otros dos esclavos, que venían con él, que le encadenaran y encerraran. El amo cubrió mi cuerpo con la túnica y me llevó dentro de la casa. Fue amable como nunca lo había sido y me extrañó. Kupta y yo no existíamos para él y ni nos miraba.
Al amanecer, todos los esclavos que quedábamos en la finca, fuimos convocados en los jardines por Plinio, quien nos señaló que aún seguía siendo el domino de esa propiedad y que no toleraría desórdenes, ni deslealtades de ningún sucio esclavo. Nuevamente Adonai, me disteis una muestra de cómo terminaría mi vida y de las consecuencias que la lascivia acarrea a las personas. Aulo fue traído a nuestra presencia. Estaba muy asustado y agotado por la herida y el haber estado toda la noche encadenado. Le arrancaron las vestiduras, las que fueron quemadas. Nuevamente, y a la luz del día, hube de mirar el sexo masculino, mas ya no me parecía repugnante ni temible, sino que me inspiró compasión al ver a Aulo despojado de todo y pronto a ser despojado además, y de una manera afrentosa, de su vida. Parecía un pollo desplumado.
Fue atado a un árbol para ser azotado brutalmente en la espalda. Luego se le cambió de posición para seguir el vapuleo por delante. Cuarenta latigazos fueron en total. Lloraba y chillaba como un niño. A cada golpe imploraba piedad, mas Plinio Claudio, fue inflexible como siempre. Cuando la azotaína terminó, fue acostado en el suelo, de espaldas, para ser clavado al patíbulo en las muñecas. Luego levantado y puesto en el árbol que se encontraba en el centro del jardín. Su tronco hizo de stepe o poste vertical y en él sus tobillos quedaron clavados y con las piernas flectadas. El sanguinario espectáculo me hizo cerrar los ojos y llorar, y quise salir corriendo, mas el amo, como la vez anterior, me obligó a quedarme y remarcó para los demás que ningún esclavo se movería hasta que Aulo estuviera muerto.
Los aullidos del crucificado me destrozaron por dentro y recordé la atroz muerte de mis padres. Ahora veo con claridad, Adonai, que mi congoja de ese momento, se debía a que vos me rebelabais el futuro que me esperaba. Los gritos duraron media hora hasta que cesaron cuando Aulo se desvaneció. Su agonía duró todo el día y expiró al atardecer. Su cuerpo fue bajado y Plinio ordenó que fuera tirado en el basural de la ciudad de tiberíades, sin ser sepultado, sin mortaja y desnudo para que fuera devorado por las ratas y los buitres. Tuvisteis mejor suerte que yo, Aulo, ya que a mi me dejarán colgada aquí y mi cuerpo se corromperá y será comido por las aves a la vista de todos los que transiten por el camino que pasa por el basural de Jerusalén. Como no seré sepultada, no iré al seol y vagaré sin tener rumbo como es la suerte de todos los insepultos. Tal vez nos encontremos Aulo, y si así sucede yo os pediré perdón y os perdonaré por lo que me hicisteis.
Durante el suplicio, Aulo nos acusaba, a Kupta y a mí, de ser golfas y de tocarnos las vergüenzas mutuamente. Ambas sentimos temor de que el amo nos castigara también, después de todo, no obstante ser pagano e idólatra, el amo deseaba restablecer el orden y la autoridad en la finca, y nuestra impudicia, al igual que la de Aulo, era un atentado a ese orden. Plinio nos miró con un rostro inexpresivo; nada aconteció y respiramos aliviadas. Al día siguiente de la crucifixión, fui llamada por Plinio a sus aposentos. Me ordenó quitarme la ropa; luego explicó que la violación de que había sido víctima no representaba lo que era un hombre, al menos no uno como él, un patricio romano y no un bárbaro, sucio y cobarde esclavo como Aulo. Me dijo que practicaría conmigo los jugueteos del amor y que no tuviera miedo. Si resultaba satisfecho me recompensaría.
Al comenzar a acariciar mi piel, instintivamente traté de esquivarle a lo que él reaccionó jalándome del cabello y advirtiendo que no toleraría insubordinaciones de ningún otro esclavo. Yo me dejé hacer y la verdad, mi Dios, con vergüenza he de confesar que me gustó. Fue tierno y delicado, nada bruto como Aulo; me colmó de besos y de suaves caricias por todo el cuerpo. Sobajeó mi flor y la lamió con destreza y cuidado. Por primera vez experimenté el deseo de ser poseída y, puedo decir con propiedad, que Plinio Claudio fue mi primer amante. Este hecho se repitió muchas veces y fui recompensada con joyas y vestidos romanos que me hacían ver bella y destacar mi figura. Llamó a dos esclavas de la finca para mi servicio personal. Ya me sentía la matrona de la casa, cuando descubrí, un día, que mi amo también llamaba a sus aposentos a Kupta para hacerle el amor. Un rostro descompuesto debo haber revelado cuando los encontré en su cama, ya que Plinio se acercó a mí y me abofeteó. Rasgó mi vestido dejando un pecho descubierto y, apretando con sus dedos mi pezón, dijo: nunca oséis interrumpirme sucia esclava. Sólo eso sois, una sucia esclava y, si me da la gana, os mando a crucificar tan sólo para divertirme.
Esa fue otra de vuestras advertencias mi Dios, otro remezón para que entendiera cómo pecaba al ser vanidosa. La tristeza me embargó y lloré amargamente. Por mucho tiempo no fui llamada a los aposentos y Kupta comenzó a lucir las joyas, vestidos y tocados elegantes que yo antes gozara. Ya no hablábamos y nos olvidamos de orarte, Adonay. Cuando pensé que perdía a mi hermana la hube de recuperar, gracias al mismo Plinio Claudio y su tiranía. Lujuria y desenfreno ordenaba la cocina cuando el amo tocó mi hombro por detrás y me ordenó seguirle. Nos dirigimos a sus aposentos. Cuál no fue mi sorpresa cuando vi a Kupta, tendida en la cama de Plinio, adornada con todas sus joyas y desnuda. Para ella la sorpresa fue mayor al verme entrar detrás de nuestro dómino. Hizo un mohín de fastidio el cual fue sancionado al instante; él comenzó a estrangularla del cuello hasta casi perder el conocimiento. Cuando ya estaba al límite, la soltó y asestó un fuerte cachetazo sobre su rostro, “no quiero malas caras, ¿oísteis esclava?” Kupta hubo de responder afirmativamente con la cabeza.
Cuando nos tuvo a ambas desnudas, frente a frente, nos mandó tocarnos mutuamente el sexo. Automáticamente miramos a nuestro dueño, y él se limitó a encostrarnos nuestros secretos vicios. Lo hicimos delante de él y, por sus instrucciones, hubimos de agregar besos en la boca y caricias en las tetas, lo que jamás habíamos hecho antes. Luego se incorporó él, formando los tres, un triángulo digno de un nido de serpientes. Después de ese hecho Kupta lloró desconsolada, lo que me apenó, ya que estaba bebiendo el mismo amargo trago que yo había bebido antes. Nos reconciliamos y lloramos juntas nuestras aflicciones, para confesarnos, posteriormente, que el episodio nos había sido placentero a pesar de todo. Si bien, el desorden y la desidia de los esclavos de la finca, habían terminado con el escarmiento que significó la crucifixión de Aulo, no fue así con el mismo Plinio Claudio, quien se entregó a la pereza y a constantes orgías y fiestas donde se gastaba su patrimonio en vino, rameras y comida.
Cuando Kupta y yo cumplimos 17 años, el amo nos incorporó a sus periódicas juergas, a las que asistían autoridades locales, ricos hacendados, ganaderos y mercaderes; así como rameras, jóvenes sirvientes y saltimbanquis contratados. En esas fiestas dimos rienda suelta a nuestra lubricidad y aprendimos lo que para mí eran los secretos que ocultaban los pecadores. El vino nos desinhibía, sin que el amo tuviera necesidad de sus terribles amenazas. Bailábamos desnudas al ritmo de la música de los panderos, moviendo nuestros vientres y pechos para el placer de esos maduros y poderosos hombres gordos. El trasero de ébano de Kupta y mis grandes y ubérrimos pechos volvían locos a aquellos lujuriosos, que nos colmaban con joyas y regalos para estimular nuestra pecaminosa conducta. Nos sentimos, en cierta forma, poderosas en nuestra hermosura de hembras, y en realidad lo éramos; más de alguna vez, hombres que frecuentaban las orgías, desataban pasiones por nosotras, enamoramientos que solamente eran un engaño de Satanás para que dilapidaran su dinero y deterioraran su cuerpo. Éramos las ministras del diablo y los hombres nos rendían culto como a ídolos de piedra. No era felicidad lo que experimentábamos, mi Dios, no se parecía en nada a cuando vivía con mi familia o cuando estaba viva el ama Marcia, más, nos gustaba y nos volvía eufóricas en una exaltación de vida que por debajo llevaba tan sólo tristeza y muerte.
Aprendimos a degustar cosas que nunca nos imaginamos poder hacer, como beber la líquida simiente de los machos delante de todos, hartarnos con vino, o dejarnos poseer por una docena de hombres consecutivamente y a la vista de los restantes que esperaban su turno. Nos convertimos en animales ávidos sólo de satisfacer nuestros deseos más inmediatos y ruines. El despilfarro de la hacienda era enorme, mientras en toda Galilea la peste continuaba cobrando víctimas sin distinción de nación, riqueza u origen. Muchos esclavos de la casa murieron, mas al tener más cerca a la muerte, el desenfreno de nuestra vida nos llevaba por derroteros directos al infierno. Decidimos con Kupta, asumir nuestra condición de lujuriosas mujeres perdidas y nos olvidamos definitivamente de vos, Adonai. No nos importó el desprecio del resto, ya que vivíamos en la casa de un rico funcionario del Cesar y nos creímos compartiendo su poder. Toda la euforia que experimentaba Plinio Claudio, no era más que una forma de vivir su soledad y melancolía; y cuando no se encontraba alegre era un tirano cruel que no toleraba deslealtades reprimiendo con sangre cualquier falta o desobediencia de sus esclavos; lo que era válido también para nosotras.
Siguieron las orgías, siguieron huyendo esclavos y muriendo otros de peste y siguió el empobrecimiento suicida de Plinio; hasta que un día, el amo ya no pudo levantarse de la cama preso de las fiebres. La peste lo había alcanzado y su piel se llenó de pústulas desagradables a la vista. Los esclavos no quisieron atenderlo y huyeron temerosos del contagio. Se había quedado solo. En un intervalo de lucidez nos prohibió que entráramos a sus aposentos. Su orgullo y soberbia de romano le hacía insoportable que lo vieran en ese estado y terminó abriéndose las venas. Cuando ello ocurrió, hubo otra fuga de esclavos y quedamos en la finca tres mujeres, Kupta y yo. Quemamos el cuerpo de nuestro amo Plinio Claudio en una pira a la usanza pagana ya que esa fue su última voluntad. Después de 6 meses, llegó desde la ciudad de Tiro, Quinto Claudio, hermano de Plinio, a reclamar la herencia. Pero las múltiples deudas de la finca, sumado a la posibilidad de contagio, hicieron a Quinto, ordenar la quema de la casa y sus utensilios, y vender en pública subasta todo el resto de la propiedad.
Las cinco esclavas que quedábamos fuimos llevadas a un mercado de Cesarea en la costa de la Palestina, para ser vendidas. Nuestro precio era muy bajo considerando que veníamos de Tiberíades, pero de una finca afectada por la peste y pocos se interesaron en adquirirnos. Al cabo de tres días en que fuimos ofrecidas, Kupta y las otras fueron compradas por un comerciante cretense de paso por el puerto de Cesarea. Me despedí de mi amiga con lágrimas y nunca más la volví a ver. Yo quedé en el mercado a la espera de un nuevo amo, y transcurrieron otros tres días, lo que hizo que el comisionista estuviera de mal humor. La subasta se hacía en el atrio de un templo al que llegaba la multitud, no sólo a participar en las subastas, sino a curiosear. Yo estaba encadenada, con argollas en los tobillos, muñecas y cuello. Previamente se me había ordenado maquillar mis ojos y las areolas y pezones de mis senos, lo que me hizo pensar me ofrecerían desnuda a los postores, mas no fue así.
Transcurrió el tiempo y nadie atendió el ofrecimiento que de mí, hacía el comisionista, lo que provocó que se impacientara. En un arranque de cólera, el hombre rasgó mi vestido dejando a la vista de la multitud, mis voluminosos pechos. Entonces comprendí la razón de maquillar mis pezones con pintura egipcia. De inmediato, los hombres aumentaron en número y el comisionista comenzó a destacar mis virtudes físicas. Me ordenó que debiera mover los hombros para que las tetas colgantes se balancearan. Traté de hacerlo, pero la vergüenza me paralizó, ante lo cual descargó un fustazo en mis redondeles y él mismo, propinándome manotazos, hizo que los pechos bambolearan acompasadamente. Las mujeres que pasaban por la calle se tapaban la cara por la vergüenza ajena, lo que me hizo ruborizar y sentir humillada. La turba de hombres comenzó a gritar groserías y yo cerré los ojos . Pero cuando el vocerío fue en aumento, debo deciros mi señor, que dicho rumor de machos deseosos me gustó. Me sentí admirada y por sobre esa multitud . La brisa que sentí en la piel de mis pechos, fue como la confirmación de que era una reina para esos hombres. No supe ver que ese era un regalo del diablo, del cual pronto vos volveríais a ponerme en alerta.
Cuando ya las manos comenzaban de nuevo a ofrecer posturas, alguien previno a los compradores que yo venía de una finca de Galilea en que la totalidad de sus esclavos, junto a los amos, habían muerto por la peste. El entusiasmo decayó al instante, mas los hombres no se movieron y continuaron mirándome, lo que enfureció al comisionista que me abofeteó, llamándome esclava apestosa. Un hombre gordo y moreno levantó su mano y ofreció un precio. Pude oír que era el dueño de un lenocinio. No hubo otra postura. Aquel hombre estuvo a punto de llevarme cuando la plaza se volvió a llenar de gente. Otra turba de mujeres y hombres pasaba por la calle encabezada por un hombre seguido de otros que parecían ser sus amigos cercanos. Todos les habría paso con respeto. Esa multitud casi no se percataba de la subasta que se estaba dando en el atrio distrayendo la atención de los postores y curiosos y, por unos segundos, yo y mis senos fuimos olvidados.
La turba advenediza siguió marchando por la calle hasta que se detuvo de improviso. El hombre que la lideraba se paró mirando al suelo, giró su cabeza y observó derecho hacia donde yo estaba; se quedó así unos segundos y luego le dijo algo al oído a uno que tenía a su lado. Este, se abrió paso entre la multitud expectante hasta llegar a los pies del atrio y preguntó al comisionista de qué se trataba mi exposición pública. Cuando fue satisfecha su pregunta, volvió donde el otro hombre y le habló al oído. Entonces hubo un revuelo entre la gente. Comenzó a recolectar monedas hasta llenar un pequeño saquito, volvió de nuevo al atrio y dijo al comisionista: “mi nombre es Judas Iscariote, y compro a la esclava” le arrojó el saquito con monedas de plata y me tomó de las cadenas bajándome del atrio. Mi nuevo amo, Judas, cubrió la desnudez de mi torso con una manta que él llevaba sobre el hombro y me mandó que lo siguiera. Aquel fue el primer encuentro con mi maestro y una más de vuestras señales, Adonai.
Mojada por fuera, seca por dentro, ¡qué ironía¡ Ya no puedo gritar, se me va la vida en pequeñas exhalaciones, ¡oh Adonai! no me das la muerte, ¡qué larga resulta esta agonía! Me parecen años desde que me izaron en la cruz hasta ahora, y tan sólo ha transcurrido un cuarto de hora. Al principio me desmayaba y volvía a despertar por el espantoso dolor, ¡qué caos, Dios mió! el sufrimiento me dormía, el sufrimiento me despertaba. Nada podía calmar el dolor; ni los gritos de cerda en el matadero, ni la baba que se me escapaba al chillar, ni el sudor frío, ni la orina ni las heces, ni el cerrar ni el abrir los ojos, ni el retorcimiento de mi cuerpo tratando de acomodarme buscando la postura menos dolorosa; nada, absolutamente nada.
Ya todo está pasando, Adonai, sois vos quien me está dando la muerte que tanto deseo. Ya no tengo fuerzas ni para sufrir y el descanso final se acerca, ¡gracias os doy mi Dios, por eso! Los soldados ya se fueron, cansados de ser crueles y de satisfacer sus instintos de machos brutales, no había tanta necesidad de vigilar y de contener a los curiosos. Poca es la gente que transita por este lado del basural ya que es la parte más inmunda de él. Puedo ver a unos cinco o seis hombres que no paran de mirar mi sufrimiento y mi cuerpo desnudo. Se que los embarga la lujuria, conozco a los hombres.
Un poco más allá, atrás de ellos, cubriéndose en parte con un matorral raquítico, está un joven. Se manosea el sexo mirando a las dos nubias crucificadas desnudas frente a mí. Ellas acaban de ser clavadas y sus gritos me parecen horribles, así deben de haber sido los míos al principio. Las nubias están crucificadas de pecho, de la manera tradicional, como se cuelga a las mujeres; sus gigantescos traseros de negra están a la vista, brillantes y cruzados por las marcas del látigo. Yo, en cambio, estoy de espalda, como son crucificados los hombres, como fue colgado mi maestro. Lo hicieron así para avergonzarrne, para que todos vieran mis grandes tetas, mi vientre blanco y mi sexo peludo, para satisfacer así la sanguinaria lujuria de los soldados y de los caminantes, y de los mismos que yo satisfacía antes en las noches de juerga.
Objeto de placer en vida, objeto de placer en la agonía, ¿ésa ha sido mi vida? Pero os lo confieso Adonai, me gustaba hacerlo, ser objeto de placer y peor aún; y no obstante, el espantoso sufrimiento que ahora me atormenta; me gusta ser exhibida aquí, delante de todos, con mis intimidades al aire. Se que, secretamente, esos hombres están admirando mi cuerpo desnudo y maltratado, como si fuera un ídolo en un altar de dolor. Me he transformado en una diosa ofrendada con torturas y miradas concupiscentes. ¡Oh mi Dios! se que ese es Belcebú, que siempre ha estado dentro de mí y que mis pensamientos son blasfemos. No los puedo evitar mi señor; os pido perdón.
Evocación tengo la certidumbre de que por estas faltas merezco este suplicio, y es por eso que no me quejo ante la injusticia de esta pena; porque vos sabéis que no cometí el crimen que se me imputa, no he sido conspiradora contra el Cesar, ni la puta de mi adorado maestro el que es inocente de todas las calumnias que los sacerdotes le levantaron por envidia. Mi maestro me enseñó a perdonar, e incluso a amar a mis enemigos. Pues yo perdono a los que me hicieron esto, sobre todo porque en mi fuero interno, se que no es un castigo de los hombres, sino el tuyo Adonai, por mi lascivia y vanidad. Estoy en la cruz por un delito que no cometí, arriba de mi cabeza está puesta una tablilla escrita en griego y arameo que dice "Claudia, la puta del falso rey" Mi maestro no era falso, no fui su puta y no me llamo Claudia.
Los alaridos de las nubias me sacan de mis amargos pensamientos. Ellas, si se merecen la crucifixión según la ley de los hombres. Oí a los soldados que decían que eran hermanas, esclavas de la mujer de un centurión. Intentaron envenenar a su ama maltratadora y cruel, pero fueron descubiertas y delatadas por otra esclava. Ahora están ahí, pegadas de pecho al madero, con sus grandes y redondos culos de ébano a la vista de los curiosos. Una de ellas fue, además de sus tobillos y muñecas, claveteada de los pechos al patíbulo; berrea por el dolor y dice algo a su hermana en una lengua que desconozco, creo que la insulta; la debe culpar por lo que están padeciendo, tal vez por haber hecho las cosas mal o por tentarla en la empresa de llevar a cabo el homicidio que se frustró. La otra negra le contesta, también con furia. La bravata que se arrojan unas a otras las deja exhaustas y terminan aullando y llorando como dementes.
Yo, ya pasé por eso, y a pesar de la asfixia que atormenta mi pecho y garganta, me encuentro en paz. Me queda poco Adonay, para que me arranques de este valle de lágrimas. Recibe a esta, vuestra esclava Judit, que intentó, al final de su vida, compensar sus faltas de lascivia, vanidad y orgullo siguiendo las enseñanzas de mi adorado maestro. Siento como si una daga me estuviera atravesando por dentro los pulmones. La gente tiene razón, en los últimos instantes, el agónico recorre mentalmente los pasajes más relevantes de su vida.
Estoy viendo todo el periplo que culmina acá, arriba de esta cruz. El brillo enceguecedor del sol que hace que vea verde el moreno cuerpo de mis compañeras de suplicio, me obliga a cerrar los ojos irritados y retrocedo en el tiempo hasta el hogar de mi infancia. Veo a mi madre, mi hermano y yo cultivando el huerto y esperando a mi padre a que bajara de las montañas arriando las ovejas de Benjamín, el ganadero rico de esa parte del mar de galilea.
Yo era mayor que mi hermano y no obstante haber nacido mujer mi padre me adoraba tiernamente. Suya fue la idea de llamarme Judit, en homenaje a la patriota de nuestra nación que simuló ser una mujer fácil a fin de dar muerte al general enemigo de su país. Desde que tuve conciencia de él siempre recuerdo a mi padre prodigándome caricias, mimos y regalos. Recuerdo también, que había días en que salía temprano con su arco y flechas a las montañas, para cazar aves salvajes y no volvía hasta la noche. Después de las labores del día me divertía con mi hermano en juegos bruscos y masculinos, lo que no era bien visto por mi madre que sin embargo callaba en razón de ser yo la consentida de su marido.
Tendría unos 10 años de edad y mi hermano 8 cuando Belcebú apareció en mi vida mostrándome el néctar de la lujuria, el cual saboreé para no olvidarlo jamás. Estábamos en el campo y en una batalla simulada con mi hermano, este me arrojó una piedra con su onda, que golpeó fuerte y directo entre mis piernas, cerca del sexo. Caí al suelo desfallecida, me incorporé en unos minutos con dolor y sentí que un cálido líquido se derramaba debajo de mis ropas por mis piernas. Corrí y me oculté a la vista de mi hermano. Recogí mi túnica y vi una herida, justo arriba del agujero de mi sexo. Manaba algo de sangre, más no era profunda; algo de esa sangre caliente llegó a la hendidura de mi sexo, entonces unté una parte de mi vestido con agua del pozo y limpié la herida. Al pasar por mis intimidades un ligero cosquilleo se despertó. Seguí limpiando y el cosquilleo continuó creciendo; sentía una calidez dulce que me hizo morder los labios. Desde ese momento no paré de tocarme cuando me encontraba sola, lo que ocurría muy pocas veces ya que sino estaba mi madre, me acompañaba mi hermano.
Infancia… Vos sabéis Adonai que apenas amanecía y yo iba a buscar agua al pozo, el diablo se aparecía, recordándome lo dulce de las sensaciones de la entrepierna; era como tener un agradable sueño sin estar dormida o como flotar por los cielos. Ya no me interesaron los juegos bruscos con mi hermano y tuve aquella entretención privada y exclusiva para mí. Sospechaba mi Dios que era algo que te desagradaba. No ignoraba que tocarse el cuerpo de esa manera era un pecado. Había escuchado historias de mujeres perdidas y hombres degenerados de las ciudades, del mundo del vicio y la corrupción, de la perdición de otros pueblos y naciones y de los gentiles y griegos idólatras; todo un mundo oscuro y que me parecía lejano.
Este era mi secreto y nadie lo sabría, viviría así por siempre, con mi deleite solitario y que me hacía feliz. Pero mi Señor, vos me hicisteis saber que te era abominable y que yo era una perdida. Mi madre me descubrió un día en el campo cuando disfrutaba en soledad y con las piernas desnudas y abiertas de forma indecente. Su furia me aterrorizó y desnuda, debí sufrir mi primera azotaína, preludio minúsculo y anticipado de la que me darían antes de ser crucificada. Con la rama delgada de un árbol me golpeó hasta cansarse, haciéndome pedir piedad. En ese momento os pedí, Adonai, que me quitaras la vida para no experimentar aquella vergüenza, más tú no lo hiciste, dándome mi merecido. Mi madre dijo que ese era el primer paso para ser una golfa y que todo era culpa de lo consentida que estaba por mi padre.
El miedo se apoderó de mi ante la perspectiva de ser acusada ante él, no tanto por temor al castigo físico, como por la pena que le causaría; es más, estoy cierta de que no me habría golpeado; pero eso aparecía ante mis ojos más terrible todavía. Sin embargo, mi madre no me denunció y nunca volvió a hablar sobre el asunto. Pasó mucho tiempo antes de que volviera a tocarme de nuevo, y cada vez que lo hacía no podía dejar de sentir culpa y deleite a la vez. Observé a los animales del campo y reparé en su lubricidad, en el frotamiento que hacían de sus partes nobles. Todos lo hacían, todos disfrutaban del deleite; caballos, perros, cabras, ovejas y hasta las aves. Comprendí que era ese cosquilleo, el mismo que yo sentía, el que los motivaba y comprendí también que esa naturaleza animal era la que hacía pecadoras a las personas.
Las esporádicas salidas de mi padre a cazar aumentaron en número y ahora, junto a su arco y flechas, le acompañaba una espada corta de hierro. La causa de la patria era importante para él. Se había unido al partido celote y participaba en sus actividades subversivas en contra del invasor. Mi familia hubo de pagar caro su patriotismo un día, una tropa de soldados a caballo cayó sobre mi casa, la que fue quemada y todos nuestros animales muertos. Por intentar huir, mi hermano fue ultimado de un golpe de espada. Mi madre fue violada y crucificada desnuda, junto a mi padre, en ese mismo lugar y ante mi presencia. Vos sabéis, mi Dios, la locura que se apoderó de mi, una niña de diez años y tuvisteis piedad de tu sierva ya que ante tanto horror me desmayé.
Cuando desperté todo había quedado atrás, yo iba sobre la montura de un soldado y el incendio de mi casa y las dos cruces se veían a lo lejos. Esclava, fui vendida como esclava en un mercado de tiro. Me compró el magistrado Plinio Claudio. Fue así como llegué a tiberíades, muy cerca del lugar donde había nacido, en Galilea, a la finca de mí ahora amo. Fui destinada al servicio personal de la mujer de Plinio, Marcia, la que casi de inmediato me acogió como si fuera su hija. Plinio Claudio amaba a Marcia y procuraba satisfacerla en todo. Habían tenido dos hijos, pero ambos habían muerto en batalla sirviendo al Cesar; por esta razón los amos tenían un carácter triste y sombrío.
Mi presencia alegró la vida de Marcia, ya que para eso fui comprada por su marido, más, el propio Plinio fue indiferente conmigo como lo era con todos los esclavos, los que no pasaban de ser para él criaturas despreciables. Marcia me vistió con ropas y tocados romanos que me parecieron hermosos, haciéndome pensar que la vida de esclava no era tan abominable. Fui feliz con mi ama y ella conmigo, tanto, que comenzó a llamarme por el nombre de Claudia y cuando cumplí catorce años y me bajó la sangre, le pidió a su marido que me manumitiera y fuera adoptada como su hija, haciéndome ciudadana. Ese fue el único deseo que Plinio negó a su mujer, siendo inflexible.
A mi no me importó ya que era feliz con lo que tenía sirviendo a mi ama Marcia. Mi trabajo era agradable, vestía ropas bonitas, andaba perfumada y limpia, y se me permitía orar a vos, Adonai, el Dios de mis padres. Secretamente seguía tocándome en mis momentos de soledad; todo era perfecto. En el servicio de la casa había otra esclava, Kupta, la etíope. Su piel era oscura y su cabello brillante, largo y ensortijado, era silenciosa, de mirada enigmática; teníamos la misma edad.
Kupta era extraña para mí y me inspiraba desprecio el saber que venía de un país tan lejano. La gente decía que los habitantes al sur de Egipto, más allá de Nubia, eran similares a animales, andaban desnudos y adoraban toda clase de ídolos y demonios. Un día kupta me sorprendió tocándome, sólo me miró y nada dijo. Recordé la paliza que a los diez años había recibido de mi madre y temí le dijera al amo. En realidad no sabía qué pensaban los romanos ante ese tipo de pecados. Para mi pueblo, por el hecho de ser gentiles y paganos, ellos eran pecadores y se comentaba que en sus ciudades de occidente, en especial Roma, la sodomía y la lubricidad eran abundantes, mas yo nunca vi nada corrupto en la casa de los Claudio (al menos en aquella época), salvo los ídolos a los cuales oraban y ofrendaban. Kupta no me delató y me preguntaba la razón de ello.
En las caballerizas trabajaba Aulo, un esclavo de 20 años, que siempre me miraba. Pronto hube de saber que sus miradas eran de lujuria. En la tarde, después de mis labores, me permitían pasear por la finca. En una oportunidad me acerqué a las caballerizas y un ruido despertó mi curiosidad. Aulo apretaba el cuello a Kupta, casi ahogándola, mientras le arrancaba la túnica, babeándole la cara y los pecho. Fui presa del susto y salí corriendo de ese lugar. Al llegar a la casa, denuncié el hecho con el ama, quien les ordenó a dos esclavos que fueran a ver.
Cuando Plinio Claudio se enteró, dispuso que Aulo recibiera veinte azotes en presencia de todos los esclavos. Al tercer golpe, el joven Aulo comenzó a llorar como un niño, rogando que se detuvieran. Cada azote significaba un surco sanguinolento que me hizo retirar la mirada. Plinio, al advertir mi estupor, me ordenó con un gesto severo que debía ver el castigo. Ya me estabais mostrando Adonai, cual es el duro precio que ha de pagarse por la lujuria, mas vuestra sierva no supo o no quiso verlo.
Después de estos acontecimientos encontré en Kupta a una amiga. Este lazo se estrechó gracias a dos coincidencias que nos hizo sentir que éramos hermanas. Le descubrí, una noche, que oraba repitiendo la misma fórmula que mis padres me habían enseñado para invocarte, mi Señor. Le pregunté por aquello y entonces me reveló que oraba al Dios de sus padres. Cual no fue mi sorpresa al saber que el Dios de sus padres, era el dios de Abraham, es decir Vos, mi Señor. ¿Cómo podía ser eso?, ¿Quien se lo había enseñado? Me dijo que era el Dios de su país. Yo me extrañé, mas le creí y desde ese día ya no traté a Kupta como idólatra sino como una hermana de raza. A pesar de su devoción a vos, sus costumbres seguían siendo extrañas y practicaba ciertas blasfemias como hablar o invocar a sus antepasados.
La otra coincidencia que nos unió fue el misterio concupiscente de nuestras tocaciones en la vulva. Kupta me confesó que hacía lo mismo desde los 9 años. Fue como poner fin a la soledad que sentía. Al igual que yo, mi nueva amiga, había observado a los animales hacer lo mismo. Más ella no daba tanta importancia a su falta. Decía que en ciertas regiones de su país se castraba a las mujeres como al ganado, apenas la sangre bajaba, a fin de que nunca más pudieran sentir deleite. Eso me pareció cruel y atemorizante. Desde que descubrimos nuestras coincidencias, todas las noches y antes de comer, orábamos acompañándonos e incluso, vos ya lo sabéis mi Dios, pecábamos juntas con lo de las tocaciones.
Nunca más estuvimos separadas y mi felicidad fue en aumento. Mas dichos pecados no los dejasteis pasar y vuestra mano castigadora pronto se dejó caer, como se dejaría caer en múltiples ocasiones sin que yo escarmentara y aprendiera a contener mi lubricidad. Un día, Kupta acarició mis vergüenzas. Yo le devolví su dulce ternura haciendo lo mismo en su vulva. ¡Que delicioso era aquello! Soñé que viviría por siempre con Kupta, con mi nueva hermana, en este hogar y que el ama Marcia sería desde ahí y para siempre, nuestra solícita madre. Esta situación se mantuvo por tres años más, hasta que nuestra ama enfermó, contrajo la peste que se había extendido por toda Galilea y que ya se había llevado a cinco esclavos de la finca. El ama murió padeciendo fiebres y desvaríos, sumiéndonos, a Kupta y a mí, en una profunda melancolía.
Castigo cruel el horroroso alarido de la nubia clavada en los pechos, me saca de mis recuerdos. Su hermana se ha desmayado y le chorrean por sus piernas algunos restos de heces y orina. Sin duda ser débil, es una bendición en la cruz, y su desmayo constituye una tregua para su tormento. La otra negra es más fuerte y, a pesar de la tortura adicional de los clavos en sus tetas, se debate en un transe de dolor y angustia; lucha, agita la cabeza, resopla con furia, baja y levanta su gigante culo; mientras gotas de sudor que corren hacia abajo, le abrillantan su morena y fina espalda de nubia. “Dadme la muerte” -suplica llorando- “agua, por favor, agua, piedad, dadme agua” Como los soldados ya se fueron, no le darán agua.
Ella no lo sabe aún, pero así es mejor, ya que el final no se dilata tanto. Por lo demás, no le habrían dado de beber agua sino las orinas del caballo o las de los soldados, lo que a su vez habría aumentado su insufrible sed. Yo lo se, ya pasé por eso; tanta era la sequedad de mis labios y garganta que no me importó beber esa porquería, mas el suplicio de la sed se multiplicó por veinte. Ahora ya no necesito agua, no me importa la sed, el fin está a un paso, no tengo casi fuerzas para abrir los ojos. ¡Cuánta soledad hay en la agonía!, pero siempre estuvo esa soledad conmigo, salvo cuando vivían mis padres y luego con Kupta y mi ama Marcia.
A la muerte de su mujer, Plinio Claudio entristeció profundamente, y su indiferencia para con los esclavos fue creciendo. Dejó sus labores de magistrado y su trabajo en la finca. No salía de sus aposentos, no se aseaba y se lo pasaba bebiendo vino o durmiendo. Más esclavos murieron de peste y el desorden cundió dentro de la casa; otros más audaces, huyeron. Al amo no le importó. Ahora comprendo, Señor, que esa era vuestra mano severa para enseñarme que la lujuria a nada conduce y que es castigada por vos.
Una noche, una fuerte mano me sacó de mi camastro, me ató la boca para que mis gritos no se escucharan y fui arrastrada por el piso hasta afuera de la casa. Me ataron a un árbol y se me arrancó las vestiduras, la luz de la luna llena me reveló la cara furiosa de Aulo. Estaba poseído por la ira y la lujuria a la vez. Me abofeteó repetidas veces en la cara y mis pechos fueron estrujados con verdadera saña. Dijo que me haría pagar los azotes recibidos pero que antes me poseería. Lo hizo, con verdadera brutalidad vengativa. En esa oportunidad fui desflorada y hube de conocer a mi primer hombre en esa sombra de dolor. Aulo me babeaba en el cuello y mis pechos; he ahí la primera muestra que tuve de la locura que mis tetas causaban en la lascivia de los hombres; parecía descontrolado, casi un niño, y vislumbré, por un instante, la vulnerabilidad de los machos.
“Se que os gusta, golfa, he visto lo que hacen con la etíope, cómo os tocáis” Sin duda, al descubrir nuestros juegos, Aulo había caído presa de los apetitos que el diablo sabe despertar, he ahí la causa de la locura concupiscente que lo atacaba. Me seguía abofeteando hasta que descargó un puñetazo en mi blando vientre. Todo el aire salió de mis pulmones y caí de rodillas, desesperada por no poder reanudar la respiración. Aulo levantó su corta túnica griega, y vi por primera vez, las vergüenzas de un hombre. Me parecieron horribles. Era como una pequeña alimaña que tuviera pegada a su cuerpo, con vida propia y erguida para hacerme daño.
“Metedla en vuestra boca, golfa”. Me resistí, mi Señor, pero su mano apretó mi garganta cuando aún no me recuperaba del golpe en el vientre. Por unos instantes, con la lengua, alcancé a sentir el sabor, y también el hedor de ese miembro. De improviso, mi violador cayó al suelo; un golpe en la cabeza le había derribado. El amo Plinio, armado con una daga, le asestó una punzada en el muslo y ordenó a otros dos esclavos, que venían con él, que le encadenaran y encerraran. El amo cubrió mi cuerpo con la túnica y me llevó dentro de la casa. Fue amable como nunca lo había sido y me extrañó. Kupta y yo no existíamos para él y ni nos miraba.
Al amanecer, todos los esclavos que quedábamos en la finca, fuimos convocados en los jardines por Plinio, quien nos señaló que aún seguía siendo el domino de esa propiedad y que no toleraría desórdenes, ni deslealtades de ningún sucio esclavo. Nuevamente Adonai, me disteis una muestra de cómo terminaría mi vida y de las consecuencias que la lascivia acarrea a las personas. Aulo fue traído a nuestra presencia. Estaba muy asustado y agotado por la herida y el haber estado toda la noche encadenado. Le arrancaron las vestiduras, las que fueron quemadas. Nuevamente, y a la luz del día, hube de mirar el sexo masculino, mas ya no me parecía repugnante ni temible, sino que me inspiró compasión al ver a Aulo despojado de todo y pronto a ser despojado además, y de una manera afrentosa, de su vida. Parecía un pollo desplumado.
Fue atado a un árbol para ser azotado brutalmente en la espalda. Luego se le cambió de posición para seguir el vapuleo por delante. Cuarenta latigazos fueron en total. Lloraba y chillaba como un niño. A cada golpe imploraba piedad, mas Plinio Claudio, fue inflexible como siempre. Cuando la azotaína terminó, fue acostado en el suelo, de espaldas, para ser clavado al patíbulo en las muñecas. Luego levantado y puesto en el árbol que se encontraba en el centro del jardín. Su tronco hizo de stepe o poste vertical y en él sus tobillos quedaron clavados y con las piernas flectadas. El sanguinario espectáculo me hizo cerrar los ojos y llorar, y quise salir corriendo, mas el amo, como la vez anterior, me obligó a quedarme y remarcó para los demás que ningún esclavo se movería hasta que Aulo estuviera muerto.
Los aullidos del crucificado me destrozaron por dentro y recordé la atroz muerte de mis padres. Ahora veo con claridad, Adonai, que mi congoja de ese momento, se debía a que vos me rebelabais el futuro que me esperaba. Los gritos duraron media hora hasta que cesaron cuando Aulo se desvaneció. Su agonía duró todo el día y expiró al atardecer. Su cuerpo fue bajado y Plinio ordenó que fuera tirado en el basural de la ciudad de tiberíades, sin ser sepultado, sin mortaja y desnudo para que fuera devorado por las ratas y los buitres. Tuvisteis mejor suerte que yo, Aulo, ya que a mi me dejarán colgada aquí y mi cuerpo se corromperá y será comido por las aves a la vista de todos los que transiten por el camino que pasa por el basural de Jerusalén. Como no seré sepultada, no iré al seol y vagaré sin tener rumbo como es la suerte de todos los insepultos. Tal vez nos encontremos Aulo, y si así sucede yo os pediré perdón y os perdonaré por lo que me hicisteis.
Durante el suplicio, Aulo nos acusaba, a Kupta y a mí, de ser golfas y de tocarnos las vergüenzas mutuamente. Ambas sentimos temor de que el amo nos castigara también, después de todo, no obstante ser pagano e idólatra, el amo deseaba restablecer el orden y la autoridad en la finca, y nuestra impudicia, al igual que la de Aulo, era un atentado a ese orden. Plinio nos miró con un rostro inexpresivo; nada aconteció y respiramos aliviadas. Al día siguiente de la crucifixión, fui llamada por Plinio a sus aposentos. Me ordenó quitarme la ropa; luego explicó que la violación de que había sido víctima no representaba lo que era un hombre, al menos no uno como él, un patricio romano y no un bárbaro, sucio y cobarde esclavo como Aulo. Me dijo que practicaría conmigo los jugueteos del amor y que no tuviera miedo. Si resultaba satisfecho me recompensaría.
Al comenzar a acariciar mi piel, instintivamente traté de esquivarle a lo que él reaccionó jalándome del cabello y advirtiendo que no toleraría insubordinaciones de ningún otro esclavo. Yo me dejé hacer y la verdad, mi Dios, con vergüenza he de confesar que me gustó. Fue tierno y delicado, nada bruto como Aulo; me colmó de besos y de suaves caricias por todo el cuerpo. Sobajeó mi flor y la lamió con destreza y cuidado. Por primera vez experimenté el deseo de ser poseída y, puedo decir con propiedad, que Plinio Claudio fue mi primer amante. Este hecho se repitió muchas veces y fui recompensada con joyas y vestidos romanos que me hacían ver bella y destacar mi figura. Llamó a dos esclavas de la finca para mi servicio personal. Ya me sentía la matrona de la casa, cuando descubrí, un día, que mi amo también llamaba a sus aposentos a Kupta para hacerle el amor. Un rostro descompuesto debo haber revelado cuando los encontré en su cama, ya que Plinio se acercó a mí y me abofeteó. Rasgó mi vestido dejando un pecho descubierto y, apretando con sus dedos mi pezón, dijo: nunca oséis interrumpirme sucia esclava. Sólo eso sois, una sucia esclava y, si me da la gana, os mando a crucificar tan sólo para divertirme.
Esa fue otra de vuestras advertencias mi Dios, otro remezón para que entendiera cómo pecaba al ser vanidosa. La tristeza me embargó y lloré amargamente. Por mucho tiempo no fui llamada a los aposentos y Kupta comenzó a lucir las joyas, vestidos y tocados elegantes que yo antes gozara. Ya no hablábamos y nos olvidamos de orarte, Adonay. Cuando pensé que perdía a mi hermana la hube de recuperar, gracias al mismo Plinio Claudio y su tiranía. Lujuria y desenfreno ordenaba la cocina cuando el amo tocó mi hombro por detrás y me ordenó seguirle. Nos dirigimos a sus aposentos. Cuál no fue mi sorpresa cuando vi a Kupta, tendida en la cama de Plinio, adornada con todas sus joyas y desnuda. Para ella la sorpresa fue mayor al verme entrar detrás de nuestro dómino. Hizo un mohín de fastidio el cual fue sancionado al instante; él comenzó a estrangularla del cuello hasta casi perder el conocimiento. Cuando ya estaba al límite, la soltó y asestó un fuerte cachetazo sobre su rostro, “no quiero malas caras, ¿oísteis esclava?” Kupta hubo de responder afirmativamente con la cabeza.
Cuando nos tuvo a ambas desnudas, frente a frente, nos mandó tocarnos mutuamente el sexo. Automáticamente miramos a nuestro dueño, y él se limitó a encostrarnos nuestros secretos vicios. Lo hicimos delante de él y, por sus instrucciones, hubimos de agregar besos en la boca y caricias en las tetas, lo que jamás habíamos hecho antes. Luego se incorporó él, formando los tres, un triángulo digno de un nido de serpientes. Después de ese hecho Kupta lloró desconsolada, lo que me apenó, ya que estaba bebiendo el mismo amargo trago que yo había bebido antes. Nos reconciliamos y lloramos juntas nuestras aflicciones, para confesarnos, posteriormente, que el episodio nos había sido placentero a pesar de todo. Si bien, el desorden y la desidia de los esclavos de la finca, habían terminado con el escarmiento que significó la crucifixión de Aulo, no fue así con el mismo Plinio Claudio, quien se entregó a la pereza y a constantes orgías y fiestas donde se gastaba su patrimonio en vino, rameras y comida.
Cuando Kupta y yo cumplimos 17 años, el amo nos incorporó a sus periódicas juergas, a las que asistían autoridades locales, ricos hacendados, ganaderos y mercaderes; así como rameras, jóvenes sirvientes y saltimbanquis contratados. En esas fiestas dimos rienda suelta a nuestra lubricidad y aprendimos lo que para mí eran los secretos que ocultaban los pecadores. El vino nos desinhibía, sin que el amo tuviera necesidad de sus terribles amenazas. Bailábamos desnudas al ritmo de la música de los panderos, moviendo nuestros vientres y pechos para el placer de esos maduros y poderosos hombres gordos. El trasero de ébano de Kupta y mis grandes y ubérrimos pechos volvían locos a aquellos lujuriosos, que nos colmaban con joyas y regalos para estimular nuestra pecaminosa conducta. Nos sentimos, en cierta forma, poderosas en nuestra hermosura de hembras, y en realidad lo éramos; más de alguna vez, hombres que frecuentaban las orgías, desataban pasiones por nosotras, enamoramientos que solamente eran un engaño de Satanás para que dilapidaran su dinero y deterioraran su cuerpo. Éramos las ministras del diablo y los hombres nos rendían culto como a ídolos de piedra. No era felicidad lo que experimentábamos, mi Dios, no se parecía en nada a cuando vivía con mi familia o cuando estaba viva el ama Marcia, más, nos gustaba y nos volvía eufóricas en una exaltación de vida que por debajo llevaba tan sólo tristeza y muerte.
Aprendimos a degustar cosas que nunca nos imaginamos poder hacer, como beber la líquida simiente de los machos delante de todos, hartarnos con vino, o dejarnos poseer por una docena de hombres consecutivamente y a la vista de los restantes que esperaban su turno. Nos convertimos en animales ávidos sólo de satisfacer nuestros deseos más inmediatos y ruines. El despilfarro de la hacienda era enorme, mientras en toda Galilea la peste continuaba cobrando víctimas sin distinción de nación, riqueza u origen. Muchos esclavos de la casa murieron, mas al tener más cerca a la muerte, el desenfreno de nuestra vida nos llevaba por derroteros directos al infierno. Decidimos con Kupta, asumir nuestra condición de lujuriosas mujeres perdidas y nos olvidamos definitivamente de vos, Adonai. No nos importó el desprecio del resto, ya que vivíamos en la casa de un rico funcionario del Cesar y nos creímos compartiendo su poder. Toda la euforia que experimentaba Plinio Claudio, no era más que una forma de vivir su soledad y melancolía; y cuando no se encontraba alegre era un tirano cruel que no toleraba deslealtades reprimiendo con sangre cualquier falta o desobediencia de sus esclavos; lo que era válido también para nosotras.
Siguieron las orgías, siguieron huyendo esclavos y muriendo otros de peste y siguió el empobrecimiento suicida de Plinio; hasta que un día, el amo ya no pudo levantarse de la cama preso de las fiebres. La peste lo había alcanzado y su piel se llenó de pústulas desagradables a la vista. Los esclavos no quisieron atenderlo y huyeron temerosos del contagio. Se había quedado solo. En un intervalo de lucidez nos prohibió que entráramos a sus aposentos. Su orgullo y soberbia de romano le hacía insoportable que lo vieran en ese estado y terminó abriéndose las venas. Cuando ello ocurrió, hubo otra fuga de esclavos y quedamos en la finca tres mujeres, Kupta y yo. Quemamos el cuerpo de nuestro amo Plinio Claudio en una pira a la usanza pagana ya que esa fue su última voluntad. Después de 6 meses, llegó desde la ciudad de Tiro, Quinto Claudio, hermano de Plinio, a reclamar la herencia. Pero las múltiples deudas de la finca, sumado a la posibilidad de contagio, hicieron a Quinto, ordenar la quema de la casa y sus utensilios, y vender en pública subasta todo el resto de la propiedad.
Las cinco esclavas que quedábamos fuimos llevadas a un mercado de Cesarea en la costa de la Palestina, para ser vendidas. Nuestro precio era muy bajo considerando que veníamos de Tiberíades, pero de una finca afectada por la peste y pocos se interesaron en adquirirnos. Al cabo de tres días en que fuimos ofrecidas, Kupta y las otras fueron compradas por un comerciante cretense de paso por el puerto de Cesarea. Me despedí de mi amiga con lágrimas y nunca más la volví a ver. Yo quedé en el mercado a la espera de un nuevo amo, y transcurrieron otros tres días, lo que hizo que el comisionista estuviera de mal humor. La subasta se hacía en el atrio de un templo al que llegaba la multitud, no sólo a participar en las subastas, sino a curiosear. Yo estaba encadenada, con argollas en los tobillos, muñecas y cuello. Previamente se me había ordenado maquillar mis ojos y las areolas y pezones de mis senos, lo que me hizo pensar me ofrecerían desnuda a los postores, mas no fue así.
Transcurrió el tiempo y nadie atendió el ofrecimiento que de mí, hacía el comisionista, lo que provocó que se impacientara. En un arranque de cólera, el hombre rasgó mi vestido dejando a la vista de la multitud, mis voluminosos pechos. Entonces comprendí la razón de maquillar mis pezones con pintura egipcia. De inmediato, los hombres aumentaron en número y el comisionista comenzó a destacar mis virtudes físicas. Me ordenó que debiera mover los hombros para que las tetas colgantes se balancearan. Traté de hacerlo, pero la vergüenza me paralizó, ante lo cual descargó un fustazo en mis redondeles y él mismo, propinándome manotazos, hizo que los pechos bambolearan acompasadamente. Las mujeres que pasaban por la calle se tapaban la cara por la vergüenza ajena, lo que me hizo ruborizar y sentir humillada. La turba de hombres comenzó a gritar groserías y yo cerré los ojos . Pero cuando el vocerío fue en aumento, debo deciros mi señor, que dicho rumor de machos deseosos me gustó. Me sentí admirada y por sobre esa multitud . La brisa que sentí en la piel de mis pechos, fue como la confirmación de que era una reina para esos hombres. No supe ver que ese era un regalo del diablo, del cual pronto vos volveríais a ponerme en alerta.
Cuando ya las manos comenzaban de nuevo a ofrecer posturas, alguien previno a los compradores que yo venía de una finca de Galilea en que la totalidad de sus esclavos, junto a los amos, habían muerto por la peste. El entusiasmo decayó al instante, mas los hombres no se movieron y continuaron mirándome, lo que enfureció al comisionista que me abofeteó, llamándome esclava apestosa. Un hombre gordo y moreno levantó su mano y ofreció un precio. Pude oír que era el dueño de un lenocinio. No hubo otra postura. Aquel hombre estuvo a punto de llevarme cuando la plaza se volvió a llenar de gente. Otra turba de mujeres y hombres pasaba por la calle encabezada por un hombre seguido de otros que parecían ser sus amigos cercanos. Todos les habría paso con respeto. Esa multitud casi no se percataba de la subasta que se estaba dando en el atrio distrayendo la atención de los postores y curiosos y, por unos segundos, yo y mis senos fuimos olvidados.
La turba advenediza siguió marchando por la calle hasta que se detuvo de improviso. El hombre que la lideraba se paró mirando al suelo, giró su cabeza y observó derecho hacia donde yo estaba; se quedó así unos segundos y luego le dijo algo al oído a uno que tenía a su lado. Este, se abrió paso entre la multitud expectante hasta llegar a los pies del atrio y preguntó al comisionista de qué se trataba mi exposición pública. Cuando fue satisfecha su pregunta, volvió donde el otro hombre y le habló al oído. Entonces hubo un revuelo entre la gente. Comenzó a recolectar monedas hasta llenar un pequeño saquito, volvió de nuevo al atrio y dijo al comisionista: “mi nombre es Judas Iscariote, y compro a la esclava” le arrojó el saquito con monedas de plata y me tomó de las cadenas bajándome del atrio. Mi nuevo amo, Judas, cubrió la desnudez de mi torso con una manta que él llevaba sobre el hombro y me mandó que lo siguiera. Aquel fue el primer encuentro con mi maestro y una más de vuestras señales, Adonai.