triatletaxx
29-08 2006, 07:09 PM
Até las muñecas de la Dolorosa con una soga. De una de las vigas del techo de la cabaña pendía una cadena que yo había puesto ahí. Uní las muñecas atadas a la cadena de tal manera que la Dolorosa quedó con los brazos en alto casi colgando (sólo casi) en punta de pies. Contemplaba un cuerpo desnudo y estirado en la postura que siempre he considerado una de mis favoritas; ver una mujer así simplemente me pone a mil. Era también la postura preferida de la Dolorosa, según ella misma me había dicho. Sus piernas estaban tensas por el esfuerzo de estar de puntas. Puse 2 libros gordos en el suelo como punto de apoyo o promontorio para que ella se parase sobre ellos y así descansase. Con el resto de la soga le até también los tobillos muy juntitos. Al fin estábamos uno frente al otro.
La Dolorosa me gustaba, ¿por qué? no sabría decirlo. Con el pasar del tiempo he tratado de racionalizar las posibles causas de ese gusto formulando hipótesis que al final no me dicen mucho porque la Dolorosa era un misterio, tal vez por eso me gustaba.... me gusta aún ¿donde estarás, Dolorosa? la Dolorosa, la Claudia, era una mezcla, un collage de ciertos fetiches sexuales que tengo; unidos a una personalidad que a mí siempre se me antojó atractiva en las mujeres, sin mencionar su morbidez lujuriosa, su imaginación, su actitud de entrega, el estoicismo conmovedor. Al verla con sus brazos en alto obligada a mantener su tórax erguido y el vientre contraído me dieron unas ganas de hundir mi nariz en sus senos y sobacos afeitados. Pero no lo hice, había que esperar. Dije que Claudia la Dolorosa era una mezcla de aspectos que me gustaban, todos reunidos en una mujer. Su mirada oscura, insondable y melancólica, su boca pequeña poco acostumbrada a la risa. Era una mujer de tez blanca y cabello castaño, muy bello. No era de hablar demasiado, más bien callada. Tal vez sublimaba esa escasez de palabras con la escritura; claro, porque Claudia la Dolorosa escribía: narraciones, ficciones, poemas, todos tan extraños como ella misma. "cuando estemos en el palacio de las tormentas nos abrazaremos desnudos en la lluvia, mojados de nosotros mismos y entonces tú verás..." ¿verás? ¿Qué vería? me preguntaba yo. Esos fueron los primeros versos que me envió por mail.
Me vi envuelto por ella y por la atmósfera que parecía seguirla siempre donde quiera que fuera. Claudia también era de una lujuria a flor de piel que se encendía sobremanera cuando se ejercía fuerza física sobre ella; entiéndase tortura, fuertes azotaínas y cualquier manera brusca o animal de hacer el amor. Dejaba su cuerpo ser invadido por otro cuerpo el cual lo tomaba por asalto. A pesar de eso, no podría decir que ella se rendía a ese asalto, no lo hacía y creo que nunca lo hará. Claudia no era de esas "sumisas" o "esclavas”. Creo que era de una categoría aparte, sui generis y ese era otro motivo más para admirarla. Pero además, la Dolorosa satisfacía un particular gusto que tengo por la abundancia. Su cuerpo era prominente, exuberante a niveles que nunca había visto en vivo.
Cuando me entrevisté con ella por primera vez, no lo podía creer. Debo reconocer que era gorda .de 1, 67 m de estatura, su peso fluctuaba entre los 85 y 90 kilos. Las mujeres obesas no son de mi gusto. Sin embargo Claudia salvaba el óbice con sus medidas casi increíbles: 143, 89 y 108. Era verdadero 8 (ocho), muy semejante al cuerpo de las mujeres negras. Si tomamos en cuenta la grasa de su cuerpo, su cintura, no obstante lo anterior, seguía siendo bastante estrecha, al igual que su espalda; todo lo cual contribuía a resaltar (y no creer) su gigantomastía. Tal era la abundancia de sus tetas colgantes que cuando vestía ropas anchas o un suéter negro que era de su particular gusto, se tendía a pensar que su gordura era mayor aún de lo en realidad era. A este respecto se le dificultaba grandemente hallar en el comercio ropa interior adecuada. Cada uno de sus enormes pechos estaba adornado con una gran y ubérrima areola. Puede que algún remoto ancestro de la Dolorosa haya venido de África, mas el color de su piel no lo delataba. Era muy blanca, más aún si pensamos que habida cuenta de su gordura no acostumbraba a andar escasa de ropas, es decir su piel se mantenía intacta al sol. ¡Que cuerpo más delicioso¡ sin embargo ella decía estar profundamente acomplejada con él: que las estrías, que las celulitis en las nalgas y muslos. Claudia me parecía ser una bonita muñeca cuyo fabricante rellenó solamente en el busto, culo y piernas, y lo demás lo dejó vacío. En su rostro no se vislumbraba la gordura del cuerpo ya que era alargado y con nariz grande. Esto último no era complejo ya que se trataba de una nariz fina, y creo que Claudia estaba orgullosa de ella.
Ahí estaba la Dolorosa, atada, casi colgando. Su pubis peludo (muy peludo) me hipnotizaba. Tenía un bosque negro y brillante; más de alguna vez había pasado mi lengua por esos pelos y probado su sabor. ¿Donde estarás mi hembra dolorosa?, ¿Donde estará tu loca cabeza? La Dolorosa me había desafiado, me estaba probando y por esa razón estábamos en esa cabaña de Isla Negra.
Conocí a la Dolorosa un día, en un chat. Después de eso nos escribimos mails, por semanas. Pasamos a hablar por Messenger. Estuvimos unos meses así; finalmente nos citamos en un café para echarnos un vistazo. Por supuesto que al verla me gustó de inmediato, es decir, ya me gustaba, tan sólo confirmé ese gusto. Quedé fascinado. Nos volvimos a reunir y a la tercera cita tuvimos nuestra primera sesión sado. Nuestra manera de vivir y entender el sadomasoquismo era coincidente. ¿Cuál era el sentido de la violencia y el maltrato? ¿Cuál era el sentido de ese sado-masoquismo? Con Claudia estuvimos de acuerdo en que la respuesta a esas preguntas era "un pretexto”; el pretexto para llegar a la ternura; la fuerza y la violencia eran el pretexto, la causa, la motivación que nos hacía desembocar en ternura. Yo siempre había opinado así. Desde niño me excitaron las mujeres en situaciones vulnerables en donde se exaltara su delicadeza, la belleza de sus formas, las situaciones en donde aparecieran como víctimas desprotegidas. Por eso me gustaba provocar esas situaciones de dolor, para posteriormente tener el "pretexto" de derramar mi ternura, de hacerles probar mi consuelo y congoja por ellas. Claudia decía estar de acuerdo con mi postura. Me señalaba que dicha manera de entender la cuestión no era tan extraña como podría pensarse. Yo creí encontrar un alma gemela. Ahora no estoy tan seguro de ello.
Antes de cada sesión acordábamos los términos de ella; siempre lo hacíamos así. Ella ponía los límites: lo que no quería sufrir, lo que no estaba dispuesta a soportar y yo me comprometía a respetarlos. En todo caso estaba la fórmula de emergencia, la palabra mágica: stop. Yo tenía carta blanca para hacer todo lo que se me ocurriera dentro del margen de límites que ella me había puesto. Pero si en el transcurso de la sesión, la Dolorosa no se sentía capaz de resistir podía darme el aviso correspondiente, stop; sólo ante esa palabra yo me detendría. Esto es, si por ejemplo: la Dolorosa estaba siendo azotada y ella me pedía parar el castigo, llorando, implorando desgarradamente; yo no me detendría sino cuando escuchara de sus labios la fórmula mágica, ¡stop! Se suponía que los chillidos y lágrimas formarían parte del juego lo que no quería decir que no fueran reales o fingidas. Según ella, lo que más esperaba en la sesión eran mis muestras de cariño y ternura. El dolor valía la pena por las caricias y besitos que traerían como consecuencia. Por eso Claudia me exigía dureza y humillaciones al por mayor durante las sesiones.
El primer encuentro fue una sucesión de bofetadas, pellizcos, estrujamiento de tetas y un spanking contundente, para luego dejarnos llevar por el remanso esperado (de ternura). En las sesiones que siguieron, Claudia pedía dureza en términos crecientes. Siempre más y yo se lo daba. En cada encuentro los quejidos eran mayores y el dolor fue ocupando el lugar principal . Yo, al verla tan doliente cambié mi forma de enfrentar al trabajo de hacerla sufrir. Comencé a dosificar las torturas con muestras de consuelo intercaladas: azotes luego caricias, pellizcos luego besos, apretones luego arrumacos... y así. Estimaba que era una buena forma de que claudia pudiera absorber el castigo. Pero a ella, estos intermedios de dulzura no le gustaron y prefería seguir con el modelo de las primeras sesiones en que dividíamos el encuentro en 2 partes: la tortura, propiamente dicha y la ternura. Traté de volver al régimen antiguo pero confieso que no pude; simplemente me era imposible propinar, por un lapso prolongado de tiempo, dolores tan fuertes. Se lo hice saber y cuando ello ocurrió la mirada de la Dolorosa se hizo más inescrutable que nunca. No me habló más y dejamos de encontrarnos. Me sobrevino tristeza. La dolorosa me gustaba, gozaba con ella como nunca lo hice con ninguna mujer y... tal vez me estaba enamorando. No me escribía. Pasó un mes y mi orgullo no pudo más y le envié un mail. No contestó. Volví a hacerlo 5 veces sin resultado. Le mandé una última carta en que le ofrecía hacer las cosas como a ella le gustaban, le dije que me sentía preparado para ello. Mi plan era aplicarle un tormento y humillaciones tan devastadores que la haría arrepentirse, entonces yo ganaría la disputa, ella gritaría el stop, quedaría demostrado que mi método "suave" era el mejor para luego hacer el amor tiernamente; con eso la haría mía.
Le propuse mi oferta, invitándola a la costa, a Isla Negra. Ahí, un conocido mío, antiguo amigo, se había transformado en empresario turístico y poseía un camping con cabañas que arrendaba a los veraneantes. Era un lugar tranquilo y cómodo, además de aislado, quedaba a 2 km de distancia de la playa hacia el interior. Como era temporada de baja (estábamos en primavera) no habría turistas, de tal manera que podría torturar tranquilo a Claudia. Le daría una lección que no olvidaría lo que redundaría en su propio beneficio. Aceptó mi propuesta de ir a Isla Negra. Nos fuimos en bus. Partimos a las 3 de la tarde de la ciudad y llegamos a Isla Negra aproximadamente a las 5. La estación se encontraba frente a la playa y desde ese lugar había una distancia de 2 Km. hasta el camping. Yo ya tenía las llaves de nuestra cabaña ya que me había contactado con mi amigo en la ciudad. Lo más razonable era abordar un taxi pero decidí que iríamos a pie. La mirada de la Dolorosa estaba muy ausente y tenía un mutismo que me parecía provocador lo que me irritaba, por lo que la obligaría a caminar, iniciaría desde ya su suplicio. Se lo dije
"para eso estamos aquí" me contestó.
Comenzamos la marcha y Claudia, a los 3 segundos, se detuvo y me miró, sus ojos ahora eran suplicantes y conmovedores.
"quiero fijar tu límite, es sólo uno"
"dime"
"no me dejes sola en ningún momento, por favor" su timbre de voz también había cambiado, era el de una niña que pedía protección.
"claudia" le dije "no es necesario que hagamos esta prueba tonta; me gusta el sado pero no a estos niveles, tu sabes que me gusta mezclarlo con ternura"
"a mi también me gusta la ternura, pero quiero pagar por ella un buen precio. Está bien, si no quieres me voy, no te obligaré a algo que tú no deseas" su mirada otra vez volvía a ser fría.
"está bien claudia, vamos, respetaré tu límite y te castigaré de una forma que no soportarás y te verás obligada a reclamar el stop, entonces, cuando eso ocurra, las cosas serán como yo diga ¿de acuerdo?" ella no contestó, entonces yo le apreté el cuello.
"aaaaaay, de acuerdo" dijo y siguió con la mirada ida.
"vamos" dije y la empujé brusco "a caminar”.
El camino estaba sin pavimentar y lo cercaba un bosque de coníferas, no se veían personas a excepción de nosotros, tampoco automóviles. Todo el ambiente estaba impregnado de un aroma a pinos. La Dolorosa, llevaba un vestido floreado, muy ancho y largo, de tipo artesanal o hippie. Ese tipo de ropas eran habituales en ella. Camuflaba así su acomplejada gordura. Acorde con ese vestuario, calzaba sandalias. Después de unos minutos y con un trecho caminado le ordené que se quitara las sandalias
"irás descalza"- de mi mochila saqué una soga que llevaba al efecto y se la até a la cintura -"iremos trotando"- yo iría delante, tirándola con la soga y ella detrás. "vas a sufrir mierda si eso es lo que quieres, deberás seguir mi ritmo, hasta que lleguemos a la cabaña. No quiero que te detengas"
Sabía que tal ejercicio de correr por 2 km resultaría agobiante para ella; estaba sobrepasada en peso y no tenía costumbre de ejercitar su cuerpo. Para mi no era nada, soy fondista amateur. Tenía la secreta esperanza que eso haría recapacitar a Claudia. Ella estaba habituada a los golpes, azotes y ese tipo de cosas, pero no a ejercicios aeróbicos. Por lo demás el camino estaba plagado de piedras que irían martirizando sus pies desnudos.
"vamos cerda, corre"-
Al minuto de correr, su blanco rostro se volvió sonrosado por el esfuerzo, su cabello se movía y parecía negro. Pensé en la belleza de Claudia la Dolorosa; me parecía que tan sólo yo entendía esa belleza y que había sido hecha para mí. Como el vestido llegaba hasta los tobillos, fue llenándose de polvo. Su frente y mejillas perladas por el sudor adquirieron la forma de la angustia
"¿te falta el aire cerda? más rápido" tiré de la cuerda bruscamente y me respondió con un
"aaay”. Sus volúmenes saltaban al ritmo del trote; realmente le pesaban.
"¿te pesa el culo?"
No hablaba, no podía hacerlo ya que debía ahorrar el aliento. Yo también seguí corriendo en silencio. El cansancio me llegaba a mí, claro que no se comparaba con el de la Dolorosa. Su boca, su pequeña boca de animé japonés iba abierta. Su vestido ya estaba mojado en la espalda y a nivel del pecho.
"uf, uf , uf , uf , noo"
"¿qué me dices cerda?"
"no sigas por favor" en respuesta, yo tiré de la cuerda y aceleré el paso.
"más rápido no, no por favor, no puedo más, se me sale el corazón " yo seguí corriendo y me puse a su lado, trotando paralelamente a ella. Di un fuerte agarrón a su teta izquierda
"aaaay " volví a hacerlo más fuerte y se la sacudí, le dije
"sucede Claudita que estas ubres de vaca te pesan, lo mismo este culo de yegua" acto seguido le pateé bárbaramente el trasero y cayó pesadamente, de bruces, al suelo
"aaaay"
Su rostro y pelo se empolvaron y vi sus ojos llenos de lágrimas. El vestido también se ensució, vi que su mano tenía una pequeña fisura. Se me contrajo el alma al verla tan derrotada y vulnerable pero no podía flaquear. Quedó tirada ahí, usufructuando al máximo ese pequeño y accidentado descanso. Respiraba agitada. Pobre claudia, si tan sólo hubiera dicho stop
"levántate vaca inmunda" tomé su largo cabello y tiré de él hacia arriba como tratando de arrancar una mata de maleza
"aaaaaaaaaaaaah"- jalé hasta que estuvo de pié, luego le di un bofetón en la mejilla, ella llevó sus manos a la cara como tratando de taparla
"¿has tenido suficiente vaca?"
La mirada de la dolorosa continuó impertérrita y a mi se me antojó altiva. Seguimos corriendo. Resistió el trote hasta las cabañas y a pesar de la agitación que experimentaba ya no se quejó. Sé cuán duro era para ella el esfuerzo aeróbico, ¡que estoicismo más admirable tenía¡
La Dolorosa me gustaba, ¿por qué? no sabría decirlo. Con el pasar del tiempo he tratado de racionalizar las posibles causas de ese gusto formulando hipótesis que al final no me dicen mucho porque la Dolorosa era un misterio, tal vez por eso me gustaba.... me gusta aún ¿donde estarás, Dolorosa? la Dolorosa, la Claudia, era una mezcla, un collage de ciertos fetiches sexuales que tengo; unidos a una personalidad que a mí siempre se me antojó atractiva en las mujeres, sin mencionar su morbidez lujuriosa, su imaginación, su actitud de entrega, el estoicismo conmovedor. Al verla con sus brazos en alto obligada a mantener su tórax erguido y el vientre contraído me dieron unas ganas de hundir mi nariz en sus senos y sobacos afeitados. Pero no lo hice, había que esperar. Dije que Claudia la Dolorosa era una mezcla de aspectos que me gustaban, todos reunidos en una mujer. Su mirada oscura, insondable y melancólica, su boca pequeña poco acostumbrada a la risa. Era una mujer de tez blanca y cabello castaño, muy bello. No era de hablar demasiado, más bien callada. Tal vez sublimaba esa escasez de palabras con la escritura; claro, porque Claudia la Dolorosa escribía: narraciones, ficciones, poemas, todos tan extraños como ella misma. "cuando estemos en el palacio de las tormentas nos abrazaremos desnudos en la lluvia, mojados de nosotros mismos y entonces tú verás..." ¿verás? ¿Qué vería? me preguntaba yo. Esos fueron los primeros versos que me envió por mail.
Me vi envuelto por ella y por la atmósfera que parecía seguirla siempre donde quiera que fuera. Claudia también era de una lujuria a flor de piel que se encendía sobremanera cuando se ejercía fuerza física sobre ella; entiéndase tortura, fuertes azotaínas y cualquier manera brusca o animal de hacer el amor. Dejaba su cuerpo ser invadido por otro cuerpo el cual lo tomaba por asalto. A pesar de eso, no podría decir que ella se rendía a ese asalto, no lo hacía y creo que nunca lo hará. Claudia no era de esas "sumisas" o "esclavas”. Creo que era de una categoría aparte, sui generis y ese era otro motivo más para admirarla. Pero además, la Dolorosa satisfacía un particular gusto que tengo por la abundancia. Su cuerpo era prominente, exuberante a niveles que nunca había visto en vivo.
Cuando me entrevisté con ella por primera vez, no lo podía creer. Debo reconocer que era gorda .de 1, 67 m de estatura, su peso fluctuaba entre los 85 y 90 kilos. Las mujeres obesas no son de mi gusto. Sin embargo Claudia salvaba el óbice con sus medidas casi increíbles: 143, 89 y 108. Era verdadero 8 (ocho), muy semejante al cuerpo de las mujeres negras. Si tomamos en cuenta la grasa de su cuerpo, su cintura, no obstante lo anterior, seguía siendo bastante estrecha, al igual que su espalda; todo lo cual contribuía a resaltar (y no creer) su gigantomastía. Tal era la abundancia de sus tetas colgantes que cuando vestía ropas anchas o un suéter negro que era de su particular gusto, se tendía a pensar que su gordura era mayor aún de lo en realidad era. A este respecto se le dificultaba grandemente hallar en el comercio ropa interior adecuada. Cada uno de sus enormes pechos estaba adornado con una gran y ubérrima areola. Puede que algún remoto ancestro de la Dolorosa haya venido de África, mas el color de su piel no lo delataba. Era muy blanca, más aún si pensamos que habida cuenta de su gordura no acostumbraba a andar escasa de ropas, es decir su piel se mantenía intacta al sol. ¡Que cuerpo más delicioso¡ sin embargo ella decía estar profundamente acomplejada con él: que las estrías, que las celulitis en las nalgas y muslos. Claudia me parecía ser una bonita muñeca cuyo fabricante rellenó solamente en el busto, culo y piernas, y lo demás lo dejó vacío. En su rostro no se vislumbraba la gordura del cuerpo ya que era alargado y con nariz grande. Esto último no era complejo ya que se trataba de una nariz fina, y creo que Claudia estaba orgullosa de ella.
Ahí estaba la Dolorosa, atada, casi colgando. Su pubis peludo (muy peludo) me hipnotizaba. Tenía un bosque negro y brillante; más de alguna vez había pasado mi lengua por esos pelos y probado su sabor. ¿Donde estarás mi hembra dolorosa?, ¿Donde estará tu loca cabeza? La Dolorosa me había desafiado, me estaba probando y por esa razón estábamos en esa cabaña de Isla Negra.
Conocí a la Dolorosa un día, en un chat. Después de eso nos escribimos mails, por semanas. Pasamos a hablar por Messenger. Estuvimos unos meses así; finalmente nos citamos en un café para echarnos un vistazo. Por supuesto que al verla me gustó de inmediato, es decir, ya me gustaba, tan sólo confirmé ese gusto. Quedé fascinado. Nos volvimos a reunir y a la tercera cita tuvimos nuestra primera sesión sado. Nuestra manera de vivir y entender el sadomasoquismo era coincidente. ¿Cuál era el sentido de la violencia y el maltrato? ¿Cuál era el sentido de ese sado-masoquismo? Con Claudia estuvimos de acuerdo en que la respuesta a esas preguntas era "un pretexto”; el pretexto para llegar a la ternura; la fuerza y la violencia eran el pretexto, la causa, la motivación que nos hacía desembocar en ternura. Yo siempre había opinado así. Desde niño me excitaron las mujeres en situaciones vulnerables en donde se exaltara su delicadeza, la belleza de sus formas, las situaciones en donde aparecieran como víctimas desprotegidas. Por eso me gustaba provocar esas situaciones de dolor, para posteriormente tener el "pretexto" de derramar mi ternura, de hacerles probar mi consuelo y congoja por ellas. Claudia decía estar de acuerdo con mi postura. Me señalaba que dicha manera de entender la cuestión no era tan extraña como podría pensarse. Yo creí encontrar un alma gemela. Ahora no estoy tan seguro de ello.
Antes de cada sesión acordábamos los términos de ella; siempre lo hacíamos así. Ella ponía los límites: lo que no quería sufrir, lo que no estaba dispuesta a soportar y yo me comprometía a respetarlos. En todo caso estaba la fórmula de emergencia, la palabra mágica: stop. Yo tenía carta blanca para hacer todo lo que se me ocurriera dentro del margen de límites que ella me había puesto. Pero si en el transcurso de la sesión, la Dolorosa no se sentía capaz de resistir podía darme el aviso correspondiente, stop; sólo ante esa palabra yo me detendría. Esto es, si por ejemplo: la Dolorosa estaba siendo azotada y ella me pedía parar el castigo, llorando, implorando desgarradamente; yo no me detendría sino cuando escuchara de sus labios la fórmula mágica, ¡stop! Se suponía que los chillidos y lágrimas formarían parte del juego lo que no quería decir que no fueran reales o fingidas. Según ella, lo que más esperaba en la sesión eran mis muestras de cariño y ternura. El dolor valía la pena por las caricias y besitos que traerían como consecuencia. Por eso Claudia me exigía dureza y humillaciones al por mayor durante las sesiones.
El primer encuentro fue una sucesión de bofetadas, pellizcos, estrujamiento de tetas y un spanking contundente, para luego dejarnos llevar por el remanso esperado (de ternura). En las sesiones que siguieron, Claudia pedía dureza en términos crecientes. Siempre más y yo se lo daba. En cada encuentro los quejidos eran mayores y el dolor fue ocupando el lugar principal . Yo, al verla tan doliente cambié mi forma de enfrentar al trabajo de hacerla sufrir. Comencé a dosificar las torturas con muestras de consuelo intercaladas: azotes luego caricias, pellizcos luego besos, apretones luego arrumacos... y así. Estimaba que era una buena forma de que claudia pudiera absorber el castigo. Pero a ella, estos intermedios de dulzura no le gustaron y prefería seguir con el modelo de las primeras sesiones en que dividíamos el encuentro en 2 partes: la tortura, propiamente dicha y la ternura. Traté de volver al régimen antiguo pero confieso que no pude; simplemente me era imposible propinar, por un lapso prolongado de tiempo, dolores tan fuertes. Se lo hice saber y cuando ello ocurrió la mirada de la Dolorosa se hizo más inescrutable que nunca. No me habló más y dejamos de encontrarnos. Me sobrevino tristeza. La dolorosa me gustaba, gozaba con ella como nunca lo hice con ninguna mujer y... tal vez me estaba enamorando. No me escribía. Pasó un mes y mi orgullo no pudo más y le envié un mail. No contestó. Volví a hacerlo 5 veces sin resultado. Le mandé una última carta en que le ofrecía hacer las cosas como a ella le gustaban, le dije que me sentía preparado para ello. Mi plan era aplicarle un tormento y humillaciones tan devastadores que la haría arrepentirse, entonces yo ganaría la disputa, ella gritaría el stop, quedaría demostrado que mi método "suave" era el mejor para luego hacer el amor tiernamente; con eso la haría mía.
Le propuse mi oferta, invitándola a la costa, a Isla Negra. Ahí, un conocido mío, antiguo amigo, se había transformado en empresario turístico y poseía un camping con cabañas que arrendaba a los veraneantes. Era un lugar tranquilo y cómodo, además de aislado, quedaba a 2 km de distancia de la playa hacia el interior. Como era temporada de baja (estábamos en primavera) no habría turistas, de tal manera que podría torturar tranquilo a Claudia. Le daría una lección que no olvidaría lo que redundaría en su propio beneficio. Aceptó mi propuesta de ir a Isla Negra. Nos fuimos en bus. Partimos a las 3 de la tarde de la ciudad y llegamos a Isla Negra aproximadamente a las 5. La estación se encontraba frente a la playa y desde ese lugar había una distancia de 2 Km. hasta el camping. Yo ya tenía las llaves de nuestra cabaña ya que me había contactado con mi amigo en la ciudad. Lo más razonable era abordar un taxi pero decidí que iríamos a pie. La mirada de la Dolorosa estaba muy ausente y tenía un mutismo que me parecía provocador lo que me irritaba, por lo que la obligaría a caminar, iniciaría desde ya su suplicio. Se lo dije
"para eso estamos aquí" me contestó.
Comenzamos la marcha y Claudia, a los 3 segundos, se detuvo y me miró, sus ojos ahora eran suplicantes y conmovedores.
"quiero fijar tu límite, es sólo uno"
"dime"
"no me dejes sola en ningún momento, por favor" su timbre de voz también había cambiado, era el de una niña que pedía protección.
"claudia" le dije "no es necesario que hagamos esta prueba tonta; me gusta el sado pero no a estos niveles, tu sabes que me gusta mezclarlo con ternura"
"a mi también me gusta la ternura, pero quiero pagar por ella un buen precio. Está bien, si no quieres me voy, no te obligaré a algo que tú no deseas" su mirada otra vez volvía a ser fría.
"está bien claudia, vamos, respetaré tu límite y te castigaré de una forma que no soportarás y te verás obligada a reclamar el stop, entonces, cuando eso ocurra, las cosas serán como yo diga ¿de acuerdo?" ella no contestó, entonces yo le apreté el cuello.
"aaaaaay, de acuerdo" dijo y siguió con la mirada ida.
"vamos" dije y la empujé brusco "a caminar”.
El camino estaba sin pavimentar y lo cercaba un bosque de coníferas, no se veían personas a excepción de nosotros, tampoco automóviles. Todo el ambiente estaba impregnado de un aroma a pinos. La Dolorosa, llevaba un vestido floreado, muy ancho y largo, de tipo artesanal o hippie. Ese tipo de ropas eran habituales en ella. Camuflaba así su acomplejada gordura. Acorde con ese vestuario, calzaba sandalias. Después de unos minutos y con un trecho caminado le ordené que se quitara las sandalias
"irás descalza"- de mi mochila saqué una soga que llevaba al efecto y se la até a la cintura -"iremos trotando"- yo iría delante, tirándola con la soga y ella detrás. "vas a sufrir mierda si eso es lo que quieres, deberás seguir mi ritmo, hasta que lleguemos a la cabaña. No quiero que te detengas"
Sabía que tal ejercicio de correr por 2 km resultaría agobiante para ella; estaba sobrepasada en peso y no tenía costumbre de ejercitar su cuerpo. Para mi no era nada, soy fondista amateur. Tenía la secreta esperanza que eso haría recapacitar a Claudia. Ella estaba habituada a los golpes, azotes y ese tipo de cosas, pero no a ejercicios aeróbicos. Por lo demás el camino estaba plagado de piedras que irían martirizando sus pies desnudos.
"vamos cerda, corre"-
Al minuto de correr, su blanco rostro se volvió sonrosado por el esfuerzo, su cabello se movía y parecía negro. Pensé en la belleza de Claudia la Dolorosa; me parecía que tan sólo yo entendía esa belleza y que había sido hecha para mí. Como el vestido llegaba hasta los tobillos, fue llenándose de polvo. Su frente y mejillas perladas por el sudor adquirieron la forma de la angustia
"¿te falta el aire cerda? más rápido" tiré de la cuerda bruscamente y me respondió con un
"aaay”. Sus volúmenes saltaban al ritmo del trote; realmente le pesaban.
"¿te pesa el culo?"
No hablaba, no podía hacerlo ya que debía ahorrar el aliento. Yo también seguí corriendo en silencio. El cansancio me llegaba a mí, claro que no se comparaba con el de la Dolorosa. Su boca, su pequeña boca de animé japonés iba abierta. Su vestido ya estaba mojado en la espalda y a nivel del pecho.
"uf, uf , uf , uf , noo"
"¿qué me dices cerda?"
"no sigas por favor" en respuesta, yo tiré de la cuerda y aceleré el paso.
"más rápido no, no por favor, no puedo más, se me sale el corazón " yo seguí corriendo y me puse a su lado, trotando paralelamente a ella. Di un fuerte agarrón a su teta izquierda
"aaaay " volví a hacerlo más fuerte y se la sacudí, le dije
"sucede Claudita que estas ubres de vaca te pesan, lo mismo este culo de yegua" acto seguido le pateé bárbaramente el trasero y cayó pesadamente, de bruces, al suelo
"aaaay"
Su rostro y pelo se empolvaron y vi sus ojos llenos de lágrimas. El vestido también se ensució, vi que su mano tenía una pequeña fisura. Se me contrajo el alma al verla tan derrotada y vulnerable pero no podía flaquear. Quedó tirada ahí, usufructuando al máximo ese pequeño y accidentado descanso. Respiraba agitada. Pobre claudia, si tan sólo hubiera dicho stop
"levántate vaca inmunda" tomé su largo cabello y tiré de él hacia arriba como tratando de arrancar una mata de maleza
"aaaaaaaaaaaaah"- jalé hasta que estuvo de pié, luego le di un bofetón en la mejilla, ella llevó sus manos a la cara como tratando de taparla
"¿has tenido suficiente vaca?"
La mirada de la dolorosa continuó impertérrita y a mi se me antojó altiva. Seguimos corriendo. Resistió el trote hasta las cabañas y a pesar de la agitación que experimentaba ya no se quejó. Sé cuán duro era para ella el esfuerzo aeróbico, ¡que estoicismo más admirable tenía¡