Tomasito
06-11 2006, 01:31 AM
Me llamo Tomás, soy de un pueblo de la Argentina, tengo 19 años y quiero contarles de algo que me pasó cuando cumplí los18. Mi primera vez con un hombre...
Nunca antes había sentido algo por otro hombre. Al contrario, creía que me gustaban las mujeres.
Estaba en el último año del colegio secundario y era un muy buen alumno, el mejor de mi clase. Tanto, que para algunos profesores yo era su alumno preferido. Siempre llevaba las tareas muy bien hechas y en las evaluaciones vivía sacando 10. Un día, me anoté para participar en unas olimpíadas de matemática, y como buen ñoño que era, me la pasaba estudiando para ganar y resolviendo problemas matemáticos. En una oportunidad, por suerte para mí, estando en clases, no entendí muy bien un tema que explicó el profe de esta materia. Entonces, como no quería retrasarme con relación a mis otros compañeros, le pedí a mi profesor que me lo explique en el recreo, pero éste me dijo que no porque estaba apurado. Entonces me dijo que por la tarde fuera a su casa y ahí, mas tranquilo, me explicaría.
Así fue como yo llegué hasta su casa. Él vive solo y es un hombre muy dedicado a su profesión, un profesor muy serio, un intelectual de 1.80 metros, ojos celestes, morocho y un cuerpo que no lo hace ni gordo ni flaco ni atlético. Era un día muy frío pero con un sol que prometía mucho calor. Al llegar, toqué el timbre y escuché a alguien gritar desde adentro que esperara un momento.
Aguardé en la puerta, impaciente, unos 5 o 10 minutos hasta que por fin escuché unos pasos ligeros que se acercaban a la puerta, “Ahí te abro” oí decir.
Cuando por fin se abrió la puerta, vi a mi profe semi desnudo (en boxers muy ajustados) invitándome a pasar a su casa. Me pidió perdón por recibirme de esa forma y explicó que recién salía de bañarse. Encendió la calefacción y me llevó hacia su escritorio. Allí se sentó en frente mío, ya con una remera y un pantalón puestos. Entonces comenzamos a resolver ejercicios mientras me explicaba algunos temas. En un momento, le dije que tenía mucho calor a lo que él sugirió que me sacara la campera y se acercó adonde yo estaba y fue él quien me la quitó y la colgó en una silla. Ahí le vi sus hermosos pies, ya que estaba descalzo, y confieso que me excité. Me excité porque también me dí cuenta, con el correr del tiempo, que yo tengo el “fetiche del pie” y que esa parte del cuerpo me excita sobremanera.
Cuando volvió a su silla se relajó más y se sentó con los pies en una banqueta. Sugirió que nos tomáramos un descanso, acepté y me puse a mirar fijamente sus pies. Le pregunté si le gustaba que le hicieran masajes en los pies, que era muy descontracturantes, me contestó que nunca nadie le había hecho ese tipo de masajes. Entonces le dije que, si no le molestaba, yo se los haría y comencé a tocarle esos hermosos pies mientras los masajeaba con suaves caricias. Al cabo de unos momentos, empecé a excitarme y lo miré a la cara. Ví en él a un hombre muy lindo, una sensación rara porque nunca antes me había gustado un tipo y menos con su edad: 40 años.
Comenta que mis masajes estaban relajando un poco el stress que tenía y le dije (no era verdad) que conocía una técnica con la que se curaba el stress, que si quería se la practicaba a lo que accedió con mucho gusto. Comencé por besarle la planta de los pies tan apasionadamente que las cosquillas que él sentía al principio se convirtieron en suaves masajes, pero con mi boca. Le besé los dedos y empecé a chupárselos también. Me dijo que no conocía a esa técnica y preguntó si no me daba asco chuparle los pies a él. Por supuesto, le dije que no, que no tenía asco. A estas alturas, yo estaba al palo, muy excitado, cosa rarísima ya que creía que los hombres no me gustaban.
Después de un rato, continué mis masajes bucales por los tobillos y seguí por las piernas. De pronto, él me dijo que si prefería sacarse el pantalón para facilitar a que le hiciera bien la técnica. Me guiñó el ojo mientras se paraba, se sacó el pantalón y para mi sorpresa ya no tenía puesto el boxer. Se quedó en pelotas, solo con la remera, me preguntó si la remera también molestaba y yo le dije que no. Era un cuerpo bellísimo el de aquél hermoso hombre llamado Cristóbal (como Colón pero sin corte carré) y su escultural verga seguramente pasaba los 20cm. Me guiñó el ojo de nuevo y se sentó para que yo continuara con mi “técnica”. Seguí sin inmutarme, pero muy nervioso por dentro. Tomé los pies otra vez y subí por las piernas hasta llegar un poquito más arriba de sus rodillas. Ahí me di cuenta que su enorme verga estaba erecta y me apresuré a llegar al muslo para besarlo y tener su verga muy cerca a mi cara.
Él estaba muy excitado y comenzó a tocarse la pija. Le pregunté por qué estaba hacíendo eso y como toda respuesta me agarró por la nuca y me plantó un beso que jamás olvidaré. Me dijo yo que siempre le había gustado y nos comimos a besos aunque muy sorprendidos por todo lo que estaba aconteciendo. Después, él se quitó la remera y comenzó a sacarme una a una las prendas que yo traía puestas hasta que también quedé completamente en bolas. No pude resistir a las sensaciones que me producía la desnudez de ambos y le mamé la verga mientras él gemía de placer y gritaba.
Le pedí que me penetre, él lo hizo, con mucho cuidado porque sabía que era mi primera vez con un hombre. Cogimos por un buen rato, nos echamos como cuatro polvos en dos horas y de matemáticas ni hablábamos. Luego nos duchamos juntos y nos vestimos porque ya era de noche y yo tenía que volver a casa. Me hizo prometer que sería un secreto de los dos y que no lo comentara con nadie. Yo le pedí lo mismo.
Nunca más volví a tener nada con él porque al poco tiempo terminaron las clases y yo me fui a estudiar a otra ciudad. Pero lo mejor de todo está en mi boletín de calificaciones donde se dibuja un hermoso 10 que el amor de mi vida me regaló. Desde aquella ocasión empecé a tener historias con otros hombres que poco a poco iré contándoles. Pero… ya saben, me excitan muchos los pies...
Nunca antes había sentido algo por otro hombre. Al contrario, creía que me gustaban las mujeres.
Estaba en el último año del colegio secundario y era un muy buen alumno, el mejor de mi clase. Tanto, que para algunos profesores yo era su alumno preferido. Siempre llevaba las tareas muy bien hechas y en las evaluaciones vivía sacando 10. Un día, me anoté para participar en unas olimpíadas de matemática, y como buen ñoño que era, me la pasaba estudiando para ganar y resolviendo problemas matemáticos. En una oportunidad, por suerte para mí, estando en clases, no entendí muy bien un tema que explicó el profe de esta materia. Entonces, como no quería retrasarme con relación a mis otros compañeros, le pedí a mi profesor que me lo explique en el recreo, pero éste me dijo que no porque estaba apurado. Entonces me dijo que por la tarde fuera a su casa y ahí, mas tranquilo, me explicaría.
Así fue como yo llegué hasta su casa. Él vive solo y es un hombre muy dedicado a su profesión, un profesor muy serio, un intelectual de 1.80 metros, ojos celestes, morocho y un cuerpo que no lo hace ni gordo ni flaco ni atlético. Era un día muy frío pero con un sol que prometía mucho calor. Al llegar, toqué el timbre y escuché a alguien gritar desde adentro que esperara un momento.
Aguardé en la puerta, impaciente, unos 5 o 10 minutos hasta que por fin escuché unos pasos ligeros que se acercaban a la puerta, “Ahí te abro” oí decir.
Cuando por fin se abrió la puerta, vi a mi profe semi desnudo (en boxers muy ajustados) invitándome a pasar a su casa. Me pidió perdón por recibirme de esa forma y explicó que recién salía de bañarse. Encendió la calefacción y me llevó hacia su escritorio. Allí se sentó en frente mío, ya con una remera y un pantalón puestos. Entonces comenzamos a resolver ejercicios mientras me explicaba algunos temas. En un momento, le dije que tenía mucho calor a lo que él sugirió que me sacara la campera y se acercó adonde yo estaba y fue él quien me la quitó y la colgó en una silla. Ahí le vi sus hermosos pies, ya que estaba descalzo, y confieso que me excité. Me excité porque también me dí cuenta, con el correr del tiempo, que yo tengo el “fetiche del pie” y que esa parte del cuerpo me excita sobremanera.
Cuando volvió a su silla se relajó más y se sentó con los pies en una banqueta. Sugirió que nos tomáramos un descanso, acepté y me puse a mirar fijamente sus pies. Le pregunté si le gustaba que le hicieran masajes en los pies, que era muy descontracturantes, me contestó que nunca nadie le había hecho ese tipo de masajes. Entonces le dije que, si no le molestaba, yo se los haría y comencé a tocarle esos hermosos pies mientras los masajeaba con suaves caricias. Al cabo de unos momentos, empecé a excitarme y lo miré a la cara. Ví en él a un hombre muy lindo, una sensación rara porque nunca antes me había gustado un tipo y menos con su edad: 40 años.
Comenta que mis masajes estaban relajando un poco el stress que tenía y le dije (no era verdad) que conocía una técnica con la que se curaba el stress, que si quería se la practicaba a lo que accedió con mucho gusto. Comencé por besarle la planta de los pies tan apasionadamente que las cosquillas que él sentía al principio se convirtieron en suaves masajes, pero con mi boca. Le besé los dedos y empecé a chupárselos también. Me dijo que no conocía a esa técnica y preguntó si no me daba asco chuparle los pies a él. Por supuesto, le dije que no, que no tenía asco. A estas alturas, yo estaba al palo, muy excitado, cosa rarísima ya que creía que los hombres no me gustaban.
Después de un rato, continué mis masajes bucales por los tobillos y seguí por las piernas. De pronto, él me dijo que si prefería sacarse el pantalón para facilitar a que le hiciera bien la técnica. Me guiñó el ojo mientras se paraba, se sacó el pantalón y para mi sorpresa ya no tenía puesto el boxer. Se quedó en pelotas, solo con la remera, me preguntó si la remera también molestaba y yo le dije que no. Era un cuerpo bellísimo el de aquél hermoso hombre llamado Cristóbal (como Colón pero sin corte carré) y su escultural verga seguramente pasaba los 20cm. Me guiñó el ojo de nuevo y se sentó para que yo continuara con mi “técnica”. Seguí sin inmutarme, pero muy nervioso por dentro. Tomé los pies otra vez y subí por las piernas hasta llegar un poquito más arriba de sus rodillas. Ahí me di cuenta que su enorme verga estaba erecta y me apresuré a llegar al muslo para besarlo y tener su verga muy cerca a mi cara.
Él estaba muy excitado y comenzó a tocarse la pija. Le pregunté por qué estaba hacíendo eso y como toda respuesta me agarró por la nuca y me plantó un beso que jamás olvidaré. Me dijo yo que siempre le había gustado y nos comimos a besos aunque muy sorprendidos por todo lo que estaba aconteciendo. Después, él se quitó la remera y comenzó a sacarme una a una las prendas que yo traía puestas hasta que también quedé completamente en bolas. No pude resistir a las sensaciones que me producía la desnudez de ambos y le mamé la verga mientras él gemía de placer y gritaba.
Le pedí que me penetre, él lo hizo, con mucho cuidado porque sabía que era mi primera vez con un hombre. Cogimos por un buen rato, nos echamos como cuatro polvos en dos horas y de matemáticas ni hablábamos. Luego nos duchamos juntos y nos vestimos porque ya era de noche y yo tenía que volver a casa. Me hizo prometer que sería un secreto de los dos y que no lo comentara con nadie. Yo le pedí lo mismo.
Nunca más volví a tener nada con él porque al poco tiempo terminaron las clases y yo me fui a estudiar a otra ciudad. Pero lo mejor de todo está en mi boletín de calificaciones donde se dibuja un hermoso 10 que el amor de mi vida me regaló. Desde aquella ocasión empecé a tener historias con otros hombres que poco a poco iré contándoles. Pero… ya saben, me excitan muchos los pies...