oscarpy
26-09 2006, 02:37 AM
Diario intimo de una esposa.
Esto es parte de mi diario. Después de varios años he recopilado una serie de experiencias que, lamentablemente no fueron con mi esposo a pesar ser la primera persona con la que tuve relaciones y a quien sigo queriendo.
No me decidía a relatar mis vivencias, pero me enteré de esta página y, con ayuda de una amiga, tomé la iniciativa y aquí se las hago llegar para compartirlas con los lectores.
He decidido publicarlos en 4 o 5 veces a los efectos de no hacerlos demasiado extensos.
Me presento, mi nombre es Leticia, tengo 48 años, sigo casada, no puedo decir que soy infeliz dado que mi esposo es muy bueno.
En mi juventud era una chica delgada, pechos medianos, morocha y una respetable cola.
Mi noviazgo comenzó cuando cumplía 18 años, Juan fue mi primer novio, debo confesar que, en ese periodo, lo único que llego a tocarme fueron mis pechos.
Creo que si fuera ahora le hubiese permitido todo, pero no se puede volver al pasado.
Después de cumplir los 20 años, a los pocos meses nos casamos. Debo decir que mi experiencia “sexual “ comenzó después de mi matrimonio... no precisamente el día de bodas.
La primer noche de bodas fue bastante frustrante. Después de comenzar con las caricias y los juegos amorosos Juan, mi esposo, antes de poder introducirla acabó entre mis piernas y pelvis. De ahí en más quede un poco traumatizada. Uno de los problemas de mi marido era su eyaculacion precoz que no permitía llegar a nada.
Con el tiempo esa relación se transformó en una cosa mecánica y rutinaria, generalmente los fines de semana (era cuando miraba el cielorraso y veía que hacia falta pintarlo) Me montaba, encajaba su pene, comenzaba a moverse y eyaculaba a los 2 minutos, un beso de buenas noches y finalizaba el sexo. Traté de hablarlo con Juan, sugerí de ir a un terapeuta pero todo fue inútil. Me había acostumbrado a eso al punto que me era indiferente hacerlo o no.
Era como si hubiese anulado el sexo en mi vida. Jamás lo comentaba con mis amigas y, por lo general, evadía el tema cuando se hablaba de el.
El masajista
Seis meses después de mi casamiento, una mañana me levante con el cuello y parte de mi cuerpo dolorido, muy posible por una mala posición al dormir. Llamé a una amiga y me sugirió que fuese a un kinesiólogo de su amistad que me solucionaría el problema. Pedí una cita y por la tarde acudí a su consultorio.
Después de los trámites habituales me hizo pasar, era un tipo de 30 años y buen aspecto, me pidió que me quitara la ropa y me envolviera con una toalla. Hice lo ordenado detrás de un biombo, quedando con mi ropa interior y, una vez lista, me volqué boca abajo sobre la camilla totalmente envuelta.
El chico me tranquilizó, me dijo que me pusiera cómoda, que me sacase la toalla y el sujetador; él, mientras tanto se giró de espaldas colocando las cosas para el masaje.
Con timidez accedí a lo solicitado. Me tendí en la camilla boca abajo y él puso una toalla blanca que me tapaba desde la mitad de los muslos hasta las caderas. Después de dejarme una lámpara para calentar mi espalda, regresó como en 10 minutos, se frotó las manos con aceite y comenzó a masajearme las plantas de los pies, las pantorrillas, la cara interna de las rodillas, todo de una manera suave pero firme. Pellizcaba la carne unas veces y otras la amasaba, pasaba sus dedos suavemente y otras los nudillos con firmeza.
La relajación que me producía hizo que me adormeciera placidamente. Sus manos recorrían cada parte de mi cuerpo, el cuello, los hombros, los brazos, las manos, hasta que llego a tocar mis nalgas (inconscientemente deseaba que lo hiciese) Una sensación distinta invadió mi cuerpo, sentí como una descarga eléctrica. Desplazo muy suavemente las manos recubiertas en aceite por debajo de la toalla que me cubría y con los dedos pulgares marcó una vía por mis nalgas las que recorrió durante un rato. Sentí desfallecer. Empecé a estimularme, nunca bahía experimentado ese tipo de estremecimiento, confieso que me asuste al sentir la manera que amasaba mis glúteos, actuaba como si no tuviese tanga pues, de vez en cuando, sus dedos se escabullían a través de mi prenda, no sé si premeditadamente, pero realmente hacia vibrar mi cuerpo.. Intenté apaciguarme pensando en otras cosas, aquella situación era nueva para mí.
Fantasías de todas clases pasaron por mi cabeza, notaba como se iba humedeciendo mi sexo. Espasmos invadían mi ser, estaba atemorizada. Sus manos se acercaban a mis glúteos tratando de separarlos.
Mis palpitaciones aumentaban su ritmo. Era una sensación que jamás me había sucedido. Estaba como temerosa de lo que podría llegar a desencadenarse, pensaba en mi esposo pero mil pensamientos invadían mi ser. Súbitamente le reclamé que parase, que no me sentía bien. Aproveche su desconcierto para saltar de la camilla semidesnuda, vestirme velozmente y salir de ese lugar. En mi regreso a casa no dejaba de pensar en lo ocurrido, creo que estaba arrepentida de no haber continuado y ver hasta donde llegaban esos masajes. Por otro lado pensaba en Juan, pero mi mente continuaba enfrascada en el masajista. Esa noche busqué la manera de tener sexo con mi esposo pues estaba muy excitada. Lo tuvimos pero no me dio tiempo a llegar a mi éxtasis.
Nunca me había sentido tan caliente como ese día. Como a la medianoche, me levanté, fui al baño, me quité los pantaloncitos para llevar mis manos a mi sexo, hurgué mi raja en forma frenética, introducía mis dedos ávidamente, refregaba mis tetas apretando mis pezones rígidos y enfocando mis pensamientos en el masajista.
Tuve un orgasmo desenfrenado, me contuve para no gritar y despertar a mi esposo. Lo hice con tanto fervor que sentía mi vagina como inflamada. A pesar de haber descubierto algo nuevo y excitante, me avergonzaba por lo que había hecho.
Eso me hizo recapacitar, descubriendo algo apasionante para llevarlo a la cama con mi esposo pero, con mi poca experiencia, no logré aplicarlo correctamente. Mi vida sexual continúo igual, a pesar de los cambios que traté de aplicar; pero el problema era mi esposo con su eyaculacion precoz que me dejaba siempre a medio concluir.
Me da vergüenza decirlo, pero la masturbación fue una vía de escape en mi “vida sexual”.
El bus
Un día viajando en el bus, cosa que no hacia habitualmente, aprovechando que iba bastante completo el interior del vehículo, un joven se apretujó contra mi cuerpo. No presté atención en un principio, pero muy pronto note un abultado paquete contra mi culo mientras sus manos iban lentamente tocando mi cintura.
Traté de separarme un poco molesta, pero al instante retornaba la posición. Así se repitió ese accionar durante un par de veces más.
Recordé aquella tarde con el masajista y decidí seguir el juego para ver hasta donde llegaba.
Me comenzaba a divertir esa “travesura”, pero debo confesar que me estaba abordando un calor intenso ante la insistencia del misterioso pasajero.. Notaba como su bulto se pegaba cada vez mas a mi culo y su mano trataba de acariciar mis posaderas a través de mi fino vestido. De pronto su mano tomo mi cintura atrayendo más mi cuerpo al suyo.
Realmente no sabía si detenerlo o continuar, pero mi excitación iba en aumento y mi curiosidad hacía que permitiera su continuidad. Las manos de aquel tipo volvieron a mi culo y siguieron con su labor de sobarlo; pero más allá llegó su osadía cuando una de sus manos se introdujo por debajo de mi vestido y comenzó a acariciar la parte interna de mis muslos ahí se me escapó un quejido.
El roce de sus yemas comenzó en el nacimiento de mi muslo para luego deslizar la mano pero sin apretar mis carnes. Sentí un escalofrió que inundó todo mi cuerpo, su mano continuaba desplazándose por mis glúteos de una manera suave y sensual. Me relajé para apreciar en un todo esas caricias. Las incursiones eran cada vez mas audaces, buscando su dedo el interior de mi prenda intima para continuar, entre mis dos cachetes, en búsqueda de mi fruncido y ardiente ojillo.
Su llegada no tardó, ese suave y definido contacto hicieron acrecentar mi excitación, sentía endurecer los extremos de mis pechos y como se humedecía mi sexo, deseoso de ser penetrado.
Ya no pensaba. Mis sentidos estaban compenetrados en esa secreta mano que hurgaba en mi intimidad, mis piernas se separaron para permitirle el paso en esa búsqueda lasciva.
Desplazó su mano a través de mi cintura para llegar a mi vientre, con sutil suavidad empezó a deslizar mis bragas, traté de impedirlo pero, ante su insistencia, lo deje hacer.
Estaba totalmente entregada, no me interesaba si podían vernos o no. Su búsqueda no cesó hasta llegar a su objetivo, mi prenda a mitad de mis piernas impedían abrirme mas, traté de deslizarlas hasta mis tobillos en el momento de sentir su dedo introducirse en mi sexo.
Emití un gemido mientras me aferraba cada vez con más fuerza a los pasamanos.
Sus dedos buscaban mis orificios, pasaban de mi húmeda vagina a mi ano, me sentía desfallecer de placer, mi corazón latía apresuradamente. Yo cerraba los ojos y aquella sensación me tenía confundida, parecía todo un sueño, pero era muy real.
Sentía que venia un orgasmo, sentía como trataba de meterse en mi interior, ya no me importaba nada solo esa cosa conservaba mi interés.
Llego el orgasmo, mis manos se crisparon contra el pasamanos, me contenía para no gritar.
En un momento sus manos se quitaron, para sentir el contacto de algo carnoso y aparentemente grande, trataba de introducirme su miembro hasta quedar entre mis piernas, el simple contacto y lo que podía imaginarme de eso, me excitaba mas, no se si alguna exclamación se me escapo.
Me pareció que ya se estaba excediendo, el temor de que algún pasajero nos descubriera hizo que, de golpe, tratara de escaparme de esa situación.
No podía subirme la bombacha porque la tenia por los tobillos, así que levanté un pie para quitármela. Intenté levantarla, pero estaba tan apretada por los pasajeros que no era posible.
Como pude llegué hasta la puerta del bus tratando de bajarme lo antes posible. Así lo hice, estaba aturdida y avergonzada por lo sucedido, llegué en un taxi a casa, mi pensamiento no dejaba de recordar el suceso. Apenas entre me quité toda la ropa y me duché. Con mis pensamientos fijos en lo ocurrido, me masturbe desesperadamente. Esa noche trate de tener sexo con Juan con resultado negativo.
Mis próximas “aventuras “ las relatare en otras entregas. Hasta pronto
Esto es parte de mi diario. Después de varios años he recopilado una serie de experiencias que, lamentablemente no fueron con mi esposo a pesar ser la primera persona con la que tuve relaciones y a quien sigo queriendo.
No me decidía a relatar mis vivencias, pero me enteré de esta página y, con ayuda de una amiga, tomé la iniciativa y aquí se las hago llegar para compartirlas con los lectores.
He decidido publicarlos en 4 o 5 veces a los efectos de no hacerlos demasiado extensos.
Me presento, mi nombre es Leticia, tengo 48 años, sigo casada, no puedo decir que soy infeliz dado que mi esposo es muy bueno.
En mi juventud era una chica delgada, pechos medianos, morocha y una respetable cola.
Mi noviazgo comenzó cuando cumplía 18 años, Juan fue mi primer novio, debo confesar que, en ese periodo, lo único que llego a tocarme fueron mis pechos.
Creo que si fuera ahora le hubiese permitido todo, pero no se puede volver al pasado.
Después de cumplir los 20 años, a los pocos meses nos casamos. Debo decir que mi experiencia “sexual “ comenzó después de mi matrimonio... no precisamente el día de bodas.
La primer noche de bodas fue bastante frustrante. Después de comenzar con las caricias y los juegos amorosos Juan, mi esposo, antes de poder introducirla acabó entre mis piernas y pelvis. De ahí en más quede un poco traumatizada. Uno de los problemas de mi marido era su eyaculacion precoz que no permitía llegar a nada.
Con el tiempo esa relación se transformó en una cosa mecánica y rutinaria, generalmente los fines de semana (era cuando miraba el cielorraso y veía que hacia falta pintarlo) Me montaba, encajaba su pene, comenzaba a moverse y eyaculaba a los 2 minutos, un beso de buenas noches y finalizaba el sexo. Traté de hablarlo con Juan, sugerí de ir a un terapeuta pero todo fue inútil. Me había acostumbrado a eso al punto que me era indiferente hacerlo o no.
Era como si hubiese anulado el sexo en mi vida. Jamás lo comentaba con mis amigas y, por lo general, evadía el tema cuando se hablaba de el.
El masajista
Seis meses después de mi casamiento, una mañana me levante con el cuello y parte de mi cuerpo dolorido, muy posible por una mala posición al dormir. Llamé a una amiga y me sugirió que fuese a un kinesiólogo de su amistad que me solucionaría el problema. Pedí una cita y por la tarde acudí a su consultorio.
Después de los trámites habituales me hizo pasar, era un tipo de 30 años y buen aspecto, me pidió que me quitara la ropa y me envolviera con una toalla. Hice lo ordenado detrás de un biombo, quedando con mi ropa interior y, una vez lista, me volqué boca abajo sobre la camilla totalmente envuelta.
El chico me tranquilizó, me dijo que me pusiera cómoda, que me sacase la toalla y el sujetador; él, mientras tanto se giró de espaldas colocando las cosas para el masaje.
Con timidez accedí a lo solicitado. Me tendí en la camilla boca abajo y él puso una toalla blanca que me tapaba desde la mitad de los muslos hasta las caderas. Después de dejarme una lámpara para calentar mi espalda, regresó como en 10 minutos, se frotó las manos con aceite y comenzó a masajearme las plantas de los pies, las pantorrillas, la cara interna de las rodillas, todo de una manera suave pero firme. Pellizcaba la carne unas veces y otras la amasaba, pasaba sus dedos suavemente y otras los nudillos con firmeza.
La relajación que me producía hizo que me adormeciera placidamente. Sus manos recorrían cada parte de mi cuerpo, el cuello, los hombros, los brazos, las manos, hasta que llego a tocar mis nalgas (inconscientemente deseaba que lo hiciese) Una sensación distinta invadió mi cuerpo, sentí como una descarga eléctrica. Desplazo muy suavemente las manos recubiertas en aceite por debajo de la toalla que me cubría y con los dedos pulgares marcó una vía por mis nalgas las que recorrió durante un rato. Sentí desfallecer. Empecé a estimularme, nunca bahía experimentado ese tipo de estremecimiento, confieso que me asuste al sentir la manera que amasaba mis glúteos, actuaba como si no tuviese tanga pues, de vez en cuando, sus dedos se escabullían a través de mi prenda, no sé si premeditadamente, pero realmente hacia vibrar mi cuerpo.. Intenté apaciguarme pensando en otras cosas, aquella situación era nueva para mí.
Fantasías de todas clases pasaron por mi cabeza, notaba como se iba humedeciendo mi sexo. Espasmos invadían mi ser, estaba atemorizada. Sus manos se acercaban a mis glúteos tratando de separarlos.
Mis palpitaciones aumentaban su ritmo. Era una sensación que jamás me había sucedido. Estaba como temerosa de lo que podría llegar a desencadenarse, pensaba en mi esposo pero mil pensamientos invadían mi ser. Súbitamente le reclamé que parase, que no me sentía bien. Aproveche su desconcierto para saltar de la camilla semidesnuda, vestirme velozmente y salir de ese lugar. En mi regreso a casa no dejaba de pensar en lo ocurrido, creo que estaba arrepentida de no haber continuado y ver hasta donde llegaban esos masajes. Por otro lado pensaba en Juan, pero mi mente continuaba enfrascada en el masajista. Esa noche busqué la manera de tener sexo con mi esposo pues estaba muy excitada. Lo tuvimos pero no me dio tiempo a llegar a mi éxtasis.
Nunca me había sentido tan caliente como ese día. Como a la medianoche, me levanté, fui al baño, me quité los pantaloncitos para llevar mis manos a mi sexo, hurgué mi raja en forma frenética, introducía mis dedos ávidamente, refregaba mis tetas apretando mis pezones rígidos y enfocando mis pensamientos en el masajista.
Tuve un orgasmo desenfrenado, me contuve para no gritar y despertar a mi esposo. Lo hice con tanto fervor que sentía mi vagina como inflamada. A pesar de haber descubierto algo nuevo y excitante, me avergonzaba por lo que había hecho.
Eso me hizo recapacitar, descubriendo algo apasionante para llevarlo a la cama con mi esposo pero, con mi poca experiencia, no logré aplicarlo correctamente. Mi vida sexual continúo igual, a pesar de los cambios que traté de aplicar; pero el problema era mi esposo con su eyaculacion precoz que me dejaba siempre a medio concluir.
Me da vergüenza decirlo, pero la masturbación fue una vía de escape en mi “vida sexual”.
El bus
Un día viajando en el bus, cosa que no hacia habitualmente, aprovechando que iba bastante completo el interior del vehículo, un joven se apretujó contra mi cuerpo. No presté atención en un principio, pero muy pronto note un abultado paquete contra mi culo mientras sus manos iban lentamente tocando mi cintura.
Traté de separarme un poco molesta, pero al instante retornaba la posición. Así se repitió ese accionar durante un par de veces más.
Recordé aquella tarde con el masajista y decidí seguir el juego para ver hasta donde llegaba.
Me comenzaba a divertir esa “travesura”, pero debo confesar que me estaba abordando un calor intenso ante la insistencia del misterioso pasajero.. Notaba como su bulto se pegaba cada vez mas a mi culo y su mano trataba de acariciar mis posaderas a través de mi fino vestido. De pronto su mano tomo mi cintura atrayendo más mi cuerpo al suyo.
Realmente no sabía si detenerlo o continuar, pero mi excitación iba en aumento y mi curiosidad hacía que permitiera su continuidad. Las manos de aquel tipo volvieron a mi culo y siguieron con su labor de sobarlo; pero más allá llegó su osadía cuando una de sus manos se introdujo por debajo de mi vestido y comenzó a acariciar la parte interna de mis muslos ahí se me escapó un quejido.
El roce de sus yemas comenzó en el nacimiento de mi muslo para luego deslizar la mano pero sin apretar mis carnes. Sentí un escalofrió que inundó todo mi cuerpo, su mano continuaba desplazándose por mis glúteos de una manera suave y sensual. Me relajé para apreciar en un todo esas caricias. Las incursiones eran cada vez mas audaces, buscando su dedo el interior de mi prenda intima para continuar, entre mis dos cachetes, en búsqueda de mi fruncido y ardiente ojillo.
Su llegada no tardó, ese suave y definido contacto hicieron acrecentar mi excitación, sentía endurecer los extremos de mis pechos y como se humedecía mi sexo, deseoso de ser penetrado.
Ya no pensaba. Mis sentidos estaban compenetrados en esa secreta mano que hurgaba en mi intimidad, mis piernas se separaron para permitirle el paso en esa búsqueda lasciva.
Desplazó su mano a través de mi cintura para llegar a mi vientre, con sutil suavidad empezó a deslizar mis bragas, traté de impedirlo pero, ante su insistencia, lo deje hacer.
Estaba totalmente entregada, no me interesaba si podían vernos o no. Su búsqueda no cesó hasta llegar a su objetivo, mi prenda a mitad de mis piernas impedían abrirme mas, traté de deslizarlas hasta mis tobillos en el momento de sentir su dedo introducirse en mi sexo.
Emití un gemido mientras me aferraba cada vez con más fuerza a los pasamanos.
Sus dedos buscaban mis orificios, pasaban de mi húmeda vagina a mi ano, me sentía desfallecer de placer, mi corazón latía apresuradamente. Yo cerraba los ojos y aquella sensación me tenía confundida, parecía todo un sueño, pero era muy real.
Sentía que venia un orgasmo, sentía como trataba de meterse en mi interior, ya no me importaba nada solo esa cosa conservaba mi interés.
Llego el orgasmo, mis manos se crisparon contra el pasamanos, me contenía para no gritar.
En un momento sus manos se quitaron, para sentir el contacto de algo carnoso y aparentemente grande, trataba de introducirme su miembro hasta quedar entre mis piernas, el simple contacto y lo que podía imaginarme de eso, me excitaba mas, no se si alguna exclamación se me escapo.
Me pareció que ya se estaba excediendo, el temor de que algún pasajero nos descubriera hizo que, de golpe, tratara de escaparme de esa situación.
No podía subirme la bombacha porque la tenia por los tobillos, así que levanté un pie para quitármela. Intenté levantarla, pero estaba tan apretada por los pasajeros que no era posible.
Como pude llegué hasta la puerta del bus tratando de bajarme lo antes posible. Así lo hice, estaba aturdida y avergonzada por lo sucedido, llegué en un taxi a casa, mi pensamiento no dejaba de recordar el suceso. Apenas entre me quité toda la ropa y me duché. Con mis pensamientos fijos en lo ocurrido, me masturbe desesperadamente. Esa noche trate de tener sexo con Juan con resultado negativo.
Mis próximas “aventuras “ las relatare en otras entregas. Hasta pronto