Javier_Andres
16-09 2006, 11:21 PM
Señora Ana 3
¡No lo podía creer!, Ana me estaba pidiendo que la llevara a su propia cama. Esto acrecentó más mi excitación y muy lentamente nos desplazamos hacia su habitación puesto que yo no estaba dispuesto a soltarla; mientras nos dirigíamos hacia allá, nos seguíamos besando y yo la manoseaba por todo el cuerpo; cerré la puerta y la llevé hacia su cama, un nido de amor grande, bien decorado, con cojines, almohadones y con un colchón bien mullido que invitaba a vivir en él.
Estando al pie de la cama la giré suavemente, me incliné y empecé a besar sus ricas piernas desde los tobillos, subí lentamente pasando mi lengua hasta llegar a sus muslos, me metí debajo de su falda y le besé el culo, le mordí las nalgas por encima de la media pantalón a la vez que apretaba su concha; Ana tuvo que apoyarse en el espejo de su tocador para no caer. Nuevamente la giré dejándola de frente a mí y coloqué mi boca sobre la suya, empecé a besarla suavemente, aparté sus labios con mi lengua y la introduje en su boca; de nuevo el juego de lengua, al principio muy lentamente, pero con el paso del tiempo con ansiedad y avidez. Cuando nos apartamos para tomar un poco de aire, le dije suavemente:
—Levanta los brazos, amor.
—Para qué—me respondió con voz queda.
—Para sacarte el buzo, bombón.
—Ay no, Javier, esto es una locura, por favor acabemos con esto.
—No te preocupes, nadie se va a enterar de nada, tus hijos están viajando y tú no esperas a alguien.
—Pero es que…—no la deje terminar, ahogué sus palabras con un beso, mientras tomaba sus brazos y los subía con cuidado para depositarlos sobre mis hombros. La verdad es que Ana se encontraba más excitada que yo.
—Está bien, Javier…pero quiero que entiendas una cosa: soy una mujer tradicional y no te voy a tolerar mañas o aberraciones; si detecto algo anormal, de inmediato paro y todo se acabó, de acuerdo? —era la primera vez que Ana me tuteaba. Obviamente que yo no iba a estropear aquella oportunidad, tenía mis deseos, pero los iría satisfaciendo poco a poco, con paciencia y con tacto; a pesar de que Ana estaba muy excitada, esta vez no pensaba arriesgarme, y le dije:
—A que te refieres, bebé.
—Tú sabes a que me refiero, papito. —esta expresión me confirmó su grado de excitación.
Acto seguido levantó los brazos y empecé a quitarle el buzo; la visión que tenía ante mí era maravillosa: aparecieron unas enormes tetas empacadas en un corsé blanco, y por encima del corsé, se podía apreciar la enorme areola de aquellas tetas tan deseadas; tenía un espeso vello axilar, negro. Casi que me derramo en mis pantaloncillos porque todo esto aumentó más mi excitación. Le desapunte la falda y le abrí la cremallera, la falda cayó al piso y quedo cubierta de cintura para abajo únicamente con sus suaves enaguas blancas; me disponía a quitarle las enaguas, cuando, qué mala suerte, tocaron a la puerta;, la excitación de Ana desapareció y comenzó a vestirse apresuradamente, mientras me decía:
—¡Te lo dije, esto es una locura!, siéntate al frente de la computadora como si aún estuvieras trabajando.—dijo, mientras se acomodaba el cabello y me dirigía algo así como una mirada de reproche.
Rápidamente me acomodé frente a la computadora, lamentando mi mala suerte; cuando me disponía a cumplir uno de mis más inmensos deseos, alguien interrumpe, y lo peor del caso es que Ana se podía arrepentir.
—Quién es? —Pregunto Ana.
—Soy yo, Amparo. —se escucho del otro lado de la puerta y Ana la abrió.
—Buenas tardes, Señora Ana, es que no hemos podido comunicarnos con usted puesto que su teléfono no sirve.
—Esta mañana estaba bien, de todas formas que se le ofrece—dijo Ana.
—Es para confirmar la cancelación de la reunión de esta tarde, Señora Ana.
—Si, como no, quedó cancelada y se hará la próxima semana, tal como le dije a la Señora Jimena.
—OK, Señora Ana, era todo y muchas gracias, que pase buena tarde.
Desconecté el teléfono cuando entré por primera vez a su cuarto, para que la alarma no la despertara en caso de que entrara una llamada; esta acción se volvió contra mi afectando negativamente mis propósitos.
Ana se dirigió al teléfono para probarlo y obviamente no le sirvió.
—No te preocupes, luego lo reviso—dije.
—No hay problema. Javier, es hora de que te vayas. —era lo que temía.
—Pero porqué, amor, vamos a dejar inconcluso lo que iniciamos?
—No quiero seguirme exponiendo, esto que acaba de pasar es una señal.
—No te asustes, vinieron a buscarte porque el teléfono se encuentra averiado, de no ser así, solo nos habría interrumpido la alarma y podrías haber optado por no contestar. Por favor, mamita, no seas mala.—dije, y la tomé entre mis brazos, a lo que no opuso resistencia.
—Eres persistente, no?
—Vale la pena, por algo tan hermoso cualquiera…—no me dejó terminar, puesto que fue ella quien me besó desaforadamente, buscando mi lengua con la suya, mientras yo metía mi mano bajo su falda y le apretaba el culo y la entrepierna. Ana recobró en menos de nada su estado de excitación y aproveché para meterme otra vez bajo su falda, por encima de la mediapantalón le besé nuevamente el culo y suavemente le mordí la entrepierna; lanzó un gemido y se tuvo que agarrar de la pared para no caer.
Esta vez caminamos rápido hacia su habitación y de inmediato le quite el buzo, le quité la falda y quedó nuevamente como estaba cuando nos interrumpieron. Ver a esta mujer en prendas intimas me puso a mil, la erección que tenía era fenomenal y mi pene quería salir; de vez en cuando Ana le dirigía miradas furtivas y entonces me quite el pantalón quedando en paños menores para que mi erección fuera más evidente; le quité las enaguas y las tiré sobre la cama, Ana quedó cubierta solamente por el corsé, las bragas y sobre estas la media pantalón. Se podía apreciar aquel inmenso triangulo y de inmediato me arrodillé para quitarle las medias; se las quité muy suave y lentamente, disfrutando aquel momento, mientras bajaba sus medias, bajaba también mi lengua por sus piernas y Ana temblaba; le quité los zapatos, terminé con las medias y dirigí la mirada hacia su concha cubierta ahora solo por las bragas: que delicia, eran unas bragas blancas, adornadas con rosas y arabescos al igual que su corsé, y por encima de ellas se podía apreciar ese hermoso pubis, del cual nacía y ascendía para morir en el ombligo, un excitante caminito de vellos.
Me puse de pie y la besé nuevamente en la boca, su lengua estaba ávida de la mía, cuando me dispuse a quitarle el corsé, me dijo como con voz de niña:
—Papito…prométeme que no serás brusco, si?
—Porqué me dices eso, bebe.
—Es que desde que murió mi esposo no he tenido relaciones sexuales.
—Y cuanto hace de eso?
—Veintiséis años…papito—era increíble; si Ana quedó viuda a los treinta años, entonces ahora tenía cincuenta y seis y cómo se conservaba de suculenta. Asombroso, y yo que le había calculado una edad de cincuenta y dos años.
—Que desperdicio. No te preocupes, ricura, te voy a tratar con suavidad, te voy a besar cada centímetro de tu cuerpo. Me gustas mucho bomboncito—le dije.
Procedí a quitarle el corsé, y de esa prisión salieron libres dos golosinas: dos tetas grandes y firmes a pesar de la edad, de piel entre blanca y trigueña, tibias, perfumadas, con una areola negra de unos diez centímetros de diámetro y pezones grandes y erectos, surcadas desde los mismos por venas de color verde-azul; no pude aguantar más y me lancé sobre ellas para besarlas, apretarlas, olerlas, morderlas suavemente.
Ana se dejo caer sobre la cama, totalmente excitada; yo le besaba las axilas que despedían un olor maravilloso, le chupaba los pelos, le chupaba los pezones, la mordía por todo lado y le metía mi mano entre las bragas; estaba totalmente mojada. Le quité las bragas muy despacio, degustando el momento; que concha tan espectacular, olía maravilloso, cubierta por una mata de pelo muy tupida; le quité las bragas y las tiré sobre la cabecera de la cama, subí pasando mi lengua por sus piernas, directamente, sin medias. Nuevamente un beso largo y apasionado antes de comenzar con el plato fuerte.
Otra vez degusté sus tetas, succioné por largo rato sus pezones y empecé a bajar; llegué a su ombligo y lo lamí pasando luego mi lengua por ese caminito de vellos; cuando llegué a ese tupido triangulo, lo rocé con mi cara, con mi nariz, con mi boca, con mis dientes. A estas alturas, Ana se contorsionaba, se agarraba de la cama y mordía las almohadas. Con mucha suavidad aparté aquella mata de pelos para poder apreciar aquella concha: eran unos labios grandes, hermosos, rosados, acompañados de un clítoris paradito que pedía a gritos que lo chuparan; un poco más abajo, ese rico culo, ansioso por sentir mi lengua en su interior.
Cuando pasé mi lengua efímeramente por el perineo, noté que Ana arqueaba la espalda; lo hice nuevamente y cuando Ana se arqueó, aproveché y le metí un cojín por debajo de la espalda. Hace apenas siete días no vislumbraba la posibilidad de hacer mía a aquella mujer, y ahora, el banquete estaba servido. Cuando comencé a lamer aquellos labios, Ana se sentó en la cama de súbito y me dijo con voz ronca por la excitación:
—Javier, yo te advertí que nada de mañas y…—no la dejé terminar, la besé en la boca y le dije:
—Mi amor, esto es muy normal, es más, tú lo estás disfrutando; tranquila, relájate.
La tumbe sobre la cama, le acomodé el cojín y reinicié mi labor. Mi lengua recorría aquella concha milímetro a milímetro y cuando tocaba esporádicamente el clítoris, Ana aullaba de placer, lo que me excitaba más; le metía uno, dos dedos y por supuesto mi lengua. Yo quería chuparle ese culo tan provocador, pero no me quise arriesgar; claro que en un momento fingí que lo tocaba con un dedo accidentalmente y cuando Ana lo sintió en su orificio, ajustó sus piernas contra mi cabeza y lanzó un gemido que ahogó con la almohada.
Era el turno para el clítoris, y cuando me pegué de él, ya estaba duro; yo lo lamía y chupaba con suavidad, Ana seguía gimiendo, eran gemidos graves, agudos, apagados y en un momento dado apretó mi cabeza con sus manos y la estrelló fuertemente contra su concha, se contorsionó, entró en espasmos, emitió un gemido y descargó su leche en mi cara. Su respiración era agitada, sus tetas se movían al ritmo de la misma y tenía la mirada apagada por el placer; la besé en la boca para compartir sus jugos y me correspondió con avidez.
—Abre las piernas al máximo mamita—le susurré al oído.
—Para que papito lindo. —qué pregunta.
—Para meterte mi pene, estoy que eyaculo.
En efecto, abrió bien sus piernas y empecé a meterle mi pene lentamente; Ana cerró los ojos al sentirlo y empezó a musitar frases que me excitaban aún más.
—Papito, te quiero, que rico, no te detengas, hazme tuya—decía.
Empecé a acelerar y mi escroto chocaba con su concha, se sentía el sonar de la cama con el ritmo de mis embestidas, aquella gruta era cálida, Ana me apretaba, me mordía y clavaba las uñas a la vez que ayudaba con el movimiento; cuando ya no me pude contener más, aceleré y Ana lo entendió porque incrementó su movimiento y me apretó mucho más contra ella: le descargué un chorro abundante y prolongado en todo su interior al tiempo que ella emitía un grito. Me derrumbé encima de ella y mi cara pegó directo en sus bragas, que olían celestial.
—Es bien caliente tu semen, que rico. —dijo.
Quedamos exhaustos, el uno al lado del otro, Ana se recostó en mi pecho y al cabo de diez minutos ya estaba listo para cogerla nuevamente. Le metí mis dedos en la concha y me dijo:
—Por favor Javier, ya no más, basta.
—Porqué, amor, no te gustó?
—Ya es tarde y me tengo que bañar y hacer otras cosas.
—No te preocupes, y o te baño, nos bañamos los dos.
—Si pero es que…—de inmediato coloqué mi boca en su concha y empecé a lamerla con frenesí, otra vez su clítoris en mis labios y lengua, poco a poco se fue endureciendo y Ana no tardó en estar a punto nuevamente, y cuando estaba bastante excitada le dije:
—Ponte boca abajo y en cuatro patitas, corazón.
—No papito, no, yo te advertí claramente.
—No te preocupes amor, va por la conchita, tranquila. Compláceme bebé.
—No insistas papito, no voy a ceder. Por favor papi, métemela como ahora.—dijo
—Tus deseos son órdenes.
No insistí esta vez, pero trabajaría para lograr mi propósito: degustar ese culito tan lindo y delicioso puesto que este no sería nuestro único encuentro. Tenía una gran erección, y estar dentro de esa concha tan cálida era una sensación estupenda; metía y sacaba con un ritmo que no decaía y al cabo de cinco minutos sentí cuando Ana tuvo otro orgasmo, siempre acompañado de un gemido. Continué por un tiempo más y contemplaba a Ana con los ojos cerrados, sus grandes tetas moviéndose al ritmo que yo le impusiera, miré sus axilas cubiertas de pelo y sentí el chorro que iba a salir, entonces saqué mi pene de su concha y lo seguí restregando en su triangulo de pelo hasta que finalmente eyaculé en su pubis y parte de su estómago. Fue algo maravilloso, otra vez Ana se recostó en mi pecho, pasó la mano por su estómago y me dijo:
—Porqué lo echaste por fuera, papacito.
—Me dijiste que era muy caliente, entendí que te gustó.
—Eres morboso, mi amor.
—No, lo que pasa es que tú me tienes loco.
Después de quince minutos se levantó y me dijo que iba para la ducha.
—Voy contigo. —dije.
—Tú no rebajas una, verdad papito?
—Sería un desperdicio no estar contigo bajo el agua caliente.
Estando en la ducha, dejé el agua a término medio y con la tibieza del agua volvieron las caricias, los besos, los apretones; quise colocarle una mano en mi pene pero se resistió y me miró queriendo denotar enojo. Me situé detrás de ella y empecé a sobar mi pene contra su espalda; al cabo de unos minutos le descargué otro chorro en su espalda.
—Es que no acabas nunca, papito?
—Contigo jamás.
Después de vestidos, otro abrazo, otro beso bien largo y generoso.
—Cuando regresas, papi. —dijo, y en este momento se abría la puerta para otros encuentros con diferente historia para contar.
—Mañana y los días que tú quieras. Espero que la próxima vez te portes mejor.
—Eres un pillo, amor. En verdad vienes mañana?
—Obviamente, aún no he terminado el trabajo.
—Y cuando termines?
—Ya te lo dije, ricura, los días que tu quieras.
¡No lo podía creer!, Ana me estaba pidiendo que la llevara a su propia cama. Esto acrecentó más mi excitación y muy lentamente nos desplazamos hacia su habitación puesto que yo no estaba dispuesto a soltarla; mientras nos dirigíamos hacia allá, nos seguíamos besando y yo la manoseaba por todo el cuerpo; cerré la puerta y la llevé hacia su cama, un nido de amor grande, bien decorado, con cojines, almohadones y con un colchón bien mullido que invitaba a vivir en él.
Estando al pie de la cama la giré suavemente, me incliné y empecé a besar sus ricas piernas desde los tobillos, subí lentamente pasando mi lengua hasta llegar a sus muslos, me metí debajo de su falda y le besé el culo, le mordí las nalgas por encima de la media pantalón a la vez que apretaba su concha; Ana tuvo que apoyarse en el espejo de su tocador para no caer. Nuevamente la giré dejándola de frente a mí y coloqué mi boca sobre la suya, empecé a besarla suavemente, aparté sus labios con mi lengua y la introduje en su boca; de nuevo el juego de lengua, al principio muy lentamente, pero con el paso del tiempo con ansiedad y avidez. Cuando nos apartamos para tomar un poco de aire, le dije suavemente:
—Levanta los brazos, amor.
—Para qué—me respondió con voz queda.
—Para sacarte el buzo, bombón.
—Ay no, Javier, esto es una locura, por favor acabemos con esto.
—No te preocupes, nadie se va a enterar de nada, tus hijos están viajando y tú no esperas a alguien.
—Pero es que…—no la deje terminar, ahogué sus palabras con un beso, mientras tomaba sus brazos y los subía con cuidado para depositarlos sobre mis hombros. La verdad es que Ana se encontraba más excitada que yo.
—Está bien, Javier…pero quiero que entiendas una cosa: soy una mujer tradicional y no te voy a tolerar mañas o aberraciones; si detecto algo anormal, de inmediato paro y todo se acabó, de acuerdo? —era la primera vez que Ana me tuteaba. Obviamente que yo no iba a estropear aquella oportunidad, tenía mis deseos, pero los iría satisfaciendo poco a poco, con paciencia y con tacto; a pesar de que Ana estaba muy excitada, esta vez no pensaba arriesgarme, y le dije:
—A que te refieres, bebé.
—Tú sabes a que me refiero, papito. —esta expresión me confirmó su grado de excitación.
Acto seguido levantó los brazos y empecé a quitarle el buzo; la visión que tenía ante mí era maravillosa: aparecieron unas enormes tetas empacadas en un corsé blanco, y por encima del corsé, se podía apreciar la enorme areola de aquellas tetas tan deseadas; tenía un espeso vello axilar, negro. Casi que me derramo en mis pantaloncillos porque todo esto aumentó más mi excitación. Le desapunte la falda y le abrí la cremallera, la falda cayó al piso y quedo cubierta de cintura para abajo únicamente con sus suaves enaguas blancas; me disponía a quitarle las enaguas, cuando, qué mala suerte, tocaron a la puerta;, la excitación de Ana desapareció y comenzó a vestirse apresuradamente, mientras me decía:
—¡Te lo dije, esto es una locura!, siéntate al frente de la computadora como si aún estuvieras trabajando.—dijo, mientras se acomodaba el cabello y me dirigía algo así como una mirada de reproche.
Rápidamente me acomodé frente a la computadora, lamentando mi mala suerte; cuando me disponía a cumplir uno de mis más inmensos deseos, alguien interrumpe, y lo peor del caso es que Ana se podía arrepentir.
—Quién es? —Pregunto Ana.
—Soy yo, Amparo. —se escucho del otro lado de la puerta y Ana la abrió.
—Buenas tardes, Señora Ana, es que no hemos podido comunicarnos con usted puesto que su teléfono no sirve.
—Esta mañana estaba bien, de todas formas que se le ofrece—dijo Ana.
—Es para confirmar la cancelación de la reunión de esta tarde, Señora Ana.
—Si, como no, quedó cancelada y se hará la próxima semana, tal como le dije a la Señora Jimena.
—OK, Señora Ana, era todo y muchas gracias, que pase buena tarde.
Desconecté el teléfono cuando entré por primera vez a su cuarto, para que la alarma no la despertara en caso de que entrara una llamada; esta acción se volvió contra mi afectando negativamente mis propósitos.
Ana se dirigió al teléfono para probarlo y obviamente no le sirvió.
—No te preocupes, luego lo reviso—dije.
—No hay problema. Javier, es hora de que te vayas. —era lo que temía.
—Pero porqué, amor, vamos a dejar inconcluso lo que iniciamos?
—No quiero seguirme exponiendo, esto que acaba de pasar es una señal.
—No te asustes, vinieron a buscarte porque el teléfono se encuentra averiado, de no ser así, solo nos habría interrumpido la alarma y podrías haber optado por no contestar. Por favor, mamita, no seas mala.—dije, y la tomé entre mis brazos, a lo que no opuso resistencia.
—Eres persistente, no?
—Vale la pena, por algo tan hermoso cualquiera…—no me dejó terminar, puesto que fue ella quien me besó desaforadamente, buscando mi lengua con la suya, mientras yo metía mi mano bajo su falda y le apretaba el culo y la entrepierna. Ana recobró en menos de nada su estado de excitación y aproveché para meterme otra vez bajo su falda, por encima de la mediapantalón le besé nuevamente el culo y suavemente le mordí la entrepierna; lanzó un gemido y se tuvo que agarrar de la pared para no caer.
Esta vez caminamos rápido hacia su habitación y de inmediato le quite el buzo, le quité la falda y quedó nuevamente como estaba cuando nos interrumpieron. Ver a esta mujer en prendas intimas me puso a mil, la erección que tenía era fenomenal y mi pene quería salir; de vez en cuando Ana le dirigía miradas furtivas y entonces me quite el pantalón quedando en paños menores para que mi erección fuera más evidente; le quité las enaguas y las tiré sobre la cama, Ana quedó cubierta solamente por el corsé, las bragas y sobre estas la media pantalón. Se podía apreciar aquel inmenso triangulo y de inmediato me arrodillé para quitarle las medias; se las quité muy suave y lentamente, disfrutando aquel momento, mientras bajaba sus medias, bajaba también mi lengua por sus piernas y Ana temblaba; le quité los zapatos, terminé con las medias y dirigí la mirada hacia su concha cubierta ahora solo por las bragas: que delicia, eran unas bragas blancas, adornadas con rosas y arabescos al igual que su corsé, y por encima de ellas se podía apreciar ese hermoso pubis, del cual nacía y ascendía para morir en el ombligo, un excitante caminito de vellos.
Me puse de pie y la besé nuevamente en la boca, su lengua estaba ávida de la mía, cuando me dispuse a quitarle el corsé, me dijo como con voz de niña:
—Papito…prométeme que no serás brusco, si?
—Porqué me dices eso, bebe.
—Es que desde que murió mi esposo no he tenido relaciones sexuales.
—Y cuanto hace de eso?
—Veintiséis años…papito—era increíble; si Ana quedó viuda a los treinta años, entonces ahora tenía cincuenta y seis y cómo se conservaba de suculenta. Asombroso, y yo que le había calculado una edad de cincuenta y dos años.
—Que desperdicio. No te preocupes, ricura, te voy a tratar con suavidad, te voy a besar cada centímetro de tu cuerpo. Me gustas mucho bomboncito—le dije.
Procedí a quitarle el corsé, y de esa prisión salieron libres dos golosinas: dos tetas grandes y firmes a pesar de la edad, de piel entre blanca y trigueña, tibias, perfumadas, con una areola negra de unos diez centímetros de diámetro y pezones grandes y erectos, surcadas desde los mismos por venas de color verde-azul; no pude aguantar más y me lancé sobre ellas para besarlas, apretarlas, olerlas, morderlas suavemente.
Ana se dejo caer sobre la cama, totalmente excitada; yo le besaba las axilas que despedían un olor maravilloso, le chupaba los pelos, le chupaba los pezones, la mordía por todo lado y le metía mi mano entre las bragas; estaba totalmente mojada. Le quité las bragas muy despacio, degustando el momento; que concha tan espectacular, olía maravilloso, cubierta por una mata de pelo muy tupida; le quité las bragas y las tiré sobre la cabecera de la cama, subí pasando mi lengua por sus piernas, directamente, sin medias. Nuevamente un beso largo y apasionado antes de comenzar con el plato fuerte.
Otra vez degusté sus tetas, succioné por largo rato sus pezones y empecé a bajar; llegué a su ombligo y lo lamí pasando luego mi lengua por ese caminito de vellos; cuando llegué a ese tupido triangulo, lo rocé con mi cara, con mi nariz, con mi boca, con mis dientes. A estas alturas, Ana se contorsionaba, se agarraba de la cama y mordía las almohadas. Con mucha suavidad aparté aquella mata de pelos para poder apreciar aquella concha: eran unos labios grandes, hermosos, rosados, acompañados de un clítoris paradito que pedía a gritos que lo chuparan; un poco más abajo, ese rico culo, ansioso por sentir mi lengua en su interior.
Cuando pasé mi lengua efímeramente por el perineo, noté que Ana arqueaba la espalda; lo hice nuevamente y cuando Ana se arqueó, aproveché y le metí un cojín por debajo de la espalda. Hace apenas siete días no vislumbraba la posibilidad de hacer mía a aquella mujer, y ahora, el banquete estaba servido. Cuando comencé a lamer aquellos labios, Ana se sentó en la cama de súbito y me dijo con voz ronca por la excitación:
—Javier, yo te advertí que nada de mañas y…—no la dejé terminar, la besé en la boca y le dije:
—Mi amor, esto es muy normal, es más, tú lo estás disfrutando; tranquila, relájate.
La tumbe sobre la cama, le acomodé el cojín y reinicié mi labor. Mi lengua recorría aquella concha milímetro a milímetro y cuando tocaba esporádicamente el clítoris, Ana aullaba de placer, lo que me excitaba más; le metía uno, dos dedos y por supuesto mi lengua. Yo quería chuparle ese culo tan provocador, pero no me quise arriesgar; claro que en un momento fingí que lo tocaba con un dedo accidentalmente y cuando Ana lo sintió en su orificio, ajustó sus piernas contra mi cabeza y lanzó un gemido que ahogó con la almohada.
Era el turno para el clítoris, y cuando me pegué de él, ya estaba duro; yo lo lamía y chupaba con suavidad, Ana seguía gimiendo, eran gemidos graves, agudos, apagados y en un momento dado apretó mi cabeza con sus manos y la estrelló fuertemente contra su concha, se contorsionó, entró en espasmos, emitió un gemido y descargó su leche en mi cara. Su respiración era agitada, sus tetas se movían al ritmo de la misma y tenía la mirada apagada por el placer; la besé en la boca para compartir sus jugos y me correspondió con avidez.
—Abre las piernas al máximo mamita—le susurré al oído.
—Para que papito lindo. —qué pregunta.
—Para meterte mi pene, estoy que eyaculo.
En efecto, abrió bien sus piernas y empecé a meterle mi pene lentamente; Ana cerró los ojos al sentirlo y empezó a musitar frases que me excitaban aún más.
—Papito, te quiero, que rico, no te detengas, hazme tuya—decía.
Empecé a acelerar y mi escroto chocaba con su concha, se sentía el sonar de la cama con el ritmo de mis embestidas, aquella gruta era cálida, Ana me apretaba, me mordía y clavaba las uñas a la vez que ayudaba con el movimiento; cuando ya no me pude contener más, aceleré y Ana lo entendió porque incrementó su movimiento y me apretó mucho más contra ella: le descargué un chorro abundante y prolongado en todo su interior al tiempo que ella emitía un grito. Me derrumbé encima de ella y mi cara pegó directo en sus bragas, que olían celestial.
—Es bien caliente tu semen, que rico. —dijo.
Quedamos exhaustos, el uno al lado del otro, Ana se recostó en mi pecho y al cabo de diez minutos ya estaba listo para cogerla nuevamente. Le metí mis dedos en la concha y me dijo:
—Por favor Javier, ya no más, basta.
—Porqué, amor, no te gustó?
—Ya es tarde y me tengo que bañar y hacer otras cosas.
—No te preocupes, y o te baño, nos bañamos los dos.
—Si pero es que…—de inmediato coloqué mi boca en su concha y empecé a lamerla con frenesí, otra vez su clítoris en mis labios y lengua, poco a poco se fue endureciendo y Ana no tardó en estar a punto nuevamente, y cuando estaba bastante excitada le dije:
—Ponte boca abajo y en cuatro patitas, corazón.
—No papito, no, yo te advertí claramente.
—No te preocupes amor, va por la conchita, tranquila. Compláceme bebé.
—No insistas papito, no voy a ceder. Por favor papi, métemela como ahora.—dijo
—Tus deseos son órdenes.
No insistí esta vez, pero trabajaría para lograr mi propósito: degustar ese culito tan lindo y delicioso puesto que este no sería nuestro único encuentro. Tenía una gran erección, y estar dentro de esa concha tan cálida era una sensación estupenda; metía y sacaba con un ritmo que no decaía y al cabo de cinco minutos sentí cuando Ana tuvo otro orgasmo, siempre acompañado de un gemido. Continué por un tiempo más y contemplaba a Ana con los ojos cerrados, sus grandes tetas moviéndose al ritmo que yo le impusiera, miré sus axilas cubiertas de pelo y sentí el chorro que iba a salir, entonces saqué mi pene de su concha y lo seguí restregando en su triangulo de pelo hasta que finalmente eyaculé en su pubis y parte de su estómago. Fue algo maravilloso, otra vez Ana se recostó en mi pecho, pasó la mano por su estómago y me dijo:
—Porqué lo echaste por fuera, papacito.
—Me dijiste que era muy caliente, entendí que te gustó.
—Eres morboso, mi amor.
—No, lo que pasa es que tú me tienes loco.
Después de quince minutos se levantó y me dijo que iba para la ducha.
—Voy contigo. —dije.
—Tú no rebajas una, verdad papito?
—Sería un desperdicio no estar contigo bajo el agua caliente.
Estando en la ducha, dejé el agua a término medio y con la tibieza del agua volvieron las caricias, los besos, los apretones; quise colocarle una mano en mi pene pero se resistió y me miró queriendo denotar enojo. Me situé detrás de ella y empecé a sobar mi pene contra su espalda; al cabo de unos minutos le descargué otro chorro en su espalda.
—Es que no acabas nunca, papito?
—Contigo jamás.
Después de vestidos, otro abrazo, otro beso bien largo y generoso.
—Cuando regresas, papi. —dijo, y en este momento se abría la puerta para otros encuentros con diferente historia para contar.
—Mañana y los días que tú quieras. Espero que la próxima vez te portes mejor.
—Eres un pillo, amor. En verdad vienes mañana?
—Obviamente, aún no he terminado el trabajo.
—Y cuando termines?
—Ya te lo dije, ricura, los días que tu quieras.